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Full text of "Historia de la religión de Israel según la Biblia, la ortodoxia y la ciencia; obra escrita expresamente para la juventud española e hispano-americana .."

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EL  DEUTERONOMIO 

Y 

LOS  PROFETAS  DEL  SIGLO  VII 


DEL  MISMO  AUTOR 


fflSTORIA  DE  LA  RELIGION  DE  ISRAEL,  SEGUN  LA  BIBLIA,  LA  ORTO- 
DOXIA Y  LA  CIENCIA.  1935-1953.  Montevideo.  De  esta  obra  se  han 
publicado  los  siguientes  volúmenes: 

Tomo  I.       Moisés  y  su  dios  (480  págs.  con  25  grabados  y  2  mapas). 
Tomo  II.     Los  Jueces  y  el  comienzo  de  la  monarquía  israelita  (445  pága. 

con  8  grabados). 
Tomo  III.    El  rey  David  (500  págs.  con  7  grabados). 

Tomo  IV.     Salomón  y  su  pretendida  obra  literaria.  1*  parte:  El  Cantar  de 

los  Cantares  (280  págs.  con  6  grabados) . 
Tomo  V.      Salomón  y  su  pretendida  obra  literaria.  2'  parte:  Proverbios, 

Eclesiastés  y  Sabiduría  de  Salomón  (342  págs.). 
Tomo  VI.     El  Cisma.  Los  comienzos  de  la  literatura  bíblica.  El  origen  del 

hombre   (368  págs.  con  24  grabados). 
Tomo  VIL   Los  patriarcas  y  la  primitiva  legislación  hebrea   (344  págs.). 
Tomo  VIII.  Los  profetas  del  siglo  VIII,  con  8  grabados  (509  págs.). 

El  tomo  VIII  obtuvo  el  primer  premio  en  la  sección  Obras  Históricas,  otorgado 
por  la  Universidad  de  Montevideo,  en  el  concurso  de  libros  científicos,  históricos, 
sociológicos,  filosóficos  y  educativos,  publicados  en  la  República  del  Uruguay, 
en  1951. 


LA  LIBERTAD  A  TRAVES  DE  LA  HISTORIA  (488  págs.).  1943.  Montevideo. 

INTRODUCCION  AL  ESTUDIO  DE  LAS  RELIGIONES,  con  4  grabados.  (496 
págs.).  1946.  Editorial  Claridad.  San  José,  1621.  Buenos  Aires. 

LA  REPUBLICA  DEL  URUGUAY  EN  SU  PRIMER  CENTENARIO,  2*  edición, 
con  numerosos  grabados.  1930.  234  págs.  Montevideo. 

CODIGO  CIVIL  DE  LA  REPUBLICA  O.  DEL  URUGUAY,  anotado  y  concor- 
dado. 3*  edición  (Colaboración  del  Dr.  Mario  Nin  Pomoli).  1016  pága. 
Colombino  Hnos.  S.  A.  Piedras,  477.  Montevideo.  1951. 


Obras  agotadas 

LA  IMPUREZA.  Estudios  de  higiene  y  moral  sexudes  para  los  jóvenes.  2'  edi- 
ción. 1906.  Barcelona. 

LA  PUREZA  JUVENIL.  Epítome  de  un  curso  de  instrucción  sexual  para  joven- 
citos  de  14  a  16  años.  1906.  Barcelona. 

LA  DEMOCRACIA  Y  LA  IGLESIA.  1939.  Folleto. 

HISTORIA  POLITICA  DE  LOS  PAPAS,  DESDE  LA  REVOLUCION  FRAN- 
CESA A  NUESTROS  DIAS.  P  parte:  De  Pío  VI  a  León  XIII  inclusive. 
1943.  (202  págs.  con  6  grabados).  Montevideo. 


En  diciembre  de  1950,  el  Ministro  de  Instrucción  Pública  de  la  República 
O.  del  Uruguay,  en  virtud  del  fallo  del  Jurado  del  Concurso  de  Remuneraciones 
Literarias  del  año  1949,  adjudicó 


MEDALLA  DE  ORO 


al  Dr.  Celedonio  Nin  y  Silva  por  su  obra  literaria  realizada. 


V 


NO'. 

CELEDONIO  NIN  Y  SILVAV 

EL  DEUTERONOMIO 

Y 

LOS  PROFETAS  DEL  SIGLO  VII 

CON    18  GRABADOS 


Considerad  que  no  he  trabajado  sólo  para 
mí,  sino  para  todos  los  que  buscan  la  ciencia 
(o  solicitan  la  enseñanza). 

Eclesiástico,  33,  17  ó  18. 


Colombino  Hnos.  S.  A.  -  Impresores 
Piedras  477 
MONTEVIDEO  (  Uruguay) 
19  5  3 


Tomo  IX  de  la 

HISTORIA  DE  LA  RELIGION  DE  ISRAEL 
SEGUN  LA  BIBLIA.  LA  ORTODOXIA  Y  LA  CIENCIA 


Obra  escrita  expresamente  para  la  juventud 
española  e  hispanoamericana. 


En  preparación 
para  completar  esta  obra: 

Tomo  X.     Los  profetas  exilíeos  y  el  nacimiento  del  judaismo. 
Tomo  XI.    Los  profetas  postexilicos  y  Literatura  bíblica  judía. 
Tomo  XII.  El  último  profeta  judío  y  su  divinización. 


Es  propiedad  de  su  autor 

Dirección: 
Dr.  Pablo  de  María,  1382 
Montevideo 
(Rep.  O.  del  Uruguay) 


Queda  hecho  el  depósito  que  establece  la  ley  N'  9.739 


Al  lector 


Recomendamos  que  se  lea  este  libro  tranquila  y  meditadamenté, 
ya  que  no  es  obra  de  imaginación,  sino  que  expone  con  las  tesis  orto- 
doxas, los  resultados  a  que  ha  llegado  la  ciencia  bíblica  independiente, 
y  toda  obra  de  ciencia  exige  concentración  de  espíritu  para  pesar  ra- 
zones y  formar  criterio  propio  sobre  los  temas  expuestos. 

Reiteramos  el  consejo  formulado  anteriormente  de  que  se  vean  los 
párrafos  que  se  citan  con  este  signo  (%),  y  que  se  tenga  a  mano  una 
Biblia  cualquiera  para  leer  aquellos  capítulos  de  ella  que  comentamos, 
y  que  no  hayamos  transcrito  totalmente,  o  a  veces  ni  siquiera  parcial- 
mente, a  fin  de  no  hacer  demasiado  voluminoso  este  tomo. 


CAPITULO  I 


El  reinado  de  Manasés 


sus  ABOMINACIONES.  —  3185.  La  historia  política  de  Judá 
en  el  siglo  VII  está  dominada  por  dos  importantes  reinados:  en  su 
primera  mitad,  por  el  de  Manasés  (698-643),  y  en  la  segunda,  por  el 
de  su  nieto  Josías  (637-609).  Manasés,  que  sucedió  a  su  padre  Exe- 
quias, siguió  una  politica  totalmente  opuesta  a  la  de  éste.  Al  ascender 
al  trono,  a  los  12  años  de  edad,  se  encontró  con  que  su  reino  era  una 
dependencia  del  de  Asiria,  al  que  estaba  obligado  a  pagar  tributo,  y 
tuvo  el  tino  de  mantenerse  fiel  a  sus  amos  asirlos,  con  lo  que  impidió 
que  Judá  fuese  completamente  destruido,  — asolado  ya  hacía  poco, 
por  la  expedición  de  Sennaquerib  (§  2922-2926).  Manasés,  que  ase- 
guró a  8u  país  una  larga  paz  de  más  de  medio  siglo,  fué  pintado  con 
los  más  negros  colores  por  los  escritores  deuteronómicos  que  redacta- 
ron y  luego  retocaron  en  el  destierro  el  libro  bíblico  de  los  Reyes.  He 
aquí  las  censuras  que  se  le  dirigen  en  II  Rey.  21;  5  Hizo  lo  que  desagra- 
daba a  Yahvé,  imitando  las  prácticas  abominables  de  las  naciones  que 
había  echado  Yahvé  delante  de  los  hijos  de  Israel.  3  Volvió  a  edificar 
los  altos  que  Ezequías,  su  padre,  había  destruido  (o  abolido) ;  levantó 
altares  a  Baal,  e  hizo  un  poste  sagrado  (o  ashera,  §  88)  semejante  al 
que  había  hecho  Acab,  rey  de  Israel  (§  1955) ;  y  se  postró  ante  todo  el 
ejército  de  los  cielos  y  les  rindió  culto.  4  Edificó  altares  en  la  casa  de 
Yahvé,  de  la  cual  había  dicho  Yahvé:  "Haré  habitar  mi  Nombre  en 
Jerusalén".  5  Edificó  altares  a  todo  el  ejército  de  los  cielos  en  los  dos 
patios  de  la  casa  de  Yahvé.  6  Hizo  pasar  a  su  hijo  por  el  fuego;  se 
entregó  a  la  interpretación  de  los  presagios  y  de  los  agüeros;  insti- 
tuyó hombres  para  consultar  a  los  muertos  y  a  los  espíritus  que  co- 
nocen las  cosas  ocultas;  y  multiplicó  las  ocasiones  de  hacer  lo  que 
desagradaba  a  Yahvé  para  provocar  su  cólera.  7  La  estatua  de  Ashera 
que  fabricó,  la  puso  en  la  casa  de  la  cual  había  dicho  Yahvé  a  David 
y  a  Salomón  su  hijo  '  "En  esta  casa  y  en  Jerusalén,  la  ciudad  que  he 
elegido  entre  todas  las  tribus  de  Israel,  haré  habitar  mi  Nombre  para 
siempre...  16  También  Manasés  derramó  mucha  sangre  inocente, 
hasta  inundar  de  ella  a  Jerusalén,  de  un  extremo  al  otro  de  la  ciudad; 


8 


ABOMINAaONES  DE  MANASES 


pecado  que  se  añadió  al  que  había  cometido,  induciendo  a  Judá  a 
hacer  lo  que  desagradaba  a  Yahvé. 

3186.  Examinemos  esas  "prácticas  abominables"  de  Manases. 
1"?  Volvió  a  edificar  los  altos  que  Ezequías  había  destruido".  Esta 
censura  es  infundada,  pues  carece  de  consistencia  histórica  la  supuesta 
destrucción  o  abolición  por  Ezequías,  de  los  santuarios  populares  lla- 
mados 'ios  altos",  (§  88),  según  lo  hemos  comprobado  anteriormente 
(§  2933),  pues  esa  pretendida  reforma  de  Ezequías,  no  reclamada  por 
los  profetas  de  su  tiempo,  se  le  atribuye  a  este  rey  falsamente  por  los 
redactores  deuteronómicos  de  su  biografía,  a  causa  de  ser  un  piadoso 
y  ah vista,  cuando  en  realidad  correspondió  sólo  a  su  bisnieto  Josías, 
quien,  según  II  Reyes  fué  el  primero  en  tomar  tales  drásticas  medi- 
das (22,  i3;  23,  5).  Luego  cáese  de  su  peso  que  si  Ezequías  no  des- 
truyó los  santuarios  de  la  referencia,  mal  pudo  después  su  hijo  "vol- 
verlos a  edificar".  —  2"?  Erigió  altares  a  Baal  en  la  casa  de  Yahvé,  y 
puso  allí  también  una  estatua  que  había  mandado  fabricar,  de  la  diosa 
Ashera.  Véase  al  respecto  lo  dicho  en  §  1928.  Sobre  esto  escribe 
L.  B.  d.  C:  "En  la  angustiosa  situación  en  que  se  encontraba  Judá, 
humillado  y  aplastado  bajo  el  yugo  asirlo,  algunos,  razonando  como 
los  contemporáneos  de  Jeremías  (Jer.  44,  17),  atribuían  las  desgracias 
del  país  al  olvido  en  que  se  habían  dejado  a  las  antiguas  divinidades 
de  la  comarca,  como  Baal  y  Ashera".  Manasés,  en  consecuencia,  de 
acuerdo  con  la  opinión  quizá  general,  había  asociado  a  Yahvé,  — que 
se  había  mostrado  impotente  para  defender  a  su  pueblo, —  el  culto  de 
viejos  dioses  cananeos,  de  los  que  se  creía  recibir  los  productos  de 
la  agricultura  y  demás  dones  que  se  obtenían  con  el  esfuerzo  humano 
(Os.  2,  5-8;  §  2831-2832)  Recuérdese  que  el  yahvista  rey  Salomón, 
nada  menos  que  edificador  del  Templo  de  Jerusalén,  o  sea,  la  Casa 
de  Yahvé  tantas  veces  mencionada  en  este  cap.  21  que  vamos  estu- 
diando, había  levantado  también  altares,  en  su  propia  capital,  para 
que  sus  mujeres  extranjeras  rindieran  allí  culto  a  sus  deidades,  tales 
como  Gamos,  Moloc  y  Astarté,  siendo  esta  última  la  misma  ashera, 
cuyo  culto  restableció  Manasés  (§  76,  1342). 

3187.  39  Se  le  reprocha  igualmente  a  este  monarca  el  haber  intro- 
ducido en  su  país  la  astrolatría,  o  sea,  el  culto  de  "todo  el  ejército  de 
los  cielos",  los  astros,  religión  de  los  asiro-babilonios.  Al  respecto, 
expresa  L.  B.  d.  C. :  "La  adoración  de  la  luz  y  del  ejército  de  los  cielos, 
es  decir,  de  los  astros,  era  práctica  común  a  todos  los  semitas,  siendo 
los  babilonios  los  primeros  que  constituyeron  un  panteón  astral  y 
una  mitología  astral.  Fué  el  culto  de  estas  divinidades  asiro-babiló- 
nicas,  asociadas  cada  una  a  un  cuerpo  celeste,  que  se  extendió  en  Judá, 
en  el  siglo  VII,  con  la  aprobación  oficial  de  Manasés:  se  adoró  a 
Istar  (Jer.  7,  18;  44,  17-25) ;  se  lloró  a  Tammuz  (Ez.  8,  14;  §  509-511)  ; 
se  quemaron  perfumes  sobre  las  terrazas  de  las  casas  (Sof.  1,  5;  Jer.  19, 


EL  NOMBRE  DE  YAHVE 


9 


13;  32,  29),  —  lo  que  es  fácil  de  concebir,  porque  las  sorprendentes  vic- 
torias de  los  asirios  parecían  demostrar  la  potencia  superior  de  sus  dio- 
ses. Particularmente  el  rey  estaba  obligado,  en  su  calidad  de  vasallo,  a 
rendir  homenaje  a  los  dioses  de  su  soberano.  Un  rey  de  Asur  dice,  ha- 
blando de  los  vencidos:  "Les  impuse  el  sacrificio  a  los  grandes  dioses  de 
Asirla".  Este  imperio,  como  manifiesta  Loisy,  "penetraba  en  Jerusalén 
con  sus  ejércitos,  su  civilización  y  sus  dioses,  por  lo  que  Manasés  y  su 
pueblo  servían  a  estos  nuevos  amos:  los  de  la  tierra  y  los  del  cielo.  Ignó- 
rase cómo  se  conciliaba  el  culto  de  estos  dioses  extranjeros  con  el  de 
Yahvé,  que  continuaba  siendo  el  dios  nacional.  Quizá  se  formó  una  es- 
pecie de  jerarquía  local  en  la  que  conservaba  Yahvé  el  primer  puesto,  lo 
que  hubiera  influido  sobre  las  ideas  de  la  edad  siguiente,  en  la  cual  los 
dioses  de  las  naciones  se  convierten  en  espíritus  celestes,  delegados  por 
Yahvé  para  el  gobierno  de  los  pueblos"  {La  Reí.  d'Isr.  p.  113) .  Este  poli- 
teísmo naturalista,  — que  consideraba  a  los  astros  como  dioses  o  como 
manifestaciones  de  ellos,  quienes  desde  el  cielo  reinaban  sobre  la  Tierra, 
influyendo  en  sus  destinos, —  persistió  en  Judá  por  mucho  tiempo, 
echando  allí  hondas  raíces.  En  efecto,  cuando  después  de  la  destrucción 
de  Jerusalén,  un  grupo  de  judíos  huye  a  Tafnés,  en  el  brazo  oriental 
del  Nilo,  arrastrando  consigo  a  Jeremías,  las  mujeres,  sus  compatrio- 
tas, le  dicen  a  este  profeta  que  no  lo  obedecerán  en  adelante,  sino  que 
continuarán  honrando  a  la  Reina  del  Cielo,  que  les  aseguraba  la  feli- 
cidad, mientras  que  les  había  ocurrido  todo  lo  contrario  desde  que 
habían  abandonado  ese  culto  (Jer.  44,  17-18;  §  3588).  Esta  argumen- 
tación era  lógica,  inatacable,  desde  que  se  parte  del  postulado  que  con 
las  oraciones  o  actos  del  culto  se  consiguen  los  beneficios  que  se  espe- 
ran de  la  divinidad. 

3188.  Nótese  que  para  el  materialismo  religioso  del  escritor  bí- 
blico, el  NOMBRE  de  Yahvé  era  una  entidad  real,  una  especie  de  des- 
doblamiento de  dicho  dios,  algo  así  como  el  maleak  (§  365,  1402; 
nuestra  Introducción,  §  130),  pues  repite  como  reproche  contra  Ma- 
nasés, que  éste  había  edificado  altares  en  el  templo  salomónico,  y  allí 
había  colocado  la  estatua  de  Ashera,  lo  que  a  su  juicio  constituía  una 
profanación  de  aquel  lugar  sagrado,  del  que  había  dicho  Yahvé:  "Haré 
habitar  mi  Nombre  en  Jerusalén"  (vs.  4,  7).  Ese  nombre,  que  había 
servido  a  David  de  escudo  invulnerable  en  su  lucha  contra  Goliat 
(§  900  al  final),  es  el  que  habitaba  y  quería  Yahvé  que  continuara 
habitando  solo,  sin  acompañamiento  de  otros  dioses,  en  la  casa  divina 
de  Jerusalén.  Esos  altares  a  divinidades  extranjeras  dentro  del  templo, 
suponían,  pues,  en  la  mente  del  escritor,  un  insulto  al  dios  nacional, 
dueño  y  único  habitante  de  esa  casa;  pues  quizá  "en  el  pensamiento  del 
rey,  eran  indicio  de  que  subordinaba  las  divinidades  asirías  al  dios  de 
Israel,  identificado  por  él  con  Anú,  el  dios  de  los  cielos  por  excelencia, 
de  los  babilonios"  (L.  B.  d.  C).  Otro  escritor  posterior  agregó  que  los 


10 


PASAR  A  LOS  HIJOS  POR  EL  FUEGO 


altares  a  todo  el  ejército  de  los  cielos,  los  habia  construido  Manases 
en  los  dos  patios  de  la  casa  de  Yahvé  (v,  5) ,  característica  ésta  del  se- 
gundo templo,  por  lo  que  anota  L.  B.  d.  C:  "En  rigor,  podría  tratarse 
del  único  patio  del  Templo  salomónico  y  del  gran  patio  (el  patio  exte- 
rior, fig.  3  del  t9  IV)  común  al  Templo  y  al  palacio  (I  Rey.  7,  12)  ; 
pero  más  bien  parece  que  el  redactor  de  esta  frase,  escribiendo  después 
del  regreso  del  destierro,  se  figuraba  el  antiguo  Templo  a  imagen  del 
de  su  tiempo,  que  tenía  dos  atrios  concéntricos". 

3189.  4°  Otra  grave  acusación  contra  Manasés  es  la  siguiente:  "hizo 
pasar  a  su  hijo  por  el  fuego"  (v.  6)  —  o  "a  sus  hijos",  según  el  Cro- 
nista, o  por  error  del  copista  (II  Crón.  33,  6) — ,  y  ya  sabemos  que 
"hacerlo  pasar  por  el  fuego"  significa  quemarlo  en  holocausto  a  la  divi- 
nidad. Quien  leyera  este  pasaje,  totalmente  desprevenido,  sin  conocer 
nada  de  la  Biblia,  supondría  con  razón,  que  Manasés,  que  cometió  tan 
horrible  acto  con  un  hijo  suyo,  debió  de  haber  sido  un  monstruo  de 
maldad.  Pero  probablemente  modificaría  tal  juicio,  al  saber  que  el 
sacrificio  de  los  primogénitos  era  una  de  las  prácticas  exigidas  a  sus 
fieles  por  el  yahvismo  antiguo  (Ex.  22,  29;  Éz.  20,  24-26),  barbarie 
que  esta  religión  tomó  de  los  pueblos  cananeos,  como  tantos  otros  ritos 
de  los  mismos  (§  88,  383,  508,  1064),  y  que  después  suavizó,  institu- 
yendo el  rescate  de  las  probables  víctimas  (Ex.  13,  13),  institución  que 
prueba  la  existencia  de  la  cruel  costumbre,  que  ahora  se  quería  enmen- 
dar. "Los  israelitas,  dice  L.  B.  d.  C,  como  antes  de  ellos  los  cananeos, 
recurrían  a  los  sacrificios  de  niños,  sobre  todo  en  épocas  de  crisis,  como 
medio  particularmente  eficaz  de  obrar  sobre  su  dios,  por  lo  que  se 
multiplicaron  las  inmolaciones  durante  las  calamidades  de  los  siglos 
VII  y  VI".  El  profeta  anónimo,  algunas  de  cuyas  producciones  se  ha- 
llan en  la  parte  final  del  libro  de  Miqueas,  y  que  probablemente  vivió 
en  el  reinado  de  Manasés,  supone  que  el  pueblo  se  pregunta  si  para 
obtener  el  favor  divino,  tendrá,  entre  otros  medios,  que  dar  a  su  primo- 
génito por  sus  transgresiones  (§  801-802),  lo  que  comprueba  que  esa 
era  una  práctica  usual,  que  no  levantaba  la  indignada  protesta  de  las 
gentes  honradas.  Para  no  repetirnos  inútilmente,  rogamos  al  lector  que 
se  sirva  leer  los  párrafos  2299  y  2912,  en  los  que  hemos  estudiado  de- 
tenidamente esa  práctica  bárbara  de  la  religión  nacional  israelita.  Ob- 
serva Loisy  que  entonces  "si  se  festejaban  los  dioses  de  Asiría,  no  se 
olvidaban  las  tradiciones  de  Canaán.  La  Reina  de  los  cielos  recibía 
públicos  homenajes,  a  )a  vez  que  era  una  costumbre  bastante  regular- 
mente seguida,  la  de  inmolar  a  los  primogénitos.  Según  los  profetas, 
esos  sacrificios  eran  ofrecidos  a  Melek  (Moloc)  ;  pero  los  mismos  pro- 
fetas dejan  comprender  que  los  que  se  entregaban  a  esa  práctica,  pen- 
saban con  ella  honrar  a  Yahvé.  Lo  cierto  es  que  la  combinación  del  res- 
cate de  los  primogénitos  a  Yahvé,  consagrada  en  la  legislación  mosaica, 
supone  no  sólo  que  el  pueblo  judaíta  había  estado  familiarizado  con 


LA  ADIVINACION  Y  EL  ESPIRITISMO 


11 


la  práctica  de  la  inmolación,  sino  también  que,  en  la  opinión  ortodoxa, 
se  consideraba  que  los  primogénitos  se  debían  a  Yahvé.  El  estado  de 
los  documentos,  si  bien  no  permite  afirmar,  permite  por  lo  menos  con- 
jeturar verosímilmente  que  el  tofet  del  valle  de  Hinnom,  el  futuro 
gehenna  (§  987),  era  un  lugar  santo  de  Jerusalén,  anterior  a  la  con- 
quista de  esta  ciudad  por  David,  donde  se  ofrecían  sacrificios  humanos, 
especialmente  sacrificios  de  primogénitos,  al  dios  de  la  ciudad,  a  su 
Melek  (§  75,  88,  383).  Yahvé  habría  heredado  el  título  divino,  el  san- 
tuario y  los  sacrificios,  sin  que  no  obstante  se  hubiese  perdido  com- 
pletamente el  recuerdo  de  lo  que  era  este  culto  por  su  origen,  el  cual 
en  tiempo  de  Manasés,  florecía  más  que  nunca;  y  como  el  desarrollo 
del  politeísmo  va  a  provocar  una  reacción  yahvista  (la  reforma  de  Jo- 
sías),  en  realidad,  la  mayor  que  se  hubiese  visto  desde  la  fundación 
de  la  monarquía,  esa  reacción,  quizá  por  la  primera  vez  en  Judá,  con- 
denará formalmente  el  sacrificio  de  los  primogénitos,  atribuyéndolo  al 
antiguo  Melek  y  rehusándolo  para  Yahvé"  {La  Reí.  d'Isr.  ps.  173, 174) . 

3190.  59  Se  le  reprocha  igualmente  a  Manasés  el  haberse  entregado 
a  la  adivinación,  la  necromancía  y  el  espiritismo  (v.  6) .  Estos  dos  últi- 
mos cargos  pueden  reducirse  al  primero,  porque  realmente  "interpre- 
tar los  presagios  y  los  agüeros"  y  "consultar  a  los  muertos  y  a  los  espí- 
ritus que  conocen  las  cosas  ocultas",  no  son  sino  diversas  formas  de 
adivinación,  pues  tienden  a  tratar  de  descubrir  lo  futuro  o  lo  que  se 
ignora.  Pero  este  es  otro  ejemplo  en  que  el  rey  censurado  por  el  secta- 
rismo deuteronómico  del  escritor,  no  hizo  otra  cosa  que  persistir  en 
prácticas  consuetudinarias  de  su  pueblo  o  favorecer  oficialmente  su 
desarrollo,  ya  que  estaban  muy  generalizadas  entre  los  hebreos  (nuestra 
Introducción,  §  151-154).  Lo  más  curioso  del  caso  es  que  en  nombre 
de  Yahvé  se  ataca  acerbamente  a  Manasés  por  entregarse  a  las  citadas 
prácticas  adivinatorias,  cuando  el  propio  Yahvé  era  un  dios  de  sorti-. 
Jegios,  como  lo  hemos  evidenciado  en  §  387-392.  Lo  que  hay  es  que  la 
religión  yahvista  consideraba  lícitas  sólo  sus  prácticas  adivinatorias,  y 
censurables  todas  las  demás,  aunque  lógicamente  tan  supersticiosas  eran 
las  unas  como  las  otras. 

3191.  6°  La  última  negra  pincelada  en  el  retrato  de  Manasés  es  la 
que  lo  pinta  como  fanático  intolerante,  que  "derramó  mucha  sangre 
inocente,  hasta  inundar  de  ella  a  Jerusalén,  de  un  extremo  al  otro  de  la 
ciudad"  (v.  16).  Esta  inusitada  hipérbole  para  describir  la  extensión 
de  las  sangrientas  persecuciones  del  monarca,  hace  dudar  que  se  trate 
de  hechos  reales,  a  lo  menos  que  hayan  tenido  tan  extrema  intensidad. 
La  acusación,  dice  Loisy,  es  tanto  más  sospechosa,  cuanto  que  no  se 
nombra  ninguna  víctima.  L.  B.  d.  C.  escribe  al  respecto;  "Puede  tratarse, 
en  modo  general,  de  mala  administración  de  justicia.  Sin  embargo,  la 
tradición  entiende  que  aquí  se  alude  a  una  sangrienta  persecución  diri- 
gida por  el  rey  contra  los  profetas  y  sus  discípulob".  Una  de  las  vícti- 


INTOLERANCIA  DE  MANASES 


mas  de  Manases  habría  sido  Isaías,  según  la  leyenda  rabínica  relatada 
en  §  2858.  El  escritor  deuteronómico  que  después  del  desastre  del  año 
586,  retocó  el  libro  de  Reyes,  agregando,  entre  otros  trozos,  los  vs.  7-15 
del  cap.  que  estamos  estudiando,  expresa  que  en  virtud  de  las  aludidas 
abominaciones  de  Manases  (vs.  2-7) ,  Yahvé  por  boca  de  sus  servidores 
los  profetas,  dijo:  "12  Voy  a  hacer  venir  sobre  Jerusalén  y  sobre  Judá 
tales  calamidades  que  harán  zumbar  los  oídos  de  cualquiera  que  oyere 
hablar  de  ellas".  El  autor  tomó  literalmente  esta  frase  de  I  Sam.  3,  11  o 
de  Jer.  19,  3,  y  prosigue  así:  "13  Pasaré  sobre  Jerusalén  el  cordel  que  he 
pasado  sobre  Samaría  y  el  nivel  que  he  empleado  para  la  casa  de  Acab,  y 
limpiaré  a  Jerusalén  como  un  plato  que  se  friega  y  que  en  seguida  se 
pone  boca  abajo.  14  Desecharé  los  restos  de  mí  heredad  y  los  entregaré 
en  mano  de  sus  enemigos,  todos  los  cuales  podrán  saquearlos  y  despojar- 
los, 15  porque  han  hecho  lo  que  me  desagrada  y  han  provocado  mi  cólera, 
desde  el  día  en  que  salieron  sus  padres  de  Egipto,  hasta  hoy".  Nota  L.  B. 
d.  C.  que  la  cuerda  y  el  nivel  servían  no  sólo  para  construir,  sino  tam- 
bién para  nivelar  las  ruinas  y  partir  el  terreno  entre  nuevos  ocupantes; 
y  que  las  consideraciones  de  los  vs.  7-9,  así  como  éstas  de  los  vs.  10-15, 
que  el  autor  atribuye  a  profetas  anónimos,  —ya  que  no  se  ha  conserva- 
do el  nombre  de  ningún  profeta  en  el  reinado  de  Manasés — ,  "tienen 
por  objeto  explicar  cómo  las  promesas  divinas  hechas  al  Templo,  se 
concillan  con  la  ruina  de  Jerusalén  y  la  deportación  de  los  habitantes 
de  Judá.  Este  trozo  debe  provenir,  lo  mismo  que  el  v.  5,  del  redactor 
deuteronómico  que  retocó  el  libro  de  Reyes  después  del  destierro".  Trá- 
tase, pues,  de  "vaticinium  post  eventum",  o  sea,  de  profecías  posteriores 
a  los  sucesos  anunciados. 

3192.  Hay  dos  hechos  que  hacen  suponer  que  realmente  empleó 
Manasés  procedimientos  sanguinarios  contra  aquellos  que  se  oponían 
a  su  política  religiosa,  a  saber:  1^  el  citado,  de  haber  permanecido  mu- 
do el  profetismo  ético,  durante  el  largo  reinado  de  dicho  monarca,  de 
más  de  medio  siglo;  y  2°  que  en  esa  época,  los  yahvistas  enemigos  del 
sincretismo  religioso  oficial,  y  partidarios  acérrimos  del  culto  exclu- 
sivo del  dios  nacional,  conservaron  en  silencio  su  fe,  y  de  su  seno,  — 
quizá  del  grupo  de  los  discípulos  de  Isaías — ,  salieron  aquellos  que 
junto  con  los  sacerdotes  del  Templo,  fieles  a  Yahvé,  prepararon  el  nú- 
cleo del  libro  que  lleva  hoy  el  nombre  de  Deuteronomio,  o  sea,  una  co- 
lección de  preceptos  que  se  daban  como  provenientes  de  la  divinidad 
israelita,  en  que  se  atacaban  muchas  de  las  referidas  prácticas  reinantes, 
juzgadas  como  contrarias  al  neo-yahvismo  evolucionado  de  los  grandes 
profetas  det  siglo  anterior.  Ese  libro  se  guardó  secretamente  en  el 
Templo,  hasta  que  apareciera  un  rey  piadoso,  como  Ezequías,  el  cual 
pudiera  proclamarlo  ley  del  Estado.  Según  pronto  veremos,  esto  fué  lo 
que  sucedió  en  el  reinado  de  Josías,  y  lo  que  originó  la  reforma  reli- 
giosa de  este  monarca.  Pero  mientras  tanto,  la  masa  del  pueblo  culti- 


MANASES  SEGUN  LAS  CRONICAS 


13 


vaba  sin  protestas  aquella  amalgama  religiosa  hebrea-asiria,  hasta  el 
punto  que  cuando  después  de  un  corto  reinado,  fué  muerto  Amón,  hijo 
y  sucesor  de  Manasés,  "el  pueblo  mató  a  iodos  los  que  habían  cons- 
pirado contra  el  rey  Amón  y  proclamó  rey,  en  su  lugar,  a  su  hijo  Josías" 
(II  Rey.  21,  24),  de  ocho  años  de  edad,  manteniendo  durante  la  menoría 
de  éste,  el  régimen  de  culto  que  habían  sancionado  Manasés  y  Amón. 

ADICIONES  DEL  LIBRO  DE  CRONICAS  A  LA  BIOGRAFIA  DE  MA- 
NASES. —  3193.  El  segundo  libro  de  Crónicas  nos  da  también,  en 
su  cap.  33,  el  relato  del  reinado  de  Manasés,  cuya  primera  parte 
(vs.  1-10)  reproduce  casi  textualmente  el  texto  de  II  Rey.  21,  1-9,  que 
acabamos  de  analizar,  con  la  anotada  salvedad  de  que  le  hace  "pasar  por 
el  fuego"  a  sus  hijos  (v.  6),  cuando  II  Reyes  le  achaca  sólo  haber  come- 
tido esa  iniquidad  con  su  hijo.  Pero  tras  esta  primera  parte,  viene  una 
segunda  en  la  cpie  se  refieren  los  siguientes  hechos,  de  la  cosecha  propia 
del  Cronista:  '11  Entonces  Yahvé  hizo  venir  contra  ellos  (el  rey  y  su 
pueblo)  a  los  jefes  del  ejército  del  rey  de  A  siria,  que  se  apoderaron  de 
Manasés  con  garfios  (o  ganchos) ,  lo  engrillaron  y  lo  llevaron  a  Babi- 
lonia. 12  Cuando  se  vió  angustiado,  trató  de  aplacar  a  Yahvé,  su  dios; 
se  humilló  profundamente  ante  el  dios  de  sus  padres,  13  y  le  oró.  Enton- 
ces se  conmovió  Yahvé,  escuchó  sus  súplicas  y  lo  restableció  en  su 
dignidad  real,  en  Jerusalén.  Y  reconoció  Manasés  que  Yahvé  es  Dios. 
14  Después  de  esto,  construyó  delante  de  la  muralla  de  la  Ciudad  de 
David,  un  muro  exterior,  al  Occidente  de  Guihón  (o  Gihón),  en  la  ba- 
rranca (o  quebrada),  hasta  junto  a  la  puerta  de  los  Pescados;  cercó 
el  Ofel,  dándole  al  muro  gran  altura;  y  además  puso  gobernadores  en 
todas  las  plazas  fuertes  de  Judá.  15  Después  sacó  de  la  casa  de  Yahvé 
los  dioses  extraños  y  la  estatua;  así  como  todos  los  altares  que  había 
edificado  en  el  monte  de  la  casa  de  Yahvé  y  en  Jerusalén,  y  los  arrojó 
fuera  de  la  ciudad.  16  Restableció  el  altar  de  Yahvé  y  en  él  ofreció 
sacrificios  de  paz  y  de  acciones  de  gracias;  y  ordenó  a  Judá  que  rin- 
diese culto  a  Yahvé,  el  dios  de  Israel.  17  Sin  embargo,  el  pueblo  con- 
tinuaba aún  sacrificando  en  los  altos,  aunque  únicamente  a  Yahvé, 
su  dios. 

3194.  ¿Es  o  no  histórica  esta  página  bíblica?  Se  impone  la  res- 
puesta negativa  — menos  quizá  en  los  datos  de  las  construcciones  de- 
talladas en  el  v.  14 — ,  por  las  razones  siguientes: 

1°  El  libro  de  las  Crónicas,  donde  se  encuentra  el  relato  de  la 
referencia,  es  una  obra  sacerdotal,  tendenciosa,  del  siglo  III  o  quizá 
más  bien  del  II  a.  n.  e.,  a  la  cual,  por  sus  fantasías,  nos  hemos  visto 
obligados  a  llamarla  "novela  histórica".  Léanse,  en  efecto,  entre  otros 
párrafos  §  1101-1110,  1290^  1920,  1938-1949,  1964-1966.  La  ma- 
yor parte  de  ese  libro  está  formado  de  extractos  textuales  de  los  libros 
de  Samuel  y  de  los  Reyes,  completados  con  un  comentario  de  este  úl- 


14 


PROCEDIMIENTO  TENDENCIOSO  DEL  CRONISTA 


timo  libro,  que  circulaba  con  el  título  de  "Midrach  del  libro  de  los 
Reyes",  o  según  los  LXX,  con  el  de  "Midrach  de  los  Reyes",  y  ya  sabe- 
mos que  los  judíos  llamaban  midrach  a  la  interpretación  o  comentario 
de  un  libro  sagrado  (t*?  I,  p.  473),  comentario  en  que,  por  lo  general, 
con  finalidad  edificante,  se  le  hacían  numerosas  adiciones  al  relato  bí- 
blico original.  Véase  en  §  341  cómo  pretende  justificar  tal  procedi- 
miento, el  escritor  judío  contemporáneo  Edmundo  Fleg,  quien  a  su 
vez,  lo  empleaba  él  mismo. 

3195.  29  Como  los  profetas  del  siglo  VIII  habían  proclamado 
que  uno  de  los  caracteres  esenciales  de  Yahvé  era  la  justicia,  por  lo 
cual  no  trepidaría  él  en  aplicar  a  su  pueblo  los  más  terribles  castigos 
por  sus  pecados,  y  como  a  fin  del  VII  ocurrió  la  conquista  de  Jerusalén 
por  los  caldeos,  que  trajo  consigo  el  destierro  a  Babilonia,  se  aceptó 
como  verdad  indiscutible  que  el  castigo  sigue  inmediatamente  a  la  culpa. 
Ezequiel  (cap.  18)  confirmó  esa  creencia  sosteniendo  que,  sin  dila- 
ción, Yahvé  retribuye  el  bien  a  los  hombres,  o  pena  el  mal  que  hubie- 
ren hecho;  recompensa  o  condena  que  se  efectuará  en  este  mundo,  por- 
que en  aquel  entonces  no  se  hablaba  todavía  de  premios  ni  de  sancio- 
nes de  ultratumba.  Por  esto,  los  escritores  deuteronómicos  que  retoca- 
ron los  libros  de  Jueces,  Samuel  y  Reyes,  trataron  de  descubrir  el 
castigo  infligido  personalmente  a  los  monarcas  o  a  la  nación,  por  cada 
falta  que  se  pudiera  imputar  a  aquéllos  o  a  ésta,  y  arreglaron  los  rela- 
tos de  acuerdo  con  ese  criterio.  Véase  en  prueba  de  ello,  §  1290.  Con 
mayor  desenfado  procede  el  Cronista,  quien  escribió  muchos  siglos  más 
tarde  que  el  redactor  de  Reyes,  pues  corrige,  completa,  omite  o  añade 
datos  a  los  que  traen  sus  fuentes,  formando  así  una  obra  seudo-histó- 
rica,  conforme  con  sus  prejuicios  religiosos.  "Cuando  esas  fuentes,  dice 
L.  B.  d.  C,  mencionan  alguna  falta  cometida  por  un  rey,  sin  indicar 
la  desgracia,  que  debió  ser  su  castigo,  el  redactor  de  las  Crónicas  a 
menudo  llena  por  su  cuenta  esa  laguna,  que  para  él  es  evidente  (así 
ocurre  p.  ej.,  con  Joram,  II  Crón.  21,  6-20,  o  con  Acaz,  II  Crón.  28, 
5-8).  Inversamente,  cuando  el  libro  de  los  Reyes  menciona  solamente 
alguna  desgracia  acaecida  a  un  soberano  piadoso,  las  Crónicas  suplen 
la  indicación  precisa  de  la  falta  que  debe  haber  provocado  ese  castigo. 
Así  el  Cronista  entera  al  lector  del  porqué  Uzías  o  Azarías  contrajo  la 
lepra  (II  Crón.  26,  16-23;  cf.  II  Rey.  15,  5)  — ^porque  no  siendo  sacer- 
dote, había  querido  ofrecer  perfumes  a  Yahvé — ,  o  la  razón  por  la  cual 
el  piadoso  rey  Josías  pereció  en  la  batalla  de  Megido  (II  Crón.  35, 
21-22),  — ^porque  no  había  sabido  reconocer  un  mensaje  divino  en  la 
orden  que  le  había  dado  su  enemigo,  el  faraón  Necao,  de  que  se  reti- 
rara sin  combatir.  También  tiene  el  Cronista  a  priori  históricos,  en 
virtud  de  los  cuales  rectifica  los  datos  de  sus  fuentes;  así,  p.  ej.,  está 
persuadido  que  las  leyes  sacerdotales  del  Pentateuco  (P)  remontan  a 
Moisés,  y  en  consecuencia  afirma  que  Salomón  despidió  al  pueblo  el 


SUPUESTOS  CASTIGOS  DE  YAHVE 


15 


noveno  día  de  la  fiesta  de  los  Tabernáculos  (II  Crón.  7,  10,  según 
Núm.  29,  35),  y  no  el  octavo,  como  lo  expresa  el  libro  de  Reyes  (I  Rey. 
8,  66  de  acuerdo  con  Deut.  16,  13-15) .  Representa  a  los  levitas  como 
habiendo  formado,  desde  el  comienzo  de  la  época  real,  una  casta  que 
poseía  ya  la  organización  que  tenía  en  los  siglos  III  o  11". 

3196.  3°  Dados  estos  antecedentes,  se  explica  con  luz  meridiana, 
que  encontrando  el  Cronista  en  el  libro  de  Reyes  que  el  rey  Manases, 
siendo  impío,  había  sin  embargo  disfrutado  de  un  larguísimo  reinado 
pacífico  y  venturoso,  entendió  que  había  que  enmendar  ese  relato  que 
tan  mal  parada  dejaba  la  referida  tesis  prof ética,  y  entonces  inventó 
un  castigo  para  aquel  monarca:  su  cautividad  en  Babilonia,  seguida  de 
su  arrepentimiento,  para  terminar  en  que  Yahvé  lo  repuso  en  su  digni- 
dad real,  por  lo  que  Manasés  abandonó  su  sincretismo  religioso  y  re- 
formó el  culto,  volviendo  al  más  impoluto  yahvismo.  Lo  mismo  pasó 
con  el  célebre  rey  caldeo  Nabucodonosor,  que,  como  sabemos,  quemó 
la  casa  de  Yahvé,  destruyó  a  Jerusalén  y  llevó  cautivos  a  sus  habitantes, 
motivos  más  que  suficientes  para  que  debiera  recibir  la  merecida  pena. 
En  consecuencia,  un  visionario  judío  del  siglo  II  a.  n.  e.,  autor  del  libro 
de  Daniel,  lo  enloquece  al  fin  de  su  reinado  y  lo  transforma  en  cua- 
drúpedo, pues  nos  relata  que  a  causa  del  orgullo  de  ese  monarca  por 
haberse  creído  igual  a  Yahvé,  este  celoso  dios  lo  convierte  en  bestia 
y  lo  hace  vivir  siete  años  en  los  campos,  pastando  con  el  ganado,  hasta 
que  los  cabellos  le  crecieron  como  plumas  de  águila  y  las  uñas  como 
las  de  ave  de  rapiña.  Pasado  ese  período,  Nabucodonosor  recupera  el 
juicio  y  bendice  al  Altísimo  (probablemente  por  la  metamorfosis  que 
le  había  dispensado),  y  entonces  éste,  con  la  forma  humana,  le  devuelve 
el  poder  real  (Dan.  4,  28-37). 

3197.  49  La  falsedad  de  ese  relato  de  II  Crón.  33,  11-17  resulta 
clara  de  esta  simple  consideración:  que  si  el  redactor  de  Reyes  y  los 
escritores  deuteronómicos  que  retocaron  ese  libro,  — quienes  vivían  en 
época  cercana  a  la  de  Manasés,  —  hubieran  conocido  tan  trascendenta- 
les acontecimientos,  que  venían  a  confirmar  la  tesis  profética  y  a  favo- 
recer el  concepto  de  mantener  la  pureza  de  la  religión  nacional,  libre  de 
contubernios  con  otras  religiones  extranjeras,  no  hubiesen  dejado  de 
narrar  hechos  de  tanta  importancia.  Su  silencio  y  el  de  los  profetas  de 
ese  siglo,  al  respecto,  serían  inexplicables  si  se  tratara  de  sucesos  ver- 
daderamente históricos. 

3198.  5°  Otros  hechos  corroboran  estas  lógicas  conclusiones. 
Cuando  un  pueblo  enemigo  ataca  a  Israel  o  a  Judá,  no  se  deja  de  nom- 
brar al  monarca  atacante,  p.  ej.:  Sisac  o  Sheshonc  I,  de  Egipto  (§  1927) ; 
Pul,  Salmanasar,  Sennaquerib,  reyes  de  Asiría  (II  Rey.  15,  19;  17,  3; 
18,  13) ;  o  Nabucodonosor,  rey  de  Babilonia  (II  Rey.  24,  1)  ;  pero 
cuando  se  trata  de  relatos  ficticios,  ocurre  como  en  nuestros  cuentos 
que  comienzan:  "había  una  vez  un  rey",  cuyo  nombre  no  se  menciona 


16 


QUIMERICO  CAUTIVERIO  DE  MANASES 


por  tratarse  de  hechos  quiméricos  (final  de  §  113).  Pues  lo  mismo 
pasa  en  la  narración  del  Cronista:  ni  se  nombra  el  rey  de  Asiria,  ni 
se  indica  cuándo  sucedieron  los  referidos  acontecimientos,  pues  todo 
se  mueve  dentro  de  la  mayor  vaguedad:  Yahvé  hizo  venir  contra  ellos 
a  los  jefes  del  ejército  del  rey  de  Asiria,  como  si  esos  jefes  hubieran 
obrado  por  su  propia  cuenta,  impulsados  sólo  por  el  dios  israelita.  Re- 
cuérdese que  en  la  época  de  Manasés,  Asiria  había  llegado  al  apogeo 
de  su  poder  con  dos  grandes  monarcas:  el  hijo  de  Sennaquerib,  Asar- 
haddón  (680-669)  y  el  hijo  y  sucesor  de  éste,  Asurbanipal  (668-626). 
Ninguno  de  estos  poderosos  soberanos  hubiera  permitido  que  un  va- 
sallo suyo,  como  Manasés,  a  quien,  después  de  tenerlo  aprisionado  un 
tiempo  (no  se  dice  cuánto),  se  le  acuerda  la  gracia  de  volver  a  su  país, 
fuese  luego  derecho  a  reforzar  las  defensas  de  su  capital,  como  prepa- 
rándose para  una  nueva  guerra.  Sobre  esas  construcciones  de  Manasés, 
anota  L.  B.  d.  C:  "Da  a  entender  el  Cronista,  por  el  lugar  en  que  in- 
serta estos  datos,  que  la  posibilidad  de  volver  a  poner  el  reino  en  es- 
tado de  defensa  fué  recompensa  acordada  por  Yahvé  a  Manasés  al  re- 
tornar a  la  fe  de  sus  padres:  efectivamente  hubiese  sido  necesario  que 
se  hubiera  casi  independizado  del  rey  de  Asiria,  para  permitirse  seme- 
jantes libertades  con  respecto  a  su  soberano.  Otro  tanto  debe  decirse 
de  la  expulsión  de  los  dioses  extraños  (v.  15)  ;  porque  ella  atentaba 
ante  todo  contra  el  ejército  de  los  cielos  adorado  por  los  asirlos". 

3199.  69  Nótese  además  que  el  Cronista  afirma  que  Manasés  fué 
llevado  cautivo  a  Babilonia,  siendo  éste,  otro  indicio  de  la  inverosi- 
militud de  su  relato,  pues  de  ser  cierto,  el  nombrado  habría  sido  con- 
ducido a  Nínive,  la  capital  del  reino  asirlo,  y  nunca  a  Babilonia,  tur- 
bulenta ciudad  impropia  para  ser  retenido  en  ella  un  reyezuelo  insu- 
bordinado. Aunque  Babilonia  estaba  entonces  en  poder  de  Asiria,  era 
una  ciudad  levantisca,  que  renacía  de  sus  ruinas  después  de  haber  sido 
quemada  por  Sennaquerib  en  el  689,  y  donde  reinó  como  regenta  Nikúa, 
esposa  de  Asarhaddón,  (676-672),  luego  de  vencido  el  hijo  de  Mero- 
dac-Baladán  (§  2946),  y  de  sofocada  una  sublevación  de  caldeos  en 
el  676.  Nikúa  murió  en  el  672,  tres  años  antes  de  su  esposo,  quien  al 
fallecimiento  de  aquélla,  le  confirió  el  mando  de  Babilonia  a  su  hijo 
mayor  Shamashumukín.  La  rivalidad  entre  Asurbanipal,  sucesor  de  su 
padre  Asarhaddón,  y  su  nombrado  hermano  mayor,  ensangrentó  aún 
por  un  tiempo  a  Babilonia,  guerra  fratricida  que  se  resolvió  en  favor  de 
Asurbanipal,  quien  restableció  la  unidad  del  imperio.  Cuando  en  los 
primeros  años  de  su  reinado,  varios  gobernadores  puestos  por  Asiria 
en  las  principales  ciudades  del  Norte  de  Egipto  (entre  los  cuales  estaba 
Necao,  rey  de  Sais)  tuvieron  veleidades  de  insurreccionarse  conjunta- 
mente con  Taharca,  de  Napata,  pronto  fué  deshecho  ese  conato  de  rebe- 
lión, y  Necao,  con  el  gobernador  de  Tanis,  fueron  conducidos  engrilla- 
dos a  Nínive.  Lo  mismo  hubiera  ocurrido  con  Manasés,  si  éste  hubiera 


PRETENDIDA  REFORMA  DE  MANASES 


17 


querido  acompañar  esa  insurrección;  pero  todos  los  datos  que  tenemos, 
revelan  que  éste  fué  un  convencido  asiriófilo,  que  siempre  se  comportó 
como  fiel  vasallo  de  sus  amos  asirlos.  Sin  embargo,  lo  más  que  podría 
aceptarse,  a  título  de  simple  conjetura,  sería  que  Manasés,  como  tri- 
butario del  rey  de  Asiría,  hubiese  sido  llamado  por  éste,  con  cualquier 
motivo,  a  Babilonia,  en  momento  en  que  se  encontrase  allí  accidental- 
mente, según  luego  se  dirá  (§  3203),  retirándose  después  de  esa  en- 
trevista a  su  reino  de  Judá. 

3200.  7°  Finalmente,  según  las  Crónicas,  al  arrepentirse  Mana- 
sés y  ser  repuesto  en  su  trono,  efectuó  la  reforma  religiosa  que  se  de- 
talla en  los  vs.  15  y  16.  Ahora  bien,  fuera  de  que  el  gobierno  asirlo  no 
hubiera  permitido  que  se  excluyera  su  religión  en  un  país  vasallo  suyo 
— lo  que  hubiese  sido  considerado  como  acto  de  intolerable  hostilidad — , 
tenemos  en  contra  de  lo  aseverado  por  el  Cronista,  estos  dos  contun- 
dentes testimonios:  a)  el  de  Jeremías,  quien  detallando  el  terrible  cas- 
tigo que  infligiría  Yahvé  a  su  pueblo,  le  hace  decir  a  este  dios:  "Haré 
de  ellos  un  ejemplo  terrorífico  para  todos  los  reinos  de  la  Tierra,  a 
causa  de  Manasés,  hijo  de  Ezequías,  rey  de  Judá,  con  motivo  de  todo 
lo  que  él  hizo  en  Jerusalén"  (15,  4).  —  b)  El  testimonio  de  Josías, 
quien  cuando  emprendió  su  célebre  reforma,  encontró  en  el  Templo,  to- 
das "las  abominaciones"  hechas  por  su  abuelo  y  por  reyes  anteriores, 
pues  se  refiere  que  "el  rey  derribó  también  los  altares  que  se  encontra- 
ban sobre  la  terraza,  en  la  cámara  alta  de  Acaz,  y  que  habían  cons- 
truido los  reyes  de  Judá,  así  como  los  altares  que  Manasés  había  cons- 
truido en  los  dos  patios  de  la  casa  de  Yahvé;  y  el  rey,  después  de  ha- 
berlos deshecho,  los  sacó  de  allí,  e  hizo  echar  su  polvo  en  el  torrente  del 
Cedrón"  (II  (Rey.  23,  12).  Si  se  compara  II  Rey.  21,  3-7  con  II  Rey. 
23,  4-11,  se  verá  claramente  la  falsedad  de  la  pretendida  reforma  de 
Manasés. 

3201.  A  pesar  de  lo  dicho,  la  ortodoxia,  empeñada  a  toda  costa, 
en  defender  la  veracidad  del  relato  impugnado,  alega:  a)  que  documen- 
tos cuneiformes  mencionan  que  Asurbanipal  recibió  en  Babilonia,  a 
embajadores  chipriotas  que  le  traían  presentes,  quizá  para  felicitarlo 
por  su  triunfo  en  648,  al  sofocar  la  rebelión  de  un  tal  Shamashumukín, 
que  se  hacía  pasar  por  el  hermano  mayor  del  rey  (MoRET,  p.  704),  — 
lo  que  sólo  probaría  que  el  soberano  asirio  residía  a  veces  en  esa  ciu- 
dad de  su  imperio,  donde  no  encontraba  inconveniente  en  recibir  dele- 
gaciones de  países  amigos. —  b)  Se  alega  también  que  si  Asurbanipal, 
siguiendo  una  hábil  política  de  conciliación,  perdonó  a  Necao  y  lo  re- 
puso como  gobernador  de  Sais,  bien  pudo  haber  hecho  lo  mismo  con 
Manasés,  en  Judá.  Pero  — además  de  que  esto  es  una  problemática  supo- 
sición— ,  no  se  olvide  que  de  este  rey  se  afirma  que  fué  hecho  cautivo 
o  conducido  con  garfios,  como  bestia  feroz,  y  ese  cruel  tratamiento 
aplicado  por  lo  general  a  poderosos  reyes  enemigos  prisioneros,  iba  a 


18 


FANTASIAS  DE  HAGIOGRAFOS 


menudo  acompañado  de  la  pérdida  de  los  ojos,  o  seguido  de  la  decapi- 
tación de  tales  víctimas.  —  Ye)  En  que  los  cultos  idolátricos  en  vigor, 
en  época  de  Manases,  pudieron  haber  sido  restablecidos  por  su  hijo 
Amón.  Esta  es  también  una  simple  conjetura,  sin  fundamento.  En  efecto, 
Amón  (cuyo  nombre,  que  es  el  de  un  dios  de  Egipto,  da  a  sospechar 
la  influencia  religiosa  de  este  país)  tuvo  un  corto  reinado  de  dos 
años  (1),  durante  el  cual  "siguió  en  todo,  el  camino  en  que  anduvo  su 
padre;  rindió  culto  a  los  ídolos  que  su  padre  había  adorado  y  se  pos- 
tró ante  ellos"  (II  Rey.  21,  21) ;  fué  asesinado  por  algunos  de  sus  ser- 
vidores en  su  palacio,  pero  contaba  con  el  apoyo  popular,  pues  "el  pue- 
blo mató  a  todos  los  que  habían  conspirado  contra  el  rey  Amón" 
(v.  24).  Ni  siquiera  las  Crónicas  se  atreven  a  decir  que  hubiera  hecho 
una  contra-reforma  religiosa,  limitándose  a  expresar  que  "no  se  humilló 
delante  Yahvé,  como  se  había  humillado  Manases,  su  padre;  por  el  con- 
trario, Amón  acreció  sin  cesar  su  culpabilidad"  (v.  23).  Nada  queda, 
pues,  del  pretendido  castigo,  arrepentimiento  y  reforma  de  Manasés, 
— lo  que  Loisy  califica  de  "fantasías  de  hagiógrafos" — ,  que  en  su  pre- 
juicio ortodoxo  inventó  el  Cronista. 

3202.  Para  que  se  vea  cuán  usual  era  fabricar  narraciones  ficti- 
cias con  la  finalidad  de  apoyar  tesis  dogmáticas  o  religiosas,  recuér- 
dese que  manifestándose  que,  en  su  angustia,  Manasés  se  humilló  y  oró 
a  Yahvé,  el  que  escuchó  sus  súplicas,  no  faltó  quien  creyó  del  caso 
poner  por  escrito  esa  plegaria  que  tan  eficaz  había  sido,  y  la  que,  se- 
gún el  Cronista,  se  encontraba  consignada  en  los  Actos  (o  la  Historia) 
de  los  reyes  de  Israel,  y  en  los  libros  que  contenían  las  palabras  de 
Hozai  o  de  los  videntes  (vs.  18-19).  Estas  historias  no  nos  han  sido 
conservadas;  pero  en  cambio,  existe  en  la  Biblia  de  los  LXX  con  el 
título  de  "Plegaria  de  Manasés",  un  poemita  o  salmo  compuesto  en 
griego  por  un  judío  piadoso,  quizá  del  siglo  I  a.  n.  e.,  composición  que 
aparece  en  la  Didascalia,  — código  de  legislación  eclesiástica  redacta- 
do por  el  año  275  n.  e.— ,  de  donde  pasó  a  las  Constituciones  apostó- 
licas, escrito  seudoepígrafo  cristiano,  más  o  menos  del  año  400.  Se  la 
encuentra  igualmente  en  antiguas  ediciones  de  la  Vulgata,  después  de 
las  Crónicas;  traducida  por  Lutero  (§  30)  figura  en  Biblias  protestan- 
tes, en  la  parte  de  "Apócrifos";  y  finalmente  se  la  halla  igualmente  en 
diversas  ediciones  modernas  de  la  Biblia,  publicadas  por  la  iglesia  grie- 
ga ortodoxa.  Sin  embargo,  la  iglesia  católica  no  la  ha  admitido  oficial- 
mente en  su  canon;  debiendo  agregarse,  por  último,  que  la  que  existe 
escrita  en  griego  no  es  una  versión  de  la  "Plegaria"  en  hebreo  que 
manifiesta  el  Cronista  existía  en  sus  fuentes,  la  que  tenía  que  ser  inven- 


(1)  La  Versión  Moderna  de  Pratt,  en  II  Rey.  21,  19,  equivocadamente  dice 
que  Amón  reinó  doce  años,  en  vez  de  dos,  como  aparece  en  II  Crón.  33,  21,  y  como 
así  trae  el  original  hebreo,  y  la  versión  de  Valera. 


MANASES,  VASALLO  FIEL  DE  ASIRIA 


19 


tada  también,  desde  que  formaba  parte  de  un  relato  típicamente  fraudu- 
lento. Véanse  más  adelante  otros  relatos  seudoepígrafos,  como  El  Libro 
de  Baruc  y  la  Carta  apócrifa  de  Jeremías  (cap.  XXI)  que  muestran 
cuán  frecuente  era  en  los  últimos  siglos  anteriores  al  cristianismo,  el 
atribuir  falsamente  a  destacadas  personas,  diversos  escritos,  con  fines 
más  o  menos  piadosos. 

3203.  Cerraremos  el  estudio  de  este  episodio  imaginado  por  el 
Cronista,  transcribiendo  a  continuación  la  siguiente  nota  de  L.  B.  d.  C, 
que  puede  considerarse  como  el  resumen  de  todo  lo  que  dejamos  ex- 
puesto sobre  el  pasaje  de  II  Crón.  33,  11-17:  "Este  profundo  cambio  en 
los  destinos  y  en  la  actitud  religiosa  de  Manasés  no  se  menciona  ni  en 
el  libro  de  los  Reyes,  ni  en  los  discursos  de  los  profetas  de  la  época  (Je- 
remías, Ezequiel) ,  ni  en  los  documentos  cuneiformes.  Estos  nombran 
dos  veces  a  Manasés;  pero  como  vasallo  leal  de  Asarhaddón  y  de  Asur- 
banipal.  Quizá  se  apoye  la  historia  de  la  cautividad  del  rey  de  Judá 
en  un  viaje  que  éste  hizo  a  Mesopotamia  para  llevar  el  tributo  a  su 
soberano.  Asarhaddón,  en  uno  de  sus  cilindros,  dice:  "Convoqué  a 
veintidós  reyes  del  país  de  Hatti,  que  habitaban  a  orillas  o  en  medio 
del  mar  (es  decir  en  las  islas)  y  los  hice  venir  a  todos:  Baal,  rey  de 
Tiro,  Manasés,  rey  de  Judá  (Me-na-si-e  sar  mat  ya-ou-di) ,  etc.".  No 
sería  imposible  que  Manases  hubiera  sido  convocado  a  Babilonia;  por- 
que los  dos  reyes  de  Asiria,  que  fueron  sus  soberanos,  residieron  a 
menudo  en  esta  ciudad.  Hasta  se  podría  admitir  que  haya  sido  citado 
como  culpable  o  sospechoso  de  afiliación  a  una  de  las  sublevaciones 
que  esos  reyes  tuvieron  que  reprimir  en  su  vasto  imperio,  y  que  ha- 
biendo podido  demostrar  su  lealtad,  haya  sido  libertado  y  repuesto  en 
el  trono,  como  ocurrió  con  Necao,  que  fué  gobernador  en  Egipto,  de 
Asiria,  antes  de  llegar  a  ser  el  rey  y  libertador  de  su  país.  (Realmente 
el  que  libertó  a  Egipto  de  los  asirios,  fué  el  hijo  de  Necao,  Psamé- 
tico  I,  fundador  de  la  XXVI  dinastía  saita) .  Sin  embargo,  éstas  no 
son  hasta  el  presente,  sino  conjeturas.  En  cuanto  al  arrepentimiento  de 
Manasés  y  a  las  medidas  reparadoras  que  tomó  él,  según  las  Crónicas, 
son  cosas  que  las  ignoran  tanto  Jeremías  como  el  redactor  del  libro  de 
los  Reyes:  estos  dos  testigos,  casi  contemporáneos  de  los  sucesos,  con- 
sideran la  apostasía  de  Manasés  como  el  crimen  irremisible  que  causó 
la  ruina  definitiva  de  Jerusalén  (II  Rey  21,  10-15;  24,  3-4;  Jer.  15,  4)". 
Y  finalmente,  la  misma  L.  B.  d.  C.  en  su  Introducción  al  libro  de  las 
Crónicas,  sintetiza  su  juicio  sobre  el  pasaje  de  la  referencia,  diciendo: 
"Del  relato  de  la  conversación  de  Manasés  (33,  11-13)  se  puede  conser- 
var que  éste  fué  vasallo  del  rey  de  Asiria,  y  que  fué  llamado  ante 
su  soberano". 


CAPITULO  II 


.  El  reinado  de  Josías 


LOS  PARTIDOS  POLITICOS  Y  RELIGIOSOS  EN  JUDA.  — 
3204.  —  Desde  que  surge  amenazante  la  potencia  asiria  en  el  escenario 
histórico  de  Judá,  se  delinean  con  más  o  menos  nitidez,  tres  agrupa- 
ciones políticas,  a  saber:  a)  la  de  aquellos  dispuestos  a  someterse  al 
dominio  de  dicha  nación;  b)  la  de  los  que  se  inclinaban  a  la  alianza 
con  Egipto  para  contrarrestar  la  influencia  y  la  fuerza  de  Asiria;  y 
c)  la  de  aquellos  que  sostenían  la  completa  neutralidad,  manteniéndose 
alejados  de  esos  dos  grandes  colosos.  Ya  hemos  visto,  principalmente 
en  el  reinado  de  Exequias,  la  pugna  entre  esos  tres  partidos,  el  último 
de  los  cuales  tenía  por  jefe  a  Isaías.  Con  Manasés  triunfa  el  partido 
asiriófilo,  lo  mismo  que  durante  el  breve  reinado  de  sus  sucesor  Amón. 
Del  punto  de  vista  religioso,  había  también  distintas  tendencias,  con- 
tándose entre  ellas:  el  yahvismo  tradicional,  apegado  a  las  costumbres 
de  sus  antepasados;  y  el  partido  prof ético  reformador.  Quizá  también, 
como  opina  Renán,  ya  se  hiciera  sentir  la  influencia  de  los  pietistas,  o 
de  los  anavim,  de  que  hemos  hablado  (§  1167,  1193),  cuyos  sentimien- 
tos se  reflejan  en  muchas  de  sus  producciones  literarias  en  el  Salterio. 
El  citado  autor,  que  considera  preponderante  en  época  de  Ezequías  al 
partido  de  los  anavim,  los  describe  en  esta  forma:  "El  pobre  es  el  amigo 
de  Jehová  (Yahvé),  y  con  este  motivo  se  establecieron  sinonimias  sin- 
gulares. Las  palabras  anav  (dulce)  y  ani  (pobre,  afligido)  derivadas 
ambas  de  una  raíz  que  indica  humildad,  se  llegaron  a  emplear  indistin- 
tamente. Las  palabras  cuya  significación  propia  es  "pobre"  equivalieron 
a  "gente  santa,  amigos  de  Dios".  Obedecía  esto  a  un  sentimiento  aná- 
logo al  que  creó  en  la  Edad  Media  los  nombres  de  frailes  menores,  mí- 
nimos, pobres  de  Dios,  humildes,  etc."  (p.  194). 

3205.  Si  apoyado  en  el  partido  profético,  triunfó  el  pietismo  en 
el  reinado  de  Ezequías,  a  la  muerte  de  este  monarca  se  produjo  una 
reacción  en  la  masa  popular,  en  el  sentido  del  antiguo  yahvismo  tra- 
dicional, pues  aquélla,  como  dice  Piepenbring,  "muy  conservadora  y 
rutinaria,  continuaba  apegada  a  las  viejas  prácticas.  La  predicación  de 
los  profetas  era  demasiado  elevada  y  espiritualista  para  ejercer  acción 


ADVENIMIENTO  DÉ  JÓSIAS 


21 


profunda  sobre  las  clases  inferiores  de  la  sociedad.  El  culto  yahvista 
tradicional,  lo  mismo  que  el  de  Baal  y  de  Astarté,  que  consistía  princi- 
palmente en  ruidosas  fiestas,  en  las  que  desempeñaban  preponderante 
papel,  la  música,  el  canto  y  alegres  festines,  tenían  mucho  mayor  atrac- 
tivo para  los  espíritus  groseros,  que  la  religión  austera  preconizada  por 
los  profetas .  .  .  Muerto  Ezequías,  la  corte  tomó  una  vía  diferente,  pues 
si  hubiera  estado  bien  dispuesta  para  las  reformas  de  aquél,  Manases, 
que  sólo  tenía  12  años  al  subir  al  trono,  hubiese  sufrido  la  feliz  in- 
fluencia de  los  que  lo  rodeaban,  y  difícilmente  hubiese  seguido  otro 
camino  que  el  de  su  padre.  .  .  Se  cometería  gran  injusticia  con  el  po- 
deroso partido  que  se  oponía  con  todas  sus  fuerzas  al  movimiento  pro- 
fético  y  reformador,  si  no  se  atribuyera  su  conducta  más  que  a  la  im- 
piedad, cuando  por  el  contrario,  lo  impulsaba  en  cierto  modo,  el  pia- 
doso apego  al  pasado.  Incontestablemente  que  a  muchas  gentes  pen- 
sadoras les  aparecían  los  profetas  reformadores  como  innovadores  muy 
peligrosos,  que  atacaban  sacrilegamente  la  fe  de  los  padres.  En  el  do- 
minio religioso,  el  poder  de  la  costumbre  siempre  ha  sido  extraordina- 
rio, y  sobre  todo  lo  fué  en  la  antigüedad"  (ps.  351-352). 

3206.  Asesinado  Amón,  el  pueblo  de  Judá,  que  era  muy  legiti- 
mista,  como  lo  prueba  el  hecho  de  que  después  de  cada  revolución 
palaciega  restablecía  la  dinastía  davídica  (II  Rey.  11,  4-20;  14,  21), 
proclamó  rey  al  hijo  de  Amón,  Josías,  niño  de  8  años  de  edad.  Se  ig- 
nora lo  que  ocurrió  en  la  regencia  que  gobernó  durante  la  menoría 
del  monarca,  sólo  se  nos  dice  que  Josías  "hizo  lo  que  agradaba  a  Yahvé, 
Y  siguió  las  huellas  de  David,  su  padre  (es  decir,  su  antecesor),  sin 
apartarse  de  ellas  a  derecha  ni  a  izquierda"  (II  Rey.  22,  2) .  Tal  cambio 
brusco  en  las  ideas  gubernamentales,  desde  que  Josías  comenzó  a  go- 
bernar, representa  el  triunfo  del  pietismo,  con  su  religiosidad  yahvista 
intolerante,  sobre  el  ecleticismo  tolerante  de  su  padre  y  de  su  abuelo. 
No  sería  muy  aventurado  conjeturar  que  el  sacerdote  Helcías  (Hil- 
kiyya)  — al  cual  en  el  relato  "una  mano  más  reciente  reemplazó  el 
título  de  sacerdote,  que  ordinariamente  se  le  da,  por  el  de  gran  sacer- 
dote,  usual  después  del  regreso  del  destierro"  (L.  B.  d.  C.) —  hubiera 
sido  encargado  de  la  educación  del  niño  Josías,  de  modo  que  cuando 
éste  se  hizo  cargo  del  gobierno,  ya  profesaba  las  ideas  religiosas  de  su 
bisabuelo  Ezequías,  que  le  fueran  inculcadas  por  aquel  mentor.  Esta 
suposición  no  tiene  nada  de  inverosímil,  pues  se  halla  reforzada  por  lo 
ocurrido  con  Joas,  rey  de  Judá,  que  sucedió  siendo  niño  de  7  años,  a  su 
abuela  Atalía,  asesinada  en  un  motín  militar,  encabezado  por  Joiada,  sa- 
cerdote o  jefe  de  la  guardia  palatina,  según  Dussaud  (II  Rey.  11,  4-19; 
§  1969) .  En  efecto,  en  II  Rey.  12,  2  se  dice  que  "Joas  hizo  lo  que  agra- 
daba a  Yahvé  durante  toda  su  vida,  porque  Joiada  (Yehoyada),  el  sa- 
cerdote, lo  había  instruido".  Nota  L.  B.  d.  C.  que  algunas  versiones 
antiguas  y  la  mayor  parte  de  las  traducciones  modernas,  después  de  la 


22 


HALLAZGO  DEL  LIBRO  DE  LA  LEY 


primera  cláusula  de  este  versículo,  traen:  durante  todos  sus  días  en 
los  que  Joiada,  el  sacerdote,  lo  dirigió",  para  conciliar  este  texto  con  el 
relato  de  Crónicas,  según  el  cual  Joas  cayó  en  la  idolatría  después  de 
la  muerte  de  Joiada  (II  Crón.  24,  17-19)". 

EL  HALLAZGO  DEL  LIBRO  DE  LA  LEY.  —  3207.  El  189  año 
del  reinado  de  Josías,  envió  éste  a  Safán  o  Shafán,  su  escriba  real,  al 
Templo,  para  que  comunicara  al  sacerdote  Helcías  que  todo  el  dinero 
ingresado  en  la  casa  de  Yahvé  y  que  habían  recogido  del  pueblo  los 
guardianes  del  umbral  (los  porteros,  según  las  versiones  corrientes, 
§  682),  lo  entregara  a  los  sobrestantes  o  encargados  de  vigilar  las  obras 
de  reparación  que  allí  se  efectuaban.  El  redactor  pone  en  boca  de 
Josías,  en  esa  ocasión,  más  o  menos  las  mismas  palabras  que  se  dan 
como  de  Joas,  para  indicar  el  empleo  que  debía  tener  dicho  dinero. 
Compárese,  en  efecto  II  Rey.  12,  llb-12,  14-15  con  II  Rey.  22,  5-7, 
y  se  verá  comprobada  nuestra  observación  preliminar  de  que  a  menudo 
las  palabras  de  tal  o  cual  personaje  bíblico  son  las  que  el  escritor  supone 
que  ese  personaje  debió  de  haber  pronunciado  en  la  situación  narrada 
{t°  I,  N°  5°,  p.  47).  Según  el  redactor  de  Reyes,  durante  la  visitíf  de 
Safán  a  Helcías,  éste  le  dijo:  "8  He  encontrado  en  la  casa  de  Yahvé  el 
libro  de  la  Ley".  Y  Helcías  entregó  el  libro  a  Safán,  quien  lo  leyó. 
9  Safán,  el  escriba,  volvió  al  rey  y  le  dió  cuenta  de  lo  que  le  había  en- 
comendado, y  dijo:  "Tus  siervos  han  recogido  el  dinero  hallado  en  el 
Templo  y  lo  han  entregado  a  los  sobrestantes  encargados  de  vigilar  el 
trabajo  en  la  casa  de  Yahvé".  10  Safán,  el  escriba,  prosiguiendo  su 
relato,  dijo:  "El  sacerdote  Helcías  me  ha  dado  un  libro".  Y  lo  leyó 
delante  del  rey.  11  Al  oir  el  rey  las  palabras  que  contenía  el  libro  de 
la  Ley,  rasgó  sus  vestidos,  12  y  ordenó  a  Helcías,  el  sacerdote,  a  Ahi- 
cam,  hijo  de  Safán,  a  Acbor,  hijo  de  Micaya,  a  Safán,  el  escriba,  y  a 
Asaya,  servidor  del  rey,  diciendo:  13  "Id  a  consultar  a  Yahvé  por  mí 
y  por  el  pueblo  y  por  toda  Judá,  tocante  a  este  libro  que  acaba  de  ser 
hallado.  Grande,  en  efecto,  debe  ser  la  cólera  de  Yahvé  que  se  ha  en- 
cendido contra  nosotros,  porque  nuestros  padres  no  han  obedecido  las 
palabras  de  este  libro  y  no  han  puesto  en  práctica  todo  lo  que  en  él  se 
prescribe".  14  Helcías,  el  sacerdote,  Ahicam,  Acbor,  Safán  y  Asaya 
fueron  a  casa  de  la  profetisa  Huida,  mujer  de  Sallum,  guardián  de  los 
vestidos  (1),  hijo  de  Ticva,  hijo  de  Harhas,  la  cual  habitaba  en  Jeru- 


(1)  "Para  aproximarse  a  la  divinidad,  hay  que  ser  puro,  y  como  los  ves- 
tidos ordinarios  están  contaminados,  el  adorador  que  va  al  santuario,  debe  des- 
pojarse de  ellos,  o  lavarlos,  o  ponerse  otros  de  repuesto  reservados  para  este  uso 
(Gén.  35,  2),  o  tomar  prestados  vestidos  a  los  guardianes  del  santuario  (II  Rey. 
10,  22) ,  lo  que  se  hacía,  p.  ej.,  en  la  Meca  y  en  el  santuario  de  Al  Djalsad,  entre 
los  árabes  paganos"  (L.  B.  d.  C.). 


HALLAZGO  DEL  LIBRO  DE  LA  LEY 


23 


salen,  en  el  segundo  barrio.  Cuando  le  hubieron  hablado,  15  ella  les 
respondió:  "Así  habla  Yahvé,  dios  de  Israel:  Decid  al  varón  que  os 
ha  enviado  a  mí:  16  Así  habla  Yahvé:  Traeré  males  sobre  este  lugar 
y  sobre  sus  habitantes,  según  todas  las  amenazas  del  libro  que  el  rey 
de  Judá  acaba  de  leer.  17  Porque  me  han  abandonado,  y  han  quemado 
sus  ofrendas  en  honor  de  otros  dioses,  irritándome  con  todas  sus  accio- 
nes, se  ha  encendido  mi  cólera  contra  este  lugar,  y  no  se  extinguirá 
más.  18  En  cuanto  al  rey  de  Judá,  que  os  envía  para  consultar  a  Yahvé, 
decidle:  Asi  habla  Yahvé,  dios  de  Israel:  Las  palabras  que  tú  has 
oído...  (falta  el  fin  de  la  frase;  quizá  dijera:  "son  la  verdad;  pero 
.  .  .")  19  porque  se  ha  enternecido  tu  corazón  y  te  has  humillado  de- 
delante  de  mí  al  oir  que  he  condenado  este  lugar  y  sus  habitantes  a  ser 
un  objeto  de  espanto  y  un  ejemplo  que  se  citará  en  las  maldiciones 
(es  decir,  que  cuando  se  quiera  maldecir  a  alguno,  se  diga:  "¡Ojalá 
llegues  a  ser  como  Judá!".  Cf.  Jer.  29,  22;  Gén.  48,  20),  porque  has 
desgarrado  tus  vestidos  y  has  llorado  delante  de  mí,  yo  también  te  he 
escuchado,  oráculo  de  Yahvé  (o  dice  Yahvé) .  20  Por  lo  cual  cuando 
te  recoja  junto  a  tus  padres,  serás  recogido  en  paz  en  tu  sepulcro,  y  tus 
ojos  no  verán  todos  los  males  que  he  de  traer  sobre  este  lugar".  Y 
ellos  transmitieron  al  rey  esta  respuesta"  (II  Rey.  22). 

3208.  En  la  precedente  transcripción  tenemos  el  relato  que  nos 
da  el  redactor  del  libro  de  Reyes,  sobre  el  hallazgo  de  un  escrito  sa- 
grado en  el  Templo,  el  año  18°  del  reinado  de  Josías,  o  sea,  el  año 
621  ó  622.  Tal  como  se  presenta  hoy  ese  relato,  hace  pensar  en  una 
connivencia  entre  el  sacerdote  Helcías,  Safán,  escriba  o  secretario  del 
rey,  y  la  profetisa  Huida,  para  hacer  aceptar  como  de  antigua  data  un 
libro  de  la  Ley  preparado  por  alguno  de  ellos  o  por  todos  en  conjunto. 
En  efecto,  en  la  visita  que  hace  Safán  al  Templo,  con  motivo  de  las 
reparaciones  que  en  éste  se  hacían,  Helcías  le  anuncia  haber  encontrado 
en  la  casa  de  Yahvé,  el  libro  de  la  Ley.  No  se  dice  en  qué  lugar,  si  en 
una  excavación,  en  el  cimiento  de  alguna  pared  o  empotrado  en  ella, 
pues  en  el  arca  no  podía  estar,  ya  que  se  afirma  que  "dentro  del  Arca 
nada  había,  sino  solamente  las  dos  tablas  de  piedra  que  colocó  allí 
Moisés  en  Horeb"  (I  Rey  8,  9).  Esos  datos  eran  indispensables  que  se 
dieran,  puesto  que  se  trataba  de  algo  tan  oculto  (recuérdese  que  los 
libros  judíos  eran  rollos  manuscritos,  §  28,  3683),  que  jamás  habían 
tenido  noticias  de  él  los  sacerdotes,  ni  las  demás  personas  que  tenían 
acceso  al  Templo.  Después,  el  único  que  se  conmueve  al  enterarse  del 
contenido  de  dicho  libro,  es  Josías,  pues  los  demás  nombrados  no  dan 
la  menor  muestra  de  sorpresa  o  de  estupor,  como  si  ya  lo  conocieran 
de  mucho  tiempo  atrás.  Safán,  no  dándole  importancia,  se  limita  a  de- 
cir al  rey:  "Helcías  me  ha  entregado  un  libro",  y  en  seguida  él  se  pone 
a  leerlo  en  alta  voz,  cuando  lo  natural  es  que  lo  leyera  el  propio  Josías. 
Además  el  momento  histórico  era  oportuno  para  hacer  figurar  como 


24 


LA  RESPUESTA  DE  HULDA 


descubrimiento  la  aparición  de  un  escrito  sagrado  que  combatía  las 
innovaciones  religiosas  de  Manases,  pues  en  el  año  621  ya  estaba  en 
decadencia  el  poderío  de  Asiría,  al  punto  de  que  9  años  más  tarde  fué 
totalmente  destruida  Nínive.  Por  eso  supone  Loisy  que  no  imponién- 
dose ya  en  Jerusalén  la  influencia  asiría,  resolvieron  los  sacerdotes  res- 
tablecer en  su  integridad  el  culto  de  Yahvé,  eliminando  con  las  innova- 
ciones asirias  introducidas  en  ese  siglo,  algunas  prácticas  cananeas, 
siempre  renacientes,  asunto  que  se  confió  al  sacerdote  Helcías.  Sin 
embargo,  nosotros  creemos,  como  lo  hemos  manifestado  anteriormente 
(§  3192),  que  ese  libro  fué  preparado  en  época  de  Manasés,  por 
sacerdotes  y  discípulos  de  Isaías,  ya  que  en  él  resalta  la  influencia 
prof ética  avanzada,  quedando  bajo  la  guarda  del  sacerdote  principal 
del  Templo,  hasta  que  surgiera  algún  monarca  exclusivamente  yahvista, 
para  hacerlo  aparecer  en  el  momento  que  lo  permitieran  las  circuns- 
tancias históricas.  Esto  ocurrió  en  el  reinado  de  Josías,  — rey  quizá 
educado  por  el  sacerdote  Helcías,  §  3206  —  entrando  probablemente 
en  el  desarrollo  de  dicho  plan,  además  de  éste,  el  escriba  Safán  y  la 
profetisa  Huida.  El  libro  fue  el  resultado  de  una  transacción  entre  el 
elemento  profético,  inclinado  a  una  religión  más  elevada,  más  moral  y 
antirrítualísta,  y  el  sacerdocio  jerosolimitano  que  representaba  el  es- 
píritu tradicional  apegado  a  ceremonias  consuetudinarias.  El  código  des- 
cubierto, dice  Reuss,  "establecía  como  base  de  la  constitución  teocrá- 
tica: un  Dios,  un  pueblo  elegido,  un  lugar  de  culto  y  una  casta  privile- 
giada, como  la  única  que  ofrecía  suficiente  garantía  para  la  conserva- 
ción de  los  principios"  {UHist.  Sainte,  I,  p.  163)  ;  siendo  esa  casta  la 
que  venía  a  obtener  mayores  provechos  materiales  al  transformarse  en 
ley  del  Estado  las  disposiciones  del  nuevo  código. 

3209.  En  cuanto  a  la  respuesta  de  Huida,  debe  haber  sido  modi- 
ficada después  del  destierro,  pues,  como  manifiesta  L.  B.  d.  C,  "si  la 
profetisa  hubiera  prevenido  a  Josías  que  era  inútil  toda  tentativa  de 
reforma,  y  además  le  hubiera  asegurado  que  él  no  presenciaría  la  catás- 
trofe, se  habría  aparentemente  resignado,  sin  reaccionar,  a  lo  inevita- 
ble. Debió  Huida  hacer  esperar  a  Josías  el  perdón  divino,  si  procedía  a 
una  reforma  radical,  y  quizá  se  encuentre  su  verdadera  respuesta  en 
los  vs.  19  y  20^,  en  los  que  promete  la  profetisa  al  soberano  una  muerte 
tranquila,  - — cuando  realmente  debía  hallar  trágico  fin  en  Meguido". 
También  opina  Piepenbring  que  los  vs.  15-20  han  sido  retocados,  y  al 
efecto  expresa:  "Probablemente  Huida  aconsejó  al  soberano  que  pro- 
mulgara el  nuevo  código  como  ley  del  reino,  asegurándole  que  de  este 
modo  no  se  realizarían  las  amenazas  que  él  encierra.  Pero  como  la 
ruina  del  reino  de  Judá  desmintió  esa  predicción,  un  redactor  poste- 
rior reemplazó  el  oráculo  auténtico  por  otro  que  se  encuadrara  mejor 
con  los  hechos"  (p.  371).  Igualmente  cree  Lods  que  "la  respuesta  ac- 
tual de  Huida  debe  encerrar  un  fondo  primitivo  (II  Rey.  22,  18-20^) ; 


NOVEDAD  DEL  LIBRO  DE  LA  LEY 


25 


lo  demás  (vs.  15-17)  ha  debido  ser  añadido  o  modificado  después  de 
la  catástrofe  del  año  586"  {Les  Prophétes,  p.  161). 

3210.  Resulta  innegable  que,  salvo  el  pequeñísimo  número  de  per- 
sonas que  intervinieron  en  el  descubrimiento  del  citado  libro  o  rollo, 
éste  era  completamente  desconocido  tanto  por  el  rey  como  por  su  pue- 
blo, según  lo  prueba  el  hecho  de  que  lueg'o  de  la  consulta  a  la  profetisa 
Huida,  Josías  convocó  a  una  magna  asamblea,  "a  todos  los  ancianos  de 
Judá  y  de  Jerusalén",  en  el  Templo,  a  donde  subió  con  ellos,  y  "con 
todas  las  gentes  de  Judá  y  todos  los  habitantes  de  Jerusalén,  los  sacer- 
dotes, los  profetas  y  todo  el  pueblo,  chicos  y  grandes",  ante  quienes 
hizo  leer,  o  él  leyó,  el  referido  libro,  sin  que  nadie  diera  la  menor  señal 
de  que  aquella  lectura  ya  le  era  conocida  (II  Rey.  23,  1-3).  La  novedad 
absoluta  de  aquel  código  religioso  es  un  poderoso  argumento  contra  la 
ortodoxia  que  sostiene  que  dicho  escrito  era  el  Pentateuco,  pues,  como 
expresa  Reuss,  si  éste  en  aquel  entonces  hubiera  existido,  y  que  debido 
a  las  desgracias  de  los  tiempos,  de  las  guerras,  saqueos,  persecuciones 
ordenadas  por  reyes  idólatras,  o  por  cualesquiera  otras  causas,  hubie- 
sen desaparecido  los  ejemplares  del  mismo,  sin  tenerse  noticias  de  él, 
lo  natural  hubiera  sido  que  tanto  el  rey  como  el  pueblo  hubiesen  esta- 
llado en  manifestaciones  de  alegría  ante  el  feliz  acontecimiento  de  ha- 
berse encontrado  un  ejemplar  del  perdido  libro  sagrado.  En  cambio, 
la  desesperación  del  monarca,  quien  rasga  sus  vestidos  en  señal  de 
profundo  dolor  y  el  completo  silencio  del  pueblo  en  la  gran  asamblea 
mencionada,  demuestran  que  por  primera  vez  escuchaban  la  lectura  de 

f)áginas  y  preceptos  que  ignoraban  en  absoluto;  que  desconocían  hasta 
a  existencia  de  una  ley  divina  que  sancionaba  con  terribles  castigos  y 
maldiciones  los  cultos  entonces  tolerados,  que  indudablemente  la  gran 
mayoría  practicaba.  En  ninguna  parte  de  Reyes  se  menciona  a  Moisés, 
y  si  en  el  pasaje  I  Rey.  2,  3  se  habla  de  lo  que  "está  escrito  en  la  ley  de 
Moisés",  es  porque  ese  v.  3  y  el  siguiente  v.  4  son  de  un  redactor  de  la 
época  del  destierro,  cuyos  términos  sobre  la  fidelidad  a  la  ley  de  Yahvé 
se  hallan  en  el  Deuteronomio.  En  cambio,  varios  siglos  más  tarde,  el 
Cronista,  escribiendo  cuando  ya  había  aparecido  el  Pentateuco,  al  que  se 
llamaba  "el  libro  de  la  Ley",  y  se  le  consideraba  como  obra  mosaica, 
puso  en  su  narración  que  "el  sacerdote  Helcías  halló  el  libro  de  la  Ley 
de  Yahvé  dado  (o  escrito)  por  Moisés"  (II  Crón.  34,  14).  Y  como  re- 
sultaba que  el  Pentateuco  era  demasiado  largo  para  que  de  un  tirón 
se  lo  hubiera  leído  Safán  a  Josías,  el  Cronista  en  vez  de  "lo  leyó  de- 
lante del  rey",  puso:  "leyó  en  él  delante  del  rey"  (ib.  v.  18).  Si  el  sacer- 
dote Helcías  dice:  "He  encontrado  el  libro  de  la  Ley"  (v.  8),  es,  como 
manifiesta  Reuss,  porque  ya  lo  ha  leído  (o  ya  lo  conoce  bien,  agrega- 
mos) y  sabe  de  lo  que  se  trata. 

3211.  Debemos  precisar  que  lo  que  nosotros  traducimos  por  ley, 
en  el  original  es  expresado  por  el  vocablo  thora,  thorá,  torah  o  tora. 


26 


LA  TORA  DE  HELCIAS 


como  quiere  el  Diccionario  de  la  Academia  Española  que  se  escriba. 
Como  hemos  puntualizado  en  §  347,  349,  thora  era  una  instrucción  o 
enseñanza  cualquiera,  principalmente  la  que  se  conceptuaba  de  origen 
divino  (§  2776).  Nota  Reuss  que  esta  noción  de  enseñanza  estaba  pre- 
sente en  el  espíritu  de  los  profetas  que  se  servían  de  esa  palabra,  y 
cita  al  efecto:  Is.  1,  10;  2,  3;  5,  24;  8,  16,  20;  30,  9;  Am.  2,  4;  Os,  4,  6; 
8,  1,  12;  Miq.  4,  2;  Hab.  1,  4;  Jer.  18,  18;  Ez.  7,  26;  Ag.  2,  11  y  Sof. 
3,  4,  "pasajes  en  ninguno  de  los  cuales  es  necesario  pensar  en  el  código 
mosaico,  y  en  muchos  es  imposible".  Y  agrega:  "el  verbo  horah,  de 
donde  se  deriva  el  substantivo  torah,  significa  siempre  instruir  y  nunca 
legiferar"  {L'Hist.  Sainte,  ps.l47  -148).  Pero  en  el  lenguaje  del  ju- 
daismo de  los  últimos  siglos,  se  le  dió  a  la  palabra  torah  la  acepción 
de  ley,  designándose,  en  consecuencia,  desde  entonces,  con  ese  término 
al  Pentateuco  (§  28).  "La  Torah  era  la  instrucción  por  excelencia,  co- 
mo la  Biblia  es  el  libro  por  excelencia,  y  el  Corán,  la  lección  por  exce- 
lencia" (Ib.  p.  147). 

3212.  ¿Conservamos  actualmente  la  thora  que  Safán  leyó  a 
Josías,  y  que  tan  intenso  terror  le  causó  a  éste  último?  La  mayor  parte 
de  los  críticos  modernos  contestan  afirmativamente,  y  creen  hallarla 
en  el  núcleo  primitivo  del  Deuteronomio,  libro  que  tantos  retoques  y 
adiciones  sufrió  posteriormente.  "Los  ensayos  para  desprender  del  Deu- 
teronomio actual  la  ley  adoptada  por  Josías,  escribe  el  profesor  H. 
Trabaud  en  su  "L'Introduction  a  VA.  T",  por  más  interesantes  y  su- 
gestivos que  sean  no  han  dado  hasta  aquí  resultados  bien  concluyen- 
tes.  Todo  lo  que  se  puede  decir,  es  que  debe  ser  buscada  principalmente 
en  la  parte  propiamente  legislativa,  o  sea,  en  los  caps.  12-26,  la  que  no 
nos  ha  llegado  completa,  como  tampoco  el  Libro  de  la  Alianza,  y  fi- 
nalmente lo  que  de  ella  quede,  debe  hallarse  probablemente  en  las  leyes 
en  las  que  se  emplea  el  singular"  (cita  de  Gautier,  I,  p.  170).  Esta 
última  observación  se  refiere  al  hecho  de  que  ciertos  preceptos  están 
expuestos  en  segunda  persona  de  singular:  "tú  harás  esto  o  aquello", 
como  p.  ej.,  en  6,  1-13;  mientras  que  otros  lo  están  en  la  segunda  de 
plural:  "vosotros  haréis  esto  o  aquello",  p.  ej.,  12,  1-12.  Lo  más  acep- 
tado hoy  es  que  el  libro  de  la  Ley  descubierto  en  el  Templo,  que  por 
comodidad  llamaremos  "la  tora  de  Helcías",  comprendía  gran  parte  de 
los  caps.  12-26  y  el  cap.  28.  Y  como  ese  código  se  daba  como  un  discur- 
so de  Moisés,  debía  probablemente  ir  precedido  por  una  de  las  'tres  in- 
troducciones que  hoy  presenta  el  Deuteronomio,  a  saber:  1,  J-4,  40; 
o  4,  45-5,  30;  o  6-11.  Lo  que  complica  el  problema  es  que  muchas  ma- 
nos intervinieron  posteriormente  haciéndole  agregados,  transposiciones 
y  modificaciones,  antes  y  después  del  destierro,  siendo  reconocibles  al- 
gunas de  esas  adiciones  y  otras  no.  Así,  p.  ej.,  observa  Lods  en  la 
Introducción  al  Deuteronomio  (L.  B.  d.  C,  p.  XXVI),  que  "según  el 
primer  preámbulo  citado,  había  perecido  en  el  desierto  toda  la  gene- 


REFORMAS  DE  JOSIAS 


27 


ración  de  los  israelitas  salidos  de  Egipto  (1,  35-40;  2,  14-16),  mientras 
que  el  segundo  y  tercero  afirman  con  insistencia  que  todos  los  hebreos 
participantes  del  éxodo  vivían  aún  cuando  se  iba  a  atravesar  el  Jordán 
(5,  2-3;  7,  19;  8,  2-4;  9,  2-3,  23-24;  11,  2-7)".  Entre  los  agregados 
se  cuentan  estos  pasajes:  14,  1-2,  4-20;  15,  4-6;  16,  3-4,  8,  16-17;  17, 
14-20;  19,  8-9;  21,  5;  23,  4-8  y  25,  17-19.  La  thora  de  Helcías  debía, 
pues,  contener  una  introducción,  un  conjunto  de  leyes  y  terminar,  como 
el  Código  de  Hammurabí  (§  13)  y  más  tarde,  el  código  de  Santidad 
(Lev.  17-26),  por  una  serie  de  imprecaciones,  que  se  encuentran  hoy 
en  el  cap.  28.  "Si  los  redactores  lo  presentaron  bajo  la  forma  de  un 
discurso  pronunciado  por  Moisés,  dice  la  citada  Introducción  de  L.  B. 
d.  C,  fue  porque  el  nuevo  código,  en  muchos  puntos,  era  un  simple 
desarrollo  del  antiguo  Libro  de  la  Alianza  elohista,  Ex.  20,  23-23,  19 
(nuestro  t°  VII,  cap.  7),  ya  atribuido  al  fundador  de  la  religión  na- 
cional, siendo  la  consigna  de  los  reformadores  el  retorno  al  yahvismo 
original  y  el  repudio  de  todos  los  usos,  lugares  y  objetos  sagrados,  to- 
mados a  los  cananeos  o  considerados  como  de  éstos"  (p.  XXVII). 

LA  TORA  DE  HELCIAS  Y  LAS  REFORMAS  DE  JOSIAS.  —  3213. 
Confirma  la  aludida  conclusión,  el  examen  de  las  reformas  que,  se- 
gún II  Rey.  23,  efectuó  el  rey  Josías  después  de  la  asamblea  arriba 
óiencionada  (§  3210),  en  la  que  "el  rey,  de  pie  junto  a  la  columna, 
concluyó  una  alianza  delante  de  Yahvé,  comprometiéndose  a  seguir  a 
Yahvé  y  a  observar  sus  mandamientos,  sus  instrucciones  y  sus  leyes 
con  todo  el  corazón  y  con  toda  el  alma,  a  fin  de  realizar  las  condiciones 
de  la  alianza  escritas  en  aquel  libro;  y  todo  el  pueblo  adhirió  a  la 
alianza"  (v.  3).  Las  referidas  reformas  fueron  las  siguientes: 

1°  Purificación  del  Templo.  4  Después  el  rey  ordenó  a  Helcías, 
al  segundo  sacerdote  y  a  los  guardianes  del  umbral  que  sacaran  del 
santuario  de  Yahvé  todos  los  objetos  de  culto  que  habían  sido  fabri- 
cados para  Baal,  para  Ashera  y  para  todo  el  ejército  de  los  cielos;  los 
hizo  quemar  fuera  de  Jerusalén,  en  los  campos  del  Cedrón,  y  llevaron 
las  cenizas  a  Bethel.  6  Hizo  sacar  el  poste  sagrado  de  la  casa  de  Yahvé 
y  llevarlo  fuera  de  Jerusalén,  al  valle  del  Cedrón,  donde  lo  hizo  quemar 
(§  88,  n) ;  y  después  de  haberlo  reducido  a  cenizas,  arrojó  éstas  a  la 
fosa  común  (o  a  la  sepultura  de  los  hijos  del  pueblo).  7  Demolió  las 
habitaciones  de  las  personas  que  se  entregaban  a  la  prostitución  sagrada 
(de  uno  y  otro  sexo)  que  se  encontraban  en  la  casa  de  Yahvé,  y  donde 
las  mujeres  tejían  tiendas  o  túnicas  para  Ashera  (§  89).  Notemos  en 
este  pasaje,  que  se  habla  de  Helcías  como  del  sacerdote  principal,  y  de 
un  "segundo  sacerdote",  o  "sacerdote  en  segundo  lugar",  como  lo  era 
un  tal  Sofonías,  cuando  la  destrucción  de  Jerusalén  (II  Rey.  25,  18), 
cargo  que,  según  las  inscripciones,  era  usual  igualmente  en  Fenicia  y 
en  Cartago.  "Ese  título  de  sacerdote  en  segundo  (o  de  segundo  sOcer- 


58 


REFORMAS  DE  JOSIAS 


dote)  no  parece  haber  sido  conservado  en  la  jerarquía  judía,  después 
del  destierro"  (L.  B.  d.  C.) .  Como  se  consideraba  impuro  todo  lo  que 
estaba  en  contacto  con  un  muerto  (nuestra  Introducción,  §  163,  166), 
las  tumbas  lo  eran  en  primer  término;  por  eso  Josías  manda  arrojar 
a  la  fosa  común  las  cenizas  de  la  Ashera  quemada,  o  sea,  adonde  se 
llevaban  los  cadáveres  de  los  que  carecían  de  familia  o  de  tierras,  pues 
el  israelita  que  las  poseía,  tenía  allí  su  tumba  familiar,  en  la  heredad 
de  sus  padres.  En  consecuencia,  los  restos  de  objetos  sagrados  que  se 
echaban  en  las  tumbas,  no  podían  después  servir  de  reliquias  o  amu- 
letos. Josías  trató  también  de  concluir  con  la  prostitución  sagrada,  que 
florecía  en  la  propia  casa  de  Yahvé,  vergonzosa  práctica  que  debió 
haber  tomado  gran  incremento  en  época  de  Manasés,  con  la  introduc- 
ción de  la  religión  asiría,  pues  era  usual  en  el  culto  de  la  Ishtar  babi- 
lónica (§  75).  La  eliminación  de  los  emblemas  de  los  cultos  astrales  de 
Asiría,  acogidos  probablemente  por  consideraciones  de  vasallaje  a  este 
imperio,  venía  a  tener  el  alcance  político  de  la  proclamación  de  la  inde- 
pendencia nacional.  "El  restablecimiento  del  dios  de  Israel  en  sus  de- 
rechos exclusivos,  dice  Lods,  fué  la  señal  de  una  restauración  nacional, 
semejante  a  las  que  se  ejecutaron  al  mismo  tiempo  y  gracias  a  las  mis- 
mas circunstancias  políticas,  en  Egipto  y  Babilonia"  {Les  Prophétes, 
p.  46). 

3214.  29  Abolición  de  los  altos  de  Judá.  8**  Hizo  venir  de  las  ciu- 
dades de  Judá,  a  todos  los  sacerdotes.  9  Sin  embargo,  los  sacerdotes  de 
los  altos  no  subían  al  altar  de  Yahvé  en  Jerusalén;  si  bien  comían  de 
los  panes  sin  levadura  (panes  ázimos)  en  medio  de  sus  hermanos. 
8b  Profanó  los  altos  donde  los  sacerdotes  quemaban  ofrendas  (o  in- 
cienso), desde  Geba  (10  kms.  al  N.  de  Jerusalén,  situada  en  el  extremo 
septentrional  del  reino  de  Judá)  hasta  Beer-Seba  (en  su  límite  Sur). 
Josías,  según  se  ve,  hizo  cerrar  todos  los  altos  o  santuarios  nacionales, 
profanándolos  y  obligó  a  sus  sacerdotes  a  que  habitaran  en  Jerusalén; 
pero  no  les  permitió  más  realizar  funciones  sacerdotales,  autorizándo- 
los no  obstante  a  vivir  del  altar. 

3215.  3*?  Abolición  de  los  santuarios  de  divinidades  extranjeras 
y  de  sus  objetos  de  culto.  8c  Demolió  el  alto  de  los  sátiros  (§  81),  que 
está  a  la  entrada  de  la  puerta  de  Josué,  gobernador  de  la  ciudad,  a  la 
izquierda  cuando  se  entra  a  la  ciudad  por  esa  puerta.  JO  Profanó  tam- 
bién el  lugar  de  incineración  (en  hebreo,  tefet,  convertido  por  los  ma- 
soretas  en  tofet,  con  las  vocales  de  boset  "vergüenza",  §  618,  987), 
para  que  nadie  hiciese  pasar  más  a  su  hijo  o  a  su  hija  por  el  fuego,  en 
sacrificio  votivo  (o  a  Moloc,  §  2299  n).  11  Hizo  sacar  los  caballos 
que  los  reyes  de  Judá  habían  consagrado  al  Sol  a  la  entrada  del  tem- 
plo de  Yahvé,  junto  al  aposento  del  eunuco  Natán-Melek,  en  los  Par- 
varim  (§  1379)  ;  e  hizo  quemar  también  el  carro  del  Sol.  12  Igual- 
mente el  rey  demolió  los  altares  que  se  encontraban  sobre  la  terraza  de 


SACRIFICIO  VOTIVO 


29 


la  cámara  alta  de  Acaz,  construidos  por  los  reyes  de  Judá,  así  como 
los  altares  hechos  por  Manases  en  los  dos  patios  (o  atrios)  de  la  casa 
de  Yahvé;  y  el  rey,  después  de  haberlos  destruido,  los  sacó  de  allí  e 
hizo  echar  su  polvo  en  el  torrente  del  Cedrón.  13  El  rey  profanó  tam- 
bién los  altos  que  había  frente  a  Jerusalén,  a  la  derecha  del  monte  del 
Aceite  (monte  de  los  Olivos),  y  que  Salomón,  rey  de  Israel,  había 
construido  en  honor  de  Astarté,  el  ídolo  detestable  de  los  sidonios,  de 
Kemosh  (o  Carnes,  §  352),  el  ídolo  detestable  de  Moab,  y  de  Milcom, 
el  ídolo  abominable  de  los  ammonitas  (§  504).  14  Quebró  las  estelas, 
abatió  los  postes  sagrados,  y  llenó  su  lugar  (o  emplazamiento*)  de 
huesos  humanos.  15  Además  el  rey  destruyó  el  altar  de  Bethel  y  el 
alto  establecido  por  Jeroboam,  hijo  de  Nebat  (o  Nabat),  por  el  cual 
Israel  había  sido  arrastrado  al  pecado;  quebró  sus  piedras,  las  redujo 
a  polvo,  y  quemó  el  poste  sagrado  (la  Ashera).  i 6^  Después  Josías, 
viendo,  al  darse  vuelta,  las  tumbas  que  había  allí  en  el  monte,  ordenó 
sacar  los  huesos  de  esas  tumbas  y  quemarlos  sobre  el  altar,  y  profanó 
así  este  altar.  19  También  hizo  desaparecer  Josías  todos  los  santuarios 
de  los  altos  existentes  en  las  ciudades  de  Samaría  y  que  habían  hecho 
los  reyes  de  Israel  para  irritar  a  Yahvé,  y  los  trató  como  había  trata- 
do el  de  Bethel.  20  Degolló  (Reuss;  otros,  sacrificó  o  inmoló)  a  todos 
los  sacerdotes  de  los  altos  de  esas  ciudades  sobre  los  altares,  en  los 
que  hizo  quemar  huesos  humanos,  y  después  se  volvió  a  Jerusalén. 

3216.  Obsérvese,  según  hemos  ya  dicho  (§  3213),  que  la  ma- 
nera usada  por  Josías  para  profanar  un  sitio  u  objeto  considerado  sa- 
grado, era  el  llenarlo  de  huesos  humanos,  pues  de  acuerdo  con  las 
ideas  supersticiosas  de  la  época,  causaba  impureza  el  contacto  con  un 
muerto  o  con  sus  despojos.  Confirmando  nuestra  nota  de  §  2299,  y 
sobre  el  final  del  precedente  v.  10,  escribe  L.  B.  d.  C:  "Desde  la  an- 
tigüedad se  ha  creído  reconocer  en  la  palabra  empleada  aquí  (léase: 
lemolek)  un  nombre  divino  que  ha  sido  interpretado  "por  Moloc" 
(Versión  de  los  LXX),  o  "por  le  Molek"  (T.  M.),  es  decir,  "por  el 
Rey"  {molek  siendo  considerado  como  deformación  del  vocablo  melek 
"rey").  Pero  la  celebración  de  sacrificios  humanos  en  honor  de  un 
dios  así  llamado,  no  se  encuentra  atestiguada  en  ningún  texto  antiguo, 
fuera  de  la  locución  del  A.  T.  empleada  aquí  y  en  diversos  pasajes  si- 
milares. Ahora  bien,  cinco  inscripciones  latinas  descubiertas  en  1930 
en  Ngaus,  Argelia,  así  como  diversos  monumentos  púnicos  anterior- 
mente conocidos,  nos  han  revelado  que  había  en  fenicio  una  palabra 
molk,  que  designaba  una  especie  de  sacrificio  sustitutivo  de  una  inmo- 
lación humana,  y  en  la  que  el  abate  Chabot  reconoció,  según  el  arameo, 
un  término  que  significa  "promesa"  o  "cumplimiento  de  una  pro- 
mesa". Se  decía  molchomor  "sacrificio  prometido  de  un  cordero", 
molk  adam,  "sacrificio  prometido  de  un  ser  humano",  etc.  Parece  muy 
probable  que  existiera  en  hebreo  la  misma  palabra  con  el  mismo  sen- 


30 


PASCUA  CELEBRADA  POR  JOSIAS 


tido  de  "sacrificio  votivo"  y  que  ella  es  la  que  tenemos  aquí,  y  no  el 
nombre  de  un  hipotético  dios  Moloc"  (Véase  también:  Carcopino,  en 
R.  H.  R.  t*?  106,  ps.  592-599).  En  cuanto  a  los  caballos  que  los  reyes 
de  Judá  (luego  no  era  sólo  Manasés)  habían  consagrado  al  Sol,  a  la 
entrada  del  Templo  de  Yahvé,  recuerda  la  misma  L.  B.  d.  C.  que  "di- 
versos pueblos,  como  los  rodios,  espartanos,  persas,  masagetas,  sacrifi- 
caban anualmente  caballos  al  dios  Sol  para  renovar  el  tiro  fatigado  de 
su  carro.  Aunque  no  se  ha  atestiguado  esta  práctica  en  los  asiro-babi- 
lonios,  quizá  fuera  de  ellos  que  la  tomaron  los  reyes  de  Judá.  Los 
asirios  representaban  al  dios  solar  Shamash,  de  pie  sobre  un  caballo". 
Tocante  a  los  parvarim,  construcciones  al  Oeste  del  Templo,  abiertas 
por  todos  sus  costados,  véase  §  1379.  Sobre  la  mención  de  los  altares 
que  se  encontraban  en  el  techo  del  Templo  o  del  palacio,  téngase  pre- 
sente que  eran  los  techos  de  las  casas  los  parajes  indicados  para  adorar 
o  rendir  culto  a  las  divinidades  astrales  (Sof.  1,  5;  Jer.  19,  13;  32,  29). 
Y  finalmente,  si  es  cierto  lo  que  se  narra  en  los  vs.  15-16  — en  contra 
de  la  opinión  de  Loisy,  quien  sostiene  que  ese  relato  coordinado  con 
una  leyenda  profética  (vs.  15-20),  es  pura  fantasía,  porque  Josías  no 
era  dueño  de  los  territorios  donde  estaba  Bethel  (La  Red.  d'Isr.  p.  204) 
—  eso  probaría  que  a  raíz  de  la  completa  decadencia  de  Asiría,  que  se 
hallaba  próxima  a  su  rápido  fin,  pudo  Josías  apoderarse  de  gran  parte 
del  antiguo  reino  de  Israel,  y  realizar  más  tarde  allí  la  obra  destruc- 
tora que  iba  efectuando  para  extirpar  del  país  todo  culto  extraño  a 
Yahvé.  Anotando  los  vs.  19-20,  escribe  L.  B.  d.  C:  "Estos  vs.  deben 
ser  de  reciente  redacción,  ya  que  en  ellos  se  emplea  la  palabra  Sama' 
ria,  como  nombre  de  país  (cf.  17,  24).  Es  dudoso  que  Josías  haya  po- 
dido, desde  el  año  622,  extender  su  reforma  a  toda  esta  región,  y  que 
haya  tratado  a  los  sacerdotes  de  los  altos  de  Israel,  de  distinto  modo 
que  a  los  de  los  santuarios  de  Judá  (vs.  8^  y  9)". 

3217.  4P  Otras  medidas  reformatorias  de  Josías,  y  celebración 
de  una  solemne  Pascua.  24  También  Josías  hizo  desaparecer  (o  extir- 
pó) a  los  nigromantes,  a  aquellos  que  consultan  los  espíritus  que  cono- 
cen las  cosas  ocultas  (§  3190),  los  terafim  (§  556),  los  ídolos  y  to- 
das las  abominaciones  que  podían  verse  en  el  país  de  Judá  y  en  Jeru- 
salén;  proponiéndose  cumplir  con  todas  las  prescripciones  de  la  ley, 
escritas  en  el  libro  que  había  hallado  el  sacerdote  Helcías,  en  la  casa 
de  Yahvé.  21  Entonces  a  todo  el  pueblo,  dió  el  rey  esta  orden:  "Cele- 
brad en  honor  de  Yahvé,  vuestro  dios,  una  Pascua,  conforme  a  las 
prescripciones  consignadas  en  este  Libro  de  la  Alianza".  22  Nunca  en 
efecto,  desde  la  época  de  los  Jueces  que  juzgaron  a  Israel,  se  había  ce- 
lebrado pascua  semejante  a  ésta,  ni  en  todo  el  tiempo  de  los  reyes  de 
Israel,  ni  de  los  reyes  de  Judá:  23  fué  sólo  en  el  18°  año  del  reinado 
de  Josías  que  una  tal  Pascua  fué  celebrada  en  honor  de  Yahvé,  en  Je- 
Tusalén. 


EL  DEUTERONOMIO  Y  LA  REFORMA  DE  JOSIAS 


31 


3218.  Si  comparamos  ahora  todas  las  expuestas  reformas  de  Jo- 
8Ías  con  el  código  primitivo  del  Deuteronomio,  hallamos  que  se  basan 
en  preceptos  de  éste.  Así  tenemos  que  comienza  Josías  por  purificar  el 
Templo,  extirpando  los  cultos  cananeos  o  asirlos  que  no  concordaban 
con  el  yahvismo;  luego  cierra  los  santuarios  nacionales  de  Judá;  des- 
pués destruye  los  santuarios  de  divinidades  extranjeras  y  sus  objetos 
de  culto;  concentra  el  culto  de  Yahvé  en  el  templo  de  Jerusalén,  ha- 
ciendo venir  a  esta  capital  los  sacerdotes  de  los  santuarios  yahvistas 
de  campaña;  concluye  con  los  nigromantes  y  adivinos;  y  hace  que  el 
pueblo  celebre  la  Pascua  por  primera  vez,  según  la  thora  de  llelcías. 
Ahora  bien,  en  diversas  partes  del  Deuteronomio  se  encuentran  dispo- 
siciones que  recomiendan  la  obra  realizada  por  Josías  (1).  Así  leemos 
en  dicho  libro,  mandatos  como  éstos:  "6,  14  No  vayáis  tras  otros  dio- 
ses, de  entre  los  dioses  de  los  pueblos  que  os  rodean,  15  porque  Yahvé, 
tu  dios,  que  está  en  medio  de  ti,  es  un  dios  celoso;  teme  que  la  cólera 
de  Yahvé,  tu  dios,  no  se  inflame  contra  ti,  y  no  te  haga  desaparecer 
de  la  superficie  de  la  Tierra".  Y  refiriéndose  a  los  pueblos  que  pobla- 
ban Canaán,  se  aconseja  a  los  israelitas:  "7,  5  He  aquí  cómo  os  com- 
portaréis con  ellos:  derribaréis  sus  aliares,  quebraréis  sus  estelas,  arran- 
caréis sus  postes  sagrados  (o  asheras);  y  quemaréis  sus  imágenes  es- 
culpidas". Este  precepto  se  repite  en  12,  3;  y  en  16,  21-22  se  prohibe 
erigir  asheras  y  estelas.  Sobre  estos  objetos  sagrados  en  los  que  se 
creía  que  moraba  un  espíritu  o  un  dios,  véase  lo  dicho  en  §  88  y  99. 
En  17,  3-5  se  ordena  lapidar  a  la  persona  que  "sirva  a  otros  dioses  y 
se  postre  ante  ellos  o  delante  del  Sol  o  de  la  Luna  o  del  ejército  de  los 
cielos".  Tocante  a  este  culto  astral,  merece  señalarse  el  precepto  si- 
guiente: "Cuando  levantes  los  ojos  al  cielo  y  veas  el  Sol,  la  Luna  y  las 
estrellas,  todo  el  ejército  de  los  cielos,  no  te  dejes  arrastrar  a  postrarte 
ante  ellos  y  a  adorarlos,  porque  Yahvé,  tu  dios,  los  ha  asignado  (o  re- 
servado) a  todos  los  pueblos  que  están  bajo  el  cielo"  (4,  19).  Es  de- 
cir, que  Yahvé,  que  ha  reservado  la  verdadera  religión  a  los  israelitas, 
les  ha  dejado  a  los  demás  pueblos  el  culto  de  los  astros.  Reuss  escribe 
al  respecto:  "Todo  lo  que  pasa  aquí  abajo  es  efecto  de  la  voluntad  de 
Dios.  A  la  elección  del  pueblo  de  Israel  corresponde  necesariamente  el 
rechazo  de  los  otros  pueblos,  los  que  son  entregados  a  la  ignorancia 
del  verdadero  Dios  y  a  la  idolatría",  lo  que  prueba  la  extraña  morali- 
dad del  dios  israelita.  Sobre  el  mismo  texto  manifiesta  la  ortodoxa  L. 
B.  A.:  "El  sentido  no  es  que  Dios  haya  dado  esos  astros  a  los  hombres 
para  alumbrarlos,  sino  que  los  ha  asignado  a  los  pueblos  paganos  para 


(1)  El  precepto  de  Ex.  23,  24:  "No  te  postres  ante  sus  dioses,  y  no  les 
rindas  culto,  imitando  los  ritos  de  esas  naciones  (cananeos,  amorraos,  etc.),  sino 
que  destruye  esos  dioses  y  quiebra  sus  estelas",  lo  mismo  que  el  v.  anterior,  23, 
son  considerados  como  amplificaciones  posteriores  de  los  textos  que  los  preceden. 


32 


CENTRALIZACION  DEL  CULTO 


que  les  sirvan  de  divinidades".  Igual  cosa  entiende  L.  B.  d.  C,  a  sa- 
ber: que  a  los  pueblos  extranjeros  Yahvé  les  ha  asignado  los  astros 
"como  dioses;  afirmación  muy  notable  del  valor  relativo  de  las  reli- 
giones paganas.  Los  astros  no  son  considerados  como  objetos  pura- 
mente materiales,  sino  como  seres  celestes,  seres  vivos  subordinados 
a  Yahvé". 

CENTRALIZACION  DEL  CULTO.  —  3219.  La  centralización  del 
culto  en  el  Templo  de  Jerusalén  es  el  tema  característico  de  todo  el 
Deuteronomio,  y  especialmente  de  su  cap.  12.  "8  No  haréis  más,  como 
hacemos  aquí  hoy,  donde  cada  uno  obra  como  le  parece.  10  Cuando 
hayáis  pasado  el  Jordán  y  que  os  hayáis  establecido  en  el  país  cuya 
propiedad  os  reserva  Yahvé,  vuestro  dios,  cuando  os  haya  dado  re- 
poso  librándoos  de  todos  los  enemigos  que  os  rodean,  y  que  viváis  en 
seguridad  (época  de  David  y  Salomón;  II  Sam.  1,  11;  I  Rey.  4,  24-25; 
8,  56),  11  entonces  en  el  lugar  que  Yahvé,  vuestro  dios,  escogiere  para 
hacer  habitar  en  él  su  Nombre  (Jerusalén),  allí  será  donde  llevaréis 
todo  lo  que  os  prescribo:  vuestros  holocaustos,  vuestros  sacrificios, 
vuestros  diezmos,  la  oblación  de  vuestras  manos,  así  como  todas  las 
ofrendas  de  elección  destinadas  al  cumplimiento  de  vuestros  votos  a 
Yahvé.  12  Y  allí  os  regocijaréis  delante  de  Yahvé,  vuestro  dios,  vosotros, 
vuestros  hijos  y  vuestras  hijas,  vuestros  esclavos  y  vuestras  siervas,  así 
como  el  levita  que  habitare  en  vuestras  ciudades  (o  dentro  de  vuestras 
puertas),  porque  no  tiene  parte  ni  patrimonio  en  medio  de  vosotros. 
13  Guárdate  de  ofrecer  tus  holocaustos  en  ninguno  de  los  antiguos  lu- 
gares sagrados  que  veas.  14  En  el  lugar  que  Yahvé  escogiere  en  una 
de  tus  tribus,  allí  ofrecerás  tus  holocaustos  y  cumplirás  todo  lo  que  te 
mando".  Nota  L.  B.  d.  C.  que  "según  el  Deuteronomio,  la  unidad  de 
lugar  de  culto  no  ha  sido  obligatoria  sino  después  de  la  construcción  del 
Templo  (ya  que  la  frase  "cuando  viváis  en  seguridad"  tiene  en  vista 
la  época  de  David  y  Salomón),  mientras  que,  según  P.,  lo  había  sido 
desde  el  tiempo  de  Moisés  (cf.  p.  ej..  Lev.  17,  1-9)".  Igualmente,  cuan- 
do sea  obligatoria  esa  centralización  de  culto,  "los  levitas  de  los  san- 
tuarios locales,  en  adelante  abolidos,  y  que  no  hayan  querido  aban- 
donar sus  ciudades  para  establecerse  en  el  lugar  de  culto  único  (cf. 
18,  6-8)  se  encontrarían  privados  de  los  recursos  que  sus  funciones  les 
aseguraban,  por  lo  que  el  legislador  los  recomienda  a  la  caridad 
pública". 

3220.  Las  transcritas  palabras  "como  hacemos  aquí  hoy"  de  12, 
8,  motivan  este  comentario  de  Reuss:  "Esta  sola  frase  bastaría  para 
demostrar  la  prioridad  del  Deuteronomio,  puesto  que  en  los  otros  li- 
bros mosaicos  (o  considerados  por  la  ortodoxia  como  tales,  agregamos 
nosotros)  la  unidad  y  la  centralización  del  culto  están  prescritas  no 
sólo  en  muchos  pasajes  y  so  pena  de  muerte  (Lev.  17,  4,  8-9),  sino 


OPINIONES  CONTRARIAS  A  LA  CENTRALIZACION 


33 


además  realizadas  por  la  construcción  del  Tabernáculo,  al  que  en  nin- 
guna parte  mencionan  las  leyes  del  Deuteronomio.  El  redactor  de  éste, 
que  pone  sus  palabras  en  boca  de  Moisés,  no  hubiera  escrito  la  alu- 
dida frase  si  hubiese  conocido  los  otros  textos;  enseñándonos  la  histo- 
ria por  numerosos  pasajes  de  los  libros  de  Jueces,  Samuel  y  de  los  Re- 
yes, que  semejante  centralización  era  algo  absolutamente  ignorado  hasta 
Josías  habiendo  sido  primeramente  intentada  en  vano  por  su  bisabuelo 
Ezequías.  También  haremos  notar  que  esa  aserción  del  v.  8  está  en 
flagrante  contradicción  con  el  relato  del  libro  de  Josué  (cap.  22)  en 
el  que  se  habla  de  la  viva  emoción  de  lodo  el  pueblo,  al  saber  que  las 
tribus  transjordanias  habían  erigido  un  altar  aparte,  lo  que  conside- 
raron como  un  escándalo  y  acto  de  secesión.  Esa  leyenda  no  pudo  po- 
nerse por  escrito,  sino  suponiéndose  que  la  unidad  del  lugar  de  culto 
era  de  derecho,  reconocida  y  practicada  desde  el  comienzo,  lo  que  es 
contradicho  por  el  Moisés  del  Deuteronomio.  Compruébase  así  a  la  vez 
que  el  libro  de  Josué  es  posterior  al  Deuteronomio,  y  que  el  Taber- 
náculo del  desierto  es  pura  ficción"  §  207.  {L'Hist.  Sainte,  I,  p.  164) . 

3221.  Algunos  autores,  con  muy  atendibles  razones,  niegan  ca- 
rácter histórico  al  relato  de  la  centralización  del  culto  en  Jerusalén 
efectuada  por  Josías,  según  se  narra  en  II  Rey.  23.  "Los  altos,  escribe 
Vernes,  eran  los  santuarios  locales  tan  consagrados  al  culto  del  dios 
nacional  Yahvé,  como  podía  serlo  el  templo  de  Jerusalén;  y  hasta  al- 
gunos gozaban  de  más  antiguo  renombre  que  éste,  el  cual  no  podía 
hacer  remontar  sus  comienzos  más  allá  de  los  tiempos  de  David  y  de 
Salomón.  Que  Josías  y  alguno  de  sus  predecesores  haya  podido  alber- 
gar y  realizar  el  pensamiento  de  desembarazar  el  culto  del  dios  nacio- 
nal de  todo  compromiso  con  los  ritos  y  la  adoración  de  las  divinida- 
des extrañas,  esto  entra  en  el  dominio  de  las  cosas  posibles;  pero  que 
haya  albergado  y  realizado  el  de  cerrar,  destruir  y  profanar  la  totali- 
*  dad  de  los  santuarios  abiertos  a  Yahvé  en  toda  la  superficie  del  terri- 
torio sujeto  a  su  dominio,  eso  habría  sido  el  pensamiento  y  el  acto  de 
un  loco.  La  centralización  en  Jerusalén  del  culto  de  Yahvé  sólo  ha  po- 
dido ser  concebida  después  de  la  destrucción  del  reino  de  Judá,  du- 
rante el  destierro  y  después  de  él,  cuando  la  violencia  de  los  aconteci- 
mientos había  suprimido  todo  culto,  incluso  el  de  Jerusalén.  Esta  mis- 
ma centralización  no  pudo  ser  tentada  y  realizada  en  Jerusalén,  sino 
después  del  exilio,  cuando  los  judaítas  que  regresaron,  comenzaron  por 
formar  un  grupito,  verdadera  iglesia,  estrechamente  reunidos  en  torno 
del  templo,  bien  o  mal  restaurado.  Nada  tiene,  pues,  de  asombroso  que  a 
alguno  de  los  reyes  anteriores  al  destierro,  cuya  piedad  era  ensalzada, 
se  le  atribuyera  una  realización  anticipada  de  los  deseos  de  los  restaura- 
dores del  culto  nacional.  No  hesitamos,  por  lo  tanto,  en  considerar  co- 
mo ficticios  tanto  los  detalles  {la  mise  en  scéne)  del  descubrimiento  y 
de  la  promulgación  del  libro  de  la  Ley,  como  el  carácter  de  la  reforma 


34 


OPINIONES  FAVORABLES  A  LA  CENTRALIZACION 


radical  atribuida  a  Josías,  extendiendo  nuestro  escepticismo  a  la  cele- 
bración de  la  solemne  pascua,  que  las  Crónicas,  por  su  parte,  creye- 
ron deber  hacer  remontar  a  Ezequías  (II  Crón.  cap.  30),  sin  perjuicio 
de  conservarla  también  a  Josías  (cap.  35)"  (ps.  469-470).  Loisy  igual- 
mente, de  acuerdo  con  Hólscher,  expresa  que  la  supresión  de  los  santua- 
rios de  Yahvé,  fuera  de  Jerusalén,  era  moralmente  imposible  en  las 
condiciones  históricas  en  que  se  pretende  haberse  efectuado,  ya  que 
equivaldría  a  hacer,  de  un  golpe,  tabla  rasa  de  la  religión  practicada 
durante  siglos.  Esa  reforma  no  pudo  ser  concebida  teóricamente  y  apli- 
cada realmente  sino  después  de  los  grandes  trastornos  de  la  cautividad 
y  en  la  reorganización  que  la  siguió.  La  aludida  abolición  de  los  altos 
en  Judá  y  la  centralización  del  culto  en  su  capital  es  una  ficción  inve- 
rosímil, contradicha  por  los  testimonios  contemporáneos,  puesto  que 
Jeremías  y  Ezequiel  ignoraron  dicha  reforma  y  la  legislación  que  ésta 
suponfe,  y  los  judíos  de  Elefantina  no  sospechaban  la  existencia  de  ella, 
allá  por  el  año  400  {La  Reí.  d'Isr.,  ps.  200,  201,  205;  §  622). 

3222.  Lods,  aunque  reconoce  que  la  centralización  del  culto  en 
un  santuario  único  era  una  medida  violenta,  revolucionaria,  que  debía 
chocar  con  obstáculos  casi  insuperables,  admite,  sin  embargo,  la  vera- 
cidad del  hecho  en  tiempo  de  Josías,  en  virtud  de  estos  argumentos: 
"¿Por  qué  idealistas  doctrinarios,  que  vivían  en  lo  absoluto,  como  los 
discípulos  de  los  profetas,  no  hubieran  podido  reclamar  esa  reforma 
y  tentar  que  se  realizara  en  el  siglo  VII,  desde  que  Ezequiel  y  sus  dis- 
cípulos, los  legistas  sacerdotales,  exigieron  su  ejecución,  según  lo  con- 
fiesa Hólscher,  cincuenta  años  más  tarde,  a  la  vez  que  muchas  otras 
utopías  religiosas  y  sociales  más  difíciles  aún  de  llevar  a  la  práctica, 
como  p.  ej.,  el  jubileo?  El  relato  de  los  Reyes  debe,  pues,  ser  substan- 
cialmente  exacto".  Lods  considera  que  atestiguan  también  la  reforma 
de  Josías,  textos  de  Ezequiel  que  suponen  admitido  que  es  una  impie- 
dad frecuentar  los  altos  (20,  27-29),  o  "comer  sobre  los  montes"  (18, 
6,  11,  15;  22,  9;  cf.  Deut.  12,  2),  lo  mismo  que  los  redactores  del  libro 
de  los  Reyes,  quienes  juzgan  a  todos  los  monarcas  israelitas  según  su 
fidelidad  a  los  principios  de  aquella  reforma  {Les  Prophétes,  ps.  159, 
160).  Confirma  la  citada  conclusión  Causse,  quien  expresa  que  "el 
fondo  histórico  y  la  situación  político-social  que  supone  el  Deuterono- 
mio,  corresponden  bastante  bien  a  lo  que  sabemos  de  la  historia  de 
Judá  hacia  el  fin  del  siglo  VII:  Judá  es  un  pueblo  sólidamente  estable- 
cido en  su  tierra  y  no  una  diáspora;  un  pueblo  con  instituciones  políti- 
cas, con  rey,  ejército,  jefes  y  jueces  encargados  de  aplicar  leyes  civi- 
les, y  no  aun  la  iglesia  judía  con  su  clero  jerarquizado  y  el  ritual  sun- 
tuoso y  complicado  del  código  sacerdotal.  .  .  Aunque  el  poder  del  rey 
es  muy  restringido,  se  trata,  sin  embargo,  de  un  verdadero  rey,  pues 
nada  de  comparable  hay  entre  el  melek  del  Deuteronomio  (cap.  17)  y 
el  nasí  de  Ezequiel  (45,  1-12).  El  nasí  será  sólo  un  comparsa  de  pom- 


JEREMIAS  Y  LA  REFORMA 


35 


pa  sagrada,  destinado  a  asegurar  la  provisión  de  los  sacrificios  y  obla- 
ciones. El  melek  del  Deuteronomio  hace  la  guerra,  posee  mujeres  y  ca- 
ballos. El  texto:  "No  conducirá  su  pueblo  a  Egipto  para  que  tenga  ca- 
ballos" (Deut.  17,  16)  alude  verosímilmente  a  las  relaciones  económi- 
cas y  políticas  de  los  últimos  reyes  de  Judá  con  los  faraones  saítas. 
Esto  indica  suficientemente  que  la  dignidad  real  es  una  institución  es- 
tablecida, cuyos  límites  trata  de  fijar  el  legislador,  reduciendo  al  mí- 
nimo su  influencia;  pero  con  la  cual  debe  contar"  (R.  H.  Ph.  R.  t"?  13, 
ps.  3  y  4).  Creemos  que  pueden  concillarse  los  distintos  puntos  de  vista 
de  Vernes,  Loisy  y  Hólscher  con  los  de  Lods,  que  dejamos  expuestos, 
pues  si  varios  de  los  actos  que  se  dan  como  realizados  por  Josías,  me- 
recen ser  calificados  de  actos  de  loco,  no  hay  que  olvidar  que  el  fa- 
natismo está  a  un  paso  de  la  locura,  según  lo  demostró  el  mismo  faná- 
tico rey  citado,  al  pretender  temerariamente  con  su  reducido  ejército 
cerrar  el  camino  al  del  poderoso  faraón,  que  cruzaba  el  territorio  del 
antiguo  Israel  sin  ánimo  de  combatirlo,  insensato  hecho  que  le  costó 
la  vida  (§  3234).  Téngase  además  en  cuenta  que  la  titulada  reforma 
de  Josías,  puede  muy  bien  ser  considerada  como  tentativa  de  reforma, 
ya  que  sólo  alcanzó  a  durar  al  rededor  de  una  docena  de  años,  porque 
iniciada  el  año  189  Je  su  reinado,  desapareció  a  la  muerte  de  ese  mo- 
narca, en  el  30°  de  su  gobierno,  o  sea,  en  el  609.  La  verdadera  reforma 
religiosa,  que  se  basó  en  la  centralización  del  culto  de  Yahvé,  sólo  se 
llevó  a  cabo  y  se  afirmó  en  el  período  de  la  restauración,  después  de 
construido  el  segundo  templo,  cuando  los  descendientes  de  los  desterra- 
dos en  Babilonia,  reunidos  nuevamente  en  Judá,  constituyeron,  no  un 
país  independiente,  sino  una  pequeña  comunidad  con  muy  limitado  do- 
minio territorial. 

JEREMIAS  Y  LA  REFORMA  DE  JOSIAS.  —  3223.  La  referida  afir- 
mación de  Leisy  (§  3221)  de  que  Jeremías  ignoraba  la  reforma  de 
Josías  no  está  de  acuerdo  con  algunos  pasajes  del  libro  de  dicho  pro- 
feta, que  citaremos  en  seguida. 

8,8    ¿Cómo  podéis  decir:  "Somos  sabios; 
Poseemos  la  ley  de  Yahvé"? 

En  realidad,  esta  ley  ha  sido  transformada  en  mentira 
Por  el  buril  fementido  de  los  escribas. 

Comentando  este  pasaje,  escribe  L.  B.  d.  C:  "Se  trata  evidente- 
mente del  libro  de  ley  encontrado  en  época  de  Josías,  del  Deuterono- 
mio. En  la  introducción  de  este  código  se  dice  de  las  leyes  que  con- 
tiene: "Guardadlas  y  cumplidlas,  porque  así  seréis  sabios  e  inteligentes 
a  la  vista  de  los  pueblos"  (4,  6) .  Jeremías  parece  acusar  aquí  a  algu- 
nos comentaristas  que  pretendían  recomendar  y  explicar  la  Ley,  de 


36 


EL  CAP.  11  DE  JEREMIAS 


haber  falseado  su  verdadero  sentido;  seguramente  les  reprochaba  el 
insistir  sobre  todo  en  las  exigencias  de  Yahvé  relativas  al  culto  y  me- 
nospreciar la  palabra  viva  de  los  profetas  (v.  9¿),  presentando  la  ley 
escrita  como  la  expresión  total  de  la  voluntad  de  Dios".  —  Jer.  11  da 
a  sospechar  que  luego  de  establecida  la  reforma  de  Josías,  "todo  un 
ejército  de  misioneros  benévolos,  como  supone  Lods,  reclutados  entre 
los  discípulos  de  los  profetas,  se  puso  en  campaña,  en  Jerusalén  y  en 
el  país  de  Judá,  para  pregonar  o  publicar  las  palabras  de  esta  ley,  re- 
comendar su  observancia,  hacer  comprender  su  espíritu  y  precisar  sus 
consecuencias.  Jeremías  fué  uno  de  esos  predicadores  de  la  reforma, 
y  por  él  es  que  conocemos  ese  interesante  movimiento"  (Ob.  cit.  p. 
165).  En  efecto,  en  dicho  cap.  11,  leemos:  1  He  aquí  la  palabra  que 
fué  dirigida  a  Jeremías  de  parte  de  Yahvé:  "2  Haz  conocer  (el  T.  M.: 
Escuchad)  las  palabras  de  esta  alianza  (o  las  estipulaciones  de  esta 
ley),  Y  habla  a  los  hombres  de  Judá  y  a  los  habitantes  de  Jerusalén. 
3  Diles:  Así  habla  Yahvé,  el  dios  de  Israel:  Maldito  sea  el  hombre  que 
no  obedeciere  las  palabras  de  esta  alianza,  4  que  he  ordenado  a  vues- 
tros padres  el  día  en  que  los  hice  salir  del  país  de  Egipto,  del  horno  de 
hierro,  cuando  les  dije:  Escuchad  mi  voz,  haced  todo  lo  que  yo  os  man- 
dare; vosotros  seréis  mi  pueblo,  y  yo  seré  vuestro  dios.  5  Entonces  po- 
dré cumplir  la  promesa  que  con  juramento  hice  a  vuestros  padres,  de 
darles  un  país  donde  corren  leche  y  miel,  como  el  vuestro  hoy".  Y  res- 
pondí: "Amén,  Yahvé".  6  Después  Yahvé  me  dijo:  "Proclama  (o  pre- 
gona) estas  palabras  en  las  ciudades  de  Judá  y  en  las  calles  de  Jerusa- 
lén, y  di:  "Escuchad  las  palabras  de  esta  alianza  y  cumplidlas.  7  Por- 
que constante  e  insistentemente  he  advertido  en  vano  a  vuestros  padres 
desde  el  día  en  que  los  hice  subir  del  país  de  Egipto,  hasta  hoy,  dicien- 
do: ¡Escuchad  mi  voz!  8  Pero  ellos  no  escucharon,  ni  inclinaron  a  mí 
su  oído;  cada  uno  siguió  obstinadamente  las  inclinaciones  de  su  perver- 
so corazón.  Por  tanto  he  ejecutado  contra  ellos  las  palabras  (amenazas) 
de  esta  alianza,  que  les  había  mandado  observar  y  que  no  han  obser- 
vado". Como  se  ve,  Yahvé  le  ordena  a  Jeremías  que  pregone,  publique  o 
haga  conocer  en  las  ciudades  de  Judá  y  en  las  calles  de  Jerusalén,  las 
palabras  de  esta  alianza  (vs.  2,  3,  6,  8),  denominación  que  se  le  da  a  la 
tora  de  Helcías  en  II  Rey.  23,  3  y  al  Deuteronomio  en  Deut.  29,  1 :  "Es- 
tas son  las  palabras  de  la  alianza  que  Yahvé  mandó  a  Moisés  que  cele- 
brase con  los  israelitas...".  Además,  el  transcrito  pasaje,  Jer.  11,  1-8 
está  lleno  de  alusiones  al  Deuteronomio,  del  que  reproduce,  iguales  o 
muy  semejantes,  algunas  de  sus  fórmulas  o  locuciones,  según  se  com- 
prueba comparando:  a)  el  v.  3  con  Deut.  27,  26:  "Maldito  sea  el  que 
no  confirmare  las  palabras  de  esta  alianza  y  no  las  pusiere  en  práctica"; 
h)"los  hice  salir  del  país  de  Egipto,  del  horno  de  hierro"  (Jer.  11,  4), 
con  "Yahvé  os  hizo  salir  del  horno  de  hierro,  de  Egipto"  (Deut.  4,  20)  ; 
c)  el  v.  5  con:  "y  viviréis  largos  días  en  este  país  que  Yahvé  juró  a 


EL  CAP.  11  DE  JEREMIAS 


37 


vuestros  padres  que  se  lo  daría  a  ellos  y  a  sus  descendientes,  país  (o 
tierra)  donde  corren  leche  y  miel"  (Deut.  11,  9;  cf.  6,  3)  ;  del  mismo 
V.  5:  "como  hoy"  o  "como  el  vuestro  hoy",  con  el  final  de  Deut.  2,  30; 
4,  20,  38  ;  6,  24;  8,  18;  10,  15;  29,  28;  y  en  el  final:  "respondí:  Amén", 
con:  "y  dirá  todo  el  pueblo:  Amén"  (Deut.  27,  15-26);  d)  "cada  uno 
siguió  obstinadamente  las  inclinaciones  de  su  perverso  corazón"  (Jer. 
11,  S)  con  "prosperaré  obstinándome  en  seguir  las  inclinaciones  de  mi 
corazón"  (Deut.  29,  19).  Tocante  a  estas  semejanzas,  dice  J.  E.  Car- 
penter,  hay  dos  modos  de  explicarlas:  o  el  Deuteronomio  ejercía  po- 
derosa influencia  sobre  Jeremías,  que  lleno  del  espíritu  y  de  la  lengua 
de  este  libro,  reproducía  inconscientemente  sus  expresiones  caracterís- 
ticas; o  él  habría  vivido  en  estrecha  comunidad  con  los  jefes  de  la 
escuela  profética,  cuyo  trabajo  había  originado  la  redacción  del  libro 
descubierto  en  el  621"  (cita  de  Condamin,  p.  104) .  A  nuestro  jui- 
cio, la  más  aceptable  es  la  primera  de  estas  suposiciones. 

3224.  Sobre  Jer.  11  escribe  L.  B.  d.  C:  "El  cap.  11  nos  infor- 
ma de  la  conducta  que  siguió  el  profeta  con  respecto  a  la  reforma  real. 
Ese  cap.  parece  formado  de  varias  exposiciones  independientes  y  de 
épocas  diversas,  indicando  cada  una  el  tema  de  uno  o  más  discursos 
pronunciados  por  Jeremías  a  propósito  de  esta  reforma:  1"?  asunto  de 
los  primeros  discursos  pronunciados  inmediatamente  después  del  622: 
¡Escuchad  la  ley;  maldito  sea  el  que  no  la  observe!;  —  2*?,  vs.  6-8, 
de  la  misma  época:  las  desgracias  de  los  padres  provienen  de  que  no 
han  observado  la  ley;  —  3^,  vs.  9-14,  discursos  pronunciados  algunos 
años  más  tarde,  después  de  la  muerte  del  rey  reformador:  de  nuevo 
se  practica  descaradamente  el  culto  de  los  altos,  que  Jeremías  consi- 
dera rendido  a  los  Baales.  El  profeta  anuncia  un  castigo  al  cual  nadie 
escapará;  tema  éste  de  varios  de  los  oráculos  pronunciados  por  Jere- 
mías en  esta  época,  lo  que  quizá  explique  que  el  v.  13  aluda  (mejor 
dicho,  cite  textualmente,  agregamos  nosotros)  a  2,  28  y  el  v.  i4  a  7, 
16;  —  4°,  vs.  15-17  de  la  misma  época  que  los  vs.  9-14  y  7,  1-28: 
ningún  sacrificio  podría  desviar  el  castigo;  —  y  5°,  vs.  18-23  peligro 
de  muerte  a  que  se  vió  expuesto  Jeremías,  con  motivo  de  la  reforma 
(en  el  622).  Jeremías  fué,  pues,  primeramente,  el  apologista  entusiasta 
de  la  reforma  y  de  la  Ley,  que  era  su  esencia;  pero  bien  pronto  reco- 
noció  la  ineficacia  de  las  medidas  que  habían  sido  tomadas".  El  ata- 
que que  proyectaban  contra  Jeremías  sus  coterráneos  (vs.  18-23),  se 
explica  fácilmente  por  la  violenta  oposición  que  entre  éstos  levantó  la 
propaganda  de  aquél  en  pro  de  la  reforma  de  Josías,  que  preconizaba 
la  centralización  del  culto  en  Jerusalén,  y  por  lo  tanto,  la  supresión  de 
los  santuarios  locales,  incluso  el  de  Anatot,  del  que  eran  sacerdotes 
probablemente  el  padre  y  los  hermanos  del  profeta  (Jer.  1,  i).  Esa 
abolición  del  alto  de  Anatot,  que  atacaba  a  la  familia  de  éste  en  sus 
intereses  materiales,  y  a  los  vecinos  de  dicha  localidad  en  sus  más 


38 


CAUSAS  DE  LA  CENTRALIZACION  DEL  CULTO 


i 

sagradas  creencias  y  prácticas  religiosas  tradicionales,  tendría  que  ha- 
berlos exasperado  a  todos  contra  uno  de  ellos,  Jeremías,  por  haberse 
constituido  en  campeón  de  semejante  reforma.  Nota  L.  B.  d.  C.  que 
"aun  hoy  en  Oriente,  cuando  una  persona  deshonra  a  su  familia,  pron- 
tamente sus  hermanos  y  sus  tíos  deciden  eliminarlo". 

CAUSAS  DE  LA  CENTRAUZACION  DEL  CULTO  EN  JERUSALEN.  — 
3225.  Indaguemos  ahora,  qué  razones  pueden  haber  inducido  a  los 
redactores  del  primitivo  Deuteronomio  a  establecer  la  revolucionaria 
reforma  de  la  centralización  del  culto  en  el  Templo  de  Jerusalén.  Según 
hemos  dicho  anteriormente  (§  3208),  se  cree  que  ese  libro,  escrito  en 
la  primera  mitad  del  siglo  Vil,  resultó  de  una  transacción  entre  los 
que  admitían  las  ideas  de  los  grandes  profetas  del  siglo  anterior,  y  los 
sacerdotes  jerosolimitanos.  Estos,  en  ese  arreglo,  sacaban  la  parte  del 
león,  pues,  como  observa  con  razón  Lods,  "fueron  sus  principales  be- 
neficiarios. Al  abolir  todos  los  santuarios  de  Yahvé,  que  hasta  enton- 
ces habían  hecho  competencia  al  Templo,  al  obligar  a  los  habitantes 
del  reino  a  que  todos  vinieran  a  este  único  lugar  santo  a  ofrecer  sus 
sacrificios,  entregar  sus  diezmos,  celebrar  sus  fiestas  y  pedir  oráculos, 
dictando  aún  sanciones  penales  contra  aquellos  que  no  se  sometieran 
a  las  sentencias  judiciales  de  los  dirigentes  de  la  casa  de  Yahvé  (Deut. 
17,  12-13),  el  nuevo  código  aseguró  al  clero  de  la  capital  un  inmenso 
crecimiento  de  prestigio,  de  rentas  y  de  poder,  al  punto  que,  según 
Adalberto  Meix,  ese  libro  merece  más  el  nombre  de  escrito  sacerdotal 
que  de  ley  del  tabernáculo^^  (Ob.  cit.,  p.  169).  Las  aspiraciones  del 
profetismo  ético,  sin  embargo,  fueron  también  contempladas  en  esa 
obra,  como  de  ello  dan  fe  las  disposiciones  relativas  a  la  adoración  de 
divinidades  extranjeras;  las  dictadas  contra  ritos  usuales  que  no  con- 
cordaban con  el  yahvismo;  y  en  general,  todos  aquellos  preceptos  que 
tendían  a  hacer  reinar  la  justicia,  la  bondad,  la  humanidad,  la  cari- 
dad. Pero  el  elemento  profético  transigió  en  un  punto  de  capital  im- 
portancia al  admitir  implícitamente  los  sacrificios  como  forma  de  cul- 
to exigida  por  la  divinidad,  cuando  sabemos  que  los  profetas  del  si- 
glo VIII  proclamaban  que  Yahvé  requiere  fe,  moralidad,  misericordia 
y  no  holocaustos.  Al  ordenar  insistentemente  que  el  culto  fuera  cele- 
brado en  un  lugar  determinado,  se  daba,  como  dice  Lods,  "carta  de 
ciudadanía  en  la  religión  espiritual  que  los  profetas  aspiraban  a  hacer 
nacer,  a  todo  un  bloque  macizo  proveniente  de  la  religión  popular:  el 
templo  de  Jerusalén  con  su  culto  y  sus  ritos.  Los  reformadores  del  año 
622  hicieron  lo  que  debía  rehacer  Mahoma  cuando  incorporó  a  su  re- 
ligión monoteísta  el  antiguo  culto  pagano  de  la  piedra  negra  de  la 
Kaaba  en  la  Meca"  {Ob.  cit.  p.  171). 

3226.  La  concentración  del  culto  en  Jerusalén  contó  no  sólo  con  la 
influencia  preponderante  de  los  sacerdotes  jerosolimitanos,  por  el  inte- 


CAUSAS  DE  LA  CENTRALIZACION  DEL  CULTO 


39 


rés  material  que  en  ello  tenían,  sino  también,  como  nota  Causse,  con 
el  apoyo  de  los  profetas  de  la  escuela  de  Isaías,  que  tendían  a  exaltar 
a  Sión  como  el  lugar  en  que  Yahvé  había  establecido  su  morada  (Is. 
6,  7-5;  §  2862-2864).  Igualmente  se  inclinaban  a  esa  medida  radical, 
los  partidarios  de  la  predicación  de  los  profetas,  quienes,  en  la  aboli- 
ción de  los  altos,  muchos  de  ellos  de  origen  cananeo,  veían  la  única 
manera  de  extirpar  antiguas  prácticas  religiosas  usuales  en  esos  san- 
tuarios, que  no  condecían  con  las  nuevas  ideas  de  aquellos  reformado- 
res. En  cambio,  el  Templo  de  Jerusalén,  netamente  yahvista  y  nacio- 
nal, no  sólo  recordaba  el  reinado  de  Salomón,  aureolado  con  nimbo 
de  gloria,  a  través  de  un  remoto  y  legendario  pasado,  sino  que  por 
estar  en  la  capital,  era  más  fácil  preservarlo  de  ritos  extraños,  siem- 
pre que  en  la  implantación  de  éstos  no  tuvieran  interés  político  los 
mismos  monarcas.  Además,  según  hemos  expresado  en  §  462  y  626, 
la  multiplicación  de  altares,  en  diversos  sitios,  como  Dan,  Gilgal,  Bet- 
hel,  Silo,  etc.,  en  honor  de  distintos  Yahvés  (Yahvé-Shalom,  Yahvé- 
Yireh,  Yahvé-Nissi,  etc.)  conspiraba  contra  la  unidad  de  la  personali- 
dad divina  nacional,  y  de  ahí  que  el  santuario  único  contribuyera  a 
impedir  la  creencia  en  esa  multiplicidad  de  divinidades.  Esto  explica 
!a  fórmula  célebre  del  Deut.  6,  4:  "Oye,  Israel:  Yahvé,  nuestro  dios, 
un  solo  Yahvé  es",  (o  "es  el  solo  Yahvé";  Loisy  traduce:  "Yahvé  es 
nuestro  dios,  ¡Yahvé  sólo!"),  fórmula  del  monoyahvismo,  interpreta- 
da más  tarde  como  la  del  monoteísmo.  Anotando  ese  versículo,  escribe 
L.  B.  d.  C:  "Autoriza  el  hebreo  muchas  interpretaciones,  p.  ej.:  Yahvé 
nuestro  Dios,  Yahvé  es  uno,  o  Yahvé  nuestro  Dios  es  un  Yahvé  único. 
En  este  último  caso,  la  idea  es  que  no  hay,  como  muchos  israelitas  ten- 
dían a  figurárselo,  tantos  Yahvé  como  existían  santuarios:  un  Yahvé 
de  Hebrón,  un  Yahvé-Shalom  en  Ofra,  un  Yahvé  dios  de  Bethel,  etc.; 
esta  advertencia  encuadraría  bien  en  el  espíritu  del  código  deuteronó- 
mico,  que  instituye  la  unidad  de  culto.  Sea  como  fuere,  esta  declara- 
ción que  afirmaba  así  la  unidad  de  Yahvé  o  sus  derechos  exclusivos 
a  la  adoración  de  Israel,  se  convirtió  más  tarde  en  la  fórmula  del  mo- 
noteísmo, cuando  los  judíos  tomaron  la  costumbre  de  reemplazar  el 
nombre  propio  Yahvé  por  el  título  de  Señor:  "El  Señor  nuestro  Dios 
es  el  único  Señor"  (Marc.  12,  29-32).  Forma  con  los  vs.  siguientes 
5-9,  11,  13-21,  Núm.  15,  37-41  y  algunas  frases  litúrgicas,  la  confesión 
de  fe  que  el  judío  creyente  repite  de  mañana  y  por  la  tarde,  el  schema". 
Agrega  además  L.  B.  A.  que  "el  texto  hebreo  ofrece  aquí  una  singular 
particularidad,  a  la  cual  le  atribuyen  grandísima  importancia  los  co- 
mentaristas judíos,  a  saber:  que  la  primera  y  la  última  palabra  del 
versículo  terminan  por  dos  letras  (schema  y  echac?)  cuya  reunión  for- 
ma el  vocablo  que  en  hebreo  significa  testigo.  Los  copistas  escriben 
esas  dos  letras  con  mayúsculas,  sin  duda  para  indicar  que  dichas  pala- 
bras son  el  gran  testimonio  de  la  fe  israelita". 


40 


LA  PASCUA  CONVERTIDA  EN  FIESTA  NACIONAL 


LA  PASCUA  DE  JOSIAS,  Y  EL  PROCEDER  DE  ESTE  CON  LOS  NI- 
GROMANTES Y  LOS  LEVITAS.  —  3227.  Aun  cuando  figura  en  el  pen- 
último lugar  la  fiesta  de  la  Pascua,  es  lógico  suponer  que  después  de 
todas  sus  medidas  reformatorias,  concluyó  Josías  por  celebrarla  solem- 
nemente en  Jerusalén,  por  vez  primera,  según  se  prescribe  en  Deut.  16, 
1-8.  Sobre  esta  antigua  festividad  de  la  primavera  (Ex.  5,  1),  trans- 
formada en  fiesta  teocrática  desde  que  se  aceptaron  las  ordenanzas  de 
ese  libro  como  preceptos  divinos,  véase  lo  dicho  en  §  104,  151,  2718- 
2720.  Nótese  que  según  D,  o  sea,  el  primitivo  redactor  deuteronómico, 
la  Pascua  debía  celebrarse  en  recuerdo  de  la  salida  de  Egipto,  inmo- 
lando como  víctimas  ganado  mayor  y  menor  (16,  1-2) ;  mientras  que 
P,  el  escritor  sacerdotal,  exílico  o  postexílico,  afirma  que  la  Pascua  se 
instituyó  en  Egipto  para  preservar  a  los  israelitas  de  la  matanza  de 
sus  primogénitos,  debiendo  para  solemnizarla,  inmolar  cada  familia  un 
cordero  tan  sólo  (Ex.  12,  1-14).  Esta  fiesta  convertida  en  adelante  en 
la  fiesta  nacional  por  excelencia,  porque  según  el  nuevo  código,  estaba 
destinada  a  rememorar  el  comienzo  de  la  historia  patria  y  su  libera- 
ción de  la  esclavitud  egipcia  gracias  a  la  ayuda  de  su  dios  Yahvé,  de 
acuerdo  con  la  concepción  de  los  profetas,  Josías  la  hizo  celebrar  con 
gran  solemnidad:  "nunca  hubo  desde  la  época  de  los  Jueces  otra  Pas- 
cua semejante  a  ésta",  es  decir,  celebrada  "conforme  a  las  prescripcio- 
nes consignadas  en  este  Libro  de  la  alianza"  (vs.  21-23).  Observa  Reuss 
que  esto  no  significa  "con  un  esplendor  desconocido  en  los  tiempos  an- 
teriores, pues  nunca  se  nos  persuadirá  que  el  pequeño  reino  de  Judá 
y  su  débil  monarca  hayan  podido  hacer  a  este  respecto,  más  de  lo  que 
hubiera  hecho  un  Salomón  en  ocasión  semejante,  en  todo  el  brillo  de 
su  poder"  (Ib.  p.  165).  En  realidad,  pues,  la  diferencia  de  la  nueva 
Pascua  con  las  anteriores  —como  hasta  entonces  no  había  habido  otra 
semejante — ,  consistía  "principalmente  en  que  la  víctima  debía  ser  in- 
molada y  comida  en  el  santuario  único  elegido  por  Yahvé,  esto  es,  en 
Jerusalén,  y  no  ya  en  una  localidad  cualquiera  del  país  (16,  5-7).  Pri- 
mitivamente fiesta  pastoril  y  familiar,  en  la  que  se  sacrificaban  las  pri- 
micias del  rebaño,  la  Pascua  se  convertía  así  en  una  gran  ceremonia 
nacional  celebrada  en  común  por  las  multitudes  venidas  de  todas  las 
poblaciones  de  Israel"  (L.  B.  d.  C). 

3228.  En  el  relato  de  II  Rey.  23  se  expresa,  como  último  acto  de 
la  reforma  suscitada  por  la  tora  de  Helcías  (§  3217),  que  Josías  tam- 
bién hizo  desaparecer  a  los  nigromantes,  a  aquellos  que  consultan  los 
espíritus  que  conocen  las  cosas  ocultas,  los  terajim  y  todas  las  abomi- 
naciones que  podían  verse  en  Judá  y  Jerusalén,  lo  que  concuerda  con 
lo  preceptuado  en  Deut.  18,  9-12.  La  expresión  hizo  desaparecer  apli- 
cada a  los  terafim  y  a  las  abominaciones,  significa  claramente  que  los 
destruyó  o  extirpó,  como  traduce  Pratt  en  la  Versión  Moderna,  — 
según  el  sentido  que  tiene  este  verbo  extirpar:  "acabar  del  todo  con 


INTOLERANCIA  DEL  YAHVISMO 


41 


una  cosa,  de  modo  que  cese  de  existir" —  y  por  lo  tanto,  aplicado  a  los 
nigromantes  quiere  decir  que  los  hizo  matar.  El  yahvismo  era  una  re- 
ligión esencialmente  intolerante  que  no  vacilaba  en  imponer  la  pena 
de  muerte  a  los  adoradores  de  otros  dioses  distintos  del  israelita,  a  los 
espiritistas,  y  en  general,  a  los  que  dejaban  de  observar  determinados 
ritos  religiosos  (§  2698-2702).  No  es  extraño,  pues,  que  Josías  hiciera 
desaparecer  a  los  nigromantes,  ya  que  siguió  el  mismo  procedimiento 
sanguinario  con  los  sacerdotes  de  los  altos  del  antiguo  reino  de  Israel. 
En  efecto,  se  asevera  en  los  vs.  19  y  20  que  "Josías  hizo  desaparecer 
también  todos  los  santuarios  de  los  altos  existentes  en  las  ciudades  de 
Samarla ...  y  degolló  a  todos  los  sacerdotes  de  los  altos  de  esas  ciuda- 
des sobre  los  altares,  en  los  que  hizo  quemar  huesos  humanos"  (§  3216) . 
La  Biblia  nos  tiene  tan  acostumbrados  a  estas  matanzas  salvajes,  que 
los  fieles  leen  los  transcritos  textos,  sin  sentir  el  menor  escalofrío,  ni 
la  más  mínima  protesta  de  sus  embotadas  conciencias,  juzgando  tales 
hechos  como  perfectamente  normales  y  lícitos.  La  religión  de  Yahvé, 
a  pesar  de  la  evolución  sufrida  por  la  propaganda  profética,  conti- 
nuaba, pues,  siendo  una  religión  intolerante  y  sanguinaria,  para  la 
cual  carecía  de  valor  la  vida  del  idólatra.  Y  esa  conducta  bárbara  de 
Josías  estaba  más  o  menos  de  acuerdo  con  los  preceptos  del  nuevo 
libro  recientemente  hallado,  según  el  cual  el  medio  de  combatir  la 
idolatría  no  era  la  persuasión,  sino  la  violencia.  Así  p.  ej.,  su  cap.  13 
enseña  que  debe  matarse  al  profeta  o  soñador  que  dijere:  "Vayamos 
en  pos  de  dioses  ajenos  y  sirvámoslos"  (vs.  2-5) .  Lo  mismo,  "6  cuan- 
do te  incitare  tu  hermano,  hijo  de  la  misma  madre  que  tú  (indicación 
propia  de  una  sociedad  polígama),  o  tu  hijo,  o  tu  hija,  o  la  mujer  que 
reposa  sobre  tu  seno,  o  tu  amigo  al  que  amas  como  a  tu  alma,  dicien- 
do en  secreto:  "Vayamos  y  sirvamos  a  otros  dioses",  los  que  ni  tú  ni 
tus  padres  conocisteis;  7  pero  que  son  los  dioses  de  los  pueblos  que  os 
rodean,  {que  vivan  cerca  o  lejos  de  ti,  aunque  sea  en  una  de  las  ex- 
tremidades de  la  Tierra)  8  no  condesciendas  con  él,  ni  lo  escuches;  no 
le  concedas  una  mirada  de  piedad,  ni  tengas  compasión  de  él,  ni  lo  en- 
cubras, 9  sino  que  irremisiblemente  lo  matarás;  tu  mano  será  la  pri- 
mera que  se  levante  contra  él  para  matarle,  y  la  mano  de  todo  el  pue- 
blo después.  10  Le  apedrearás  hasta  que  muera,  por  cuanto  procuraba 
apartarte  de  Yahvé,  tu  dios.  . .  12  Si  oyeres  decir  de  cualquiera  de  las 
ciudades  que  Yahvé,  tu  dios,  te  da  para  habitar  en  ellas,  que  13  hom- 
bres perversos  han  salido  de  ti  y  han  seducido  a  los  habitantes  de  su 
ciudad,  diciendo:  "Vayamos  y  sirvamos  a  otros  dioses",  que  no  cono- 
cisteis, 14  inquirirás,  examinarás  e  interrogarás  con  cuidado,  y  si  re- 
sultare verdad,  cosa  cierta,  que  tal  abominación  haya  sido  cometida  en 
medio  de  ti,  15  herirás  irremisiblemente  a  filo  de  espada  a  los  mora- 
dores de  aquella  ciudad,  y  la  consagrarás  al  exterminio  (al  kherem, 
§  257-258)  con  todo  lo  que  en  ella  hubiere  y  hasta  sus  bestias.  16  Lúe- 


42 


SACERDOTES  Y  SIMPLES  LEVITAS 


go  juntarás  sus  despojos  en  medio  de  su  plaza  y  quemarás  totalmente 
la  ciudad  con  todos  sus  despojos,  en  holocausto  a  Yahvé,  tu  dios:  para 
siempre  será  un  montón  de  ruinas;  nunca  más  será  reconstruida".  (En 
igual  sentido:  Deut.  17,  2-7).  Ante  estos  preceptos  tan  bárbaros,  no  es 
de  extrañar  que  Josías  hubiera  creído  congraciarse  con  Yahvé,  dego- 
llando a  todos  los  sacerdotes  que  no  le  servían  en  la  forma  iconoclasta 
que  este  dios  exigía  o  porque  adoraban  a  otros  dioses.  El  yahvismo, 
si  fue  una  religión  sanguinaria  en  sus  sacrificios  cultuales  (por  lo 
que  alguna  vez  la  hemos  denominado  "religión  de  carnicería"),  lo 
fue,  pues,  mucho  más  en  sus  prácticas  tendientes  a  mantener  su  orto- 
doxia y  combatir  los  cultos  de  otros  pueblos;  y  para  colmo  de  males, 
trasmitió  al  cristianismo,  con  sus  libros  sagrados,  esa  tendencia  a  con- 
siderar innocuo  el  derramamiento  de  sangre  humana,  hasta  el  punto 
que  toda  su  teología  descansa  en  el  despiadado  concepto  de  que  el 
Dios  universal,  para  poder  perdonar  a  los  hombres  descarriados  de  este 
mundo  infinitesimal  en  que  vivimos,  exigió  que,  como  chivo  emisario, 
le  mataran  a  un  hijo  suyo  inocente,  ya  que,  como  estampa  un  fanático 
escritor  neotestamentario,*  "sin  derramamiento  de  sangre,  no  hay  per- 
dón" (Heb.  9,  22;  nuestra  Introducción,  §  321-326). 

3229.  De  lo  expuesto  resulta  que  todo  lo  que  se  arfirma  que  fué 
motivo  de  la  reforma  de  Josías,  se  encuentra  legislado  en  el  Deuterono- 
mio,  con  la  diferencia  siguiente:  éste  prescribe  que  "18,  6  cuando  un 
levita  (es  decir,  el  sacerdote  de  alguno  de  los  altos  que  se  querían  abo- 
lir) ,  dejando  una  de  tus  ciudades,  donde  habitare  en  cualquier  punto 
de  Israel,  viniere  al  lugar  que  Yahvé  haya  escogido,  — lo  que  podrá 
hacer  cuando  quiera —  7  oficiará  en  nombre  de  Yahvé,  su  dios,  como 
todos  los  levitas  sus  hermanos,  que  se  encuentren  allí  delante  de  Yahvé, 
8  y  tendrá  para  vivir  una  parte  igual  a  la  de  ellos,  independientemente 
de  lo  que  obtenga  de  la  venta  de  su  patrimonio".  En  cambio,  como  he- 
mos visto  (§  3214),  Josías  obligó  a  ir  a  Jerusalén  a  todos  los  sacer- 
dotes de  los  altos  de  Judá,  quienes  no  podían  oficiar  en  el  Templo,  y  para 
su  subsistencia  comían  de  los  panes  ázimos  en  medio  de  sus  hermanos 
(23,  i8"-9).  Esta  derogación  de  las  disposiciones  del  Deuteronomio  — 
punto  de  partida  de  la  distinción  entre  levitas-sacerdotes  y  simples  le- 
vitas — la  explica  Lods  de  esta  manera:  "Josías  quizá  ensayó  primera- 
mente aplicar  en  su  integridad  las  prescripciones  de  la  tora  sobre  esta 
cuestión;  pero  entonces  los  antiguos  sacerdotes  de  los  altos,  que  ha- 
bían permanecido  donde  estaban,  se  convirtieron  seguramente  en  los 
principales  agentes  de  resistencia  a  la  reforma,  perpetuando  en  secreto 
los  ritos  prohibidos.  Compréndese  entonces  que  el  rey  haya  tomado  el 
partido  de  hacerlos  ir  todos  a  la  capital,  asegurando  su  subsistencia; 
pero  no  permitiéndoles  el  ejercicio  de  las  funciones  sacerdotales,  tanto 
a  título  de  penalidad,  como  bajo  la  presión  de  los  sacerdotes  del  Tem- 
plo, poco  dispuestos  a  compartir  sus  derechos  y  sus  recursos  con  esa 


LA  REFORMA  SEGUN  LAS  CRONICAS 


43 


masa  de  intrusos"  {Les  Prophétes,  p.  164) .  Finalmente  conviene  des- 
tacar el  hecho  de  que  Josías  procedió  a  implantar  su  reforma,  manu 
militari,  es  decir,  por  la  imposición  de  la  fuerza.  Los  reyes  israelitas 
eran  los  jefes  de  la  religión  de  Yahvé,  y  como  tales,  obligaban  al  pue- 
blo a  acatar  las  innovaciones  que  consideraban  oportuno  efectuar  en 
las  doctrinas  o  en  los  ritos  y  ceremonias  de  esa  religión.  Léase  lo 
que  al  respecto  hemos  dicho  en  §  1111-1118  y  posteriormente  en 
§  1944-1945  al  tratar  del  rey  Asa.  Renán  escribiendo  sobre  la  aludida 
reforma,  dice:  "Lo  que  Ezequías  había  hecho  sin  emplear  al  parecer 
medios  violentos  (§  2930-2934),  lo  hizo  Josías  como  soberano  orien- 
tal que  se  cree  con  derecho  absoluto  sobre  la  fe  de  sus  súbditos.  Ya 
se  había  encontrado  el  perfecto  rey  teocrático;  he  aqué  el  monarca  con- 
vencido de  que  Yahvé  (Jehová)  le  dió  el  poder,  y  que  no  debe  ejer- 
cerlo más  que  por  su  voluntad  y  para  mayor  gloria  de  Yahvé". 
(p.  208). 

LA  REFORMA  DE  JOSIAS,  SEGUN  LAS  CRONICAS.  —  3230.  Según 
el  Cronista,  Josías,  que  había  manifestado  su  piedad  desde  la  edad  de 
16  años,  realizó  su  reforma  el  año  12*?  y  no  el  189  de  su  reinado,  y 
en  este  último  fué  que  en  virtud  del  descubrimiento  del  libro  de  la  Ley, 
concluyó  una  alianza  con  Yahvé,  a  la  que  hizo  adherir  a  todo  el  pue- 
blo, y  celebró  una  pascua  extraordinaria,  en  la  que  tuvieron  destacada 
actuación  los  levitas.  He  aquí  cómo  describe  la  aludida  reforma:  II 
Crón.  34,  3  En  el  8°  año,  siendo  Josías  todavía  joven,  comenzó  a  bus- 
car al  dios  de  David  su  padre;  y  en  el  12^  año,  se  puso  a  purificar  a 
Judá  y  a  Jerusalén  eliminando  los  altos,  los  postes  sagrados  (las  ashe- 
ras) ,  y  las  imágenes  esculpidas  o  fundidas.  4  Derribaron  en  su  presen- 
cia los  altares  de  los  Baales;  abatió  los  obeliscos  erigidos  encima  de  es- 
tos altares;  quebró  los  postes  sagrados  y  las  imágenes  tanto  esculpidas 
como  fundidas,  reduciéndolas  a  polvo,  el  que  esparció  sobre  las  sepul- 
turas de  los  que  les  habían  ofrecido  sacrificios.  5  Quemó  los  huesos  de 
los  sacerdotes  sobre  sus  altares,  purificando  así  a  Judá  y  a  Jerusalén. 
6  Igualmente  en  las  ciudades  de  Manases,  de  Efraim  y  hasta  de  Nef- 
talí, así  como  en  las  aldeas  de  su  alrededor,  7  derribó  los  altares,  des- 
trozó los  postes  sagrados  y  las  imágenes  esculpidas,  reduciéndolos  a 
polvo  y  abatió  todos  los  obeliscos  en  todo  el  país  de  Israel;  y  después 
retornó  a  Jerusalén. 

3231.  A  pesar  del  escaso  crédito  histórico  que  merece  el  libro 
de  Crónicas,  algunos  autores  creen  encontrar  base  en  su  relato  para 
modificar  el  de  II  Rey.  21,  J9-23,  30.  Así  p.  ej.,  Causse,  para  repre- 
sentarse las  circunstancias  en  las  cuales  fué  preparada  y  promulgada 
la  nueva  tora,  parte  del  reinado  de  Amón,  de  quien  se  dice  que  "si- 
guió las  huellas  de  su  padre  Manases .  .  .  no  anduvo  en  el  camino  de 
Yahvé,  y  los  servidores  (los  sarim,  "ministros",  R.  H.  Ph.  R.  t9  13, 


44 


EL  ASESINATO  DE  AMON 


p.  5;  L.  B.  d.  C.  en  nota  a  II  Crón.  35,  8)  de  Amón  conspiraron  con- 
tra él  y  lo  mataron  en  su  palacio.  Pero  el  pueblo  del  país  malo  a  iodos 
los  que  habían  conspirado  contra  el  rey  Amón,  y  proclamó  rey,  en  su 
lugar,  a  su  hijo  Josías"  (II  Rey.  21,  21-24;  II  Crón.  33,  22-25 ; 
§  3206) .  Reconoce  Causse  que  de  esta  brevísima  narración  es  poco 
verosímil  deducir  que  se  trate  aquí  de  una  reacción  del  partido  profé- 
tico  hostil  a  la  dominación  asiría,  como  opinan  algunos  escritores,  pues 
el  asesinato  de  Amón  pudo  ser  el  resultado  de  una  vulgar  intriga  pala- 
ciega; pero,  sin  embargo,  infiere  que  "en  el  movimiento  popular  que 
culminó  con  el  castigo  de  los  asesinos,  los  profetas  indudablemente 
desempeñaron  un  papel.  En  todo  caso,  la  revolución  debía  traer  el 
triunfo  del  partido  reformista  y  nacional  hostil  a  los  sarim ...  A  la 
cabeza  de  la  revolución  social  provocada  por  el  asesinato  de  Amón, 
están  los  profetas.  Durante  la  menoría  de  Josías  quiebran  los  símbolos 
de  los  dioses  asirios  establecidos  en  el  Templo;  son  expulsados  de  Je- 
rusalén  las  prácticas  idolátricas;  y  son  derribados  en  los  altos  (bamol) 
del  país,  las  estelas  y  los  postes  sagrados  (los  matstsebot  y  los  asherim, 
§  88).  El  celo  de  los  iconoclastas  se  extiende  al  antiguo  reino  del  Norte; 
una  parte  de  Efraim  es  reconquistada;  y  el  santuario  de  Bethel  es 
reducido  a  polvo  y  profanado...  Según  II  Crón.  34,  3-7,  la  destruc- 
ción de  los  símbolos  idolátricos  de  los  altos  de  Judá  y  del  reino  del 
Norte  habría  ocurrido  el  8°  año  del  reinado  de  Josías.  En  efecto,  es 
probable  que  el  partido  pietista,  una  vez  dueño  del  poder,  no  haya 
esperado  18  años  y  el  descubrimiento  del  libro  de  la  Ley,  para  hacer 
prevalecer  sus  reivindicaciones  y  para  expulsar  del  Templo  y  del  país 
los  símbolos  y  las  prácticas  del  culto  solar  y  las  diversas  idolatrías  asi- 
rías. En  cuanto  a  la  invasión  de  las  ciudades  del  antiguo  reino  del 
Norte  por  las  tropas  de  Josías,  no  se  explica  tan  sólo  por  el  deseo  de 
reforma  cultual,  sino  que  era  también  manifestación  de  independen- 
cia y  de  despertar  nacional:  se  trataba  de  destruir  todos  los  vestigios 
de  la  dominación  asiría.  Deben  distinguirse  por  lo  tanto,  varios  pe- 
ríodos en  el  movimiento  que  culminó  en  la  reforma  deuteronómica, 
a  saber:  ^ 

19  Revolución  que  siguió  al  asesinato  de  Amón.  El  pueblo  se  su- 
bleva contra  la  aristocracia  asiriófila. 

2°  Durante  la  menoría  de  Josías,  medidas  anti-idolátricas  provo- 
cadas por  los  profetas;  expulsión  de  las  idolatrías  asirías  del  Templo 
de  Jerusalén. 

39  Estas  medidas  son  seguidas  por  una  campaña  victoriosa  en 
la  región  de  Efraim  y  de  Manasés.  Los  santuarios  del  antiguo  reino 
del  Norte  son  derribados  y  profanados. 

Y  49  El  año  189  de  Josías:  descubrimiento  del  libro  de  la  Ley, 
introducción  (más  bípn:  purificación)  del  culto  y  celebración  de  una 
pascua  solemne  en  Jerusalén"  (R.  H.  Ph.  R.,      13,  ps.  5-7). 


LAS  CRONICAS  Y  SUS  PREJUICIOS  SACERDOTALES 


45 


3232.  Irjdudablemente  que  este  ordenamiento  de  los  sucesos  es 
bastante  lógico;  pero  lo  que  nos  corresponde  indagar  es  si  los  acon- 
tecimientos se  produjeron,  según  los  textos  bíblicos  de  que  disponemos, 
en  la  forma  descrita  por  Causse.  Primeramente,  de  la  breve  mención 
de  II  Rey.  21,  23:  "los  servidores  (oficiales  o  ministros)  de  Amón 
conspiraron  contra  él  y  lo  mataron  en  su  palacio",  no  se  puede  dedu- 
cir sino  que  ese  suceso  fué  la  consecuencia  de  una  intriga  palaciega, 
muy  común  en  las  monarquías  orientales.  Asesinado  Amón,  se  pro- 
duce una  revolución  popular  en  contra  de  sus  asesinos,  los  cuales  a  su 
vez  fueron  muertos  por  el  pueblo,  que  proclamó  rey  a  Josías,  hijo  de 
aquél  (v.  24).  ¿Puede  inferirse  de  este  v.  24,  que  a  la  cabeza  de  di- 
cha revolución  social  estaban  los  profetas?  Nos  parece  totalmente  in- 
admisible tal  conclusión,  porque  habiendo  seguido  Amón  la  misma  po- 
lítica religiosa  de  su  padre  Manasés,  lo  natural  sería  que  el  partido 
de  los  profetas  hubiera  alentado  a  los  conspiradores,  y  no  que  hubiese 
acompañado  o  dirigido  a  los  que  mataron  a  éstos  por  el  aludido  cri- 
men. Esa  revuelta  popular  era  una  manifestación  de  simpatía  al  mo- 
narca asesinado  y  de  adhesión  a  su  política,  como  lo  corrobora  el  he- 
cho de  que  se  proclamó  rey  al  hijo  de  aquél,  simple  niño  de  8  años, 
demostrándose  así  que  no  se  quería  cambiar  de  dirección  guberna- 
mental (§  3205).  La  afirmación  de  que  durante  la  menoría  de  Josías 
se  tomaron  medidas  anti-idolátricas  provocadas  por  los  profetas,  care- 
ce de  fundamento  en  los  textos,  cuyos  autores  se  hubieran  apresurado 
a  narrar  esas  medidas  de  acuerdo  con  las  ideas  deuteronómicas  de  los 
redactores  y  retocadores  del  libro  de  Reyes;  y  sólo  puede  basarse  di- 
cha afirmación  en  lo  que  expone  el  Cronista,  que  la  reforma  de  Jo- 
sías se  efectuó  en  el  12^  año  de  su  reinado,  es  decir,  cuando  él  tenía 
20  años. 

3233.  No  puede  darse  valor  histórico  a  los  relatos  del  Cronista, 
cuando  desmienten  o  modifican  los  de  sus  fuentes,  los  libros  de  Sa- 
muel y  de  los  Reyes,  y  a  ello  lo  impulson  sus  tendencias  sacerdotales 
o  sus  prejuicios  dogmáticos  (§  3194-5).  Sólo  deben  examinarse  o  te- 
nerse en  cuenta  las  aserciones  especiales  del  Cronista,  cuando  no  re- 
velan la  influencia  de  ningún  prejuicio  religioso  o  histórico,  como  p. 
ej.,  los  datos  más  completos  que  da  sobre  el  acueducto  subterráneo 
hecho  por  Ezequías  (II  Crón.  32,  30;  cf.  con  II  Rey.  20,  20),  datos 
que  pueden  haber  sido  tomados  de  otras  fuentes  distintas  de  las  utili- 
zadas por  el  autor  de  los  Reyes.  En  cuanto  al  poco  crédito  que  mere- 
cen los  relatos  del  Cronista  sobre  innovaciones  en  el  culto,  basta  re- 
cordar que  atribuye  al  rey  Asa  las  medidas  reformatorias  de  Josías;  y 
que  en  unos  pasajes  afirma  que  aquél  hizo  desaparecer  los  altos  (II 
Crón.  14,  3  Y  5  ó  2  Y  4,  según  las  Biblias),  mientras  que  en  otro  sos- 
tiene lo  contrario  (15,  17).  Igualmente  dice  de  Josafat  que  "tuvo  el 
valor  de  hacer  desaparecer  de  Judá  los  altos  y  los  postes  sagrados" 


46 


LOS  SANTUARIOS  DE  PROVINCIA 


(17,  6)  ;  pero  en  20,  33  confiesa  que  en  época  de  ese  rey,  "los  altos 
no  desaparecieron".  Esta  contradicción  la  explica  L.  B.  d.  C.  así:  "El 
libro  de  los  Reyes  (I  Rey.  22,  44)  dice  expresamente  que  durante  el 
reinado  de  Josafat,  no  desaparecieron  los  altos,  y  el  mismo  Cronista 
reprodujo  ese  pasaje  (20,  33).  Si  atribuye  a  Josafat  aquí,  en  17,  6,  la 
abolición  de  los  santuarios  de  provincia,  es  sin  duda,  porque  después 
de  la  reforma  de  Josías,  era  considerado  ese  rasgo,  por  los  judíos  orto- 
doxos, como  que  formaba  parte  de  la  definición  misma  de  la  verdadera 
piedad  (cf.  14,  2;  15,  17  y  II  Rey.  18,  4)".  Fácil  es  comprender  la 
razón  por  la  cual  el  Cronista  antedató  la  reforma  de  Josías;  ello  se 
debe  a  que,  como  expresa  Gautier:  "operó  esa  transposición,  porque, 
a  su  entender,  un  Josías,  que  había  ascendido  al  trono  a  los  8  años, 
no  pudo  permanecer  indiferente  e  inactivo  hasta  después  de  cumplir 
25  años.  Está  demás  decir  que  el  orden  cronológico  del  libro  de  los 
Reyes  debe  ser  aceptado  sin  hesitación"  (II,  p.  294).  Fuera  de  estas 
consideraciones,  se  tiene  que,  si  como  pretende  el  Cronista  y  admite 
Causse,  se  hubiera  producido  la  reforma  religiosa  descrita  en  II  Crón. 
34,  3-7  durante  la  menoría  de  Josías,  o  en  el  12°  año  de  su  reinado, 
sería  inexplicable  y  habría  que  rechazar  todo  lo  que  se  relata  del  des- 
cubrimiento del  libro  de  la  Ley,  en  cuanto  al  terror  que  su  lectura  le 
causó  al  monarca,  la  humillación  de  éste,  y  la  profecía  de  Huida,  dado 
que  ya  se  habría  producido  la  purificación  del  culto  de  Yahvé,  lo  que 
habría  aplacado  la  cólera  de  este  irascible  dios  (34,  24-28).  En  resu- 
men, pues,  tenemos  que  atenernos  a  los  datos  de  II  Rey.  22-23,  y  admi- 
tir que  hecha  pública  la  tora  de  Helcías,  comenzó  a  producirse  como 
consecuencia  de  ella,  la  reforma  de  Josías  en  el  18°  año  de  su  reinado, 
cuando  la  declinación  del  poderío  asirlo  hacía  posible  realizar  sin  pe- 
ligro dichas  medidas  reformatorias. 

EL  FIN  DE  JOSIAS.  —  3234.  La  reforma  religiosa  de  este  rey, 
que  tendía  a  hacer  de  Judá  el  pueblo  escogido  de  Yahvé  (ya  que  había 
desaparecido  el  reino  del  Norte  o  de  Israel),  libre  de  las  contamina- 
ciones de  prácticas  idolátricas  o  inmorales  de  otros  pueblos,  constituía 
el  triunfo  pleno  del  partido  pietista,  el  que  ahora  estaba  seguro  de 
contar  con  las  bendiciones  celestiales,  de  acuerdo  con  la  predicación  de 
los  profetas  del  siglo  anterior,  y  de  los  preceptos  de  la  nueva  tora  de 
Helcías.  El  dios  nacional  no  podía  dejar  de  premiar  a  aquel  monarca 
tan  ferviente  yahvista,  y  hacer  próspero  y  feliz  su  gobierno,  dado  que 
según  la  opinión  dominante,  la  piedad  tenía  su  recompensa  en  este 
mundo  (§  2773),  por  lo  que  no  debe  maravillarnos  el  juicio  encomiás- 
tico del  escritor  deuteronómico  del  libro  de  Reyes,  de  que  ni  antes  ni 
después  de  su  reinado,  había  habido  otro  rey  tan  piadoso  como  él 
(II  Rey.  23,  25).  Pero  ocurrió  que  el  faraón  Ñeco  o  Necao  II  (610- 
594),  sucesor  de  su  padre  Psamético  I  (645-610),  emprendió  una  ex- 


LA  BATALLA  DE  MEGUIDO 


47 


pedición  militar,  — según  el  II  Libro  de  Reyes,  "contra  el  rey  de  Asur" 
(23,  29)  (1),  y  según  Josefo,  "contra  los  medos  y  los  babilonios  que 
destruyeron  la  potencia  asiria"— ,  y  tuvo  que  pasar  por  el  territorio 
del  antiguo  reino  de  Efraim,  sobre  el  que  había  logrado  extender  su 
dominio  el  rey  Josías.  Este,  confiado  en  el  auxilio  de  Yahvé,  que  de 
acuerdo  con  las  enseñanzas  de  Isaías,  bastaba  para  vencer  a  todos  los 
enemigos  de  su  pueblo  (§2913,  2916),  se  atrevió  a  salir  al  encuentro 
del  Faraón,  pretendiendo  impedirle  el  paso  por  Palestina.  El  resultado 
de  ese  proceder  no  se  relata  de  igual  modo  en  los  Reyes  que  en  las 
Crónicas:  en  el  primero  se  dice:  "El  rey  Josías  salió  a  su  encuentro; 
pero  el  Faraón  lo  mató  en  Meguido,  desde  que  lo  vió.  Sus  servidores 
llevaron  su  cadáver  en  su  carro,  desde  Meguido  a  Jerusalén,  y  lo  ente- 
rraron en  su  sepulcro"  (II  Rey.  23,  29-30).  El  libro  de  las  Crónicas 
(II,  cap.  35)  detalla  así  este  suceso:  "20  Ñeco,  rey  de  Egipto,  subió 
para  guerrear  en  Carquemis,  junto  al  Eufrates,  y  Josías  salió  a  su  en- 
cuentro. 21  Ñeco  le  envió  mensajeros  encargados  de  decirle:  "¿Por 
qué  tenemos  nosotros  que  pelearnos,  rey  de  Judá?  No  vengo  hoy  con- 
tra ti,  sino  contra  la  casa  con  la  que  estoy  en  guerra,  y  Dios  me  ha 
mandado  que  me  apresure.  Cesa,  pues,  de  oponerte  a  Dios,  que  está 
conmigo,  no  sea  que  cause  tu  pérdida".  22  Pero  Josías  no  se  retiró 
delante  del  rey  de  Egipto;  sino  que  por  el  contrario,  se  enardeció  en 
librarle  batalla,  sin  escuchar  las  palabras  de  Ñeco,  aunque  eran  de  la 
boca  de  Dios;  y  vino  a  trabar  batalla  en  el  valle  de  Meguido.  23  Los 
arqueros  tiraron  sobre  el  rey  Josías,  y  éste  dijo  a  sus  servidores:  "Sa- 
cadme  de  aquí,  porque  estoy  gravemente  herido".  24  Sacáronlo  sus 
servidores  de  su  carro  de  guerra,  y  lo  pusieron  en  su  segundo  carro, 
y  lo  llevaron  a  Jerusalén,  donde  murió  y  fué  enterrado  en  los  sepulcros 
de  sus  padres".  Tenemos,  pues,  que  nunca,  como  en  este  caso,  el  curso 
de  los  sucesos  históricos  dió  el  más  completo  desmentido  a  una  teoría 
religiosa.  No  se  cumplió  el  pronóstico  de  la  profetisa  Huida,  de  que 
Josías  "sería  recogido  en  paz  con  sus  padres"  (§  3207-3209),  y  en 
cambio  quedó  comprobado  una  vez  más  que  Yahvé  no  interviene  en 
los  acontecimientos  humanos,  causando  aquella  desastrosa  muerte  la 
más  cruel  decepción  a  los  fieles  yahvistas.  Ahora,  si  se  recuerda  que 
Josías  había  exterminado  despiadadamente  a  los  nigromantes,  adivinos 
y  sacerdotes  de  los  altos  samaritanos  (§  3228),  puede  afirmarse  en 


(1)  La  generalidad  de  los  comentaristas  modernos,  como  Lods  (Les  Prophé- 
tes,  p.  48)  y  Chaine  (p.  117),  consideran  que  las  citadas  palabras  "contra  el  rey 
de  Asur"  son  una  glosa,  ya  que  van  contra  los  documentos  históricos  recientemente 
descubiertos,  y  faltan  en  la  traducción  siríaca  y  en  el  pasaje  paralelo  de  11  Crón. 
35,  20.  (R.  H.  Ph.  R.  t*?  4,  ps.  381-383).  El  nombre  del  faraón  victorioso  en  Me- 
guido, es  en  egipcio  Necau,  que  fué  transcrito  Necao  por  los  LXX,  y  Ñecos  por 
Heredóte. 


48 


LA  MUERTE  DE  JOSIAS 


presencia  de  la  desaparición  de  aquel  monarca  en  la  flor  de  la  edad 
asaetado  por  los  soldados  enemigos,  que  lo  que  se  cumplió  fue  el  pro- 
verbio popular  de  que  "el  que  a  hierro  mata,  a  hierro  muere". 

3235.  Si  examinamos  con  detención  los  dos  relatos  transcritos 
de  la  muerte  de  Josías,  veremos:  1°  que  en  el  de  Reyes  se  afirma  que 
el  Faraón  mismo  lo  mató,  mientras  que  en  el  de  Crónicas,  se  dice  que 
Josías  fué  herido  gravemente  en  combate  contra  las  fuerzas  de  Ñeco; 
y  29  según  el  primer  relato,  Josías  perece  en  Meguido;  pero,  según  el 
Cronista,  murió  en  Jerusalén,  pues  sostiene  que  el  rey  de  Judá,  al  sen- 
tirse herido  en  la  batalla,  pide  a  sus  servidores  que  lo  pasen  a  su  se- 
gundo carro,  — aprobablemente  el  que  usaba  en  el  viaje,  más  cómodo 
que  el  carro  de  guerra  en  el  que  estaba  y  debía  ser  muy  estrecho,  ya 
que  en  esa  clase  de  carros  había  que  combatir  de  pie — ,  y  aquéllos, 
obrando  como  se  les  mandaba,  lo  llevaron  a  la  capital  donde  falleció. 
Los  términos  del  relato  de  Reyes:  "el  Faraón  lo  mató  desde  que  lo 
vió'\  han  hecho  suponer  al  comentarista  Welch  que  Ñeco,  al  pasar  por 
Palestina,  citó  a  Josías  a  comparecer  ante  él  en  Meguido,  y  que  con- 
siderando dudosa  su  fidelidad,  lo  hizo  ejecutar,  para  asegurar  su  re- 
taguardia (R.  H.  Ph.  R.  t9  IV,  p.  383;  LoDS,  Ob.  cit.  p.  48).  Tra- 
tándose de  uno  de  aquellos  casos  en  que  no  media  prejuicio  dogmá- 
tico (§  3233),  creemos  con  Lods,  que  aquí  es  preferible  admitir  que 
los  hechos  ocurrieron  como  los  narra  el  Cronista,  basado  quizá  en 
alguna  antigua  tradición,  por  el  mayor  número  de  detalles  que  da, 
entre  los  que  se  cuentan  los  siguientes  del  v.  25:  "Jeremías  compuso 
un  canto  fúnebre  (quiná,  §  1122)  sobre  Josías;  todos  los  cantores  y 
las  cantoras  han  hablado  también  de  Josías  hasta  el  día  de  hoy,  lo  que 
se  ha  establecido  como  regla  o  costumbre  en  Israel.  Esos  cantos  (o  en- 
dechas) están  consignados  en  las  Lamentaciones".  La  aludida  quiná  de 
Jeremías  no  nos  ha  sido  conservada.  Quizá  en  el  aniversario  de  la 
muerte  de  Josías  se  acostumbraran  celebrar  ceremonias  fúnebres  en 
las  que  se  cantarían  endechas  a  su  memoria.  En  cuanto  a  que  esos 
cantos  están  consignados  en  las  Lamentaciones,  téngase  presente  que 
esta  mención  no  se  refiere  al  libro  bíblico  de  ese  nombre  (en  heb. 
quinot),  cuyas  cinco  partes  tienen  por  tema  la  ruina  de  Jerusalén  en 
el  año  586,  sino  a  otra  colección  de  endechas,  hoy  perdida  (§  511). 

3236.  Notemos  también  que  el  faraón  Ñeco  fué  un  rey  célebre, 
que  impulsó  el  desarrollo  de  la  marina  egipcia,  y  fue  el  primero  en 
realizar  la  proeza  de  dar  vuelta  al  continente  africano,  pues  sus  navios 
habiendo  partido  del  mar  Rojo  volvieron  a  Egipto  por  el  estrecho  de 
Gibraltar  y  el  Mediterráneo.  Mucho  había  hecho  pensar  a  los  comenta- 
ristas la  finalidad  perseguida  por  Ñeco  en  su  expedición  a  Carquemis, 
en  el  curso  de  la  cual  dió  muerte  a  Josías,  hasta  que  aclaró  la  cues- 
tión, Gadd,  del  Museo  Británico,  quien  publicó  en  1923  la  traducción 
de  una  tableta  asiría,  descubierta  por  él,  que  contiene  un  fragmento 


:ausas  de  la  muerte  de  josias 


49 


de  la  crónica  de  Nabopolasar,  príncipe  caldeo  de  Babilonia,  durante 
el  período  del  616  al  609.  Por  esa  crónica  se  ha  venido  a  saber  que 
habiendo  caído  Nínive  en  el  612,  ante  los  ataques  combinados  de  los 
babilonios,  los  medos  y  el  pueblo  de  los  ummán-manda  (quizá  nóma- 
des o  escitas) ,  pereció  su  rey  Sinsariskún  (el  Sárdanápalo  de  los  grie- 
gos), y  la  ciudad  fue  totalmente  destruida.  Sin  embargo,  un  príncipe 
asirio,  Assuruballit,  que  sobrevivió  a  la  derrota,  tomó  por  capital  a  Ha- 
rrán  (§  2255),  la  que  a  su  vez  sucumbió  en  el  610,  atacada  por  los 
babilonios  y  los  ummán-manda.  En  cuanto  a  los  egipcios,  sabemos  que 
desde  siglos  atrás  sostuvieron  largas  luchas  con  los  asirios;  pero  des- 
pués de  la  invasión  arrolladora  de  las  hordas  escitas  en  el  siglo  VII, 
Psamético  I,  padre  de  Ñeco,  cambió  de  política,  y  consideró  que  con- 
venía la  existencia  de  un  Estado  como  Asiría,  que  sirviera  para  con- 
tener las  hordas  del  Norte,  por  lo  cual  desde  el  año  616,  un  ejército 
egipcio  combatía  en  la  región  del  Eufrates  como  aliado  de  Asur.  Cree 
Lods  que  Psamético  obtuvo  en  pago  de  su  concurso,  los  derechos  de 
ese  país  sobre  toda  o  parte  de  la  Siria  (Ib.  p.  47).  Como  Assuruballit, 
después  de  su  derrota  en  Harrán,  se  refugió  en  la  ribera  occidental 
del  Eufrates,  probablemente  en  la  región  de  Carquemis,  allí  se  dirigía 
Ñeco  para  ayudarlo,  en  el  609,  cuando  sometió  el  reino  de  Judá  a  la 
soberanía  egipcia,  después  de  haber  dado  muerte  a  Josías  en  Meguido. 
Esta  era  una  fortaleza  situada  a  la  entrada  del  camino  de  Egipto  a  Si- 
ria, en  donde  desemboca  ese  camino  de  las  montañas  en  el  llano  o 
valle  de  Jizreel,  llamado  también  de  Meguido  o  Megido  (§  3);  y  fue 
allí  que  en  1479,  Tutmosis  III  derrotó  a  los  reyes  de  Canaán  (§  19). 
En  cuanto  a  la  frase:  "desde  que  lo  vió",  puede  entenderse,  como  dice 
Scío:  al  primer  encuentro. 

3237.  Parece  que  el  Cronista  hubiera  querido  describir  el  re- 
lato de  la  muerte  de  Josías,  imitando  el  de  la  muerte  de  Acab  (I  Rey. 
22,  29-37),  y  los  masoretas  intensificaron  esa  semejanza,  poniendo  en 
el  V.  22  de  II  Crón.  35,  que  Josías  se  disfrazó  para  combatir  a  Ñeco, 
como  Acab  se  disfrazó  para  entrar  en  batalla  contra  el  rey  de  Siria 
(I  Rey.  22,  30),  cuando  en  la  narración  del  Cronista  sobre  Josías, 
sólo  se  dice  en  el  texto  griego  que  éste  "se  enardeció  en  librarle  bata- 
Ha",  y  no  que  se  disfrazó  con  el  indicado  fin.  En  lo  relativo  a  la  ex- 
plicación que  el  escritor  de  Reyes  y  el  de  Crónicas  tratan  de  dar  del 
desconcertante  hecho  para  la  fe  yahvista  que  un  monarca  tan  piadoso 
como  Josías  hubiera  tenido  tan  desgraciado  fin,  el  primero  da  a  en- 
tender que  ello  se  debió  "a  las  provocaciones  con  que  Manases  había 
irritado  a  Yahvé"  (I  Rey.  23,  26),  de  acuerdo  con  el  proverbio  iró- 
nico popular,  que  mencionan  Jeremías  (31,  29)  y  Ezequiel  (18,  2): 

"Los  padres  comieron  las  uvas  verdes  (el  agraz), 
Y  los  hijos  sufren  la  dentera"; 


50 


EXPLICACIONES  ORTODOXAS 


mientras  que,  según  el  Cronista,  ese  desastre  tenía  por  causa  el  haber 
desobedecido  Josías  a  Dios,  que  hablaba  por  boca  de  Ñeco,  cuando 
éste  le  ordenaba  que  se  retirara,  pues  no  había  motivo  para  pelea  en- 
tre ambos  (II  Crón.  35,  21-22;  §  3195).  Scío,  que  como  buen  orto- 
doxo, admite  esta  explicación,  dice  que  "tal  vez  Jeremías  le  había  ad- 
vertido a  Josías  que  las  palabras  de  Ñeco  venían  de  Dios,  quien  por 
los  medios  que  no  sabemos,  habría  hecho  también  conocer  su  volun- 
tad a  Ñeco  o  Necao";  agregando  el  aludido  obispo  que  "Josías  murió 
arrepentido  de  la  desobediencia  y  falta  que  había  cometido  contra 
Dios".  Indudablemente  que  al  hacer  esta  afirmación,  Scío  obraba  tan 
inspirado  por  la  divinidad  como  el  nombrado  faraón  egipcio.  El  mis- 
rao  escritor  católico  saca  de  la  muerte  de  Josías  las  siguientes  conse- 
cuencias y  enseñanzas:  "Un  fin  semejante  tuvo  Acab,  el  más  impío  y 
perverso  de  los  reyes  de  Israel,  en  la  batalla  de  Remoth  en  Galaad. 
Por  lo  que  si  el  hombre  no  tiene  nada  que  esperar  para  después  de  su 
muerte,  la  suerte  de  Josías  no  fué  más  feliz  que  la  de  Acab.  El  justo, 
que  en  todo  el  espacio  de  su  vida  no  hizo  sino  lo  que  era  agradable 
a  los  ojos  de  Dios,  y  que  siguió  constantemente  las  huellas  de  David  su 
padre,  fué  confundido  con  el  impío,  que  según  la  expresión  del  profeta 
Elias,  se  vendió  para  cometer  la  iniquidad  a  los  ojos  del  Señor.  Este 
solo  ejemplo,  aunque  no  tuviéramos  otras  pruebas,  es  más  que  sufi- 
ciente para  convencernos  que  nuestras  almas  son  inmortales,  y  que 
no  es  en  esta  vida  el  lugar  donde  los  buenos  y  los  malos  reciben  lo  que 
es  debido  a  sus  obras.  Josías  vivió  en  una  entera  sumisión  a  la  volun- 
tad de  Dios,  su  Criador,  y  con  los  mismos  sentimientos  le  rindió  pura 
su  alma,  dejando  a  los  príncipes  un  ejemplo  que  imitar,  más  excelente 
que  el  de  los  Alejandros  y  Césares".  Recordemos  por  último  que  la 
tradición  conservó  cariñosamente  la  memoria  del  piadoso  Josías,  y  así 
en  el  II  siglo  a.  n.  e.  escribía  el  autor  del  Eclesiástico: 

El  nombre  de  Josías  es  como  incienso  aromático 

Preparado  por  los  cuidados  del  perfumista. 

Su  recuerdo  es  dulce  como  la  miel  al  paladar, 

Dulce  (o  agradable)  como  la  música  en  un  banquete  (49,  J). 


CAPITULO  III 


El  Deuteronomio 


NOMBRE  DEL  LIBRO.  —  3238.  Hemos  examinado  en  el  capítulo 
anterior  el  discutido  problema  de  los  orígenes  de  este  libro,  al  que  cali- 
ficamos provisoriamente  de  "la  tora  de  Helcías",  por  haber  sido  su 
núcleo  primitivo  el  rollo  que  este  sacerdote  pretendió  haber  descu- 
bierto en  el  Templo,  en  el  189  año  del  reinado  de  Josías.  Vamos  ahora 
a  estudiarlo  con  mayor  detenimiento,  ya  que  tiene  una  importancia 
trascendental  en  la  historia  de  la  religión  israelita,  especialmente  en  la 
formación  del  judaismo.  El  Deuteronomio  es  la  parte  final  de  la  Tora 
hebrea  (§  28,  32),  lo  más  sagrado  que  existe  en  la  literatura  de  los 
judíos,  para  quienes  la  Tora  es  una  sola  obra  dividida  en  cinco  rollos, 
como  si  dijéramos  un  libro  en  cinco  tomos.  A  cada  uno  de  ellos  lo 
designan  por  su  palabra  o  palabras  iniciales,  y  así  denominan:  al 
1°,  Bereschit  (Al  principio)  ;  al  2°,  Schemoth  (Los  nombres)  ;  al  3*?, 
Vayyicra  (Y  él  llamó)  ;  al  4*?,  Vayedabber  (Y  él  habló)  o  Bammidbar 
(En  el  desierto),  locución  que  se  halla  en  su  primer  versículo;  y  al 
59,  Debarim  (Las  palabras,  §  2671).  Los  traductores  de  la  versión 
griega  de  los  LXX  le  dieron  al  conjunto  de  ellos,  el  nombre  de  Penta- 
teuco, cinco  rollos,  o  mejor,  cinco  estuches  en  los  que  se  colocaban 
cada  uno  de  esos  rollos,  a  los  cuales  cambiaron  sus  denominaciones 
hebreas  por  los  nombres  con  que  figuran  en  nuestras  Biblias:  al  1°, 
Génesis  (nacimiento  u  origen);  al  2°,  Exodo  (salida),  por  la  partida 
de  Egipto  de  los  israelitas  en  tiempo  de  Moisés;  al  3°,  Levitico,  por 
tratar  principalmente  de  preceptos  relativos  a  la  tribu  de  Leví;  al  4°, 
Números,  porque  detalla  dos  censos  en  los  caps.  1  y  26;  y  al  5"?,  Deute- 
ronomio (en  gr.  Deuteronomion)  "segunda  ley",  porque  se  creyó  que 
este  libro  contenía  una  repetición  de  la  legislación  que  se  halla  en  los 
otros  libros.  Según  Siebens,  ese  nombre  que  le  dieron  los  J^XX  a  la 
5^  parte  de  la  Tora,  proviene  de  una  traducción  errónea  de  Deut.  17, 
iS  (§  793)  :  "{El  rey)  escribirá  (o  se  hará)  para  sí,  en  un  libro,  una 
copia  de  esta  ley",  texto  que  los  LXX  vertieron  así:  "El  rey  escribirá 
para  sí,  en  un  libro,  este  deuteronomio  (2^  ley)",  como  si  se  tratara  no 
de  una  copia  de  la  ley,  sino  de  un  nuevo  documento  legislativo,  de 


52 


EL  DEUTERONOMIO  NO  ES  DE  MOISES 


una  segunda  ley  (cf.  Jos.  8,  32,  donde  los  LXX  emplearon  la  misma 
palabra  deuteronomion  para  traducir  el  pasaje  hebreo  en  el  que  igual- 
mente sólo  se  habla  de  una  copia  de  la  ley  escrita  por  Moisés.  - — ■ 
Dic.  Encyc,  I,  p.  284) .  San  Jerónimo  en  la  Vulgata,  sigue  la  versión 
alejandrina,  y  así  en  Deut.  17,  18,  en  vez  de  "escribirá  para  sí  una  co- 
pia de  esta  ley",  como  trae  el  hebreo,  traduce:  describet  sihi  Deutero- 
nomium",  escribirá  para  sí  un  Deuteronomio";  y  en  Jos.  8,  32,  en 
lugar  de  "escribió  sobre  piedras  una  copia  de  la  ley  de  Moisés",  vierte: 
scripsit  super  lápides  Deuteronomium,  "escribió  sobre  piedras  el  Deu- 
teronomio". A  este  libro  se  le  suele  llamar  también  Código  Moabita, 
porque  figura  ser  un  discurso  pronunciado  ante  el  pueblo,  por  Moisés, 
poco  antes  de  morir,  en  los  llanos  de  Moab. 

NO  ES  OBRA  MOSAICA.  —  3239.  Antes  de  pasar  al  estudio  del 
contenido  del  Deuteronomio,  conviene  dejar  bien  sentado  que,  en  con- 
tra de  lo  que  se  afirma  en  él  y  de  lo  que  ha  creído  y  cree  la  ortodoxia 
tradicional,  ese  libro  no  sólo  no  es  obra  mosaica,  sino  que  además  tiene 
rasgos  propios  que  lo  distinguen  de  los  otros  componentes  del  Penta- 
teuco. Sin  perjuicio  de  ir  notando  más  adelante  las  diferencias  que  pre- 
senta con  P,  tocante  a  la  casta  sacerdotal,  los  diezmos,  las  fiestas,  los 
sacrificios  y  demás  instituciones,  señalaremos  ahora  tan  sólo  las  siguien- 
tes: 1°  En  el  Deuteronomio  es  siempre  Moisés  quien  habla,  porque  él  va 
refiriendo  a  sus  oyentes  lo  que  le  reveló  Yahvé  en  la  montaña  santa; 
mientras  que  en  los  otros  libros  del  Pentateuco,  es  Yahvé  el  que  dirige 
la  palabra.  2°  En  el  Deuteronomio,  a  la  montaña  de  la  revelación  se  le 
llama  Horeb  (5,  2;  9,  8;  18,  16;  29,  1)  y  nunca  Sinaí  (§  122)  ;  en  cam- 
bio con  este  último  nombre  figura  en  los  demás  libros  atribuidos  a  Moi- 
sés: Horeb  sólo  se  encuentra  tres  veces  en  la  historia  mosaica  (Ex.  3,  1; 
17,  6;  33,  6),  y  ninguna  en  la  parte  legislativa.  3°  Según  el  Deuterono- 
mio, la  tribu  de  Leví  fué  elegida  para  el  servicio  del  culto  divino,  en  el 
último  año  de  la  estada  en  el  desierto,  después  de  la  muerte  de  Aarón 
(10,  8)  ;  pero,  según  Números,  esa  designación  se  efectuó  al  principio, 
antes  de  la  partida  del  Sinaí  (3,  5-9).  4°  En  los  otros  libros  del  Penta- 
teuco se  expresa  la  pena  de  muerte  por  la  fórmula:  "Esa  persona  será 
cortada  de  en  medio  de  Israel"  (Ex.  12,  15,  19;  Lev.  7,  20,  21;  Núm. 
9,  13,  &) ;  mientras  que  el  Deuteronomio  emplea  diversas  expresiones 
para  la  misma  idea,  tales  como:  "extirparás  (o  quitarás)  el  mal  de  en 
medio  de  ti"  (13,  5),  o  "limpiarás  de  Israel  la  sangre  inocente"  o  "qui- 
tarás de  Israel  la  sangre  del  inocente"  (19,  13). 

3240.  Ya  indicamos  en  §  3212  que  según  la  primera  Introducción 
del  Deuteronomio  (1,  i -4,  40)  Moisés  se  dirige  a  la  nueva  generación 
que  nada  sabe  de  Egipto,  ni  de  las  andanzas  por  el  desierto  en  los  ocho 
lustros  pasados  en  él,  pues  todos  los  hebreos  adultos  salidos  de  Egipto 
ya  habían  perecido  durante  el  viaje  (1,  35;  2,  14),  mientras  que  el  có- 


I 


EL  DEUTERONOMIO  NO  ES  DE  MOISES 


53 


digo  deuteronómico  representa  a  Moisés  dirigiéndose  a  los  israelitas  re- 
beldes que  salieron  con  él  de  Egipto,  pues  les  dice:  'Wo  65  con  nuestros 
padres  que  Yahvé  hizo  una  alianza  en  el  monte  de  Horeh,  sino  con  nos- 
otros, con  nosotros  mismos  que  estamos  aquí  hoy,  todos  vivos"  (5,  3), 
y  más  adelante:  "Rebeldes  habéis  sido  a  Yahvé,  desde  el  día  en  que  os 
conocí"  (9,  24) .  Un  breve  preámbulo  precede  dicha  introducción,  que 
es  un  discurso  puesto  en  boca  de  Moisés,  en  el  cual  se  resume  la  historia 
del  desierto  desde  la  partida  de  Horeb  hasta  la  conquista  de  la  Trans- 
jordania,  con  exhortaciones  a  obedecer  las  leyes  de  Yahvé.  Ese  prefacio 
histórico  está  destinado  a  relacionar  el  código  y  su  pretendida  promul- 
gación por  Moisés,  a  la  anterior  historia  mosaica.  Pero  nótese:  I"?  que 
según  el  Exodo,  cuando  se  celebró  la  alianza  con  Yahvé,  Moisés  tras- 
mitió al  pueblo  todas  las  leyes  y  mandatos  que  el  dios  le  hizo  conocer 
en  la  montaña  sagrada,  o  sea,  la  legislación  sinaitica  (24,  3;  cf.  34,  32)  ; 
mientras  que  el  Deuteronomio  desconoce  en  absoluto  la  promulgación 
de  esas  leyes,  las  cuales  — salvo  el  decálogo  revelado  directamente  por 
Yahvé  el  primer  día  de  la  alianza — ,  sólo  ahora,  en  los  llanos  de  Moab, 
Moisés  las  da  a  conocer  oficialmente  al  pueblo  (6,  i).  29  En  la  citada 
introducción  se  afirma  que  los  moabitas  les  permitieron  pasar  a  los  israe- 
litas por  su  territorio,  y  les  proporcionaron  víveres  y  agua,  cuando  el 
éxodo  (2,  27-29)  ;  pero  en  el  código  deuteronómico  se  prohibe  a  los 
moabitas  formar  parte  de  la  comunidad  de  Israel,  "porque  no  os  sa- 
lieron a  recibir  con  pan  y  agua,  durante  vuestro  viaje,  cuando  salisteis 
de  Egipto"  (23,  4).  3°  Los  datos  del  prefacio  de  la  primera  introduc- 
ción (1,  1-2),  no  concuerdan  con  los  de  la  segunda  (4,  45-49),  pues 
según  aquélla,  Moisés  promulgó  su  legislación  (4,  i)  en  la  llanura  de 
el-Araba,  que  se  extiende  del  Sur  del  Mar  Muerto  al  golfo  Eleanítico; 
mientras  que  según  la  segunda,  esas  leyes  las  dió  Moisés  en  la  meseta 
de  Moab.  En  ambas  introducciones  se  supone  que  Moisés  hablaba  a 
los  israelitas  del  otro  lado  del  Jordán,  al  Este  del  mismo,  (1,  1,  5; 
4,  46;  Valera  y  Pratt  ponen  "de  este  lado",  en  vez  "del  otro  lado", 
como  dice  el  original  hebreo),  de  lo  que  se  infiere  que  sus  autores 
escribieron  de  este  lado,  en  Canaán,  probablemente  cuando  aun  no  ha- 
bía sido  destruida  Jerusalén. 

3240  bis.  Lods  menciona,  entre  otras,  las  siguientes  razones  en 
contra  del  pretendido  origen  mosaico  del  Deuteronomio:  1°  Este  libro 
está  escrito  teniendo  en  vista  una  situación  política  y  religiosa  muy 
determinada  y  que  no  se  ha  encontrado  en  Israel  sino  largos  siglos 
después  de  Moisés:  a)  así  en  las  prescripciones  relativas  a  la  centrali- 
zación del  culto,  no  se  ha  legislado  sino  para  el  período  en  que  Yahvé 
hubiera  libertado  a  Israel  de  todos  sus  enemigos  (12,  10-11),  es  decir, 
para  el  período  posterior  a  la  construcción  del  Templo,  bajo  Salomón. 
¿Por  qué  Moisés  no  habría  prescrito  nada  para  su  propio  tiempo  ni 
para  los  siglos  que  debía  preceder  a  dicha  construcción?  —  6)  A  pro- 


54 


EL  DEUTERONOMIO  NO  ES  DE  MOISES 


pósito  de  las  autoridades  políticas  de  Israel,  no  se  habla  de  los  regí- 
menes anteriores  a  Salomón  y  a  sus  sucesores,  sino  que,  por  el  con- 
trario, se  alude  claramente  a  este  soberano  en  las  prescripciones  de  17, 
14-17.  —  c)  Existe  manifiesto  desacuerdo  entre  ciertas  leyes  del  Deu- 
teronomio  con  otras  del  Pentateuco,  que  críticos  ortodoxos  atribuyen 
a  Moisés:  p.  ej.  en  lo  que  concierne  al  lugar  donde  deben  ofrecerse  los 
sacrificios:  según  Ex.  20,  24-26,  sobre  múltiples  altares  de  tierra  o  de 
piedras  brutas;  según  Lev.  17,  en  el  único  altar  que  se  halla  delante 
de  la  tienda  o  Tabernáculo  de  Reunión,  con  prohibición,  bajo  pena  de 
muerte,  de  matar  un  animal  sin  ofrecerlo  en  sacrificio  en  ese  lugar;  y 
según  el  Deuteronomio  también,  unidad  de  altar,  aunque  libertad  de 
matar  animales  para  el  consumo  profano,  §  3271-3273.  La  mayor  parte 
de  los  exégetas  tradicionalistas  se  ven  obligados  a  admitir  que  Moisés 
tuvo  sucesivamente  tres  opiniones  diferentes  sobre  ese  punto  capital. 
2°  En  realidad  los  antiguos  códigos  pequeños  insertos  en  las  coleccio- 
nes J  y  E  por  un  lado,  y  el  del  Deuteronomio  por  otro,  reflejan  perío- 
dos diferentes  de  la  evolución  de  las  costumbres  y  de  las  instituciones 
israelitas,  como  lo  prueba  la  comparación  de  esas  leyes  con  otros  do- 
cumentos hebreos  que  nos  han  sido  conservados  fuera  del  Pentateuco. 
Sobre  todos  los  puntos,  las  instituciones  israelitas  aparecen  en  el  Deu- 
teronomio más  desarrolladas,  más  evolucionadas  que  en  los  textos  de 
los  siglos  IX  y  VIII;  y  así  para  no  señalar  más  que  dos  ejemplos,  se- 
gún los  antiguos  textos,  los  laicos  tienen  el  derecho  de  ofrecer  los  sa- 
crificios sin  la  intervención  de  un  sacerdote,  mientras  que  el  Deutero- 
nomio supone,  por  lo  contrario,  absolutamente  establecido  el  uso  de 
recurrir  a  los  servicios  de  un  miembro  del  clero  para  presentar  una 
ofrenda.  Segundo  ejemplo:  más  riguroso  que  los  dos  decálogos,  que 
Oseas  e  Isaías  que  habían  combatido  tan  sólo  las  imágenes,  más  rigu- 
roso sobre  todo  que  el  Elohista  que  había  atribuido  expresamente  a  los 
patriarcas  y  a  Moisés  mismo  la  erección  de  una  multitud  de  piedras 
santas  {masehoth,  Ex.  24,  4h),  el  Deuteronomio  proscribe  en  absoluto 
el  uso  de  esas  estelas,  así  como  el  de  los  postes  sagrados  o  árboles  arti- 
ficiales {asherim,  §  88)  en  el  culto  de  Yahvé  (16,  21-22,  §  3218).  3"?  El 
Deuteronomio  redactado  para  el  período  real,  y  reflejando  un  estado 
religioso  más  avanzado  que  el  del  VIH  siglo,  era  ciertamente  desco- 
nocido antes  del  VII.  Según  la  ley  deuteronómica,  en  seguida  de  cons- 
truido el  templo,  deberían  de  haber  sido  destruidos  todos  los  altos  o 
santuarios  nacionales;  pero  ni  Salomón  ni  los  más  piadosos  reyes  de 
Judá,  como  Asa  (§  1944-1952)  y  Josafat  (§  1964-1966),  no  los  toca- 
ron para  nada  (I  Rey,  15,  14;  22,  44).  Hay  más;  Elias,  un  profeta, 
bien  lejos  de  exigir  la  destrucción  de  los  altares  de  Yahvé  en  el  reino 
del  Norte,  se  lamenta  de  su  destrucción  y  levanta  con  sus  propias  ma- 
nos el  del  Carmelo  (I  Rey.  18,  30;  19,  10-14).  ¿Cómo  explicar  seme- 
jante actitud,  si  Asa,  Josafat  y  Elias  hubieran  conocido  la  ley  del 


RASGOS  DEL  DEUTERONOMIO 


55 


Deuteronomio  que  se  lee  en  12,  13-14?  4r  También  sería  inexplicable 
el  atribuir  a  la  época  mosaica  la  formación  del  Deuteronomio,  que  no 
tiene  el  vocabulario  antiguo,  el  estilo  lacónico  de  los  viejos  textos,  sino 
la  lengua  fluida,  los  períodos  amplios,  numerosos,  oratorios  que  ca- 
racterizan el  siglo  VII,  y  que  del  punto  de  vista  literario  muestra  una 
evidente  afinidad  con  el  lenguaje  de  Jeremías.  Un  código  escrito  por 
Moisés,  para  la  época  de  la  monarquía,  con  las  ideas  y  el  idioma  del 
siglo  VII,  y  reapareciendo  en  la  historia  precisamente  en  ese  siglo  VII, 
tal  es  lo  que  pretenden  hacernos  creer  los  ortodoxos  que  sostienen  que 
el  Deuteronomio  ya  había  caído  en  el  olvido  en  tiempo  de  Salomón, 
por  lo  cual  no  es  dar  prueba  de  exagerado  excepticismo,  el  rechazar 
semejante  tejido  de  inverosimilitudes  en  el  dominio  de  las  imposibili- 
dades históricas  (Hist.  de  la  Littér.,  ps.  361-362). 

RASGOS  CARACTERISTICOS  DEL  DEUTERONOMIO.  —  3241.  A 
continuación  mencionaremos  los  principales  rasgos  característicos  del 
Deuteronomio  actual: 

1"?  La  centralización  del  culto  en  el  Templo  de  Jerusalén,  que 
constituye  su  leitmotiv  y  la  base  de  toda  su  legislación  (§  3225-3226). 

29  Es  una  obra  de  conciliación  o  de  transacción,  como  dice  Gau- 
tier,  "entre  dos  tendencias  igualmente  representadas  y  justificadas:  la 
de  los  predicadores  eminentemente  espiritualistas  de  la  justicia  y  de  la 
fe,  por  una  parte,  y  la  de  los  hombres  de  orden  apegados  a  las  insti- 
tuciones nacionales  y  religiosas  de  su  pueblo,  por  otra  parte.  D  tentó 
una  síntesis  y  trató  de  conciliar  en  lo  posible  las  exigencias  imperio- 
sas de  la  conciencia  de  los  profetas  con  el  respeto  de  los  usos  consa- 
grados, tales  como  los  hallaba  sea  en  el  derecho  consuetudinario  de 
Israel,  sea  principalmente  en  las  colecciones  de  leyes  ya  existentes  e 
incorporadas  en  el  escrito  JE,  de  carácter  profético"  (I,  p.  150,  172; 
§  3208) .  Esos  "hombres  de  orden"  eran  los  sacerdotes  jerosolimitanos 
a  que  nos  hemos  referido  anteriormente  (§  3225). 

3242.  39  El  Deuteronomio  se  nos  presenta  como  una  colección 
de  discursos  y  leyes  divinas  que  el  autor  pone  en  boca  de  Moisés,  quien 
afirma  que  trasmite  a  su  pueblo  lo  que  le  dijo  Yahvé:  "He  aquí  la  ley, 
los  estatutos  y  mandatos  que  Yahvé,  vuestro  dios,  ordenó  que  os  en- 
señase, para  que  los  pongáis  en  práctica  en  el  país  del  cual  váis  a  to- 
mar posesión"  (6,  1 ;  cf.  1,  3;  4,  1,  44-45;  12,  1,  &).  Resulta  así  un 
libro  lleno  de  anacronismos,  "calculado,  como  expresa  el  profesor  H. 
Trabaud,  para  un  pueblo  que  poseía  rey,  ciudades  y  organización  ju- 
dicial estable,  lo  que  no  era  el  caso  de  Israel  en  el  desierto"  {Etapes, 
p.  72) .  Se  trata,  pues,  como  se  ha  dicho,  de  un  fraude  piadoso,  de 
acuerdo  con  la  costumbre  usual  en  los  pueblos  antiguos  de  hacer  re- 
montar su  legislación  al  fundador  de  la  nacionalidad  o  a  sus  dioses 
propios  (§  13).  Mowinckel  escribe  al  respecto:  "Era  teoría  indiscuti- 


56 


EL  ROMANTICISMO  DEL  DESIERTO 


ble  en  el  antiguo  Israel,  que  todo  lo  que  existía  en  materia  de  tradición 
legislativa  y  de  preceptos  religiosos  era  mosaico.  Moisés  era  el  funda- 
dor del  Israel  histórico,  el  jefe  y  conductor  del  pueblo  salido  de  Egipto, 
el  dispensador  de  oráculos  y  el  sacerdote;  había  establecido  las  bases 
religiosas  de  la  organización  nacional,  y  había  hecho  de  Yahvé,  dios 
del  Sinaí,  el  señor  supremo  de  la  alianza  y  el  principio  de  todo  orden 
y  de  toda  bendición.  En  los  medios  sacerdotales  que  hacían  remontar 
hasta  él  su  origen,  en  los  medios  proféticos  y  poco  a  poco  también  en 
el  pueblo,  fué  considerado  Moisés  como  el  gran  iniciador.  Es  por  otra 
parte  rasgo  característico  de  la  antigua  civilización  oriental  y  de  toda 
civilización  primitiva  el  considerar  como  antiguo  todo  lo  que  es  par- 
ticularmente precioso.  Los  viejos  tiempos  eran  los  tiempos  de  dicha  y 
perfección.  El  deber  de  los  descendientes  era  conservar  fielmente  las 
tradiciones  del  pasado  y  de  construir  todas  las  cosas  sobre  ellas.  Al 
principio  existió  el  paraíso  y  la  edad  de  oro.  Siendo  la  época  ideal  la 
mosaica,  todo  lo  que  existía  de  precioso,  toda  costumbre  ancestral, 
todo  lo  que  formaba  parte  de  los  principios  fundamentales  de  la  vida, 
fue  naturalmente  retrotraído  a  la  época  mosaica  y  a  Moisés.  ;.Cómo 
hubiera  podido  algo  ser  antiguo,  divino,  revelado,  norma  de  vida,  sin 
ser  mosaico?  Decir  que  una  institución  era  de  origen  mosaico,  era,  en 
el  antiguo  Israel,  dar  simplemente  sobre  ella  un  juicio  de  valor  deci- 
sivo. Y  en  muchos  casos  lo  que  creemos  sea  una  tradición  histórica, 
no  era  sencillamente  sino  el  postulado  religioso  e  histórico  de  una  teo- 
ría generalmente  admitida;  y  la  existencia  de  ella  prueba  tan  sólo  que 
en  Israel  la  jurisdicción  en  nombre  de  Yahvé  remontaba  a  Moisés, 
gran  jefe  de  la  inmigración,  y  que  la  costumbre  reinante  en  las  di- 
versas épocas  fue  referida  igualmente  a  Moisés  y  considerada  como 
institución  querida  por  Dios"  (ps.  56-57). 

3243.  49  Es  también  característico,  como  nota  Causse,  (R.  H. 
Ph.  R.  13,  p.  8),  que,  "aunque  cubriéndose  con  el  manto  de  Moisés 
y  pidiendo  a  la  historia  del  pasado  la  base  tradicional  sobre  la  cual 
desarrolla  sus  planes  de  reforma  y  organiza  su  legislación,  el  Deute- 
ronomio  permanece  completamente  extraño  al  romanticismo  del  desier- 
to. La  vida  en  el  desierto  no  aparece  más  como  la  edad  de  oro,  el 
tiempo  de  pureza  perfecta  y  de  eterno  amor  (§  2833);  sino  más  bien 
como  época  de  prueba  y  de  miseria  señalada  por  la  infidelidad  de 
Israel  y  por  los  castigos  de  Yahvé".  Así  leemos:  "Fué  Yahvé  que  te 
condujo  (o  guió)  por  aquel  inmenso  y  espantoso  desierto,  lleno  de 
serpientes  sarafs  (ardientes,  §  262,  2866,  3087)  y  de  escorpiones,  país 
de  la  sed,  en  el  cual  no  hay  agua...  para  humillarte,  probarte  y  ha- 
certe después  bien"  (Deut.  8,  15-16).  Para  el  deuteronomista,  Yahvé 
es  el  dios  palestino  por  excelencia,  que  llevará  su  pueblo  a  Canaán, 
"país  cuidado  por  Yahvé,  y  sobre  el  cual  están  siempre  sus  ojos,  desde 
el  principio  hasta  el  fin  del  año"  (11,  12),  "un  buen  país,  de  torren- 


i 


EXHORTACIONES  MORALES 


57 


tes,  de  manantiales  y  de  aguas  profundas  (lit.  abismos;  nuestra  Intro- 
ducción, §  45,  46)  que  surgen  en  los  valles  y  en  las  montañas;  país  de 
trigo  y  cebada,  de  viñas,  higueras  y  granados;  país  de  olivos,  de  aceite 
y  de  miel;  país  en  el  que  no  tendrás  que  contar  los  bocados  de  pan  y 
en  el  que  no  carecerás  de  nada;  país  cuyas  piedras  son  hierro  y  de 
cuyas  montañas  podrás  extraer  cobre"  (Deut.  8,  8-9;  §  4,  7).  El  ideal 
para  el  israelita  fiel  no  está,  pues,  en  el  desierto,  sino  en  Palestina, 
donde  su  dios  le  ofrece  no  sólo  bendecir  el  cultivo  de  los  campos,  sino 
además  darle  "ciudades  grandes  y  hermosas,  que  tú  no  habrás  edifica- 
do, casas  llenas  de  toda  clase  de  bienes,  que  tú  no  habrás  acumulado; 
cisternas  que  tú  no  habrás  cavado.  .  ."  — 6,  10-11 —  (lo  que  entre  pa- 
réntesis, muestra  con  luz  meridiana  la  escasa  moralidad  de  ese  dios 
nacional  que  despoja  de  sus  bienes,  a  pueblos  pacíficos  y  laboriosos, 
para  dárselos  a  su  pueblo  elegido,  el  que  no  puede  alegar  otros  dere- 
chos sobre  ellos,  que  el  haber  aceptado  a  aquella  divinidad  como  suya 
—  §  393-395) .  Yahvé,  pues,  a  los  israelitas  que  obedezcan  sus  manda- 
tos, promete  bendecirlos  tanto  en  la  ciudad  como  en  el  campo  (28, 
1,  3)  ;  pero  en  territorio  palestino. 

3244.  5*?  Poco  nuevo  aporta  el  Deuteronomio  en  materia  de  le- 
gislación, pues  el  redactor  — haya  sido  ente  individual  o  colectivo — 
parece  que  se  propuso  un  programa  de  reforma  nacional  sobre  la  base 
de  las  prescripciones  del  Libro  de  la  Alianza,  en  las  cuales  suele  intro- 
ducir modificaciones,  utilizando  a  la  vez  otras  leyes  civiles  o  eclesiás- 
ticas antiguas. 

3245.  6°  Lo  que  hay  de  novedad  en  la  legislación  deuteronómica 
son  las  parénesis,  es  decir,  las  exhortaciones  morales  o  religiosas  que 
acompañan  a  las  leyes,  por  lo  que  Causse  denomina  al  deuteronomista 
"hombre  de  los  tiempos  nuevos",  y  agrega:  "La  antigua  costumbre  no 
necesitaba  ser  racional,  pues  se  imponía  con  autoridad  mística;  venía 
de  los  padres,  venía  de  los  dioses ;  de'  generación  en  generación  esto  se 
había  hecho  así  en  Israel .  .  .  Esa  tendencia  conservadora  es  propia  de 
la  mentalidad  primitiva  y  de  sociedades  inferiores ...  La  regla  supre- 
ma consiste  en  hacer  únicamente  lo  que  hicieron  los  antepasados.  .  . 
Como  expresaba  Fustel  de  Coulanges,  "la  ley  antigua  en  principio  era 
inmutable,  porque  era  divina,  y  por  lo  mismo,  nunca  tiene  consideran- 
dos. No  está  obligada  a  dar  sus  razones:  existe,  porque  los  dioses  la 
hicieron;  no  se  discute,  se  impone".  Pero,  añade  Causse,  "ha  termi- 
nado esta  fijeza  de  la  sociedad  primitiva.  .  .  y  el  autor  del  código  deu- 
teronómico  viene  a  responder  a  la  aspiración  de  su  pueblo,  ha  com- 
prendido la  crisis  de  los  tiempos.  No  se  contenta  ya  con  fijar  las  ins- 
tituciones, los  ritos  y  las  leyes,  y  ordenar  en  fórmulas  lapidarias:  da 
explicaciones,  expone  motivos  racionales,  y  cualquiera  que  sea  el  res- 
peto por  la  antigua  costumbre,  no  vacila  en  interpretarla  y  transfor- 
marla conforme  a  las  exigencias  de  su  ideal  reformista. . .  Por  ejemplo, 


58 


RITO  PARA  FUNDAR  ALIANZA 


en  la  idea  de  alianza  se  ve  bien  el  retroceso  de  la  antigua  mística. 
Cuando  los  antiguos  historiadores  querían  describir  la  obra  de  Moisés 
y  el  origen  del  pueblo  y  de  la  ley,  contaban  cómo  Moisés  con  los  an- 
cianos del  pueblo  subieron  a  la  montaña  delante  de  Yahvé  y  comieron 
y  bebieron  con  él  (Ex.  19,  13'';  24,  9,  11;  §  182,  185)  .  .  .  rito  clásico 
para  fundar  la  alianza:  la  unidad  social  se  establece  por  la  comida  en 
común.  La  absorción  del  mismo  alimento  y  de  la  misma  bebida  reali- 
zan la  unidad  de  alma  entre  los  contratantes  (nuestra  Introducción 
§  126)  .  .  .  Con  el  Deuteronomio  pierde  su  importancia  esta  magia  de 
comunión,  como  igualmente  ha  pasado  a  último  término  la  tradición 


proclamación  de  la  tora  en  los  santuarios  estaba  acompañada  de  exhor- 
taciones, así  como  de  fórmulas  de  bendición  y  de  maldición,  como  re- 


(1)  El  ceremonial  de  alianza  de  Deut.  27,  7-8  no  pertenece  a  D,  el  Deute- 
ronomio primitivo.  En  aquél  han  intervenido  tres  manos:  la  1*  escribió  los  vs.  1-3; 
la  2',  los  vs.  4  y  8;  y  la  3',  los  vs.  5  y  6.  Los  vs.  4  y  8  repiten  lo  dicho  en  2-3: 
erigir,  después  de  pasar  el  Jordán,  estelas  o  piedras  revocadas  con  cal,  en  las 
que  se  debía  escribir  el  texto  completo  de  la  ley;  en  los  vs.  5-6  se  trata  de  la 
construcción  de  un  altar  de  piedras  brutas  (Ex.  20,  25)  en  el  cual  los  israelitas 
tendrían  que  ofrecer  holocaustos  y  sacrificios  de  paz  a  Yahvé.  La  descripción  de 
la  teofanía  del  Horeb  (Deut.  5,  2-5,  22-27}  está  destinada  a  unir  el  relato  de  la 
antigua  legislación  (vs.  6-27)  con  la  nueva.  Pero,  dice  Causse,  "es  característico 
que  el  autor  de  la  parénesis  deuteronómica  de  ese  cap.  5,  se  esfuerza  en  demos- 
trar que  el  anuncio  de  los  mandamientos  de  Yahvé  por  boca  de  Moisés  es  un 
modo  de  revelación  más  eficaz  y  mejor  adaptado  a  las  necesidades  del  pueblo, 
que  la  manifestación  de  la  gloria  divina  sobre  la  montaña  en  medio  del  fuego". 


Fig.  1.  —  Filacteria 


mitológica,  la  visión  de  la  teofa- 
nía, Yahvé  manifestándose  en  me- 
dio del  fuego,  al  son  de  las  trom- 
petas y  proclamando  los  diez 
mandamientos  ante  el  pueblo  ate- 
rrorizado. (1)  En  cambio  cuando 
Moisés  quiere  establecer  definiti- 
vamente la  alianza  en  los  llanos 
de  Moab,  reúne  la  asamblea  del 
pueblo,  convoca  a  "todo  Israel", 
y  les  dirige  una  serie  de  discur- 
sos, los  famosos  discursos  parené- 
ticos,  que  sirven  de  introducción 
y  de  conclusión  a  la  ley,  que 
constituyen  lo  que  hay  de  nuevo 
y  de  esencial  en  el  Deuterono- 
mio. .  .  En  las  parénesis  de  éste, 
tenemos  un  eco  de  la  predicación 
de  los  profetas  del  Templo.  La 


LOS  TEFILIM  Y  LA  MEZUZA 


59 


sulta  de  ciertos  salmos,  p.  ej.,  el  81,  9-17  y  el  112,  las  cuales  siendo  al 
principio  palabras  poéticas  de  carácter  litúrgico  y  estereotipado,  fueron 
dando  paso  a  la  demostración  racional,  a  la  enseñanza,  en  que  el  dis- 
curso reemplazó  al  poema  rimado ...  La  finalidad  de  los  discursos  deu- 
teronómicos  no  es  tan  sólo  proclamar  palabras  sagradas  y  fijar  en  fór- 
mulas invariables  las  leyes  antiguas,  sino  también  la  de  enseñar  y 
convencer.  Siempre  aparece  en  ellos  la  misma  preocupación  pedagógica: 
Moisés  enseñó  a  Israel  los  estatutos,  leyes  y  mandatos  dados  por  Yahvé, 
y  a  su  vez  los  padres  los  enseña- 
rán a  sus  hijos  bajo  la  tienda  y 
en  la  casa:  "Estas  palabras  (o 
recomendaciones)  las  inculcarás 
a  tus  hijos,  hablarás  de  ellas 
sentado  en  tu  casa,  o  cuando 
vayas  de  viaje,  al  acostarte  y  al 
levantarte;  las  atarás  en  tu  ma- 
no para  que  te  sirvan  de  señal, 
y  las  llevarás  en  la  frente,  en 
lugar  de  marca,  entre  los  ojos, 
y  las  escribirás  en  los  postes  de 
tu  casa  y  en  tus  puertas,  a  fin 
de  que  vosotros  y  vuestros  hijos, 
viváis  en  este  país  que  Yahvé 
juró  a  vuestros  padres  que  se 
los  daría,  tan  largo  tiempo  como 
los  cielos  permanezcan  sobre  la 
Tierra"  (6,  6-9;  11,  18-21;  este 
último  cap.,  salvo  la  promesa 
del  V.  21,  es  una  repetición  de 
6,  6-9) .  Y  en  las  fiestas,  pre- 
guntarán los  hijos,  y  les  enseña- 
rán los  padres,  el  significado  de 
los  mandamientos  proclamados 
y  de  los  ritos  celebrados"  (6, 
20-23;  R.  H.  Ph.  R.  t?  13,  ps. 
10-17).  Esta  enseñanza  paterna  se  menciona  también  en  Ex.  13,  8, 14-16; 
pero  téngase  presente  que  el  trozo  Ex.  13,  3-16  pertenece  a  un  redactor 
de  la  escuela  deuteronómica. 


Judío  con  filacteria,  orando 


LOS  TEFILIM  Y  LA  MEZUZA.  —  3246.  Y  a  propósito  del  último 
texto  transcrito,  observaremos  que  para  cumplir  al  pie  de  la  letra  estos 
preceptos,  los  judíos  piadosos,  desde  el  destierro  en  Babilonia,  usan  fi- 
lacterias  (en  heb.  tefilim) ,  que  consisten  en  tirillas  de  pergamino,  en  las 
que  están  escritos  los  pasajes:  Ex.  13,  1-16;  Deut.  6,  4-9;  11,  13-21,  y 


60 


LOS  TEFILIM  Y  LA  MEZUZA 


van  encerradas  en  dos  cajitas  cúbicas  de  cuero  (fig.  1),  que  se  las  atan 
con  correas,  una  en  lo  alto  del  brazo  izquierdo,  cerca  del  corazón  {lejila 
del  brazo)  y  la  otra  en  la  frente  {te fila  de  la  cabeza).  Se  aplican  estos 
tefilim,  al  hacer  las  oraciones  (fig.  2),  y  en  el  culto  durante  el  oficio  ma- 
tutino, excepto  los  sábados  y  días  de  fiesta  religiosa,  siendo  usadas  desde 
los  13  años,  y  consideradas  como  recuerdo  de  la  ley,  a  la  vez  que  como 
protección  contra  los  demonios.  El  escritor  judío  M.  Ventura,  justifica 
esa  costumbre  diciendo  que  "el  corazón  y  el  cerebro  de  donde  salen  res- 
pectivamente los  sentimientos  y  los  pensamientos,  son  sometidos  así  al 
culto  de  Dios"  (p.  26) .  En  realidad  se  trata  de  una  imitación  de  prác- 


(poste  o  pilar)  en  el  cual  están  copiados  los  mencionados  vs.  6,  4-9  y 
11,  13-21,  y  no  entra  a  ella  sin  tocar  con  un  dedo  la  mezuzah,  y  después 
de  besarlo,  pronuncia  estas  palabras:  "Yahvé  guardará  tu  salida  y  tu 
entrada,  desde  ahora  y  para  siempre"  (Sal.  121,  8).  Recuerda  L.  B.  d. 
C.  que  el  portal  era  considerado  el  lugar  más  sagrado  de  la  casa,  en  el 
cual  tanto  los  antiguos  israelitas,  como  los  árabes,  ponían  las  imágenes 
de  la  divinidad  (Is.  57,  8;  cf.  II  Rey,  23,  8)  y  practicaban  la  aspersión 
de  la  sangre  de  las  víctimas  (Ex.  12,  7  ss;  Ez.  45,  19).  Hoy,  entre 
nosotros,  está  de  moda  que  las  familias  católicas  en  sus  chalets,  manden 
hacer  a  la  entrada  de  los  mismos,  hornacinas  donde  colocan  estatuas  de 
vírgenes  de  su  devoción,  como  protectoras  del  hogar  doméstico. 


Fig.  3.  —  La  mezuza 


CAPITULO  IV 


La  legislación  del  Deuteronomio  en 
relación  con  la  del  Código  de  la  Alianza 


ORIGEN  DE  LOS  PRECEPTOS  DEL  CODIGO  DE  LA  ALIANZA.  — 
3247.  Hemos  estudiado  en  el  tomo  VII,  el  llamado  "Código  de  la 
Alianza",  la  más  antigua  colección  legislativa  de  los  hebreos.  Esos 
preceptos  provenían  principalmente:  1°  de  prácticas  consuetudinarias, 
muchas  de  las  cuales  remontaban  quizá  a  la  época  de  la  estada  en  el 
desierto  (§  363)  ;  29  del  antiguo  derecho  cananeo,  al  establecerse 
Israel  en  Canaán,  derecho  a  su  vez  profundamente  influenciado  f>or  los 
códigos  hitita  y  de  Hammurabí  (§  383-384)  ;  3^  de  la  jurisprudencia 
de  los  tribunales  de  los  ancianos  (§  2703) ;  y  4°  de  la  tora  de  los  san- 
tuarios (§  347).  Sobre  éstos  escribe  Causse:  "En  el  antiguo  Israel,  los 
santuarios  eran  los  lugares  de  reunión  de  las  tribus  y  centros  de  uni- 
dad moral.  Se  congregaban  en  ellos  para  las  fiestas  religiosas,  y  tam- 
bién se  acudía  allí  para  interrogar  al  oráculo  y  someterse  a  juicio. 
Yahvé  era  quien  decidía  en  los  casos  particularmente  difíciles,  cuando 
había  resultado  impotente  la  jurisprudencia  de  los  ancianos.  A  la  vez 
que  respuestas  del  oráculo,  desde  un  principio  proclamaron  los  sacer- 
dotes algunas  reglas  de  derecho,  preceptos,  estatutos,  mandatos,  dis- 
poniendo lo  que  es  justo  y  conforme  al  mandamiento  divino.  El  hecho 
de  que  en  las  diferentes  legislaciones  israelitas  se  encuentren  estrecha- 
mente asociadas  las  reglas  cultuales  y  las  leyes  de  derecho  civil,  es  ya 
indicio  importante  de  su  origen  religioso,  contrariamente  a  lo  que  se 
observa  en  los  códigos  babilónico  e  hitita,  exclusivamente  compuestos 
de  leyes  civiles"  (R.  H.  Ph.  R.,  t"?  12,  p.  111). 

3248.  El  redactor  del  Deuteronomio  inició  su  trabajo  sobre  la 
base  del  Código  de  la  Alianza  (§  2707,  3244),  cuyos  preceptos  trató 
de  adaptar  en  lo  posible  a  su  propósito  fundamental  de  establecer  la 
centralización  del  culto.  Por  lo  mismo  sus  disposiciones  no  están  orde- 
nadas, no  ya  como  en  nuestros  códigos  modernos,  sino  ni  siquiera  co- 
mo en  el  código  de  Hammurabí.  Las  iremos,  pues,  pasando  en  re- 
vista, para  facilidad  del  trabajo  de  comparación  que  se  tomen  núes- 


62 


DISPOSICIONES  SOBRE  ESCLAVOS 


tros  lectores,  en  el  orden  en  que  estudiamos  el  Código  de  la  Alianza,  en 
el  tomo  VIL 

ESCLAVITUD.  —  Deut.  15,  12  Si  uno  de  tus  hermanos  hebreos,  hom- 
bre o  mujer,  se  vendiere  a  ti,  te  servirá  durante  seis  años;  pero  al  sép- 
timo año  le  enviarás  de  ti  libre.  13.  Y  cuando  le  enviares  de  ti  libre, 
no  lo  despidas  con  las  manos  vacías:  14  hazle  regalos,  tomados  de  tu 
rebaño,  de  tu  era  y  de  tu  lagar;  dale  en  la  medida  en  que  Yahvé  tu 
dios  te  haya  bendecido.  15  Acuérdate  que  fuiste  esclavo  en  tierra  de 
Egipto,  y  que  Yahvé  tu  dios  te  rescató;  por  tanto  yo  te  mando  esto  hoy. 
16  Pero  si  el  esclavo  te  dijere:  "No  quiero  irme  de  tu  lado",  porque 
habiendo  sido  feliz  contigo,  se  ha  apegado  a  ti  y  a  tu  casa,  17  entonces 
tomarás  una  lesna,  le  horadarás  la  oreja  contra  la  puerta  de  tu  casa  y 
.será  para  siempre  tu  esclavo.  Obrarás  del  mismo  modo  con  tu  criada. 
18  No  te  parezca  duro  el  despedir  de  tu  casa  a  tu  esclavo  libre,  porque 
el  trabajo  que  hizo  sirviéndote  seis  años,  te  ha  valido  el  doble  del 
salario  de  un  jornalero;  y  así  Yahvé  tu  dios  te  bendecirá  en  todo  cuan- 
to hicieres.  —  Este  tema  de  la  esclavitud  en  Israel,  lo  hemos  tratado 
detenidamente  tanto  en  §  2673-2678  del  tomo  VII,  como  en  nuestra 
Introducción,  §  535-536,  párrafos  cuya  lectura  recomendamos  a  nues- 
tros lectores.  Ahora  comparando  los  transcritos  preceptos  del  Deutero- 
nomio  con  los  semejantes  del  Código  de  la  Alianza  (Ex.  21,  2-11),  nos 
limitaremos  aquí  a  notar  lo  siguiente: 

a)  Ambas  legislaciones  admiten  la  esclavitud  tanto  del  israelita 
como  del  extranjero;  pero  estableciendo  para  la  de  aquél,  en  poder 
de  un  compatriota  suyo,  un  máximo  de  duración  de  6  años,  mientras 
que  la  de  éste  era  ilimitada.  En  cambio  la  legislación  sacerdotal  post- 
exílica,  del  Levítico,  a  fin  de  evitar  las  dificultades  de  la  comprobación 
del  septenio,  en  el  cual  el  esclavo  debía  recuperar  su  libertad,  fijó  un 
plazo  uniforme  para  tal  liberación,  la  que  dispuso  debía  realizarse  en 
el  año  del  Jubileo,  es  decir,  cada  medio  siglo  (Lev.  25,  39-55),  dispo- 
sición utópica  que  nunca  se  cumplió. 

b)  El  Deuteronomio  extiende  a  la  mujer  hebrea  que  se  ven- 
diere voluntariamente  a  otro  hebreo,  los  beneficios  que  el  Código  de 
la  Alianza  reservaba  a  los  hombres  esclavos. 

c)  El  Deuteronomio  ordena  que  al  liberto  no  se  le  debe  despedir 
"con  las  manos  vacías",  sino  que  debe  dársele  productos  del  rebaño, 
de  la  era  y  del  lagar,  es  decir,  proveerlo  de  ovejas,  trigo,  aceite  y  vino, 
como  cuando  se  despide  a  persona  que  nos  es  muy  querida,  para  que 
se  halle  en  situación  de  trabajar  por  su  cuenta  y  no  volver  a  caer  en 
la  miseria  y  tener  nuevamente  que  perder  su  libertad,  precepto  éste 
que  no  figuraba  en  la  anterior  legislación. 

d)  El  deuteronomista  no  se  limita  a  sentar  ese  mandato,  sino  que 
lo  justifica  con  estas  dos  razones  utilitarias:  1^  el  trabajo  hecho  por 


PRESTAMO  Y  PRENDA 


63 


el  esclavo  durante  seis  años  vale  más  del  doble  de  lo  que  el  patrón 
hubiera  tenido  que  pagar  a  un  jornalero  en  su  lugar,  esto  es,  que  de- 
bía considerarse  al  esclavo  como  a  peón  con  bajo  sueldo,  y  no  como 
animal  de  labor;  y  2^  efectuando  la  liberación  ordenada,  el  patrón  se- 
rá bendecido  por  Yahvé  en  todas  sus  empresas. 

3249.  En  esta  materia  de  la  esclavitud,  hay  una  cuestión  que  no 
habiendo  sido  tratada  por  el  Código  de  la  Alianza,  fué  objeto,  sin  em- 
bargo, de  una  breve  disposición  por  parte  del  deuteronomista.  En  efecto, 
mezclado  con  una  serie  de  diversos  preceptos,  se  encuentran  los  siguien- 
tes sobre  el  esclavo  fugitivo:  23,  15  No  entregarás  a  su  amo  el  esclavo 
que  huyendo  de  éste,  se  refugiare  junto  a  ti,  (o  sea,  en  Israel).  16  Ha- 
bitará contigo,  entre  los  tuyos,  en  el  lugar  que  escogiere,  en  una  de 
tus  ciudades,  donde  bien  le  pareciere,  y  tú  no  le  oprimirás.  ■ —  Se  trata 
de  reglar  la  situación  del  esclavo  que,  huido  del  extranjero,  busca  asilo 
en  Israel.  En  I  Rey.  2,  39-40  se  relata  el  caso  del  israelita  Simeí,  que 
fué  a  la  ciudad  filistea  de  Gat,  a  buscar  dos  esclavos  suyos  que  se  le 
habían  escapado,  y  los  rescató  (§  1304).  Bertholet  (p.  188)  cree  que 
el  autor  de  ese  relato  ignoraba  la  disposición  transcrita  del  Deuterono- 
mio;  pero  lo  que  resulta  más  bien  del  mismo  es  que  los  filisteos  no  se- 
guían la  aludida  regla  que  sentó  el  deuteronomista.  El  profesor  L. 
Aubert  observa  que  aunque  esta  prescripción  es  muy  hermosa,  no  se 
aplica  sino  al  esclavo  venido  del  extranjero;  pero  la  ley  no  habla  de 
los  esclavos  israelitas  fugitivos  que  buscasen  amparo  en  casa  de  uno 
de  sus  compatriotas.  El  código  hitita  establece  que  el  que  devolviere  a 
su  amo  el  esclavo  escapado,  recibirá  en  recompensa  un  par  de  zapa- 
tos y  además  de  dos  a  seis  sidos,  según  la  distancia;  el  esclavo  mismo 
si  lo  trae  de  otro  país.  El  amo  recupera  su  esclavo  cuando  lo  descubre 
empleado  en  la  casa  de  otro  individuo,  y  además  éste  debe  pagarle  el 
salario  de  un  año  (R.  H,  Ph.  R.,  t.  4,  p.  359). 

PRESTAMO,  PRENDA  Y  AÑO  SABATICO.  —  3250.  Sobre  estos  te- 
mas, nos  ofrece  el  Deuteronomio  las  prescripciones  siguientes:  15,  1 
El  séptimo  año  (o  cada  siete  años)  harás  remisión  (de  deudas).  2  He 
aquí  cómo  se  hará  esta  remisión:  Todo  acreedor  remitirá  (o  perdona- 
rá) lo  que  hubiere  prestado  a  su  prójimo.  No  ejercerá  violencia  contra 
su  prójimo  o  contra  su  hermano,  desde  que  (o  porque)  €5  proclamada 
la  remisión  (de  deudas)  en  honor  de  Yahvé.  Podrás  constreñir  al  ex- 
tranjero; pero  si  tienes  alguna  deuda  que  reclamar  a  tu  hermano,  se 
la  perdonarás  (o  le  harás  remisión  de  ella).  4  Por  lo  demás,  no  habrá 
pobres  en  medio  de  ti,  porque  Yahvé  tu  dios  te  bendecirá  abundante- 
mente en  la  tierra  que  va  a  darte  en  herencia,  para  que  la  poseas,  5  con 
tal,  sin  embargo,  que  obedezcas  fielmente  a  la  voz  de  Yahvé  tu  dios, 
poniendo  cuidadosamente  en  práctica  todos  estos  mandamientos  que 
hoy  te  prescribo.  6  En  efecto,  Yahvé  tu  dios  te  bendecirá  como  te  lo 


64 


AÑO  SABATICO 


ha  prometido:  prestarás  a  muchas  naciones,  pero  tú,  tú  no  tendrás  que 
pedir  prestado;  dominarás  sobre  numerosas  naciones;  pero  ellas  no 
tendrán  dominio  sobre  ti.  7  Si  hubiese  en  medio  de  ti  uno  de  tus  her- 
manos que  fuere  pobre  y  viva  en  alguna  de  tus  ciudades,  en  la  tierra 
que  Yahvé  tu  dios  va  a  darte,  no  endurecerás  tu  corazón,  y  no  cerrarás 
tu  mano  a  tu  hermano  menesteroso;  8  sino  que  le  abrirás  tu  mano  y 
no  titubearás  en  prestarle  lo  que  necesitare  en  su  indigencia.  9  Guár- 
date de  tener  en  tu  corazón  este  mal  pensamiento:  "Se  acerca  el  sépti- 
mo año,  el  año  de  la  remisión",  y  apartes  tus  ojos  de  tu  hermano  pobre, 
rehusando  darle  prestado  lo  que  pide;  no  sea  que  clame  contra  ti  a 
Yahvé  y  te  encuentres  culpable  de  un  pecado.  10  Tú  debes  darle,  y  ha- 
cerlo sin  pena,  porque  a  causa  de  esto  te  bendecirá  Yahvé  tu  dios  en 
todos  tus  trabajos  y  en  todas  tus  empresas.  11  Nunca  faltarán  pobres 
en  el  país,  por  lo  cual  te  doy  este  mandamiento:  abre  liberalmente  tu 
mano  a  tu  hermano  necesitado  o  pobre  que  more  en  tu  país.  —  Deut. 
24,  6  No  tomarás  en  prenda  las  dos  muelas  del  molino,  ni  aún  tan  sólo 
la  muela  de  arriba,  porque  sería  tomar  en  prenda  la  vida  misma  de  tu 
prójimo.  —  10  Si  haces  a  tu  prójimo  un  préstamo  cualquiera,  no  en- 
trarás en  su  casa  para  tomar  su  prenda.  11  Esperarás  afuera,  donde  te 
traerá  la  prenda  el  hombre  a  quien  hayas  prestado.  12  Si  ese  hombre 
fuere  pobre,  no  te  acostarás  reteniendo  su  prenda.  13  No  dejarás  de 
devolvérsela  a  la  entrada  del  sol,  para  que  se  acueste  en  su  manta  y  te 
bendiga;  este  acto  te  será  imputado  como  una  buena  acción  {VA.:  será 
una  justicia  para  ti)  delante  de  Yahvé  tu  dios. 

3251.  Las  transcritas  disposiciones  de  Deut.  15,  1-11  se  refieren 
al  año  sabático,  que  adquirió  su  forma  definitiva  en  la  legislación  sa- 
cerdotal postexílica  (Lev.  25,  1-7,  18-22).  Esta  institución  es  una  de 
las  tantas  manifestaciones  de  considerar  sagrado  por  excelencia  el  nú- 
mero siete,  porque  el  séptimo  día  descansó  Yahvé  de  su  trabajo  de  la 
creación  del  mundo  y  proclamó  el  descanso  obligatorio  del  sabbat.  Es- 
peculando sobre  ese  número  sagrado,  se  llegó  a  la  conclusión  que  así 
como  debía  descansarse  el  séptimo  día  del  trabajo  semanal,  así  tam- 
bién el  hebreo  estaba  obligado  a  liberar  a  su  compatriota  esclavo,  des- 
pués de  seis  años  de  esclavitud  (§  3248),  lo  mismo  que  a  hacer  descan- 
sar los  campos  un  año  luego  de  seis  años  de  cultivo  (Ex.  23,  10-11); 
y  ahora  el  deuteronomista  fija  un  año  cada  siete,  para  todo  el  país,  en 
el  que  debían  remitirse  todas  las  deudas  provenientes  de  préstamos  de 
dinero.  Nótese  que  la  prescripción  sobre  la  duración  de  la  esclavitud 
del  israelita,  no  supone  un  año  determinado  de  manumisión  para  todos 
ellos,  sino  que  precisa  el  tiempo  de  la  servidumbre;  e  igualmente  el 
reposo  de  los  campos  no  era  general  para  todo  el  país,  sino  relativo  a 
cada  fracción  de  tierra  de  labranza,  que  no  se  podía  cultivar  el  año 
séptimo,  después  de  seis  de  continuada  labor.  Fué  el  legislador  sacer- 
dotal del  Levítico,  el  que  estableció  con  carácter  uniforme  un  año  fijo 


REMISION  DE  DEUDAS 


65 


de  descanso  de  los  cultivos,  como  el  deuteronomista  lo  había  estable- 
cido para  la  remisión  de  las  sumas  prestadas.  Recuérdese  también  que 
en  ninguna  parte  del  Deuteronomio  se  habla  del  descanso  de  los  cam- 
pos. Sentado  esto,  pasemos  a  considerar  cuál  era  el  alcance  de  la  re- 
misión de  las  sumas  prestadas,  de  que  se  habla  en  Deut.  15,  1-11.  Se- 
gún unos,  no  se  trata  del  perdón  total  y  definitivo  del  crédito,  sino  de 
moratoria  de  un  año,  es  decir,  que  durante  el  año  sabático  quedaba 
suspendido  todo  juicio  por  cobro  de  dinero  prestado,  crédito  que  se 
podía  exigir  después  de  dicho  año.  L.  B.  d.  C,  que  sostiene  esta  tesis, 
agrega:  "La  Edad  Media  conoció  una  institución  semejante,  llamada 
el  annión".  Reuss  argumenta  en  el  mismo  sentido,  manifestando  que 
"si  hubiera  sido  la  intención  del  legislador  el  disponer  la  remisión  com- 
pleta y  absoluta  de  todas  las  deudas,  hubiera  dado  un  golpe  mortal  al 
crédito,  puesto  que  nadie  hubiese  prestado  más  nada  previendo  la  abo- 
lición legal  de  la  deuda  después  de  determinado  lapso  de  tiempo.  En 
rigor,  para  protegerse,  se  hubieran  podido  exigir  previamente  intereses 
exorbitantes;  pero  esto  estaba  prohibido  (23,  20).  La  verdad  es  que 
no  debía  ser  exigible  el  reembolso  durante  el  séptimo  año,  el  cual  no 
data  aquí  de  la  época  del  préstamo,  sino  que  debe  identificarse  con  el 
año  sabático  (Ex.  23,  10-11),  en  el  que  el  deudor  no  estaba  obligado 
a  pagar". 

3252.  En  contra  de  esta  explicación,  que  era  también  la  de  Cal- 
vino,  está  el  texto  claro  y  bien  explícito  de  la  ley:  "todo  acreedor  remi- 
tirá lo  que  hubiere  prestado  a  su  prójimo",  es  decir,  a  su  hermano,  a 
su  compatriota,  porque  esta  ley  no  regía  para  los  créditos  concedidos 
a  extranjeros  (v.  3).  La  B.  R.  F.  traduce  esa  disposición  del  v.  2,  así: 
"todo  acreedor  debe  hacer  remisión  de  su  crédito,  de  lo  que  hubiere 
prestado  a  su  prójimo".  Ahora  bien,  remitir  significa,  según  el  Diccio- 
nario de  la  Academia:  "perdonar,  eximir  o  libertar  de  una  obligación", 
o  sea,  en  este  caso,  el  perdón  del  crédito,  la  shemittá.  "El  año  séptimo 
de  que  se  trata  aquí,  anota  Scío,  que  era  común  a  toda  la  nación,  se 
llamaba  sabático,  y  en  él  se  perdonaban  las  deudas  por  razón  de  em- 
préstitos, de  ventas,  &".  Y  comentando  el  v.  9,  agrega:  "En  esto  se  ve 
que  la  remisión  de  la  deuda  en  el  año  sabático  era  perpetua".  El  pre- 
tender que  con  la  expresión  remisión  del  crédito  debe  entenderse  que 
el  acreedor  estaba  impedido  de  cobrarlo  el  año  séptimo  tan  sólo,  pero 
que  su  derecho  renacía  desde  el  año  octavo,  es,  como  expresa  Buhl, 
"manifiestamente  contrario  al  espíritu  de  la  Ley.  En  efecto,  en  el  v.  9 
se  previene  a  los  israelitas  que  estén  en  guardia  contra  ese  procedi- 
miento que  consistiría  en  rehusarse  a  prestar  a  los  necesitados  al  apro- 
ximarse el  séptimo  año.  Ahora  bien,  esta  advertencia  carecería  de  sen- 
tido si  no  se  hubiera  debido  renunciar  para  siempre  a  la  esperanza  de 
ser  reembolsado.  Trátase  aquí,  por  consiguiente,  de  una  remisión  ab- 
soluta de  deudas.  Por  lo  tanto,  si  el  acreedor  no  ha  sabido  cobrarse  du- 


66 


REMISION  DE  DEUDAS 


rante  el  sexto  año  — y  no  le  faltaban  para  ello  los  medios  legales —  el 
año  de  remisión  cambiaba  ese  préstamo  en  una  limosna  que  el  deudor 
guardaba  entonces  como  propiedad  suya"  (ps.  171-172) .  En  cuanto  a 
la  observación  de  que  entender  así  la  remisión  de  los  préstamos  hu- 
biera conducido  a  la  restricción  o  anulación  del  crédito,  debe  tenerse 
presente  que  estamos  ante  la  obra  de  idealistas,  que  soñaban  que  con 
las  prescripciones  de  su  legislación  concluirían  con  todos  los  males 
sociales  (§  3222).  Pero  como  la  vida  tiene  impostergables  exigencias, 
ocurrió  que  cuando  más  tarde  los  israelitas  se  entregaron  de  lleno  ai 
comercio  — sobre  todo  al  del  dinero  en  gran  escala,  del  que,  según 
Joseío,  participaban  los  mismos  sacerdotes — ,  con  el  cual  se  enrique- 
cieron, buscaron  conciliar  por  distintos  medios  capciosos,  el  cumpli- 
miento de  las  referidas  disposiciones  con  la  práctica  de  los  negocios. 
Entre  esos  medios  se  contaban  los  siguientes:  c)  el  acreedor  aparen- 
taba no  poder  cobrar  en  virtud  de  la  prohibición  legal;  pero  dejaba 
que  el  deudor  insistiera  en  querer  pagarle,  hasta  que  por  ultimo,  acep- 
taba recibir  el  importe  de  su  crédito  a  título  de  regalo;  b)  prestar  con 
garantía  prendaria,*  alegando  luego  que  el  mandato  deuteronómico 
sólo  se  refería  o  se  aplicaba  al  préstamo  simple;  y  c)  el  medio  llama- 
do prosbol,  inventado  por  el  célebre  doctor  de  la  ley,  Hillel,  que  con- 
sistía en  presentarse  el  acreedor  ante  el  juez  o  tribunal  con  una  decla- 
ración autenticada  por  éste,  o  con  una  fórmula  leída  en  alta  voz  ante 
la  autoridad  judicial,  por  la  cual  se  reservaba  el  derecho  de  reclamar 
su  dinero  en  cualquier  tiempo,  cuando  bien  le  pareciera  (Buhl,  ps. 
173-174;  Dio.  Encyc.  II,  p.  595).  He  aquí  claros  ejemplos  del  prover- 
bio popular:  "Hecha  la  ley,  hecha  la  trampa",  que  también  abundan  en 
nuestro  medio,  especialmente  con  la  reciente  ley  que  fija  el  precio  má- 
ximo de  los  alquileres.  Observa  el  profesor  L.  Aubert  que  "la  estricta 
observancia  del  año  sabático,  aún  en  Palestina,  siempre  fué  difícil.  En 
todo  su  rigor,  se  limitó  a  los  primeros  territorios  ocupados  por  los 
judíos  después  que  regresaron  del  destierro,  siendo  su  aplicación  muy 
mitigada  en  otras  partes,  e  imposible  fuera  de  Palestina"  (Dio.  Encyc. 
II,  p.  595). 

3253.  La  frase  del  v.  3:  "desde  que  (o  porque)  €5  proclamada 
la  remisión  de  deudas  en  honor  de  Yahvé",  da  a  suponer  que  el  deute- 
ronomista  entendía  que  debía  pregonarse  ese  hecho,  como  después  así 
lo  estableció  expresamente  el  escritor  sacerdotal,  al  disponer  que  tenía 
que  anunciarse  el  comienzo  del  año  quinquagésimo,  declarado  santo, 
al  son  de  trompeta  o  de  cuerno  de  carnero  (en  heb.  yobel),  de  donde 
por  extensión  a  dicho  año  así  inaugurado,  se  le  llamó:  año  del  yobel, 
o  sea,  del  jubileo.  Los  vs.  4-6  no  son  de  la  misma  mano  que  los  restan- 
tes de  ese  cap.  15,  — aprobablemente  pertenezcan  a  alguno  de  los  que 
le  dieron  al  libro  su  forma  actual — ,  pues,  como  nota  con  razón  L.  B. 
d.  C,  "el  redactor  de  la  ley  primitiva  no  consideraba  la  hipótesis  ideal 


PRESTAMOS  SIN  INTERES 


67 


de  una  fidelidad  absoluta  del  pueblo  (v.  5),  y  declaraba  pereníoria- 
mente  que  siempre  habría  pobres  en  el  país  (v.  11)".  Jesús  hizo  suya 
esta  última  frase,  según  Mat.  26,  11  y  Juan  12,  8.  El  v.  6,  que  promete 
a  los  israelitas  el  ser  grandes  prestamistas,  está  indicando  que  esto  fué 
escrito  en  la  época  de  la  diáspora  postexilica,  cuando,  como  dijimos 
en  el  párrafo  anterior,  los  judíos  se  habían  entregado  con  gran  éxito 
al  comercio  de  la  moneda. 

3253  bis.  Hay  en  el  Deuteronomio  otra  disposición  sobre  log 
préstamos  que  pueden  o  no  devengar  interés,  y  es  la  siguiente:  "23,  19 
No  exigirás  de  tu  hermano  ningún  interés,  ni  por  dinero,  ni  por  comes- 
tibles, ni  por  ninguna  otra  cosa  que  se  presta  a  interés.  20  Podrás  exi- 
gir interés  del  extranjero;  pero  no  lo  exigirás  de  tu  hermano,  a  fin  de 
que  Yahvé  tu  dios  te  bendiga  en  todas  tus  empresas,  en  el  país  en  que 
vas  a  entrar  para  tomar  posesión  de  él".  Según  L.  B.  d.  C,  tanto  en  este 
pasaje  como  en  Deut.  15,  1-11,  Ex.  22,  25  y  Lev.  25,  36-37,  "no  se 
trata  de  préstamos  comerciales,  sino  de  servicios  que  deben  ser  acor- 
dados a  una  persona  en  la  estrechez.  La  palabra  que  traducimos  por 
interés  parece  haber  designado  propiamente  un  descuento".  Y  en  nota 
a  Lev.  25,  36,  donde  refiriéndose  al  israelita  pobre,  se  manda:  "No  le 
tomarás  descuento,  ni  interés",  expresa:  "Es  discutido  el  sentido  pre- 
ciso de  estos  dos  términos.  El  primero,  que  etimológicamente  significa 
mordisco  (§  2682,  n.)  designa  sin  duda  el  interés  previamente  dedu- 
cido sobre  el  capital  prestado:  este  descuento  muerde  el  capital.  El  se- 
gundo, que  quiere  decir  aumento,  debe  ser  el  interés  que  el  deudor 
agrega  a  lo  principal,  cuando  el  reembolso".  Del  precepto  de  Deut.  23, 
20  que  autoriza  exigir  interés  al  extranjero,  saca  el  obispo  Scío,  estas 
curiosas  consecuencias:  "Dios,  como  dueño  de  todos  los  bienes  que 
poseen  los  hombres,  trasladó  a  los  hebreos  el  derecho  que  tenía  sobre 
los  bienes  de  los  cananeos  y  de  otros  gentiles  enemigos  de  aquel  pue- 
blo; y  así  les  dió  permiso  para  que  hicieran  suyos  aquellos  bienes  por 
medio  de  aquellas  artes  que  por  sí  mismas  y  por  su  naturaleza  son  ilí- 
citas, como  lo  es  la  usura;  así  les  permitió  robar  a  los  egipcios,  (§  160), 
dar  libelo  de  repudio,  y  tener  muchas  mujeres,  todo  lo  cual  ahora  es 
ilícito  (Tirino;  San  Ambrosio  de  Tob.,  cap.  XV).  Otros  dicen  que 
Dios  usó  con  los  hebreos  de  esta  indulgencia  en  atención  a  la  dureza 
de  su  corazón,  permitiéndoles  un  menor  mal,  por  evitar  otros  mayores". 
—  En  cuanto  al  final  de  Deut.  15,  6:  "Dominarás  sobre  numerosas 
naciones;  pero  ellas  no  tendrán  dominio  sobre  ti",  es  una  de  las  tantas 
profecías  incumplidas,  habiendo  ocurrido  los  acontecimientos  históri- 
cos precisamente  al  contrario  de  tal  afirmación,  nacida  probablemente 
de  especulaciones  sobre  las  consecuencias  de  la  llegada  del  Mesías.  — 
Para  comprender  Deut.  24,  6,  hay  que  tener  presente  que  en  aquella 
época  no  había  panaderos  sino  en  contadas  ciudades  de  Judá  (Jer.  37, 
21),  Y  que  la  harina  para  preparar  el  pan  cotidiano  se  obtenía  molien- 


63 


PRENDA  DEL  MOLINO  FAMILIAR 


do  el  trigo  en  un  molinito  casero,  compuesto  de  dos  muelas:  la  de  abajo, 
fija;  y  la  superior,  giratoria,  que  se  daba  vuelta  a  mano,  trabajo  éste 
realizado  generalmente,  de  mañana,  por  las  mujeres  de  la  familia  (Jer. 
25,  10;  Mat.  24,  41;  Apoc.  18,  21-22).  Abimelec  murió  a  causa  de  que 
una  mujer  le  arrojó  desde  lo  alto  de  la  torre  de  la  ciudad  de  Tebes,  la 

piedra  giratoria  de  uno  de 
esos  molinos  (Jue.  9,  ^0- 
53;  §  501).  Sacarle,  pues, 
como  prenda  a  un  deudor, 
una  o  las  dos  muelas  de  su 
molino  (fig.  4),  equivalía 
a  "lomarle  en  prenda  la 
vida  misma",  ya  que,  en 
consecuencia,  no  pudiendo 
obtenerse  harina,  la  familia 
se  veía  privada  de  pan,  el 
indispensable  sustento  coti- 
diano. —  Sobre  la  prenda 
del  manto,  única  garantía 
que  podía  dar  el  meneste- 
roso, véase  §  2682.  Y  final- 
mente, nótese  que  todas  las 
prescripciones  van  acompa- 
ñadas de  promesas  de  re- 
compensa para  los  que  las 
cumplan:  "a  causa  de  esto 
te  bendecirá  Yahvé  tu  dios  en  todos  tus  trabajos  y  en  todas  tus  em- 
presas", "este  acto  te  será  imputado  como  una  buena  acción  delante  de 
Yahvé  tu  dios".  Es  el  do  ut  des  de  todas  las  religiones. 

HOMICIDIO.  —  3254.  He  aquí  ahora  los  preceptos  que  nos  ofrece 
el  Deuteronomio  tocante  al  homicidio.  19,  4  Este  será  el  procedimiento 
a  seguirse  con  el  homicida  que  se  hubiere  refugiado  en  alguna  de  las 
tres  ciudades  de  refugio  (v.  2),  para  conservar  su  vida:  Si  mató  a  su 
prójimo  impensadamente,  sin  haberle  tenido  enemistad  anteriormente, 
5  como,  por  ejemplo,  cuando  uno  sale  con  otro  al  bosque,  a  cortar  le- 
ña, y  al  levantar  la  mano  con  el  hacha  para  cortar  un  árbol,  salta  la 
hoja  de  hierro  del  mango  y  va  a  herir  de  muerte  al  otro  compañero, 
entonces  el  heridor  se  refugiará  en  una  de  aquellas  ciudades,  y  conser- 
vará (o  salvará)  su  vida.  6  De  lo  contrario  el  vengador  de  la  sangre, 
inflamado  de  cólera,  se  lanzaría  en  su  persecución  y  podría  alcanzarlo 
si  el  camino  fuera  muy  largo,  y  lo  heriría  de  muerte,  aunque  no  la  me- 
reciera, por  cuanto  anteriormente  no  odiaba  a  su  compañero.  7  He 
aquí  el  porqué  te  doy  esta  orden:  "Pon  aparte  tres  ciudades". 


Fig.  4.  —  Mujeres  moliendo 


REFUGIOS  DE  HOMICIDAS  INVOLUNTARIOS 


69 


8  Si  Yahvé  tu  dios  ensanchare  tu  territorio,  así  como  lo  juró  a 
tus  padres,  si  te  diere  todo  el  país  que  prometió  dar  a  tus  padres,  9 
con  tal  que  guardes  y  cumplas  todos  estos  mandamientos  que  te  pres- 
cribo hoy,  amando  a  Yahvé  tu  dios  y  andando  siempre  en  sus  cami- 
nos, entonces  añadirás  tres  ciudades  más  a  aquellas  otras  tres. 

10  Así  no  será  derramada  sangre  inocente  en  medio  del  país  que 
Yahvé  tu  dios  te  da  en  herencia,  y  no  habrá  sangre  sobre  ti.  11  Fero 
si  un  hombre  que  aborrezca  a  otro,  le  tiende  asechanzas,  se  arroja  so- 
bre él  y  le  hiere  mortalmente,  y  después  va  a  refugiarse  en  una  de  aque- 
llas ciudades,  12  los  ancianos  de  su  ciudad  enviarán  gentes  que  lo  ha- 
gan salir  de  allí,  y  lo  entregarán  al  vengador  de  la  sangre,  para  que 
muera.  13  No  le  concederás  una  mirada  de  piedad;  así  quitarás  de 
Israel  la  sangre  del  inocente,  y  tú  serás  feliz. 

3255.  Tenemos  aquí  el  procedimiento  a  seguir  para  con  los  ho- 
micidas, los  que  podían  guarecerse  en  alguna  de  las  tres  ciudades  de 
refugio  aludidas  en  los  vs.  1-3  emteriores.  Sólo  tenían  el  derecho  de 
asilo  en  ellas,  los  homicidas  involuntarios;  en  cambio,  los  asesinos  que 
habían  obrado  con  premeditación,  eran  irremisiblemente  condenados  a 
ser  muertos  por  el  goel  o  vengador  de  la  sangre,  aunque  hubieran  con- 
seguido entrar  en  alguna  de  dichas  ciudades.  Véase  lo  que  hemos  di- 
cho al  respecto  en  §  288-295.  El  deuteronomista  en  los  vs.  11-12  innova 
sobre  la  antigua  costumbre  en  Israel,  también  general  en  muchos  otros 
pueblos,  según  la  cual  el  culpable  que  se  refugiaba  en  un  santuario,  y 
que  se  asía  de  los  cuernos  del  altar,  se  veía  libre  de  la  persecución  del 
vengador  de  la  sangre,  porque  habiendo  entrado  en  el  recinto  sagrado 
estaba  bajo  el  amparo  de  la  divinidad  o  pasaba  a  pertenecer  a  ésta.  Al 
limitar,  pues,  el  privilegio  del  refugio  a  los  homicidas  involuntarios,  y 
establecer  que  los  que  habían  obrado  premeditadamente  debían  ser  en- 
tregados al  goel  para  ser  muertos,  dondequiera  se  encontraran,  el  deute- 
ronomista reaccionaba  contra  la  vieja  práctica  consuetudinaria,  que  se 
basaba  en  el  terror  místico  de  lo  sagrado.  El  que  había  franqueado  las 
puertas  del  santuario,  participaba  de  la  inviolabilidad  de  las  cosas  san- 
tas. Cierto  es  que  en  Ex.  21,  14  (§  2683)  ya  existe  una  disposición  se- 
mejante a  la  de  Deut.  19,  11-12;  pero  opinan  algunos  escritores,  como 
Causse  y  Ducros  (R.  H.  Ph.  R.,  t?  13,  ps.  24-25;  tí*  6,  ps.  357-358),  que 
el  referido  precepto  del  Libro  de  la  Alianza  no  debe  ser  original,  sino 
que  fué  modificado  por  un  redactor  deuteronómico ;  fuera  de  que  en 
dicho  pasaje  del  Exodo  se  expresa  que  el  criminal  voluntario  será  sa- 
cado "aún  del  altar  para  que  muera",  mientras  que  Deut.  19  se  refiere 
al  que  se  asilare  en  alguna  de  las  tres  ciudades  de  refugio,  correspon- 
dientes a  las  tres  divisiones  territoriales  que  habrían  posteriormente  de 
fijarse. 

3255  bis.  Sobre  este  tema  escribe  L.  B.  d.  C:  "Antes  de  la  cen- 
tralización del  culto  en  Jerusalén,  todos  los  altares  de  Yahvé  servían  de 


70 


SEIS  CIUDADES  DE  REFUGIO 


asilo  a  los  homicidas  (Ex.  21,  13-14;  I  Rey.  1,  50;  2,  28-34).  Como  en 
adelante  no  debía  haber  más  de  uno  de  esos  altares,  en  Jerusalén,  resul- 
taba que  si  ios  homicidas  no  hubiesen  tenido  otro  refugio,  los  de  las 
provincias  lejanas  hubieran  corrido  el  riesgo  de  perecer  antes  de  alcan- 
zarlo. De  aquí  la  necesidad  de  lugares  de  asilo  en  las  regiones  alejadas 
de  la  capital".  Los  vs.  8  y  9  que  hemos  transcrito  en  párrafo  aparte,  por- 
que interrumpen  la  ilación  del  discurso,  proceden  quizá  de  un  redactor 
del  libro  que  estudiamos,  el  que  estaba  imbuido  de  la  idea,  cara  a  los 
israelitas,  de  que  Yahvé  les  había  prometido  darles  no  sólo  Canaán,  sino 
todo  el  territorio  que  va  del  mar  Rojo  al  río  Eufrates,  es  decir,  además 
de  la  Palestina,  los  actuales  países  de  Transjordania,  Líbano  y  Siria 
(Gén.  15,  18;  Ex.  23,  31;  Deut.  1,  7;  11,  24).  En  consecuencia,  supo- 
niendo que  Yahvé  haría  honor  a  esa  promesa  — aunque  condicionándola 
a  que  su  pueblo  cumpliera  al  pie  de  la  letra  los  preceptos  deuteronómi- 
eos — ,  el  redactor  comprendió  que  no  bastaban  tres  ciudades  de  refugio 
para  tan  dilatado  territorio,  y  dispuso  que  ese  número  se  aumentara  has- 
ta seis,  cuando  ocurriese  el  soñado  ensanche  territorial,  bien  que  el  de 
seis  continuaba  siendo  un  número  notoriamente  insuficiente  para  tan  ex- 
tensa superficie  nacional.  Pero  el  escritor  sacerdotal,  P,  sostiene  que  las 
seis  ciudades  de  la  referencia  en  que  pensó  el  autor  de  los  aludidos  vs. 
8-9,  ya  habían  sido  designadas  en  época  de  Josué,  en  el  país  efectiva- 
mente conquistado  por  Israel,  tres  al  Este  y  tres  al  Oeste  del  Jordán 
(Núm.  35,  14;  Jos.  20,  8;  §  291).  Reuss  hace  notar  las  variantes  exis- 
tentes en  los  mencionados  textos  bíblicos,  tanto  respecto  al  número  de 
las  localidades  de  refugio,  cuanto  a  la  época  en  que  debían  ser  determi- 
nadas, diciendo:  "En  Núm.  35,  el  número  ha  sido  fijado  en  seis,  tres 
más  allá  del  Jordán,  y  tres  en  el  país  de  Canaán,  cuya  elección  harían 
los  israelitas  después  de  la  conquista.  En  Deut.  4,  41-43  se  dice  que  el 
mismo  Moisés  procedió  a  la  designación  de  tres  ciudades  del  otro  lado 
del  Jordán.  En  Deut.  19  se  expresa,  al  principio,  que  después  de  la  con- 
quista de  Canaán,  se  eligirán  tres  ciudades  para  servir  de  asilos,  aña- 
diendo el  texto:  Si  Yahvé  ensanchare  vuestro  territorio  como  él  lo  ha 
prometido,  agregaréis  otras  tres  ciudades  más  (vs.  8-9) .  Este  último 
texto  no  pudo  ser  escrito  por  Moisés,  porque  es  precisamente  ese  terri- 
torio, fuera  del  país  de  Canaán,  propiamente  dicho,  que  fue  conquistado 
primero,  mientras  él  vivía,  y  las  tres  ciudades  de  esta  parte  fueron  ya 
designadas  por  él  mismo,  según  4,  41-43.  Debe  haber  sido  redactado  en 
época  en  que  los  israelitas  no  estaban  ya  en  posesión  de  los  distritos 
transjordánicos* ;  sino  cuando  podían  esperar  reconquistarlos  un  día. 
Por  fin,  en  Jos.  20,  se  afirma  que  las  seis  ciudades  fueron  realmente 
designadas  después  de  la  entera  sumisión  del  país,  y  ya  no  es  cuestión 
más  de  lo  que  Moisés  hubiera  ordenado  anteriormente"  {Hist.  Sainte, 
I,  p.  65) .  —  Al  conseguir  el  homicida  involuntario  asilarse  en  una  ciu- 
dad de  refugio,  se  veía  libre  de  la  persecución  del  goel,  y  por  lo  tanto, 


ASESINATO  EN  DESPOBLADO 


71 


"no  habrá  sanp;re  sobre  ti"  (v.  10),  es  decir,  que  Israel  quedaba  libre 
de  la  responsabilidad  que  recaería  sobre  todo  el  pueblo,  si  aquel  ver- 
dugo derramara  sangre  inocente,  la  que  al  ser  vertida,  clama  venganza 
a  Yahvé  (Gén.  4,  10) .  Por  lo  contrario,  cuando  el  goel  mataba  al  ase- 
sino que  había  obrado  premeditadamente,  realizaba  obra  benéfica,  por- 
que "quitaba  de  Israel  la  sangre  del  inocente",  o  sea,  expiaba  el  delito 
cometido. 

3256.  Pero  podía  ocurrir  que  se  cometiera  un  asesinato  en  des- 
poblado y  se  ignorara  su  autor.  ¿Qué  hacer  en  tal  caso?  Léase  lo  que 
aconseja  el  legislador  israelita:  Deut.  21,  1  Cuando  en  el  país  que  Yahvé 
tu  dios  te  da  en  posesión,  fuere  hallado  el  cadáver  de  un  hombre,  echa- 
do en  el  campo,  y  no  se  supiere  quién  lo  hubiese  muerto,  2  saldrán  en- 
tonces tus  ancianos  y  tus  jueces  y  medirán  la  distancia  que  haya  entre 
el  cadáver  y  las  ciudades  de  alrededor.  3  Y  los  ancianos  de  la  ciudad 
más  cercana  del  cadáver  tomarán  una  vaquillona,  con  la  que  no  se  ha- 
ya trabajado,  ni  haya  llevado  yugo,  4  y  la  conducirán  a  un  torrente, 
donde  siempre  haya  agua  y  junto  al  cual  no  se  labre  ni  siembre,  y  allí 
sobre  el  torrente  mismo,  desnucarán  a  la  vaquillona  (o  y  la  llevarán  a 
un  valle  escabroso  y  pedregoso,  que  nunca  haya  sido  labrado,  ni  sem- 
brado, y  allí  descervigarán  a  la  ternera  —  La  Vulgata;  poco  más  o 
menos  igual:  V.  M.  y  Valera;  L.  B.  R.  F. :  en  una  hondonada  salvaje, 
etc.).  6  Y  todos  los  ancianos  de  aquella  ciudad  más  cercana  del  cadá- 
ver, se  lavarán  las  manos  sobre  la  vaquillona  desnucada  en  el  torrente, 
7  y  tomando  la  palabra,  dirán:  "Nuestras  manos  no  han  derramado 
esta  sangre,  ni  nuestros  ojos  lo  han  visto.  8  Perdona,  oh  Yahvé,  a  tu 
pueblo  Israel,  que  rescataste;  haz  que  no  haya  más  sangre  inocente  sin 
venganza  en  medio  de  tu  pueblo  Israel"  (o,  no  le  imputes  la  sangre 
inocente  en  medio  de  tu  pueblo  Israel  —  La  Vulgata).  Entonces  se  ha- 
brá cumplido  a  favor  de  ellos  la  expiación  de  la  sangre  derramada  (o: 
Y  esa  sangre  les  será  perdonada  —  L.  B.  R.  F.;  o:  F  será  apartado  de 
ellos  el  reato  de  la  sangre  —  La  Vulgata).  9  Así  quitarás  de  en  medio 
de  ti  la  sangre  inocente  y  serás  feliz,  porque  habrás  hecho  lo  que  es 
recto  en  ojos  de  Yahvé.  —  Trátase  de  un  antiguo  rito  destinado  en 
un  principio  a  aplacar  el  alma  del  asesinado,  irritada  por  no  haber 
sido  vengada,  por  lo  que  hubiera  podido  causar  graves  daños  en  los  al- 
rededores del  lugar  donde  se  había  cometido  el  crimen.  Este  rito  se 
interpretó  más  tarde  como  declaración  de  inocencia  de  las  autoridades 
del  pueblo  más  cercano  y  en  representación  del  mismo,  el  que  por  su 
proximidad  presentaba  más  probabilidades  de  que  de  allí  hubiera  sa- 
lido el  asesino.  Nota,  en  efecto,  L.  B.  d.  C.  que  "la  vaquillona  no  era 
inmolada  en  el  lugar  del  crimen,  sino  a  orillas  de  un  arroyuelo,  en  un 
terreno  no  profanado  por  el  trabajo  humano,  o  sea,  indudablemente  en 
uno  de  los  antiguos  lugares  santos  de  la  región,  siendo  además  acom- 
pañado el  acto  por  una  plegaria  al  dios  de  Israel".  Véase  al  respecto 


72 


HOMICIDAS  INVOLUNTARIOS 


nuestra  Introducción,  §  317.  Tocante  al  carácter  que  debía  tener  la 
vaquillona,  "que  nunca  hubiera  trabajado,  ni  sido  uncida",  lo  mismo 
que  el  del  valle  o  la  hondanada  donde  tenía  que  efectuarse  la  ceremo- 
nia, "que  nunca  hubiera  sido  arado  ni  sembrado",  recuérdese  esta  ob- 
servación de  L.  B.  d.  C:  "Los  seres  y  los  objetos  que  nunca  han  ser- 
vido, poseen  aún  intactas  todas  las  fuerzas  misteriosas  existentes  en 
ellos;  cf.  II  Rey.  2,  20". 

3257.  Conviene  comparar  las  mencionadas  prescripciones  sobre 
el  homicidio,  con  las  semejantes  de  alonas  otras  legislaciones  de  pue- 
blos con  los  cuales  tuvo  contacto  Israel,  como  p.  ej.  con  la  de  los  niti- 
tas.  Así  el  código  hitita  distingue  también  entre  el  homicida  volunta- 
rio y  el  involuntario.  El  primero,  además  de  restituir  el  cadáver,  debía 
entregar  cuatro  personas  por  una  de  condición  libre;  y  dos  por  un 
esclavo  o  una  esclava.  El  homicida  involuntario,  es  decir,  en  el  caso 
de  que  "la  mano  sólo  es  culpable",  como  dice  ese  código,  — "si  Elohim 
lo  hiciere  caer  bajo  su  mano",  expresa  análogamente  Ex.  21,  13 — ,  o 
sea,  cuando  la  muerte  se  ha  producido  impensadamente,  el  homicida 
entregará,  además  del  cadáver,  dos  personas  por  una  libre,  y  una  por 
un  esclavo.  Si  en  una  querella  muere  alguno  (caso  no  contemplado  por 
la  legislación  israelita),  el  culpable  entregará  una  persona.  Obsérvese 
aue  el  código  hitita  no  castiga  ninguna  forma  de  homicidio  con  la  pena 
de  muerte,  sino  que  busca  tan  sólo  la  reparación  del  daño  causado.  Tra- 
tándose de  homicidio  por  autor  desconocido,  establecía  dicho  código 
compensación  en  tierras  y  en  dinero  que  debía  dar  el  propietario  del 
lugar  del  crimen  al  heredero  y  vengador  del  muerto,  y  si  esto  no  fuera 
posible,  la  aludida  compensación  tenía  que  ser  abonada  por  una  de 
las  ciudades  determinadas  por  el  oráculo,  situadas  a  menos  de  unos 
cinco  kilómetros  del  lugar  del  hecho  delictuoso.  En  casos  análogos,  en- 
tre los  árabes,  se  imponía  un  rescate  al  campamento  más  próximo. 

3258.  Hemos  dejado  para  lo  último,  el  v.  5,  agregado  posterior- 
rr>ente  a  las  transcritas  disposiciones  de  Deut.  21,  1-9  (§  3256),  que 
dice  así:  Los  sacerdotes,  hijos  de  Levi,  se  acercarán  entonces,  porque 
son  ellos  los  escogidos  por  Yahvé  tu  dios  para  servirlo  y  para  bendecir 
en  nombre  de  Yahvé,  y  son  los  que  deciden  en  todo  litigio  y  en  toda 
cuestión  de  heridas.  Sobre  este  injerto,  que  altera  el  curso  del  relato, 
expresa  L.  B.  d.  C:  "Debió  añadir  esta  disposición  algún  redactor  ul- 
terior, deseoso  de  acrecentar  las  prerrogativas  del  clero,  ya  que  los  sa- 
cerdotes no  desempeñan  ningún  papel  activo  en  la  ceremonia.  Por  lo 
demás  la  expresión  "sacerdotes,  hijos  de  Levi"  es  insólita,  pues  el  Deu- 
teronomio  dice  siempre  "sacerdotes  levitas". 

3259.  Relacionada  con  la  pena  de  muerte  impuesta  al  homicida 
voluntario,  y  como  complemento  general  de  todas  las  penas  capitales 
(menos  la  del  fuego,  Lev.  20,  14;  21,  9,  según  la  cual  los  culpables 
eran  presumiblemente  quemados  vivos),  existe  la  siguiente  disposición 


CADAVER  DEL  AHORCADO 


73 


en  el  Deuteronomio :  21,  22  Cuando  un  hombre  que  hubiere  cometido 
un  crimen  merecedor  de  la  muerte,  haya  sido  ejecutado  y  lo  hayas  col- 
gado a  un  árbol,  23  su  cadáver  no  podrá  pasar  allí  la  noche,  sino  que 
lo  enterrarás  el  mismo  día,  porque  un  ahorcado  (o  que  pende  colgado) 
es  objeto  de  la  maldición  divina,  y  no  debes  contaminar  la  tierra  que 
Yahvé  tu  dios  te  va  a  dar  en  posesión.  Se  colgaba  en  un  árbol  o  en  un 
madero  a  los  ajusticiados,  como  agravamiento  infamante  de  la  pena, 
o  según  algunos,  para  que  sus  cuerpos  sirvieran  de  pasto  a  las  aves  de 
rapiña  (II  Sam.  4,  12).  En  cuanto  a  la  obligación  de  enterrar  el  ca- 
dáver antes  de  que  llegara  la  noche,  opina  L.  B.  d.  C.  que  "la  razón 
primera  de  esta  regla  era  ciertamente  el  temor  de  las  represalias  que 
contra  los  vivos  podía  ejercer  el  alma  irritada  de  los  ajusticiados,  pues 
se  creía,  en  efecto,  que  el  alma  de  los  muertos  andaba  vagando  mien- 
tras el  cuerpo  no  había  sido  enterrado,  y  que  los  espíritus  obraban 
principalmente  de  noche.  El  peligro  que  constituía  la  presencia  de  ese 
cadáver,  se  interpretó  después  como  una  amenaza  de  contaminación, 
proveniente  de  que  el  criminal  era  maldito  de  Yahvé".  Debemos  ob- 
servar que  muchos  traductores  vierten  el  citado  v.  22,  más  o  menos  en 
estos  términos:  Cuando  un  hombre  hubiera  cometido  pecado  digno  de 
muerte,  se  le  hará  morir  colgándolo  de  un  madero  {o  y  condenado  a 
morir  fuere  colgado  en  un  patíbulo. .  .  —  La  Vulgata).  Según  esa  tra- 
ducción, se  colgaría  al  delincuente  vivo,  para  que  allí  muriera,  lo  que 
podía  ocurrir  por  ahorcadura  o  empalamiento,  ya  que  el  verbo  hebreo 
traducido  por  colgar,  significa  también  ahorcar  y  empalar,  extendién- 
dose su  sentido,  en  época  de  los  romanos,  a  crucificar.  Nosotros  hemos 
seguido  las  versiones  de  L.  B.  d.  C,  L.  B.  R.  F.,  Reuss  y  L.  B.  A.  Este 
último  comentario  manifiesta:  "El  hecho  de  colgar  sigue  a  la  ejecu- 
ción y  no  es  el  suplicio  mismo,  sino  una  agravación  de  la  pena,  un 
oprobio  infligido  al  cadáver  del  malhechor  por  ciertos  crímenes  ex- 
traordinarios (blasfemia,  idolatría,  según  los  rabinos) .  En  vez  de  ser 
inmediatamente  enterrado,  el  cuerpo  del  criminal  era  expuesto,  suspen- 
diéndolo en  un  árbol  o  en  un  poste,  como  objeto  de  horror  para  los 
hombres  y  un  monumento  de  desagrado  divino".  Véase  lo  que  sobre 
el  aludido  texto  hemos  dicho  anteriormente  en  §  1037-1044,  al  tratar 
de  la  muerte  de  siete  descendientes  de  Saúl  por  los  gabaonitas.  El  pre- 
cepto del  V.  23  es  posterior  a  la  aparición  del  Deuteronomio,  pues  era 
absolutamente  desconocido  en  época  de  David  (II  Sam.  21;  §  1040, 
1044),  y  si  aparece  puesto  en  práctica  por  Josué  (Jos.  8,  29;  10,  26) 
ello  se  debe  a  que  esos  textos  encierran  adiciones  de  escritores  de  la 
escuela  deuteronómica. 

ATENTADO  CONTRA  LOS  PADRES.  —  3260.  Siguiendo  el  mismo 
orden  en  que  hemos  estudiado  el  Código  de  la  Alianza,  nos  correspon- 
de ahora  examinar  la  cuestión  del  epígrafe.  No  existe  en  el  Deutero- 


74 


CASTIGO  DE  HIJOS  INCORREGIBLES 


nomio  precepto  igual  al  de  Ex.  21,  15,  17,  que  condena  a  la  pena  de 
muerte  al  hijo  que  pegare,  hiriere  o  maldijere  a  cualquiera  de  sus 
padres  (§  2684)  ;  pero  se  encuentra  el  que  en  seguida  transcribimos, 
que  aplica  también  la  pena  capital  al  hijo  rebelde  a  las  amonestacio- 
nes de  sus  padres:  21,  18  Si  un  hombre  tuviere  un  hijo  contumaz  y  re- 
belde, que  no  escuchare  ni  a  su  padre,  ni  a  su  madre,  y  que  no  les  obe- 
deciere aún  después  que  lo  hubiesen  castigado,  19  ambos  padres  lo 
agarrarán  y  lo  llevarán  ante  los  ancianos  de  su  ciudad,  a  la  puerta  de 
la  misma  (a  la  puerta  del  juzgado  —  La  Vulgata;  o  al  tribunal  de  su 
localidad  —  L.  B.  B..  F.) ,  20  y  dirán  a  los  ancianos  de  su  ciudad:  "Este 
nuestro  hijo  es  contumaz  y  rebelde;  rehusa  escucharnos;  es  libertino 
y  borracho".  21  Entonces  todos  los  hombres  de  la  ciudad  le  lapidarán 
hasta  que  muera:  así  quitarás  el  mal  de  en  medio  de  ti;  y  todo  Israel, 
al  saberlo,  se  sobrecogerá  de  temor.  —  Nótese:  1*?  que  no  se  trata  de 
un  hijo  chico,  sino  de  un  joven,  quizá  ya  adulto,  al  que  se  acusa  de  ser 
libertino  y  borracho,  o  sea,  disipador,  mujeriego  y  alcoholista*,  vicios 
que,  como  se  ve,  remontan  a  un  muy  lejano  pasado  en  la  evolución  de 
la  humanidad.  2°  Prueba  de  la  contumacia  e  incorregibilidad  del  hijo 
está  en  que  los  dos  padres  de  consuno  concurren  a  deponer  contra  él, 
pues,  como  observaba  Teodoreto,  si  uno  de  los  padres  lo  acusaba  y  el 
otro  lo  defendía,  la  acusación  quedaba  sin  efecto.  Lo  difícil  de  imagi- 
nar es  que  el  hijo,  ya  casi  un  hombre  adulto,  se  dejara  llevar  por  los 
padres  ante  el  tribunal  de  los  ancianos,  sabiendo  de  antemano  la  triste 
suerte  que  le  esperaba.  3°  Este  tribunal,  encargado  de  administrar  jus- 
ticia, tenía  su  asiento  en  la  puerta  de  la  ciudad,  que  en  Oriente,  venía 
a  corresponder  a  la  plaza  pública  en  Atenas  y  en  Roma,  donde  se  reu- 
nían para  comunicarse  las  noticias  diarias.  4°  Algunos  comentaristas 
consideran  que  esta  ley  estaba  destinada  a  circunscribir  el  derecho  del 
podre  sobre  sus  hijos  en  límites  más  estrechos,  porque  no  le  era  permi- 
tido matar  por  sí  mismo  a  su  hijo,  lo  que  podía  ocurrir  en  un  momento 
de  cólera,  del  cual  quizá  más  tarde  se  arrepintiera.  Sin  embargo,  el 
freno  mayor  a  ese  poder  bárbaro  atribuido  al  padre,  está  en  la  obliga- 
gada  concurrencia  de  la  madre  conjuntamente  con  aquél,  para  acusar 
al  hijo,  pues  tendría  que  ser  excepcionalismo  el  caso  en  que  la  madre 
se  prestara  a  pedir  injustamente  que  lapidaran  a  su  hijo.  5°  Finalmente 
debe  observarse  que  de  la  letra  del  aludido  pasaje  no  resulta  lo  que  al- 
gunos entienden,  que  el  llevar  al  hijo  vicioso  e  incorregible  ante  el  tri- 
bunal de  los  ancianos,  era  con  el  objeto  de  que  éstos  lo  juzgaran.  No, 
no  había  juicio;  la  muerte  de  aquél  la  decretaban  los  padres  con  sólo 
comparecer  con  el  hijo  ante  dicho  tribunal  y  manifestar  los  motivos 
que  tenían  para  hacerlo  matar,  y  que  consistían  en  lo  expuesto  en  el 
V.  20.  Hecha  esa  breve  exposición,  sus  convecinos,  los  hombres  de  la 
ciudad,  debían  lapidarlo,  y  como  este  castigo  se  aplicaba  en  virtud  del 
testimonio  de  ambos  progenitores,  resulta  que,  de  acuerdo  con  el  pre- 


RAPTO  DE  ISRAELITA 


75 


cepto  de  17,  6-7:  "No  será  muerto  un  hombre  sino  por  la  deposición 
de  dos  o  tres  testigos .  .  .  quienes  serán  los  primeros  en  levantar  la  mano 
contra  él  para  matarlo,  y  todo  el  pueblo  después",  resulta,  decimos,  que 
los  padres  tendrían  que  ser  quienes  arrojaran  las  primeras  piedras  con- 
tra su  hijo  rebelde,  tarea  de  verdugo  que  completarían  en  seguida  sus 
demás  vecinos.  ¡Y  pensar  que  aún  haya  quienes  creen  que  estos  sal- 
vajes mandatos  proceden  de  un  ser  divino,  al  cual  el  cristianismo  lo 
denomina  Dios  de  amorl 

RAPTO  DE  ISRAELITA.  —  3261.  Deut.  24  en  su  v.  7  trae  esta 
disposición:  Si  alguno  queda  convicto  de  haber  raptado  a  uno  de  sus 
hermanos,  uno  de  los  hijos  de  Israel,  para  hacerlo  su  esclavo  o  para 
venderlo,  morirá  ese  raptor;  y  así  quitarás  el  mal  de  en  medio  de  ti. 
Es  éste  un  precepto  idéntico  al  de  Ex.  21,  16  (§  2685) ;  pero  con  esta 
diferencia,  que  el  del  Código  de  la  Alianza  se  refiere  al  caso  de  rapto 
de  un  hombre  cualquiera,  de  un  ser  humano,  sin  especificar  su  nacio- 
nalidad, mientras  que  aquí  el  legislador  precisa  que  el  raptado  debía 
ser  un  israelita.  De  modo  que  apoderarse  de  un  extranjero  para  escla- 
vizarlo, no  era  pasible  de  pena  alguna,  mientras  que  tratándose  de 
"uno  de  los  hijos  de  Israel",  el  acto  acarreaba  la  de  muerte.  ¡Justicia 
bien  singular,  procediendo,  como  pretende  la  ortodoxia,  de  un  legis- 
lador divino!  El  código  hitita,  más  humano  que  el  proclamado  por 
Yahvé,  — pues  no  aplicaba  la  pena  capital,  ni  siquiera  la  del  tallón,- — - 
no  conceptuaba,  como  el  de  Israel,  que  un  daño  causado  voluntaria- 
mente debiera  ser  expiado  por  una  pena  igual,  sino  que  disponía  que 
fuese  reparado  por  una  compensación  equivalente  o  bastante  a  favor 
del  damnificado.  Así  en  materia  de  rapto  de  un  hombre  libre,  estable- 
cía que  el  raptor  debía  entregar  su  casa  o  seis  personas;  y  por  un  es- 
clavo, tenía  que  pagar  10  sidos  o  devolver  el  esclavo;  mientras  que 
tanto  el  Código  de  la  Alianza  como  el  Deuteronomio  imponen  en  am- 
bos casos  la  pena  de  muerte;  éste  último  sólo  si  el  raptado  fuese  israe- 
lita. (R.  H.  Ph.  R.,  f?  4,  p.  359) . 

AYUDA  AL  PROJIMO.  —  3262.  Deut.  22,  i  Si  vieres  extraviado 
el  buey  de  tu  hermano  o  una  de  sus  ovejas,  no  te  apartes  de  ellos,  sino 
que  los  traerás  a  tu  hermano.  2  Si  tu  hermano  no  fuere  vecino  tuyo,  o 
si  no  lo  conocieres,  recogerás  el  animal  en  tu  casa  hasta  que  tu  hermano 
lo  reclame,  y  entonces  se  lo  devolverás.  3  Procederás  del  mismo  modo 
con  su  asno,  con  su  manto  y  con  todo  objeto  que  tu  hermano  haya 
perdido  y  que  tú  encontrares:  no  debes  despreocuparle  de  él.  4  Si  vie- 
res el  asno  de  tu  hermano  o  su  buey  caídos  en  el  camino,  no  pases 
de  largo,  sino  que  te  unirás  a  él  para  ayudar  a  levantarlo.  —  Como 
se  ve,  éstos  no  son  preceptos  legislativos  con  sanción  punitiva  en  caso 
de  incumplimiento,  sino  sólo  recomendaciones  de  orden  moral,  como 


76 


CASTIGO  DE  LA  SEDUCCION 


ya  lo  hemos  manifestado  en  §  2681.  Obsérvese  que  los  transcritos  vs. 
1  y  4  son  idénticos  a  los  del  Código  de  la  Alianza  (Ex.  23,  4-5),  con 
esta  salvedad  que  la  prescripción  de  este  Código  es  más  altruista  que 
la  del  Deuteronomio,  pues  se  refiere  a  servicios  que  deben  ser  pres- 
tados a  "tu  enemigo",  "al  que  te  aborrece",  mientras  que  la  que  exa- 
minamos, habla  sólo  de  animales  u  objetos  extraviados  de  "tu  herma- 
nó", o  ayuda  que  debe  darse  al  mismo  en  caso  que  su  buey  o  asno  se 
hayan  caído  en  el  camino  y  no  puedan  levantarse.  Lo  propiamente 
nuevo  aquí  consiste  en  que  el  legislador  deuteronómico  recomienda  al 
israelita  recoger  los  animales  extraviados  que  encontrare,  y  retenerlos 
hasta  que  se  los  reclamen,  en  el  caso  que  ignorara  quien  fuese  el  dueño, 
o  si  éste  no  viviera  en  su  vecindad,  disposición  que  podía  dar  lugar  a 
cuestiones,  aunque  no,  si  se  tratase  de  ropa  u  otros  objetos  inanima- 
dos que  se  hubiesen  perdido. 

SEDUCCION,  ESTUPRO  Y  ADULTERIO.—  3263.  Deut.  22,  23-29 
legisla  sobre  los  siguientes  casos:  1°  violación  en  la  ciudad  de  don- 
cella desposada,  delito  castigado  con  la  pena  de  lapidación  para  am- 
bos actores  en  el  suceso,  siempre  que  la  mujer  forzada  no  hubiera 
gritado  demandando  auxilio  (vs.  23  y  24) ;  2°  si  el  mismo  hecho  ocu- 
rriere en  la  campaña,  fuera  de  poblado,  sólo  el  violador  incurriría  en 
la  pena  capital  (vs.  25-27) ;  y  3^  si  el  estupro  es  de  doncella  no  despo- 
sada, siendo  sorprendidos  en  el  acto  incriminado,  el  castigo  será  éste: 
el  hombre  deberá  pagar  al  padre  de  la  joven  50  sidos  de  plata  (unos 
150  francos  oro,  o  sea,  unos  30  dólares)  y  tendrá  que  casarse  con  ella, 
a  la  que  nunca  podrá  repudiar  (vs.  28-29).  Remitimos  al  lector  a  lo 
ya  dicho  sobre  estos  casos  en  §  2696,  al  tratar  de  la  seducción  en  el 
Código  de  la  Alianza.  Este,  en  el  último  caso  citado,  contempla  el  de 
que  el  padre  no  quiera  dar  su  hija  por  esposa  al  violador,  quien  en- 
tonces cumplirá  con  pagarle  como  multa  el  precio  del  mohar,  ésto  es, 
los  aludidos  50  sidos  de  plata.  Y  para  concluir  y  amenizar  este  tema 
—con  el  que  guarda  relación — ,  no  estará  fuera  de  lugar  citar  el  si- 
guiente caso  resuelto  por  Sancho  Panza  cuando  era  Gobernador  de  la 
msula  Barataría: 

"Entró  en  el  juzgado  una  mujer  asida  fuertemente  de  un  hombre 
vestido  de  ganadero  rico,  la  cual  venía  dando  grandes  voces,  diciendo: 

— ¡Justicia,  señor  gobernador,  justicia,  y  si  no  la  hallo  en  la  tierra, 
la  iré  a  buscar  al  cielo!  Señor  gobernador  de  mi  ánima,  este  mal  hom- 
bre me  ha  cogido  en  la  mitad  de  ese  campo,  y  se  ha  aprovechado  de  mi 
cuerpo  como  si  fuera  trapo  mal  lavado,  y  ¡desdichada  de  mí!  me  ha 
llevado  lo  que  yo  tenía  guardado  más  de  23  años  ha,  defendiéndolo 
de  moros  y  cristianos,  de  naturales  y  extranjeros,  y  yo,  siempre  dura 
como  un  alcornoque,  conservándome  entera  como  la  salamanquesa  en 


UN  JUICIO  DE  SANCHO  PANZA 


77 


el  fuego,  o  como  la  lana  entre  las  zarzas,  para  que  este  buen  hombre 
llegase  ahora  con  sus  manos  limpias  a  manosearme". 

Sancho,  volviéndose  al  hombre,  le  dijo  "qué  respondía  a  la  que- 
rella de  aquella  mujer";  el  cual  todo  turbado  respondió: 

— Señores,  yo  soy  un  pobre  ganadero  de  ganado  de  cerda,  y  esta 
mañana...  volvíame  a  mi  aldea,  y  topé  en  el  camino  a  esta  buena 
dueña,  y  el  diablo,  que  todo  lo  añasca  y  todo  lo  cuece,  hizo  que  yogá- 
semos juntos;  pagúele  lo  suficiente,  y  ella,  mal  contenta,  asió  de  mí,  y 
no  me  ha  dejado  hasta  traerme  a  este  puesto.  Dice  que  la  forcé,  y 
miente,  para  el  juramento  que  hago  o  pienso  hacer;  y  ésta  es  toda  la 
verdad,  sin  faltar  meaja. 

Entonces  el  gobernador  le  preguntó  si  traía  consigo  algún  dinero 
en  plata;  él  dijo  que  hasta  20  ducados  tenía  en  el  seno,  en  una  bolsa 
de  cuero.  Mandó  que  la  sacase  y  se  la  entregase,  así  como  estaba,  a  la 
querellante;  él  lo  hizo  temblando;  tomóla  la  mujer,  y  haciendo  mil 
zalemas  a  todos,  y  rogando  a  Dios  por  la  vida  y  salud  del  señor  go- 
bernador, que  así  miraba  por  las  huérfanas  menesterosas  y  doncellas, 
con  esto  se  salió  del  juzgado,  llevando  la  bolsa  asida  con  entrambas 
manos;  aunque  primero  miró  si  era  de  plata  la  moneda  que  llevaba 
dentro.  Apenas  salió,  cuando  Sancho  dijo  al  ganadero,  que  ya  se  le 
saltaban  las  lágrimas,  y  los  ojos  y  el  corazón  se  iban  tras  su  bolsa: 

— Buen  hombre,  id  tras  aquella  mujer,  y  quitadle  la  bolsa,  aun- 
que no  quiera,  y  volved  aquí  con  ella. 

Y  no  lo  dijo  a  tonto  ni  a  sordo;  porque  luego  partió  como  un  rayo 
y  fue  a  lo  que  se  le  mandaba.  Todos  los  presentes  estaban  suspensos, 
esperando  el  fin  de  aquel  pleito,  y  de  allí  a  poco  volvieron  el  hombre 
y  la  mujer,  más  asidos  y  aferrados  que  la  vez  primera,  ella  la  saya  le- 
vantada y  en  el  regazo  puesta  la  bolsa,  y  el  hombre  pugnando  por 
quitársela;  mas  no  era  posible,  según  la  mujer  la  defendía,  la  cual 
daba  voces,  diciendo: 

— ¡Justicia  de  Dios  y  del  mundo!  Mire  vuesa  merced,  señor  go- 
bernador, la  poca  vergüenza  y  el  poco  temor  deste  desalmado,  que  en 
mitad  de  poblado  y  en  mitad  de  la  calle  me  ha  querido  quitar  la  bolsa 
que  vuesa  merced  mandó  darme. 

— Y  ;,os  la  ha  quitado?,  —  preguntó  el  gobernador. 

— ¿Cómo  quitar?,  respondió  la  mujer.  Antes  me  dejara  yo  quitar 
la  vida  que  me  quiten  la  bolsa.  ¡Bonita  es  la  niña!  ¡Otros  gatos  me 
han  de  echar  a  las  barbas,  que  no  éste  desventurado  y  asqueroso!  ¡Te- 
nazas y  martillos,  mazos  y  escoplos  no  serán  bastantes  a  sacármela  de 
las  uñas,  ni  aun  garras  de  leones:  antes  el  ánima  de  en  mitad  de  las 
carnes! 

— Ella  tiene  razón,  dijo  el  hombre,  y  yo  me  doy  por  rendido  y  sin 
fuerzas,  y  confieso  que  las  mías  no  son  bastantes  para  quitársela,  y 
déjola. 


78 


LAS  FORZADAS,  SEGUN  TIRSO  DE  MOLINA 


Entonces  el  gobernador  dijo  a  la  mujer: 
— Mostrad,  honrada  y  valiente,  esa  bolsa. 

Ella  se  la  dió  luego,  y  el  gobernador  se  la  volvió  al  hombre,  y  dijo 
a  la  esforzada,  y  no  forzada: 

— Hermana  mía,  si  el  mismo  aliento  y  valor  que  habéis  mostrado 
para  defender  esta  bolsa,  Ic  mostrárades,  y  aun  la  mitad  menos,  para 
defender  vuestro  cuerpo,  las  fuerzas  de  Hércules  no  os  hicieran  fuerza. 
Andad  con  Dios,  y  mucho  de  enhoramala,  y  no  paréis  en  toda  esta 
ínsula,  ni  en  seis  leguas  a  la  redonda,  so  pena  de  200  azotes.  ¡Andad 
luego,  digo,  churrillera,  desvergonzada  y  embaidora! 

Espantóse  la  mujer,  y  fué  cabizbaja  y  mal  contenta,  y  el  goberna- 
dor dijo  al  hombre: 

— Buen  hombre,  andad  con  Dios  a  vuestro  hogar  con  vuestro  di- 
nero, y  de  aquí  adelante,  si  no  le  queréis  perder,  procurad  que  no  os 
venga  en  voluntad  de  yogar  con  nadie".  (Cervantes,  Don  Quijote 
de  la  Mancha,  parle  II,  cap.  45). 

También  consideramos  del  caso  transcribir  los  siguientes  versos 
que  Tirso  de  Molina  pone  en  boca  del  lacayo  Vasco,  en  la  escena  VI 
del  acto  1"  de  su  comedia  El  vergonzoso  en  palacio: 

Piensas  de  veras  que  en  el  mundo  ha  habido 

Mujer  forzada?   

Ven  acá:  Si  Leonela  no  quisiera 

Dejar  coger  las  uvas  de  su  viña, 

;No  se  pudiera  hacer  toda  un  ovillo, 

Como  hace  el  erizo,  y  a  puñadas, 

Aruños,  coces,  gritos  y  a  bocados. 

Dejar  burlado  a  quien  su  honor  maltrata, 

En  pie  su  fama,  y  el  melón  sin  cata? 

Defiéndese  una  yegua  en  medio  un  campo 

De  toda  una  caterva  de  rocines. 

Sin  poderse  quejar:  "¡Aquí  del  cielo, 

Qiie  me  quitan  mi  honra!",  como  puede 

Una  m.ujer  honrada  en  aquel  trance; 

Escápase  una  gata  como  el  puño 

De  un  gato  zurdo  y  otro  carirromo 

Por  los  caramanchones  y  tejados, 

Con  sólo  decir  miao  y  echar  un  fufo; 

;.Y  quieren  estas  daifas  persuadirnos 

Que  no  pueden  guardar  sus  pertenencias 

De  peligros  nocturnos?  Yo  aseguro. 

Si  como  echa  a  galeras  la  justicia 

Los  forzados,  echara  las  forzadas. 

Que  hubiera  menos,  y  ésas,  más  honradas. 


INCULPACION  DE  RECIEN  CASADO 


79 


3264.  Aunque  no  tratado  en  el  Código  de  la  Alianza,  conviene 
examinar  aquí  el  caso  que  detalla  el  deuteronomista  sobre  el  recién 
casado  que  propala  que  su  mujer  no  era  virgen  cuando  contrajo  ma- 
trimonio. Deut.  22,  13  Si  un  hombre  después  de  haberse  casado  con 
una  mujer,  y  haberse  unido  a  ella,  la  aborreciere  (cf.  II  Sam.  13,  15) , 
14  y  acusándola  de  faltas  imaginarias,  trata  de  difamarla  diciendo: 
"Me  casé  con  esta  mujer;  pero  al  unirme  a  ella,  hallé  que  no  era  vir- 
gen", 15  entonces  el  padre  y  la  madre  de  la  joven  tomarán  las  señales 
de  su  virginidad  y  las  mostrarán  a  los  ancianos  de  la  ciudad  que  están 
en  la  puerta.  16  Y  dirá  el  padre  de  la  joven  a  los  ancianos:  "He  dado 
mi  hija  por  mujer  a  este  hombre;  pero  él  le  ha  tomado  aversión,  17  y 
he  aquí  que  le  imputa  faltas  imaginarias  (o  acciones  vergonzosas) ,  di- 
ciendo: No  he  encontrado  que  tu  hija  fuera  virgen.  Ahora,  he  aquí  las 
señales  de  la  virginidad  de  mi  hija".  Y  extenderán  la  sábana  (o  la  ropa 
de  su  hija)  delante  de  los  ancianos  de  la  ciudad.  18  Entonces  los  an- 
cianos de  la  ciudad  tomarán  al  hombre  y  le  castigarán  {le  azotarán  — 
La  Vulgata,  de  acuerdo  con  25,  2-3)  19  y  además  lo  multarán  en  cien 
siclos  de  plata  (unos  60  dólares,  o  sea,  el  doble  de  la  multa  en  caso  de 
seducción,  v.  29),  los  cuales  darán  al  padre  de  la  joven,  porque  difa- 
mó a  una  virgen  de  Israel,  y  ella  continuará  siendo  su  mujer,  y  nunca 
podrá  repudiarla.  20  Pero  si  fuera  cierta  la  acusación,  y  no  se  halla- 
ren señales  de  la  virginidad  de  la  joven,  21  se  la  conducirá  a  la  puerta 
de  la  casa  de  su  padre  {o  la  echarán  fuera  de  las  puertas  de  la  casa  de 
su  padre  —  La  Vulgata) ,  y  los  hombres  de  su  ciudad  la  lapidarán  hasta 
que  muera,  porque  cometió  una  infamia  (o  vileza)  en  Israel,  fornican- 
do en  casa  de  su  padre,  y  así  quitarás  el  mal  de  en  medio  de  ti. 

3265.  Convendrán  nuestros  lectores  que  es  bastante  escabroso  el 
tema  que  aquí  se  le  ocurrió  tratar  al  legislador  deuteronómico,  y  no 
muy  apropiado  en  un  libro,  como  la  Biblia,  considerado  el  código  má- 
ximo de  la  religión  y  de  la  moral,  por  judíos  y  cristianos.  Y  si  así  lo 
hizo,  sin  duda  fue  porque  se  habrían  presentado  casos  semejantes  so- 
bre los  cuales  creyó  que  había  necesidad  de  legislar.  La  lectura  del 
transcrito  pasaje  bíblico  deja  la  impresión  que  el  juicio  de  la  refe- 
rencia tenía  que  ocurrir  muy  en  seguida  de  consumado  el  casamiento, 
porque  de  lo  contrario  le  faltaría  a  los  padres  de  la  joven  difamada, 
la  prueba  que  se  expresa  en  el  v.  17.  Manifiesta  Reuss  que  este  ver- 
sículo "hace  suponer  que  el  lecho  nupcial  se  hallaba  en  la  casa  de  los 
padres  de  la  casada,  o  que  ellos,  después  de  la  boda,  retenían  esa  pieza 
de  convicción.  Es  sabido  que  usos  semejantes  y  mucho  más  extraños 
todavía,  son  generales  aún  en  nuestros  días,  entre  las  poblaciones  del 
Oriente,  sobre  todo  en  las  clases  inferiores".  —  "Esas  señales,  dice 
Alapide  citado  por  Scío,  eran  alguna  ropa,  vestido  o  sábana  ensan- 
grentada por  la  rotura  del  claustro  virginal,  las  cuales  conservaba  en 
su  poder  el  padre  de  la  recién  casada,  para  rechazar,  si  se  ofrecía  el 


80 


UNA  CITA  DE  LA  CELESTINA 


caso,  la  calumnia  de  que  aquí  se  habla".  Si  fueran  ciertas  esas  medidas 
precaucionales*,  eso  probaría  la  frecuencia  de  los  casos  a  que  se  refie- 
re el  legislador  israelita,  los  que  no  siempre  eran  de  calumnias,  según 
lo  demuestran  los  vs.  20  y  21,  aunque,  como  es  de  suponer,  faltando  la 
citada  ropa  ensangrentada,  por  haber  sido  lavada  o  por  cualquier 
causa  accidental,  la  pobre  mujer,  siendo  inocente,  corría  el  riesgo  de 
ser  muerta  a  pedradas.  Y  como  muchos  de  los  preceptos  de  la  moral 
varían  con  las  épocas  y  las  sociedades,  resultaría  que  si  las  transcri- 
tas disposiciones  del  Deuteronomio  estuvieran  hoy  en  vigencia  en  más 
de  uno  de  los  Estados  modernos  que  marchan  a  la  vanguardia  de  nues- 
tra civilización,  — dada  la  actual  moda  de  que  muchas  jóvenes  siguen 
en  materia  de  moral  sexual  la  misma  conducta  irregular  de  sus  compa- 
ñeros del  sexo  masculino — ,  los  jueces  tendrían  que  verse  obligados  a 
multiplicar  muy  a  menudo  las  sentencias  condenatorias  de  lapidación. 
Pero  si  tal  caso  hipotético  ocurriera,  — ya  que  hecha  la  ley,  hecha  la 
trampa — ,  no  sería  extraño  que  entonces  se  desarrollara,  según  sucedía 
en  países  de  la  Edad  Media,  la  profesión  de  aquellas,  como  la  Celes- 
tina de  Fernando  de  Rojas,  que  entre  sus  oficios  tenía  el  de  "fazer 
virgos"  o  virginidades,  que  "unos  facía  de  bexiga  e  otros  curava  de 
punto",  o  sea,  cosiendo  los  desechos  con  sirgo  o  seda.  "Tenía  en  un 
tabladillo,  en  una  caxuela  pintada,  unas  agujas  delgadas  de  pellejeros 
(curtidores)  e  hilos  de  seda  encerados,  e  colgadas  allí  raíces  de  hoja- 
plasma  e  fuste  sanguino  (madera  sanguínea  o  de  color  de  sangre),  ce- 
bolla albarrana  e  cepacavallo.  Hazía  con  esto  maravillas:  que  cuando 
vino  por  aquí  el  embaxador  francés,  tres  veces  vendió  por  virgen,  una 
criada  que  tenía"  (1). 

3266.  También  relacionadas  con  estas  leyes  sobre  delitos  o  fal- 
tas contra  las  buenas  costumbres,  están  las  dos  disposiciones  siguientes: 

1^  la  referente  al  adulterio,  el  que  aun  continúa  siendo  conside- 
rado en  muchos  países  como  acto  que  cae  bajo  las  sanciones  del  Có- 
digo Penal.  Esta  materia,  no  prevista  en  el  Código  de  la  Alianza,  es 
objeto  en  el  Deuteronomio  del  siguiente  precepto:  22,  22  Si  fuere  ha- 
liado  un  hombre  acostado  con  una  mujer  casada,  ambos  morirán:  el 
hombre  que  se  acostó  con  la  mujer,  lo  mismo  que  ésta  última.  Así 


(1)  Le  Celestina  (obra  de  fines  del  siglo  XV  n.  e.)  tomo  I,  ps.  70,  79-80. 
Ediciones  de  "La  Lectura".  Madrid,  1913).  Anota  Julio  Cejador  y  Frauca  que 
"la  cepacavallo  debe  ser  la  hierba  que,  según  Laguna,  tiene  virtud  estíptica  o 
astringente,  por  donde  su  zumo  restaña  la  sangre  de  las  heridas.  Las  hojas  ma- 
jadas y  aplicadas  en  forma  de  emplastro  sueldan  las  heridas  sangrientas".  En 
cuanto  a  lo  de  "el  embaxador  francés"  opina  Menéndez  Pelay»  que  "tiene  "iso» 
de  cosa  no  inventada". 


UNIONES  PROHIBIDAS 


81 


quitarás  el  mal  de  en  medio  de  Israel.  Obsérvese  que  el  hombre  y  la 
mujer  adúltera  sufrían  la  pena  capital  si  eran  sorprendidos  in  fraganti 
— y  si  en  tal  caso  el  marido  los  mataba,  estaba  exento  de  pena — ;  de 
lo  contrario,  sólo  la  mujer  era  condenada.  Dado  que  existía  el  régi- 
men de  la  poligamia,  ninguna  ley  imponía  fidelidad  conyugal  al  ma- 
rido (nuestra  Introducción,  §  155-157).  El  adulterio,  tanto  en  Babi- 
lonia y  Nínive,  como  en  Israel,  no  existía  por  parte  del  marido,  sino 
cuando  éste  tenía  acceso  carnal  con  la  mujer  casada  con  otro  hombre: 
nunca  rompía  su  propio  matrimonio;  pero  podía  romper  o  destruir  el 
de  los  otros.  Las  leyes  asirías,  lo  mismo  que  el  código  de  Hammurabí 
y  el  hitita  admitían  que  el  marido  ofendido  podía  perdonar  a  su  mu- 
jer adúltera;  pero  la  Tora  calla  al  respecto.  El  hitita  establecía  que  si 
el  marido  perdonaba  a  su  esposa  culpable,  ese  perdón  se  hacía  exten- 
sivo al  hombre  adúltero,  a  quien  el  ofendido  lo  marcaba  en  la  cabeza. 
Si  por  el  contrario,  decía:  que  mueran  los  dos,  ambos  culpables  eran 
castigados  con  la  pena  capital,  a  menos  que  el  rey  los  indultara.  (R.  H. 
Ph.  R.  t9  4,  ps.  366-367). 

Y  2*  La  disposición  de  Deut.  22,  30:  Ninguno  tomará  la  mujer 
de  su  padre;  ninguno  levantará  la  cobertura  del  lecho  paterno.  Algu- 
nos entienden  que  en  este  versículo  — que  es  el  primero  del  cap.  23  en 
la  Biblia  hebrea —  se  trata  de  una  sola  prescripción,  y  así  expresa  Scío: 
"Lo  mismo  se  manda  en  la  primera  mitad  de  este  versículo  que  en  la 
segunda.  El  sentido  es  que  ninguno  peque  con  su  madrastra,  la  cual  se 
llama  cobertura  de  su  marido,  porque  sólo  él  tiene  derecho  a  ella".  Esta 
explicación  se  basa  en  la  versión  de  la  Vulgata,  de  30'',  que  Scío  tra- 
duce: "ni  descubrirá  la  cobertura  de  él.  Otros  opinan  que  aquí  hay 
dos  prohibiciones:  "La  primera  interdicción,  dice  L.  B.  d.  C,  prohibe 
la  transmisión  por  herencia,  del  harén  del  padre  (cf.  Lev.  18,  8;  Ez. 
22,  10;  I  Cor.  5,  i);  la  segunda  también  condena  actos  como  el  de 
Rubén  (Gén.  35,  22).  En  el  antiguo  Israel,  las  mujeres,  por  lo  menos 
las  concubinas,  eran  transmitidas  al  heredero  con  los  otros  bienes  (Rut 
4,  5,  9,  10;  II  Sam.  3,  7;  16,  20-22;  I  Rey.  2,  16-25;  §  1028;  cf. 
Gén.  49,  3-4).  La  unión  con  una  mujer  del  padre  difunto,  prohibida 
entre  los  babilonios  (código  de  Hammurabí,  158),  era  permitida  entre 
los  hititas  (código  hitita,  190)". 

OTROS  PRECEPTOS  DEL  CODIGO  DE  LA  ALIANZA  SEMEJANTES 
A  LOS  DEL  DEUTERONOMIO,  Y  LOS  NO  LEGISLADOS  POR  ESTE.  — 
3267.  A  continuación  ponemos  frente  a  frente  otros  preceptos  que 
son  iguales  o  muy  semejantes  en  ambos  códigos,  indicando  los  pará- 
grafos en  los  que  los  hemos  comentado. 


EXTRANJEROS,  VIUDAS  Y  HUERFANOS 


Tema 

Extranjeros 
Viudas  y  huérfanos 

Administ."  de  justicia 
Culto  a  otros  dioses 

El  sabat 
Fiestas 


Exodo 

22,  21 ;  23, 9 

22,  22-24 

23,  6-8 

22,20;  23,  i3 

23,  i2 
2Z,  14-17 


Deuteronomio 

10,  18-19  —  §  1410,  2705 
10,  18;  16,  11;  24,  17-18; 

26,11-13 
16,  —  §  2703 

6,  J3-J5;  10,  20;  13,  i3-i8; 

§  2706 
5,  13.14  _  §  2744-2749 
16,  16-17  —  §  2718 


Las  disposiciones  relativas  a  extranjeros,  viudas  y  huérfanos  van 
siempre  unidas  (§  2705),  y  se  refieren  a  personas  necesitadas  de  am- 
paro o  de  que  se  les  haga  derecho.  El  extranjero  de  los  citados  textos 
es  el  ger,  o  sea,  el  radicado  en  Israel,  generalmente  criado  o  empleado 
a  sueldo.  En  cuanto  a  la  suerte  de  las  viudas  parece  que  en  general  era 
muy  lamentable,  según  resulta  de  los  textos  proféticos  y  legislativos 
(Is.  1,  17;  10,  2;  Ex.  22,  22-24,  etc.).  En  II  Rey.  4,  1  se  menciona 
el  caso  de  una  viuda  que  acude  a  Elíseo  en  demanda  de  ayuda,  porque 
un  acreedor  despiadado  había  tratado  de  llevarse  a  sus  dos  hijos  co- 
mo esclavos  para  cobrarse  así  lo  que  ella  le  debía.  Antiguamente  for- 
maban parte  las  viudas  del  patrimonio  que  se  transmitía  a  los  herede- 
ros (I  Rey.  2,  17-25),  y  si  no  tenían  descendencia,  volvían  a  la  casa 
paterna  (Gén.  38,  11;  Lev.  22,  13;  Rut.  1,  8).  Una  ley  de  época  re- 
ciente permitió  heredar  a  las  hijas,  a  falta  de  hijos  varones  (Núm.  27, 
8) ,  de  modo  que  tales  herederas,  si  se  casaban,  al  enviudar,  no  se  ve- 
rían en  la  miseria,  siempre  que  fueran  respetados  sus  derechos.  Tam- 
bién hubo  algunas  viudas  ricas,  como  Abigail  (§  950).  Las  viudas  po- 
dían volverse  a  casar,  según  se  ve  por  el  caso  de  esta  última,  por  el  de 
Rut  y  por  el  consejo  que  da  Noemí  a  sus  nueras  (Rut.  1,  9).  Haremos 
constar  finalmente  que  el  Deuteronomio  no  legisla  sobre  las  siguien- 
tes materias,  tratadas  por  el  Código  de  la  Alianza:  lesiones  corporales 
causadas  por  hombres  (§  2686-2688)  o  por  animales  (§  2689-2691), 
daños  causados  en  la  propiedad  (§  2692),  robo  de  animales  (§  2693), 
incendio  (§  2695)  y  bestialidad  (§  2697). 


CAPITULO  V 


Leyes  religiosas  del  Deuteronomio 


3268.  Los  demás  preceptos  del  Código  deuteronómico  pueden 
clasificarse  así:  1°  Leyes  religiosas;  2°  organización  de  la  justicia  lo- 
cal; 3°  procedimiento  judicial  en  causas  criminales;  4P  leyes  de  dere- 
cho civil;  59  leyes  de  derecho  criminal;  6*?  leyes  sobre  la  conducción 
de  la  guerra  o  pertenecientes  al  código  militar;  7°  reglas  de  piedad 
para  con  los  animales;  8°  cuestiones  de  moral  social;  y  9*?  prescripción 
sanitaria. 

UNIDAD  DE  LUGAR  DE  CULTO.  —  Comienza  el  Código  deutero- 
nómico (12,  1-26,  15)  del  siguiente  modo:  12,  1  He  aquí  los  preceptos 
y  las  leyes  que  debéis  practicar  en  el  país  cuya  posesión  te  dará  Yahvé, 
el  dios  de  tus  padres;  los  observaréis  todo  el  tiempo  que  viváis  en  él. 
2  Destruiréis  completamente  todos  los  lugares  en  que  las  naciones  que 
habéis  de  desposeer,  adoran  a  sus  dioses,  sobre  los  altos  montes,  sobre 
las  colinas  y  debajo  de  todo  árbol  frondoso.  3  Derribaréis  sus  altares, 
quebraréis  sus  estelas,  arrancaréis  sus  postes  sagrados  (o  asheras), 
quemaréis  las  imágenes  esculpidas  de  sus  dioses  (§  3218),  y  haréis 
desaparecer  de  esos  lugares  hasta  sus  nombres.  4  No  seguiréis  los  mis- 
mos usos  (o  no  lo  haréis  así)  con  respecto  a  Yahvé  (cf.  §  462,  626). 
5  Sino  que  os  dirigiréis  al  lugar  que  Yahvé  vuestro  dios  escogiere,  en- 
tre todas  vuestras  tribus,  para  poner  allí  su  nombre  (para  hacerle  ha- 
bitar allí)  ;  es  allí  que  iréis.  6  Y  allí  llevaréis  vuestros  holocaustos  y 
vuestros  sacrificios,  vuestros  diezmos  y  las  primicias  (u  ofrendas)  de 
vuestras  manos,  vuestras  ofrendas  votivas  y  vuestros  dones  voluntarios, 
así  como  los  primogénitos  de  vuestras  vacas  y  de  vuestras  ovejas.  7  Es 
allí  que  comeréis  delante  de  Yahvé  vuestro  dios,  y  que  os  regocijaréis 
con  vuestras  familias  del  éxito  en  todas  vuestras  empresas,  porque  Yah- 
vé tu  dios  te  habrá  bendecido  (§  88,  621). 

3269.  Este  comienzo  del  Código  deuteronómico  es  una  manifes- 
tación de  la  más  completa  intolerancia  religiosa,  al  ordenar  la  total 
destrucción  de  los  lugares  sagrados  y  de  todos  los  objetos  de  culto  de 
los  cananeos,  a  quienes  lograron  someter.  En  las  guerras  antiguas,  se 


84 


DESTRUCCION  DE  JERUSALEN 


creía  que  intervenían  los  dioses  nacionales,  y  así  el  pueblo  victorioso 
se  apoderaba  de  las  estatuas  de  las  divinidades  vencidas  y  de  todo  lo 
utilizado  en  su  culto,  y  los  destruía  o  los  llevaba  para  ponerlos  a  los 
pies  de  la  imagen  del  dios  vencedor.  Recuérdese  que  el  rey  moabita 
Mesa,  en  su  célebre  estela,  de  la  que  nos  hemos  ocupado  anteriormente 
1961-1963),  al  jactarse  de  haber  tomado  y  destruido  la  ciudad  de 
Ataroth,  del  rey  de  Israel,  añade:  "Me  apoderé  allí  del  altar  de  su  dios  y 
lo  arrojé  por  tierra  delante  de  Gamos  en  Karioth".  Y  lo  mismo  hizo 
con  la  ciudad  israelita  de  Nebo,  porque  después  de  haber  dado  muer- 
te a  toda  su  población  compuesta  de  siete  mil  habitantes,  agrega:  "To- 
mé de  al!)  los  vasos  (o  utensilios)  de  Yahvé,  y  los  eché  por  tierra  de- 
lante de  Gamos"  (§  352).  Aquí  en  este  caso  le  tocó  a  Yahvé  las  de 
perder,  v  sufrió  en  su  pueblo  escogido  las  mismas  iniquidades  que  él 
aconsejaba  que  se  cometieran  con  los  cananeos  por  el  delito  de  tener 
éstos  un  país  "que  manaba  leche  v  miel",  codiciado  por  los  famélicos 
nómades  israelitas  del  desierto.  Nunca  soñó  el  legislador  deuteronó- 
mico  que  la  obra  destructora  que,  en  nombre  de  su  dios,  recomendaba 
realizar  a  sus  compatriotas,  sería  ejecutada,  antes  de  una  centuria,  en 
la  casa  de  Yahvé,  por  los  caldeos.  En  efecto,  a  fines  del  siglo  VII  y  a 
principios  del  siguiente,  fue  tomada  dos  veces  Jerusalén  por  Nabuco- 
donosor,  quien  en  la  segunda  vez  destruyó  totalmente  la  ciudad,  que- 
mó el  Templo,  hizo  pedazos  y  se  llevó  como  botín  de  guerra  todo  lo 
que  era  de  bronce  o  que  contenía  plata  u  oro.  Léase  la  detallada  des- 
cripción de  esos  acontecimientos  que  se  da  en  II  Rey.  24,  12-13;  25, 
8-17.  reproducida  en  Jer.  52,  13-23,  y  comparándola  con  lo  que  Yahvé 
manda  en  el  transcrito  pasaje  de  Deut.  12,  2-3,  se  ve  aquí  el  cumpli- 
miento del  conocido  proverbio:  quien  siembra  vientos,  recoge  tempes- 
tades. Los  judaítas  consideraban  que  su  capital  era  inexpugnable,  por- 
que en  Sión  moraba  su  dios  Yahvé,  al  punto  que  el  poeta  de  las  La- 
mentaciones escribía: 

Nadie  creía,  ni  los  reyes  de  la  Tierra, 
Ni  ninguno  de  los  habitantes  del  mundo. 
Que  el  opresor,  el  enemigo,  pudiese  franquear 
Las  puertas  de  Jerusalén  (Lam.  4,  12) . 

Y  cuando  el  hecho  ocurrió,  y  cuando  vieron  quemada  y  deshecha  la 
inviolable  casa  de  su  dios,  lo  explicaron  — como  explicaba  Mesa  la 
opresión  de  Moab,  porque  Gamos  estaba  irritado  contra  su  país —  di- 
ciendo que  Yahvé  enojado  por  los  pecados  de  los  judaítas,  había  con- 
sentido en  aquella  catástrofe,  y  de  ahí  los  lamentos  del  poeta: 

El  vencedor  ha  extendido  la  mano 
Sobre  todos  sus  tesoros. 


INTOLERANCIA  DEUTERONOMICA 


85 


Jerusalén  ha  visto  las  naciones 

Penetrar  en  su  santuario; 

Esas  naciones  de  las  cuales  tú  habías  dicho: 

"¡No  entrarán  en  tu  asamblea!"  (Lam.  1,  10). 

ti  Señor  ha  desechado  su  altar. 

Ha  aborrecido  su  santuario. 

Ha  entregado  en  manos  de  sus  enemigos 

Los  muros  de  su  morada; 

Lanzaron  gritos  en  la  casa  de  Yahvé, 

Como  en  un  día  de  fiesta  (2,  7). 

¡Los  sacerdotes  y  los  profetas 

Han  sido  muertos  en  el  santuario  de  Yahvé!  (2,  20''). 
¡Cómo  han  sido  dispersadas  las  piedras  sagradas 
En  las  encrucijadas  de  todas  las  calles!  (4,  P) . 

Iguales  lamentaciones,  — atribuyendo  el  desastre  a  la  cólera  de  sus 
Baales — ,  hubiesen  podido  proferir  los  cananeos,  cuando  los  israelitas 
irrumpiendo  en  su  territorio,  procedieron  a  la  obra  vandálica  que  les 
ordenó  su  dios  Yahvé. 

3270.  Lo  más  grave  es  que  la  intolerancia  aconsejada  por  el 
deuteronomista,  y  que  figura  como  mandato  divino,  ha  pasado  al  cris- 
tianismo — cuyas  ramas  más  ortodoxas  han  sido  y  son  las  más  into- 
lerantes— ,  el  cual  en  cuanto  fue  religión  oficial  con  Constantino  (306- 
337),  puso  en  práctica  esos  execrables  preceptos,  concluyendo  así  por 
la  violencia  con  el  paganismo  greco-romano.  Constancio  (337-361), 
hijo  de  aquel  gobernante,  dispuso  en  el  año  336,  que  se  quitara  del 
salón  del  Senado  la  estatua  y  el  altar  de  la  Victoria,  que  existían  allí 
desde  el  tiempo  de  Augusto  — medida  ésta  que  algunos  autores  atri- 
buyen al  emperador  Graciano  (Fargues,  t"?  íl,  p.  19) —  y  luego  en 
las  provincias  orientales  hizo  destruir  las  estatuas  de  los  dioses,  demo- 
ler sus  templos,  como  el  de  Esculapio  en  Cilicia,  y  profanó  el  de  Miner- 
va en  Esparta.  En  virtud  de  varios  edictos  de  Teodosio  I  (379-395) 
prohibiendo  los  sacrificios  (385)  u  ordenando  el  cierre  de  los  templos 
(391),  muchos  cristianos  y  especialmente  los  monjes,  se  dieron  a  la 
bárbara  tarea  de  romper  estatuas  de  los  dioses  y  de  abatir  sus  santua- 
rios, siendo  de  consignar  entre  esas  destrucciones,  la  llevada  a  cabo 
por  instigación  del  patriarca  Teófilo  de  Alejandría,  contra  el  Serapeum 
de  esa  ciudad  o  templo  de  Serapis  (§  3015),  que  pasaba  por  una  ma- 
ravilla mundial,  y  la  de  la  colosal  imagen  de  ese  dios,  obra  destruc- 
tora completada  con  la  de  los  400.000  volúmenes  de  la  célebre  Biblio- 
teca que  encerraba  dicho  edificio,  pérdida  ésta  de  incalculable  valor 
para  la  humanidad  (§  3017).  Se  dictó  en  el  año  399  otro  edicto,  dice 
Bayet,  "que  mandaba  destruir  los  templos  de  la  campaña.  En  el  407, 
orden  de  destinar  a  usos  apropiados  los  de  las  ciudades:  de  demoler 


86 


INTOLERANCIA  CRISTIANA 


todos  los  altares,  incluso  los  pertenecientes  a  particulares;  de  derribar 
todas  las  estatuas  que  eran  o  hubiesen  sido  objeto  de  culto  pagano.  En 
el  435,  orden  de  echar  abajo  todos  los  templos  o  edificios  paganos  que 
aún  quedaran  en  pie;  y  si  alguno  se  burlare  de  esta  ley,  incurrirá  en 
la  pena  de  muerte"  [Pacifisme,  ps.  206-207) .  No  prodigaremos  más 
estas  citas  históricas;  pero  recomendamos  al  lector,  por  su  conexión 
con  el  tema,  la  lectura  de  las  págs.  425-433  del  t*?  II  de  esta  obra.  Tam- 
bién viene  al  caso  este  párrafo  del  profesor  de  la  Universidad  de  Var- 
sovia,  Tadeo  Zielinski:  "El  don  fatal  de  la  intolerancia,  que  recibió 
el  cristianismo  del  judaismo,  en  realidad  ha  resultado  un  arma  de  dos 
filos:  los  cristianos  la  han  vuelto  contra  sus  propios  maestros.  Hay  en 
esto  una  enseñanza  importante  y  terrible:  todas  las  persecuciones  con- 
tra los  judíos,  que  deshonraron  la  historia  de  la  religión  cristiana,  tienen 
su  origen  en  el  Antiguo  Testamento.  Por  el  contrario,  la  palabra  de  tole- 
rancia a  su  respecto  se  ha  hecho  oir  bajo  la  influencia  de  las  antiguas 
ideas  resucitadas:  basta  recordar,  en  la  época  del  Renacimiento,  a 
Reuchlin  (1455-1522)  y  su  disputa  con  los  teólogos  de  Colonia;  en  la 
época  del  neohumanismo,  a  Lessing  (1729-1781).  De  modo  que  se 
percibe  una  cosa  sorprendente:  el  antisemita*,  en  su  fanatismo,  obra 
bajo  la  influencia  directa  o  indirecta  del  judaismo;  el  defensor  huma- 
nitario de  los  judíos,  bajo  la  directa  o  indirecta  del  helenismo"  (p.  166). 

—  Notemos  finalmente  que  en  el  v.  3''  del  pasaje  que  comentamos,  se 
dice:  "haréis  desaparecer  de  esos  lugares  hasta  sus  nombres"  (los  de 
los  dioses  extranjeros),  porque,  como  observa  L.  B.  d.  C.  "el  nombre 
del  dios  cananeo  servía  a  menudo  para  designar  su  santuario  o  la  lo- 
calidad vecina.  El  legislador  quiere  que  se  cambien  esas  denominacio- 
nes geográficas".  Asi,  p.  ej.,  la  ciudad  de  Baalá  o  Baalat,  llamada  tam- 
bién Kiryat-Baal,  se  convirtió  en  Kiryat-Jearim,  ciudad  de  los  bosques 
(§  1070;  Jos.  15,  9,  60;  cf.  §  130  de  nuestra  Introducción) .  Sobre  la 
centralización  del  culto  en  "el  lugar  que  Yahvé  escogiere",  o  sea,  en 
Jerusalén,  véase  lo  dicho  en  §  3219-3222,  3225-3226. 

LAICIZACION  DE  LA  CARNICERIA.  —  3271.  En  §  3219  hemos 
transcrito  los  vs.  8-14  de  Deut.  12,  que  siguen  a  la  transcripción  de 
12,  i -7  en  §  3268.  Continuaremos  examinando  ese  mismo  capítulo. 
15  Sin  embargo,  podrás  a  voluntad,  matar  animales  y  comer  su  carne 
en  todas  tus  ciudades,  según  las  bendiciones  que  te  haya  acordado 
Yahvé  tu  dios.  Del  impuro  (o  inmundo)  lo  mismo  que  del  puro  (o  lim- 
pio) podrás  comer  (o  el  impuro  lo  mismo  que  el  puro  podrá  comerla), 
como  se  come  la  carne  de  la  gacela  y  del  ciervo  (o  "ya  sea  inmundo, 
esto  es  manchado  o  estropeado;  ya  limpio,  esto  es,  entero  y  sin  man- 
cha, que  puede  ser  ofrecido,  lo  comerás,  como  a  la  corza  o  al  ciervo" 

—  La  Vulgata).  16  Pero  tan  sólo  no  consumiréis  la  sangre:  la  derra- 
marás en  tierra  como  el  agua.  20  Cuando  Yahvé  tu  dios  ensanchare  tus 


LAICIZACION  DE  LA  CARNICERIA 


87 


fronteras,  según  su  promesa,  y  deseando  comer  carne  te  dijeres:  "Que- 
rría comer  carne",  podrás  comer  de  ella  cuanto  apetecieres.  21  Si  es- 
tuviere lejos  de  ti  el  lugar  que  escogiere  Yahvé  tu  dios,  para  poner 
allí  su  nombre,  podrás  matar  del  ganado  vacuno  y  del  ovino  que  Yahvé 
te  hubiere  dado,  como  te  lo  ha  mandado,  y  comerás  de  ellos  en  tus  ciu- 
dades, tanto  como  quisieres.  22  Pero  los  comerás  como  se  come  la  ga- 
cela y  el  ciervo:  tanto  el  impuro  como  el  puro  (o  el  inmundo  y  el  lim- 
pio) podrán  comer  de  ellos.  23  Solamente,  guárdate  de  no  consumir  la 
sangre,  porque  la  sangre  es  el  alma,  y  no  debes  comer  el  alma  con  la 
carne:  24  no  la  consumirás,  sino  que  la  derramarás  sobre  la  tierra  co- 
mo agua.  25  No  la  consumirás,  para  que  seas  feliz  (o  para  que  te  vaya 
bien),  tú  y  tus  hijos  después  de  ti,  por  haber  hecho  lo  que  agrada  a 
Yahvé. 

3272.  Para  comprender  el  título  que  hemos  dado  al  párrafo  pre- 
cedente, debe  recordarse  lo  expuesto  en  §  768,  a  saber:  que  los  anti- 
guos hebreos  no  mataban  ningún  animal  doméstico  para  el  consumo, 
sino  en  forma  de  sacrificio  religioso,  en  virtud  del  carácter  sagrado 
que  atribuían  a  la  vida  de  los  seres.  Ahora,  el  legislador  deuteronó- 
mico,  reaccionando  contra  esa  inveterada  práctica,  admite  que  se  ma- 
ten animales  para  comerlos,  sin  ofrecerlos  en  sacrificio,  lo  que,  como 
nota  L.  B.  d.  C,  resultaba  impracticable  con  el  precepto  de  la  unidad 
de  santuario,  a  causa  de  las  distancias.  Pero  esa  laicización*  de  la 
carnicería  era  incompleta,  pues  había  que  cumplir  con  lo  dispuesto  en 
los  vs.  16,  23-25,  es  decir,  no  sólo  no  consumir  la  sangre,  sino  derra- 
marla en  tierra  como  el  agua,  lo  que  constituía  el  rito  esencial  del  sa- 
crificio. Véase  la  explicación  de  esa  antigua  costumbre  semítica  que 
damos  al  final  de  §  768  (léanse  además  §  765-769,  2078,  2079).  Tam- 
bién estaba  prohibido  comer  carne  mortecina,  o  sea,  de  animal  que 
hubiera  muerto  naturalmente:  "la  darás  al  extranjero  residente  en  tus 
ciudades  (al  ger),  y  él  podrá  comerla,  o  bien  la  venderás  a  un  extran- 
jero de  fuera"  (14,  21).  Igualmente  el  israelita  no  debía  consumir 
carne  de  animal  despedazado  por  fieras,  dado  que  se  la  consideraba 
impura  por  no  haber  sido  debidamente  desangrada.  De  ésta  no  se 
dice  que  pudiese  venderse  al  extranjero  de  fuera,  sino  que  debía 
echarse  a  los  perros,  según  el  Código  de  la  Alianza  (Ex.  22,  31),  pre- 
cepto que,  para  L.  B.  d.  C,  refleja  un  estado  social  más  simple.  El 
escritor  sacerdotal  considera,  por  el  contrario,  que  aún  el  extranjero 
residente  en  Israel  cometía  una  impureza  si  comía  carne  mortecina  o 
de  animal  despedazado  por  las  fieras,  por  lo  que  el  que  tal  hiciese, 
tenía  que  lavarse  el  vestido  y  bañarse,  y  sólo  después  de  la  tarde  de 
ese  día,  sería  limpio  o  puro  (Lev.  17,  15).  Más  tarde  se  prohibió  tam- 
bién en  nombre  de  Yahvé,  comer  grasa  de  vaca,  de  oveja  o  de  cabra, 
porque  debía  ser  quemada  en  el  altar.  El  deuteronomista  autoriza,  pues, 
la  matanza  de  animales,  sin  ceremonia  religiosa  (salvo  el  aludido  re- 


88 


ANIMALES  PUROS  E  IMPUROS 


quisito  de  la  eliminación  de  la  sangre),  como  se  practicaba  corriente- 
mente con  los  animales  cazados:  gacelas,  ciervos,  &,  los  cuales  no  po- 
dían ser  inmolados  sobre  el  altar.  Los  judíos  modernos,  que  se  ciñen 
a  los  referidos  preceptos  del  Pentateuco,  tienen  en  los  mercados  de  las 
grandes  ciudades  sus  puestos  de  carnicería  aparte  — cacher —  en  los 
que  el  inspector  — chomer —  vela  por  el  cumplimiento  de  tales  dispo- 
siciones (Fig.  5;  nuestra  Introducción,  §  253).  Recuerda  el  escritor 
Roberto  Robert  que  el  papa  Inocencio  III  en  cierta  ocasión  envió  a 
decir  al  conde  de  Nevers,  "que  era  grande  escándalo  que  en  sus  domi- 
nios los  judíos  matasen  los 
animales  conforme  a  los  ritos 
de  su  religióny  abandonasen 
los  despojos  a  los  cristia- 
nos ...  y  que  también  era 
grave  escándalo  ver  que  en 
las  recolecciones  los  inmun- 
dos judíos  obtuviesen  el  vino 
más  puro  y  sólo  dejasen  a 
los  fieles  una  bebida  impura 
empleada  después  hasta  en  la 
celebración  de  los  misterios 
religiosos,  y  le  encomendó 
encarecidamente  que  hiciese 
de  modo  de  reducir  a  los  ju- 
díos a  una  condición  tan  mi- 
serable, que  fuera  testimonio  de  que  la  sangre  de  Cristo  está  cayendo 
sobre  ellos  y  caerá  sobre  su  posteridad"  (p.  69) .  —  Obsérvese  por 
último,  en  el  texto  que  estudiamos,  la  repetición  del  mismo  precepto 
con  ligeras  variantes,  lo  que  da  fundadamente  a  pensar  en  la  interven- 
ción de  distintos  escritores.  L.  B.  d.  C.  supone  que  desde  el  v.  20  hasta 
el  fin  del  capítulo  pertenece  a  D,  o  sea,  a  las  partes  más  antiguas  del 
Deuteronomio,  mientras  que  los  vs.  15-19  procederían  de  una  revisión 
posterior  del  mismo  código. 

ANIMALES  PUROS  E  IMPUROS  PARA  EL  CONSUMO.  —  3273.  A 
las  anteriores  prescripciones  relativas  a  la  matanza  de  animales  para 
el  consumo,  debemos  agregar  las  que  se  establecen  en  Deut.  14,  3-21 
sobre  animales  cuya  carne  podía  ser  comida  por  considerárseles  puros 
o  limpios,  y  otros,  en  cambio,  juzgados  impropios  para  la  alimentación 
por  ser  impuros  o  inmundos.  Hacemos  gracia  al  lector  de  esa  lista, 
que  puede  verla  en  cualquier  Biblia,  y  comprende  cuadrúpedos,  aves, 
peces  e  insectos,  muchos  de  los  cuales  no  es  posible  identificar  debida- 


EL  CERDO,  ANIMAL  IMPURO 


89 


mente.  (1)  Recordaremos  tan  sólo  dos,  a  saber:  la  liebre  y  el  cerdo. 
La  regla  general  que  da  al  respecto  el  legislador  deuteronómico  es 
ésta:  "Comeréis  todo  cuadrúpedo  que  tiene  pezuña,  dividida  en  dos 
uñas,  y  que  rumia"  (v.  6)  ;  pero  a  renglón  seguido  prohibe  comer  el 
camello  y  la  liebre,  porque  "aunque  rumian,  no  tienen  la  pata  hen- 
dida" (v.  7).  Dicho  legislador  cometió  aquí  un  gazapo  imperdonable 
en  un  escritor  divinamente  inspirado,  como  él,  dado  que  la  liebre  no 
es  rumiante.  Su  error  se  debió  al  hecho  de  que  como  la  liebre  mueve 
constantemente  las  mandíbulas,  supuso  que  rumiaba.  Lo  mismo  ocurre 
con  el  hyrax  o  damán,  que  menciona  el  v.  7  junto  con  la  liebre  y  el 
camello.  Igual  gazapo  cometió  el  escritor  sacerdotal  del  pasaje  para- 
lelo de  Lev.  11,  1-23,  que  en  su  v.  20  dispone:  "Tendréis  por  abomina- 
bles todos  los  animalitos  alados  que  andan  en  cuatro  patas",  y  como 
observa  L.  B.  d.  C:  "no  existen  animalitos  alados,  o  sea,  insectos,  de 
cuatro  patas,  sino  solamente  de  seis".  En  cuanto  al  cerdo  doméstico  — 
proveniente  del  jabalí  salvaje,  llamado  en  hebreo  khazir,  y  en  árabe 
khanzir — ,  quizá  se  le  consideró  impuro  por  ser  animal  sagrado  en 
Creta,  Persia  y  Fenicia,  y  en  virtud  de  que  lo  sagrado  en  un  culto  era 
impuro  en  el  de  otro  dios  (nuestra  Introducción,  §  183).  Parece  que 
en  la  misma  Palestina  ya  se  le  ofrecía  a  los  dioses  desde  la  más  remota 
antigüedad,  pues  en  una  caverna  unida  al  más  antiguo  santuario  de 
Gezer  o  Guezer  (más  de  2.000  años  a.  n.  e.)  se  han  encontrado  nume- 
rosos esqueletos  de  cerdos  (§  67).  Los  cananeos  lo  sacrificaban  y  co- 
mían su  carne,  y  se  cree  haya  sido  el  animal  preferido  para  los  sacri- 
ficios en  Babilonia  y  en  la  antigua  Grecia.  Estas  razones  de  orden  re- 
ligioso, más  bien  que  la  consideración  de  que  el  consumo  de  su  carne 
mal  cocida  podía  provocar  enfermedades  de  la  piel,  son  indudable- 
mente las  que  impulsaron  a  los  legisladores  israelitas  a  clasificar  el 
cerdo  entre  los  animales  impuros  o  inmundos  y  a  prohibir  que  fueran 
ofrecidos  a  la  divinidad  nacional  (Is.  65,  4;  66,  3,  17).  Infringir  esta 
prohibición  era  apostasía  a  la  cual  los  reyes  extranjeros  de  auienes  de- 
pendieron los  judíos,  trataron  de  arrastrarlos  (I  Mac.  1,  47;  II  Mac. 
6,  18;  7,  1,  7).  Al  principio  de  nuestra  era  se  relajó  esa  oposición  al 
cerdo,  pues  había  grandes  piaras  de  ellos  en  tierra  palestina,  relaia- 
ción  desaprobada  por  Jesús,  como  parece  sugerirlo  el  relato  del  ende- 
moniado de  la  región  de  los  gadarenos,  gerasenos  o  gergesenos  (nues- 


(1)  San  Jerónimo  en  su  Vulgata,  tradujo  el  segundo  nombre  de  animal 
mencionado  en  Deut.  14,  12  y  en  Lev.  11,  73  por  gryphem,  "el  grifo",  o  sea,  un 
animal  fabuloso,  cuya  mitad  superior  era  águila,  y  la  inferior,  león.  Scío  explica 
ese  vocablo  tan  mal  traducido  por  aquel  santo  varón,  en  la  Biblia  oficial  de  su 
iglesia,  diciendo  que  a  esa  ave,  el  quebrantahuesos,  la  llama  "la  Vulgata  grifo, 
por  tener  el  pico  muy  encorvado,  aunque  el  grifo  es  animal  fabuloso.  Y  por  eso 
otros  traducen  azor,  halcón,  gerifalta". 


90 


EL  CERDO,  ANIMAL  IMPURO 


tra  Introducción,  §  257;  Marc.  5,  11-16),  y  como  lo  indica  é!  mismo 
en  la  parábola  del  hijo  pródigo,  al  hacer  del  oficio  de  porquero  el  col- 
mo de  la  degradación  fLnc.  15,  15-17;  Dict.  Encyc.  art.  Pourceau) . 
Aun  hoy  sigue  siendo  tabú  para  los  judíos  la  carne  de  cerdo;  y  en  la 
Edad  Media  y  principio  de  la  Moderna,  cuando  en  España  se  descon- 
fiaba de  la  sinceridad  de  los  marranos  o  judíos  conversos  a  la  fuerza, 
se  les  instaba  a  comer  tocino,  y  si  no  conseguían  que  lo  comieran,  se 
les  torturaba  y  mataba  (La  Libertad  a  través  de  la  historia,  p.  82).  He 
aquí  cómo  Isaac  Cardoso,  doctor  medieval  judío  describe  al  cerdo: 
"Es  éste,  dice,  animal  sórdido,  humildísimo  y  torpísimo,  criador  y  mo- 
rador de  la  inmundicia;  su  recreación  es  el  lodo  y  su  vida  la  sucie- 
dad; no  puede  sufrir  el  olor  de  la  rosa  ni  otras  flores  suaves,  habitua- 
do a  los  pravos  e  inmundos  olores.  Animal  gruñidor  y  clamoroso,  la 
vista  siempre  baja,  que  nunca  mira  al  cielo,  sino  cuando  le  vuelven 
boca  arriba;  que  entonces,  estúpido,  se  enmudece,  temiendo  el  peligro 
que  le  amenaza  con  la  muerte"  (R  RoBERT,  I,  p.  84) .  Los  cerdos 
son  raros  actualmente  en  Palestina,  y  criados  sólo  por  colonos  extran- 
jeros, porque  también  los  musulmanes  sienten  tanta  o  quizá  mayor 
aversión  por  el  cerdo  que  los  mismos  judíos,  por  lo  cual  en  manera 
alguna  lo  comen. 

3274.  El  referido  pasaje  Deut.  14,  3-21  es  considerado  por  L. 
B.  d.  C,  desde  el  v.  4  al  20,  como  adición  de  uno  de  los  redactores  que 
fusionaron  y  amplificaron  los  documentos  que  utilizaban  para  formar 
nuestro  actual  Deuteronomio.  Y  sobre  esa  separación  de  animales  pa- 
ra la  alimentación  humana,  anota  aquélla  en  Lev.  11,  1-23:  "La  distin- 
ción de  animales  puros  e  impuros  parece  descansar  originariamente  en 
motivos  de  orden  religioso.  Diversas  poblaciones  primitivas  creían 
estar  emparentadas  con  ciertas  especies  anim.ales  (totemismo;  cap.  IX 
de  nuestra  Introducción).  Todos  los  primitivos  consideraron  a  al- 
gunos animales  (sobre  todo  la  serpiente,  §  263)  como  dotados  de 
un  saber  o  de  un  poder  superiores  a  los  del  hombre,  y  los  tenían  por 
seres  divinos,  o,  en  una  etapa  más  avanzada,  por  consagrados  a  cier- 
tas divinidades,  a  las  cuales  se  les  ofrecía  en  sacrificio.  Ahora  bien,  lo 
sagrado  es  interdicto  o  entredicho  (tabú,  §  175,  176,  184  de  nuestra 
Introducción),  y  lo  santo  en  el  culto  de  tal  dios  es  reputado  impuro  en 
el  culto  de  otro.  Todos  los  animales  considerados  como  divinos  o  con- 
sagrados a  diversos  dioses,  han  pasado,  en  consecuencia,  en  Israel  por 
impuros.  Después  parece  haber  aumentado  el  número  de  éstos,  agre- 
gándoseles los  desagradables  o  repugnantes  de  comer  — pues  lo  que 
repugna  al  hombre,  repugna  también  a  Dios  (cf.  Deut.  23,  12-14) — , 
y  los  animales  que  se  alimentan  de  sangre.  Consideraciones  de  orden 
higiénico  han  podido  intervenir  más  tarde  para  justificar  la  proscrip- 
ción de  la  carne  de  algunos  de  ellos,  como  p.  ej.,  la  del  cerdo;  pero  la 
razón  principal  era  que  éste  se  hallaba   consagrado   a   Afrodita  y  a 


AS  IDEAS  DE  PUREZA  E  IMPUREZA 


91 


\donis.  Los  caracteres  zoológicos  en  los  que  P  (en  Lev.  11,  2-23,  re- 
jroducción  casi  textual  de  Deut.  14,  4-20)  funda  la  distinción  de  los 
inimales  puros  e  impuros  en  el  orden  de  los  cuadrúpedos  y  en  el  de 
os  peces,  no  son  sino  auxiliares  cómodos  de  la  memoria;  pero  no  indi- 
;an  la  causa  real  de  la  distinción,  la  que  es  muy  antigua  en  Israel 
;Gén.  7,  2,  8;  §  2144-2145;  cf.  Ez.  4,  14),  y  debieron  existir  listas  de 
mímales  puros  e  impuros  anteriores  a  nuestro  pasaje  (Lev.  20,  25)". 

3275.  Debemos  precisar  que,  como  expresa  Reinach  en  su  capí- 
ulo  sobre  "Las  prohibiciones  alimenticias  y  la  ley  mosaica"  {Cuites, 
I,  ps.  12-16),  para  la  Biblia  es  animal  puro  aquel  que  puede  matarse 
r  comerse,  mientras  que  es  impuro  el  que  no  debe  comerse,  aun  cuan- 
lo  no  estaba  prohibido  que  se  le  diera  muerte.  Esas  ideas  de  pureza 
r  de  impureza  nada  tienen  de  común  con  las  de  bondad  y  utilidad  por 
ma  parte,  ni  con  las  de  maldad  o  insalubridad  por  la  otra.  Lo  que  no 
;e  puede  comer,  ni  matar,  es  lo  que  provoca  el  respeto,  la  abstención, 
)  sea,  lo  sagrado  (nuestra  Introducción,  §  163,  175,  176) .  Un  animal 
)uro  es  el  inofensivo  o  no  dañino  del  punto  de  vista  religioso;  el  im- 
)uro  es  lo  contrario.  Hablar  como  causa  de  estas  distinciones,  de  ra- 
;ones  de  higiene,  es  cometer  un  anacronismo,  y  lo  más  que  se  puede 
;onceder  es  que  han  tenido  más  probabilidades  de  mantenerse  y  per- 
istir  aquellas  interdicciones  que  se  han  mostrado  más  conformes  con 
a  higiene.  Los  escritores  bíblicos  y  la  ortodoxia  judeo-cristiana  tienen 
[ue  reconocer  que  esa  distinción  era  anterior  a  Moisés,  puesto  que 
íahvé  prescribe  a  Noé  que  introduzca  en  el  arca  una  o  dos  parejas  de 
;ada  especie  impura  y  siete  de  cada  especie  pura  (§  2140,  2142,  2144, 
¡145) ,  sin  explicarle  lo  que  significaban  esos  epítetos,  ni  cómo  debía 
ifectuar  tal  distinción,  lo  que  prueba  que  ella  existía  de  tiempo  inme- 
norial.  Ante  esto,  ¿qué  hizo  la  ley  mosaica,  o  sea,  la  formada  por  los 
egisladores  que  se  ocultaron  tras  el  nombre  de  Moisés?  Y  Reinach 
esponde  así  a  esa  pregunta  que  él  mismo  se  formula:  "Por  un  lado, 
isa  ley  codifica  interdicciones  ya  antiguas,  creando  categorías  de  ani- 
aales  prohibidos,  procedimiento  análogo  al  de  los  primeros  gramáti- 
;os  que  formularon  las  reglas  del  lenguaje  con  las  excepciones  que 
illas  toleran  o  admiten;  pero  que  no  crearon  ni  las  reglas  ni  las  excep- 
iones,  que  son  obra  del  uso.  Y  de  otro  lado,  la  ley  mosaica  parece 
iñadir  ciertas  interdicciones  por  temor  al  contagio  del  paganismo  cir- 
undante".  Tal  lo  que  ocurría  con  algunos  animales  sagrados,  de  los 
[ue  se  abstenían  ordinariamente  los  paganos;  pero  que  de  vez  en 
;uando  los  comían  ritualmente  — como  en  el  caso  del  cerdo,  del  que  se 
ibstenían  todos  los  pueblos  indígenas  de  Siria — ;  y  para  apartar  de 
isas  comidas  a  los  hebreos,  el  legislador  prohibe  en  absoluto  comer 
1  animal  impuro,  sin  reservas,  acompañando  el  mandato  con  terribles 
imenazas.  Entiende  Reinach  que  aun  cuando  pueda  hallarse  el  tote- 
nismo  en  el  fondo  de  todos  estos  usos  supersticiosos,  esto  no  es  ni  más 


92 


LA  IDEA  DE  IMPUREZA  EN  ISRAEL 


ni  menos  que  nuestra  repugnancia  actual  para  comer  carne  de  caballo, 
o  sea,  un  resabio  de  épocas  antiquísimas  (§  67). 

3276.  Igualmente  el  profesor  de  la  Facultad  de  Teología  de  la 
Universidad  de  Ginebra,  Dr.  Franz  J.  Leenhardt,  manifiesta  que  en 
esta  división  de  animales  en  puros  e  impuros,  "no  se  puede  rechazar 
absolutamente  toda  influencia  de  las  ideas  totémicas;  pero  son  tan  ra- 
ros los  vestigios  de  ellas,  que  es  increíble  que  justifiquen  tantos  casos 
de  impureza".  El  mismo  escritor  supone  que  en  Israel  "la  idea  de  im- 
pureza, de  la  que  no  se  retenía  más  que  el  tabú,  fue  utilizada  en  el 
curso  de  los  siglos  para  apartar  lo  que  se  consideraba  incompatible  con 
el  interés  general  o  con  el  culto  de  Yahvé.  Es  así  que  la  impureza,  tal 
como  de  ella  habla  el  A.  T.,  puede  tener  por  causa  la  repulsión  instin- 
tiva del  hombre  por  ciertos  objetos,  o  su  deseo  de  preservar  la  socie- 
dad civil  de  ciertos  males,  o  también  el  cuidado  de  las  autoridades  re- 
ligiosas de  salvaguardar  la  santidad  cultual  del  pueblo . .  .  No  es  im- 
posible que  ciertas  aves  de  rapiña  hayan  sido  colocadas  entre  los  ani- 
males impuros,  porque  se  alimentaban  de  cadáveres,  y  comían  así  mu- 
cha sangre.  Otros  animales  han  podido  parecer  impuros,  porque  sus 
cualidades  comestibles  eran  tan  mediocres  que  no  debían  servir  más 
para  los  sacrificios  ofrecidos  a  Dios  que  para  el  consumo  corriente. 
Utros  fueron  considerados  como  impuros,  porque  se  parecían  a  ani- 
males particularmente  detestados,  que  los  judíos  abominaban;  así,  p. 
ej.,  los  pescados  sin  escamas  ni  aletas  (Deut.  14,  10,  como  las  angui- 
las), explícitamente  distinguidos  de  los  otros  a  causa  de  su  semejanza 
con  "lo  que  se  arrastra  sobre  el  vientre".  Lev.  11,  9-12.  {Dict.  Encyc. 
II,  p.  520).  —  Reinach,  que  era  de  origen  judío,  atacado  en  una  re- 
vista israelita  por  su  citado  ensayo  sobre  "Las  prohibiciones  alimen- 
ticias y  la  ley  mosaica ',  contestó  en  la  misma  publicación  que,  a  su 
juicio,  tanto  "esas  interdicciones  como  la  interdicción  sabática,  nada 
tienen  de  común  con  la  moral,  ni  con  la  higiene,  sino  que  en  su  origen 
son  simples  supersticiones,  análogas  a  la  del  campesino  ruso  que  no 
quiere  comer  pichón,  porque  el  Espíritu  Santo  ha  habitado  en  el  cuer- 
po de  una  paloma;  y  a  la  del  mundano  supersticioso,  aunque  a  menu- 
do incrédulo,  que  rehusa  ponerse  en  viaje  o  emprender  un  negocio  el 
viernes  y  el  13  del  mes".  \  como  se  le  acusaba  de  que  con  sus  artículos 
científicos  "quitaba  al  pobre  el  pan  del  alma",  replicó  Reinach:  "Con 
este  argumento  sentimental,  jamás  hubiera  sido  posible  ningima  re- 
forma religiosa,  y  no  veo  con  qué  cara  los  que  lo  alegan,  pueden  en 
seguida  reprochar  a  los  triteistas'"  el  culto  de  San  Antonio  de  Padua, 
el  de  Nuestra  Señora  de  Lourdes  y  mil  otras  prácticas  que  se  pueden 
siempre  calificar  de  "pan  del  alma",  si  no  se  entiende  bien  que  el  úni- 
co alimento  conveniente  al  alma  es  la  verdad,  hija  de  la  razón"  {Cui- 
tes, II,  ps.  16,  17). 


RITOS  FUNEBRES  PROHIBIDOS 


93 


RITOS  FUNEBRES  PROHIBIDOS.  —  3277.  Deut.  14,  1  Hijos  sois 
de  Yahvé  vuestro  dios;  no  os  haréis  incisiones  o  cortaduras  en  la  car- 
ne, ni  os  rasuraréis  entre  los  ojos  {ni  os  haréis  tonsura  en  la  frente  — 
L.  B.  d.  C.)  por  un  muerto.  2  Porque  eres  un  pueblo  consagrado  a 
Yahvé  tu  dios:  te  ha  escogido  Yahvé  tu  dios  para  que  seas  un  pueblo 
de  su  exclusiva  pertenencia,  entre  todos  aquellos  que  existen  en  la 
Tierra.  Este  v.  2  es  una  copia  exacta  de  Deut.  7,  6  con  el  que  se  ha 
querido  motivar  la  prohibición  del  v.  1.  "En  los  más  bajos  peldaños 
de  la  humanidad,  escribe  Loisy,  las  manifestaciones  de  dolor  ocupan 
grandísimo  lugar,  que  han  conservado  a  través  de  las  edades.  Parece 
que  desde  el  principio  no  fueron  simple  expresión  de  sentimientos  rea- 
les, sino  principalmente  una  manera  de  aplacar  al  muerto,  de  hacerle 
comprender  que  los  suyos  no  eran  culpables  de  su  desgracia,  la  que 
sentían  tan  vivamente  como  él.  Los  hombres  incultos  no  tienen  la  idea 
de  muerte  natural:  al  hombre  que  no  es  muerto  visiblemente,  se  le 
considera  herido  por  el  artificio  invisible  de  una  potencia  demoníaca 
o  de  un  enemigo,  de  donde  resultaba  a  veces  la  costumbre  de  vengar 
al  difunto.  Por  otra  parte,  los  ritos  fúnebres  son  también  precauciones 
tomadas  contra  el  muerto  mismo,  para  retenerlo  y  fijarlo  apartado  de 
los  vivos.  La  manera  de  proceder  con  el  cadáver,  cualquiera  que  sea 
el  modo  de  sepultura,  está  relacionada  con  esta  preocupación.  Aun  los 
dones  alimenticios  y  de  otra  clase  hechos  al  muerto,  no  están  inspirados 
solamente  por  un  propósito  caritativo.  En  los  pueblos  que  han  alcan- 
zado cierto  grado  de  cultura,  se  sigue  creyendo  que  el  alma  del  muerto 
está  perpetuamente  inquieta  e  irritada,  si  su  cadáver  no  ha  recibido  los 
honores  ordinarios  de  la  sepultura.  Con  el  tiempo  todo  ese  ceremonial 
toma  el  carácter  de  piadoso  deber  y  de  testimonio  de  afección  rendido 
al  difunto"  (La  Reí.  d'Isr.  ps.  55-56) . 

3277  bis.  En  las  modernas  sociedades  civilizadas  es  corriente  y 
natural  que  la  muerte  de  seres  queridos  provoque  en  sus  deudos  inten- 
sas manifestaciones  de  dolor,  que  se  suelen  exteriorizar  comúnmente 
por  lágrimas,  sollozos,  lamentaciones  y  hasta  a  veces  por  mesarse  los 
cabellos.  Recordamos  el  caso  extremo  de  un  antiguo  condiscípulo  nues- 
tro, que  luego  de  haber  obtenido  una  carrera  liberal  y  de  haberse  ca- 
sado, falleció  poco  después  su  esposa,  y  entonces,  presa  de  la  mayor 
desesperación,  se  suicidó  mientras  aquélla  era  velada.  Pero  fuera  de 
estas  explosiones  inauditas  de  desconsuelo,  y  de  aquellas  muestras  es- 
pontáneas de  acerbo  dolor  que  provoca  la  muerte,  han  existido  en  an- 
tiguos pueblos  y  aún  existen  en  poblaciones  incivilizadas*,  extraños 
ritos  de  duelo,  que  originaban  y  originan  prácticas  crueles  e  inhuma- 
nas. Entre  éstas  las  mas  usuales  consistían  en  arañarse,  desgarrándose 
la  carne  o  hacerse  incisiones,  cortes  o  sajaduras  en  diversas  partes  del 
cuerpo;  actos  que  algunas  tribus  de  indios  norteamericanos  realizan 
todavía,  porque  creen  materializando  el  dolor  que  es  esa  la  única  ma- 


94 


RITOS  HABITUALES  DE  DUELO 


ñera  de  darle  salida,  por  donde  se  escape  (nuestra  Introducción, 
§  125) .  Una  larga  lista  de  pueblos  y  tribus  que  practicaban  tan  bár- 
baros ritos,  puede  leerse  en  la  obra  de  Frazer,  "El  folklore  en  el  An- 
tiguo Testamento",  en  su  capítulo  titulado:  "El  duelo  ensangrentado". 
Entre  esos  pueblos  se  contaban  los  antiguos  semitas,  como  los  árabes 
y  judíos  (§  101).  Las  mujeres  árabes,  en  señal  de  duelo,  se  rompían 
los  vestidos  y  se  desgarraban  el  rostro  y  los  senos  con  las  uñas,  se 
golpeaban  con  sus  zapatos  y  se  cortaban  los  cabellos,  usos  perpetuados 
hasta  hoy  en  los  árabes  de  Moab.  Al  producirse  el  fallecimiento  de  una 
persona  israelita  se  hallaba  en  primer  término,  entre  los  gestos  de  do- 
lor de  sus  parientes,  el  rasgarse  la  ropa,  y  luego  solían  despojarse  de 
ella  y  ceñirse  el  saco  ( §  1914) ,  empleándose  también  otras  formas  de 
expresión  de  intenso  sufrimiento  por  la  pérdida  sufrida,  tales  como: 
arrancarse  el  turbante,  quitarse  los  zapatos,  raerse  la  barba  y  los  ca- 
bellos, echarse  polvo  o  ceniza  en  la  cabeza,  sentarse  en  tierra  o  en 
ceniza  (Gén.  37,  34;  II  Sam.  1,  11-12;  Job.  1,  20;  Lam.  2,  10;  Jon. 
3,  6;  Am.  8,  10),  nrorrumpir  en  lúgubres  alaridos  y  hacerse  incisiones 
que  ocasionaran  efusión  de  sangre,  prácticas  éstas  usadas  también  en 
caso  de  grandes  calamidades  públicas  (Jer.  47,  5:  Miq.  1,  8;  §  3147, 
3149).  Durante  todo  el  tiempo  del  duelo,  que  parece  haber  sido  de  una 
semana  (Gén.  50,  10;  I  Sam.  31,  13),  y  que  se  extendía  a  veces  hasta 
30  días,  — a  lo  menos  por  la  muerte  de  grandes  personajes  (Núm.  20, 
29;  Deut.  34,  8) — ,  era  costumbre  no  lavarse,  ni  ungirse  con  ungüen- 
tos (Dan  10,  3)  y  ayunar  por  uno  o  más  días  (I  Sam.  31,  13;  II  Sam. 
1,  12).  Cuando  la  muerte  repentina  de  la  esposa  de  Ezequiel,  Yahvé 
le  manda  a  éste  que  no  practique  los  habituales  ritos  de  duelo,  que  enu- 
mera como  sigue:  "24,  17  No  celebres  el  duelo  de  los  muertos:  con- 
serva el  turbante  en  la  cabeza,  ponte  en  los  pies  tus  sandalias;  no  le 
cubras  la  barba  (o  los  labios,  pues  taparse  la  boca  o  la  nariz  era  un 
medio  para  preservarse  contra  las  influencias  maléficas  provenientes 
del  cadáver),  y  no  comas  el  pan  de  los  afligidos  (alimentos  que  solían 
enviar  los  amigos  a  la  familia  doliente,  Jer.  16,  7) . 

3278.  Es  digno  de  notarse  que  los  profetas  del  siglo  VIII  men- 
cionan como  principales  ritos  de  duelo  por  desgracias  nacionales,  el 
ceñirse  el  saco  y  el  raerse  la  cabeza.  Así  Amós,  hablando  de  los  cas- 
tigos que  infligirá  Yahvé  a  Israel,  dice: 

8,  10  Convertiré  vuestras  fiestas  en  duelo, 

Y  todos  vuestros  cantos  en  endechas. 

Pondré  cilicio  (o  saco)  sobre  todos  los  ríñones, 

Y  volveré  calvas  todas  las  cabezas 

(o  Y  tonsura  en  todas  las  cabezas)  §  2816,  2809. 


SAJADURAS  EN  SEÑAL  DE  DUELO 


95 


Isaías  exclama: 

22,  12  Mientras  que  el  Señor  Yahvé  Sebaoth  os  llamaba  en  aquel 

[día, 

A  llorar  y  a  prorrumpir  en  lamentaciones  de  duelo, 
A  raeros  la  cabeza  y  a  ceñiros  el  saco ...  §  2926. 

Y  en  Miqueas,  presagiando  las  calamidades  que  vendrán  sobre  Judá, 
leemos: 

1,  16  Hazle  una  tonsura,  (o  córtate  los  cabellos),  ráete, 
A  causa  de  los  hijos  de  tus  delicias. 
Quédate  tan  calvo  como  el  buitre 

Porque  te  han  abandonado  para  ir  al  destierro  (§  3150, 

[3154). 

En  cambio,  en  el  libro  de  Jeremías,  además  de  los  dos  ritos  fúnebres 
citados:  ceñirse  el  saco  y  raerse  el  cabello,  se  agrega  el  de  las  sajadu- 
ras o  incisiones.  Por  ejemplo,  en  16,  6  el  profeta,  pronosticando  la 
próxima  desolación  de  Judá,  escribe: 

Grandes  y  pequeños  morirán  en  esta  tierra; 
No  serán  sepultados,  ni  se  los  lamentará. 
Ni  por  ellos  se  harán  sajaduras. 
Ni  se  cortará  el  cabello  en  señal  de  duelo. 

Léese  igualmente  en  Jer.  41,  4-5:  "Al  otro  día  del  asesinato  de  Gue- 
dalías,  cuando  aun  nadie  lo  sabía,  llegaron  80  hombres  de  Siquem,  de 
Silo  y  de  Samaría,  con  la  barba  raída,  rasgados  los  vestidos,  que  tenían 
sajadas  las  carnes  (o  con  incisiones  en  el  cuerpo  —  V.  S.),  los  cuales 
traían  ofrendas  e  incienso  que  destinaban  a  la  casa  de  Yahvé.  Se  tra- 
taba de  peregrinos,  con  las  acostumbradas  señales  de  duelo,  para  de- 
mostrar el  dolor  que  los  embargaba  por  las  desgracias  que  habían  so- 
brevenido a  Judá  y  a  Jerusalén.  Según  los  caps.  47  y  48  de  Jeremías, 
las  sajaduras  eran  también  practicadas  por  los  filisteos  y  los  moabitas, 
pueblos  vecinos  de  Judá.  Así  en  la  profecía  en  que  se  anuncia  a  los 
primeros  que  serán  aniquilados  por  un  invasor  irresistible,  se  dice  (en 
versión  de  L.  B.  d.  C.)  : 

47,  5  Gaza  se  hace  una  tonsura 

(o  Gaza  ha  quedado  calva) ; 
Ascalón  es  destruida; 
Sobreviviente  de  los  Anakim, 

¿Hasta  cuándo  te  harás  incisiones  (o  te  sajarás)  ?  (§  3596) 

48,  36-37 . . .  Lo  que  Moab  ha  podido  salvar,  se  reduce  a  la  nada.  Por- 
que todas  las  cabezas  llevan  una  tonsura  (o  están  raídas  o  afeitadas) ; 


96 


SAJADURAS  EN  SEÑAL  DE  DUELO 


toda  barba  está  corlada;  en  todas  las  manos  hay  sajaduras,  y  todos  los 
lomos  están  ceñidos  de  saco  (§  3007). 

3279.  Tenemos,  pues,  que  los  profetas  del  siglo  VIII  no  mencio- 
nan las  sajaduras  entre  los  ritos  de  duelo,  y  en  cambio  ellas  figuran  en 
el  libro  de  Jeremías,  en  pasajes  propios  suyos,  o  más  tarde,  agregados 
por  algún  redactor  posterior.  ¿Cómo  explicar  este  hecho?  Se  trata  de 
un  rito  netamente  religioso,  como  asi  lo  califica  el  jesuíta  A.  Condamin 
en  Le  livre  de  Jérémie  (nota  a  16,  6) ,  que  era  usado  por  los  pueblos  ve- 
cinos de  Israel.  Cuando  en  la  primera  mitad  del  siglo  IX,  el  rey  Acab 
se  casó  con  Jezabel,  hija  del  rey  de  Tiro,  aparecen  en  la  corte  450  pro- 
fetas de  Baal  y  400  de  Astarté  (I  Rey.  18,  19;  §  1955,  1983),  quienes 
para  obtener  la  ayuda  de  su  dios,  no  sólo  lo  invocaban  saltando  junto 
al  altar,  sino  que  además  "sajábanse,  según  su  costumbre,  con  cuchi- 
llos y  lancetas,  hasta  chorrear  sangre"  (Ib.  v.  28).  Esta  práctica  se 
introdujo  más  tarde  en  Judá,  donde  parece  que  floreció  en  el  siglo  VII, 
ya  para  reforzar  la  invocación  a  Yahvé,  en  momentos  de  calamidad 
nacional,  ya  en  el  caso  de  duelo  por  muerte  de  seres  queridos,  "como 
medio  de  atraer  sobre  sí  la  atención  del  espíritu  del  difunto"  (Bert- 
HOLET,  p.  150).  Nótese  que  los  peregrinos  mencionados  en  Jer.  41, 
4-5,  venían  a  Jerusalén  de  localidades  del  antiguo  reino  del  Norte,  en 
el  que  habían  persistido  esas  prácticas  inhumanas.  Según  hemos  dicho 
en  §  93,  en  el  período  nómade  de  Israel,  para  aceptar  un  extraño  en 
el  clan  o  michpakha,  se  recurría  a  la  ceremonia  de  la  alianza  por  la 
sangre,  que  consistía  en  que  los  contratantes  se  hacían  sajaduras  y 
bebían  recíprocamente  la  sangre  que  de  ellas  manaba;  de  aquí  la  ex- 
presión bíblica  frecuente:  "cortar  una  alianza".  Pero  fuera  del  citado 
caso,  en  época  de  Acab,  de  los  profetas  de  Baal,  no  volvemos  a  encon- 
trar mención  de  sajaduras  hasta  la  segunda  mitad  del  siglo  VII,  en  el 
libro  de  Jeremías,  y  cuando  se  habla  de  ellas  es  como  rito  expresivo 
de  dolor.  ¿A  qué  respondía  dicho  rito  fúnebre  o  revelador  de  intenso 
sufrimiento?  Acabamos  de  exponer  la  opinión  de  Bertholet,  para  quien 
sería  ése  un  medio  de  atraer  sobre  sí  la  atención  del  difunto,  mientras 
para  L.  B.  d.  C.  "este  uso  tenía  primitivamente  por  fin  establecer  co- 
munión por  la  sangre  con  el  muerto,  o  según  otros,  sería  el  de  forti- 
ficar al  muerto  por  medio  de  la  sangre  del  sobreviviente"  (nota  a  Lev. 
19,  28).  La  primera  de  esas  explicaciones  es  la  de  Robertson  Smith,  en 
su  "Religión  de  los  semitas",  quien  sugería  que  la  intención  de  la 
ofrenda  de  sangre  era  crear  un  pacto  entre  los  vivos  y  los  muertos  y 
confirmar  o  establecer  así  relaciones  amistosas  con  las  potencias  espi- 
rituales. Frazer  rechaza  esta  hipótesis  considerándola  insuficientemente 
probada  por  los  hechos  de  que  disponemos;  pero  admite  la  segunda 
citada,  basándose  en  las  costumbres  de  las  tribus  australianas,  dicien- 
do: si  estos  salvajes  dan  su  sangre  para  nutrir  a  los  débiles  y  a  los 
enfermos  entre  sus  amigos  vivos,  ¿por  qué  no  la  darían  con  la  misma 


RAERSE  LOS  CABELLOS 


97 


finalidad  a  sus  amigos  muertos?  Y  recuerda  que  según  el  mismo  prin- 
cipio, Ulises,  al  llegar  entre  los  muertos  al  lejano  y  sombrio  país  de 
los  Cimerios  o  Kimerios,  sacrificó  una  oveja  y  un  carnero,  e  hizo  co- 
rrer la  sangre  de  estas  víctimas  en  una  fosa  que  había  hecho,  en  la  que 
efectuó  libaciones;  y  las  débiles  almas  se  estrecharon  ávidamente  a  su 
alrededor  para  beber  la  sangre,  y  así  tuvieron  fuerza  para  hablarle 
(Ob.  cit.  ps.  341-342;  Homero,  La  Odisea,  t^  I,  rapsodia  11). 

3280.  Junto  con  el  rito  de  las  sajaduras  estaba  el  de  raerse  los 
cabellos.  ¿A  qué  se  debía  esta  otra  práctica  del  ritual  fúnebre?  Frazer, 
recordando  que  ciertos  pueblos  asociaban  los  cabellos  a  la  idea  de 
fuerza  (caso  de  Sansón,  p.  ej.),  opina  que  los  mismos  pudieron  haber 
imaginado  que  al  cortarse  el  pelo  y  ofrecérselo  al  muerto,  se  le  daba  a 
éste  una  fuente  de  energía  tan  grande  y  cierta  como  cuando  se  le  daba 
a  beber  sangre.  Bertholet  (p.  150)  cree  también  que  ese  rito  era  un 
vestigio  de  la  ofrenda  de  los  cabellos  en  el  culto  de  los  muertos.  Pero 
nótese  que  en  los  textos  que  hemos  transcrito  y  en  todos  aquellos  en 
que  se  mencionan  unidos  los  dos  ritos  fúnebres  de  la  referencia,  no 
se  dice  que  los  cabellos  cortados  fuesen  ofrecidos  al  difunto,  como,  p. 
ej.,  así  se  narra  en  la  rapsodia  23  de  la  Ilíada,  que  lo  hizo  Aquilas  en 
honor  de  su  amigo  muerto  Patroclo,  pues  se  cortó  su  rubia  cabellera 
y  la  puso  entre  las  manos  de  éste;  igualmente,  los  que  conducían  a 
Patroclo  a  la  pira,  "cubrían  su  cadáver  con  los  cabellos  que  se  arran- 
caban". En  el  Dict.  Encyc.  se  expresa  que  "las  ofrendas  de  cabellos 
fueron  bastante  frecuentes  en  la  antigüedad,  a  causa  de  la  idea  que 
cierta  parte  de  la  vida  del  hombre  residía  en  su  cabellera.  La  sangre 
era  objeto  de  la  misma  concepción;  pero  las  ofrendas  sangrientas  no 
pudieron  mantenerse  con  el  desarrollo  de  la  civilización;  mientras  que 
las  ofrendas  de  cabellos  no  tenían  nada  de  bárbaro,  por  lo  cual  se  han 
mantenido  a  través  de  los  siglos,  y  hasta  han  entrado  en  algunos  ri- 
tuales cristianos,  como  ser  la  tonsura  de  los  sacerdotes  y  de  las  mon- 
jas" (I,  p.  189).  Los  cabellos  o  bien  eran  considerados  como  sede  de 
influencias  espirituales  buenas  (como  los  de  Sansón),  o  bien,  de  ma- 
léficas, por  lo  que  el  levita,  según  las  partes  más  recientes  del  ciclo 
sacerdotal,  debía  raerse  totalmente  antes  de  consagrarse  a  Yahvé  (Núm. 
8,  7).  Refiriéndose  a  los  nazareos  o  nazarenos,  dice  L.  B.  d.  C:  "De- 
bían dejarse  crecer  los  cabellos,  porque  éstos  eran  mirados  como  uno 
de  los  asientos  del  alma  o  del  espíritu  divino  en  el  poseído  del  mismo: 
cortarse  los  cabellos  hubiese  sido  alejar  el  espíritu.  Cuando  la  consa- 
gración era  sólo  temporal  se  quemaban  los  cabellos  al  fin  del  voto 
(Núm.  6,  18),  para  evitar  toda  profanación  y  no  en  lugar  de  ofrenda, 
como  se  dice  a  menudo".  Disentimos  con  esto  último,  que  hemos  subra- 
yado, porque  los  vs.  18  y  21  son  bien  explícitos  de  que  efectivamente 
se  trataba  de  una  ofrenda  u  oblación,  pues  dicen:  18  Entonces  el  na- 
zareo raerá  su  cabeza  consagrada,  a  la  entrada  del  Tabernáculo  de 


98 


ORIGEN  DE  LOS  RITOS  FUNEBRES 


Reunión  (o  Tienda  de  Asignación),  y  tomando  la  cabellera  de  su  ca- 
beza consagrada,  la  pondrá  sobre  el  fuego  que  está  debajo  del  sacri- 
ficio de  paz  {o  de  acción  de  gracias)  . . .  21  Esta  es  la  ley  concerniente 
al  que  ha  hecho  voto  de  nazareo,  y  ésta  es  la  ofrenda  que  debe  hacer 
a  Yahvé  con  motivo  de  su  nazareato* ,  sin  contar  lo  que  él  pueda  aún 
ofrecer  voluntariamente.  Obrará  conforme  al  voto  que  haya  pronun- 
ciado, según  la  ley  de  su  nazareato.  —  Frazer  concluye  su  aludido  ca- 
pítulo "El  duelo  ensangrentado",  diciendo:  "Esta  investigación  tiende 
a  confirmar  la  opinión  de  que  las  prácticas  corrientes  que  consisten  en 
sajar  los  cuerpos  y  cortar  los  cabellos  de  los  vivos,  estaban  originaria- 
mente destinadas  a  complacer  a  los  muertos  o  a  ayudarlos  en  alguna 
manera.  En  consecuencia,  dondequiera  hayan  reinado  estas  costumbres, 
puede  inferirse  de  ellas  que  los  pueblos  que  las  han  observado,  creían 
en  la  supervivencia  del  alma  humana,  y  deseaban  mantener  con  ella 
relaciones  amistosas;  o  dicho  en  otros  términos,  la  observancia  de  es- 
tos usos  implica  propiciación  o  culto  de  los  muertos"  (p.  343). 

3281.  Vistas  todas  estas  explicaciones  de  prácticas  tan  extrava- 
gantes o  irracionales,  podemos  concluir  que  tienen  orígenes  muy  diver- 
sos: así  unas  procederían  del  culto  de  los  muertos,  según,  con  carác- 
ter general,  expresa  Loisy:  "Los  ritos  fúnebres  son  originariamente  un 
tratamiento  mágico  de  los  muertos"  {La  Reí.  d'Isr.  p.  109)  ;  otras,  co- 
mo manifiesta  Bertholet  (p.  215)  "han  podido  provenir  del  deseo  de 
preservarse  de  tabúes;  otras  tienen  aparentemente  por  fin  no  ser  cono- 
cido por  el  temible  espíritu  del  difunto";  y  finalmente  algunas,  como 
la  rotura  o  el  desgarro  de  los  vestidos  luego  de  producirse  una  muerte, 
"quizá  sirviesen  primitivamente  para  indicar  que,  contaminados  por  el 
espíritu  del  difunto,  eran  en  adelante  inutilizables"  (L.  B.  d.  C.  en  nota 
a  Jer.  41,  5) .  Sea  cual  fuere  el  origen  de  tales  ritos,  pronto  entraron  en 
la  corriente  de  las  costumbres,  y  después  se  continuaron  empleando  o 
repitiendo  maquinalmente,  tan  sólo  porque  todos  sus  convecinos  o  com- 
patriotas los  hacían.  Pues  bien,  contra  dos  de  esos  ritos  consuetudina- 
rios: las  sajaduras  y  el  corte  parcial  de  los  cabellos,  se  pronunció  en 
el  siglo  VII  el  legislador  deuteronómico,  y  en  el  V,  el  escritor  sacer- 
dotal (Lev.  19,  27-28),  quizá  por  considerarlos  de  procedencia  extran- 
jera, o  porque  no  se  armonizaban  con  la  religión  de  Yahvé,  dada  su 
relación  con  el  culto  de  los  muertos,  o  para  distinguirse  de  los  pueblos 
vecinos  donde  era  de  uso  inveterado,  distinción  expresamente  buscada 
por  el  deuteronomista,  quien  a  continuación  reprodujo  al  pie  de  la  letra 
la  explicación  formulada  en  7,  6.  Nótese  que  en  Deut.  14,  1  se  prohibe 
el  rasurarse  entre  los  ojos,  o  hacerse  tonsura  en  la  frente  (como  tra- 
duce L.  B.  d.  C.)  por  un  muerto,  prohibición  que,  según  se  ve,  se  limi- 
taba al  corte  de  los  cabellos  que  caían  en  medio  de  la  frente,  práctica 
ésta  probablemente  usada  en  otras  naciones  con  las  que  estaban  en 
contacto  los  de  Judá. 


COSTUMBRES  RELIGIOSAS  FORANEAS 


99 


PROHIBICION  DE  IMITAR  COSTUMBRES  RELIGIOSAS  DE  OTROS 
PUEBLOS.  —  3282.  Deut.  12,  29  Cuando  Yahvé  tu  dios  hubiere  exter- 
minado delante  de  ti  las  naciones  cuyo  territorio  vas  a  invadir  para 
desposeerlas;  cuando  las  hubieres  desposeído  y  habitares  en  su  tierra, 
30  ten  cuidado  que  no  caigas  en  un  lazo:  no  las  imites  después  que 
hayan  sido  destruidas  delante  de  ti.  No  trates  de  informarte  de  sus  dio- 
ses, diciendo:  "¿Cómo  servían  esas  naciones  a  sus  dioses,  para  que  yo  a 
mi  vez  haga  lo  mismo?"  31  Tú  no  seguirás  los  mismos  usos  en  el  culto 
de  Yahvé  tu  dios,  porgue  han  hecho  para  servir  a  sus  dioses,  todo  lo 
que  Yahvé  aborrece,  todo  lo  que  él  detesta,  pues  en  honor  de  éstos  hasta 
queman  a  sus  hijos  y  a  sus  hijas.  32  Cuida  de  poner  en  práctica  todo 
lo  que  te  prescribo,  sin  añadirle  ni  quitarle  nada.  —  Estos  mandatos 
responden  en  primer  término,  al  propósito  de  combatir  la  creencia  de 
que  el  israelita  estaba  obligado  a  rendir  culto  a  los  dioses  de  los  otros 
países  en  los  cuales  tuviera  que  habitar,  para  propiciárselos.  "Los  pue- 
blos de  la  antigüedad,  anota  Reuss,  creían  que  cada  país,  y  aún  cada 
localidad,  tenía  su  divinidad  particular;  y  el  habitante  recientemente 
llegado  no  podía,  pues,  en  la  opinión  de  ellos,  eximirse  de  reconocerlos 
a  su  vez,  a  menos  de  exponerse  a  su  cólera"  (§  616,  959;  I  Sam.  26, 
19;  Rut.  1,  15-16;  II  Rey.  17,  24-28).  De  ahí  la  prescripción  del  trans- 
crito  V.  30,  ampliada  en  4,  19;  16,  27-17,  7;  véase  %  3218.  En  cuanto 
al  V.  31,  recalca  principalmente  sobre  la  bárbara  costumbre  de  hacer 
pasar  por  el  fuego,  o  sea,  quemar,  a  criaturas  en  honor  de  la  divinidad. 
Sobre  esto,  véase  lo  dicho  en  el  parágrafo  de  los  sacrificios  humanos 
(t°  VII,  cap.  8)  y  especialmente  en  §  2714.  El  precepto  del  v.  32,  re- 
producción del  de  4,  2,  será  motivo  de  comentario,  más  adelante, 

EL  DIEZMO.  —  3283.  Deut.  14,  22.  No  dejarás  de  dar  el  diezmo 
de  todo  el  producto  de  tus  semillas,  de  lo  que  rinda  tu  campo,  año  por 
año,  23  y  en  presencia  de  Yahvé  tu  dios,  en  el  lugar  que  él  hubiere 
escogido  para  hacer  habitar  allí  su  nombre,  comerás  el  diezmo  de  tu 
trigo,  de  tu  vino  nuevo  y  de  tu  aceite,  así  como  los  primerizos  de  tu 
ganado  vacuno  y  lanar,  a  fin  de  que  aprendas  a  temer  siempre  a  Yahvé 
tu  dios.  24  Pero  si  el  camino  fuere  demasiado  largo  para  ti,  y  no  pu- 
dieres transportar  tu  diezmo  por  estar  demasiado  lejos  de  ti  el  lugar 
que  hubiere  escogido  Yahvé  tu  dios  para  hacer  habitar  en  él  su  nom- 
bre, y  si  Yahvé  tu  dios  te  hubiese  bendecido  (acordándote  cosechas  muy 
abundantes) ,  25  lo  convertirás  en  dinero,  que  llevarás  en  tu  mano,  e 
irás  al  lugar  escogido  por  Yahvé  tu  dios;  26  y  comprarás  con  ese  di- 
nero todo  lo  que  bien  te  pareciere:  vacas  y  ovejas,  vino,  bebida  embria- 
gante (o  licores  fuertes  —  L.  B.  R.  F.),  y  todo  lo  que  deseares;  y  ce- 
lebrarás tu  comida  (o  los  comerás)  allí,  en  presencia  de  Yahvé  tu  dios, 
y  te  regocijarás  tú  y  tu  familia  (o  harás  banquete  tú  y  tu  casa  —  La 
Vulgata).  27  No  olvidarás  al  levita  que  está  dentro  de  tus  puertas  (o 


100 


EL  DIEZMO 


en  residencia  en  tu  ciudad),  porque  no  ha  recibido  como  tú,  parte  ni 
patrimonio.  28  Al  cabo  de  tres  años,  pondrás  aparte  todo  el  diezmo  de 
tus  cosechas  de  ese  año,  y  lo  depositarás  en  tu  ciudad  (o  dentro  de  tus 
puertas),  29  para  que  el  levita  — que  no  ha  recibido  como  tú,  parte  ni 
patrimonio — ,  el  extranjero  residente  (el  ger) ,  el  huérfano  y  la  viuda 
que  están  establecidos  en  tus  ciudades  (o  que  habitan  dentro  de  tus 
puertas)  vengan  a  comer  y  se  sacien,  y  que  te  bendiga  Yahvé  tu  dios 
en  todos  los  trabajos  que  tu  mano  emprenda. 

Deut.  26,  12  Cuando  en  el  año  tercero,  el  año  del  diezmo,  hubie- 
res completado  el  diezmo  de  todas  tus  cosechas,  y  que  lo  hayas  dado 
al  levita,  al  extranjero  residente,  al  huérfano  y  a  ta  viuda,  para  que  en 
tu  ciudad  (o  dentro  de  tus  puertas)  coman  y  se  sacien,  13  entonces  de- 
clararás en  presencia  de  Yahvé  tu  dios:  "He  sacado  de  mi  casa  lo  que 
estaba  consagrado  (es  decir,  los  frutos  que  constituían  el  diezmo),  y 
lo  he  dado  al  levita,  al  extranjero  residente,  al  huérfano  y  a  la  viuda, 
conforme  a  todo  lo  que  me  has  mandado:  no  he  transgredido,  ni  olvi- 
dado tus  órdenes.  14  No  he  comido  de  estas  cosas  durante  mi  duelo  (o 
en  mi  luto) ;  nada  de  ellas  he  sacado  de  mi  casa,  mientras  me  hallaba 
en  estado  de  impureza  (o  no  las  he  tocado  cuando  estaba  contaminado 

—  V.  S.),  ni  nada  de  ellas  he  dado  a  un  muerto  (o  para  usos  funera- 
les —  V.  M.)-  fíe  obedecido  la  voz  de  Yahvé  mi  dios,  he  cumplido  en- 
teramente con  sus  órdenes  (o  todo  lo  he  hecho  como  me  lo  mandaste 

—  La  Vulgata).  15  Mira  desde  tu  santa  morada,  de  lo  alto  de  los  cie- 
los, y  bendice  a  tu  pueblo  Israel,  y  a  la  tierra  que  nos  has  dado,  como 
lo  juraste  a  nuestros  padres,  a  la  tierra  que  mana  leche  y  miel". 

3284.  Primeramente,  léase  sobre  el  diezmo,  lo  dicho  en  §  2334. 
Examinando  ahora  los  transcritos  preceptos,  se  ve  que  el  legislador  deu- 
teronómico  instituye  aquí  dos  clases  de  diezmos:  uno  anual  y  otro 
trienal.  El  primero  está  destinado  a  organizar  una  fiesta  familiar,  una 
comida  sagrada,  en  Jerusalén,  o  sea,  empleando  el  eufemismo  que  no 
se  cansa  de  repetir  el  autor  "en  el  lugar  que  hubiere  escogido  Yahvé 
para  hacer  habitar  allí  su  nombre"  (12,  11,17),  la  que  debía  efectuarse 
en  el  santuario,  esto  es,  "en  presencia  de  Yahvé  tu  dios".  En  esa  co- 
mida familiar,  en  la  que  podían  consumirse  bebidas  embriagantes, 
participaban  también  los  levitas,  en  su  carácter  de  pobres  de  solemni- 
dad, carentes  de  propiedad  territorial  ( §  287,  558-561 ) .  Ese  diezmo 
exclusivamente  agrícola,  o  sea,  de  los  productos  del  suelo,  debía  reali- 
zarse dos  años  seguidos,  llevando  en  peregrinación  esos  productos 
junto  con  los  primerizos  del  ganado  vacuno  y  ovino,  o  su  importe  en 
dinero,  al  Templo  de  Jerusalén,  donde  una  parte  era  ofrecida  al  dios 
nacional,  y  lo  restante,  comido  en  familia,  con  gran  regocijo.  Pero  el 
tercer  año,  época  del  diezmo  trienal,  los  israelitas  labradores,  debían 
llevar  el  diezmo  de  sus  cosechas  a  un  determinado  depósito  de  la  loca- 
lidad en  que  habitaban,  y  era  destinado  para  el  consumo  de  los  po- 


EL  DIEZMO 


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bres,  considerando  como  tales,  al  levita  (§  3229),  al  ger  (§  559)  pro- 
bablemente jornalero  de  otro  país,  al  huérfano  y  a  la  viuda,  forma  ésta 
estereotipada  de  designar  en  general  a  los  carentes  de  recursos,  lo  que 
siempre  no  era  exacto,  porque,  p.  ej.,  sabemos  de  viudas  ricas,  como 
Abigail,  con  la  que  se  casó  David  (I  Sam.  25,  2,  38-42;  §  949-950). 
Este  diezmo  trienal  era  una  institución  meramente  caritativa;  no  cons- 
tituía un  impuesto  que  hubiera  que  pagar  a  los  levitas  de  la  colecti- 
vidad; y  no  se  trata  de  un  festín  sagrado  en  el  Templo,  ni  de  sacrifi- 
cios, sino  tan  sólo  de  una  distribución  de  limosnas. 

3285.  Según  el  pasaje  26,  12-15,  complemento  de  lo  dispuesto  en 
14,  22-29,  el  diezmo  por  antonomasia,  era  el  trienal,  y  después  de  prac- 
ticado, el  israelita  debía  presentarse  en  el  Templo  de  Jerusalén  y  de- 
clarar delante  de  Yahvé,  que  allí  moraba,  que  había  cumplido  estricta- 
mente con  lo  mandado  en  14,  28-29,  agregando  que  él  no  había  dis- 
puesto de  nada  del  diezmo  en  tres  casos  relacionados  con  ritos  fúne- 
bres. Recuérdese  que  un  muerto  en  una  casa,  traía  como  consecuencia 
la  impureza  de  todos  sus  moradores,  y  mientras  se  hallaban  en  ese  es- 
tado, les  era  prohibido  tocar  las  cosas  consagradas  (Núm.  19,  14-22; 
nuestra  Introducción,  §  166) .  Al  efecto,  escribe  L.  B.  d.  C. :  "El  diez- 
mo es  sagrado  para  el  que  lo  debe,  no  teniendo  derecho  a  emplear  na- 
da de  él  para  su  uso  personal,  salvo  cuando  lo  consuma  ritualmente  en 
un  santuario,  y  mientras  lo  conserve  en  su  casa,  debe  preservarlo  de 
toda  contaminación,  siéndole  particularmente  prohibido  servirse  de  él 
durante  un  luto  o  duelo,  período  en  el  cual  es  impuro  (cf.  Os,  9,  4; 
§  2839).  Las  tres  infracciones  tenidas  en  vista  en  la  declaración  exigi- 
da al  fiel,  debían  ser  singularmente  frecuentes,  puesto  que  el  diezmo, 
separación  sagrada  destinada  a  asegurar  la  abundancia  de  las  cose- 
chas futuras  (v.  15),  tenía  que  ser  mirado  por  muchos  israelitas  como 
especialmente  apropiado  a  los  ritos  del  culto  rendido  a  los  muertos,  ha- 
bitantes del  mundo  subterráneo  y  señores  de  la  fecundidad  del  suelo 
(cf.  II  Sam.  21,  1-10;  §  1036-1048).  De  ahí  el  empleo  del  diezmo  pa- 
ra comidas  fúnebres  (primer  caso  tenido  en  vista;  §  3277),  para  dis- 
tribuciones a  los  pobres  que  a  menudo  las  acompañan  (que  es  quizá 
a  lo  que  alude  el  segundo),  y  en  fin,  para  las  ofrendas  de  alimentos  y 
de  bebidas  sobre  las  tumbas  (Tob.  4, 17;  Sir.  7, 33;  cf.  Gén.  35,  8, 14) ' . 
Esa  declaración  termina  con  la  plegaria  del  v.  15,  que  tiene  cierta  se- 
mejanza con  la  de  I  Rey.  8,  27-30  (§  1404). 

3286.  Pero  lo  curioso  del  caso,  y  que  constituye  un  grave  pro- 
blema para  la  ortodoxia  creyente  en  que  los  libros  del  Pentateuco  son 
obra  mosaica,  es  que  el  diezmo  establecido  por  el  código  sacerdotal  en 
Levítico  y  en  Números,  es  totalmente  distinto  del  legislado  en  el  Deu- 
teronomio.  Para  aquél  el  diezmo  es  un  impuesto  que  debe  pagarse  a 
los  levitas  en  recompensa  del  servicio  que  prestan  en  el  Tabernáculo, 
y  que  constituye  para  ellos  su  cosecha,  por  lo  cual  estaban  obligados 


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DIEZMOS  ECLESIASTICOS 


a  su  vez  a  abonar  el  diezmo  del  diezmo  a  los  sacerdotes,  o  sea,  a  la 
aristocracia  levítica  (Núm.  18,  21-32).  "Lo  mismo,  dice  Reuss,  que 
todo  israelita  descuenta  de  su  cosecha  lo  que  debe  dar  a  la  casta  le- 
vítica, de  igual  modo  los  levitas  deducirán  de  la  suya  una  cuota  parte 
análoga  en  provecho  de  la  casta  (superior)  sacerdotal,  de  la  familia 
de  Aarón".  Ese  diezmo  en  favor  de  los  levitas  no  era  sólo  agrícola,  sino 
que  comprendía  también  el  ganado  (Lev.  27,  32).  El  Levítico  admite 
que  se  pudiera  rescatar  una  parte  cualquiera  del  diezmo,  agregándole 
una  quinta  parte  más;  pero  según  Números  no  era  posible  efectuar  ese 
rescate.  Nótese  cómo,  con  el  transcurso  del  tiempo,  iban  aumentándose 
las  pretensiones  del  clero  judío. 

3287.  Esas  pretensiones  se  transmitieron  al  clero  católico,  que  se 
prevaleció  de  ellas  en  los  países  en  los  que  ejerció  absoluto  dominio. 
Así,  p.  ej.,  en  España  hasta  hace  un  siglo,  los  fieles  estaban  obligados 
a  pagar  el  impuesto  de  diezmos  y  primicias  para  la  manutención  de  los 
ministros  de  la  Iglesia.  "Los  diezmos  eclesiásticos,  dice  Escriche  (1784- 
1847),  en  su  Diccionario  de  Legislación  y  Jurisprudencia,  son  reales, 
personales,  o  mixtos.  Reales  o  prediales  son  los  que  se  perciben  de  los 
frutos  de  la  tierra,  como  p.  ej.,  del  trigo,  del  vino  y  del  aceite.  Perso- 
nales son  los  que  provienen  de  las  ganancias  o  adquisiciones  que  ha- 
cemos con  nuestra  industria,  como  p.  ej.,  de  la  caza,  de  las  manufacturas 
y  del  comercio;  pero  esta  especie  de  diezmo  no  está  ya  en  uso  (entién- 
dase: en  la  época  en  que  escribía  Escriche).  Mixtos  son  los  que  se  co- 
bran de  cosas  que  en  parte  provienen  de  nuestros  predios  y  en  parte  de 
nuestra  industria,  como  los  que  se  perciben  de  los  corderos,  de  la  lana, 
de  la  leche,  de  los  molinos  o  de  las  pesqueras,  &;  mas  estos  diezmos  se 
consideran  como  reales.  La  diferencia  que  hay  entre  los  diezmos  reales 
y  los  personales,  consiste  en  que  aquéllos  se  pagan  a  la  iglesia  del  dis- 
trito en  que  están  situados  los  predios  o  heredades,  y  éstos  a  la  iglesia 
en  que  se  reciben  los  Sacramentos:  los  primeros  se  pagan  sin  deducir 
los  gastos,  y  los  segundos  con  dicha  deducción.  También  se  dividen  los 
diezmos  en  antiguos  y  nuevos.  Diezmos  antiguos  son  los  que  se  pagan 
según  costumbre;  y  diezmos  nuevos  los  que  se  imponen  por  la  auto- 
ridad eclesiástica  sobre  algunas  cosas  que  antes  no  los  pagaban,  a  lo 
menos  en  la  misma  cuota.  En  caso  de  pedir  diezmos  el  eclesiástico  a 
los  que  no  los  pagaban  por  privilegio  o  costumbre,  ya  en  parte  o  ya 
en  el  todo,  se  acudía  por  los  interesados  al  supremo  Consejo.  .  .  sustan- 
ciándose este  juicio  como  otro  cualquiera  ordinario.  Después  pertene- 
ció al  supremo  Tribunal  de  Justicia  el  conocimiento  de  los  recursos  so- 
bre nuevos  diezmos;  sin  perjuicio  de  que  las  personas  a  quienes  se 
demanda  en  tales  diezmos  pudieran,  si  querían,  acudir  al  respectivo 
juez  de  1^  instancia  para  el  mero  hecho  de  que  se  las  .amparase  en  la 
posesión  de  no  pagarlos".  Por  esta  transcripción  se  ve  que  la  voraci- 
dad clerical  siempre  iba  en  aumento,  no  contentándose  con  los  diez- 


LAS  PRIMICIAS 


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mos  acostumbrados,  sino  creando  a  menudo  otros  nuevos,  los  que  le- 
vantaban protestas  y  suscitaban  litigios  incoados  por  los  que  tenían  que 
pagarlos.  Finalmente  por  ley  de  agosto  31  de  1841,  quedó  definitiva- 
mente suprimida  en  España  toda  clase  y  cuota  de  diezmos  y  primicias. 

LAS  PRIMICIAS.  —  3288.  Deut.  26,  1  Cuando  hubieres  entrado 
en  el  país  que  Yahvé  tu  dios  te  va  a  dar  en  herencia,  cuando  lo  pose- 
yeres Y  lo  habitares,  2  tomarás  una  parte  de  los  mejores  frutos,  de  to- 
dos los  productos  del  suelo  que  hubieres  cosechado  en  el  país  que  Yahvé 
tu  dios  te  haya  dado,  y  la  pondrás  en  una  canasta  e  irás  al  lugar  que 
escof!;iere  Yahvé  tu  dios  para  hacer  habitar  allí  su  nombre.  3  Te  pre- 
sentarás al  sacerdote  de  servicio  en  ese  momento,  y  le  dirás: '"Reconoz- 
co hoy  ante  Yahvé  tu  dios,  que  he  entrado  en  el  país  que  él  había  ju- 
rado a  nuestros  padres  que  nos  daría".  4  Entonces  el  sacerdote  recibirá 
de  tu  mano  la  canasta  y  la  pondrá  delante  del  altar  de  Yahvé  tu  dios. 
5  Y  tomando  la  palabra  en  presencia  de  Yahvé  tu  dios,  dirás:  "Mi  pa- 
dre era  un  arameo,  a  punto  de  morir.  (La  Vulgata  traduce  desacerta- 
damente: "El  siró  perseguía  a  mi  padre").  Descendió  a  Egipto,  con 
muy  poca  gente,  y  vivió  allí  como  extranjero  (ger)  ;  pero  llegó  a  ser 
una  nación  grande,  fuerte  y  numerosa.  6  Los  egipcios  nos  maltrataron, 
nos  oprimieron  y  nos  impusieron  dura  servidumbre.  7  Entonces  cla- 
mamos a  Yahvé,  el  dios  (el  elohim)  de  nuestros  padres;  él  oyó  nues- 
tros clamores,  vió  nuestra  aflicción,  nuestros  trabajos  y  la  opresión 
que  sufríam.os.  8  Y  Yahvé  nos  sacó  de  Egipto  con  mano  fuerte  y  brazo 
extendido,  realizando  prodigios  y  milagros  que  sembraban  el  espanto; 
9  y  nos  ha  traído  a  este  lugar  y  nos  ha  dado  este  país,  un  país  que  ma- 
na leche  y  miel.  10  Por  lo  cual,  he  aquí  que  traigo  los  mejores  produc- 
tos del  suelo  que  tú  me  has  dado,  oh  Yahvé".  Entonces  los  depositarás 
delante  de  Yahvé  tu  dios,  y  te  postrarás  delante  de  él.  11  Después  te 
regocijarás  con  el  levita  y  el  extranjero  residente  en  medio  de  tu  pue- 
blo, por  todos  los  bienes  que  Yahvé  tu  dios  te  hubiere  dado  a  ti  y  a 
tu  familia. 

En  Deut.  18,  al  tratar  de  las  rentas  de  los  levitas,  se  dice:  1  Los 
sacerdotes  levitas  — la  tribu  entera  de  Leví —  no  tendrán  parte  ni  pa- 
trimonio con  los  israelitas;  las  ofrendas  consumidas  en  honor  de  Yahvé 
serán  su  patrimonio  y  de  eso  vivirán.  2  Leví  no  ha  recibido  patrimo- 
nio con  sus  hermanos:  Yahvé  es  su  patrimonio,  como  él  se  lo  ha  di- 
cho. 3  He  aquí  el  derecho  de  los  sacerdotes,  debido  por  el  pueblo,  por 
aquellos  que  ofrecieren  un  sacrificio,  sea  de  ganado  mayor  o  menor: 
se  dará  al  sacerdote  la  espaldilla,  las  quijadas  y  el  estómago  (o  el  cua- 
jar, §  664) .  4  Le  darás  también  las  primicias  de  tu  trigo,  de  tu  vino 
nuevo  y  de  tu  aceite,  así  como  las  primicias  de  la  esquila  de  tus  ovejas. 
5  Porque  Yahvé  lo  ha  escogido  entre  todas  tus  tribus,  para  que  esté 


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LAS  PRIMICIAS 


delante  de  Yahvé  tu  dios,  para  servirle  y  dar  la  bendición  en  su  nom- 
bre, él  y  sus  hijos  perpetuamente.  (1) 

Deut.  15,  19  Todos  los  primogénitos  machos  que  nacieren  de  tus 
vacas  y  de  tus  ovejas,  los  consagrarás  a  Yahvé  tu  dios.  No  harás  tra- 
bajar el  primogénito  de  tus  vacas,  ni  esquilarás  el  primogénito  de  tus 
ovejas.  20  Lo  comerás  cada  año  con  tu  familia,  en  presencia  de  Yahvé 
tu  dios,  en  el  lugar  que  él  hubiere  escogido.  21  Si  tuviere  una  tacha, 
si  fuere  cojo  o  ciego,  o  si  tuviere  algún  otro  defecto  grave,  no  lo  sa- 
crificarás a  Yahvé  tu  dios,  22  sino  que  lo  comerás  en  la  ciudad  donde 
mores  (o  dentro  de  tus  puertas) .  Tanto  el  impuro  como  el  puro  po- 
drán comerlo  indiferentemente,  como  se  come  la  gacela  o  el  ciervo; 
23  solamente  no  consumirás  su  sangre:  la  derramarás  en  tierra  como 
agua. 

3289.  Los  pasajes  que  se  dejan  transcritos  son  los  que  nos  ofre- 
ce el  Deuteronomio  sobre  las  primicias  en  Israel.  En  la  mayor  parte 
de  los  pueblos  de  la  antigüedad  era  costumbre  ofrecer  a  los  dioses  na- 
cionales los  primeros  frutos  de  la  tierra  y  las  primeras  producciones  del 
ganado,  lo  que  se  suele  interpretar  como  señal  de  agradecimiento  por 
las  bendiciones  recibidas  de  esas  deidades.  Aunque  en  un  período  ul- 
terior de  la  evolución  de  la  humanidad,  esa  práctica  haya  tenido  real- 
mente dicho  significado,  parece  que  no  fue  así  en  el  principio.  Loisy, 
entre  otros,  le  atribuye  distinto  origen  a  las  primicias,  según  se  ve  en 
el  siguiente  párrafo  suyo:  "El  hombre  inculto  no  cree  poder  utilizar  los 
seres  naturales  para  su  alimento  o  su  servicio,  sin  la  cautela  de  pre- 
cauciones o  propiciaciones  mágicas  asociadas  a  los  ritos  de  encanta- 
miento que  emplea  para  asegurarse  la  posesión  de  aquéllos.  En  un  sen- 
tido, todo  le  es  sagrado,  porque  todo  está  penetrado  de  influencia  mis- 
teriosa, y  sus  ritos  mágico-religiosos  son  un  medio  de  desuerar*,  o  sea, 
quitar  lo  sagrado  de  las  cosas,  dulcificándolas,  a  fin  de  poderlas  apro- 
vechar sin  peligro;  p.  ej.,  la  nueva  cosecha  será  interdicta  o  entredicha 
hasta  su  desacración*  por  la  reserva  de  las  primicias.  Así,  no  se  come 
sin  precaución  el  animal  muerto,  tratando  con  miramientos  a  su  espe- 
cie y  a  sí  mismo  por  medio  de  alguna  reserva  análoga  a  la  de  las  pri- 
micias de  la  cosecha  y  de  la  recolección  de  los  frutos.  En  último  aná- 
lisis, todo  esto  procede  de  la  consideración  mística  de  los  seres  natu- 
rales, de  la  clase  de  respeto  que  se  tiene  por  el  espíritu  que  está  en  ellos 
(nuestra  Introducción,  §  448-450) ,  c'cl  tratamiento  mágico-religioso 
usado  para  con  los  mismos.  Más  tarde,  en  el  culto  de  los  dioses,  igua- 
les o  análogas  reservas  subsistirán  en  forma  de  primicias  que  retiene 
la  divinidad  sobre  las  cosechas,  o  de  la  parte  que  debe  serle  atribuida 


(1)  La  expresión  "la  tribu  entera  de  Leví"  del  v.  1,  unida  a  los  vg.  2  y  5 
de  este  cap.  18,  constituyen  juntas  una  glosa,  a  juicio  de  L.  B.  d.  C,  formando 
una  sola  cláusula  que  imita  a  10,  8-9. 


2  CLASES  DE  PRIMICIAS 


105 


en  el  empleo  alimenticio  de  los  animales.  Y  estos  antiguos  entredichos 
imponen  aún  hoy  condiciones  especiales  a  la  carnicería  judía"  {La 
Reí.  d'Isr.,  p.  109) . 

3289  bis.  Tenemos,  pues,  que  había  en  Israel,  dos  clases  de  pri- 
micias, a  saber:  1*?  las  procedentes  de  la  agricultura;  y  2°  las  que  con- 
sistían en  sacrificar  a  la  divinidad  nacional  los  primogénitos  de  las 
vacas,  ovejas  y  cabras.  Las  primicias  agrícolas  se  subdividían  a  su  vez 
en  dos:  a)  los  primeros  frutos  de  la  tierra,  en  general,  llamados  en 
hebreo  hikkurim,  nombre  éste  dado  después  a  uno  de  los  tratados  de 
la  Michna,  que  se  ocupa  de  las  primicias  que  deben  presentarse  en  el 
templo  (Cohén,  p.  29) ;  y  b)  lo  mejor  de  esos  frutos,  denominado 
la  rechith.  Así  en  el  Código  de  la  Alianza,  Ex.  23,  19,  lo  mismo  que 
en  Ex.  34,  26  (que  pertenece  a  J.)  (1)  se  ordena:  Tú  traerás  a  la  casa 
de  Yahvé  tu  dios  lo  mejor  de  los  primeros  frutos  de  tu  tierra  (la  re- 
chith de  los  bikkurim) .  Como  nota  el  profesor  Luis  Aubert,  resulta  de 
este  texto  que  los  primeros  frutos  de  la  tierra  no  eran  totalmente  lle- 
vados a  la  casa  de  Yahvé,  sino  tan  sólo  lo  mejor  de  ellos  (la  rechith). 
Y  agrega:  "La  antigua  legislación  no  precisa  de  qué  frutos  deben  ofre- 
cerse primicias,  ni  la  cantidad  de  ellos,  que  sin  duda  era  dejada  a  la 
estimación  individual,  ni  la  ceremonia  que  acompañaba  a  la  ofrenda 
en  el  mayor  santuario  vecino  (la  casa  de  Yahvé),  ni  su  empleo  exacto: 
consagración  sobre  el  altar,  contribución  en  favor  de  los  sacerdotes, 
comida  familiar".  Después  de  aparecido  el  Deuteronomio  se  entendió 
que,  de  acuerdo  con  la  descripción  de  Palestina  hecha  en  8,  S  ( §  3243 ) , 
los  productos  de  la  tierra  cuyas  primicias  pertenecían  a  Yahvé,  eran 
siete:  trigo,  cebada,  uvas,  higos,  granadas,  aceitunas  y  miel,  según  así 
se  expone  en  el  referido  tratado  de  la  Michna,  Bikkurim,  aunque  reem- 
plaza la  miel  por  los  dátiles.  En  cambio,  según  vimos  en  Deut.  14,  22 
(§  3283),  el  diezmo  afectaba  a  todos  los  productos  del  suelo.  En  el 
transcrito  pasaje,  Deut.  18,  2-5,  se  expresa  que  entre  las  rentas  sacer- 
dotales estaban  "las  primicias  del  trigo,  del  vino  nuevo  y  del  aceite" 
(v.  4),  frase  con  la  cual,  en  opinión  de  Aubert,  se  resumen  las  aludidas 
siete  clases  de  frutos  de  8,  8.  En  el  citado  v.  4,  se  agregan  también  las 
primicias  de  la  esquila  de  las  ovejas,  impuesto  que  sólo  figura  en  ese 
texto,  y  que  "era  sin  duda,  el  remanente  de  un  don  hecho  al  sacerdote 


(1)  Observa  L.  B.  d.  C.  que  "las  reglas  de  Ex.  23,  14-19  se  encuentran  casi 
literalmente  en  Ex.  34,  18-26  (de  J),  siendo  difícil  decir  si  los  autores  de  estos 
dos  pasajes  (J  y  E)  han  bebido  en  una  misma  fuente,  un  antiguo  decálogo  cul- 
tual, o  si  el  texto  del  Libro  de  la  Alianza  fue  posteriormente  enriquecido  con 
copias  del  decálogo  del  cap.  34.  En  todo  caso,  Ex,  23,  14-19  presenta  variantes 
originales  (vs.  14,  16,  iS*),  y  por  otra  parte,  muestra  evidentes  vestigios  de  re- 
composición: véase,  p.  ej.,  el  largo  paréntesis  del  v.  15  y  la  duplicación  del  mis- 
mo precepto  en  los  vs.  14  y  IT'. 


106 


PRESENTACION  DE  LAS  PRIMICIAS 


con  motivo  de  la  antigua  fiesta  del  esquileo  de  las  ovejas"  (L.  B. 
d.  C;  §  104). 

3290.  En  Deut.  26,  1-11  tenemos  la  liturgia  de  la  presentación  de 
las  primicias  agrícolas,  que  consistía  en  lo  siguiente:  el  que  las  ofre- 
cía debía  colocar  en  una  canasta  la  rechith,  o  sea,  lo  mejor  de  todos  los 
productos  de  la  tierra  que  hubiera  obtenido,  llevarla  al  santuario  de 
Yahvé  y  entregarla  al  sacerdote  que  estuviese  de  servicio,  pronuncian- 
do unas  palabras  en  las  que  expresaba  encontrarse  en  el  país  que  Yahvé 
había  prometido  dar  a  Israel.  El  sacerdote  la  colocaba  ante  el  altar,  y 
entonces  el  interesado  manifestaba  que  traía  los  mejores  frutos  a  Yahvé, 
en  agradecimiento  porque  este  dios  había  sacado  de  Egipto  a  los  des- 
cendientes de  Jacob,  — al  que  llama  "un  arameo"  (1) — ,  donde  sufrían 
dura  servidumbre.  Terminada  esa  corta  peroración  — que  el  oferente 
debía  recitar  arrodillado  ante  el  altar,  como  creemos  debe  entenderse 
la  frase  "te  postrarás  delante  de  Yahvé" — ,  luego  con  lo  restante  de  los 
frutos  traídos,  los  bikkurim  fpues  lo  mejor,  la  rechith,  ya  había  sido 
presentado  en  la  canasta  al  dios) ,  se  procedía  al  festín  sagrado,  con 
gran  regocijo,  en  el  que  tomaban  parte  también  el  levita  y  el  ger,  quie- 
nes probablemente  habrían  acompañado  al  interesado  y  su  familia,  des- 
de el  lugar  de  su  residencia  hasta  el  santuario.  Los  frutos  que  a  éste 
se  llevaban,  debían  ser  en  estado  natural,  pues  los  industrializados*, 
como  el  vino  y  el  aceite,  correspondían  a  los  sacerdotes,  al  igual  que 
el  trigo  y  los  primeros  vellones  de  lana  (Deut.  18,  4) .  No  se  indica  ni 
en  la  antigua  legislación  del  Código  de  la  Alianza,  ni  en  el  Deuterono- 
mio,  ni  en  la  legislación  sacerdotal,  la  cantidad  de  primicias  que  había 
que  dar;  pero  en  la  Michna,  tratado  Terumáh  — que  define  los  teru- 
moth  (plural  de  ese  nombre) ,  diciendo  que  son  los  productos  del  suelo 
ya  transformados  en  mercancías  destinadas  al  consumo  que  debían  ser 
entregadas  directamente  a  los  sacerdotes — ,  se  establece  como  mínimo 
de  estas  ofrendas  el  sexagésimo  de  la  renta  total;  pero  da  a  entender 
que  el  cuadragésimo  o  el  trigésimo  sería  prueba  particular  de  piedad. 
Sin  embargo  nada  fija  para  los  bikkurim  (Dic.  Encyc.  II,  p.  436).  Co- 
mo esta  institución,  lo  mismo  que  la  de  los  diezmos,  pasó  a  la  iglesia 
católica,  se  adoptaron  en  España  esas  ideas  de  la  Michna,  pues,  según 


(1)  Sobre  esta  frase:  Mi  padre  era  un  arameo,  a  punto  de  morir,  escribe 
L.  B.  d.  C. :  "Se  trata  de  Jacob,  quien  para  no  perecer  de  hambre,  se  refugió 
en  Egipto  (Gen.  41,  57  ss.).  El  calificativo  de  arameo  que  se  le  da  es  muy  inte- 
resante, pues  los  hebreos  tenían  el  sentimiento  de  que  estaban  estrechamente 
emparentados  a  los  pueblos  árameos:  Aram-Naharaim  (la  Mesopotamia  aramea), 
según  la  tradición  de  J,  era  la  patria  de  Abraham  (Gen.  24,  10;  el.  4,  7)  ;  allí 
había  vivido  Jacob;  de  allí  eran  originarias  Sara,  Rebeca,  Lea  y  Raquel;  y  los 
pueblos  árameos  se  tenían  por  descendientes  de  Nacor,  hermano  de  Abraham. 
Aquí  se  presenta  a  Jacob  como  siendo  él  mismo  de  tronco  arameo".  Causee  y 
V.  S.,  en  el  citado  v.  5,  traducen:  "Mi  padre  era  un  arameo  nómade". 


PRESENTACION  DE  LAS  PRIMICIAS 


107 


nos  informa  Escriche,  se  estableció  allí  que  "debe  darse  la  primicia  de 
los  frutos  secos,  como  trigo,  centeno,  cebada,  mijo  y  demás  semejan- 
tes; del  vino,  aceite  y  otros  licores;  y  de  los  frutos  de  los  ganados  que 
se  crían.  En  la  ley  antigua  se  usó  por  primicia  una  parte  de  cuarenta 
hasta  sesenta,  según  la  voluntad  de  cada  uno,  sin  que  pudiese  deman- 
darse más.  Aunque  en  lo  antiguo  fueron  varias  las  opiniones  sobre  el 
dar  la  primicia,  últimamente  se  acordó  que  se  diese  según  la  costum- 
bre de  cada  tierra;  que  donde  no  la  hubiese,  se  guardara  el  uso  de  las 
más  cercanas;  y  que  donde  fuesen  varios  los  modos  de  darla,  se  to- 
mase en  el  más  arreglado.  Debe  darse  por  todos  como  el  diezmo.  — 
Ha  de  darse  la  primicia  a  los  clérigos  de  las  iglesias  parroquiales  don- 
de se  reciben  los  sacramentos;  y  pueden  los  obispos  disponer  el  modo 
de  partirla,  y  descomulgar  como  por  los  diezmos  al  que  rehuse  darla. 
Estas  son  las  disposiciones  que  se  hallan  en  las  leyes  del  Tít.  19, 
Part.  1".  Ya  hemos  visto  que  desde  1841  quedaron  suprimidos  los 
diezmos  y  primicias. 

3291.  Según  Deut.  18,  1-5,  cuando  se  llevaban  también  al  san- 
tuario las  primeras  crías  de  las  vacas  y  ovejas,  esos  animales  eran  sa- 
crificados, correspondiendo  la  espaldilla,  las  quijadas  y  el  estómago  a 
los  sacerdotes.  Dicho  vocablo  "estómago"  se  suele  traducir  en  caste- 
llano por  cuajar,  la  última  de  las  cuatro  cavidades  en  que  se  divide  el 
estómago  de  los  rumiantes;  pero  es  probable  se  tratara  de  la  panza,  la 
primera  de  ellas,  por  lo  que  lo  reservado  para  los  sacerdotes,  además 
de  la  espaldilla  y  las  quijadas,  debía  ser  el  mondongo.  Nota  L.  B.  d.  C. 
que  según  el  ritual  del  antiguo  santuario  de  Silo,  la  parte  del  sacerdote 
se  determinaba  por  el  azar  o  por  la  libre  elección  de  los  fieles  (I  Sam. 
2,  13-16;  %  664).  Según  P,  esa  parte  era  fija;  pero  distinta  de  la  aquí 
establecida,  pues  comprendía  el  pecho  y  la  pierna  derecha  (Ex.  29,  27; 
Lev.  7,  28-34;  Núm.  6,  20;  18,  18).  El  estómago  era  considerado  trozo 
selecto  en  Atenas".  —  Observa  igualmente  el  profesor  L.  Aubert,  que, 
en  materia  de  rentas  de  los  sacerdotes,  las  citadas  disposiciones  del 
Deuteronomio  difieren  de  lo  dispuesto  en  Núm.  18,  12-13,  que  dice  así: 

12  Todo  lo  mejor  del  aceite,  todo  lo  mejor  del  vino  nuevo  y  del  trigo, 
las  primicias  que  los  hijos  de  Israel  ofrecieren  a  Yahvé,  yo  te  las  doy. 

13  Todos  los  primeros  productos  de  su  tierra,  que  trajeren  a  Yahvé, 
serán  para  ti.  Todo  miembro  de  tu  familia  en  estado  de  pureza,  podrá 
comer  de  ellos.  "Estos  vs.  distinguen  entre  la  rechith  — todo  lo  mejor 
del  aceite,  del  vino  nuevo  y  del  trigo —  y  los  primeros  frutos  de  la 
tierra  (bikkurim)  ;  y  las  dos  cosas,  porque  no  se  trata  de  una  misma 
con  nombres  diferentes,  son  atribuidas  a  los  sacerdotes.  Quiere  decir 
que  a  la  rechith,  convertida  esencialmente  en  prestación  a  favor  de  los 
sacerdotes,  se  había  agregado  la  ofrenda  de  los  primeros  productos  del 
suelo  (los  bikkurim) ,  prestación  cultual  de  la  que  los  sacerdotes  eran 
los  principales  beneficiarios,  de  modo  que  tenían  derecho  a  lo  que  era 


108 


INMOLACION  DE  PRIMOGENITOS 


primero  por  la  calidad  y  primero  por  el  tiempo"  (Dict.  Encyc.  II, 
ps.  435-436). 

3292.  Es  de  notarse  que  el  Deuteronomio,  más  adelantado  que 
el  Código  de  la  Alianza,  no  prescribe  que  se  le  inmolen  a  Yahvé  los 
primogénitos  del  hombre,  como  se  pide  en  Ex.  22,  29  (§  383).  La  or- 
todoxia no  admite  lo  que  preceptúa  claramente  ese  texto,  y  así,  p.  ej., 
L.  B.  A.  sostiene  que  "la  idea  de  que  pueda  tratarse  de  un  sacrificio 
propiamente  dicho  de  los  primogénitos  de  los  hombres  está  descartada 
por  toda  la  Escritura.  Se  trata  únicamente  de  una  consagración  espe- 
cial al  servicio  del  Eterno  (Yahvé)  en  el  santuario".  Pero  la  ortodo- 
xia aferrada  a  la  arcaica  creencia  de  que  el  Pentateuco  fue  escrito  por 
Moisés,  no  quiere  comprender  que  esos  cinco  libros  biblicos  son  de 
distintas  épocas  y  que  en  su  redacción  intervinieron  muchas  manos, 
por  lo  cual  si  los  escritores  más  recientes,  con  espíritu  moral  más  refi- 
nado, se  opusieron  al  sacrificio  de  niños  primogénitos,  en  cambio,  otros 
más  antiguos  insertaron  como  precepto  divino,  la  obligación  de  rea- 
lizar tan  bárbara  práctica,  como  así  lo  reconoció  expresamente  Eze- 
quiel  (20,  25-26;  §  383).  Véase  también  lo  dicho  en  §  2295,  2299, 
2713-2714.  Además  es  una  suposición  gratuita,  para  defender  una  te- 
sis insostenible,  el  pretender  que  esos  primogénitos  habían  sido  apar- 
tados de  sus  padres  a  fin  de  destinarlos  en  el  santuario  al  servicio  de 
Yahvé,  de  lo  que  no  habla  para  nada  la  Biblia.  Por  el  contrario,  como 
en  seguida  veremos,  sostiene  el  escritor  del  Levítico  que  los  primogé- 
nitos de  la  referencia  fueron  sustituidos  por  personas  que  se  consagra- 
ban únicamente  al  servicio  de  Yahvé.  El  derecho  que  este  dios  se  arro- 
gaba sobre  toda  clase  de  primogénitos,  se  basaba  en  la  misma  concep- 
ción por  la  cual  exigía  las  primicias  de  los  frutos  del  suelo,  a  saber: 
que  siendo  él  el  dador  de  los  bienes  de  que  disfrutaban  los  israelitas, 
le  correspondía  legítimamente  lo  primero  de  todos  ellos,  como  especie 
de  impuesto  a  su  favor.  "Tú  cederás  (o  harás  pasar,  o  consagrarás) 
a  Yahvé  todo  primer  nacido  (lit.:  todo  ser  que  abre  la  matriz)",  se 
dice  en  Ex.  13,  12;  pero  agregando:  "rescatarás  todos  los  primogéni- 
tos de  los  hombres,  de  entre  tus  hijos"  (v.  13''),  es  decir,  conserva  el 
legislador  aquel  arcaico  precepto;  pero  en  virtud  de  la  protesta  de  la 
conciencia  ante  tamaña  inhumanidad,  lo  suaviza,  ordenando  el  rescate 
del  niño  israelita  (no  del  niño  extranjero,  nótese  bien,  v.  15'')  con  lo 
que  se  conseguían  dos  objetivos:  1^  dar  satisfacción  al  sentimiento  po- 
pular; y  2°  aumentar  las  entradas  del  clero,  beneficiario  directo  de  ese 
rescate  (Núm.  18,  15-16),  que  en  tiempo  del  sacerdote  que  escribió 
ese  texto,  se  había  fijado  en  5  sidos  de  plata,  sidos  fuertes,  sagrados 
o  del  santuario,  que  equivaldrían  hoy  a  unos  3  dólares  por  criatura 
del  sexo  masculino,  que  debía  rescatarse  al  mes  de  nacida. 

3292  bis.  El  escritor  de  la  escuela  deuteronómica  que  formuló 
los  aludidos  preceptos  del  Exodo,  relaciona  eaas  prácticas  impuestas  en 


LOS  LEVITAS  AL  SERVICIO  DE  YAHVE 


109 


nombre  de  Yahvé,  con  los  sucesos  legendarios  a  que  dió  lugar  la  sali- 
da de  los  israelitas  de  Egipto,  diciendo:  "14  Cuando  un  día  te  pregunte 
tu  hijo:  "¿Qué  significa  esa  costumbre?",  le  responderás:  "Yahvé,  con 
mano  fuerte,  nos  sacó  de  Egipto,  de  la  casa  de  servidumbre.  15  Como 
el  faraón  se  obstinaba  en  no  dejarnos  salir,  Yahvé  mató  a  todos  los 
primogénitos  del  país  de  Egipto,  desde  los  primogénitos  de  los  hom- 
bres hasta  los  de  los  animales;  por  lo  cual  yo  sacrifico  a  Yahvé  todos 
los  primogénitos  machos  de  los  animales  (o  por  esto  sacrifico  del  sexo 
masculino  al  Señor,  todo  lo  que  abre  matriz  —  La  Vulgata),  y  debo 
rescatar  a  todos  los  primogénitos  de  entre  mis  hijos.  16  Este  rito  te 
será  como  señal  sobre  tu  mano  y  como  marca  (o  frontal)  entre  tus  ojos, 
para  recordarte  que  Yahvé  nos  sacó  de  Egipto  con  mano  fuerte".  Más 
tarde  los  legisladores  sacerdotales,  para  fundamentar  su  casta,  expu- 
sieron que  Yahvé,  a  quien  por  derecho  le  pertenecían  los  primogénitos 
de  hombre,  los  había  substituido  por  los  levitas  para  que  éstos  siempre 
le  sirvieran.  Así  en  Números  se  lee:  "3,  11  Habló  Yahvé  a  Moisés  y  le 
dijo:  "12  Yo  mismo  he  elegido  (o  he  tomado)  a  los  levitas,  de  en  me- 
dio de  los  hijos  de  Israel,  en  lugar  de  todos  los  primogénitos,  de  aque- 
llos que  abren  la  matriz  (o  primicias  del  seno  materno,  —  V.  S.),  en- 
tre los  hijos  de  Israel:  así  pues,  míos  son  los  levitas,  13  porque  todos 
los  primogénitos  me  pertenecen.  El  día  en  que  herí  a  todos  los  primo- 
génitos en  el  país  de  Egipto,  consagré  para  mí  todos  los  primogénitos 
de  Israel,  desde  los  de  los  hombres  hasta  los  de  los  animales:  míos  son; 
yo  soy  Yahvé".  En  este  lenguaje  pesado  a  fuerza  de  repeticiones  de  las 
mismas  palabras,  el  escritor  sacerdotal  pone  en  boca  de  Yahvé  una 
argumentación  confusa  y  falaz  para  justificar  que  los  levitas  están  ex- 
clusivamente a  su  servicio:  confusa,  porque  no  aclara  en  qué  consistía 
esa  consagración  de  primogénitos  del  hombre  y  de  los  animales.  Si  al 
decir:  "consagré  para  mí",  quiso  expresar  el  dios  "que  fuese  separado 
para  mí"  (Scío),  ¿en  qué  consistió  esa  separación  de  muchachos,  ter- 
neros y  corderos?  Y  ahí  viene  la  falacia.  Sabía  bien  el  escritor  sacer- 
dotal que  de  acuerdo  con  el  elohista,  en  Ex.  22,  29,  los  primogénitos 
humanos  o  de  vacas  y  ovejas  debían  sacrificarse  a  Yahvé;  pero  que 
más  tarde  los  primeros  se  vieron  libres  de  ser  inmolados  gracias  a  la 
institución  del  rescate,  que  no  alcanzaba  a  las  primeras  crías  de  va- 
cunos y  ovinos,  las  que  continuaban  teniendo  que  ser  matadas  en  ho- 
nor de  dicho  dios  (Núm.  18,  17).  Luego  no  podía  basarse  en  la  asi- 
milación de  primogénitos  humanos  y  de  animales,  consagrados  a  Yahvé 
(v.  13''),  para  sostener  que  éste  había  reservado  para  su  exclusivo  ser- 
vicio a  los  levitas  (1).  Él  pastor  Carlos  Koest,  escribiendo  en  el  Dict. 


(1)  Con  referencia  a  esa  pretendida  substitución  de  primogénitos  humanos 
por  levitas,  el  libro  de  Números  da  estas  interesantes  cifras:  Total  de  los  levitas 
varones  de  más  de  un  mes  de  edad,  22.000.  Total  de  los  varones  primogénitos  israe- 


110 


PRIMOGENITOS  MACHOS 


Encyc.  sobre  los  primogénitos,  dice:  "En  los  más  remotos  tiempos  de 
la  historia  de  Israel,  los  primogénitos  del  hombre  eran  inmolados  a  la 
divinidad  de  igual  modo  que  los  primogénitos  de  los  rebaños,  consti- 
tuyendo el  episodio  de  Morija  la  prueba  clásica  de  que,  en  la  época  y 
en  el  medio  de  Abraham,  el  sacrificio  de  los  niños  primogénitos  for- 
maba parte  del  culto  (Gén.  22;  §  2294-2299).  Desde  temprano  fue  re- 
probada esta  costumbre  por  la  conciencia  israelita,  que  la  reemplazó  por 
la  obligación  del  rescate .  .  .  En  lo  tocante  a  los  primogénitos  del  gana- 
do, mientras  que  la  más  antigua  legislación  se  limita  a  prescribir  que 
sean  ofrecidos  a  Yahvé,  sin  indicar  en  qué  forma  debía  hacerse  esto, 
el  Deuteronomio  los  destina  a  servir  de  víctimas  para  comidas,  de  carác- 
ter a  la  vez  de  sacrificio  y  familiar,  organizadas  en  el  santuario;  y  en 
fecha  más  reciente,  acabando  la  evolución  ritual,  el  Código  de  Santidad 
reserva  la  carne  de  ellos  exclusivamente  para  los  sacerdotes  (Núm. 
18,  15-18)". 

3293.  Notaremos  también  que  Yahvé  al  exigir  para  sí  los  primo- 
génitos, prescindía  de  las  hembras.  Tanto  en  Ex.  13,  12,  15;  34,  19 
como  en  Deut.  15,  19,  Yahvé  puntualiza  que  son  de  él  sólo  los  machos, 
o  sea,  que  éstos  son  los  únicos  que  tienen  que  serle  consagrados.  ¿A  qué 
se  debe  esto?  Quizá  a  que  el  yahvismo  era  esencialmente  una  religión 
de  hombres  (Ex.  34,  23),  por  lo  cual  se  consideraba  de  inferior  valor 
todo  ser  del  sexo  femenino  (Lev.  27,  2-7).  Los  animales  siendo  machos, 
pertenecen  al  sexo  fuerte,  recuerda  L.  B.  A.  Loisy,  hablando  del  sacri- 
ficio del  primogénito  del  rebaño,  macho  de  un  año,  expresa:  "Ese  cor- 
dero podía  suministrar  la  materia  de  una  comida  de  grupo,  lo  que  hu- 
biera sido  difícilmente  el  caso  para  el  cordero  de  ocho  días,  materia  del 
sacrificio  de  primogénitos  en  tiempo  de  los  reyes.  La  preferencia  por  el 
macho  podía  consistir  en  parte  en  que  era  más  vigoroso  y  parecía  con- 
tener íntegramente  la  virtud  de  su  especie;  pero  también  una  razón  eco- 
nómica pudo  intervenir  o  disimularse  bajo  la  consideración  mística, 
pues  en  un  rebaño  el  exceso  de  los  m.achos  es  un  inconveniente,  ya  que 
nacen  muchos  más  de  los  necesarios  para  la  fecundación  de  las  hembras. 
Natural  es,  por  lo  tanto,  que  se  haya  destinado  cierto  número  de  ellos 
para  la  alimentación,  bastante  jóvenes,  mientras  no  se  recurrió  a  la 
castración"  [Essai,  p.  230).  En  Deut.  15,  19''  se  establece:  "No  harás 


litas  de  más  de  un  mes  de  edad,  22.273.  De  modo  que  efectuada  dicha  substitución, 
quedaron  273  primogénitos  israelitas,  los  que  por  su  rescate  tuvieron  que  pagar 
a  Moisés,  5  sidos  sagrados  cada  uno,  cuyo  total  de  1.365  sidos,  entregó  este  cau- 
dillo a  Aarón  y  a  sus  hijos  (Núm.  3,  39-51).  Pero  como  poco  antes,  el  censo  de 
varones  israelitas  de  más  de  20  años,  aptos  para  la  guerra,  había  arrojado  la  suma 
de  603.550  (Núm.  I,  45)  — lo  que  supone  una  población  por  lo  menos,  de  dos  mi- 
llones de  almas — ,  resulta  esta  curiosa  consecuencia,  que  nota  L.  B.  d.  C,  a  saber: 
habría  que  suponer  que  cada  uno  de  los  primogénitos  censados*  tenía  por  término 
.nedio  una  cincuentena  de  hermanos  (sin  contar  las  hermanas). 


LOS  VOTOS 


111 


trabajar  el  primogénito  de  tus  vacas,  ni  esquilarás  el  primogénito  de 
tus  ovejas",  disposición  superflua  si  realmente  se  cumplía  con  lo  orde- 
nado en  el  Código  de  la  Alianza  de  que  esos  animales  había  que  ofre- 
cérselos a  Yahvé,  al  octavo  día  de  su  nacimiento;  pero  que  se  explica 
en  virtud  de  que  el  legislador  deuteronómico  dispone  que  dicha  inmo- 
lación debía  efectuarse  anualmente,  para  dar  lugar  a  un  festín  fami- 
liar en  el  santuario  de  Jerusalén,  probablemente  cuando  la  peregrina- 
ción que  se  realizaba  con  motivo  de  la  fiesta  de  la  pascua.  Según  L. 
B.  A.  y  Scío,  la  referida  prohibición  respondía  al  propósito  de  que  el 
hombre  no  debe  sacar  provecho  alguno  de  lo  que  él  consagra  a  Yahvé. 
Para  L,  B.  d.  C.  el  precepto  de  Deut.  15,  20  expresa  una  antigua  cos- 
tumbre que  se  había  perpetuado  en  Judá,  mientras  que  el  de  Ex.  22,  29 
refleja  una  práctica  más  reciente,  que  aparentemente  predominaba  en 
el  reino  del  Norte.  ■ — -  Por  último  nos  informa  Deut.  15,  21-23  que  los 
terneros  y  corderos  primogénitos,  reservados  a  Yahvé,  tenían  que  ser 
sin  tacha  ni  defecto  grave,  pues  de  lo  contrario,  no  podían  ser  lleva- 
dos al  altar,  y  en  cambio  podían  ser  consumidos  sin  rito  religioso  al- 
guno — como  los  animales  salvajes  que  se  cazaban — ,  salvo  el  de  no 
comer  su  sangre,  la  que  había  que  derramar  por  tierra.  La  razón  de 
que  las  víctimas  debían  ser  tamim  o  perfectas,  estribaba,  a  juicio  de 
L.  B.  A.,  en  que  "Israel  estaba  obligada  a  tener  una  idea  bastante  ele- 
vada de  la  majestad  de  su  dios  para  comprender  que  todo  lo  imperfecto 
es  indigno  de  él  (Mal.  1,  8-14).  En  los  mismos  paganos,  en  Egipto,  Gre- 
cia y  Roma,  las  víctimas  tenían  que  ser  irreprochables.  Entre  los  egip- 
cios, el  sacerdote  inspeccionaba  minuciosamente  al  toro  que  debía  in- 
molarse, y  cuando  lo  había  declarado  perfecto,  fijaba  con  cera  en  sus 
cuernos,  un  certificado  que  sellaba  con  su  sello,  a  fin  de  evitar  toda 
substitución". 

LOS  VOTOS.  —  3294.  En  el  Deuteronomio,  fuera  de  las  disposi- 
ciones que  establecen  que  al  santuario  único  (en  Jerusalén)  es  adonde 
debe  llevarse  lo  que  se  ha  prometido  por  voto  (12,  6,  11;  §  3219, 
3268),  no  existe  más  que  el  siguiente  precepto  sobre  los  votos:  23, 
21  Si  haces  un  voto  a  Yahvé  tu  dios,  no  demores  en  cumplirlo;  de  lo 
contrario  no  dejaría  Yahvé  tu  dios,  de  reclamártelo,  y  se  te  imputaría 
como  pecado  (o  serías  juzgado  culpable).  22  Si  te  abstuvieres  de  ha- 
cer votos,  no  cometes  pecado;  23  pero  una  vez  salida  la  promesa  (o 
la  palabra)  de  tus  labios,  guárdala  y  obra  conforme  al  voto  que  libre- 
mente hayas  hecho  a  Yahvé  tu  dios  y  que  hayas  pronunciado  con  tu 
boca.  —  En  Israel  se  entendía  por  voto  toda  promesa  voluntaria  de 
dar  o  consagrar  a  Yahvé,  algo  a  que  no  se  estaba  obligado.  Ese  com- 
promiso que  se  contraía  espontáneamente  con  la  divinidad,  respondía 
por  lo  general  al  propósito  de  obtener  un  favor  — que  se  creía  muy 
difícil  de  obtener  por  medios  humanos — ,  o  ayuda  y  protección  en  cir- 


112 


LOS  VOTOS 


cunstancias  críticas,  o  para  agradecerle  los  servicios  que  se  suponía 
que  él  hubiese  concedido.  Esta  práctica  no  era  peculiar  de  Israel,  sino 
que  ha  existido  en  todos  los  países  desde  la  más  remota  antigüedad, 
y  aún  es  muy  corriente  en  algunas  modernas  religiones,  sobre  todo 
dentro  del  catolicismo.  "Hay  que  reconocer,  dice  el  pastor  Mauricio 
Michaeli,  que  la  disposición  para  hacer  votos  se  inspiraba  muy  a  me- 
nudo en  una  concepción  muy  egoísta  y  sin  elevación  moral  de  las  re- 
laciones del  fiel  con  su  dios.  Y  muchos  votos  que  se  formulaban  en 
Israel,  en  nada  diferían  a  ese  respecto  de  los  de  muchos  paganos".  El 
derecho  canónico,  al  legislar  sobre  los  votos,  ha  multiplicado  sus  cla- 
ses y  divisiones,  de  las  que  quizá  podrían  aplicarse  al  voto  israelita 
las  tres  siguientes:  real,  personal  y  mixto.  Real,  cuando  tiene  por  ob- 
jeto una  cosa  que  se  halla  fuera  de  la  persona  que  lo  hace,  como  cuan- 
do se  promete  dar  cierta  suma  a  los  pobres,  o  como  en  el  caso  de  Jefté 
que  hace  voto  a  Yahvé,  si  éste  le  concede  la  victoria  en  un  combate 
que  está  por  iniciar,  de  ofrecerle  en  holocausto  la  primera  persona  de 
su  casa  que  salga  a  recibirlo,  al  regreso  del  campo  de  batalla  (Jue, 
11,  30-40;  §  505,  508).  El  voto  era  personal  cuando  se  hacía  de  la 
misma  persona,  como  ocurría  en  el  caso  de  los  nazarenos,  que  se  com- 
prometían a  llevar  una  vida  austera,  absteniéndose  de  vino  y  toda  be- 
bida fermentada,  de  comer  cualquier  producto  de  la  vid,  de  no  cor- 
tarse los  cabellos  y  de  no  acercarse  a  ningún  muerto  durante  determi- 
nado período  de  tiempo  (Núm.  6,  1-12;  §  629).  Y  el  voto  era  mixto, 
cuando  afectaba  tanto  a  la  persona  como  a  los  bienes  del  que  lo  hacia, 
p.  ej.,  el  voto  de  Jacob,  quien  se  compromete  a  reconocer  a  Yahvé  co- 
mo su  dios,  construirle  un  santuario  y  darle  diezmo,  si  el  dios  lo  au- 
xiliaba en  su  viaje  y  le  permitía  regresar  con  felicidad  a  casa  de  su 
padre  (Gén.  28,  20-22;  %  2327,  2332).  Tanto  este  voto  como  el  de 
Jefté  eran  a  la  vez  condicionales,  porque  su  cumplimiento  dependía  de 
que  se  ejecutara  la  condición  establecida.  Entre  otros  votos  célebres, 
mencionados  en  el  A.  T.,  están:  el  de  Ana,  la  madre  de  Samuel  (I  Sam. 
1,  11;  §  637)  ;  el  que  hizo  Saúl  de  que  haría  matar  a  todo  aquel  que 
tomara  algún  alimento  antes  de  la  noche  para  poder  proseguir  en  la 
persecución  de  los  enemigos,  voto  que  había  hecho  jurar  a  todo  su 
ejército  (I  Sam.  14,  24;  §  767) ;  y  el  que  sirvió  de  pretexto  a  Absa- 
lón  para  obtener  permiso  de  David  a  fin  de  ir  a  Hebrón,  donde  orga- 
nizó la  rebelión  contra  su  nombrado  padre  (II  Sam.  15,  7-12). 

3295.  Por  el  transcrito  pasaje  de  Deut.  23,  21-23,  se  ve  que  para 
el  deuteronomista  era  condición  esencial  de  la  validez  del  voto,  que  éste 
fuera  emitido  oralmente.  No  bastaba,  pues,  la  simple  intención  de  li- 
garse por  un  voto  con  la  divinidad;  se  requería  además  su  emisión  de 
viva  voz:  "salida  la  promesa  de  tus  labios,  guárdala  y  obra  conforme 
al  voto  que  libremente  hayas  hecho  a  Yahvé  tu  dios,  y  que  hayas  pro- 
nunciado con  tu  boca"  (v.  23;  Núm.  30,  3).  Sólo  entonces  exige  Yahvé 


EL  COREAN 


113 


el  inmediato  cumplimiento  del  voto  (Ecles.  5,  4;  §  1759)  ;  de  ahí  el 
consejo  del  escritor  de  Prov.  20,  25: 

Lazo  es  al  hombre  comprometerse  ligeramente 

(o  decir  inconsideradamente:  "consagro  esto  a  Yahvé"), 

Y  reflexionar  sólo  después  de  pronunciados  los  votos. 

En  la  época  de  Jesús,  solían  ocurrir  casos  como  éste:  un  padre  nece- 
sitado pedía  a  su  hijo  que  lo  socorriera,  el  que  se  excusaba  diciendo 

3ue  había  hecho  voto  de  ofrendar  al  templo  la  suma  de  que  hubiera 
ispuesto  para  satisfacer  la  demanda  de  su  progenitor:  "es  corbán  — 
es  decir,  ofrenda — ,  aquello  con  lo  cual  tú  hubieras  podido  ser  soco- 
rrido por  mi"  (Marc.  7,  11).  Los  fariseos,  en  tal  caso,  exigían  el  cum- 
plimiento de  ese  voto,  ya  que  se  había  empleado  la  palabra  corbán, 
"ofrenda",  — cosa  consagrada  o  intangible — ,  palabra  usada  especial- 
mente para  formular  votos,  y  en  consecuencia,  el  padre  indigente  nada 
podía  hacer  ante  tamaña  felonía,  lo  que  suscitaba  la  indignada  protesta 
de  Jesús.  Pero  nótese  que  si  éste  procedía  humana  y  razonablemente 
al  condenar  tal  conducta,  en  cambio  fallaba  su  argumentación,  pues 
si  argüía  con  que  Moisés  había  dicho:  "Honra  a  tu  padre  y  a  tu  ma- 
dre" los  fariseos  podían  sostener  igualmente  que  el  mismo  Moisés,  en 
nombre  de  Yahvé,  (según  se  creía  en  aquella  época  y  lo  cree  aún  la 
moderna  ortodoxia)  había  ordenado  que  se  guardara  el  voto  salido  de 
los  labios,  y  que  si  no  se  cumplía,  él  reclamaría  y  consideraría  su  in- 
cumplimiento como  pecado  (23,  21).  De  modo  que  los  fariseos  "no 
anulaban  o  invalidaban  la  palabra  de  Dios  por  la  tradición  que  trans- 
mitían" (Marc.  7,  13),  sino  que  cumplían  con  un  precepto  de  esa  mis- 
ma palabra  de  Dios. 

3296.  Hemos  visto  por  el  citado  ejemplo  de  Jefté,  que  se  solía 
prometer  por  voto  a  Yahvé,  no  sólo  darle  cosas,  sino  hasta  ofrendarle 
personas,  lo  que  ocasionó  la  inmolación  de  la  hija  de  aquel  caudillo 
(§  508).  Expresa  L.  B.  d.  C.  que  "antiguamente  las  personas  consa- 
gradas por  voto  eran  sacrificadas  (Jue.  11,  30-31,  39),  o  entregadas 
al  santuario  (I  Sam.  1,  11);  pero  se  había  establecido  la  costumbre 
de  dar  simplemente  su  valor  o  estimación  en  dinero".  Esto  nos  explica 
una  frase  de  la  orden  dada  por  el  rey  Joas,  de  Judá,  a  los  sacerdotes, 
cuando  trató  de  reparar  el  templo  de  Jerusalén.  Joas  dijo  a  los  sacer- 
dotes: "Todo  el  dinero  de  las  rentas  sagradas  que  fuere  traído  a  la  casa 
de  Yahvé  —  el  dinero  debido  por  un  hombre  según  estimación  (por 
el  sacerdote),  el  dinero  debido  según  estimación  de  las  personas  (o  el 
que  es  ofrecido  por  precio  de  alma  —  La  Vulgata;  o  el  dinero  de  las 
almas  o  de  las  vidas  según  su  precio  o  valuación  —  Valera  y  V.  M.)  — 
asi  como  todo  el  dinero  traído  como  ofrenda  voluntaria  a  la  casa  de 
Yahvé".  .  .  (II  Rey.  12,  4;  traducción  de  L.  B.  d.  C).  Según  la  gene- 
ralidad de  los  comentaristas,  esas  rentas  del  Templo  provendrían  de 


114 


ARANCEL  DE  RESCATE  DE  OFRENDAS  VOTIVAS 


tres  fuentes:  1"?  de  la  capitación  de  medio  siclo  que  debía  pagar,  al 
ser  empadronado,  todo  israelita  de  más  de  20  años  de  edad,  como  res- 
cate de  su  vida,  para  que  ese  censo  no  acarreara  ninguna  calamidad 
pública  (o  para  que  no  haya  plaga  entre  ellos  al  contarlos  —  Ex.  30, 
12-15;  §  1064)  ;  2?  del  dinero  proveniente  de  los  votos  que  se  podían 
rescatar  pecuniariamente  (Lev.  27) ;  y  3°  de  las  ofrendas  voluntarias. 
Por  el  contrario,  L.  B.  d.  C,  de  acuerdo  con  su  traducción  del  texto 
transcrito,  opina  que  éste  no  tiene  en  vista  expresamente  sino  el  dinero 
que  se  daba  a  los  sacerdotes  cuando  se  quería  rescatar  un  objeto,  ani- 
mal o  ser  humano  prometido  por  voto  (Lev.  27),  y  los  dones  volun- 
tarios, pues  considera  que  la  frase  "el  dinero  según  estimación  de  las 
personas"  es  un  agregado  posterior  con  el  cual  se  ha  querido  aclarar 
la  frase  precedente:  "el  dinero  debido  por  un  hombre  según  estima- 
ción", se  sobrentiende  "por  el  sacerdote".  En  efecto,  el  legislador  sa- 
cerdotal postexílico  estableció  en  Lev.  27  un  arancel  de  precios  para 
el  rescate  de  las  ofrendas  votivas,  comenzando  por  el  valor  estimativo 
de  las  personas  consagradas  por  voto,  para  evitar  quizá  la  arbitrarie- 
dad en  esa  valuación.  He  aquí  dicha  tarifa  de  los  israelitas,  calculado 
su  precio  en  sidos  sagrados,  de  peso  fuerte  de  16  grs.  37  cada  uno 
(unos  $  0.60  de  dólar),  precio  que  variaba  según  la  edad  y  el  sexo 
de  las  personas: 

Edad  Sexo  masculino  Sexo  femenino 

De    1  mes  a  5  años    ....  5  sidos  .  .  .3  sidos 

De    5  años  a  20    20  sidos  .  .  .10  sidos 

De  20  años  a  60    ....     .  50  sidos  .  .  .30  sidos 

De  más  de  60  años     ....  15  sidos  .  .  .10  sidos 


Recuérdese  que  el  precio  medio  de  un  esclavo  era  de  30  sidos 
(Ex.  21,  32;  §  2688).  "Si  el  que  ha  hecho  el  voto  es  demasiado  pobre 
para  pagar  ese  valor  (del  referido  arancel),  presentará  la  persona  al 
sacerdote,  para  que  la  tase,  y  el  sacerdote  la  estimará  proporcional- 
mente  a  los  recursos  del  que  haya  hecho  el  voto"  (Lev.  27,  2-8) .  Ob- 
sérvese que  la  transcrita  tarifa  confirma  lo  dicho  en  §  3293  de  que  el 
yahvismo  estimaba  a  la  mujer  de  menor  valor  que  el  hombre.  Recor- 
demos por  último:  1°  que  no  es  obligatorio  para  el  creyente  el  formu- 
lar votos  (Deut.  23,  22),  por  lo  cual  casi  nunca  lo  hacen  los  miembros 
de  las  iglesias  reformadas.  Ya  en  el  Eclesiastés  se  dice:  "mejor  te  será 
no  hacer  votos,  que  el  hacerlos  y  no  cumplirlos"  (5,  5;  §  1759).  Y 
29  que  la  casuítica  rabínica,  en  la  parte  III  de  la  Michna,  "Nachim" 
(mujeres),  destinó  un  tratado  que  lleva  por  título  "Nedarim"  (votos) 
para  enseñar  cómo  éstos  pueden  ser  contraídos  o  anulados,  particular- 
mente en  lo  que  concierne  a  las  mujeres  —  Núm.  30,  3-15  (Cohén, 
p.  30). 


LA  PASCUA 


115 


LA  PASCUA  Y  LA  FIESTA  DE  LOS  AZIMOS.  —  3297.  En  Deut.  16, 
1-8  se  trata  de  estos  temas,  y  aunque  en  §  151  ya  transcribimos  los 
vs.  1-3,  daremos  en  seguida  todo  ese  trozo,  utilizando  la  más  completa 
traducción  de  L.  B.  d.  C,  que  aun  no  había  sido  publicada  en  el  año 
en  que  escribimos  aquel  parágrafo.  Deut.  16,  I  Cuida  en  el  mes  de 
abib  (o  de  las  espigas,  llamado  nisán,  después  del  destierro,  §  150) 
de  celebrar  la  Pascua  en  honor  de  Yahvé  tu  dios,  porque  en  el  mes  de 
abib  Yahvé  tu  dios  te  hizo  salir  de  Egipto,  durante  la  noche.  2  Inmo- 
larás como  víctimas  pascuales  (o  corno  sacrificio  de  Pascua  —  V.  S.), 
en  honor  de  Yahvé  tu  dios,  ganado  mayor  y  menor,  en  el  lugar  que  Yah- 
vé tu  dios  hubiere  escogido  para  hacer  habitar  allí  su  Nombre.  3  No  co- 
merás nada  fermentado  con  esas  víctimas.  Durante  siete  días  las  come- 
rás con  panes  ázimos  —alimento  de  aflicción — ;  porque  saliste  preci- 
pitadamente del  país  de  Egipto.  Así  conservarás  toda  tu  vida  el  recuer- 
do del  día  en  que  saliste  del  país  de  Egipto.  4  En  todo  tu  territorio,  no 
se  verá  levadura  en  tu  casa,  durante  siete  días;  y  no  se  guardará  nada 
hasta  la  mañana,  de  la  carne  de  las  víctimas  que  hayas  sacrificado  la 
tarde  del  primer  día.  5  No  podrás  sacrificar  la  Pascua  en  cualquiera 
de  las  ciudades  que  Yahvé  tu  dios  va  a  darte;  6  sino  que  en  el  lugar 
que  escogiere  Yahvé  tu  dios  para  hacer  habitar  allí  su  Nombre,  es  don- 
de has  de  sacrificar  la  Pascua  por  la  tarde,  al  ponerse  el  sol,  a  la  hora 
en  que  saliste  de  Egipto.  7  La  harás  cocer  y  la  comerás  en  el  lugar  que 
hubiere  escogido  Yahvé  tu  dios;  y  al  día  siguiente  por  la  mañana,  re- 
gresarás para  volverte  a  tu  casa  (o  a  tus  tiendas).  8  Durante  seis  días 
comerás  panes  ázimos;  y  en  el  día  séptimo  habrá  una  asamblea  solem- 
ne en  honor  de  Yahvé  tu  dios;  ningún  trabajo  harás  en  él. 

3298.  En  el  pasaje  precedente  se  ve  con  claridad,  cuán  inhábil- 
mente se  han  amalgamado  dos  textos  distintos:  uno  de  D,  que  expresa 
en  los  vs.  1,  2,  5,  6  y  7,  cómo  debe  celebrarse  la  Pascua,  en  Jerusalén, 
durante  un  día  tan  sólo;  y  otro  de  P,  vs.  3,  4  y  8,  que  trata  de  la  fiesta 
de  los  Panes  Azimos,  que  debía  durar  una  semana.  Aquélla  era  una 
fiesta  pastoril  que  se  había  conservado  en  Judá,  región  ganadera; 
mientras  que  la  segunda,  de  los  Azimos,  era  una  fiesta  agrícola,  "que 
había  eclipsado  la  Pascua  en  las  tribus  sedentarias  del  centro  y  del 
Norte.  La  legislación  ulterior  de  P  combinó  las  dos  fiestas,  y  es  en  ese 
mismo  espíritu  que  se  redactaron  las  adiciones  de  los  vs.  3,  4  y  8" 
(L.  B.  d.  C;  §  2718-2720).  Obsérvese  que  para  fusionar  ambas  fiestas, 
se  le  fijó  a  la  Pascua  el  mismo  mes  de  abib  (§  150)  en  que  se  cele- 
braba la  de  los  Azimos,  pues  el  libro  de  la  Alianza  ya  establecía:  "06- 
servarás  la  fiesta  de  los  Azimos:  durante  siete  días  comerás  panes  sin 
levadura  (o  ázimos),  como  te  lo  he  prescrito  (Ex.  13,  3-10),  en  la 
época  del  mes  de  abib,  porque  en  ese  mes  saliste  de  Egipto;  no  se  po- 
drá ver  mi  faz  con  las  manos  vacías"  (Ex.  23,  15).  No  se  precisaba  la 
fecha  exacta  de  la  fiesta,  sino  de  una  manera  general,  "en  la  época  del 


116 


LA  PASCUA 


mes  de  abib",  porque  eso  dependía  de  la  madurez  de  las  mieses;  ya 
que  comenzaba  al  iniciarse  el  corte  de  éstas  (Deut.  16,  9).  Más  tarde 
el  legislador  sacerdotal  estableció  que  esa  semana  de  festejos  sería 
del  14  al  21  de  nisán  (Ex.  12,  18),  nuevo  nombre  que  entonces  tenía 
el  mes  de  abib.  También  es  de  notar  que  según  nuestro  texto  (Deut. 
16,  2)  se  podía  sacrificar  como  víctimas  de  la  Pascua,  tanto  "ganado 
mayor  como  menor",  es  decir,  lo  mismo  un  ternero  que  un  borrego; 
lo  que  después  modificó  P,  disponiendo  que  esa  inmolación  debía  de 
ser  de  un  cordero  o  de  un  cabrito  (Ex.  12,  3,5;  §  149).  Para  disimu- 
lar esta  diferencia,  el  ortodoxo  Pratt,  en  su  Versión  Moderna  de  la 
Biblia,  pone  en  Deut.  16,  2:  "Y  sacrificarás  la  pascua  a  Jehová  tu  dios, 
juntamente  con  ofrendas  de  f¡,anados  mayores  y  menores...".  La  Vul- 
gata  y  Valera,  más  de  acuerdo  con  el  original,  traducen:  "Y  sacrifica- 
rás la  Pascua  al  Señor  Dios  tuyo  de  ovejas  y  de  vacas.  . .".  Scío,  con 
San  Agustín  y  la  ortodoxia  en  general,  da  esta  explicación  de  dicha 
desemejanza  de  preceptos:  "Aunque  el  cordero  era  el  sacrificio  esen- 
cial que  se  hacía  en  la  solemnidad  de  la  Pascua,  esto  no  obstante,  mien- 
tras duraban  los  siete  días  de  la  misma,  se  ofrecían  por  devoción  vícti- 
mas pacíficas,  de  las  cuales  participaban  los  que  las  ofrecían".  L.  B.  A. 
manifiesta  una  opinión  idéntica,  agregando  que  a  "esas  víctimas  — 
comprendidas  en  el  término  de  Pascua — ,  les  daban  los  rabinos  el  nom- 
bre particular  de  chaguiga".  La  carne  del  cordero  pascual  debía  ser 
cocida  (v.  7),  según  D,  mientras  que  P  ordena  sea  asada;  sobre  esto 
véase  §  154.  En  la  forma  cómo  han  quedado  esos  textos  mal  refundi- 
dos, resultan  dos  disposiciones  contradictorias,  pues  de  acuerdo  con  el 
V.  7''  todos  los  israelitas  congregados  en  Jerusalén  para  celebrar  la 
Pascua  tenían  que  regresar  a  sus  casas,  al  día  siguiente  de  mañana, 
luego  de  efectuada  esa  celebración;  mientras  que,  según  el  v.  8,  debían 
permanecer  allí  una  semana,  para  tomar  parte  el  séptimo  día  en  una 
asamblea  solemne  en  honor  de  Yahvé.  Al  respecto  escribe  L.  B.  d.  C: 
"Según  D  la  permanencia  junto  al  santuario  central  no  era  obligatoria 
más  que  durante  la  tarde  y  la  noche  en  que  era  inmolada  y  comida  la 
Pascua.  Los  textos  de  P  no  dicen  claramente  donde  debía  celebrarse 
la  fiesta  de  la  Pascua,  ni  tampoco  la  de  los  Panes  Azimos.  Pero  en  la 
época  judía,  el  uso  exigía  que  se  permaneciera  en  Jerusalén  durante 
los  ocho  días  de  la  Pascua  y  de  los  Azimos  (II  Crón.  30,  21-23; 
35,  17)". 

3299.  Como  ya  hemos  tratado  ampliamente  de  este  tema  de  la 
Pascua  y  de  los  Azimos  en  otros  parágrafos  (§  104,  149-159,  2718- 
2720,  3227),  nos  limitaremos  ahora  a  sintetizar  a  continuación  las  con- 
clusiones a  que  llegan  Lods,  en  su  Israel,  ps.  335-340,  y  Loisy  en  su 
Essai  sur  le  sacrifice,  ps.  228-235: 

1"?  La  Pascua  no  está  atestiguada  sino  a  partir  de  las  proximida- 
des del  siglo  VII  (Ex.  12,  21-23  —de  RJ  o  RP— ;  Deut.  16,  1-8;  II  Rey. 


LA  PASCUA 


117 


23,  21-23;  Ez.  45,  21;  y  los  textos  de  P),  aunque  esta  fiesta  sea  muy 
antigua.  Es  indudablemente  uno  de  los  fragmentos  mejor  conservados 
de  la  vieja  religión  semítica,  adoptados  y  perpetuados  por  el  yahvismo. 

2"?  Parece  muy  probable  que  en  los  tiempos  pre-mosaicos  fuera 
la  Pascua  el  día  en  que  se  sacrificaban  los  primogénitos  del  rebaño, 
pues  la  orden  de  esta  inmolación,  en  casi  todos  los  códigos  israelitas, 
se  encuentra  unida  a  prescripciones  sobre  la  Pascua  o  sobre  la  fiesta 
de  los  Panes  Azimos.  Aquélla  sería  la  fiesta  en  honor  de  Yahvé  que 
deseaban  celebrar  en  el  desierto  los  israelitas  que  estaban  en  Egipto 
(Ex.  5,  1-3;  §  151),  lo  que  explicaría  muy  bien  la  décima  plaga: 
Yahvé  mata  a  los  primogénitos  de  los  egipcios  y  de  sus  animales  (Ex. 
12,  29)  en  cambio  de  los  primogénitos  de  los  rebaños  que  se  prohibía 
a  los  hebreos  sacrificarle. 

3°  Es  muy  verosímil  que  los  antiguos  israelitas,  como  los  antiguos 
árabes  y  los  actuales  árabes  de  Moab,  consideraran  cada  rebaño  como 
una  unidad  colectiva,  y  que  hayan  sacrificado  tan  sólo  el  primogénito 
del  rebaño  en  su  producción  anual,  y  no  el  primogénito  de  cada  oveja 
o  de  cada  cabra.  Esas  costumbres  parecen  haber  variado  con  los  tiem- 
pos y  las  reformas  sucesivas  del  culto.  Así  el  libro  de  la  Alianza,  que 
ignora  la  Pascua,  prescribe  sacrificar  en  honor  de  Yahvé  los  primogé- 
nitos de  los  animales,  al  octavo  día  de  su  nacimiento  (Ex.  22,  30),  en- 
tendiendo Loisy  que  estas  víctimas  de  ocho  días,  en  época  de  los  reyes, 
deben  haber  sido  inmoladas  en  holocausto.  Se  puede  suponer,  expresa 
Lods,  que  la  antigua  costumbre  consistente  en  celebrar  una  fiesta  por 
el  conjunto  de  las  crías  de  un  año  de  los  rebaños,  se  había  convertido 
en  uso  local,  en  el  siglo  IX,  conservado  tan  sólo  en  ciertas  regiones, 
como  Judá,  donde  se  había  perpetuado  la  vida  pastoril,  y  que  no  volvió 
a  adquirir  el  carácter  de  solemnidad  nacional,  sino  con  el  Deuterono- 
mió,  código  judaíta. 

4°  Nota  Loisy  que  se  reconoce  el  carácter  arcaico  de  la  Pascua 
en  que  no  era  un  sacrificio  a  Yahvé;  no  se  celebraba  en  un  santuario, 
sino  que  era  un  rito  de  protección  para  una  familia,  para  las  gentes  de 
una  casa  o  de  una  tienda,  que  tenía  todas  las  apariencias  de  rito  de 
comunión  sagrada;  pero  no  de  comunión  con  una  divinidad,  ya  que 
la  sangre  misma  de  la  víctima  no  era  ofrecida  a  un  dios,  sino  aplica- 
da, a  lo  menos  en  parte,  como  rito  de  protección  para  la  morada  de  los 
que  allí  estaban.  "Embadurnando  con  sangre  el  exterior  de  la  entrada 
de  las  casas,  se  garantían  contra  la  maleficencia  del  dios,  como  si  la 
sangre  fuese  menos  tributo  a  su  majestad  que  cebo  a  su  voracidad" 
(Lo  Reí.  d'lsr.  p.  112).  Un  rito  idéntico  era  empleado  también  en  Ara- 
bia y  Siria,  como  en  muchos  pueblos  de  Africa  y  América,  para  pre- 
servar el  hogar  de  desgracias  y  especialmente  de  epidemias. 

59  La  Pascua  no  era  un  acto  propiciatorio  con  el  cual  se  tratara 
de  concillarse  la  divinidad,  sino  además,  como  en  la  inmolación  de  los 


118 


LA  PASCUA 


primogénitos  y  en  todos  los  ritos  relativos  a  las  primicias,  un  medio 
de  poder  gozar  libremente  y  sin  peligro  de  los  nuevos  productos  — 
aquí,  de  los  corderos  o  borregos  y  cabritos  del  año — ,  sin  riesgo  de 
ofender  o  de  echar  el  espíritu  que  está  en  el  rebaño  y  lo  hace  multi- 
plicar. Considerando  ese  espíritu  concentrado  en  el  primer  animal  na- 
cido en  la  estación  respectiva,  se  le  mata  para  eliminar  aquél  del  resto 
de  las  nuevas  crías,  de  donde  resulta  la  obligación  de  consumirlo  en- 
teramente. Pero  se  le  inmola  con  múltiples  precauciones,  con  una  es- 
pecie de  angustia  y  temor,  reunidos  todos  los  miembros  del  grupo,  co- 
mo si  cometieran  un  delito  (nuestra  Introducción,  §  449-451),  Con- 
sérvase la  sangre  y  se  cuida  de  no  quebrar  ninguno  de  sus  huesos 
(§  157),  para  que  el  espíritu  pueda  renacer  y  asegurar  la  reproduc- 
ción ulterior  de  los  animales. 

6°  A  estos  procedimientos  se  unieron  otras  prácticas  también 
mágicas,  destinadas  a  preservar  tanto  el  rebaño  como  el  hogar  con- 
tra todas  las  calamidades  posibles  durante  el  nuevo  año.  De  aquí,  fuera 
del  aludido  embadurnamiento*  con  sangre  del  exterior  de  la  puerta  de 
entrada  de  la  casa  (§  153),  la  costumbre  de  comer  hierbas  amargas 
( §  156) ,  cuya  primitiva  finalidad  era,  como  en  la  antigua  Grecia,  la 
de  impedir  que  penetraran  los  demonios.  Lods  cita  al  efecto,  la  opinión 
de  un  escritor  que  visitó  dicho  país,  hace  dos  siglos,  quien  afirma  que 
muchos  griegos  de  aquel  entonces  se  representaban  la  peste  como  un 
espectro  horroroso,  que  por  la  noche  venía  a  marcar  las  casas  en  las 
que  pensaba  entrar;  y  la  manera  empleada  para  precaverse  de  tan  po- 
co grato  visitante  consistía  en  comer  ajos. 

Y  7°  Finalmente  observa  Loisy  que  es  error  y  anacronismo  del 
escritor  sacerdotal,  el  presentar  el  mito  tardío  de  la  Pascua  como  ins- 
tituido para  proteger  los  primogénitos  de  Israel,  y  substituirlos  por  los 
primogénitos  egipcios  que  Yahvé  mató  en  la  noche  del  comienzo  del 
éxodo.  El  sacrificio  del  cordero  pascual  es  más  antiguo  en  Israel  que 
la  costumbre  cananea,  adoptada  por  éste,  de  sacrificar  los  primogénitos 
del  hombre.  La  hipótesis  de  la  substitución,  es  decir,  que  la  inmolación 
de  aquel  cordero  fue  instituida  expresamente  para  eximir  la  de  estos 
primogénitos,  está  contradicha  por  la  economía  íntima  de  los  ritos: 
el  de  la  Pascua  es  esencialmente  un  sacrificio  comido,  lo  que  nunca 
ocurrió  con  la  inmolación  de  los  niños  primogénitos,  ofrecidos  en  ho- 
locausto a  la  divinidad  en  Fenicia  y  en  Israel.  Aun  mismo  en  Canaán, 
esos  niños  inmolados  se  enterraban  en  grandes  vasijas  de  barro,  pues 
en  ninguno  de  esos  pueblos  se  practicaba  la  antropofagia. 

—  Sobre  la  fiesta  de  las  Semanas  y  la  de  los  Tabernáculos  que 
legisla  el  deuteronomista  en  Deut.  16,  9-15,  véase  lo  expuesto  en 
§  2721-2723. 


LA  ADIVINAaON  EN  ISRAEL 


119 


LA  ADIVINACION  Y  LA  PROFECIA.  —  3300.  En  Deut.  18,  9-12 
se  prohibe  a  los  israelitas  que  practiquen  las  "abominaciones"  cana- 
neas  que  se  detallan,  a  saber:  que  se  inmolen  criaturas  en  holocausto  a 
la  divinidad;  que  se  practique  la  adivinación  por  agüeros,  la  hechice- 
ría y  el  espiritismo  o  evocación  de  los  muertos,  prácticas  todas  éstas 
que  aborrece  Yahvé,  y  por  causa  de  las  cuales  va  a  quitarles  su  terri- 
torio a  los  pueblos  de  Canaán  para  dárselo  a  Israel.  Ese  trozo  ya  lo 
hemos  transcrito  en  §  970,  y  véase  lo  que  sobre  tales  materias  hemos 
dicho  en  ese  parágrafo  y  los  siguientes,  así  como  en  §  3228,  y  especial- 
mente en  nuestra  Introducción,  §  151-154.  El  denteronomista,  hacien- 
do siempre  hablar  a  Moisés,  como  inspirado  por  Yahvé,  y  suponiendo 
aue  dicho  caudillo  se  dirige  a  los  israelitas  antes  de  su  entrada  en 
Canaán,  continúa  el  referido  trozo  de  este  modo: 

13  Serás  irreprochable  ante  Yahvé  tu  dios.  14  Las  naciones  que 
vas  a  desposeer,  dan  oídos  a  agoreros  (o  intérpretes  de  presagios)  y  a 
adivinos;  pero  esto  no  te  lo  ha  permitido  a  ti,  Yahvé  tu  dios.  15  Sus- 
citará Yahvé  tu  dios,  de  en  medio  de  ti,  de  entre  tus  hermanos,  un  pro- 
feta como  yo:  a  él  oiréis.  16  Según  demandaste  a  Yahvé  tu  dios,  en 
Horeh,  en  el  día  de  la  asamblea,  cuando  dijiste:  "¡No  oiga  yo  otra 
vez  la  voz  de  Yahvé  mi  dios,  ni  vea  más  este  gran  fuego,  no  sea  que 
muera!"  (Ex.  20,  19;  Deut.  5,  23-33).  17  Entonces  me  dijo  Yahvé: 
"Han  hablado  bien.  18  Les  suscitaré  de  entre  sus  hermanos,  un  profeta 
romo  tú;  pondré  mis  palabras  en  su  boca,  y  él  les  dirá  todo  lo  que  yo 
le  mandare.  (Esto  no  se  menciona  en  los  citados  pasajes  del  Exodo  y 
del  Deuteronomio) .  19  Si  alguno  no  escuchare  las  palabras  que  pro- 
nunciare en  mi  nombre,  yo  mismo  le  pediré  cuenta  de  ello  (o  experi- 
mentará mi  venganza  — -  La  Vulgata) .  20  Pero  el  profeta  que  tuviere 
la  audacia  de  pronunciar  en  mi  nombre  palabra  que  no  le  hubiera  man- 
dado pronunciar,  o  aue  hablare  en  nombre  de  otros  dioses,  el  tal  pro- 
feta morirá".  21  Quizá  te  digas  para  ti  mismo  (o  en  tu  corazón)  : 
"/Cómo  podremos  conocer  la  palabra  que  no  haya  pronunciado  Yah- 
vé?" 22  Cuando  el  profeta  hablare  en  nombre  de  Yahvé,  si  lo  aue  él 
hubiere  dicho  no  se  realizara,  ni  se  verificara,  será  palabra  que  Yahvé 
no  ha  pronunciado,  sino  que  por  orgullo  la  habrá  pronunciado  el  pro- 
feta: no  tengas  temor  de  él. 

3301.  El  legislador  combate  aquí  a  los  nigromantes  y  la  adivi- 
nación ilícita  (§  970)  ;  pero  advierte  a  los  israelitas  que  si  desean  co- 
nocer el  porvenir,  deben  recurrir  a  los  verdaderos  profetas,  inspirados 
por  Yahvé,  pues  también  los  hay  falsos,  que  vaticinan  por  presunción 
u  orgullo.  Aun  cuando  el  carácter  de  aquéllos  parece  ser  ©l  Je  porta- 
voces de  Yahvé,  esto  es,  que  tienen  por  mlaíón  decir  todo  lo  que  di- 
cho dios  les  mande  (v.  78),  sin  embargo,  según  el  v.  22,  la  mente  del 
deuteronomista  es  que  sean  principalmente  anunciadores  del  futuro,  ya 
que  la  señal  que  da  para  distinguir  a  los  profetas  verdaderos  de  los 


120 


YAHVE  SUSCITARA  UN  PROFETA 


falsos  consiste  en  la  realización  o  no  de  sus  vaticinios.  Pero  la  forma 
de  expresión  del  autor  al  emplear  el  singular  en  vez  del  plural  — pues 
habla  de  que  Yahvé  suscitará  un  profeta,  en  lugar  de  profetas — ,  hizo 
pensar  a  los  primeros  escritores  cristianos,  quienes  a  todo  trance  que- 
rían encontrar  en  el  A.  T.  pasajes  que  presagiaran  el  advenimiento  del 
Cristo,  que  a  este  suceso  se  referían  los  aludidos  vs.  15  y  18.  Al  efecto, 
escribe  L.  B.  d.  C:  "Como  lo  prueba  la  antítesis  con  los  adivinos  de 
todo  género,  el  legislador  definió  aquí  el  modo  de  revelación  al  cual 
podrán  recurrir  los  israelitas.  Este  texto  (v.  15)  no  anuncia,  pues,  la 
venida  de  determinada  personalidad  (Juan  6,  14;  7,  40),  sino  de  una 
serie  de  profetas,  que  como  Moisés,  hablarán  por  inspiración.  Se  le 
cita  en  Act.  3,  22  y  7,  37  para  establecer  el  carácter  mesiánico  de  Je- 
sús". La  ortodoxia  moderna,  sobre  todo  la  católica,  sigue  creyendo  que 
Deut.  18,  25  es  una  profecía  del  Mesías.  Scío,  p.  ej.,  en  nota  a  ese  ver- 
sículo expresa:  "Aquí  se  anuncia  en  el  sentido  literal  inmediato  al 
Profeta  por  excelencia,  que  es  Jesucristo,  en  cuya  persona  se  cumplió 
este  vaticinio,  y  este  era  el  común  sentir  de  la  Sinagoga.  Así  lo  inter- 
pretaron S.  Pedro  (Act.  3)  y  S.  Esteban  (Act.  7)".  Pero  nótese  que 
el  deuteronomista  le  hace  decir  a  Moisés  que  el  profeta  que  suscitará 
Yahvé  será  "como  el  mismo  Moisés",  luego,  pues,  no  se  trata  del  Me- 
sías. Examinemos  los  textos  del  N.  T.  que  se  refieren  al  aludido  pa- 
saje. En  Juan  1,  21  aparecen  los  judíos  preguntándole  a  Juan  el  Bau- 
tista: "¿Eres  tú  el  profeta?  Y  él  respondió:  No".  Aquéllos  entendían 
por  "el  profeta",  al  que  se  creía  anunciado  en  Deut.  18,  15  y  que,  se- 
gún una  tradición  generalmente  aceptada  entonces,  era  el  Mesías;  pero 
el  autor  del  Evangelio  no  admite  dicha  identidad,  "sea,  dice  Loisy, 
porque  el  título  de  "profeta  como"  Moisés  le  parece  demasiado  por 
debajo  del  Logos  encarnado,  sea  por  influencia  de  otra  tradición  apo- 
calíptica según  la  cual  ve  aquí  y  en  7,  40,  -en  "el  profeta",  un  segundo 
Elias,  que  podría  ser  muy  bien  el  mismo  Moisés,  comprendido  como 
precursor  del  último  advenimiento"  (cf.  Ap.  11,  3).  De  acuerdo  con 
la  primera  tradición  citada,  los  que  presenciaron  el  milagro  de  la  mul- 
tiplicación de  los  panes  y  de  los  peces,  dijeron:  "¡Este  es  en  verdad  el 
profeta  que  había  de  venir  al  mundo!",  o  sea,  el  Mesías,  por  lo  que 
"sabiendo  Jesús  que  iban  a  venir  y  a  tomarle  para  hacerle  rey,  se  reti- 
ró de  nuevo,  solo,  a  la  montaña"  (Juan  6,  14-15). 

3302.  En  otro  pasaje  también  del  cuarto  evangelio,  se  narra  la 
variada  impresión  de  los  oyentes  de  Jesús,  quienes  después  de  escu- 
char sus  discursos,  decían  unos:  "Este  es  verdaderamente  el  profeta", 
subí ontor, Riéndose  el  anunciado  por  Moisés;  mientras  que  "otros  de- 
cían: Este  es  el  Crioto'"  (Juan  7,  40-41),  manifestaciones  diversas  que 
dan  a  suponer  que  se  consideraba  que  el  aludido  profeta  era  distinto 
del  Mesías.  Sin  embargo,  en  el  fondo  no  debe  haber  mucha  diferencia 
entre  ambas  opiniones,  porque  ésta  última  retiene  todas  laa  objeciones 


UN  PROFETA  COMO  MOISES 


121 


que  en  seguida  se  suscitan  (vs.  41-42),  mientras  que  la  primera  no  es 
discutida.  En  el  libro  de  los  Actos  o  Hechos  encontramos  dos  veces 
mencionado  nuestro  texto  de  Deut.  18,  15,  y  en  ambas  ocasiones  se 
dice  que  el  vaticinio  del  advenimiento  del  profeta  "como  Moisés"  se 
cumplió  en  la  persona  de  Jesús.  En  el  cap.  3  de  ese  libro,  su  autor  pone 
en  boca  del  apóstol  Pedro,  después  del  milagro  de  la  curación  de  un 
paralítico,  en  el  templo,  un  discurso  apologético,  en  el  que  se  hallan 
estas  palabras:  "22  Moisés  dijo:  El  Señor  Dios  os  suscitará  de  entre 
vuestros  hermanos,  un  profeta  como  yo;  escuchadle  en  todo  lo  que  os 
dijere.  23  Y  sucederá  que  el  que  no  escuchare  a  ese  profeta  será  ex- 
terminado del  pueblo".  Esta  cita  comprende  Deut.  18,  15,  19,  cuya 
parte  final  de  este  último  versículo  ha  sido  reemplazada  por  el  v.  29* 
de  Lev.  23,  para  aumentar  la  amenaza  contra  los  que  no  escucharen 
al  profeta  anunciado.  También  el  autor  del  discurso  de  Esteban  re- 
produce Deut.  18,  75,  insinuando  que  el  profeta  pronosticado  en  ese 
texto  es  el  Cristo;  pero  todas  esas  interpretaciones  interesadas  no  con- 
cuerdan  con  el  pasaje  original,  en  el  que  no  se  trata  para  nada  del 
Mesías,  sino  de  un  profeta  — o  tomando  este  vocablo  en  sentido  co- 
lectivo, de  los  profetas — ,  mediador  de  revelación  divina,  según  se  ex- 
plica en  los  vs.  16-18.  Al  escribir  estos  versículos,  el  deuteronomista 
tuyo  presente  la  tradición  consignada  en  Deut.  5,  2-5,  24-33,  según  la 
cual  el  pueblo  israelita,  presa  de  espanto  ante  los  fenómenos  volcáni- 
cos que  presenciaba  al  pie  del  Horeb  (Deut.  4,  25;  cf.  Ex.  20,  18-19), 
y  después  de  las  primeras  comunicaciones  directas  y  orales  que  le  hi- 
zo Yahvé,  le  pide  temblando  a  Moisés  que  sea  él  quien  escuche  lo  que 
diga  el  dios,  y  luego  se  lo  trasmita  a  ellos,  porque  de  lo  contrario  mo- 
rirían. Yahvé  aprueba  ese  pedido,  y  entonces  les  anuncia  que  les  sus- 
citará un  profeta  con  el  indicado  cometido,  o  sea,  de  transmisor  de 
las  palabras  o  de  los  mandatos  de  aquél,  profeta  que  será  por  lo  tanto 
semejante  a  Moisés,  porque  desempeñará  el  aludido  papel  que  según 
la  tradición  realizó  este  gran  caudillo,  al  pie  del  Horeb.  Ahora  bien, 
eso  es  lo  que  dice  el  texto  que  estudiamos:  el  sostenedor  de  que  aquí 
se  vaticina  el  advenimiento  de  una  personalidad  extraordinaria,  de  un 
personaje  tan  importante  como  Moisés,  tiene  que  reconocer  que  tal 
suceso  no  se  ha  producido  aún,  ni  que  tampoco  se  trata  del  Mesías 
cristiano,  al  que  se  le  asigna  otra  misión.  Es,  pues,  más  natural  supo- 
ner que  el  autor  ha  qucridu  refcrírac  a  la  revelación  profótíca,  ya  que 

los  profetas  eran  considerados  como  los  portadores  de  los  mensajes  de 
Yahvé.  Y  esta  interpretación  es  tanto  más  racional  y  aceptable,  cuanto 
que  nuestro  discutido  texto  viene  en  seguida  de  las  censuras  contra  lo? 
nigromantes  y  adivinos,  "a  quienes  dan  oídos  las  naciones  que  vas  a 
desposeer,  lo  que  no  te  lo  ha  permitido  a  ti,  Yahvé  tu  dios"  (v.  14) . 
No  es,  pues,  a  los  agoreros  y  adivinos  a  los  que  deberán  recurrir  los 


122 


DISTINCION  DE  LOS  PROFETAS 


israelitas,  sino  a  los  profetas  que  hablan  por  inspiración  del  dios 
nacional. 

3303.  El  escritor  ortodoxo  de  L.  B.  A.  se  ve  obligado  a  llegar  a 
ese  resultado,  pues  explicando  el  vocablo  "un  profeta"  del  v.  15,  dice: 
"No  se  trata  de  un  profeta  particular;  esta  palabra  se  toma  aquí  en 
sentido  colectivo;  es  el  profeta  que  Dios  suscitará  en  cada  tiempo,  para 
responder  a  las  necesidades  de  su  pueblo".  Pero  como  en  los  Actos  se 
le  da  una  interpretación  mesiánica  a  dicha  palabra,  interpretación  que 
para  él  es  divinamente  inspirada,  resuelve  la  dificultad  diciendo:  "La 
aplicación  especial  de  esta  expresión  al  Mesías  no  es  verdadera  sino 
en  el  sentido  de  que  la  persona  del  Mesías  es  la  realización  perfecta 
del  profetismo,  así  como  de  la  reyecía  y  del  sacerdocio".  Scío  igual- 
mente explica  lo  que  se  afirma  en  el  texto  de  que  el  anunciado  pro- 
feta será  "como  Moisés",  exponiendo  con  Sn.  Agustín  que  "así  como 
Moisés  fue  el  legislador  de  la  Ley  antigua,  Jesucristo  lo  sería  de  la 
nueva".  Pero  fuera  de  que  Jesús  no  sólo  nunca  pretendió  ser  legisla- 
dor como  aquel  caudillo,  al  punto  que  afirma  que  "él  no  ha  venido  a 
abolir  la  Ley  ni  los  Profetas,  sino  a  cumplirlos"  (Mat.  5,  17),  tenemos 
que  los  vs.  20-22  de  Deut.  18  corroboran  que  el  escritor  deuteronómi- 
co  a  la  vez  de  combatir  a  los  adivinos  cananeos  y  aconsejar  se  recurra 
a  la  revelación  profética,  aprovecha  la  oportunidad  para  poner  en 
guardia  a  sus  lectores  contra  otros  profetas  que  no  eran  inspirados  por 
Yahvé.  Comentando  la  señal  distintiva  de  unos  y  otros  profetas,  escribe 
L.  B.  d.  C:  "Trátase  de  un  criterio  puramente  negativo,  porque,  según 
13,  2-3,  no  es  exacta  la  recíproca,  puesto  que  hay  oráculos  que  se 
realizan  y  no  vienen  de  Yahvé.  Por  lo  demás,  admitían  los  grandes 
profetas  que  Dios  puede  revocar  sus  amenazas  y  sus  promesas  (Jer. 
18,  6-10;  Ez.  18,  21-32;  33,  12-20;  Am.  7,  1-6,  &).  Según  ellos,  el 
principal  criterio  de  la  verdadera  profecía  consistía  en  su  acuerdo  con 
las  exigencias  morales  y  religiosas  de  Dios  (Miq.  3,  5-8;  Jer.  23,  22)". 
Considerar  la  realización  de  los  vaticinios  de  los  profetas  como  prueba 
de  que  éstos  eran  inspirados  por  Yahvé,  es  semejante  a  la  pretensión 
del  escritor  elohista  que  quiso  que  Moisés  demostrara  el  poder  de 
Yahvé,  haciendo  maravillas  de  prestidigitador  ante  el  Faraón,  para  que 
éste  dejara  salir  de  Egipto  a  los  israelitas;  pero  resultó  que  muchas  de 
tales  maravillas  también  sabían  producirlas  los  magos  y  hechiceros  de 
dicho  soberano  (§  140).  De  igual  modo,  si  los  profetas  acertaron  en 
más  de  una  ocasión  en  sus  pronósticos,  no  fue  por  inspiración  de  nin- 
guna divinidad,  sino  porque  su  perspicacia  les  hizo  prever  determina- 
dos acontecimientos  (cuando  no  se  trataba  de  profecías  posteriores  a 
los  sucesos  vaticinados,  como  en  el  caso  de  la  de  Nahum),  así  como 
otras  veces,  según  hemos  tenido  oportunidad  de  irlo  viendo  principal- 
mente en  nuestro  tomo  VIII,  se  equivocaron  lamentablemente,  como  les 
suele  ocurrir  a  los  políticos  y  estadistas  modernos  en  sus  previsiones 


LA  ASAMBLEA  DE  YAHVE 


123 


de  futuro.  —  En  cuanto  a  la  frase  final  del  v.  22:  "no  tengas  temor 
de  él",  es  decir,  del  falso  profeta,  puede  significar  como  entiende  L. 
B.  d.  C.:  "No  tengas  temor  de  condenarlo  a  muerte,  aunque  para  sal- 
var su  vida,  te  anunciara  la  venganza  del  cielo",  o  quizá  mejor:  "No 
le  temas,  porque  sus  amenazas  son  impotentes,  ya  que  no  provienen 
de  Yahvé,  o  no  son  inspiradas  por  este  dios". 

LA  ASAMBLEA  O  CONGREGACION  DE  YAHVE.  —  3304.  Al  co- 
mienzo del  cap.  23  de  Deuteronomio,  se  mencionan  las  personas  ex- 
cluidas de  la  comunidad  israelita,  que  eran  las  siguientes:  1  No  será 
admitido  en  la  asamblea  de  Yahvé  el  que  tenga  sus  testículos  aniqui- 
lados (el  eunuco)  o  cortado  el  miembro  viril.  2  No  serán  admitidos 
en  la  asamblea  de  Yahvé  aquel  cuyo  nacimiento  es  impuro  {"el  hijo 
ilegítimo":  V.  S.;  L.  B.  R.  F.  —  "bastardo":  Valera,  V.  M.  —  "el 
bastardo,  esto  es,  el  que  ha  nacido  de  mujer  prostituida" :  La  Vulgata 
—  "el  bastardo,  fruto  de  un  incesto":  Reuss),  ni  sus  descendientes, 
aún  en  la  (o  hasta  la)  décima  generación.  3  No  serán  admitidos  en  la 
asamblea  de  Yahvé  el  ammonita,  ni  el  moabita,  ni  nunca  lo  serán  sus 
descendientes,  aun  mismo  los  de  la  décima  generación,  4  porque  no  os 
salieron  a  recibir  con  pan  y  agua  en  el  camino,  cuando  salisteis  de 
Egipto,  y  porque  él  (¿Moab  o  el  rey  de  Moab?)  alquiló  contra  ti  a 
Balaam,  hijo  de  Beor,  de  Petor,  en  Aram  Naharaim  (Mesopotamia) , 
para  maldecirte;  5  pero  Yahvé  tu  dios  no  quiso  escuchar  a  Balaam,  y 
cambió  para  ti  la  maldición  en  bendición,  porque  Yahvé  tu  dios  te 
ama.  6  Mientras  vivas,  nunca  procurarás  su  prosperidad,  ni  su  bienes- 
tar. 7  No  abominarás  (o  no  aborrecerás)  al  edomita,  porque  es  tu  her- 
mano. No  abominarás  al  egipcio,  porque  fuiste  admitido  a  morar  en 
su  país.  8  Sus  descendientes,  en  la  tercera  generación,  serán  admitidos 
en  la  asamblea  de  Yahvé. 

3305.  La  primera  cuestión  que  aquí  se  presenta  es  esta:  ¿qué  era 
la  asamblea  de  Yahvé?  La  Vulgata  traduce  "asamblea  de  Yahvé  por 
ecclesiam  Dómini,  "la  iglesia  del  Señor".  Y  en  nota  de  su  versión  es- 
jiañola,  dice  Scío:  "Por  entrar  en  la  Iglesia  de  Dios  se  entiende  ser  em- 
padronados en  el  número  de  los  ciudadanos,  y  reputados  por  israelitas, 
como  si  descendieran  de  los  doce  Patriarcas,  y  habilitados  para  los  em- 
pleos y  dignidades  públicas  {Menochio) .  Asimismo  para  gozar  los  pri- 
vilegios de  los  otros  hebreos,  como  eran  asistir  a  sus  juntas  o  congrega- 
ciones, de  entrar  al  goce  de  los  fueros  del  año  sabático  y  del  jubileo,  y 
otros  que  eran  peculiares  del  pueblo  de  Israel".  En  su  sentido  usual  y 
corriente,  asamblea  significa  reunión  numerosa  de  personas  convocadas 
para  algún  fin,  o  cuerpo  deliberante.  En  el  A.  T.  se  la  emplea  a  menudo 
para  expresar  simple  reunión  de  personas  o  grupos  especiales,  como 
asamblea  o  compañía  de  profetas  (I  Sam.  19,  20) ;  asamblea  de  los  per- 
versos (Sal.  26,  5)  ;  asamblea  de  los  muertos  (Prov.  21,  16)  ;  asamblea 


124 


LOS  HUOS  ILEGITIMOS 


de  jóvenes  (Jar.  15,  17),  etc.;  pero  generalmente  designa  el  conjunto 
del  pueblo  de  Israel,  traducido  en  nuestras  versiones  castellanas  por 
congregación  (Núm.  1,  2;  20,  1-13;  Esd.  2,  64).  Otras  veces  el  voca- 
blo asamblea  expresa  reunión  de  hombres,  con  exclusión  de  las  mujeres, 
los  que  actúan  como  cuerpo  jurídico  o  ejecutivo,  y  así  leemos  que  "la 
asamblea  juzgará"  (Núm.  35,  12,  24),  "la  asamblea  librará  al  homici- 
da. . .  le  hará  volver  a  su  ciudad  de  refugio"  (Núm.  35,  25) ;  "la  asam- 
blea lapidará  al  blasfemo  o  maldiciente"  (Lev.  24,  14).  Pero  con  el 
agregado:  "de  Yahvé",  esa  asamblea  representa  al  pueblo  hebreo  como 
teocracia,  iglesia-nación  en  sus  relaciones  con  la  divinidad.  "La  asam- 
blea, toda  entera,  está  formada  de  santos,  y  Yahvé  está  en  medio  de 
ellos"  (Núm.  16,  3) .  Este  es  el  sentido  que  prefería  el  escritor  sacerdo- 
tal, que  escribía  en  la  época  postexílica,  cuando  el  pueblo  judío  estaba 
reducido  a  un  pequeño  número  de  habitantes,  con  su  territorio  muy 
cercenado,  y  sometido  a  la  soberanía  extranjera.  Entonces  se  podía  ha- 
blar con  más  precisión  de  "comunidad",  ya  que  el  pueblo  constituía  más 
una  iglesia  que  ima  entidad  política.  Esa  evolución  del  concepto  de 
asamblea  se  operó  concomitantemente  con  la  idea  que  se  tenía  del  dios 
Yahvé.  Este  al  principio  era  un  simple  dios  nacional,  idéntico  al  de  las 
demás  naciones;  pero  cuando  se  le  consideró  superior  a  los  otros,  (Deut. 
4,  7-8,  32-39)  sobre  todo  en  virtud  de  la  predicación  prof ética,  y  como 
el  Señor  de  la  historia,  que  disponía  de  los  pueblos  a  su  antojo,  utilizán- 
dolos como  instrumento  de  sus  decisiones,  viniendo  por  lo  mismo,  a  des- 
tacarse la  situación  privilegiada  de  Israel  (en  sus  dos  ramas  después  del 
cisma)  como  la  de  pueblo  escogido  de  tan  alto  monarca  celestial,  resultó 
que  se  fue  desarrollando  la  idea  de  que  el  conjunto  de  los  israelitas 
constituía  una  agrupación  reÜgiosa,  cuyo  éxito  material  dependía  de  la 
fidelidad  con  que  observara  los  preceptos  de  su  dios.  De  ahí,  pues,  que 
se  evitara  contacto  con  los  Estados  vecinos  que  tenían  otros  dioses  y  dis- 
tintas prácticas  cultuales,  lo  que  condujo  más  tarde  al  cerrado  aisla- 
miento preconizado  por  el  judaismo;  al  desarrollo  del  concepto  de  pu- 
reza ritual  para  impedir  toda  contaminación  con  los  goim  o  extranje- 
ros ( §  2282  bis) ;  y  por  lo  mismo,  al  afán  de  evitar  a  toda  costa  los 
matrimonios  con  personas  de  otra  nacionalidad. 

3306.  Por  eso,  ya  en  el  siglo  VII  el  deuteronomista  se  creyó  obli- 
gado a  legislar  sobre  los  que  no  podían  formar  parte  de  la  asamblea  de 
Yahvé,  puesto  que  sus  miembros  debían  ser  santos  y  puros.  Ordena, 
pues,  que  no  serán  admitidos  en  ella  los  que,  según  hemos  visto,  son 
denominados  por  los  distintos  traductores  "hijos  ilegítimos  o  bastar- 
dos". El  vocablo  hebreo  vertido  de  este  modo,  es  una  palabra  rara,  de 
sentido  dudoso.  Al  respecto,  escribe  L.  B.  d.  C:  "El  sentido  preciso 
del  término  hebreo  es  incierto.  Probablemente  se  trata  del  hombre  na- 
cido de  unión  ilícita  (incesto,  adulterio) :  en  Zac.  9,  6  la  expresión 
aparece  aplicada  a  los  hijos  nacidos  de  matrimonio  entre  judíos  y  pa- 


MODOS  DE  CASTRACION 


125 


ganas;  en  Enoc.  10,  9,  designa  a  los  gigantes,  nacidos  de  la  unión  de 
los  ángeles  y  de  las  hijas  de  los  hombres".  Como  en  todas  las  religio- 
nes ritualistas,  se  busca  aquí  esencialmente  la  pureza  exterior,  sin 
preocuparse  de  los  sentimientos  de  los  individuos;  por  eso  se  declaran 
excluidos  de  la  asamblea  de  Yahvé  a  los  que  provenían  de  uniones 
juzgadas  impuras.  Ese  concepto  de  indignidad  que  pesaba  sobre  tales 
personas,  al  punto  de  ser  eliminadas  del  culto  divino  por  causas  que 
no  podían  serles  imputadas  como  provenientes  de  sú  conducta,  ha  per- 
sistido en  muchas  de  nuestras  modernas  legislaciones  civiles,  y  así,  p. 
ej.,  nuestro  Código  Civil  uruguayo,  de  1868,  contenía  todo  un  capítulo 
titulado:  "De  los  hijos  adulterinos,  incestuosos  y  sacrilegos"  en  el  cual 
se  encontraba  este  art.  221:  "Los  hijos  adulterinos,  incestuosos  o  sacrile- 
gos, no  tienen  por  las  leyes  padre  o  madre,  ni  parientes  algunos  por  parte 
de  padre  o  madre.  Los  hijos  adulterinos,  incestuosos  o  sacrilegos  no 
tienen  ningún  derecho  en  la  sucesión  del  padre  o  de  la  madre,  y  recí- 
procamente los  padres  no  tienen  ningún  derecho  a  la  sucesión  de  di- 
chos hijos,  ni  patria  potestad,  ni  autoridad  para  nombrarles  tutores". 
"Hijo  sacrilego,  decía  el  art.  211,  es  el  que  procede  de  padre,  clérigo 
de  órdenes  mayores  o  de  personas,  padre  o  madre,  ligada  por  voto 
solemne  de  castidad  en  alguna  orden  religiosa".  Las  doctrinas  católi- 
cas, en  las  que  se  nota  la  influencia  de  los  preceptos  del  judaismo,  in- 
fluyeron grandemente  en  la  mencionada  legislación,  definitivamente 
abolida  entre  nosotros,  desde  hace  mucho  tiempo. 

3307.  Además  de  los  citados  hijos  espurios,  el  deuteronomista 
prohibe  que  sean  admitidos  en  la  asamblea  de  Yahvé  los  eunucos,  por 
no  ser  hombres  físicamente  perfectos,  del  mismo  modo  que  por  idénticas 
razones  el  legislador  sacerdotal  se  opuso  a  que  se  ofrecieran  a  Yahvé 
animales  castrados.  Y  así  el  Levítico  dispone:  "24  No  ofreceréis  a 
Yahvé  animal  que  tenga  los  testículos  magullados,  aplastados,  arran- 
cados o  cortados;  ni  podréis  inmolarlo  en  vuestro  país  (o  "no  haréis 
esto  en  vuestro  país") .  25  Ni  aun  de  mano  de  un  extranjero  acepta- 
réis animal  que  haya  sufrido  alguna  de  estas  mutilaciones,  para  ofre- 
cerlo como  alimento  a  vuestro  dios:  están  deteriorados,  tienen  un  de- 
fecto, no  serán  aceptados"  (cap.  22).  El  transcrito  v.  24  expresa  los 
cuatro  modos  de  castración  que  entonces  se  usaban;  pero  Josefo  y  los 
rabinos  entendieron  el  v.  2#,  en  el  sentido  de:  "no  se  practicarán  en- 
tre vosotros  semejantes  operaciones,  como  se  hace  en  otros  pueblos", 
por  lo  que,  como  nota  L.  B.  A.,  "no  existe  en  hebreo  un  vocablo  para 
designar  el  buey  (macho  vacuno  castrado)  como  distinto  del  toro", 
resultando  en  consecuencia,  que  para  la  labranza  se  utilizaban  toros  y 
no  bueyes.  L.  B.  d.  C,  cuya  traducción  hemos  seguido,  entiende  que 
"el  contexto,  que  no  habla  sino  de  sacrificios,  no  recomienda  la  aludi- 
da interpretación  rabínica".  Observa  igualmente  que  "la  semejanza  en 
Deut.  23,  del  v.  3  con  el  precedente  2,  sugiere  que  los  ammonitas  y  los 


126 


AMMONITAS  Y  MOABITAS 


moabitas  son  excluidos  a  causa  del  nacimiento  impuro  atribuido  a  sus 
antecesores,  Ammón  y  Moab  (cf.  Gén.  19,  30-38;  §  2290).  De  lo  que 
se  infiere  que  los  motivos  indicados  en  los  vs.  4-8,  basados  en  la  acti- 
tud de  aquéllos,  en  los  tiempos  mosaicos,  deben  haber  sido  agregados 
ulteriormente".  Esos  motivos  consistían  en  que  los  dos  pueblos  nombra- 
dos no  habían  salido  a  recibir  con  pan  y  agua  a  los  israelitas,  cuando 
éstos  iban  emigrados  de  Egipto  a  Canaán;  (1)  pero  lo  curioso  del  caso 
es  que  de  los  moabitas  se  dice  lo  contrario  en  Deut.  2,  29,  donde  se 
afirma  que  habían  permitido  pasar  por  su  territorio  a  los  israelitas,  y 
les  habían  vendido  víveres  y  agua.  Y  no  sólo  esto,  sino  que  se  agrega 
que  no  deben  ser  aborrecidos  los  edomilas  y  que  sus  descendientes  se- 
rán admitidos  en  la  asamblea  de  Yahvé,  a  la  tercera  generación,  a  pe- 
sar de  que  en  Núm.  20,  17-21  se  narra  que  los  edomitas  tampoco  per- 
mitieron pasar  por  su  país  a  los  israelitas,  durante  su  mencionado  viaje, 
ni  les  quisieron  vender  agua  para  ellos  y  sus  ganados,  es  decir,  que 
habían  hecho  lo  mismo  que  aquí  se  les  reprocha  a  los  ammonitas  y 
moabitas.  Lo  que  comprueba,  una  vez  más,  el  uso  de  distintos  documen- 
tos que  no  supieron  armonizar  los  ulteriores  redactores.  Y  con  respec- 
to a  la  admisión  de  los  descendientes  de  los  egipcios,  en  la  aludida  asam- 
blea, basándose  en  que  a  los  israelitas  se  les  había  autorizado  a  que  mo- 
raran en  su  tierra  (en  Gosén,  Gén.  47,  27) ,  manifiesta  L.  B.  d.  C.  que 
éste  "es  el  único  pasaje  en  que  la  permanencia  en  Egipto  sea  presenta- 
da como  un  hecho  de  naturaleza  de  hacer  simpáticos  a  los  habitantes  de 
ese  país,  pues  ordinariamente  se  le  invoca  para  invitar  al  israelita  a  que 
se  muestre  compasivo  con  los  extranjeros  y  los  esclavos  (cf.  10,  19; 
15,  15;  24,  18-22)". 


(1)  En  el  V.  6  se  aconseja  odio  eterno  a  los  ammonitas  y  moabitas:  "Mien- 
tras vivas,  nunca  (o  en  todos  tus  días,  para  siempre  —  V.  M.)  procurarás  su  pros- 
peridad, ni  su  bienestar".  Este  insensato  precepto  contra  pueblos  vecinos,  recuerda 
la  conducta  actual  del  comunismo  soviético,  como  lo  prueba  lo  que  se  enseña  en 
"Pedagogía"  por  B.  O.  tesipov  y  N.  K.  Goncharov,  libro  de  texto  ruso,  oficial- 
mente aprobado  para  la  educación  de  los  maestros  de  escuela,  libro  al  que  per- 
tenece el  siguiente  párrafo:  "En  todo  el  trabajo  educacional  consagrado  a  la 
preparación  de  los  futuros  ciudadanos  para  la  defensa  de  la  Patria,  es  necesario 
recordar  que  vencer  al  enemigo  es  imposible  si  no  se  le  profesa  el  odio  más  ar- 
diente. El  amor  apasionada  a  la  Patria  engendra  inevitablemente,  un  vigoroso 
odio  hacia  el  enemigo". 


CAPITULO  VI 


Preceptos  de  derecho  civil 


DIVERSAS  DISPOSICIONES  CIVILES.  —  3308.  Dispersas  en  el  Deu- 
teronomio,  encontramos  disposiciones:  a)  relativas  al  matrimonio  y  al 
divorcio;  b)  a  la  sucesión;  c)  referentes  a  mojones  y  pretiles  de  azo- 
teas; d)  sobre  la  legislación  social  tendiente  a  favorecer  a  los  indigen- 
tes y  a  los  jornaleros;  y  e)  sobre  mezclas  prohibidas  y  fraude  comer- 
cial. Las  atinentes  a  los  préstamos  con  interés  ya  las  hemos  estudiado 
en  §  3253  bis. 

MATRIMONIO.  —  3309.  El  primer  precepto  deuteronómico  sobre 
el  matrimonio  de  los  israelitas,  se  halla  en  la  tercera  Introducción  del 
libro  que  vamos  estudiando  (§  3212),  donde  figura  Moisés  ordenando 
que  sean  destruidos  los  pueblos  que  en  su  época  ocupaban  Canaán, 
lo  mismo  que  sus  objetos  de  culto,  como  se  ve  en  el  siguiente  pasaje: 
Deut.  7,  1  Cuando  Yahvé  tu  dios  te  haya  hecho  entrar  en  el  país  que 
vas  a  poseer,  y  que  haya  echado  delante  de  ti  muchas  naciones  — los 
hititas,  los  gergeseos,  los  amorreos,  los  cananeos,  los  perezcas,  los  hivvi- 
tas,  los  jebuseos,  siete  naciones  más  numerosas  y  más  fuertes  que  tú — , 
2  cuando  Yahvé  tu  dios  te  las  haya  entregado  y  que  las  hayas  vencido, 
las  consagrarás  por  anatema  {"las  pasarás  a  cuchillo,  sin  dejar  uno 
solo"  —  Scío ) .  No  harás  alianza  con  ellas,  ni  tendrás  compasión  de 
ellas.  3  No  contraerás  matrimonio  con  ellas;  no  darás  tu  hija  a  uno 
de  sus  hijos,  ni  tomarás  una  de  sus  hijas  para  tu  hijo,  4  porque  esas 
naciones  apartarían  de  Yahvé  a  tu  hijo,  el  que  serviría  a  otros  dioses; 
y  se  irritaría  Yahvé  y  pronto  te  aniquilaría. 

3310.  En  el  transcrito  pasaje,  notaínos:  19  El  deuteronomista 
nombra  aquí  siete  pueblos  que  ocupaban  Palestina  cuando  la  invasión 
hebrea;  pero  como  observa  Dhorme  {L'Evolution,  cap.  VI),  "los  auto- 
res de  los  relatos  del  Génesis  emplean  tres  términos  distintos  para  de- 
signar las  poblaciones  establecidas  en  Canaán  a  la  llegada  de  los  he- 
breos: para  J  son  cananeos;  para  E,  amorreos,  y  para  P,  "hijos  de 
Het",  es  decir,  hititas".  Ezequiel  unifica  esas  tres  tradiciones,  cuando 
expresa:  "He  aquí  lo  que  el  Señor  Yahvé  (Adonai  Yahvé)  dice  a  Je- 


128 


POBLACIONES  A  EXTERMINAR 


rusalén  (por  Jerusalén,  el  profeta  entiende  el  reino  de  Judá  y  aún  todo 
Israel) :  Por  tus  orígenes  y  por  tu  nacimiento,  eres  del  país  de  Canaán 
(aludiendo  probablemente  a  las  poblaciones  indígenas  incorporadas  en 
masa  a  Israel  —  Jue.  1,  21 ;  cf.  II  Sara.  24,  16,  18-25)  ;  tu  padre  era 
(o  es)  amorreo,  y  tu  madre,  hitita"  (16,  3).  Sobre  los  amorreos,  ca- 
naneos  e  hititas,  véanse  §  12,  16,  21-22,  69-70.  De  los  gergeseos  (heb. 
girgasi)  poco  o  nada  sabemos.  Los  perezeos  o  perizzitas  (heb.  perizzi, 
en  singular)  parece  que  eran  de  la  raza  de  los  horitas,  o  sea,  de  los 
hurri  de  los  textos  cuneiformes.  Muchos  creen  que  su  nombre  proviene 
de  perazoth,  "ciudades  abiertas"  o  "país  abierto"  y  que  vivieran  en 
los  campos,  mientras  que  los  cananeos  habitarían  las  ciudades  amu- 
ralladas (Gén.  13,  7).  Los  hivvitas  (heb.  hiwwi),  los  escenitas  de  los 
autores  griegos,  eran  según  su  etimología,  los  que  habitaban  en  tien- 
das, no  dándonos  datos  la  Biblia  sobre  las  costumbres,  ni  sobre  la  reli- 
gión de  estos  nómades.  Y  los  jebuseos  (heb.  yebhusi),  habitantes  de 
la  montaña  o  de  la  serranía  (Núm.  13,  29),  vivían  en  la  región  de  Je- 
rusalén, de  donde  no  los  pudieron  desalojar  los  israelitas  (Jue.  1,  21), 
hasta  que  David  conquistó  su  capital  Urusalim  (§  581,  901) ;  pero  no 
los  destruyó  (II  Sam.  24,  18-25). 

3311.  2*?  Según  el  v.  2,  todas  esas  naciones,  poblaciones  de  Ca- 
naán, al  ser  vencidas  por  los  israelitas,  debían  ser  totalmente  extermi- 
nadas, de  acuerdo  con  las  órdenes  de  Yahvé,  es  decir,  ser  consagradas 
por  anatema  o  kherem.  La  ortodoxia  encuentra  irreprochable  este  man- 
dato divino,  y  así,  en  defensa  del  mismo,  manifiesta  Scío  que  esas  na- 
ciones "las  mandó  destruir  el  Señor  por  la  atrocidad  de  sus  crímenes 
(para  lo  cual,  agregamos  nosotros,  había  que  cometer  crímenes  más 
atroces  aún),  y  porque  no  pervirtiesen  con  su  mal  ejemplo  a  los  israe- 
litas". L.  B.  A.  expresa  que  el  cap.  7  de  Deut.  "excluye  la  falsa  tole- 
rancia concedida  a  la  idolatría:  el  odio  del  mal  es  una  de  las  formas 
del  amor  al  bien".  Es  innegable  que  la  pasión  sectaria  ciega  a  estos 
comentaristas,  pues  los  israelitas  no  eran  inocentes  angelitos  expuestos 
a  perder  su  candor  y  su  pureza  en  su  convivencia  con  otros  pueblos, 
sino  que  eran  seres  humanos  con  las  cualidades  y  defectos  de  los  de 
su  época,  con  esta  agravante,  que  eran  más  incivilizados  que  las  pa- 
cíficas poblaciones  que,  sin  causa  justificable,  iban  a  atacar  y  pensa- 
ban exterminar,  pues  éstas  poseían  mayor  cultura  que  la  de  ellos,  ya 
que  la  de  pueblos  sedentarios  es  siempre  superior  a  la  de  los  nómades. 
Fuera  de  esto  es  completamente  errónea  la  argumentación  de  L.  B.  A. 
En  efecto,  se  debe  ser  tolerante  con  todas  las  creencias  religiosas  que 
no  estén  en  pugna  con  la  moral  y  las  buenas  costumbres,  razón  por  la 
cual  no  sería  admisible  entre  nosotros  un  credo  que  permitiera  o  acon- 
sejara los  sacrificios  humanos  o  la  prostitución  sagrada.  Pero  hablar 
de  "falsa  tolerancia  concedida  a  la  idolatría"  es  utilizar  un  arma  de 
dos  filos  que  puede  herir  al  mismo  ortodoxo  que  la  esgrime.  Si  la  ido- 


CASAMIENTOS  MIXTOS 


129 


latría  consiste  en  la  adoración  que  se  da  a  los  ídolos  y  a  las  falsas  di- 
vinidades, ¿quién  definirá  aquéllos  y  éstas  de  una  manera  aceptable 
por  todos?  Así,  p.  ej.,  para  los  judíos,  protestantes  y  mahometanos,  son 
actos  idolátricos  los  de  adoración  o  veneración  (palabra  ésta  última 
con  la  que  se  suele  disfrazar  la  anterior)  de  Vírgenes  como  la  de  Mont- 
serrat, la  del  Pilar,  la  de  Lourdes,  la  de  Luján,  etc.,  etc.,  y,  aunque 
merezcan  tal  denominación,  deben  ser  permitidos  esos  actos,  porque 
no  atentan  contra  la  paz  social,  y  en  cambio  esa  tolerancia  respeta  la 
libertad  de  conciencia  de  fieles  creyentes.  Recuérdese  lo  dicho  en 
§  2738-2740,  que  los  emperadores  bizantinos  provocaron  verdaderas 
guerras  civiles  con  motivo  de  "la  querella  de  las  imágenes".  Después, 
si  es  cierto  que  "el  odio  del  mal  es  una  de  las  formas  del  amor  al 
bien",  ténganse  presente  estas  dos  observaciones:  a)  que  en  esta  mate- 
ria, lo  que  es  mal  para  unos,  suele  ser  virtud  para  otros;  y  b)  que  son 
cosas  muy  distintas,  odiar  el  mal  y  odiar  a  los  que  profesan  el  mal. 
Por  esto,  en  1935,  terminábamos  el  extenso  Prólogo  del  tomo  I  de 
esta  obra,  con  las  siguientes  palabras:  "Y  ahora,  que  este  libro  siga 
su  camino  y  realice  su  finalidad...  que  enseñe  (a  los  jóvenes)  que 
una  de  las  más  preciadas  conquistas  sociales,  como  una  de  las  más  her- 
mosas virtudes  del  hombre  debe  ser  la  tolerancia,  o  sea,  el  respeto  pa- 
ra con  los  que  conceptuamos  equivocados,  virtud  que  no  excluye  el 
firme  propósito  de  combatir  el  mal  y  el  error,  sino  que  debería  ir  siem- 
pre aunada  a  él  y  acompañada  por  sentimientos  de  benevolencia  y  con- 
sideración hacia  el  adversario  de  nuestras  ideas". 

3312.  Lo  más  interesante  del  precepto  que  comentamos  es  lo  si- 
guiente: el  deuteronomista,  imbuido  de  la  intransigencia  de  los  pro- 
fetas, que  desde  Elias  mantenían  activa  propaganda  contra  el  culto  de 
divinidades  extranjeras,  y  creyendo  que  algunos  hechos  aislados  de  bar- 
barie en  la  época  de  la  conquista,  habían  sido  regla  general,  supuso  a 
cinco  o  seis  siglos  de  esos  sucesos,  que  las  poblaciones  indígenas  de  Ca- 
naán  habían  sido  casi  totalmente  aniquiladas,  en  virtud  de  la  guerra  san- 
ta emprendida  contra  ellas.  De  ahí  que  ponga  en  boca  de  Moisés  la  or- 
den de  practicar  el  kherem  contra  las  mismas.  Pero  tales  feroces  man- 
datos fueron  sólo  la  expresión  de  lo  que  entendía  el  escritor  que  debió 
de  haber  ocurrido  entonces,  para  preservar  a  Israel  del  contagio  de  la 
adoración  de  dioses  distintos  del  nacional  Yahvé.  El  cap.  1  de  Jueces 
prueba  lo  infundado  de  tal  creencia,  y  que  esas  prácticas  bárbaras  casi 
nunca  se  cumplieron  (§  414-421),  pues  de  haberse  cumplido,  de  modo 
que  hubiera  sido  total  el  exterminio  de  los  pueblos  que  habitaban  Pa- 
lestina cuando  la  conquista  de  Josué,  estaba  demás  la  prohibición  de  los 
casamientos  mixtos  entre  vencedores  y  vencidos  (vs.  3,  4),  o  sea,  con 
personas  ajenas  al  culto  de  Yahvé,  lo  que  sólo  se  hizo  efectivo  después 
de  Esdras  y  Nehemías  en  el  siglo  V.  En  efecto,  las  leyendas  patriarca- 
les mencionan  esa  clase  de  uniones  sin  protesta  y  sin  dejar  de  consi- 


130 


CASAMIENTOS  MIXTOS 


derarlas  válidas;  y  así  nos  relatan  el  matrimonio  de  Esaú  con  dos  mu- 
jeres hititas  — bien  que  éstas  fueron  motivo  de  amargura  para  Isaac 
y  Rebeca,  sin  expresarse  que  lo  fueran  por  diferencia  de  religión — , 
además  del  realizado  con  una  ismaelita  y  una  horita  (Gén.  26,  34-35; 
28,  9;  36,  2-3).  Aunque  según  el  escritor  sacerdotal,  Isaac  envió  a 
Jacob,  a  Padán-Aram  para  que  no  escogiera  mujer  entre  las  hijas  de 
Canaán  (Gén.  28,  6),  — lo  que  expone  P,  conformándose  a  las  ideas 
de  su  época — ,  en  cambio  se  afirma  que  otros  patriarcas  se  unieron  con 
extranjeras:  Judá  se  casó  con  la  cananea  Shúa  (Gén.  38,  2)  ;  José,  con 
la  egipcia  Asnat,  de  la  que  tuvo  a  Manasés  y  Efraim  (Gén.  41,  45, 
50-52);  y  Moisés,  con  la  madianita  Zípora  o  Séfora  (Ex.  2,  16,  21), 
Sansón,  por  inspiración  de  Yahvé,  se  casó  con  una  filistea  (Jue.  14, 
3-4),  y  finalmente  en  contra  del  precepto  deuteronómico  que  analiza- 
mos, se  lee  en  Jue.  3,  que,  cuando  los  israelitas  entraron  en  la  tierra 
prometida,  "habitaron  en  medio  de  los  cañoneos,  hititas,  amorreos,  pe- 
rezeos,  hivvitas  y  jebuseos,  y  tomaban  de  sus  hijas  por  mujeres  y  da- 
ban sus  hijas  a  los  hijos  de  ellos  y  adoraban  sus  dioses"  (vs.  5,  6). 
Observa  Bertholet  que  esos  matrimonios  mixtos  contribuían  a  hacer 
desaparecer  las  diferencias  de  nacionalidad  y  a  fusionar  las  civiliza- 
ciones en  presencia.  "Pero  en  ciertas  tribus,  principalmente  en  los  con- 
fines meridionales  y  orientales  del  país,  reaccionó  la  antigua  tendencia 
nómade  con  bastante  fuerza  para  oponerse  al  movimiento  predominan- 
te, lo  que  explica,  p.  ej.,  que  Simeón  y  Leví,  así  como  parcialmente 
Rubén  (Deut.  33,  6)  hayan  desaparecido  en  el  anonimato  de  aquellos 
que  no  tienen  historia"  (p.  163-173).  De  lo  expuesto  resulta,  pues,  que 
el  deuteronomista,  legislando  para  lo  futuro,  vino  a  sentar  como  nor- 
ma para  su  pueblo,  el  casamiento  endogámico,  o  sea,  el  celebrado  úni- 
camente con  personas  de  la  misma  nacionalidad  israelita,  práctica  a 
la  que  se  ciñen  los  judíos  aún  en  la  actualidad.  Ese  conflicto  religioso 
entre  enamorados  hebreos  y  católicos,  sirvió  de  tema  a  Pérez  Galdós 
en  su  novela  "Gloria",  cuya  lectura  recomendamos,  especialmente  a  los 
creyentes  intolerantes.  (1) 


(1)  En  II  Cor.  6,  14-15,  se  lee:  "No  os  ayuntéis  con  los  infieles  para  llevar 
un  yugo  extraño  (o  No  os  pongáis  bajo  un  yugo  extraño  — o  desigual,  V.  M. — 
uniéndoos  a  los  infieles,  V.  S.) ;  porgue  ¿qué  consorcio  hay  entre  la  injusticia  y 
la  iniquidad?  ¿o  qué  comunión  entre  la  luz  y  las  tinieblas?  ¿o  qué  concordia 
entre  Cristo  y  Belial?  (Belial,  nombre  de  un  demonio  creado  por  el  judaismo,  y 
que  en  este  caso  se  cita  como  personificación  del  mal)  ¿o  qué  parte  tiene  el  cre- 
yente con  el  infiel.".  San  Jerónimo,  Scío  y  otros  entienden  que  aquí  se  prohibe 
especialmente  los  matrimonios  con  los  infieles,  empleándose  la  imagen  de  uncir 
bajo  el  mismo  yugo  animales  de  especies  diferentes,  según  el  precepto  de  Deut. 
22,  10 -."No  ararás  con  buey  y  asno  uncidos  juntos".  Turmel  opina  que  toda  la 
disertación  que  va  de  II  Cor.  6,  14  &  7,  1  se  refiere  a  los  matrimonios  mixtos, 


CASAMIENTO  CON  UNA  CAUTIVA 


131 


CASAMIENTO  CON  UNA  CAUTIVA.  —  3313.  Deut.  21,  10  Cuando 
salieres  a  la  guerra  contra  tus  enemigos,  y  que  Yahvé  tu  dios  los  en- 
tregare en  tu  mano,  si  les  hicieres  prisioneros  11  y  vieres  entre  los 
cautivos  una  mujer  hermosa,  y  que  prendándote  de  ella,  la  tomares  pa- 
ra hacerla  tu  mujer,  12  la  llevarás  a  tu  casa,  y  ella  se  raerá  la  cabeza, 
se  cortará  las  uñas  13  y  se  despojará  del  vestido  que  llevaba  cuando 
fue  hecha  prisionera;  se  quedará  en  tu  casa  y  llorará  a  su  padre  y  a 
su  madre  durante  un  mes.  Solamente  después  de  esto,  entrarás  a  ella, 
y  tú  serás  su  marido  y  ella  será  tu  mujer.  14  Si  ella  dejare  de  agra- 
darte, la  dejarás  partir  libremente,  no  teniendo  el  derecho  de  venderla 
por  dinero,  ni  la  tratarás  con  dureza  {y  no  mercadearás  con  ella  — 
Valera),  porque  tú  la  desfloraste. 

3314.  Tenemos  aquí  el  caso  del  israelita  que  habiendo  ido  a  la 
guerra,  en  la  que  salió  vencedor  su  pueblo  ha  obtenido  que  se  le  ad- 
judique como  botín  una  doncella  (v.  14)  hermosa,  de  la  que  se  ha 
prendado.  El  deuteronomista  prescribe  la  conducta  que  debe  seguir 
aquél  para  hacerla  su  legítima  esposa,  a  saber:  la  introducirá  en  su 
casa  para  que  esté  al  abrigo  de  toda  violencia,  donde  ella  se  raerá  la 
cabeza,  se  cortará  las  uñas,  se  quitará  el  vestido  con  que  fue  hecha 
prisionera,  y  durante  un  mes  guardará  duelo  por  sus  padres,  proba- 
blemente muertos  en  la  guerra.  Terminado  ese  período,  y  sin  más  ce- 
remonias, — ya  que  la  celebración  del  matrimonio  israelita  era  un  acto 
esencialmente  laico — ,  se  efectuaba  la  cohabitación  o  unión  marital  del 
hombre  con  la  cautiva,  o  dicho  en  términos  de  la  Vulgata:  et  postea 
intrabis  ad  eam,  dormiesque  cum  illa,  et  erit  uxor  tua,  "y  después  en- 
trarás a  ella,  y  dormirás  con  ella,  y  será  tu  mujer".  ¿A  qué  respondía 
todo  ese  procedimiento  desde  que  la  doncella  era  introducida  en  la  casa 
de  su  amo,  hasta  que  se  consumaba  la  unión  matrimonial?  Según  Scío, 
"todo  este  aparato  miraba  a  que  desfigurada  de  este  modo,  y  dándole 
treinta  días  para  el  duelo  de  sus  padres  que  había  perdido,  y  para  pre- 
pararse a  recibir  la  religión  de  los  hebreos,  se  hallase  en  estado  de 
agradar  menos  al  que  quería  tomarla  por  esposa,  si  no  la  amaba  con 
amor  casto  y  legítimo;  y  podía  servir  también  para  purificarla  en 
cierto  modo  de  las  superfluidades  del  paganismo".  Para  L.  B.  A.  la 
serie  de  los  citados  actos  previos  al  ayuntamiento  (como  raerse  la  ca- 
beza y  cortarse  las  uñas),  eran  símbolos  de  la  completa  renovación 
que  iba  a  cumplirse  en  la  existencia  de  la  doncella.  Lo  mismo  ocurre 
con  el  cambio  de  vestidos:  se  despoja  de  la  ropa  con  la  que  había  sido 
cautivada,  para  vestirse  con  las  del  pueblo  al  que  ella  en  adelante  iba 
a  pertenecer".  Entiende  L.  B.  d.  C.  que  la  obligación  de  raerse  la  ca- 


trozo  que  no  puede  ser  del  mismo  autor  de  I  Cor.  7,  12-16,  que  en  principio  los 
admite  — nosotros  diríamos  más  bien  que  los  tolera,  tratándose  de  uniones  ya 
efectuadas —  por  lo  que  le  asigna  a  aquella  disertación  un  origen  marcionita. 


132 


CASAMIENTO  CON  UNA  CAUTIVA 


beza  era  un  rito  de  duelo  bien  conocido  íjer.  7,  29;  Miq.  1,  16; 
§  3154;  Job  1,  20,  etc.):  los  padres  de  la  joven  habían  sido  muertos 
(v.  13).  Aun  hoy,  entre  los  beduinos  de  Moab,  las  mujeres  se  cortan 
los  cabellos  a  la  muerte  del  marido,  del  padre  o  de  un  próximo  parien- 
te, colocando  sobre  la  tumba  las  largas  trenzas.  El  quitarse  la  ropa  que 
traía  la  cautiva,  sería  sin  duda  para  revestirse  del  saco.  El  duelo,  que 
ordinariamente  era  sólo  de  siete  días,  aquí  debía  durar  un  mes,  como 
cuando  la  muerte  de  Aarón  (Núm.  20,  29)  o  la  de  Moisés  (Deut.  34,  8). 

3315.  Todo  esto,  a  la  vez  que  vestigio  del  antiguo  matrimonio 
por  rapto,  constituye  un  procedimiento  que  tiene  en  cuenta  el  respeto 
de  la  persona  humana,  ya  que  en  las  guerras,  la  soldadesca  desenfre- 
nada suele  no  respetar  a  las  mujeres  del  vencido.  Si,  pues,  esas  dispo- 
siciones son  loables,  téngase  presente  que  no  son  exclusivamente  pecu- 
liares del  pueblo  israelita,  ya  que  otros,  como  el  asirlo,  habían  legis- 
lado igualmente  sobre  la  esirtu,  o  sea,  la  mujer  cautivada  en  la  guerra. 
El  dueño  de  una  esirtu  podía  casarse  con  ella,  imponiéndole  el  velo 
delante  de  cinco  o  seis  de  sus  vecinos,  y  declarando:  ¡Esta  es  mi  mu- 
jer! ÍR.  H.  R.  t*?  118,  p.  184).  El  matrimonio  con  una  cautiva  le  ofre- 
cía al  israelita  estas  dos  ventajas:  1*?  la  de  no  estar  obligado  a  hacerle 
los  regalos  acostumbrados  a  su  futura  íGén.  24,  53;  34,  12)  ;  y  2*?  la 
de  no  tener  que  pagar  mohar  a  los  padres  de  ella.  Un  problema,  sin 
embargo,  se  plantea  ahora:  ¿se  trata  aquí  de  cautiva  israelita  o  de 
una  de  puebfos  extraños  a  Israel?  Sabemos  que  fueron  frecuentes  las 
guerras  entre  las  tribus  israelitas,  según  nos  informa  el  libro  de  Jue- 
ces, lo  mismo  que  a  veces  ocurrieron  entre  el  reino  del  Norte  y  el  de 
Judá:  de  modo  que  si  el  deuteronomista  que  pone  estas  leyes  en  boca 
de  Moisés,  se  refiere  a  lo  que  podríamos  llamar  guerras  civiles  del 
pueblo  israelita,  nada  habría  que  objetar  a  los  mencionados  preceptos 
legislativos;  pero  si  se  trataba  de  una  guerra  con  extranjeros,  nos  en- 
contramos que  lo  dispuesto  aquí  no  concuerda  con  la  prohibición  de 
los  matrimonios  mixtos,  que  hemos  estudiado  anteriormente  (§  3309- 
3312).  Scío  arregla  la  cuestión  diciendo  que  esta  excepción  de  la  ley 
que  no  permitía  a  los  israelitas  tomar  mujeres  extranjeras  "se  debe 
entender  en  el  caso  preciso  que  abrazasen  la  religión  de  los  hebreos". 
Nada  justifica  esta  explicación  del  comentarista  católico.  Lo  proba- 
ble es  que  se  trate  de  disposiciones  de  distintos  escritores  de  la  misma 
escuela  deuteronómica,  de  diversas  épocas,  ya  que  los  preceptos  de  7, 
1-4  (§  3309-3310)  corresponden  a  una  de  los  varias  introducciones  que 
se  le  agregaron  a  ese  código,  el  que,  como  sabemos,  comprende  los 
caps.  12  a  26,  15.  Si  relacionamos  los  aludidos  preceptos  con  lo  que 
se  dispone  en  el  cap.  20  sobre  el  sitio  de  ciudades,  (§  3357-3358)  se 
ve  que  la  mente  del  legislador  del  texto  que  comentamos,  es  que  la 
mujer  debe  haber  sido  hecha  prisionera  en  guerra  con  otras  naciones 
distintas  de  las  siete  (7,  i)  que  el  autor  supone  habitaban  en  Canaán, 


EL  PILLAJE:  MODO  DE  VIDA 


133 


en  época  de  Moisés  (en  20,  17  no  se  mencionan  los  gergesenos),  las 
cuales  debían  ser  exterminadas  totalmente,  de  acuerdo  con  las  reglas 
del  kherem:  "En  cuanto  a  las  ciudades  de  esos  pueblos,  cuya  propie- 
dad te  da  Yahvé  tu  dios,  no  dejarás  con  vida  nada  de  lo  que  en  ellos 
respira".  De  los  otros  pueblos  vencidos,  ordena  Yahvé  la  matanza  tan 
sólo  de  los  hombres  adultos;  "pero  las  mujeres  y  los  niños  y  las  bes- 
lias,  con  todos  los  bienes,  cualesquiera  que  sean,  que  hubiere  dentro 
de  la  ciudad,  tú  podrás  adjudicártelos  como  botín  {o  lo  saquearás  para 
ti,  V.  M.) :  vivirás  del  botín  obtenido  de  tus  enemigos  que  te  haya  en- 
tregado Yahvé  tu  dios.  Obrarás  así  con  todas  las  ciudades  situadas  muy 
lejos  de  ti,  que  no  sean  de  las  ciudades  de  estas  naciones  (que  habitan 
en  Canaán,  20,  13-15)".  Basándonos,  pues,  en  estos  preceptos  — que 
no  brillan  por  su  misericordia,  ni  por  su  humanidad — ,  se  puede  afir- 
mar que  la  cautiva  de  la  referencia,  debía  ser  la  conseguida  en  lucha 
con  pueblos  que  no  fuesen  ninguno  de  los  nombrados  en  7,  J  o  en 
20,  17.  De  lo  que  se  infiere  que  el  que  legisló  sobre  el  casamiento  de 
la  cautiva,  dándose  cuenta  quizá  que  éste  era  un  caso  excepcional,  sin 
mayor  trascendencia,  no  se  preocupó  para  nada  de  la  religión  que 
profesara  aquélla,  constituyendo,  por  lo  tanto,  su  precepto,  una  excep- 
ción al  principio  endogámico  de  los  matrimonios  israelitas. 

3316.  Deut.  21,  14  establece  que  si  después  del  matrimonio  con 
la  cautiva,  ella  dejara  de  agradar  a  su  marido,  éste,  que  gozaba  del 
más  amplio  derecho  del  divorcio,  no  podía  venderla  como  esclava,  sino 
que  tenía  que  dejarla  en  completa  libertad,  sin  violentarla,  dando  como 
razón  para  ello  que  él  le  había  quitado  la  virginidad.  Estas  prescrip- 
ciones humanitarias  contrastan  con  las  disposiciones  bárbaras  anterior- 
mente citadas,  en  las  que  se  manda  a  los  israelitas  practicar  el  kherem 
con  las  poblaciones  existentes  en  Palestina,  o  tratándose  de  otros  pue- 
blos, matar  a  todos  los  hombres,  esclavizar  a  las  mujeres  y  niños  y 
saquear  todos  los  bienes  de  los  vencidos,  haciendo  de  ese  pillaje  el  mo- 
do de  vida  de  los  vencedores:  "Vivirás  del  botín  obtenido  de  tus  ene- 
migos que  te  haya  entregado  Yahvé  tu  dios"  (20,  14''). 

OTRAS  PRESCRIPCIONES  SOBRE  EL  MATRIMONIO.  EL  LEVIRATO. 
—  3317.  En  el  Deuteronomio  encontramos  también  algunas  disposi- 
ciones que,  en  ciertos  casos,  obligan  al  matrimonio,  y  en  otros,  lo  pro- 
hiben con  determinadas  personas.  Así  en  el  cap.  22  leemos:  28  Si  un 
hombre  hallare  una  doncella,  que  no  fuere  desposada,  y  asiéndola  se 
acostare  con  ella,  y  fueren  sorprendidos  in  fraganti,  29  el  hombre  que 
se  acostó  con  ella,  dará  al  padre  de  la  joven  cincuenta  sidos  de  plata, 
y  ella  será  su  mujer,  y  no  podrá  repudiarla  en  toda  su  vida,  porque  él 
la  ha  desflorado.  Véase  lo  dicho  al  respecto  en  §  2696,  3263.  Aquí  el 
violador  estaba  obligado  a  casarse  con  la  joven  virgen  no  desposada 
que  él  había  violado,  siempre  que  "fuesen  sorprendidos  in  fraganti". 


134 


MATRIMONIOS  PROHIBIDOS 


y  en  consecuencia,  tenía  que  pagar  al  padre  de  la  doncella  el  mohar  o 
precio  de  la  misma.  Como  castigo,  ese  matrimonio  era  declarado  indi- 
soluble, dándose  para  ello  idéntica  razón  que  en  Deut.  21,  14  para 
que  la  que  había  sido  esposa  cautivada,  fuera  puesta  en  completa  li- 
bertad en  caso  de  repudio.  No  se  dice  la  pena  en  que  incurría  el  estu- 
prador, si  no  se  cumplía  la  aludida  condición  de  ser  descubierto  in  fra- 
ganti.  Nota  Scío  que  "este  caso  de  Deut.  22,  28-29  es  diverso  del  que 
se  propone  en  Ex.  22,  16  (§  2696),  porque  aquí  se  trata  de  una  don- 
cella forzada,  y  en  el  Exodo  de  la  que  fue  engañada  con  promesas,  ha- 
lagos y  buenas  palabras". 

3318.  Ya  hemos  visto  la  prohibición  de  casarse  el  hombre  con 
su  madrastra  (Deut.  22,  30;  §  3266),  prohibición  reforzada  por  las 
posteriores  maldiciones  del  cap.  27  (v.  20) .  En  ese  cap.  se  maldice 
también  al  que  se  uniera  con  su  suegra  (v.  23).  En  la  prescripción  so- 
bre el  levirato  (del  latín  levir,  "cuñado";  Deut.  25,  5-10),  texto  trans- 
crito en  nota  de  §  102,  existen  reunidas  una  prohibición  y  una  obliga- 
ción de  casarse:  la  1^  concierne  a  la  viuda  sin  hijos,  que  teniendo  un 
cuñado  que  hubiera  vivido  junto  con  su  difunto  marido,  — es  decir 
que  ambos  explotaran  en  común  la  propiedad  familiar — ,  no  podía 
casarse  con  otro,  sino  con  ese  cuñado,  a  fin  de  que  el  primer  hijo  que 
ella  tuviera  de  esa  nueva  unión,  perpetuara  el  nombre  del  hermano  fa- 
llecido. Y  2',  Por  consiguiente  el  cuñado  debía  casarse  con  su  cuñada 
viuda,  asegurando  así  la  subsistencia  de  ésta,  a  la  vez  que  con  el  pri- 
mer hijo  que  de  ella  obtuviese,  conseguiría  que  "el  nombre  de  su  di- 
funto hermano  no  fuera  borrado  de  Israel"  (v.  6).  A  falta  de  cuñado 
esa  obligación  correspondía  al  pariente  más  próximo  (Rut.  4,  4).  Poco 
importaba  que  el  cuñado  fuera  ya  casado,  porque  la  poligamia  era  per- 
mitida en  Israel,  según  acabadamente  lo  comprueba  la  historia  de 
Jacob.  Esta  costumbre  del  levirato,  que  provenía  de  los  antiguos  tiem- 
pos (Gén.  38,  8),  ya  no  tenía  carácter  compulsivo  en  época  del  deute- 
ronomista,  pues  el  que  era  instado  a  unirse  a  su  cuñada  viuda,  podía 
excusarse  de  cumplir  con  ese  deber  (vs.  7-10).  En  caso  de  rehusarse 
el  hermano  del  difunto  a  casarse  con  su  cuñada  viuda,  a  pesar  de  las 
instancias  de  ésta  y  de  las  de  los  ancianos  de  la  ciudad,  ante  los  cuales 
hubiera  expuesto  su  caso  la  interesada,  entonces  ella,  en  presencia  de 
dichos  jueces,  debía  quitarle  a  aquél  su  sandalia  y  escupirle  en  la  cara, 
diciéndole:  "He  aquí  lo  que  se  hace  al  hombre  que  rehusa  reedificar 
la  casa  de  su  hermano"  (v.  9).  Observa  L.  B.  d.  C.  que  "el  sentido 
original  de  este  gesto  (quitarle  la  viuda  la  sandalia  a  su  cuñado)  apa- 
rece más  claramente  en  Rut.  4,  7-8,  donde  el  recalcitrante  se  quita  él 
mismo  la  sandalia  y  la  entrega  a  otro  (Booz)  para  indicar  que  renun- 
cia a  su  derecho.  En  diversos  países  (India,  antigua  Germania)  poner 
el  pie  en  un  campo  era  un  medio  de  tomar  posesión  de  él;  también  se 
podía  echar  en  él  su  sandalia  (Sal.  60,  8;  108,  9),  siendo  así  el  cal- 


EL  DIVORCIO 


135 


zado  símbolo  del  derecho  de  propiedad".  Como  en  este  caso,  la  renun- 
cia del  cuñado  venía  a  ser  menosprecio  y  una  especie  de  injusticia  ha- 
cia la  viuda,  ésta  le  escupía  en  el  rostro,  ante  los  ancianos,  testigos  de 
que  aquél  había  vergonzosamente  renunciado  al  derecho  de  casarse  con 
ella.  No  se  menciona  el  caso  de  que  fuese  la  viuda  quien  se  negara  a 
casarse  nuevamente,  porque  se  entendía  que  esto  no  ocurriría,  dado 
que  se  consideraba  gran  desgracia  y  hasta  deshonor  que  la  mujer 
israelita  no  tuviera  hijos.  En  cuanto  a  que  la  casa  o  la  familia  del 
cuñado  recalcitrante  sería  después  denominada:  la  casa  del  descalzado 
(v.  10),  esta  expresión,  según  L.  B.  A.  vendría  a  designar  a  un  hom- 
bre que  no  respeta  su  honor  ni  el  de  su  familia.  Más  tarde,  cuando 
escribía  P,  ya  había  caído  en  desuso  la  práctica  del  levirato,  pues  este 
escritor  sacerdotal  condena  las  uniones  entre  cuñados  (Lev.  18,  16; 
20,  21 ) .  Otros  preceptos  relacionados  con  el  matrimonio,  los  encon- 
trará el  lector  en  §  3266  sobre  el  adulterio,  y  en  §  3264-3265  sobre  las 
medidas  a  tomar  con  el  recién  casado  que  se  queja  ante  los  ancianos 
de  su  ciudad,  de  que  ha  sido  engañado,  pues  su  esposa  no  era  virgen 
cuando  él  se  unió  a  ella. 

DIVORCIO.  —  3319.  Siendo  el  casamiento  hebreo  una  compra,  cu- 
yo precio,  el  mohar,  pagaba  el  novio  al  padre  de  la  que  iba  a  ser  su 
esposa,  ésta  carecía  del  derecho  de  pedir  la  disolución  de  su  matrimo- 
nio — derecho  que  tenía  la  mujer  en  Grecia,  en  Roma,  y  en  el  Código 
de  Hammurabí  (Bertholet,  p.  176,  n.  6)—,  el  que  incumbía  am- 
pliamente al  marido,  quien  podía  ejercerlo  cuando  bien  le  pareciera, 
salvo  en  los  contados  casos  ya  estudiados  de  Deut.  22,  19  (§  3264)  y 
22,  28-29  (§  3263,  3317).  A  la  inversa  de  lo  que  ocurre  en  nuestra 
legislación  uruguaya,  en  la  que  la  mujer  puede  pedir  el  divorcio  por  su 
sola  voluntad,  después  de  transcurridos  dos  años  de  celebrado  el  ma- 
trimonio (Cód.  Civil,  art.  187),  entre  los  israelitas  era  el  hombre  el 
que  disfrutaba  de  ese  derecho,  según  la  siguiente  disposición:  24,  1 
Cuando  un  hombre  tomare  una  mujer  y  hubiere  consumado  el  matri- 
monio con  ella  (los  LXX:  "y  cohabitare  con  ella"),  si  dejare  de  agra- 
darle por  haber  hallado  en  ella  algún  defecto,  y  que  habiéndole  escrito 
carta  de  repudio,  se  la  entrega  y  la  despide  de  su  casa,  2  y  después  de 
su  salida  de  la  casa  conyugal,  se  casare  con  otro,  3  y  si  este  segundo 
marido  también  la  aborreciere,  y  le  diere  escritura  de  repudio  y  la 
despidiere  de  su  casa,  o  si  este  segundo  marido  llegare  a  morir,  4  el 
primer  marido  que  la  había  repudiado,  no  podrá  volverla  a  tomar  por 
mujer  después  de  haber  sido  ella  amancillada,  porque  esto  sería  abo- 
minación (o  causaría  horror  —  L.  B.  d.  C.)  o  Yahvé:  no  cargarás  con 
tal  pecado  el  país  que  Yahvé  tu  dios  va  a  darte  en  herencia. 

3320.  Ante  todo  dos  observaciones  de  orden  gramatical  sobre  el 
texto  bíblico  que  antecede:  1*?  Los  vs.  1-3  constituyen  el  antecedente  de 


136 


EL  DIVORCIO 


una  larga  proposición  condicional,  cuyo  consiguiente  es  el  v.  4  hasta 
"abominación  a  Yahvé",  siendo  4*  una  cláusula  adicional  independiente 
de  la  anterior.  29  La  palabra  vertida  en  el  v.  1  por  defecto  "es  un 
vocablo  hebreo  de  sentido  vago,  dice  L.  B.  d.  C,  y  puede  aplicarse  a 
una  falta  moral  o  a  una  tacha  física,  a  una  falta  ligera  o  a  un  vicio 
grave".  La  Vulgata  la  traduce  por  fealdad,  aunque  Scío,  en  nota,  pone: 
"por  algún  vicio  notable  de  alma  o  de  cuerpo".  Estas  cuestiones  gra- 
maticales tienen  su  trascendencia  doctrinal.  Así  haciendo  una  sola  cláu- 
sula del  V.  1,  como  traducen  V.  M.  y  L.  B.  d.  R.  F.,  resulta  que  el 
deuteronomista  vendría  a  establecer  el  divorcio,  mientras  que  como  lo 
entienden  Reuss,  L.  B.  A.  y  L.  B.  d.  C.  (y  de  acuerdo  también  con  la 
traducción  de  la  Vulgata  y  de  Valera),  el  fin  de  esta  ley  no  es  ins- 
tituir el  divorcio,  — el  que  se  trata  aquí  como  una  práctica  consuetudi- 
naria admitida  desde  largo  tiempo  atrás — ,  sino  el  disponer  como  de- 
finitiva la  separación  conyugal  luego  que  la  repudiada  haya  contraído 
nuevas  nupcias,  aunque  de  ellas  haya  quedado  libre  por  nuevo  divorcio 
o  por  muerte  del  segundo  marido.  En  este  caso  le  queda,  pues,  prohi- 
bido al  primer  marido  el  volver  a  tomarla  por  esposa,  dándose  como 
razón  "el  haber  sido  ella  amancillada,  lo  que  causaría  horror  a  Yahvé" 
(v.  4).  Las  versiones  francesas  expresan  esta  razón,  diciendo:  aprés 
quelle  a  élé  souillée,  o  sea,  "después  que  ella  ha  sido  manchada"  pa- 
labra ésta  última  que  nuestras  Biblias  vierten  por  amancillada,  que  tie- 
ne igualmente  el  significado  de  manchada  en  sentido  moral,  es  decir,  des- 
lucida en  su  fama  o  desacreditada.  Esta  causal  nos  muestra  que  ya  en 
el  siglo  VII  iba  surgiendo  el  concepto  de  pureza  ritual,  (del  que  he- 
mos hablado  con  anterioridad,  §  3305) ,  que  P  desarrolló  ampliamente 
en  los  siglos  VI  y  V,  por  lo  que  D  ya  consideraba  como  algo  abomina- 
ble en  ojos  de  Yahvé,  que  un  marido  volviera  a  unirse  a  la  mujer  que 
repudiada  primeramente  por  él,  había  sido  después  esposa  de  otro  hom- 
bre, juzgándose  ese  hecho  tan  censurable,  que  constituiría  un  pecado 
que  afectaría  al  mismo  país  donde  tal  cosa  sucediera  (21,  23;  Núm.  35, 
34;  Lev.  18,  25).  La  ortodoxia  encuentra  muy  justo  ese  precepto,  y 
p.  ej.,  L.  B.  A.  lo  defiende  en  estos  términos:  "Después  de  una  unión 
que  en  sí  misma  sólo  había  sido  tolerada,  el  retorno  a  la  unión  primi- 
tiva tiene  algo  de  más  repelente  todavía  que  el  segundo  matrimonio". 
Esta  argumentación  se  basa  en  palabras  atribuidas  a  Jesús  en  los 
Evangelios  (§  3322);  pero  es  injustificable  actualmente,  como  lo  prue- 
ba el  hecho  de  que  ninguna  legislación  moderna,  a  lo  menos  de  las 
que  conocemos,  trae  la  prohibición  de  Deut.  24,  4. 

3321.  Tenemos,  pues,  que  el  deuteronomista  trata  del  divorcio, 
como  de  un  hecho  usual  y  corriente,  al  que  no  podía  oponerse  la  mu- 
jer, bastando  que  el  marido  manifestara  que  ésta  había  dejado  de 
agradarle  por  haber  encontrado  en  ella  algún  defecto,  motivo  que  que- 


LA  CARTA  DE  DIVORCIO 


137 


daba  librado  a  su  criterio.  (1)  Para  que  se  consumara  el  divorcio, 
menciona  el  legislador  hebreo  la  obligación  por  parte  del  marido,  de 
escribir  y  entregarle  a  su  esposa  carta  de  repudio  "sefer  kerithuth"  (o 
"get".  Cohén,  p.  220),  con  la  cual  la  divorciada  podía  volver  a  ca- 
sarse; práctica  esa  que  siguió  también  el  islamismo.  Tal  obligación  no 
existía  antiguamente,  al  punto  que  Reuss  opina  que  "la  mención  de 
una  carta  de  divorcio  basta  por  sí  sola  para  asignar  a  esta  ley  fecha 
muy  reciente".  Algunos  autores  ortodoxos,  como  los  comentaristas  de 
L.  B.  A.  y  el  Dr.  Carlos  Bieler,  de  Canadá,  piensan  que  "la  simple 
obligación  de  sentarse  para  escribir  esa  carta,  impedía  al  marido  obrar 
con  demasiada  precipitación,  y  le  forzaba  a  motivar  su  decisión  y  a 
explicar  lo  que  había  encontrado  en  ella  de  vergonzoso"  (Dio.  Encyc. 
II,  p.  113),  expresión  esta  última  que,  como  hemos  visto,  L.  B.  d.  C. 
traduce  por  "defecto".  Pero  de  nuestro  texto  no  resulta  que  el  marido 
estuviera  forzado  a  dar  razones  de  su  proceder,  pues,  como  sostiene  el 
Maestro  de  Conferencias  de  la  Universidad  de  Estrasburgo,  Carlos 
Jaeger,  para  que  quedara  consumado  el  divorcio,  "bastaba  que  el  ma- 
rido pronunciara  la  fórmula  consagrada,  que  vista  la  analogía  babiló- 
nica, quizá  se  ha  conservado  en  Os.  2,  2:  Ella  no  es  mi  mujer,  ni  yo 
soy  su  marido".  En  cuanto  a  la  prohibición  establecida  en  el  v.  4  que 
comentamos,  tendía,  según  algunos,  a  restringir  el  uso  inmoderado 
del  divorcio,  pues  debía  el  marido  pensarlo  muy  bien  antes  de  despe- 
dir a  su  mujer,  ya  que  si  ésta  contraía  segundas  nupcias,  se  volvía  irre- 
parable su  separación  de  ella;  pero,  como  nota  Reuss,  era  éste  un  medio 
muy  poco  eficaz  para  alcanzar  ese  fin.  Téngase  presente  que  el  matri- 
monio entre  esposos  divorciados  estaba  prohibido  también  por  la  ju- 
risprudencia de  Babilonia,  de  donde  quizá  tomó  el  deuteronomista  esta 
disposición.  Es  de  observar  que  si  el  cap.  3  de  Oseas  se  refiere  a  un 
nuevo  casamiento  de  dicho  profeta  con  Comer,  la  que  ya  anteriormente 
había   sido   su   esposa    — opinión   sustentada   por   ciertos  autores — 


(1)  El  Parlamento  israelí  aprobó  el  17  de  julio  de  1951,  por  gran  mayo- 
ría, el  proyecto  de  ley  presentado  por  el  Gobierno  del  Estado  de  Israel,  sobre 
igualdad  de  Derechos  de  la  Mujer.  Según  esa  nueva  ley,  las  cuestiones  de  matri- 
monio y  divorcio  son  de  la  jurisdicción  de  los  Tribunales  rabínicos,  quedando 
anuladas  todas  las  disposiciones  que  se  oponían  a  la  igualdad  legal  de  las  mu- 
jeres. En  las  comunidades  judías  y  cristianas,  se  prohibe  la  bigamia,  y  se  re- 
quiere el  acuerdo  de  ambas  partes  para  que  pueda  pronunciarse  el  divorcio.  Sólo 
basándose  en  la  causal  de  delito  grave,  podrá  un  judío  divorciarse  sin  el  consen- 
timiento de  su  esposa.  El  marido  que  abandone  a  su  mujer  sin  la  conformidad 
de  ella,  o  sin  el  acuerdo  de  los  Tribunales,  incurrirá  en  pena  de  hasta  cinco 
años  de  prisión.  En  adelante,  las  mujeres  judías  tendrán  los  mismos  derechos 
que  los  hombres,  tanto  para  heredar  en  las  sucesiones  intestadas,  como  para  po- 
seer inmuebles  ya  fueren  éstos  adquiridos  antes  o  después  del  matrimonio.  {Digest 
de  la  Agencia  judía,  los  hechos  a  través  de  la  prensa,  vol.  II,  N'^  23,  ps.  1309-1310). 


138 


JESUS  Y  EL  DIVORCIO 


(§  2829),  entonces  resulta  que  en  su  época  no  se  conocía  la  aludida 
prohibición  de  Deut.  24,  4.  Y  lo  mismo  pasaba  durante  el  período  de 
los  primeros  reyes,  pues  cuando  Saúl,  enojado  con  su  yerno  David,  le 
quita  su  mujer  Mical  y  se  la  da  por  esposa  a  un  tal  Paltí  (I  Sam.  25, 
44),  David  más  tarde,  muerto  su  nombrado  suegro,  reclama  a  su  cu- 
ñado Isboset  la  restitución  de  aquélla,  lo  que  consiguió  con  gran  pe- 
sar del  segundo  marido  (II  Sam.  3,  14-16;  §  947).  Es  digno  de  no- 
tarse que  lo  que  aquí  no  permite  el  deuteronomista,  lo  exige  el  Corán, 
pues  este  código  religioso  establece  que  para  que  un  hombre  pueda  vol- 
ver a  tomar  a  su  mujer  que  él  había  repudiado,  se  requiere  que  ella 
haya  sido  en  el  intervalo,  la  esposa  de  otro  (Bertholet,  p.  176,  n.  5). 

3322.  Este  pasaje  de  Deut.  24,  1-4,  que  vamos  estudiando,  ha  te- 
nido gran  repercusión  en  el  mundo  cristiano,  por  la  opinión  que,  sobre 
él,  emitió  Jesús,  según  refieren  los  primeros  Evangelios.  En  efecto,  en 
Mat.  19,  se  lee:  "3  Se  acercaron  a  Jesús  los  fariseos  para  tentarle  y  le 
dijeron:  ¿Es  lícito  a  un  hombre  repudiar  a  su  mujer  por  cualquier 
causa?  4  Y  él  respondiendo  les  dijo:  ¿No  habéis  leído  que  el  que  los 
creó,  los  hizo  desde  el  principio  macho  y  hembra?  5  y  dijo:  Por  esta 
causa  dejará  el  hombre  a  su  padre  y  a  su  madre  y  se  unirá  a  su  mu- 
jer y  los  dos  serán  una  sola  carne.  6  Así  no  son  ya  más  dos,  sino  una 
sola  carne.  Por  tanto  lo  que  juntó  Dios,  no  lo  separe  el  hombre.  7  Ellos 
le  dicen:  ¿Por  qué,  pues,  mandó  Moisés  dar  carta  de  divorcio  y  repu- 
diarla? 8  Les  dijo:  Por  la  dureza  de  vuestros  corazones  os  permitió 
Moisés  repudiar  a  vuestras  mujeres;  pero  al  principio  no  fue  así.  9  Y 
yo  os  digo  que  todo  aquel  que  repudiare  a  su  mujer,  como  no  sea  por 
causa  de  fornicación,  y  se  casare  con  otra,  comete  adulterio;  y  el  que 
se  casare  con  la  repudiada,  comete  adulterio" .  —  En  Marcos  10,  10-12 
este  precepto  de  Jesús  (v.  9)  va  dirigido  no  a  los  fariseos,  sino  a  sus 
discípulos,  en  esta  forma:  "El  que  repudiare  a  su  mujer  y  se  casare  con 
otra  comete  adulterio  contra  ella.  12  Y  si  la  mujer  repudiare  a  su  ma- 
rido y  se  casare  con  otro,  comete  adulterio" .  En  el  titulado  Sermón  de 
la  Montaña  se  encuentra  reproducido  dicho  pasaje  del  siguiente  modo: 
"Mat.  5,  31  Ha  sido  dicho  también:  "Si  alguno  repudia  a  su  mujer, 
que  le  dé  carta  de  divorcio".  32  Pero  yo  os  digo  que  el  que  repudiare 
a  su  mujer,  como  no  sea  por  causa  de  fornicación,  la  hace  ser  adúl- 
tera; y  el  que  se  casare  con  la  repudiada,  comete  adulterio".  Y  final- 
mente, esporádicamente  en  el  Evangelio  de  Lucas,  se  halla  citado  el 
aludido  precepto  de  Jesús,  con  estas  palabras:  "16,  18  El  que  repudia 
a  su  mujer  y  se  casa  con  otra,  comete  adulterio;  y  el  que  se  casa  con 
la  repudiada  por  su  marido,  comete  adulterio" .  Este  versículo  interca- 
lado entre  otros  de  Jesús  sobre  el  valor  permanente  de  la  Ley,  no  guar- 
da relación  alguna  con  su  contexto.  A  los  comentaristas  ortodoxos  que 
sostienen  que  en  los  dos  textos  citados  de  Mateo  lo  que  se  autoriza  en 
caso  de  adulterio  es  tan  sólo  la  separación   de  cuerpos,  les  contesta 


CAUSAS  DEL  DIVORCIO 


139 


Turmel  que  "la  expresión  que  en  todos  los  textos  (que  dejamos  trans- 
critos de  los  tres  primeros  Evangelios)  designa  el  despido  o  repudio, 
es  el  término  técnico  que  servía  para  proclamar  el  acto  legal  de  la 
repudiación,  es  decir,  de  la  ruptura  del  lazo  conyugal  (en  gr.  apolusis) . 
De  esta  ruptura  es  que  entienden  hablar  Marcos  y  Lucas,  y  por  eso 
prohiben  al  marido  despedir  a  su  mujer,  bajo  ningún  pretexto.  El  tér- 
mino tiene  necesariamente  el  mismo  sentido  en  la  pluma  de  Mateo,  que 
transcribe  a  Marcos,  siendo  arbitraria  toda  otra  interpretación"  {Hist. 
des  Dogmes,  t?  V,  ps.  535-536) . 

3323.  Los  transcritos  pasajes  de  los  Evangelios  parten  de  la  base 
de  que  en  Deut.  24,  1-4  se  instituye  el  divorcio,  lo  que  no  es  así,  se- 
gún expusimos  en  §  3320.  En  efecto,  sobre  dicho  texto  escribe  Reuss: 
"El  legislador  no  tiene  la  intención  de  ordenar  que  se  escriba  carta  de 
divorcio;  sabe  que  existe  esa  costumbre.  No  quiera  permitir  o  prohi- 
bir el  divorcio,  sino  que  habla  de  el  como  de  un  hecho  más  o  menos 
frecuente.  Lo  que  quiere  es  que  la  mujer  repudiada  no  vuelva  a  unir- 
se más  nunca  a  su  marido".  Se  entendía  que  no  habiéndose  opuesto  el 
legislador  deuteronómico  al  divorcio,  y  hablando  de  él  como  de  una 
práctica  habitual,  lo  había  autorizado.  En  la  época  de  Jesús  no  se  dis- 
cutía, pues,  la  legalidad  o  legitimidad  del  divorcio,  sino  sobre  las  cau- 
sas que  podían  justificarlo,  dada  la  ambigüedad  del  vocablo  hebreo, 
de  24,  1,  que  con  L.  B.  d.  C.  hemos  vertido  por  "defecto",  y  que  otros 
entienden  y  traducen  por  "algo  de  vergonzoso"  (§  3321).  Había  en 
aquel  entonces  dos  escuelas  judías  que  opinaban  diversamente  sobre 
esa  cuestión,  a  saber:  la  más  severa,  de  Rabí  Shammai,  que  sostenía 
que  sólo  podía  el  marido  repudiar  a  su  mujer,  en  caso  de  adulterio;  y 
la  escuela  de  Rabí  Hillel,  que  interpretaba  el  vocablo  defecto,  de  24, 
1,  por  "algo  inconveniente",  y  que,  en  consecuencia,  declaraba  que  el 
hombre  puede  divorciarse  por  cualquier  causa,  hasta  por  haber  la  es- 
posa dejado  quemar  la  comida.  Más  tarde.  Rabí  Akiba,  fundándose  en 
que  en  el  referido  v.  1  se  dice:  "si  ella  dejara  de  agradarle",  enseñaba 
que  "hasta  puede  repudiarla  si  halla  otra  mujer  más  hermosa",  lo  que 
daba  a  entender  que  en  esta  materia,  no  había  otra  regla  que  la  arbi- 
trariedad del  marido.  Prevaleció  la  doctrina  de  la  escuela  de  Hillel,  a 
la  que  en  adelante  se  ajustaron  los  judíos,  y  así  Josefo  expresa:  "El 
que  quiera  divorciarse  por  cualquier  causa  (y  múltiples  son  las  causas 
que  pueden  sobrevenir  a  este  efecto  entre  los  hombres),  que  certifique 
por  escrito  su  resolución  de  nunca  más  cohabitar  con  su  mujer".  Por 
lo  expuesto  se  deduce  que  a  estar  a  los  textos  de  Mat.  5,  32  y  19,  9, 
Jesús  pertenecía  a  la  escuela  de  Rabí  Shammai,  en  la  controvertida 
cuestión  del  divorcio,  yendo  algo  más  allá  que  este  maestro,  pues  ade- 
más de  admitir  con  él,  como  única  causa  legítima  del  repudio,  la  infi- 
delidad conyugal  de  la  mujer,  prohibía  el  casamiento  de  la  divorcia- 


140 


JESUS  Y  EL  DIVORCIO 


da.  (1)  Pero  ¿pudo  el  deuteronomista  pensar  que  el  adulterio  de  la 
mujer  fuera  causal  de  divorcio,  como  así  lo  entendían  Jesús  y  la  es- 
cuela de  Shammai?  Se  impone  la  respuesta  negativa,  dado  que  el  adul- 
terio de  la  mujer,  según  el  mismo  Código,  se  castigaba  con  la  pena  de 
muerte  (Deut.  22,  22;  §  3266). 

3324.  Las  razones  por  las  cuales  trata  Jesús  de  justificar  su  doc- 
trina en  esa  materia,  merecen  reparos  del  punto  de  vista  bíblico.  Debe 
tenerse  presente  que  para  Jesús  y  sus  compatriotas  de  aquella  época, 
como  para  los  ortodoxos  de  hoy,  el  Pentateuco  es  una  obra  escrita  por 
Moisés,  divinamente  inspirado.  Ahora  bien,  según  el  razonamiento  de 
aquel  maestro,  Yahvé  se  habría  contradicho  al  dictar  dos  disposiciones 
inarmónicas,  a  saber:  la  de  Gén.  2,  24  y  la  de  Deut.  24,  1-4,  ya  que 
se  creía  que  Moisés  escribió  ambos  pasajes  por  inspiración  directa  de 
dñ-Vin  A\oB  (Deut.  6.  i;  26,  16-19;  etc.).  Observa  Loisy  que  Jesús  "apa- 
rentemente, en  el  rigor  de  ou  argumentacinn,  apela  de  Moisés  a  Moisés, 
o  más  bien,  de  la  palabra  inspirada  que  contiene  el  permiso  del  divor- 
cio, a  la  palabra  inspirada  que  contiene  la  ley  fundamental  del  matri- 
monio" [Marc,  p.  290).  Pero  Jesús,  en  Mat.  19,  5,  da  a  entender  o 
supone  que  fue  Yahvé  quien  dijo:  "Por  esta  causa,  dejará  el  hombre 
a  su  padre  y  a  su  madre,  y  se  unirá  a  sü  mujer  y  los  dos  serán  una  sola 
carne",  frase  cuyos  verbos  en  futuro  están  indicando  que  ella  es  la  con- 
tinuación del  discurso  del  hombre,  como  nota  L.  B.  d.  C,  que  trae  esos 
verbos  en  presente:  deja,  se  une,  son.  Scío  explica  que  "esto  (o  sea  el 
v.  5)  no  lo  dijo  Dios,  sino  por  la  boca  de  Adán,  valiéndose  de  él  como 
de  instrumento  para  promulgar  esta  ley".  La  citada  declaración  mo- 
nogámica  aparece,  pues,  hecha  por  Adán,  y  entonces  la  oposición  en- 
tre ella  y  la  autorización  de  Deut.  24,  1-4  vendría  a  ser  entre  lo  dicho 
por  el  primer  hombre  y  lo  legislado  por  Moisés.  (2)  Para  Jesús  las 


(1)  Según  Turmel,  el  escritor  que  escribió  el  Evangelio  de  Mateo  y  retocó 
deliberadamente  el  de  Lucas  y  sobre  todo  el  de  Marcos,  trata  de  conciliar  la  doc- 
trina de  sus  modelos  con  las  costumbres  del  mundo  judío,  en  el  que  estaba  en 
vigor  el  divorcio,  y  de  ahí  la  excepción  que  establece  a  la  indisolubilidad  del 
matrimonio:  "salvo  en  caso  de  adulterio  de  la  mujer".  El  oráculo,  pues,  de  Mat. 
5,  32  y  19,  9  se  convirtió  en  la  interpretación  oficial  del  pensamiento  de  Jesús 
en  esa  materia,  "interpretación  que  pondrá  los  evangelios  en  conflicto,  opondrá 
una  tradición  a  otra  tradición,  y  sembrará  la  confusión  en  la  religión  cristiana" 
(Ib.  p.  536). 

(2)  Comentando  el  relato  de  la  creación  de  Eva,  escribe  Reuss:  "El  carác- 
ter mítico  de  este  relato  se  revela  también  en  que  se  le  hace  decir  al  primer 
hombre,  cosas  que  él  no  puede  haber  dicho.  ¿Cómo  puede  hablar  de  padre  y  de 
madre  en  el  momento  que  percibe  por  primera  vez  a  la  mujer?  ¿Cómo  sabe  lo 
que  ha  pasado  durante  su  sueño?  Evidentemente  lo  que  proclama  son  las  refle- 
xiones de  la  experiencia,  o  más  bien,  el  pensamiento  mismo  del  autor,  del  poeta- 
filósofo,  que  está  encargado  de  expresar"  {Hist.  Sainte,  I,  p.  281). 


JESUS  Y  EL  DIVORCIO 


141 


citadas  palabras  de  Adán  constituyen  la  ley  natural  y  primordial,  ema- 
nada directamente  de  Yahvé,  que  habló  por  boca  de  su  primer  criatura 
humana,  al  principio  de  la  creación,  y  por  lo  tanto  anterior  a  todo  có- 
digo, ley  fundamental  que  establece  una  antinomia  con  la  ley  positiva 
deuteronómica,  aunque  ésta  también  proceda  de  Yahvé,  quien  se  la 
dictó  a  Moisés.  Resuelve  Jesús  esa  antinomia  pronunciándose  en  fa- 
vor de  lo  manifestado  por  Adán,  y  sentando  en  consecuencia  el  princi- 
pio de  legislación  universal:  "Lo  que  juntó  Dios,  no  lo  separe  el  hom- 
bre". Pero  si  Moisés,  por  mandato  de  ese  mismo  Dios,  autoriza  en  un 
determinado  caso  al  marido  a  repudiar  a  su  mujer,  dándole  carta  de 
divorcio,  entonces  resulta  que  no  es  indisoluble  la  unión  conyugal,  co- 
mo con  razón  se  lo  manifiestan  los  fariseos.  Les  responde  Jesús  que 
"por  la  dureza  de  vuestros  corazones"  es  que  Moisés  hizo  tal  conce- 
sión; "pero  al  principio  no  fue  así".  Según  Reuss,  Jesús  viene  a  decla- 
rar aquí  que  "la  ley  positiva  no  es  la  expresión  adecuada  de  la  ley 
natural;  fue  hecha  para  los  hombres  de  su  tiempo;  pero  no  es  la  re- 
gla suprema  y  absoluta  del  bien.  Y  como  ella  emanaba  de  la  revelación, 
se  infiere  que  la  revelación  misma  podía  adaptarse  a  las  condiciones  de 
los  tiempos  y  de  los  lugares".  Comentando  el  Doctor  en  Teología,  L. 
Bonnet,  las  citadas  palabras  de  Jesús,  dice:  "Si  Moisés  permitió  el  di- 
vorcio, fue  como  un  mal  necesario,  destinado  a  evitar  mayores  males, 
y  únicamente  a  causa  de  esta  dureza  de  corazón  que  os  hacía  incapa- 
ces de  elevaros  hasta  el  pensamiento  divino  y  de  ponerlo  en  práctica. 
Si  se  pregunta  cómo  el  Dios  inmutable  ha  podido  sancionar  esa  desvia- 
ción de  su  propia  ley,  la  respuesta  se  halla  en  el  hecho  de  la  caída  y 
del  pecado  intervenido  después  de  la  creación  del  hombre.  Tal  es  el 
pensamiento  que  expresa  Jesús  con  esta  enérgica  palabra:  la  dureza  de 
vuestro  corazón".  Según  esta  explicación  ortodoxa,  la  ley  deuteronó- 
mica. que  admite  el  divorcio,  sería  sólo  una  concesión  hecha  a  la  per- 
versidad humana  proveniente  de  que  nuestros  primeros  padres  comie- 
ron un  fruto  prohibido  por  Yahvé,  aunque  es  más  racional  y  más 
exacto  decir  que  no  pudiéndose  alcanzar  el  ideal  de  que  siempre  reine 
la  armonía  y  la  fidelidad  entre  los  cónyuges,  el  legislador  se  ve  obli- 
gado a  establecer  causales  que  permitan  la  disolución  del  vínculo  ma- 
trimonial. El  citado  Dr.  L.  Bonnet  se  pregunta  si  la  legislación  civil  de 
los  países  que  se  llaman  cristianos,  deberá  obligar  a  todos  los  ciuda- 
danos a  la  práctica  del  principio  de  la  indisolubilidad  del  matrimonio 
sentado  por  Jesús,  y  dice  al  respecto:  "A  esta  pregunta,  como  a  mul- 
titud de  otras  análogas,  el  catolicismo  ha  respondido:  sí,  porque  es  la 
religión  del  constreñimiento  y  a  nada  menos  pretende  que  a  dominar 
la  sociedad;  el  protestantismo  responde:  no,  porque  ante  todo  quiere 
sinceridad  y  libertad  moral.  La  sociedad  civil,  pues,  que  se  atenga,  si 
lo  desea,  a  la  dureza  del  corazón  (Mat.  19,  8),  y  autorice  un  mal  para 
evitar  mayores  males;  pero  que  las  Iglesias  vean  si  pueden,  sin  iníide- 


142 


NULIDAD  DEL  MATRIMONIO 


lidad,  prestarse  en  lo  que  les  concierne,  a  sancionar  uniones  nupciales 
contrarias  a  la  palabra  del  Salvador"  (t°  I,  p.  209) . 

3325.  La  causa  que  admite  Jesús  para  justificar  el  divorcio,  es 
"la  fornicación  de  la  mujer",  vale  decir,  el  adulterio;  pero  entonces  se 
presenta  esta  cuestión:  el  marido  que  ha  repudiado  a  su  mujer  por  esa 
causal,  ¿puede,  según  Jesús,  volverse  a  casar?  Ateniéndose  a  la  forma 
en  que  está  redactado  el  v.  19  de  Mateo  19,  hay  que  contestar  afirma- 
tivamente, pues  si  se  expresa  que  "el  que  repudia  a  su  mujer,  por  causa 
que  no  sea  de  adulterio,  y  se  casare  con  otra,  comete  adulterio",  lógi- 
camente se  infiere  que  el  que  repudia  a  su  esposa  por  causa  de  adul- 
terio, no  adultera  si  se  casare  con  otra.  Tal  es  la  opinión  que  ha  pre- 
valecido en  las  iglesias  y  países  protestantes,  mientras  lo  contrario  opi- 
nan la  iglesia  católica  (Concilio  de  Trento,  sesión  XXIV,  canon  7)  y 
las  legislaciones  de  los  Estados  donde  ésta  impera,  las  que,  en  tal  caso, 
sólo  admiten  la  separación  de  los  esposos.  San  Agustín,  que  tuvo  distin- 
tos pareceres  al  respecto,  manifiesta  que:  "los  oráculos  divinos  se  ex- 
presan tan  oscuramente  sobre  la  cuestión  de  saber  si  el  marido,  incon- 
testablemente autorizado  a  repudiar  a  su  mujer  por  causa  de  adulterio, 
deba  ser  tenido  por  adúltero  cuando  efectúa  un  segundo  matrimonio, 
que,  a  mi  entender,  es  excusable  el  error  cometido  sobre  este  punto" 
(TuRMEL.  Ob.  cit.  ps.  541-542). 

3326.  De  las  iglesias  cristianas,  admiten  el  divorcio  la  generali- 
dad de  las  protestantes  y  la  griega  desde  Justiniano;  siendo  contrarias 
a  él,  la  anglicana,  que  no  anula  matrimonios,  y  la  católica  romana,  que 
negándose  a  reconocer  la  validez  del  divorcio  pronunciado  por  tribu- 
nal civil,  lo  autoriza  prácticamente  en  múltiples  casos.  ¿Cómo  y  en 
qué  forma?  La  iglesia  católica,  que  es  muy  oportunista,  dándose  cuenta 
que  el  divorcio  es  a  menudo  el  único  remedio  a  situaciones  intolera- 
bles, ha  llegado  a  él,  sin  nombrarlo,  estableciendo  varios  impedimentos 
dirimentes  que,  cuando  se  presentan  ante  el  tribunal  eclesiástico  de  la 
Rota,  sirven  para  declarar  nulo  un  matrimonio,  por  más  que  cuente 
con  muchos  lustros  de  existencia.  Los  tres  principales  de  esos  impedi- 
mentos son  los  siguientes:  1*?  Relación  ilícita  y  completa  con  un  pró- 
ximo pariente  del  futuro  cónyuge,  sin  haber  obtenido  dispensa  para 
efectuar  el  matrimonio.  2^  La  clandestinidad,  que  se  comete  casándose 
ante  un  cura  que  no  sea  el  de  la  parroquia  de  uno  de  los  cónyuges,  o 
ante  su  delegado.  Y  3°  Falta  de  consentimiento  válido  de  los  cónyuges, 
el  que  no  existe  cuando  uno  de  ellos  ha  entendido  contraer  un  matri- 
monio disoluble,  esto  es,  que  no  lo  ligue  para  siempre.  Estos  impedi- 
mentos son  generalmente  ignorados  por  los  cónyuges  al  contraer  matri- 
monio; pero  cuando  la  unión  se  vuelve  intolerable  por  falta  de  acuerdo 
mutuo  de  los  esposos,  y,  como  buenos  católicos,  exponen  sus  quejas  al 
sacerdote,  éste  les  indica  los  aludidos  medios  de  anular  el  matrimonio, 
sin  recurrir  al  divorcio,  principalmente  en  aquellas  naciones  que  aun 


NULIDAD  DEL  MATRIMONIO 


143 


se  rigen  por  el  derecho  canónico  en  esta  materia,  y  siempre  que  los 
interesados  sean  bastante  ricos  para  pagar  los  gastos  de  ese  procedi- 
miento caro,  salvo  en  los  países  de  misiones.  Turmel  — que  manifiesta 
que  el  tribunal  romano  de  la  Rota  declara  anualmente  la  nulidad  de 
una  decena  de  matrimonios—  cita  casos  concretos  de  tal  anulación  ba- 
sada en  alguno  de  los  tres  referidos  impedimentos,  casos  tomados  del 
Canoniste  Contemporain,  revista  eclesiástica  que  aparece  en  Francia 
bajo  los  auspicios  de  la  jerarquía  católica,  y  transcribe  documentos 
recibidos  de  las  Acta  sanctae  seáis.  A  título  de  ejemplo,  he  aquí  uno 
de  esos  casos:  El  conde  Boni  de  Castellane  se  casó  con  Ana  Gould  en 
1895.  Esta,  en  1906,  obtuvo  primero  la  separación  judicial,  después  el 
divorcio,  y  luego  contrajo  segundas  nupcias  en  un  templo  protestante. 
En  1911,  el  conde  se  presenta  ante  el  tribunal  de  la  Rota  con  muchos 
testigos,  que  declaran  que  Ana  Gould  había  expresado  desde  antes  de 
su  primer  matrimonio,  el  propósito  de  divorciarse  en  la  primera  opor- 
tunidad que  se  le  presentara.  A  pesar  de  las  negativas  de  Ana,  apoya- 
das por  testigos  que  deponen  a  su  favor,  el  tribunal  admite  que  las  pa- 
labras alegadas  por  el  conde  y  sus  testigos  fueron  realmente  pronun- 
ciadas, y  que,  en  consecuencia,  Ana  quiso  hacer  un  matrimonio  que 
pudiera  disolverse  y  por  lo  mismo  contrario  a  la  institución  de  Cristo, 
decidiendo,  por  lo  tanto,  que  dicho  matrimonio  había  sido  nulo  por 
falta  de  consentimiento  de  uno  de  los  cónyuges.  Como  nunca  faltan  tes- 
tigos complacientes,  prontos  a  declarar  afirmativamente  todo  lo  que  se 
les  solicita,  resulta,  dice  Turmel,  que  "los  tales  impedimentos  dirimen- 
tes son  una  prima  concedida  a  la  impostura  más  repugnante  y  desver- 
gonzada ....  algunos,  como  el  de  clandestinidad,  — que  hace  pasar  por 
clandestino  un-  matrimonio  celebrado  con  gran  pompa  en  Notre-Dame 
de  París — ,  constituyen  un  ejercicio  de  bufonada;...  y  todos  sirven 
para  hacer  entrar  en  la  legislación  eclesiástica  por  puerta  secreta,  la 
ruptura  del  lazo  matrimonial  solemnemente  expulsada  por  la  puerta 
principal.  La  Iglesia  y  la  sociedad  civil  autorizan  ambas  el  divorcio; 
pero  ésta  procede  francamente  y  a  cielo  descubierto,  mientras  que  aqué- 
lla oculta  su  autorización  bajo  el  velo  de  la  hipocresía"  {Catéchisme 
pour  adultes,  II,  ps.  125-137) . 

3327.  Réstanos  recordar  que  en  el  pasaje  de  Marc.  10,  10-12, 
transcrito  en  §  3322,  aparece  Jesús  estableciendo  "una  reciprocidad  e 
igualdad  entre  los  dos  esposos,  que,  como  nota  Bonnet,  no  existían  en- 
tre los  judíos,  ni  en  la  ley,  ni  en  las  costumbres,  y  que  sólo  se  encon- 
traban en  Grecia  y  en  Roma",  (§  3319)  bien  que  en  Egipto,  la  mujer 
podía  separarse  de  su  marido  y  recuperar  su  dote  dentro  de  diez  días. 
Que  el  marido  repudiara  a  su  mujer,  era  un  hecho  corriente,  autori- 
zado por  la  ley;  pero  lo  contrario,  o  sea,  que  la  mujer  repudiara  al 
marido,  era  algo  inaudito  entre  los  judíos,  no  previsto  por  la  ley  y 
reprobado  por  los  hábitos  sociales.  Josefo,  sin  embargo,  cita  el  caso 


144 


EL  DIVORCIO  SEGUN  EL  TALMUD 


de  la  célebre  princesa  Salomé  (hija  del  primer  matrimonio  de  Hero- 
días),  casada  con  su  tío  el  tetrarca  Felipe,  que  se  había  atrevido  a  re- 
pudiar a  su  marido.  (1)  Pero  indudablemente  este  hecho  debía  ser  no- 
vedad excepcional,  reñida  con  las  prácticas  seculares  de  los  judíos. 
Lagrange  se  inclina  a  admitir  que  Jesús,  en  Marc.  10,  12  tuvo  en  vista 
los  usos  greco-romanos,  que  permitían  a  la  mujer  tomar  la  iniciativa 
en  el  divorcio,  lo  que,  por  otra  parte,  era  una  innovación  en  el  derecho 
romano,  del  fin  de  la  república. 

3328.  El  Talmud,  en  su  tratado  Y ebamoth,  expresa  que  "el  ma- 
rido no  puede  ser  repudiado,  sino  con  su  consentimiento";  pero  el  tra- 
tado Kethuboth  admitía  que  la  mujer  podía  divorciarse  si  su  esposo 
contraía  una  enfermedad  repugnante,  como  la  lepra,  o  emprendía  un 
trabajo  asqueroso  o  repelente,  llegando  algunos  intérpretes,  como  el 
rabí  Simeón  Gamaliel,  a  considerar  entre  esos  trabajos,  el  de  fundidor 
de  cobre  y  el  de  curtidor.  Según  el  rabí  Meir,  aunque  hubiera  habido 
previo  acuerdo  entre  los  cónyuges,  antes  del  matrimonio,  siempre  es- 
taba autorizada  la  mujer  a  argumentar,  diciendo:  "Yo  había  creído 
poder  soportarlo;  pero  veo  ahora  que  no  puedo".  Para  prevenir  los 
divorcios  prematuros  o  precipitados,  se  había  establecido  en  el  período 
talmúdico  que  el  marido  que  repudiaba  a  su  mujer,  debía  pagarle  una 
indemnización,  llamada  kethuba,  obligación  que,  por  falta  de  recursos 
del  marido,  podía  impedir  un  bien  fundado  repudio.  Así  el  texto  de 
Lam.  1,  14:  "Yahvé  me  ha  entregado  en  manos  a  las  cuales  no  puedo 
resistir",  lo  aplicaba  el  tratado  Y  ebamoth,  "al  hombre  que  tiene  per- 
versa mujer,  a  la  que  debe  una  suma  importante  por  su  kethuba".  La 
esposa  que  deseaba  divorciarse,  disponía  del  medio  de  hacer  voto  de 
no  cohabitar  con  su  marido;  éste  tenía  el  derecho  de  anular  ese  voto; 
pero  si  aquélla  persistía  en  su  actitud,  él  podía  repudiarla  sin  pagarle 
el  importe  de  su  kethuba.  Según  el  tratado  Kethuboth,  había  otros  ca- 
sos en  que  el  esposo  podía  divorciarse  sin  tener  que  pagar  dicha  in- 
demnización, a  saber:  "Si  la  mujer  ha  quebrantado  la  ley  judía,  p.  ej., 
circulando  públicamente  con  la  cabeza  descubierta  (pues  la  mujer  ca- 
sada debía  cubrirse  el  cabello;  cf.  I  Cor.  11,  3-15)  ;  si  ha  hilado  en  la 
calle;  si  ha  mantenido  conversaciones  con  los  recién  llegados;  si  ha 
maldecido  a  los  hijos  de  su  esposo,  en  presencia  de  éste;  y  si  tiene 


(1)  Herodías,  nieta  de  Heredes  el  Grande,  e  instigadora  de  la  decapita- 
ción de  Juan  el  Bautista  (Mat.  14,  1-12;  Marc.  6,  17-29)  había  sido  casada  pri- 
meramente con  Heredes,  hermano  de  Herodes  Antipas,  que  después  la  tomó  por 
esposa,  por  lo  cual  siendo  su  cuñada,  entendía  Juan  el  Bautista  que  le  estaba 
legalmente  prohibido  contraer  matrimonio  con  ella.  En  los  Evangelios,  figura  por 
error  como  primera  mujer  de  Felipe,  cuando  éste  en  realidad  fue  su  yerno. 
Herodías  no  había  repudiado  a  su  marido,  como  lo  creen  algunos  comentaristas 
(véase  Lagrange,  en  Marc.  10,  12). 


DERECHO  DE  PRIMOGENITURA 


145 


voz  demasiado  fuerte,  esto  es,  si  pueden  sus  vecinos  oir  lo  que  ella 
dice  en  su  casa".  Estos  casos  eran  considerados  motivos  de  divorcio, 
porque  se  juzgaba  que  tal  conducta  de  la  mujer  provocaba  escándalo. 
También  el  marido  podía  divorciarse  sin  pagar  kethuha,  cuando  vi- 
viendo en  Palestina,  la  mujer  quería  abandonar  el  país,  contra  los  de- 
seos de  aquél,  o  cuando  residiendo  ambos  en  el  extranjero,  la  mujer 
se  negaba  a  ir  a  Palestina,  a  donde  quería  radicarse  su  esposo.  En  los 
casos  contrarios  a  éstos,  es  decir,  cuando  era  la  mujer  la  que  insistía 
en  permanecer  en  Palestina  o  ir  a  ésta,  y  el  marido  opinaba  de  dis- 
tinto modo,  producido  el  divorcio,  debía  pagarse  a  aquélla  la  kethuha. 
Resumiendo  sus  estudios  sobre  esta  materia,  llega  el  rabino  Dr.  A. 
Cohén  a  la  siguiente  conclusión:  "Todo  bien  considerado,  parece  que 
la  ley  del  divorcio  no  haya  pesado  demasiado  rudamente  sobre  la  suer- 
te de  la  mujer.  Por  fácil  que  fuese  la  disolución  del  matrimonio,  no  se 
ha  comprobado  en  manera  alguna,  que  se  abusara  de  ella.  El  alto  ideal 
de  la  vida  matrimonial,  inculcado  y  practicado  bajo  el  régimen  tal- 
múdico, ayudado  quizá  con  la  perspectiva  de  una  separación  posible, 
sin  dificultad,  en  caso  de  unión  desgraciada,  tendió  a  elevar  sensible- 
mente el  nivel  de  las  relaciones  conyugales  en  el  seno  del  judaismo" 
(ps.  219-223).  Lo  mismo  puede  decirse  de  todos  los  países  modernos, 
en  los  cuales  se  utiliza  mesuradamente  el  divorcio,  en  contra  de  la  pro- 
paganda sectaria  de  sus  adversarios,  que  lo  pintan  con  los  más  negros 
colores,  como  factor  de  disolución  social. 

DERECHO  DE  PRIMOGENITURA.  —  3329.  Deut.  21,  15  Si  un  hom- 
bre tuviere  dos  mujeres,  la  una  amada  y  la  otra  odiada,  y  que  tanto 
la  amada  como  la  odiada  le  hubieren  dado  hijos,  siendo  primogénito 
el  de  la  mujer  odiada,  16  no  podrá  ese  hombre,  al  repartir  sus  bienes 
entre  sus  hijos,  conferir  el  derecho  de  primogenitura  al  hijo  de  la  mu- 
jer amada,  en  perjuicio  del  hijo  de  la  mujer  odiada,  que  es  el  primo- 
génito, 17  sino  que  reconocerá  por  primogénito  al  hijo  de  la  mujer 
odiada,  dándole  doble  porción  (o  dos  tantos)  de  todo  lo  que  poseyere, 
porque  él  es  las  primicias  (o  el  principio)  de  su  vigor,  y  a  él  le  per- 
tenece el  derecho  de  primogenitura.  —  En  ninguna  parte  del  A.  T.  se 
prescribe  la  monogamia.  Desde  remotas  épocas  se  practicaba  en  Israel 
la  poligamia  (§  2676),  régimen  aprobado  por  el  dios  nacional,  cuyas 
ideas  eran  sólo  el  reflejo  fiel  de  las  de  sus  sacerdotes,  profetas  y  escri- 
tores. Sin  embargo,  el  estado  matrimonial  más  frecuente  era  la  biga- 
mia (I  Sam.  1,  2),  por  lo  que  nuestro  deuteronomista  se  creyó  obli- 
gado a  reglamentar  las  cuestiones  sucesorias  referentes  a  la  primoge- 
nitura, cuando  ambas  esposas  habían  dado  descendencia  al  marido  y 
éste  prefería  de  ellas  a  aquella  cuyo  hijo  mayor  había  nacido  después 
del  primogénito  de  su  compañera.  Estableció  el  legislador  que,  en  tal 
caso,  el  padre  de  ambos  hijos  no  podía  excluir  al  mayor  en  perjuicio 


146 


DERECHO  DE  PRIMOGENITURA 


del  menor,  ya  que  el  primogénito  debía  recibir  doble  parte  de  la  de 
los  otros  hermanos  varones,  el  cual  se  convertía  en  jefe  de  la  familia. 
El  reparto  de  bienes  mencionado  en  el  v.  16,  no  debería  ser  más  que 
un  proyecto  de  partición,  ya  que  ésta  no  se  ejecuta  sino  después  de 
la  muerte  del  causante,  salvo  que  excepcionalraente  el  padre  hubiese 
querido  efectuar  en  vida  la  división  de  su  hacienda.  Así  en  la  parábola 
del  hijo  pródigo,  al  pedir  el  hijo  menor  que  se  le  dé  la  parte  que  le 
corresponde  en  la  fortuna  paterna  (Luc.  15,  12),  no  exige  en  realidad 
un  derecho,  sino  solicita  un  favor,  que  se  supone  sea  para  obtener  los 
medios  de  crearse  una  posición  independiente,  solicitud  a  la  que  accede 
el  padre. 

3330.  El  modo  más  habitual  de  transmitirse  una  propiedad  en 
Israel  era  por  herencia.  Primeramente  heredaban  los  hijos  de  un  mis- 
mo padre,  sea  cual  fuere  la  condición  de  la  madre,  por  lo  que  vemos 
en  las  leyendas  patriarcales  que  Sara  obliga  a  su  marido  que  eche  al 
desierto  a  su  esclava  Agar,  para  que  el  hijo  de  ésta,  Ismael,  no  herede 
con  Isaac  (Gén.  21,  10)  ;  Abraham  envía  lejos,  al  país  del  Oriente,  los 
hijos  que  había  tenido  con  sus  concubinas  a  fin  de  poder  dar  todos  sus 
bienes  a  Isaac  (Gén.  25,  5,  d;  §  2306) ;  y  de  igual  modo  los  hijos  de 
Galaad  expulsaron  a  su  hermano  Jefté,  hijo  de  una  ramera,  para  que 
no  participara  de  la  herencia  paterna  (Jue.  11,  1-2).  De  esto  se  des- 
prende, como  observa  Bertholet  (p.  175),  que  el  antiguo  Israel  igno- 
raba la  noción  jurídica  de  nacimiento  legítimo;  todo  dependía  de  la 
filiación  paterna,  en  la  que  culmina  el  patriarcado.  Habiendo  hijo  va- 
rón no  heredaban  las  hijas;  pero  posteriormente,  la  legislación  sacer- 
dotal (P^)  dispuso  que  "51  alguno  muere  sin  dejar  hijo  varón,  trasmi- 
tiréis su  herencia  a  su  hija.  Si  no  tiene  hija,  daréis  su  herencia  a  sus 
hermanos,  y  si  tiene  hermanos,  la  daréis  a  los  hermanos  de  su  padre, 
y  si  su  padre  no  tuviere  hermanos,  la  daréis  al  pariente  más  cercano 
que  tenga  en  su  clan,  y  éste  la  poseerá"  (Núm.  27,  8-11).  L.  B.  d.  C. 
escribe  al  respecto:  "Según  el  antiguo  derecho  israelita,  los  descen- 
dientes en  línea  masculina  eran  los  únicos  que  podían  heredar,  en  un 
principio,  porque  ellos  eran  los  únicos  indicados  para  rendir  a  los 
antepasados  el  culto  que  les  era  debido  ante  el  sepulcro  familiar".  Dos 
eran  los  procedimientos  usados  para  prevenir  la  extinción  de  las  fa- 
milias cuando  no  había  hijos  varones,  a  saber:  1^  el  levirato  (§  3318) ; 
y  2°  tomar  el  nombre  de  su  suegro  el  que  se  casaba  con  una  hija 
heredera,  y  así,  p.  ej.,  en  el  censo  de  los  judíos  desterrados  en  Babi- 
lonia, que  regresaron  a  Jerusalén  con  Zorobabel,  en  virtud  del  edicto 
de  Ciro,  figuran  entre  los  sacerdotes:  "los  hijos  de  Barzillai,  el  cual 
habiéndose  casado  con  una  de  las  hijas  de  Barzillai  el  galaadita,  desde 
entonces  se  le  había  dado  el  nombre  de  éste"  (Esd.  2,  61;  Neh.  7,  63). 
Por  eso,  las  cinco  hijas  de  un  tal  Celofcad,  que  se  decía  descendiente 
de  Manases,  hijo  de  José,  aparecen,  cuando  el  legendario  reparto  de 


DERECHO  DE  PRIMOGENITURA 


147 


tierras  en  Canaán,  pidiendo  a  Moisés  que  se  les  conceda  un  lote  de 
terreno  al  que  permanecería  unido  el  nombre  de  su  padre,  de  modo 
que  los  derechos  que  tuvieran  sobre  ese  fundo,  pasasen  a  los  hijos  que 
ellas  pudiesen  tener  (Núm.  27,  1-11;  Jos.  17,  3-6).  Más  tarde,  otro 
escritor  de  la  misma  escuela  sacerdotal  le  agregó  el  complemento  de 
Núm.  36,  por  el  cual  se  impone  a  la  heredera  la  obligación  de  no  ca- 
sarse sino  con  un  miembro  del  clan  o  familia  de  la  misma  tribu,  pre- 
cepto al  que  se  ciñeron  las  aludidas  cinco  hi^"as  de  Celofcad  (vs.  10-12), 
las  que  contrajeron  matrimonio  con  sus  primos  hermanos,  hijos  de  sus 
tíos,  que  hubieran  sido  los  herederos  naturales  de  Celofcad  en  línea 
masculina,  según  Núm.  27,  8-11.  Ese  precepto  que  figura  mandado  por 
Moisés,  según  orden  de  Yahvé,  dice  así:  "6  Esto  es  lo  que  Yahvé  or- 
dena tocante  a  las  hijas  de  Celofcad:  Cásense  como  bien  les  pareciere, 
con  tal  que  se  casen  dentro  de  uno  de  los  clanes  de  la  tribu  de  su  padre. 
7  Así  el  patrimonio  de  los  hijos  de  Israel  no  pasará  de  una  tribu  a  otra, 
sino  que  los  hijos  de  Israel  permanecerán  adheridos  cada  uno  al  pa- 
trimonio de  la  tribu  de  sus  padres.  8  Toda  hija  heredera  de  un  domi- 
nio entre  las  tribus  de  los  hijos  de  Israel,  deberá  casarse  con  alguno 
que  pertenezca  a  uno  de  los  clanes  de  la  tribu  de  su  padre,  a  fin  de 
que  los  hijos  de  Israel  puedan  conservar  cada  uno  la  herencia  de  sus 
padres.  9  No  pasará  un  patrimonio  de  una  tribu  a  otra,  sino  que  las 
tribus  de  Israel  permanecerán  adheridas  cada  una  a  su  heredad". 
Entiende  L.  B.  d.  C.  que  esta  exigencia  parece  ser  un  correctivo  más 
reciente  a  lo  dispuesto  en  el  cap.  27,  donde  sólo  se  pedía  que  el  nombre 
de  aquel  que  no  hubiera  dejado  hijos,  se  conservara  a  sus  tierras  por 
sus  hijas,  sin  precisar  cómo,  mientras  que  la  ley  del  cap.  36,  preocupada 
ante  todo  de  la  integridad  del  dominio  de  la  tribu,  impone  a  la  here- 
dera la  citada  obligación  de  no  casarse  sino  con  un  miembro  de  la 
tribu  o  clan  de  su  padre. 

3331.  Al  establecer  el  deuteronomista  la  prioridad  del  hijo  ma- 
yor de  un  israelita,  aunque  fuera  de  una  mujer  a  la  cual  éste  no  pre- 
fería, venía  a  innovar  en  las  prácticas  consuetudinarias  de  su  país, 
pues  antiguamente  el  padre  gozaba  del  derecho  de  designar  jefe  de  la 
familia  que  le  sucediera  tanto  en  sus  bienes  como  en  sus  prerrogativas, 
a  un  hijo  suyo  cualquiera  prescindiendo  del  mayor,  si  así  le  parecía, 
como  ocurre  en  estos  casos:  Abraham  transfiere  su  herencia  a  Isaac, 
dejando  de  lado  a  Ismael;  Jacob  bendice  a  su  nieto  mayor  Efraim  an- 
tes que  a  Manasés,  hermano  mayor  de  éste  (Gén.  48,  13-20)  ;  David 
designa  sucesor  suyo  a  Salomón,  aunque  no  era  su  primogénito  (I  Rey. 
1;  §  1022)  ;  y  Hora,  uno  de  los  descendientes  de  Merari,  estableció  por 
jefe  de  su  familia  a  su  hijo  Simri  o  Shimri,  aunque  no  era  el  mayor 
de  sus  hermanos  (I  Crón.  26,  10).  En  cambio  la  legislación  sacerdo- 
tal reposa  sobre  la  consagración  de  los  primogénitos  (Núm.  2,  13), 
cambiándole  de  sentido  al  verbo  dar  de  Ex.  22,  29,  — que  como  se  ve 


148 


REMOCION  DE  MOJONES 


en  el  contexto  (v.  30)  significa:  inmolar — ,  por  el  de  consagrar  o  de- 
dicar al  servicio  divino  a  los  primogénitos,  puesto  que  en  la  época  de 
P,  mucho  más  adelantada  que  la  de  J  o  la  de  E,  no  se  toleraban  ya  los 
sacrificios  humanos  (§  2713).  El  derecho  de  primogenitura  sentado 
por  el  deuteronomista,  fue,  pues,  el  derecho  de  suceder  de  primogénito 
en  primogénito  en  la  sucesión  del  padre.  En  España  ese  derecho  creó 
la  institución  del  mayorazgo,  — nombre  proveniente  de  la  expresión 
latina  major  natu,  "mayor  de  nacimiento  o  primogénito"—,  institución 
que  subsistió  desde  el  feudalismo  hasta  mediados  del  siglo  XIX,  e  iba 
unida  a  la  condición  de  conservar  íntegros  perpetuamente  los  bienes  en 
la  familia  del  primogénito.  Debe  notarse  que,  como  nos  informa  Es- 
criche,  el  poseedor  de  un  mayorazgo  podia  perderlo,  entre  otras  causas, 
por  delito  de  lesa  majestad  divina  y  humana  y  por  herejía,  extendién- 
dose la  pena  de  estos  delitos  a  los  hijos  procreados  después  de  su  per- 
petración. 

MOJONES.  —  3332.  Deut.  19,  14.  No  removerás  los  mojones  de 
tu  vecino,  puestos  por  los  antepasados,  en  la  propiedad  que  te  haya  to- 
cado en  el  país  cuya  posesión  te  dará  Yahvé  tu  dios.  Para  el  Dicciona- 
rio de  la  Academia  Española  es  mojón  toda  señal  permanente  que  se 
pone  para  fijar  los  límites  de  heredades,  terrenos  y  fronteras.  Nuestro 
Código  Civil  dice:  "Se  entiende  por  mojón  en  general,  cualquiera  se- 
paración natural  o  artificial  que  señale  el  límite  o  línea  divisoria  de 
dos  heredades  contiguas"  (art.  591,  inc.  2).  La  definición  de  nuestro 
Código  es  errónea,  porque  confunde  señal  con  separación,  ya  que  de 
acuerdo  con  la  misma  habría  que  considerar  como  mojón,  un  arroyo 
que  limitara  dos  propiedades  rurales.  Mojones  son,  pues,  señales  que 
se  colocan  para  indicar  el  límite  de  terrenos  de  individuos  o  de  Estados, 
pudiendo  ser  de  muy  diferentes  clases,  empleándose  generalmente  para 
ello,  bloques  o  trozos  altos  y  delgados  de  piedra,  a  manera  de  postes. 
La  remoción  maliciosa  de  mojones  con  el  propósito  de  apropiarse  in- 
debidamente de  un  terreno,  constituía  y  constituye  aún  hoy  en  las  mo- 
dernas sociedades,  delito  de  usurpación  o  hurto,  al  que  nuestro  Código 
Penal  castiga  con  3  meses  de  prisión  a  3  años  de  penitenciaría.  De  mo- 
jón a  mojón  cuando  no  existían  alambrados,  solían  hacerse  cercados 
de  piedra  o  setos  vivos,  es  decir,  formados  con  pitas,  arbustos  o  árbo- 
les; y  en  terrenos  de  labranza  se  acostumbraba  establecer  como  diviso- 
ria un  surco  más  hondo  y  más  ancho,  o  dejar  una  faja  de  tierra  sin 
cultivar.  En  la  antigua  Roma,  según  las  leyes  de  las  Doce  Tablas,  de- 
bía haber  entre  los  fundos  un  espacio  de  cinco  pies  (1  m.  40  cms.  poco 
más  o  menos),  que  les  servía  de  senda  de  paso  a  ambos  propietarios 
colindantes  y  a  la  vez  para  dar  vuelta  el  arado. 

3333.  La  no  alteración  de  los  mojones,  además  de  ser  un  man- 
dato impuesto  por  la  convivencia  social,  tenía  en  muchos  pueblos  fun- 


SEPARACION  DE  LOS  FUNDOS  EN  ROMA 


149 


damento  religioso.  Fustel  de  Coulanges,  que  estudió  esta  cuestión  en 
su  libro  "La  Ciudad  Antigua"  (cap.  VI),  afirma  que  en  las  viejas  po- 
blaciones de  Grecia  y  de  Italia,  cada  familia  tenía  un  altar  u  hogar, 
símbolo  de  la  vida  sedentaria,  en  el  que  se  adoraba  al  dios  familiar  o 
a  los  Penates,  divinidades  protectoras  del  interior  de  la  casa.  La  fa- 
milia estaba  adscrita  al  hogar,  y  como  éste  se  hallaba  fijo  en  el  suelo, 
el  dios  familiar  debía  tener  una  morada  permanente.  El  hogar  con  su 
terreno  tenía  que  estar  aislado  para  que  los  extraños  no  pudiesen  par- 
ticipar de  las  ceremonias  del  culto  doméstico,  y  por  lo  tanto  se  reque- 
ría que  en  torno  de  aquél  hubiese  un  cercado  o  un  recinto  que  lo  sepa- 
rara de  las  demás  propiedades.  Tratándose  de  terrenos,  se  señalaba  ge- 
neralmente esa  divisoria  por  un  surco  más  ancho  o  por  una  banda  de 
tierra  que  había  de  permanecer  inculta  y  que  el  arado  no  podía  tocar. 
"Ciertos  días  fijos  del  mes  y  del  año,  escribe  Fustel  de  Coulanges,  el 
padre  de  familia  daba  la  vuelta  a  su  campo  siguiendo  esa  línea,  hacía 
marchar  delante  algunas  víctimas,  entonaba  himnos,  ofrecía  sacrificios. 
Gracias  a  esta  ceremonia  creía  haber  captado  la  benevolencia  de  sus 
dioses  en  pro  de  su  campo  y  de  su  casa,  sobre  todo  había  confirmado 
su  derecho  de  propiedad  paseando  en  torno  del  campo  su  culto  domés- 
tico. El  camino  que  habían  recorrido  las  víctimas  y  las  preces  era  el 
límite  inviolable  del  dominio.  En  todo  este  trayecto,  de  distancia  en 
distancia,  el  hombre  colocaba  algunas  piedras  gruesas  o  troncos  de  ár- 
boles que  recibían  el  nombre  de  términos.  Puede  suponerse  lo  que  eran 
estos  términos  y  cuáles  las  ideas  que  a  ellos  se  asociaban,  a  juzgar  por 
la  manera  con  que  la  piedad  de  los  hombres  los  colocaba  en  tierra. 
"He  aquí,  dice  Sículo  Flaco,  lo  que  nuestros  antepasados  practicaban: 
comenzaban  abriendo  un  agujero  pequeño  e  implantando  el  Término 
al  borde,  y  lo  coronaban  con  guirnaldas  de  hierbas  y  flores.  Luego 
ofrecían  un  sacrificio;  inmolada  la  víctima,  hacían  correr  la  sangre 
hasta  el  hoyo,  arrojaban  en  él  carbones  encendidos  (probablemente 
encendidos  en  el  fuego  sagrado  del  hogar) ,  granos,  tortas,  frutas  y 
un  poco  de  vino  y  de  miel.  Cuando  todo  esto  se  había  consumido  en 
el  hoyo,  se  colocaba  la  piedra  o  el  trozo  de  madera  sobre  las  cenizas 
todavía  cálidas".  Cada  año  se  vertían  libaciones  sobre  el  Término,  re- 
citándole oraciones.  .  .  Más  adelante,  ayudó  la  poesía  y  se  consideró  al 
Término  como  un  dios  distinto  y  personal.  .  .  Para  usurpar  en  el  campo 
de  una  familia  era  preciso  derribar  o  trasladar  el  límite;  pero  como 
éste  era  un  dios,  se  castigaba  tan  horrendo  sacrilegio  con  la  pena  de 
muerte ...  La  ley  ateniense  establecía  también :  "No  rebases  el  límite", 
y  Platón  completando  el  pensamiento  del  legislador  agrega:  Nadie  to- 
que el  mojón  que  separa  su  campo  del  vecino,  porque  debe  de  perma- 
necer inmóvil",  (ps.  83-86), 

3334.  En  Israel,  aun  cuando  la  remoción  maliciosa  de  mojones 
no  tenía  el  carácter  de  sacrilegio  que  en  la  antigua  Roma,  sin  embargo 


150 


SEPARACION  DE  FUNDOS  EN  ISRAEL 


era  un  hecho  punible,  condenado  por  la  legislación  que  se  suponia  dic- 
tada por  la  divinidad  nacional,  como  se  ve  en  el  citado  precepto  de 
Deut.  19,  14.  La  división  de  los  predios  de  labranza  se  marcaba  ordi- 
nariamente por  un  surco  dos  veces  más  ancho  que  los  usuales.  En  Gue- 
zer  se  han  hallado  piedras  con  inscripciones  colocadas  en  dichos  sur- 
cos, como  mojones.  En  el  libro  de  Proverbios,  al  igual  que  en  el  Deu- 
teronomio,  y  casi  con  las  mismas  palabras,  se  prohibe  la  alteración  do- 
losa de  los  mojones,  y  así  leemos: 

No  remuevas  los  mojones  antiguos 

que  establecieron  tus  padres  (22,  28). 

No  remuevas  el  mojón  de  la  viuda  (L.  B.  d.  C), 

ni  te  metas  en  los  campos  de  los  huérfanos  (23,  10). 

Yahvé  derriba  la  casa  de  los  orgullosos; 

pero  levanta  el  mojón  de  la  viuda  (15,  25). 

La  ira  de  Yahvé  estalla  ante  tales  hechos,  por  lo  cual  escribe  Oseas: 

Los  príncipes  de  Judá  se  conducen 
Como  los  que  remueven  los  mojones. 
Yo  (Yahvé)  derramaré  sobre  ellos 
Mi  cólera  como  un  torrente  (5,  10). 

Y  entre  las  maldiciones  de  Deut.  27,  se  halla  ésta  del  v.  17:  "¡Maldito 
aquel  que  removiere  el  mojón  de  su  vecino!".  —  Notemos  finalmente 
que  el  deuteronomista  se  esfuerza  en  conservar  la  ficción  de  que  las 
disposiciones  que  él  va  estableciendo  fueron  dictadas  por  Moisés,  se- 
gún orden  de  Yahvé,  para  cuando  se  efectuara  la  repartición  del  terri- 
torio cananeo  que  los  israelitas  iban  a  conquistar.  Pero  en  el  precepto 
de  19,  14  que  comentamos,  la  ficción  queda  bien  al  descubierto,  pues 
se  habla  de  no  retirar  los  mojones  indicadores  de  los  límites  de  las 
propiedades,  colocados  por  los  antepasados.  En  consecuencia,  se  ve 
bien  claramente  que  se  trata  de  prescripciones  dictadas  con  muchísima 
posterioridad  a  la  instalación  israelita  en  Canaán.  Manifiesta  al  res- 
pecto L.  B.  d.  C.  que  "esta  ley  que  supone  efectuada  la  partición  del 
país  desde  hace  ya  muchas  generaciones,  se  concilla  mal  con  lo  que 
sigue,  donde  la  conquista  es  considerada  un  hecho  futuro,  como  así 
ocurre  ordinariamente  en  el  Deuteronomio". 

PRETILES  DE  LAS  AZOTEAS.  —  3335.  Deut.  22,  8  Cuando  edifi- 
cares casa  nueva,  cercarás  su  techo  con  un  pretil,  así  no  pondrás  san- 
gre sobre  tu  casa,  si  de  allí  cayera  alguno.  Es  este  un  juicioso  precepto, 
que  diríamos  hoy  de  carácter  municipal,  y  que  tiene  su  explicación  ló- 
gicr.  en  que  los  techos  de  las  casas  palestinas  eran  llanos,  con  una  liga- 


PRETILES  EN  LAS  AZOTEAS 


151 


ra  pendiente  para  que  corriera  el  agua  en  caso  de  lluvia,  constituyendo 
así  terrados  o  terrazas,  en  los  que  se  solía  tender  ropa,  secar  frutos, 
harina,  etc.,  y  hasta  dormir  en  las  noches  calurosas.  Pero  no  era  tan 
sólo  la  preocupación  de  evitar  un  accidente  mortal  provocado  por  la 
caída  desde  lo  alto  de  la  azotea,  lo  que  originó  esta  disposición  legis- 
lativa que  comentamos,  sino  que  para  que  ella  figurara  en  un  código 
religioso  como  el  Deuteronomio,  tenían  que  existir  razones  más  pode- 
rosas de  otra  índole,  que  obligaran  a  formularla.  Y  entre  esas  razones 
debía  probablemente  contarse  la  del  temor  que  el  espíritu  del  que  per- 
diere la  vida  al  caer  del  techo,  pudiese  atormentar  o  causar  daños  al 
propietario  de  la  casa  o  a  su  familia  (nuestra  Introducción  §  373). 
Recuérdese  que  para  los  hebreos  el  alma  del  individuo  residía  en  su 
sangre  ílb.  §  253;  Deut.  12,  23),  y  de  ahí  que  nuestro  texto  diga:  "así 
no  pondrás  sangre  sobre  tu  casa",  de  modo  que  el  alma  irritada  de  la 
víctima  no  provocara  molestias,  enfermedades  o  dolores  a  los  habitan- 
tes del  edificio.  Obsérvese  también  que  este  precepto  no  puede  proce- 
der del  desierto,  cuyas  tribus  viven  en  tiendas  o  carpas,  sino  que  ha 
sido  dictado  en  una  época  muy  posterior  cuando  los  israelitas  ya  fija- 
dos definitivamente  en  Canaán,  construían  casas  de  azotea. 

PROHIBICION  DE  PONERSE  VESTIDOS  DEL  SEXO  CONTRARIO.  — 
3336.  Deut.  22,  5  No  usará  la  mujer  traje  de  hombre,  ni  vestirá  el 
hombre  ropa  de  mujer;  porque  el  que  hace  esto  horrorizaría  a  Yahvé, 
tu  dios.  Los  vestidos  que  llevaban  los  hebreos  eran  muy  semejantes 
tanto  para  el  hombré  como  para  la  mujer,  pues  constaban  generalmente 
de  una  especie  de  taparrabo,  una  túnica  o  camisa,  con  o  sin  mangas, 
ceñida  al  cuerpo  por  un  cinturón,  y  un  manto,  algo  así  como  la  capa 
española,  que  se  solía  atar  al  cuello  y  que  se  prolongaba  hasta  los  to- 
billos. La  túnica  de  los  hombres  se  extendía  hasta  las  rodillas;  la  de 
las  mujeres  era  mucho  más  larga.  El  traje  femenino  iba  además  acom- 
pañado de  adornos,  muchos  de  los  cuales  se  mencionan  en  Is.  3,  16-23. 
A  pesar  de  esta  similitud  en  la  vestimenta  de  ambos  sexos,  ¿a  qué  se 
debe  la  prohibición  de  nuestro  texto,  hasta  el  punto  de  afirmarse  que  el 
uso  por  parte  del  hombre  del  traje  femenino  horrorizaría  al  mismo 
Yahvé?  Según  Scío,  esto  se  debería  a  que  "la  mujer  disfrazada  de 
hombre  se  despoja  de  la  prenda  que  debe  más  amar,  y  que  le  sirve 
como  de  parapeto  para  conservarse  pura,  que  es  la  vergüenza:  y  el 
hombre  disfrazado  de  mujer  se  afemina,  y  se  degrada  de  aquella  supe- 
rioridad en  que  el  Señor  le  puso,  cuando  le  hizo  cabeza  de  la  mujer". 
Seguramente  que  en  nada  de  esto  pensó  el  deuteronomista  cuando  es- 
cribió el  precepto  que  comentamos,  pues  en  realidad  éste  tendía  a  com- 
batir hábitos  usados  en  cultos  distintos  del  de  Yahvé,  como  el  de  Afro- 
dita o  Astarté,  que  contaba  con  muchos  adeptos  en  Israel,  sobre  todo 
en  época  de  Manases;  precepto  que  tendía  además  a  proscribir  la  ver- 


152 


MEZCLAS  PROHIBIDAS 


gonzosa  práctica  de  la  prostitución  sagrada  en  la  cual  era  corriente  que 
los  sodomitas  usaran  vestimentas  y  afeites  femeniles.  Sobre  los  Ke- 
deshim  véase  §  89. 

MEZCLAS  PROHIBIDAS.  —  3337.  Deut.  22,  9  No  sembrarás  en  tu 
viña  dos  clases  de  plantas  si  no  quieres  que  el  todo  caiga  en  entredi- 
cho: el  grano  que  has  sembrado  y  el  producto  de  la  viña.  10  No  ararás 
con  buey  y  asno  uncidos  juntos.  11  No  llevarás  ropa  tejida  con  dos 
clases  de  hilo,  lana  y  lino.  El  v.  9  se  vierte  diferentemente,  según  los 
traductores,  sobre  todo  al  expresar  las  razones  de  la  prohibición  for- 
mulada en  el  texto.  Así  Scío,  traduciendo  la  Vulgata,  dice:  "No  sem- 
brarás en  tu  viña  dos  semillas:  porque  no  se  santifique  ya  la  semilla 
que  sembraste,  ya  juntamente  lo  que  nace  de  la  viña".  Velera  expone 
la  causa  de  esta  prohibición  así:  "porque  no  se  santifique  la  abundan- 
cia de  la  simiente  que  sembraste,  y  el  fruto  de  la  viña".  Pratt,  en  la 
Versión  Moderna,  expresa:  "no  sea  que  se  te  pierda  todo  el  fruto,  así 
la  semilla  como  el  producto  de  la  viña".  Reuss,  L.  B.  A.  y  la  Versión 
Sinodal,  con  palabras  más  o  menos  diferentes,  manifiestan  que  el  todo, 
plantas  y  producto  de  la  viña,  pertenecerán  al  santuario.  Nosotros  se- 
guimos la  traducción  de  L.  B.  d.  C.  y  L.  B.  R.  F.  que  exponen  que  es 
causa  de  entredicho  o  interdicto  la  siembra  en  el  mismo  viñedo  de  dos 
clases  de  plantas  o  semillas  diferentes. 

3338.  En  los  tres  versículos  que  se  dejan  transcritos  se  proscri- 
ben tres  cosas:  1°  la  siembra  o  plantación  de  semillas  o  plantas  diver- 
sas en  los  viñedos;  29  uncir  bajo  el  mismo  yugo  animales  de  distinta 
especie;  y  3*?  usar  trajes  de  telas  tejidas  con  diversidad  de  hilos.  ;.A 
qué  responden  estos  preceptos  tan  raros  hoy  para  nosotros?  La  ortodo- 
xia, que  los  considera  como  procedentes  de  Yahvé,  hoy  el  Dios  univer- 
sal, da  de  ellos  las  más  curiosas  explicaciones.  Según  Scío,  "la  mezcla 
de  los  frutos  era  causa  de  que  se  dañaran  unos  a  otros  atendiendo  con 
esto  el  Señor  al  mismo  tiempo  a  poner  freno  a  la  codicia  de  los  hom- 
bres". En  cuanto  al  segundo  caso  lo  explica  diciendo:  "porque  sus  fuer- 
zas (las  del  buey  y  del  asno)  son  desiguales,  y  así  el  asno  sería  agra- 
vado más  de  lo  que  es  razón,  por  cuanto  recaería  sobre  él,  que  es  de 
más  baja  estatura,  todo  el  peso  del  arado".  Y  en  cuanto  a  los  tejidos 
de  hilos  diversos  expresa  el  mismo  traductor  que  "con  esta  ley  y  las 
dos  precedentes  quiso  Dios  encomendar  a  los  hombres  la  simplicidad 
y  sinceridad,  no  sólo  en  el  vestido,  sino  en  todas  las  cosas:  por  cuanto, 
como  dice  Teodoreto,  aborrece,  y  prohibe  todas  las  mezclas  adulteri- 
nas ya  de  la  carne,  ya  del  espíritu".  Para  L.  B.  A.,  este  respeto  de  las 
distinciones  establecidas  por  el  Creador  en  el  orden  de  la  naturaleza 
debía  desarrollar  en  Israel,  el  respeto  por  las  distinciones  más  graves 
que  existen  en  el  mundo  moral.  Mas  lógico  y  natural  es  explicar  estas 
extrañas  prescripciones  por  algunos  de  los  siguientes  factores:  I"?  como 


LOS  MANTOS  HEBREOS 


153 


simples  supersticiones  populares;  2°  por  distinguirse  de  ciertas  cos- 
tumbres de  pueblos  que  tenían  otros  dioses,  y  así  la  prohibición  de 
tejer  una  tela  con  hilos  de  lana  y  de  lino  podía  quizá  responder  a  que 
no  se  imitara  la  práctica  de  aquellos  como  los  sábeos  (§  2305)  cuyos 
sacerdotes  usaban  trajes  de  tela  tejida  en  esa  forma;  y  3°  podían  qui- 
zá depender  de  la  magia,  o  por  considerar  que  ciertos  granos  o  plan- 
tas procedían  de  una  determinado  dios,  como  ocurría  p.  ej.  en  Grecia, 
donde  el  trigo  era  originario  de  Demeter  y  la  vid,  de  Baco.  Confirman- 
do esto  último  escribe  L.  B.  d.  C.  respecto  a  esta  prohibición  de  mez- 
clas: "Quizá  esto  pueda  ser  también  porque  se  temía  antiguamente 
mezclar  dominios  colocados  bajo  la  protección  de  divinidades  diferen- 
tes" (nota  a  Lev.  19,  19) .  Hay  sin  embargo  otra  explicación  más  plau- 
sible al  caso  de  que  trata  el  v.  9,  pues  si  se  nota  que  va  acompañado 
por  una  exorbitante  sanción,  como  lo  era  la  confiscación  a  favor  del 
santuario  no  sólo  de  lo  sembrado  con  semillas  diferentes,  sino  hasta  el 
producto  total  de  la  vendimia  del  viñedo  entre  cuyas  filas  se  había 
realizado  esa  siembra,  es  natural  suponer  que  ese  precepto  había  sido 
inspirado  por  los  sacerdotes,  a  quienes  tendía  a  favorecer.  En  efecto, 
como  sabemos,  el  entredicho  o  interdicto  era  una  antigua  institución 
tendiente  a  considerar  como  sagradas  por  ser  destinadas  únicamente 
a  la  divinidad,  determinadas  cosas  o  personas,  las  que  debían  ser  o  to- 
talmente destruidas,  lo  que  se  denominaba  Kherem  (§  257-258),  o  con- 
sagradas al  exclusivo  servicio  del  santuario,  o  sea  de  los  sacerdotes. 
Así  se  comprende  pues  la  extraordinaria  penalidad,  de  que  un  israelita 
por  el  hecho  de  haber  sembrado,  p.  ej.  trigo  y  cebada  en  su  viña,  se 
viera  despojado  de  todos  sus  frutos,  tanto  de  los  de  ésta,  como  de  la 
cosecha  de  aquellos  granos,  por  tan  insignificante  circunstancia. 

REGLAS  DE  LOS  MANTOS.  —  3339.  Relacionado  con  el  precepto 
que  antecede  relativo  a  la  tela  de  los  vestidos,  se  encuentra  este  otro 
sobre  los  mantos,  muy  breve,  pues  dice  tan  sólo  esto:  "Pondrás  flecos 
en  franjas  en  los  cuatro  extremos  del  manto  con  el  que  te  cubres"  (Deut. 
22,  12).  Scío,  traduciendo  este  pasaje  de  la  Vulgata,  trae:  "Pondrás  en 
la  franja  de  la  capa,  con  que  te  cubrieres,  unos  cordoncillos  a  los  cuatro 
remates".  El  escritor  de  la  parte  más  antigua  del  ciclo  sacerdotal  de  Nú- 
meros completó  este  mandato  en  la  siguiente  forma:  37  Yahvé  habló  a 
Moisés,  diciendo:  38  Habla  a  los  hijos  de  Israel  y  diles  que  se  hagan 
flecos  en  los  bordes  de  sus  vestidos,  de  generación  en  generación,  y  que 
pongan  sobre  el  fleco  de  cada  esquina  un  cordón  azul  o  de  púrpura  vio- 
leta. 39  Serán  para  vosotros  una  señal,  de  modo  que  al  verlos  os  acor- 
déis de  todos  los  mandamientos  de  Yahvé  y  los  pongáis  en  práctica  y 
no  os  descarriéis  siguiendo  los  deseos  de  vuestros  corazones  y  de  vues- 
tros ojos  que  os  arrastran  a  la  infidelidad  (Núm.  15).  La  mayor  parte 
de  las  traducciones  francesas,  como  la  de  Reuss,  L.  B.  A.  y  L.  B.  d.  C, 


154 


ARRANCAR  FRUTOS  AJENOS 


emplean  el  vocablo  glands  o  sea  "bellotas  o  borlas"  allí  donde  nosotros 
hemos  puesto  flecos,  siguiendo  a  la  Versión  Moderna  y  a  L.  B.  R.  F. 
que  trae  "cordones  en  franjas".  El  escritor  judío  M.  Ventura  comen- 
tando el  citado  pasaje  de  Núm.  15,  39  expresa:  "El  vocablo  Tsitsit  sig- 
nifica franja.  Se  llama  así  el  chai  blanco  con  el  que  se  reviste  durante 
el  oficio  de  la  mañana,  a  causa  de  las  franjas  que  contienen  sus  cua- 
tro extremidades,  chai  que  se  llama  también  talet,  que  significa  túnica 
o  traje.  Las  franjas  llamadas  tsitsit  así  como  la  mezuza  y  los  tefilim 
(§  3246)  son  signos  destinados  a  recordar  sus  deberes  religiosos  al 
israelita"  (p.  26).  Se  trata,  pues,  de  una  prescripción  tendiente  a  auxiliar 
la  memoria,  o  sea,  de  un  procedimiento  mnemotécnico.  Según  el  texto 
citado  del  Deuteronomio  esa  prenda  de  vestir,  era  una  especie  de  capa 
cuadrangular,  en  cada  uno  de  cuyos  cuatro  extremos  debía  haber  una 
borla  o  cordón  más  largo.  Creemos  con  L.  B.  d.  C,  que  "tenemos  aquí 
indudablemente  un  caso  de  transformación  y  de  espiritualización  de 
una  antigua  costumbre  (cf.  Deut.  6,  8;  11,  18).  Primitivamente,  las 
borlas  debían  servir  de  amuletos;  el  color  azul  pasa  aún  hoy,  en  Orien- 
te, por  garantir  contra  el  mal  de  ojo.  En  los  monumentos  egipcios  los 
cananeos  están  a  menudo  representados  con  borlas  de  ese  género  en 
sus  taparrabos". 

DERECHO  DE  ARRANCAR  FRUTOS  AJENOS.  —  3340.  Deut.  23, 
24  (1)  Cuando  entrares  en  la  viña  de  tu  prójimo,  podrás  comer  uvas 
a  tu  gusto,  hasta  saciarte;  pero  no  las  pondrás  en  un  cesto.  25  Cuando 
entrares  en  la  mies  de  tu  prójimo,  podrás  arrancar  espigas  con  la  ma- 
no; pero  no  la  segarás  con  hoz.  He  aquí  dos  preceptos  de  carácter  hu- 
manitario, que  tendían  a  que  no  se  censurara  o  persiguiera,  al  que 
hambriento,  al  pasar  por  un  viñedo  o  por  un  sembrado  de  trigo,  arran- 
cara uvas  o  espigas  para  saciar  su  hambre.  Las  limitaciones  que  en  am- 
bos casos  establece  el  texto  tenían  por  finalidad  evitar  los  abusos,  que 
podían  llegar  a  constituir  verdaderos  robos.  Manifiesta  Scío  que  algu- 
nos entienden  que  sólo  era  permitido  arrancar  uvas  en  viñedo  ajeno, 
a  los  vendimiadores  y  jornaleros;  pero  agrega  que  Josefo  extiende  este 
precepto  a  todos,  tanto  a  naturales  como  a  extranjeros.  Ejemplo  de  la 
aplicación  de  lo  dispuesto  en  el  v.  25,  se  encuentra  en  los  Evangelios, 
cuando  se  narra  la  anécdota  de  que  los  fariseos  consideraron  como  una 
violación  del  descanso  sabático,  el  hecho  de  que  los  discípulos  de  Je- 
sús, al  atravesar  unas  mieses,  arrancaron  espigas  de  trigo  y  comieron 
sus  granos  (Mat.  12,  i;  Marc.  2,  23;  Luc.  6,  i).  Sobre  el  pasaje  de 
que  tratamos,  escribe  L.  B.  A.:  "Este  mismo  uso  existe  aún  hoy  entre 


(1)  En  muchas  ediciones  de  la  Biblia,  se  agrega  al  final  de  Deut.  22  el 
primer  versículo  del  cap.  23,  de  modo  que  resulta  así  alterada  toda  la  numeración 
de  los  versículos  de  este  último  capítulo. 


PAGA  DE  JORNALEROS 


155 


los  árabes.  Róbinson  (Palestine,  II,  p.  419)  refiere  que  cerca  de  En- 
guédi  los  árabes  que  lo  conducían,  arrancaban  espigas  y  comían  los 
granos;  y  cuando  les  preguntó  por  qué  procedían  así,  respondieron  que 
eso  era  una  antigua  costumbre  a  la  cual  nadie  se  opondría,  pues  se 
comprendería  que  ellos  tenían  hambre.  Agrega  el  mismo  autor  que  más 
tarde  vió  muchos  ejemplos  por  el  estilo". 

3341.  Relacionado  con  ese  derecho  que  se  concedía  de  arrancar 
uvas  y  espigas  ajenas  para  saciar  el  hambre  del  que  pasaba  por  un  vi- 
ñedo o  un  sembrado  de  trigo,  se  halla  la  prescripción  de  Deut.  19,  22, 
por  la  cual  se  obligaba  a  los  que  en  sus  campos  cosechaban  cereales, 
aceitunas  o  vendimiaban,  a  que  no  efectuaran  esas  operaciones  con  ex- 
cesiva prolijidad,  sino  que  no  debían  recoger  las  gavillas  olvidadas,  ni 
proceder  a  la  rebusca  de  los  frutos  del  olivo,  ni  de  la  viña,  todos  los 
cuales  tenían  que  ser  reservados  para  el  huérfano,  la  viuda  y  el  ger  o 
extranjero  radicado  en  el  país  (§  559,  639).  Sabemos  que  desde  los 
profetas  del  siglo  VIIÍ  los  tipos  clásicos  de  la  indigencia  y  del  desvali- 
miento eran  el  huérfano,  la  viuda  y  el  ger  (§  3267).  Parecería,  pues, 
que  el  referido  precepto  que  se  repite  algo  más  abreviado  en  Lev.  19, 
9-10,  y  23,  22,  limitándolo  en  favor  del  pobre  y  del  ger,  fuera  un  man- 
damiento únicamente  humanitario,  o  sea,  una  manifestación  de  caridad 
en  pro  de  los  desamparados  o  sin  recursos.  Pero,  aunque  posteriormen- 
te haya  tenido  esa  finalidad  dicho  mandamiento,  no  fue  así  primitiva- 
mente, pues  la  indicada  práctica  de  impedir  la  rebusca  de  los  productos 
cultivados  del  suelo  tenía  un  fin  animista  según  puede  verse  en  §  448- 
449  de  nuestra  Introducción.  L.  B.  d.  C.  reconoce  igualmente  que  esa 
práctica  obedecía  en  un  principio  a  dejar  su  parte  a  los  espíritus  cam- 
pestres, considerados  como  los  dispensadores  de  la  fertilidad  del  suelo 
(véase  nota  a  Lev.  19,  10) . 

PAGA  DE  LOS  JORNALEROS.  —  3342.  Deut.  24,  14  No  dañarás 
al  jornalero  pobre  y  menesteroso,  ya  sea  de  tus  hermanos  o  ya  sea  uno 
de  los  extranjeros  que  viven  en  tus  ciudades  (o  que  está  dentro  de  tus 
puertas).  15  Le  darás  su  salario  el  mismo  día,  antes  de  ponerse  el  sol, 
porque  es  pobre,  y  espera  con  impaciencia  su  paga;  de  lo  contrario 
clamará  a  Yahvé  contra  ti  y  tú  serías  culpable.  Era  costumbre  que  los 
trabajadores  a  jornal  cobraran  su  salario,  luego  de  terminadas  sus  ta- 
reas diarias.  Si  el  deuteronomista  sintió  la  necesidad  de  establecer  el 
precepto  que  antecede,  esto  significa  que  debían  ser  muchos  los  amos 
que  abusando  de  la  indigencia  y  desamparo  de  sus  obreros,  y  quizá  de 
la  dificultad  de  la  prueba  en  su  contra,  se  negaran  a  pagarles  el  estipen- 
dio que  les  era  debido,  por  lo  cual  los  amenaza  con  la  cólera  de  Yahvé, 
quien  podía  escuchar  los  clamores  de  los  damnificados. 


CAPITULO  VII 

Los  restantes  preceptos  deuteronómicos 


AUTORIDADES  JUDICIALES  Y  PROCEDIMIENTO  EN  LA  ADMINIS- 
TRACION DE  JUSTICIA.  —  3343.  Como  los  preceptos  que  sobre  estos 
temas  trae  el  deuteronomista,  son  muy  semejantes  a  los  que  nos  da  el 
Código  de  la  Alianza,  según  indicamos  en  §  3267,  los  cuales  ya  hemos 
comentado  en  §  2703-2704,  nos  limitaremos  ahora  a  transcribir  las 
disposiciones  pertinentes  del  Deuteronomio,  agregándole  algunas  bre- 
ves observaciones,  que  aun  no  hayamos  formulado.  Los  preceptos  rela- 
tivos a  la  organización  de  la  justicia  local,  dicen  así:  Deut.  16,  18  Es- 
tablecerás jueces  y  magistrados  en  todas  las  ciudades  que  Yahvé  tu  dios 
dará  a  tus  diversas  tribus;  ellos  deberán  juzgar  al  pueblo  con  justicia. 
19  No  torcerás  el  derecho;  no  serás  parcial;  no  aceptarás  regalos,  por- 
que el  regalo  ciega  los  ojos  de  los  sabios  y  hace  aparecer  mala  la  causa 
de  los  justos.  20  Seguirás  la  justicia,  únicamente  la  justicia,  para  que 
conserves  la  vida  y  te  mantengas  en  posesión  del  país  que  Yahvé  tu  dios 
te  dará. 

Los  jueces  sacerdotales.  17,  S  Si  te  fuere  demasiado  difícil  resolver 
un  asunto  en  juicio,  — ya  se  trate  de  homicidio,  litigio,  o  heridas,  en 
fin  de  un  proceso  cualquiera  promovido  en  una  de  tus  ciudades, —  te 
levantarás  y  subirás  al  lugar  que  Yahvé  tu  dios  haya  escogido.  9  Re- 
currirás a  los  sacerdotes  levitas  y  al  que  estuviere  de  juez  en  ese  mo- 
mento. Ellos  consultarán  (o  inquirirán)  a  Yahvé  y  te  harán  conocer 
la  sentencia.  10  Obrarás  de  acuerdo  con  la  respuesta  que  ellos  te  comu- 
niquen desde  aquel  lugar  que  Yahvé  tu  dios  hubiere  escogido,  y  cui- 
darás de  conformarte  a  sus  instrucciones.  11  Te  conformarás  a  las  ins- 
trucciones que  te  den  y  a  la  sentencia  que  te  dicten,  sin  apartarte  ni  a 
diestra  ni  a  siniestra  de  lo  que  te  hubieren  comunicado.  12  Si  alguno, 
por  soberbia,  rehusare  escuchar  al  sacerdote  establecido  allí  para  ser- 
vir a  Yahvé  tu  dios,  o  escuchar  al  juez,  el  tal  hombre  morirá,  así  ex- 
tirparás el  mal  de  en  medio  de  Israel.  13  Todo  el  pueblo  lo  sabrá  y  será 
embargado  de  temor  y  no  se  abandonará  más  a  la  soberbia. 

3344.  Los  transcritos  vs.  18-20  de  Deut.  16  organizan  la  justicia 
local,  de  carácter  laico,  pues  como  manifiesta  L.  B.  d.  C,  "se  trata  pro- 


JUECES  HEBREOS 


157 


bablemente  de  tribunales  constituidos  en  cada  ciudad  por  los  ancianos, 
o  sea,  por  los  notables,  sucesores  de  los  jefes  de  clan  de  la  época  nó- 
made". Esos  tribunales  se  establecían  generalmente  en  la  puerta  prin- 
cipal de  entrada  a  la  ciudad.  Sobre  la  recomendación  de  16,  19,  en 
que  se  condena  el  cohecho  o  recibir  dádivas  para  dictar  sentencias  in- 
justas, recuérdese  lo  dicho  en  el  §  2704  y  la  maldición  de  un  escritor 
posterior  de  la  escuela  deuteronómica  que  en  Deut.  27,  25  expresa: 
"Maldito  aquel  que  acepta  regalos  para  hacer  morir  a  un  inocente". 
En  cuanto  a  los  vs.  8-13  del  cap.  17,  se  refieren  a  jueces  sacerdotales, 
pues,  como  sabemos,  la  justicia  era  administrada  ya  por  jueces  civi- 
les, ancianos  o  tribunales  laicos  de  que  acabamos  de  hablar,  ya  por 
los  sacerdotes  de  los  distintos  santuarios  nacionales,  quienes  daban  sus 
sentencias  en  nombre  de  Yahvé  o  como  oráculos  inspirados  por  este 
dios  (§  347).  Más  tarde  al  establecerse  la  monarquía,  se  consideró 
también  que  una  de  las  atribuciones  importantes  del  monarca  era  la 
de  administrar  justicia,  como  de  ello  nos  dan  ejemplos  las  biografías 
de  David,  Absalom  y  Salomón.  En  el  pasaje  de  Deut.  17  que  nos  ocu- 
pa, su  autor,  imbuido  de  la  idea  de  establecer  la  unidad  de  culto  en  el 
templo  de  Jerusalén,  reservó  para  los  sacerdotes  jerosolimitanos  los 
procesos  considerados  muy  difíciles,  tanto  en  materia  civil  como  cri- 
minal. En  el  texto  transcrito  se  menciona  además  "al  juez  que  estu- 
viere en  funciones  en  ese  momento",  o  sea,  "al  que  estuviere  de  juez  en 
ese  momento".  Estas  palabras  que  ponemos  entre  comillas  constituyen 
un  agregado  ulterior,  lo  que  justifica  L.  B.  d.  C,  en  estos  términos: 
"Ese  juez,  distinto  de  los  sacerdotes  y  que  residía  en  la  capital,  no  pue* 
de  ser  otro  que  el  rey.  Ahora  bien,  en  lo  que  sigue  se  trata  sólo  de 
hombres  que  pronuncian  oráculos  divinos,  es  decir,  de  sacerdotes.  La 
frase  relativa  al  juez,  debe  haber  sido  agregada  posteriormente  para 
dar  lugar  a  la  justicia  real  junto  a  las  otras  dos  jurisdicciones  conoci- 
das por  el  antiguo  Israel:  la  de  los  ancianos  de  las  ciudades  y  la  de  los 
sacerdotes".  Loisy,  que  considera  el  Deuteronomio  como  obra  postexí- 
lica,  pues  supone  que  su  redacción  primitiva  debe  haber  sido  por  el 
año  500  aproximadamente,  no  entiende  que  el  juez  de  la  referencia 
mencionado  en  los  vs.  9  y  J2  sea  el  monarca,  ya  que  cree  que  cuando 
se  redactó  ese  libro  no  existía  la  monarquía.  Al  respecto  escribe:  "Un 
rasgo  significativo  de  esta  legislación  singular  es  la  subordinación  de 
los  tribunales  laicos  de  las  pequeñas  ciudades  a  la  jurisdicción  supe- 
rior de  los  sacerdotes  de  Jerusalén;  ahora  bien  nada  semejante  existía 
ni  hubiera  sido  concebible  bajo  la  monarquía.  Por  supuesto  que  el  au- 
tor utilizó  leyes  anteriores,  tanto  de  derecho  civil  como  de  derecho  sa- 
cerdotal; pero  las  prescripciones  cultuales,  aun  aquellas  que  se  referían 
a  antiguos  usos,  cambiaron  de  forma,  al  igual  que  las  prescripciones 
de  derecho  civil,  para  tomar  el  estilo  del  autor,  y  sobre  todo  fueron 
cambiadas  en  cuanto  al  fondo,  para  adaptarse  a  la  idea  dominante:  la 


158 


SACERDOTES  Y  LEVITAS 


unidad  del  santuario  y  la  concentración  del  culto  en  Jerusalén.  Esta 
idea  no  pudo  nacer  sino  en  un  tiempo  en  que  dicha  ciudad  no  era  ya  la 
capital  política  de  un  reino,  sino  la  capital  religiosa  de  un  pueblo  dis- 
perso; quedando  en  realidad  los  suburbios  de  la  ciudad  en  la  sola  de- 
pendencia de  ésta"  {La  Reí.  d'Israel,  p.  215).  Para  L.  B.  A.,  comen- 
tario ortodoxo,  el  aludido  tribunal  de  los  vs.  9-12  se  componía  de  sa- 
cerdotes como  conocedores  y  guardianes  de  la  ley,  y  de  jueces  laicos 
fel  juez)  como  conocedores  en  materia  civil.  En  realidad,  siendo  la 
frase  en  cuestión  un  agregado  posterior,  bien  pudo  ser  añadida  en 
cualquier  época,  máxime  tratándose  de  un  libro  que  comienza  por  dar- 
se como  obra  mosaica,  aun  cuando  haya  sido  redactado  más  de  seis 
siglos  después  de  este  legislador. 

3345.  En  Deut.  17,  9  se  ordena  que  los  procesos  difíciles  a  que 
se  refiere  el  v.  8,  sean  juzgados  por  los  sacerdotes  levitas  (además  del 
juez  aludido,  que  hemos  considerado  como  un  agregado  ulterior).  Esto 
nos  sugiere  dos  observaciones:  1^  que  no  existía  entonces  el  cargo  de 
sumo  sacerdote,  que  tanta  importancia  adquirió  en  la  época  postexí- 
lica,  de  acuerdo  con  las  prescripciones  del  documento  P,  pues  el  má- 
ximo poder  civil  y  judicial  no  se  concentra  en  un  hombre,  sino  en  mu- 
cho?, que  vendrían  así  a  constituir  una  especie  de  tribunal.  2"?  Como 
ya  hemos  expuesto  especialmente  en  los  §  325,  557-562  los  sacerdotes 
hebreos  podían  ser  de  cualquier  tribu,  aun  cuando  eran  preferidos  los 
de  la  tribu  de  Leví,  a  la  cual  se  dice  que  perteneció  Moisés.  Más  tarde 
los  levitas  fueron  únicamente  reconocidos  como  legítimos  sacerdotes, 
por  lo  que  se  consideraron  como  sinónimos  los  vocablos  sacerdote  y 
levita.  A  partir  de  la  reforma  de  Josías  (§  3229)  se  estableció  la  dis- 
tinción entre  sacerdotes  levitas  y  simples  levitas,  denominación  esta 
última  que  se  reservó  para  los  sacerdotes  de  los  altos  de  Judá  a  quie- 
nes se  les  prohibió  el  ejercicio  de  su  ministerio  y  se  les  obligó  a  resi- 
dir en  Jerusalén.  Ezequiel,  algo  más  tarde,  estableció  como  mandato 
de  Yahvé,  que  estos  últimos,  los  simples  levitas,  fueran  los  sirvientes 
del  templo,  los  destinados  a  las  funciones  inferiores  del  mismo,  reser- 
vando el  ministerio  sacerdotal,  y  por  lo  tanto  el  título  de  sacerdotes,  a 
los  jerosolimitanos  descendientes  del  sacerdote  Sadoc  (44,  9-15) .  Tal 
es  la  diferenciación  de  rango  entre  sacerdotes  y  levitas,  propia  de  la 
época  postexílica  y  que  P  pretende  hacer  remontar  hasta  Moisés.  — 
Con  respecto  a  las  instrucciones  que  debían  dar  los  sacerdotes,  men- 
cionadas en  el  V.  ii,  anota  L.  B.  d.  C:  "Los  términos  empleados  {tórá, 
hora)  indican  que  se  trata  de  instrucciones  divinas,  primitivamente  de 
oráculos,  como  los  que  se  pedían  a  Moisés  en  casos  semejantes  (Ex. 
18)"  §  347-349.  Obsérvese  finalmente  que  las  decisiones  de  esos  jueces 
sacerdotales  considerados  como  decidiendo  por  inspiración  de  Yahvé, 
debían  cumplirse  sin  dilaciones  ni  subterfugios,  so  pena  de  muerte,  la 
que  se  pretendía  justificar  diciendo  que  así  se  quitaría  el  mal  de  en 


PROCEDIMIENTO  JUDICIAL 


159 


medio  de  Israel.  Un  ejemplo  más  de  esa  legislación  draconiana  que 
tenía  muy  poco  respeto  por  la  vida  de  los  seres  humanos. 

PROCEDIMIENTO  JUDICIAL.  —  3346.  Deut.  19,  15  Un  testigo 
único  no  será  admitido  contra  un  acusado,  sea  cual  fuere  el  crimen  o 
delito  de  que  se  trate;  un  hecho  no  podrá  ser  establecido  sino  por  la 
deposición  de  dos  o  tres  testigos.  16  Si  un  testigo  malicioso  se  levanta 
contra  alguno  acusándolo  de  una  maldad,  17  los  dos  litigantes  se  pre- 
sentarán delante  de  Yahvé,  delante  de  los  sacerdotes  y  de  los  que  es- 
tuvieren entonces  de  jueces  (o  de  los  jueces  entonces  en  función). 
18  Los  jueces  inquirirán  cuidadosamente,  y  si  resultare  que  el  testigo 
es  un  falsario,  que  ha  hecho  una  deposición  mentirosa  contra  su  her- 
mano, 19  lo  trataréis  como  él  tenía  la  intención  de  hacer  tratar  a  su 
hermano;  así  extirparás  el  mal  de  en  medio  de  ti.  20  Oyéndolo  los 
demás  serán  sobrecogidos  de  temor  y  no  cometerán  más  una  acción 
tan  criminal  en  medio  de  ti.  21  No  le  concederás  al  culpable  una  mi- 
rada de  piedad:  ¡vida  por  vida,  ojo  por  ojo,  diente  por  diente,  mano 
por  mano,  pie  por  pie!  Igualmente  en  Deut.  17  se  lee:  6  Un  hombre 
no  será  matado  sino  por  la  deposición  de  dos  o  tres  testigos:  no  se  le 
matará  por  la  deposición  de  un  testigo  único.  7  Los  testigos  serán  los 
primeros  en  levantar  la  mano  contra  él  para  matarlo  y  todo  el  pueblo 
después;  así  extirparás  el  mal  de  en  medio  de  ti.  Este  sensato  precepto 
de  que  no  se  debería  matar  a  un  acusado  por  el  testimonio  de  una  sola 
persona,  lo  vuelve  a  repetir  un  escritor  de  las  más  recientes  épocas  del 
ciclo  sacerdotal,  cuando  escribe:  "En  todos  los  casos  de  homicidio  se 
hará  perecer  al  asesino  por  la  deposición  de  testigos;  pero  la  declara- 
ción de  un  solo  testigo  no  bastará  para  hacer  condenar  a  alguien  a 
muerte"  (Núm.  35,  30) .  La  prescripción  de  17,  6,  que  obligaba  a  los 
testigos  que  hubieren  depuesto  contra  el  acusado  a  ser  los  primeros  en 
arrojar  piedras  contra  él,  — )'a  que  la  muerte  se  ejecutaba  por  lapida- 
ción,—  tendía  a  impedir  los  falsos  festimonios  y  a  hacer  reflexionar  a 
los  testigos  sobre  la  tremenda  responsabilidad  en  que  incurrían  si  por 
sus  declaraciones  causaban  la  muerte  de  un  inocente.  Contrariamente 
a  lo  dispuesto  en  19,  15,  de  que  para  establecer  la  existencia  de  un  he- 
cho se  requería  un  mínimo  de  dos  testigos,  admite  el  tratado  Yebamoth 
de  la  Michna  que  en  el  caso  de  que  un  hombre  casado  se  ausentase  sin 
dar  noticias  suyas  o  abandonare  a  su  mujer,  a  ésta  le  era  permitido 
contraer  nuevas  nupcias  basándose  en  el  testimonio  de  un  solo  testigo 
digno  de  fe  que  manifestara  que  el  ausente  o  desaparecido  había  muer- 
to (Cohén,  Le  Talmud,  p.  222).  Con  respecto  al  tribunal  compuesto 
de  sacerdotes  y  "los  jueces  entonces  en  función"  (19,  17)  escribe  L.  B. 
d.  C:  "Es  dudosa  la  existencia  de  un  tribunal  mixto.  El  versículo  si- 
guiente deja  suponer  que  la  mención  del  recurso  a  Yahvé  y  a  los  sacer- 
dotes es  un  agregado  de  un  glosador  posterior  en  previsión  de  casos 


160 


CASTIGOS  CORPORALES 


difíciles".  El  V.  20  es  una  repetición  casi  literal  de  13,  11.  Los  vs.  19 
y  21  establecen  la  pena  del  talión  para  el  falso  testigo,  como  ocurría 
también  entre  los  babilonios  según  el  código  de  Hammurabí,  arts.  3-4, 
entre  los  egipcios  y  en  el  código  siro-romano  del  V  siglo.  Sobre  dicha 
pena,  véase  lo  que  hemos  expuesto  en  §  2686  y  2688. 

CASTIGOS  CORPORALES.  —  3347.  Deut.  25,  1  Cuando  hubiere 
pleito  entre  algunos,  y  vinieren  a  juicio,  y  los  juzgaren  y  se  le  hubie- 
ra dado  razón  al  que  la  tuviera,  y  condenado  al  culpable,  2  será  que 
si  el  culpable  ha  merecido  ser  azotado,  entonces  el  juez  le  hará  echar 
por  tierra,  y  en  su  presencia  le  hará  dar  un  número  de  golpes  propor- 
cionado a  su  delito.  3  Cuarenta  azotes  podrá  darle,  pero  no  más;  si  se 
le  infligiera  mayor  cantidad,  se  envilecería  tu  hermano  a  tus  ojos.  Del 
transcrito  texto  que  antecede  se  desprenden  estos  dos  hechos:  1°  que 
pronunciada  la  sentencia,  se  pasaba  de  inmediato  a  la  ejecución  de  la 
misma;  y  2°  que  no  tratándose  de  delitos  contra  las  personas  en  cuyo 
caso  la  penalidad  aplicable  era  la  ley  del  talión,  en  las  demás  cuestio- 
nes litigiosas  en  que  se  había  obrado  con  malicia  o  mala  fe,  el  juez 
podía  imponer  al  culpable  la  pena  corporal  de  la  flagelación.  Sin  em- 
bargo, el  legislador  entendió  que  debía  limitar  esa  facultad  punitiva, 
no  permitiendo  que  al  culpable  se  le  aplicara  más  de  cuarenta  azotes, 
basándose  para  ello  en  que  un  mayor  castigo  dejaría  al  individuo  en 
tal  estado  que  perdería  el  sentimiento  de  su  dignidad.  Lo  curioso  del 
caso  es  que  para  dicho  legislador  la  pena  de  flagelación  no  era  infa- 
mante, ni  deshonrosa,  sino  a  partir  del  cuadragésimo  azote.  Para  evi- 
tar el  abuso  en  esta  materia,  el  deuteronomista  exige  que  la  pena  se 
aplique  en  presencia  del  juez.  Los  judíos,  en  su  deseo  de  ceñirse  estric- 
tamente a  este  precepto  legal,  dispusieron  que  no  debían  darse  más  de 
39  azotes,  lo  que  realizaban  haciendo  dar  al  culpado,  13  golpes  con  un 
látigo  de  tres  correas,  de  modo  que  la  multiplicación  de  13  por  3  daba 
el  referido  número  de  39  azotes.  Nota  Bertholet  "que  el  número  13 
desde  antes  del  cristianismo  pasaba  por  causar  desgracia;  el  13"?  mes, 
inserto  en  el  calendario  babilónico,  era  reputado  nefasto  y  se  colocaba 
bajo  la  imagen  astral  del  cuervo"  (p.  302  n.  2).  San  Pablo  manifiesta 
que  a  él  le  habían  aplicado  sus  adversarios  "cinco  veces  cuarenta  azo- 
tes, menos  uno"  {II  Cor.  11,  24).  Antiguamente  los  azotes  se  daban 
con  varas,  castigos  que  eran  considerados  indispensables  para  la  edu- 
cación de  la  niñez,  como  lo  comprueban  la  serie  de  versículos  que  cita- 
mos del  libro  de  Proverbios  en  el  §  1577.  En  la  época  de  los  reyes,  a 
juzgar  por  la  respuesta  que  se  pone  en  boca  de  Roboam  y  que  provocó 
el  cisma,  parece  que  se  usaban  como  instrumentos  de  tortura,  látigos 
terminados  en  puntas  de  hierro,  a  los  que  denominaban  escorpiones 
(I  Rey.  12,  14;  §  1921). 


MUTILACION  FEMENINA 


161 


MUTILACION  FEMENINA.  —  3348.  Deut.  25,  11  Cuando  dos  hom- 
bres riñeren  el  uno  contra  el  otro,  si  la  mujer  de  uno  de  ellos  acercán- 
dose para  librar  a  su  marido  de  aquel  que  le  hiere,  alarga  la  mano  y 
asiere  a  éste  por  sus  partes  pudendas,  12  tú  le  cortarás  la  mano  a  esa 
mujer,  sin  tener  para  ella  una  mirada  de  piedad.  He  aquí  un  precepto 
que  muestra  bien  a  las  claras  la  barbarie  de  la  época,  y  que  viene  a 
constituir  una  nueva  modalidad  de  la  ley  del  tallón,  pues  tendía  a  sentar 
el  principio  de  que  debe  sufrir  el  castigo  el  miembro  del  cuerpo  que  ha 
cometido  la  falta.  Este  es  el  único  caso  en  que  la  ley  israelita  autoriza, 
fuera  de  la  ley  del  tallón,  el  que  se  mutile  a  una  persona.  El  código 
asirio  que  remonta  al  siglo  XIV  más  o  menos,  prevé  el  mismo  caso, 
condenando  a  la  mujer  a  que  se  le  corte  un  dedo  o  se  le  corten  los 
senos.  El  legislador  hebreo  que  pretendía  obrar  en  nombre  de  su  dios 
Yahvé  estaba,  pues,  al  mismo  nivel  moral  del  bárbaro  legislador  asi- 
rio, que  por  un  hecho  en  sí  mismo  no  punible,  infligía  despiadado  y 
terrible  castigo  a  la  mujer  que  había  procedido  con  el  loable  propósito 
de  ayudar  a  su  marido  e  impedir  que  a  éste  se  le  causaran  graves  daños. 

RESPONSABILIDAD  INDIVIDUAL.  —  3349.  Deut.  24,  16  No  han 
de  morir  los  padres  por  los  hijos,  ni  los  hijos  han  de  morir  por  los 
padres,  sino  que  cada  uno  debe  morir  por  su  propio  delito.  Como  ya 
hemos  comentado  este  texto  en  el  §  2741,  al  que  remitimos  al  lector, 
recordaremos  aquí,  tan  sólo,  las  dos  observaciones  siguientes:  1^  que 
este  sensato  precepto  está  en  abierta  contradicción  con  el  agregado  del 
final  del  segundo  mandamiento  del  Decálogo,  en  que  se  le  hace  pro- 
nunciar a  la  divinidad  nacional  las  siguientes  palabras:  "Yo,  Yahvé  tu 
dios  soy  un  dios  celoso,  que  por  las  faltas  de  los  padres,  castigo  a  los 
hijos,  y  hasta  la  tercera  y  la  cuarta  generación  de  los  que  me  odian" 
(Ex.  20,  5).  2'  Que  también  está  en  pugna  el  precepto  deuteronómico 
con  el  monstruoso  dogma  cristiano  del  pecado  original,  según  el  cual 
por  una  nimia  desobediencia  de  la  pretendida  primer  pareja  humana, 
todos  sus  descendientes,  es  decir  toda  la  humanidad  mientras  ella  sub- 
sista, estará  sujeta  a  las  penas  del  trabajo,  del  dolor  y  de  la  muerte. 
Scío  anotando  la  aludida  frase  del  Exodo,  cita  diversas  opiniones  de 
Padres  de  la  Iglesia,  quienes  tratan  por  distintos  subterfugios  de  dejar 
bien  parado  al  dios  Yahvé,  que  aparece  dictando  tan  inicuas  palabras; 
y  concluye  después  nuestro  obispo  manifestando:  "de  todo  lo  cual  he- 
mos de  concluir,  que  Dios  es  siempre  justo,  y  que  nunca  castiga  sin 
razón:  que  sus  caminos  no  son  como  los  de  los  hombres:  que  muchas 
veces  se  nos  esconden  los  fines  de  lo  que  hace,  pero  que  en  todas  oca- 
siones y  circunstancias  hemos  de  adorar  sus  juicios  ocultos  y  tremen- 
dos, porque  son  siempre  justos".  La  ortodoxia  podría  evitarse  ese  tra- 
bajo de  tratar  de  hacernos  creer  que  existen  dos  clases  de  moral:  una 
para  el  dios  israelita,  y  otra  para  el  común  de  los  mortales,  — tesis  de 


162 


CONTRA  LOS  AMALECITAS 


todo  punto  inaceptable —  si  razonablemente  admitiera  que  lo  que  en 
la  Biblia  se  dan  como  órdenes,  palabras  o  mandamientos  de  Yahvé,  son 
únicamente  la  expresión  de  las  ideas  propias  del  escritor  bíblico,  ideas 
más  o  menos  atrasadas  o  evolucionadas,  según  la  época  y  las  circuns- 
tancias en  que  las  puso  por  escrito.  De  modo  que  lo  que  puede  soste- 
nerse con  toda  verdad  y  sin  necesidad  de  retorcer  los  textos,  es  que 
en  materia  de  responsabilidad  de  las  faltas,  el  deuteronomista  y  Eze- 
quicl  estaban  más  adelantados  que  el  autor  del  agregado  de  la  referen- 
cia al  segundo  mandamiento. 

3350.  Termina  el  cap.  25  de  Deuteronomio,  citando  un  episodio 
ocurrido  a  los  israelitas  durante  su  estada  en  el  desierto,  antes  de 
entrar  en  Canaán,  episodio  que  no  se  narra  en  ninguna  otra  parte 
del  Pentateuco,  y  que  dice  así:  "17  Acuérdate  de  lo  que  hizo  contigo 
Amalee  durante  tu  viaje  cuando  saliste  de  Egipto;  18  como  salió  a  tu 
encuentro  en  tu  camino,  y  cuando  estabas  cansado  y  extenuado,  cayó  sin 
temor  alguno  de  Dios,  sobre  todos  los  rezagados  que  quedaban  atrás 
debido  a  su  agotamiento.  19  Por  tanto  cuando  Yahvé  tu  dios  te  haya 
dado  reposo  en  el  país  cuya  propiedad  va  a  reservarte,  liberándote  de  to- 
dos los  enemigos  que  te  rodean,  borrarás  la  memoria  de  Amalee  de 
debajo  de  los  cielos.  ¡No  lo  olvides!"  Este  incidente  — -que  es  probable 
hubiera  sido  conservado  por  la  tradición —  lo  insertó  aquí  uno  de  los 
compiladores  del  Deuteronomio,  aunque  está  en  abierta  contradicción 
con  el  precepto  de  24,  16  del  §  3349  que  antecede,  ya  que  en  éste  se  pro- 
clama que  los  hijos  no  han  de  sufrir  las  penas  merecidas  por  sus  pa- 
dres, y  aquí  se  prescribe  eterno  odio  y  total  aniquilamiento  de  los  ama- 
lecitas  por  el  delito  de  inhumanidad  cometido  por  sus  antepasados  400 
afios  atrás.  Francamente  que  disuena  esta  manifestación  de  ancestral* 
espíritu  de  venganza  contra  adversarios  nómades,  teniendo  en  cuenta 
que,  salvo  excepciones,  por  lo  general,  tienen  carácter  humanitario  las 
prescripciones  del  Deuteronomio.  Lo  más  malo  de  este  pasaje  es  la  or- 
den de  total  exterminio  de  ese  pueblo  enemigo,  orden  que  se  pone  en 
boca  del  dios  nacional,  y  que  a  estar  a  lo  que  refiere  el  Cronista,  se 
cumplió  en  época  de  Ezequías,  en  la  que  fue  completamente  extermina- 
do el  resto  de  los  componentes  de  dicha  nación  (1  Crón.  4,  42).  Sobre 
el  combate  de  los  israelitas  contra  los  amalecitas,  a  que  quiere  referirse 
el  citado  texto  del  Deuteronomio,  así  como  otras  luchas  entre  ambos 
pueblos,  véase  lo  expuesto  en  §  172,  175-176,  378,  380,  815-825,  992. 

LEYES  SOBRE  LA  GUERRA.  —  3351.  Entre  las  curiosas  disposi- 
ciones del  Deuteronomio,  se  encuentran  algunas  relativas  a  la  manera 
de  hacer  la  guerra  los  israelitas,  las  que  constituyen  un  esbozo  de  Có- 
digo Militar.  Así  tenemos  primeramente  prescripciones  relativas  a  los 
que  estaban  exentos  de  entrar  en  batalla;  2°  preceptos  sobre  el  sitio 
de  ciudades;  y  3°  lo  que  podríamos  denominar  sanidad  militar  en  los 


LEYES  SOBRE  LA  GUERRA 


163 


campamentos.  1°  en  Deut.  20  leemos:  1  Cuando  te  pongas  en  campaña 
contra  tus  enemigos,  si  vieres  caballos,  carros  y  tropas  más  numerosas 
que  las  tuyas,  no  temas,  porque  Yahvé  tu  dios  que  te  hizo  subir  del 
país  de  Egipto,  está  contigo.  2  Cuando  estéis  a  punto  de  trabar  batalla, 
se  adelantará  el  sacerdote  y  dirigirá  la  palabra  a  las  tropas.  3  Y  les 
dirá:  "Escuchad,  israelitas,  hoy  vais  a  trabar  combate  contra  vuestros 
enemigos:  no  dejéis  desmayar  vuestro  valor,  no  os  intimidéis,  no  os 
turbéis  y  no  los  temáis,  4  porque  Yahvé  vuestro  dios  marcha  con  vos- 
otros para  combatir  por  vosotros  contra  vuestros  enemigos  y  asegu- 
raros la  victoria".  5  Después  los  escribas  (u  oficiales  del  ejército)  diri- 
girán la  palabra  a  las  tropas  en  estos  términos:  '''¿Quién  ha  edificado 
casa  nueva  y  todavía  no  la  ha  inaugurado?  Vaya  y  vuélvase  a  su  casa, 
no  sea  que  muera  en  la  batalla  y  que  otro  inaugure  su  casa.  6  ¿Quién 
ha  plantado  una  viña  y  todavía  no  ha  hecho  cesar  el  entredicho  que 
pesa  sobre  sus  primeros  frutos?  Vaya  y  vuélvase  a  su  casa,  no  sea  que 
muera  en  la  batalla  y  que  otro  haga  cesar  ese  entredicho.  7  ¿Quién  se 
ha  desposado  con  una  mujer  y  todavía  no  se  ha  unido  a  ella?  Vaya  y 
vuélvase  a  su  casa,  no  sea  que  muera  en  la  batalla  y  que  otro  se  una 
a  su  desposada".  8  Tornarán  los  escribas  a  dirigir  la  palabra  a  las  tro- 
pas y  dirán:  "¿Quién  es  medroso  y  siente  desfallecer  su  valor?  Vaya 
y  vuélvase  a  su  casa,  no  sea  que  haga  disminuir  el  valor  de  sus  herma- 
nos como  lo  está  el  suyo".  9  Y  cuando  los  escribas  hubieren  concluido 
de  hablar  al  ejército,  los  jefes  de  las  tropas  tomarán  el  mando. 

Deut.  24,  5  Cuando  un  hombre  fuere  recién  casado,  no  irá  a  la 
guerra  y  no  se  le  impondrá  ninguna  carga;  libre  será  durante  un  año 
de  consagrarse  a  su  casa  y  de  hacer  feliz  a  la  mujer  que  hubiere  tomado. 

3352.  No  debe  sorprendernos  encontrar  en  el  Deuteronomio,  cuya 
mayor  parte  se  da  como  dictada  por  la  divinidad  israelita,  preceptos 
sobre  la  guerra  ya  que  se  trata  de  un  dios  esencialmente  guerrero,  se- 
gún lo  proclama  su  nombre  de  Yahvé  Sebaoth,  o  sea  "Yahvé  de  los 
ejércitos",  como  lo  hemos  expuesto  en  §  371-382.  El  deuteronomista  se 
esfuerza  en  infundir  valor  a  los  soldados  israelitas,  recomendándoles 
que  no  se  asuntaran  por  la  caballería,  ni  los  carros  de  guerra,  ni  por 
lo  numeroso  del  ejército  enemigo,  ya  que  su  dios  estaba  con  ellos  y  Ies 
aseguraría  la  victoria.  Recuerda  al  efecto  L.  B.  d.  C.  que  la  caballeiía 
y  los  carros  de  guerra  fueron  largo  tiempo  el  terror  de  los  israelitas, 
quienes  no  empezaron  a  usarlos  sino  después  de  Salomón.  Siendo  la 
guerra  empresa  santa  para  Israel,  es  natural  que  algún  sacerdote  acom- 
pañara al  jefe  de  la  expedición,  sacerdote  generalmente  portador  del 
éfod  §  388,  por  medio  del  cual  se  consultaba  a  Yahvé,  sobre  cuándo, 
dónde  y  en  qué  forma  debía  darse  la  batalla  y  el  resultado  de  la  mis- 
ma. Este  aparato  adivinatorio  era  de  uso  corriente  en  la  antigüedad; 
ignoramos  si  todavía  estaba  en  uso  en  el  siglo  VII.  El  texto  más  anti- 
guo del  Deuteronomio  traía  después  de  la  recomendación  del  v.  1^, 


164 


EXENCION  DEL  SERVICIO  MILITAR 


una  alocución  de  los  escribas  u  oficiales  del  ejército  — que  llevaban  el 
rol  o  lista  del  mismo — ,  en  la  que  hacían  un  llamado  a  los  que  acaba- 
ban de  edificar  casa  nueva,  o  no  habían  disfrutado  aún  de  los  frutos 
de  la  viña  que  habían  plantado,  o  a  los  desposados  que  aún  no  habían 
consumado  su  matrimonio,  y  a  todos  los  medrosos,  a  fin  de  que  aban- 
donaran las  filas  y  se  retiraran  a  sus  respectivas  casas.  Un  escritor 
posterior  de  la  misma  escuela  le  agregó  probablemente  a  ese  pasaje  los 
vs.  2-4,  en  los  que  aparece  un  sacerdote,  adelantándose  a  las  tropas,  en 
el  momento  en  que  iba  a  iniciarse  el  combate,  para  aconsejarles,  lo 
mismo  que  se  expresa  en  el  v.  i,  es  decir  que  no  tuvieran  miedo,  pues 
su  dios  Yahvé  estaba  con  ellos.  Por  supuesto  que  tales  consejos  alenta- 
dores, no  impedían  que  muv  a  menudo  el  ejército  israelita  fuera  derro- 
tado, según  vimos  en  §  381  y  en  §  3234  donde  se  relata  la  muerte 
del  piadoso  rey  Josías.  En  cuanto  a  la  selección  que  se  aconseja  en 
el  citado  texto  de  Deut.  20,  1-9,  es  una  prescripción  de  idealistas  de  la 
escuela  profética  de  Isaías,  quien  recomendaba  al  rey  Ezequías  que  hu- 
yera de  las  alianzas  con  los  grandes  imperios  de  Egipto  o  Asiría,  y 
confiara  únicamente  en  la  ayuda  que  le  prestaría  su  poderoso  dios  na- 
cional Yahvé.  Probablemente  el  deuteronomista  se  inspiró  también  en 
la  leyenda  de  Gedeón,  en  la  que  éste  aparece  desprendiéndose  de  la 
casi  totalidad  de  su  ejército  de  32.000  hombres,  y  quedándose  sólo  con 
300,  con  los  cuales  obtuvo  una  espléndida  victoria  contra  los  madia- 
nitas  (§  470-472). 

3353.  Sobre  las  expresadas  causas  de  exención  al  servicio  mili- 
tar que  trae  el  referido  texto,  observaremos  que  la  primera  consiste  en 
no  haber  inaugurado  una  casa  recién  construida.  Las  versiones  corrien- 
tes españolas,  como  Valera  y  la  Moderna  de  Pratt,  traen  estrenado  en 
vez  de  inaugurado  según  traducen  Reuss  y  L.  B.  d.  C.  (1)  Aun  cuando 
en  la  Biblia  sólo  se  mencionan  dedicaciones  de  templos  o  edificios  pú- 
blicos (§  1383,  Es.  6,  16,  Neh,  12,  27),  sin  embargo  es  muy  probable 
que  las  casas  privadas  nuevas  se  inauguraran  con  ceremonias  religio- 
sas, acompañadas  de  fiestas  familiares.  Esas  ceremonias  en  las  que  no 
debían  faltar  los  sacrificios,  como  ocurre  aún  entre  los  beduinos  del 
país  de  Moab,  aspersiones  de  sangre  de  las  víctimas  inmoladas,  y  ple- 
garias, tendían  como  manifiesta  el  Dic.  Encyc.  "a  propiciarse  los  espí- 
ritus tutelares  de  la  casa.  Aun  entre  los  mahometanos  civilizados,  el 
sacrificio  es  indispensable  para  la  toma  de  posesión  de  una  casa  o  de 
un  edificio  público.  No  ha  mucho  que  se  hicieron  sacrificios  por  el  es- 
tilo en  Damasco,  con  motivo  de  la  inauguración   de   una  instalación 


(1)  Recuérdese  que,  según  el  Diccionario  fie  la  Academia  Española,  estrenar 
es  "hacer  uso  por  primera  vez  de  una  cosa",  como  p.  ,ej.,  estrenar  un  edificio; 
mientras  que  inaugurar  es  "celebrar  el  estreno  de  una  obra,  edificio  o  monumento 
de  pública  utilidad". 


EXENCION  DEL  SERVICIO  MILITAR 


165 


eléctrica;  y  más  recientemente  en  el  Cairo  se  sacrificó  una  oveja  sobre 
los  rieles  de  un  tranvía  antes  de  que  éste  fuera  puesto  en  servicio:  per- 
sistencia de  un  rito,  cuya  idea,  sin  duda,  lia  desaparecido"  (Art.  Maison) . 

3354.  La  segunda  de  las  referidas  exenciones  compete  al  que  hu- 
biere plantado  una  viña  y  no  hubiera  hecho  cesar  todavía  el  entredicho 
o  interdicto  que  pesaba  sobre  sus  primeros  frutos.  Otras  versiones  se 
refieren  al  dueño  de  la  viña  que  aun  no  ha  comido  sus  frutos,  y  la 
Vulgata  trae  "^ue  todavía  no  la  ha  hecho  común  para  que  todos  pue- 
dan comer  de  ella'\  Según  un  escritor  del  más  antiguo  ciclo  sacerdo- 
tal, los  frutos  de  los  árboles  frutales  que  se  plantaran  en  terreno  israe- 
lita, eran  tabú  durante  cuatro  años  (nuestra  Introducción  §  175;  Lev. 
19,  23-25),  pues  durante  los  tres  primeros  era  completamente  prohibido 
comer  de  ellos:  "vosotros  reputaréis  sus  frutos  como  constituyendo  su 
prepucio,  y  durante  tres  años  los  tendréis  por  incircuncisos:  no  se  les 
comerá";  y  el  cuarto  año  dichos  frutos  deberían  ser  consagrados  a 
Yahvé  en  medio  de  regocijos,  y  sólo  el  quinto  año  podían  disponer 
libremente  de  ellos.  Como  expresamos  en  §  3289,  ese  tabú  respondía  a 
la  idea  generalizada  en  los  pueblos  primitivos  de  no  utilizar  los  pri- 
meros frutos  animales  o  vegetales  para  su  alimentación,  sino  consa- 
grarlos a  las  divinidades  agrarias.  L.  B.  d.  C,  anotando  el  citado  pa- 
saje de  Lev.  19,  23,  escribe  al  respecto:  "Primitivamente,  esta  absten- 
ción era  inspirada  por  el  temor  de  ofender  al  espíritu  del  árbol.  Esos 
frutos,  por  otra  parte  poco  abundantes  en  los  primeros  años,  eran  tabú 
(cf.  Lev.  23,  14)  — como  todo  producto  cuyas  primicias  no  han  sido 
ofrecidas  a  la  divinidad, —  por  estar  aún  completamente  impregnado 
por  el  espíritu  del  dios:  antes  de  consumirlos  había  que  separar  ese 
espíritu  por  cereinonia  apropiada  El  legislador  llama  a  los  árboles, 
incircuncisos,  o  bien  por  no  haber  sido  aún  consagrados  a  Yahvé,  o 
bien  porque  la  cicuncisión  era  para  él  la  eliminación  de  una  impureza 
(el  prepucio) ". 

3355.  La  tercera  causa  de  exención  del  servicio  militar,  era  que 
el  israelita  desposado,  no  se  hubiera  unido  todavía  a  su  mujer.  Este 
precepto  está  relacionado  con  el  que  hemos  transcrito  en  §  3351,  según 
el  cual  estaban  también  exentos  los  recién  casados,  durante  un  año,  de 
ir  a  la  guerra.  La  razón  de  esta  prescripción  es  que  siendo  la  guerra 
un  acto  de  naturaleza  religiosa,  ya  que  se  procedía  por  orden  y  de 
acuerdo  con  las  disposiciones  de  Yahvé,  se  imponía  a  los  soldados  la 
continencia,  dado  que  eran  consideradas  como  impuras  o  impropias  las 
relaciones  sexuales  en  todo  acto  cultual.  Así  el  sacerdote  Ahimelec 
pone  como  condición  a  David  para  proporcionarle  los  panes  sagrados 
de  la  proposición,  el  que  sus  soldados  se  hayan  abstenido  de  mujeres. 
Véase  al  respecto  1  Sam.  21,  1-6,  y  lo  que  hemos  expresado  en  §  943. 
Como  a  pesar  de  la  recomendación  del  principio  del  texto,  repetida  en 
la  alocución  sacerdotal  de  los  vs.  2-4  de  que  no  tuvieran  miedo  y  confia- 


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SANIDAD  MILITAR 


ran  en  el  poderoso  Yahvé  que  estaba  con  ellos,  como  a  despecho  de 
esto,  podía  haber  en  el  ejército  muchos  soldados  medrosos,  el  legisla- 
dor manda  a  los  escribas  que  habían  hecho  retirar  a  todos  los  com- 
prendidos en  las  mencionadas  exenciones,  que  les  exhorte  para  que 
igualmente  esos  individuos  de  espíritu  apocado  o  pusilánime  se  vol- 
vieran a  sus  respectivas  casas.  Sólo  entonces  se  dispone  que  los  jefes 
se  ))ongan  al  frente  del  resto  de  la  tropa  a  fin  de  que  puedan  marchar 
al  combate.  No  hay  que  insistir  en  lo  utópico  de  estas  medidas  dictadas 
por  el  idealismo  de  quienes  eran  completamente  ajenos  a  las  exigen- 
cias del  arte  de  la  guerra;  medidas  de  las  que  no  se  tienen  noticias  de 
que  nunca  hubieran  sido  puestas  en  práctica  en  el  antiguo  Israel.  So- 
bre la  eliminación  de  los  medrosos,  véase  lo  dicho  en  §  471-472. 

SANIDAD  MILITAR  EN  LOS  CAMPAMENTOS.  —  3356.  Deut.  23, 
9  Cuando  al  marchar  contra  tus  enemigos,  levantes  campamento,  guár- 
date de  todo  acto  impropio.  10  Si  hubiere  en  tus  filas  alguno  que  no 
fuera  puro,  a  causa  de  un  accidente  nocturno  (polución),  saldrá  del 
compamento  y  no  volverá  a  él.  11  A  la  caída  de  la  tarde,  se  meterá  en 
el  agua  (se  bañará),  y  después  de  la  puesta  del  sol,  podrá  volver  al  cam- 
pamento. 12  Dispondrás  fuera  del  campamento  un  lugar  retirado,  al 
que  irás  para  tus  necesidades  naturales.  13  En  tu  equipo  llevarás  una 
estaca,  y  cuando  hubieres  depuesto,  te  servirás  de  ella  para  cavar  el 
suelo  y  luego  cubrirás  con  la  tierra  tus  excrementos.  14  Porque  Yahvé 
tu  dios  recorre  tu  campamento  a  fin  de  protegerte  y  librarte  de  tus  ene- 
migos, por  lo  cual  tu  campamento  debe  ser  santo,  no  sea  que  al  per- 
cibir en  él  algo  desagradable,  Yahvé  se  aparte  de  tí.  El  deuterono- 
mista  considera  aquí  dos  casos  relativos  al  saneamiento  de  los  campa- 
mentos del  ejército,  cuando  éste  marchaba  a  combatir  al  enemigo. 
Primeramente  ordena  que  el  soldado  que  hubiere  tenido  una  polución 
nocturna,  se  retirara  del  campamento,  se  diera  un  bai'io  y  no  retornara 
a  él  hasta  después  de  la  entrada  del  sol.  Para  los  hebreos,  como  para 
otros  pueblos  de  la  antigüedad,  era  un  acto  misterioso  el  de  la  pro- 
creación humana.  Tanto  la  emisión  seminal  como  las  relaciones  carna- 
les de  los  cónyuges,  las  juzgaban  los  israelitas  motivo  de  impureza,  por 
entender  que  en  elío  intervenían  potencias  sobrenaturales  extrañas  a  su 
dios  nacional.  Así  el  legislador  sacerdotal  del  siglo  V  o  de  fines  del  VI 
consagra  todo  el  cap.  15  del  Levííico  a  la  impureza  sexual,  dando  reglas 
para  precaverse  contra  ella.  Por  ejemplo  escribe:  16  "cuando  un  hom- 
bre haya  tenido  una  emisión  seminal,  se  sumergerá  en  el  agua  y  será 
impuro  (o  inmundo)  hasta  la  tarde.  17  Todo  vestido  y  todo  objeto  de 
cuero  sobre  el  cual  haya  caído  la  materia  seminal,  será  lavado  y  per- 
manecerá impuro  hasta  la  tarde.  18  Cuando  una  mujer  hubiere  tenido 
relaciones  conyugales  con  un  hombre,  ambos  se  bañarán  y  serán  im- 
puros hasta  la  tarde".  Estas  creencias  aquí  codificadas  nos  explican  el 


SITIO  DE  CIUDADES 


167 


aludido  mandato  que  imponía  la  continencia  sexual  antes  de  ir  a  la 
guerra,  (I  Sam.  21,  4-5;  II  Sam.  11,  11)  o  antes  de  un  acto  sagrado 
(Ex.  19,  15).  El  segundo  caso  sobre  el  cual  legislan  los  vs.  12-14  de 
Deut.  23  se  refiere  especialmente  a  la  limpieza  en  los  campamentos  mi- 
litares, motivada  no  como  diríamos  hoy  por  razones  de  higiene,  sino 
porque  siendo  Yahvé  Sebaoth  dios  de  la  guerra,  el  verdadero  jefe  del 
ejército,  vigila  a  éste  y  lo  recorre  cuando  está  acampado,  y  no  era 
correcto  que  percibiera  malos  olores  que  pudieran  obligarle  a  alejarle 
de  sus  tropas.  Y  sabemos  que  a  Yahvé,  como  a  los  seres  humanos,  le 
agradaban  los  buenos  olores,  como  lo  atestiguan  las  disposiciones  re- 
lativas al  altar  de  los  perfumes  detalladas  por  un  escritor  más  reciente 
del  ciclo  sacerdotal,  expresadas  en  Ex.  30,  1-8,  §  1373.  A  título  de  cu- 
riosidad citaremos  la  siguiente  nota  de  Scío  sobre  la  higiene  gatuna  de 
los  vs.  12-14,  de  que  tratamos:  "San  Gregorio  moraliza  estos  ritos,  y 
por  la  estaca  en  el  cinto  (en  el  equipo)  entiende  el  estímulo  agudo  de 
la  compunción,  que  ha  de  herir  sin  cesar  la  tierra  de  nuestra  alma  con 
el  dolor  de  la  penitencia". 

SITIO  DE  CIUDADES.  —  3357.  Deut.  20,  10  Cuando  te  acercares 
a  una  ciudad  para  atacarla,  primeramente  le  ofrecerás  la  paz.  11  Si 
la  admitiere  y  te  abriere  las  puertas,  todo  el  pueblo  que  hubiere  en  ella, 
será  tributario  tuyo  (o  te  deberá  la  corvea)  y  te  servirá.  12  Si  ella  no 
tratare  contigo,  sino  que  inicia  las  hostilidades  contra  ti,  tú  la  sitiarás, 
13  y  cuando  Yahvé  tu  dios  la  hubiere  entregado  en  tus  manos,  pasarás 
todos  sus  varones  a  filo  de  espada.  14  Solamente  podrás  adjudicarte  co- 
mo botín,  las  mujeres,  los  niños  y  los  animales,  así  como  los  bienes 
cualesquiera  que  fueren,  todos  sus  despojos  que  se  hallen  en  la  ciudad: 
vivirás  del  botín  arrebatado  a  tus  enemigos  que  Yahvé  tu  dios  te  hu- 
biere entregado.  15  Así  harás  con  todas  las  ciudades  situadas  muy  le- 
jos de  ti  y  que  no  sean  del  número  de  las  ciudades  de  estas  naciones. 
16  En  cuanto  a  las  ciudades  de  esos  pueblos  que  Yahvé  tu  dios  te  da 
en  propiedad,  no  dejarás  con  vida  a  nada  de  lo  que  allí  respira.  17  Ex- 
terminarás según  la  regla  del  anatema  a  los  hititas,  amorreos,  cañoneos, 
perizilas,  hivitas  y  los  jebuseos,  asi  como  lo  ha  ordenado  Yahvé  tu  dios, 

18  a  fin  de  que  no  os  enseñen  las  prácticas  abominables  que  observan 
en  honor  de  sus  dioses  y  que  no  pequéis  contra   Yahvé  vuestro  dios. 

19  Cuando  atacando  una  ciudad  para  tomarla,  la  sitiareis,  por  largo 
tiempo,  no  destruirás  sus  árboles,  alzando  contra  ellos  el  hacha:  no  los 
cortarás,  sino  que  te  alimentarás  con  sus  frutos.  ¿Acaso  es  el  árbol  del 
campo  un  hombre  para  que  tú  lo  ataques?  20  Unicamente  los  árboles 
que  sepas  que  no  son  frutales,  podrás  destruirlos,  cortándolos  para  cons- 
truir obras  de  sitio  contra  la  ciudad  que  está  en  guerra  contigo,  hastu 
que  ella  sucumba. 

3358.    Cuando  el  legislador  deuteronomista  escribía  el  texto  que 


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EXTERMINIO  DE  VENCIDOS 


antecede,  Israel  ya  había  desaparecido  y  Judá  estaba  en  plena  deca- 
dencia. Por  lo  mismo  este  pequeño  reino  no  se  hallaba  en  situación  de 
atacar  a  otros  países,  ni  sitiar  ciudades  extranjeras.  Pero  como  los  pre- 
ceptos que  iba  dictando  los  ponía  en  boca  de  Moisés  como  ordenados 
por  Yahvé  en  el  desierto,  supone  que  en  la  forma  por  él  expuesta  pro- 
cedieron los  israelitas  al  conquistar  a  Canaán.  Sin  embargo  los  hechos 
históricos  ocurrieron  de  muy  distinto  modo,  pues  según  nos  refiere 
el  primer  capítulo  del  libro  de  Jueces,  — contrariamente  a  lo  sustentado 
por  el  libro  posterior  de  Josué, —  pocas  fueron  las  tribus  que  se  insta- 
laron en  Canaán  por  la  conquista;  la  mayor  parte  de  ellas  se  estable- 
cieron allí  concluyendo  convenios  con  los  habitantes  a  quienes  preten- 
dían desposeer,  hasta  que  paulatinainenle  fueron  absorbiéndolos,  pues 
aun  existían  muchos  de  ellos  en  tiempos  de  Salomón  (§  412-421).  El 
deuteronomista  en  el  pasaje  que  estudiamos,  considera  tres  casos: 
1°  cuando  la  ciudad  que  los  israelitas  pensaban  atacar  capitulase,  en- 
tonces su  población  sería  sometida  a  trabajos  forzados  o  a  pagar  tri- 
butos al  conquistador.  2*?  Si  la  ciudad  enemiga  se  negara  a  capitular, 
y  se  aprestara  a  la  defensa,  debía  ser  sitiada  y  Yahvé  promete  el  éxito 
a  sus  tropas,  a  las  que  ordena  que  maten  sin  piedad  a  todos  los  varones 
en  ella  existentes,  concediéndoles  a  sus  soldados  como  botín  de  guerra, 
los  niños,  las  mujeres,  los  animales  y  los  bienes  de  toda  clase  que  allí 
pudieran  existir.  Pero  no  se  conforma  con  esto  el  feroz  dios  israelita, 
sino  que  les  recomienda  que  vivan  del  botín  obtenido  así  de  sus  ene- 
migos, o  dicho  en  otros  términos,  el  dios  incita  a  su  pueblo  a  vivir  del 
pillaje  y  del  saqueo  de  pueblos  que  no  habían  cometido  otro  delito  que 
el  de  defender  su  libertad  vilmente  atacada.  Scío,  anotando  en  el  citado 
pasaje  el  v.  17,  manifiesta:  "San  Agustín  justifica  esta  guerra,  no  obs- 
tante la  falta  de  equidad  que  a  primera  vista  aparece  en  los  conquista- 
dores, que  los  atacan  sin  haberles  hecho  daño  alguno,  diciendo:  Sin 
duda  es  justo  aquel  género  de  guerra  que  manda  el  Señor,  en  quien  no 
cabe  iniquidad,  y  que  sabe  lo  que  a  cada  uno  se  ha  de  guardar;  por- 
que en  semejante  guerra  el  ejército  no  se  ha  de  tener  por  autor  de  ella, 
sino  por  ministro  y  ejecutor".  Como  se  ve  para  la  ortodoxia  católica 
no  hay  crimen  ni  crueldad  que  deje  ser  justificada  si  tales  inhumani- 
dades se  encuentran  prescriptas  en  su  libro  sagrado. 

3358  bis.  Sin  embargo,  como  hemos  notado  anteriormente  con 
Lods,  los  aludidos  preceptos  aconsejando  el  exterminio  de  los  vencidos, 
no  fueron  sino  sueños  de  escritores  deuteronomistas,  que  creían  con- 
cluir por  ese  medio  expeditivo  con  la  religión  de  los  pueblos  vecinos, 
a  fin  de  que  ella  no  influyera  sobre  la  de  su  propio  dios  nacional  Yahvé. 
Esos  preceptos  eran,  pues,  la  expresión  de  los  sentimientos,  que  en  el 
siglo  Vil  animaban  a  los  implacables  adversarios  del  paganismo,  o  sea, 
la  manifestación  de  lo  que  hubieran  debido  hacer  los  israelitas  para 
preservarse  del  contagio  de  otras  creencias  religiosas  distintas  a  las  de 


PRECEPTOS  SOBRE  ANIMALES 


169 


ellos.  Nótese  que  diversas  manos  deben  haber  contribuido  a  la  redac- 
ción del  pasaje  en  estudio,  pues  si  en  los  vs.  13  y  14  sólo  se  ordena 
matar  a  los  varones  adultos  de  las  ciudades  conquistadas,  en  los  vs. 
15-18  siguientes  se  manda  "no  dejar  con  vida  a  nada  de  lo  que  res- 
pire", es  decir,  proceder  al  total  exterminio  de  todos  los  seres  vivien- 
tes. Se  ha  querido  conciliar  estos  mandamientos  dispares  expresándose 
en  el  v.  15  que  el  primer  modo  de  proceder  sería  únicamente  con  las 
ciudades  situadas  muy  lejos;  mientras  que  el  segundo,  sería  a  los  seis 
pueblos  que  habitaban  en  Canaán  en  aquella  remota  época,  y  a  los 
cuales  se  ordena  aplicarles  el  Kherem  (§  257),  distinción  de  todo  punto 
ilógica  e  inaceptable.  En  7,  1  se  agrega  a  la  lista  del  v.  17  un  pueblo 
más,  el  de  los  gergeseos,  en  total,  se  dice,  "siete  naciones  más  numero- 
sas Y  más  fuertes  que  tú".  Reuss,  comentando  la  referida  distinción  en- 
tre guerras  dentro  del  país  de  Canaán  y  otras  fuera  de  sus  límites,  o 
sea  "contra  las  ciudades  situadas  muy  lejos  de  ti",  escribe:  "En  cuanto 
a  las  guerras  extranjeras,  los  israelitas  no  estaban  en  situación  de  em- 
prenderlas en  esta  época;  la  ley  habla  pues  de  eventualidades  que  nun- 
ca volvieron  a  presentarse;  y  lo  que  es  más,  ella  quiere  poner  freno  a 
la  bárbara  rabia  que  en  otras  épocas  todo  lo  exterminaba,  hasta  a  los 
niños  de  pecho".  Finalmente  el  deuteronomista  prescribe  no  destruir 
los  árboles  frutales  del  territorio  de  la  ciudad  sitiada,  porque  los  israe- 
litas podían  alimentarse  de  sus  frutos,  autorizando  sólo  el  corte  de  ár- 
boles forestales  necesarios  para  construir  atrincheramientos  o  instru- 
mentos de  sitio  contra  la  ciudad  enemiga  combatida.  En  esto  consi- 
dera Reuss  también  que"la  presente  legislación  tiende  a  hacer  progre- 
sar la  civilización",  quizá  recordando  que  Yahvé,  en  la  guerra  de  los 
reyes  Joram  de  Israel  y  Josafat  de  Judá  contra  Mesa  rey  de  Moab, 
contrariamente  a  lo  preceptuado  por  el  deuteronomista,  había  ordenado 
cortar  los  mejores  árboles,  cegar  todos  los  manantiales  de  aguas,  y 
desolar  los  campos  más  fértiles  cubriéndolos  de  piedras,  que  se  ha- 
llaran en  territorio  enemigo  (11  Rey.  3,  19;  §  1958-1959). 

DOS  PRECEPTOS  SOBRE  ANIMALES.  —  3359.  Deut.  22,  6  Si  en- 
contrares en  el  camino,  en  algún  árbol  o  en  tierra  un  nido  de  pájaros 
con  polluelos  o  con  huevos  y  que  la  madre  estuviere  echada  sobre  los 
polluelos  o  los  huevos,  no  tomarás  la  madre  con  los  hijos:  7  dejarás 
partir  a  la  madre  y  sólo  tomarás  los  hijos,  a  fin  de  que  seas  feliz  y 
prolongues  tu  existencia. 

Deut.  25,  4  No  embozalarás  al  buey  cuando  trilla.  Generalmente 
se  consideran  estas  dos  leyes  como  preceptos  de  humanidad.  Así  p.  ej. 
entiende  L.  B.  A.  que  "la  humanidad  aun  para  con  los  animales,  es 
condición  de  prosperidad  para  el  pueblo  de  Dios.  El  legislador  no  quie- 
re prohibir  que  se  coman  los  paj arillos  o  polluelos  (lo  que  nosotros 
llamamos  pichones),  sino  que  desea  enseñar  al  israelita  que  se  mode- 


170 


PRECEPTOS  SOBRE  ANIMALES 


re  en  sus  placeres;  después  a  no  atacar  la  existencia  de  la  familia,  por- 
que la  madre  puede  tener  una  nueva  nidada".  Igualmente  Scío  entiende 
con  Alapide  que  "la  razón  de  esta  ley  fue  para  que  por  ella  los  judíos 
fuesen  movidos,  e  inclinados  a  ejercitar  la  piedad  y  misericordia,  aun 
con  las  bestias,  y  así  con  más  facilidad  la  ejercitasen  con  los  hombres. 
Por  el  mismo  fin  les  prohibió  Dios  (Ex.  23)  el  cocer  el  cabrito  en  la 
leche  de  su  madre,  esto  es,  cuando  todavía  mamaba;  y  el  arar  con  buey 
y  asno,  y  el  poner  bozal  al  buey  que  está  trillando".  En  contra  de  la 
opinión  de  esos  autores  ortodoxos,  entendemos  que  en  los  preceptos  en 
cuestión  no  trató  el  deuteronomista  de  dar  reglas  de  piedad  para  con 
los  animales,  pues  sería  un  contrasentido  el  que  tal  hubiera  sido  su 
propósito,  cuando  poco  antes,  según  hemos  visto  3358)  aconseja  a 
sus  compatriotas  que  vivieran  de  la  rapiña  y  que  mataran  sin  compa- 
sión a  todos  los  seres  que  encontraran  en  las  ciudades  que  llegasen  a 
tomar  en  Canaán.  ¡Curioso  proceder  humanitario  del  escritor  que  des- 
piadado para  con  sus  semejantes,  sólo  reserva  su  solicitud  y  cuidado 
para  los  pájaros  que  tuvieran  cría  y  para  permitir  a  los  bueyes  que 
comieran  algo  del  trigo  que  trillaban!  Además  si  el  caminante  que  im- 
pensadamente halla  a  su  paso  un  nido  de  pájaros  con  pichones,  logra 
tomar  a  éstos  con  la  madre,  y  no  es  su  propósito  el  comerlos,  nos  pa- 
rece que  hubiera  sido  más  recomendable  autorizar  a  conservar  el  pá- 
jaro con  su  cría,  a  fin  de  que  en  una  jaula  proveyera  a  la  alimentación 
de  ésta.  Sabemos  por  nuestra  experiencia  cuando  niños  que  cuando  A- 
borozados  íbamos  a  nuestra  casa  con  pichoncitos  de  pájaro  que  había- 
mos conseguido  atrapar,  y  teníamos  el  loable  propósito  de  criarlos, 
siempre  se  nos  morían  a  despecho  de  todos  nuestros  esfuerzos  para 
alimentarlos  bien  a  fin  de  que  vivieran.  Conservando,  pues,  la  madre 
con  sus  hijuelos,  nadie  mejor  que  ella  para  criarlos  debidamente,  ram- 
bién  resulta  inaceptable  la  razón  dada  por  L.  B.  A.  de  que  dejando 
libre  a  la  madre  ésta  podría  tener  nueva  nidada,  ya  que  lo  mismo  po- 
dría ocurrir  con  los  poUuelos  cuando  se  hicieran  grandes.  Encontra- 
ríamos más  aceptable  que  el  legislador  israelita  hubiera  recomendado 
en  el  caso  de  que  se  trata,  que  se  dejara  en  libertad  a  los  pájaros  pa- 
dres de  los  pichones,  a  fin  de  que  éstos  no  perecieran  de  hambre.  A 
rmestro  juicio  el  aludido  precepto  sobre  los  pájaros  atrapados  en  su 
nido,  sólo  responde  a  alguna  superstición  popular  de  la  época,  como  la 
relativa  a  no  permitir  la  cocción  del  cabrito  en  la  leche  de  su  madre 
—cuestión  ésta  que  hemos  dilucidado  ampliamente  en  §  2724-2727, — 
o  como  la  prohibición  del  escritor  sacerdotal  de  que  no  se  inmole  el 
mismo  día  la  vaca  y  su  ternero,  la  oveja  y  su  cordero,  o  la  cabra  y  su 
cabrito  (Lev.  22,  28).  Anotando  este  último  precepto,  escribe  L.  B.  d.  C: 
"Esta  ley  sanciona  sin  duda  una  creencia  popular;  se  pensaba  que  esta 
doble  inmolación  acarreaba  desgracia  y  podía  ocasionar  la  ruina  de 
todo  el  ganado". 


LA  LEPRA 


171 


3360.  En  cuanto  al  precepto  de  no  embozalar  al  buey  que  trilla, 
recuérdese  que  así  como  entre  nosotros,  antes  de  la  existencia  de  las 
máquinas  trilladoras,  se  hacían  pisotear  por  yeguas  las  gavillas  en  la 
era  para  separar  la  paja  del  trigo,  así  también  en  Palestina  y  demás 
países  del  Oriente,  era  práctica  usual  el  efectuar  esa  trilla  por  medio 
de  bueyes  o  asnos  uncidos  a  un  carro  o  trineo  con  puntas  (fig.  1  del 
tomo  VIII),  por  lo  cual  se  les  solía  poner  bozal  para  impedir  que  co- 
mieran las  espigas  de  trigo.  El  apóstol  Pablo  en  1  Cor.  9,  7-11  se  basa 
en  este  precepto  de  Deut.  25,  4  para  sostener  que  las  iglesias  cristianas 
deben  mantener  a  sus  ministros  que  le  predican  el  evangelio.  Comen- 
tando el  aludido  pasaje,  expresa  L.  Bonnet:  "Indudablemente  Dios 
cuida  de  los  bueyes  y  de  toda  criatura;  esta  ley  lo  prueba  lo  mismo  que 
otras  semejantes  (Deut.  22,  6-10;  Lev.  22,  28)  ;  pero  estas  leyes  de 
tierna  providencia,  están  escritas  menos  para  los  animales  (que  no 
saben  leer,  observa  Lutero)  que  para  el  hombre  que  por  ellas  debe 
aprender  a  ser  humano  y  agradecido,  aun  mismo  hacia  los  seres  des- 
tituidos de  razón  que  le  sirven  con  su  trabajo.  ¡Cuánto  más  hacia  su 
semejante,  y  cuánto  más  todavía  el  cristiano  hacia  el  servidor  de  Dios, 
que  le  hace  participar  de  los  bienes  espirituales!  (1  Cor.  9,  10-11)". 

LA  LEPRA.  —  3361.  Deut.  24,  8  En  caso  de  lepra,  cuida  de  obser- 
var escrupulosamente  y  de  ejecutar  todas  las  instrucciones  que  os  dieren 
los  sacerdotes  levitas  cuidando  de  obrar  conforme  a  las  órdenes  que  yo 
les  he  dado.  9  Acuérdate  de  lo  que  hizo  Yahvé  tu  dios  a  Miryam  durante 
vuestro  viaje,  cuando  saliste  de  Egipto.  —  Observa  L.  B.  d.  C.  que  el 
V.  8  "no  dice  que  las  reglas  preceptuadas  en  semejante  caso  por  los 
sacerdotes  estuvieran  ya  escritas;  las  leyes  de  Lev.  13  y  14,  parecen  de 
redacción  más  reciente".  Loisy,  escribiendo  sobre  las  enfermedades  en 
Israel,  expresa  que  "en  general  son  atribuidas  a  influencia  o  posesión 
demoníaca,  tratándolas  como  tales.  Cuando  se  imputa  la  enfermedad 
al  mismo  Yahvé  (p.  ej.  como  en  el  caso  de  la  peste  ocasionada  por  el 
censo  ordenado  por  David,  §  1049-1058),  se  amplía  el  círculo  de  esta 
demonología,  sin  cambiar  sensiblemente  de  carácter .  .  .  Por  doquiera 
la  medicina  primitiva,  consistía  en  exorcismos,  recetas  y  encantamien- 
tos para  echar  el  mal  o  para  destruir  el  maleficio  causado  (el  daño, 
dirían  nuestros  paisanos)  ;  por  lo  tanto  comenzaron  los  médicos  por 
ser  magos  o  hechiceros,  formando  en  Babilonia  una  orden  de  sacer- 
dotes. En  cierto  modo,  el  sacerdocio  levítico  ejercía  tales  funciones. 
Léase  atentamente  el  mandato  mosaico  relativo  a  los  leprosos  (Lev. 
13-14)  que  refleja  antiguos  usos,  y  se  discernirá  sin  dificultad  que  no 
tiene  en  vista,  propiamente  hablando,  ni  la  cura  de  la  enfermedad,  ni 
medidas  preventivas  contra  el  contagio,  sino  la  eliminación  mágica  del 
mal  (por  el  rito  de  los  dos  pájaros)  y  del  estado  de  impureza,  de  inca- 
pacidad religiosa,  podría  decirse  de  reprobación  divina  que  atestigua 


172 


LA  PROSTITUCION  SAGRADA 


la  enfermedad.  Por  lo  tanto  si  no  se  debe  tocar  al  leproso,  no  es  pre- 
cisamente porque  se  expondría  a  contraer  la  infección,  sino  porque  se 
recogería  por  contacto  su  impureza,  se  sacaría  algo  de  la  maldición  que 
lo  envuelve,  se  sufriría  la  acción  de  la  perniciosa  influencia,  del  espí- 
ritu malo  que  está  en  él"  {La  Reí.  d' Israel,  ps.  110-111;  nuestra  Intro- 
ducción, §  125,  164) .  Debe  notarse  que  con  el  vocablo  lepra  no  sólo 
se  designa  en  la  Biblia  esa  contagiosa  enfermedad,  sino  también  otras 
afecciones  de  la  piel,  como  erupciones  (vitíligo,  soriasis,  &),  y  hasta 
ciertos  enmohecimientos  de  los  vestidos  o  de  las  paredes,  según  puede 
verse  en  las  prescripciones  de  los  citados  capítulos  13  y  14  del  Leví- 
tico,  que  pertenecen  en  su  casi  totalidad  a  una  colección  independiente 
de  leyes  sobre  pureza  ritual. 

LA  PROSTITUCION  SAGRADA.  —  3362.  Deut.  23,  17  No  habrá 
cortesana  sagrada  entre  las  jóvenes  hijas  de  Israel,  y  no  habrá  sodo- 
mita sagrado  entre  los  jóvenes  de  Israel.  18  Sea  cual  fuere  el  voto  que 
hubieres  hecho,  no  llevarás  a  la  casa  de  Yahvé  tu  dios,  el  salario  de 
una  prostituta,  ni  el  precio  entregado  a  un  perro:  el  uno  y  el  otro  ho- 
rrorizan a  Yahvé  tu  dios.  Sobre  la  prostitución  sagrada  y  sobre  los 
Kedeshim  y  las  Kedeshot  que  se  prestaban  a  esas  prácticas  disolutas, 
véanse  §  89,  646  y  666.  Observa  Loisy  que  las  mismas  preocupaciones 
mágico-místicas  concernientes  a  las  relaciones  sexuales,  "hicieron  tole- 
rar por  largo  tiempo,  en  los  grandes  santuarios,  junto  al  culto  de  Yahvé, 
imitando  a  los  cultos  sirios  y  cananeos,  tanto  en  Israel  como  en  Judá, 
la  prostitución  sagrada  de  personas  de  ambos  sexos,  como  concurso  a 
las  divinidades  de  la  fecundación.  Esto  constituía  una  fuente  de  recur- 
sos para  los  templos;  pero  si  la  prohibe  el  Deuteronomio,  es  porque 
ella  existió"  (Ib.  p.  111).  A  los  sodomitas  se  les  daba  la  denominación 
de  perros,  hasta  en  los  textos  oficiales.  Esas  prácticas  infames  persis- 
tían aún  en  el  primer  siglo  de  nuestra  era,  como  lo  atestiguan  las  con- 
denaciones que  se  leen  en  Rom.  1,  27;  1  Cor.  6,  9;  Apoc.  22,  15.  Nota 
L.  B.  A.  que  "una  inscripción  egipcia  da  el  nombre  de  perros  a  los 
sodomitas  oficiales  mantenidos  en  los  santuarios.  Refiere  Movers  que 
los  dones  votivos  provenientes  de  la  prostitución  oficial  en  los  templos, 
era  entre  los  fenicios,  fuente  importante  de  recursos  para  los  santua- 
rios". A  pesar  de  las  expuestas  consideraciones,  manifiesta  Reuss  que 
"el  término  de  perro  que  se  lee  en  el  texto  original  {v.  18)  ha  sido 
tomado  en  su  sentido  propio  por  algunos  intérpretes,  lo  que  es  positi- 
vamente un  error,  pues  es  absurdo  creer  que  se  vendieran  perros  para 
llevar  su  precio  al  templo". 

EL  FRAUDE  COMERCIAL.  —  3363.  Deut.  25,  13  No  tendrás  en 
tu  bolsa  piedras  (o  pesos)  de  dos  clases,  una  grande  y  otra  chica. 
14  No  tendrás  en  tu  casa  dos  efas,  uno  grande  y  uno  chico.  15  Peso 


FRAUDE  COMERCIAL 


173 


exacto  y  justo  tendrás,  a  fin  que  se  prolonguen  tus  días  sobre  la  tierra 
que  Yahvé  tu  dios  va  a  darte;  16  porque  Yahvé  tu  dios  se  horroriza  (o 
abomina),  de  todos  aquellos  que  se  entregan  a  esas  prácticas,  de  todos 
aquellos  que  cometen  fraude.  Según  hemos  visto  (§  1571),  los  hebreos, 
para  pesar,  utilizaban  piedras  que  llevaban  en  una  bolsita.  Pero  parece 
que  era  muy  corriente  el  fraude  comercial,  pues  se  solían  usar  dos 
clases  de  piedras:  una  grande  para  pesar  lo  que  se  compraba,  y  otra 
chica  para  pesar  lo  que  se  vendía,  por  lo  cual  son  numerosas  las  pro- 
testas que  se  leen  en  el  A.  T.  contra  tal  proceder  (Miq.  6,  11;  §  3171 
n.  2;  y  varios  proverbios  citados  en  §  1571).  Estos  abusos  son  conde- 
nados por  el  deuteronomista  considerándolos  como  abominables  a  Yahvé, 
y  ordenando,  en  consecuencia,  que  se  tuviera  un  peso  exacto  y  justo. 
Y  para  que  su  prescripción  surtiera  más  efecto,  agrega  que  obrando 
así  correctamente,  el  dios  nacional  les  prolongaría  la  vida.  Nótese  que 
no  les  promete  beneficios  de  ultratumba,  en  los  cuales  entonces  no  se 
creía,  sino  la  prolongación  de  la  existencia  aquí  en  este  mundo,  a  pesar 
de  todos  los  sufrimientos  y  sinsabores  que  en  el  mismo  se  encuentran. 
El  escritor  deuteronómico  legislando  para  un  pueblo  eminentemente 
práctico  y  realista,  muy  a  menudo  añade  a  sus  preceptos  la  misma  pro- 
mesa que  en  este  caso  (5,  16;  22,  7,  &). 


• 


CAPITULO  VIII 


El  final  y  la  importancia  histórica 
del  Deuteronomio 


LA  PERORACION  DEL  DISCURSO  MOSAICO.  —  3364.  Hemos  ter- 
minado el  estudio  de  la  parte  legislativa  o  núcleo  primitivo  del  Deute- 
ronomio, el  cual  según  dijimos  (§  3212),  debía  contener  una  de  las 
varias  introducciones  de  carácter  histórico  que  hoy  presenta  ese  libro 
antes  del  cap.  12  y  una  de  las  tres  conclusiones,  que  actualmente  nos 
ofrece,  a  saber,  las  de  26,  16-20;  o  27,  1-10,  28  a  29,  1,  o  29,  2  a 
30,  20.  Como  el  escritor  pretende  estar  describiendo  un  discurso  pro- 
nunciado por  Moisés  en  el  país  de  Moab,  antes  de  que  los  israelitas 
entraran  en  Canaán,  natural  era  que  terminara  su  obra  poniendo  en 
boca  del  caudillo  exhortaciones  finales  para  que  se  obedecieran  sus 
preceptos,  considerados  como  provenientes  del  mismo  Yahvé  y  expo- 
niendo las  bendiciones  que  acompañarían  a  los  que  los  cumplieran,  y 
las  maldiciones  que  recaerían  sobre  los  que  los  violaran,  como  esto  era 
de  práctica  en  las  antiguas  legislaciones  orientales.  Así,  Hammurabí, 
en  el  epílogo  de  su  célebre  código  (§  13)  invoca  la  cólera  de  les  gran- 
des dioses  de  su  país  contra  el  monarca  que  dejara  de  observar  sus  re- 
comendaciones de  justicia  y  las  leyes  inscritas  en  su  estela,  o  que  alte- 
raran su  sentido,  y  al  efecto  dice:  "El  príncipe  que  hayá  observado  las 
palabras  que  he  inscrito  sobre  mi  monumento  y  que  en  nada  haya  cam- 
biado mis  ordenanzas,  que  Shamash  prolongue  el  cetro  de  su  reyecía.  .  . 
y  aquel  que  no  observe  las  palabras  que  he  inscrito  sobre  mi  estela 
y  que  cambie  mis  ordenanzas,  que  Anú,  el  padre  de  los  dioses,  le  quite 
la  gloria  real,  quiebre  su  cetro  y  maldiga  su  destino .  .  .  Que  Shamash, 
el  gran  juez  del  cielo  y  de  la  tierra,  derrumbe  su  realeza;  que  Sin,  el 
señor  del  cielo  cuyo  brillo  resplandece  entre  los  dioses,  le  quite  su  co- 
rona y  su  trono"  (R.  H.  Ph.  R.,  t*?  13,  p.  20).  Lods,  de  acuerdo  con  la 
hipótesis  sustentada  por  diversos  sabios  hebraístas  alemanes,  explica  la 
multiplicidad  de  introducciones  y  de  exhortaciones  finales  que  se  leen 
en  los  primeros  treinta  capítulos  del  Deuteronomio,  del  siguiente  mo- 
do: el  partido  profético,  que  había  adherido  con  entusiasmo  a  la  re- 


1'  CONCLUSION  DEL  DEUTERONOMIO 


175 


forma  de  Josías,  luego  del  hallazgo  de  la  tora  de  Helcías,  no  se  con- 
tentó con  que  dicho  rey  hiciese  jurar  al  pueblo  su  acatamiento  a  los 
preceptos  de  ese  nuevo  libro  (§  3210,  3213),  sino  que  trató  de  que  las 
masas  populares,  apegadas  a  los  antiguos  usos  seculares,  comprendie- 
ran el  espíritu  y  el  alcance  de  las  nuevas  disposiciones  ordenadas  por 
Yahvé.  Con  esa  finalidad  se  puso  en  movimiento  un  ejército  de  misio- 
neros benévolos,  que  recorrieron  todo  el  país  de  Judá  para  publicar 
las  palabras  de  esa  ley,  siendo  Jeremías  uno  de  esos  predicadores  de  la 
reforma,  según  vimos  en  §  3223-3224.  "Cada  uno  de  esos  propagandis- 
tas, expresa  Lods,  debía  tener  su  ejemplar,  escrito  u  oral  de  la  tora 
que  debía  predicar,  acompañándolo  de  los  comentarios  que  juzgaba 
más  oportuno,  según  los  medios  en  que  le  tocaba  actuar,  haciendo  re- 
saltar su  valor,  marcando  sus  punios  esenciales  y  exhortando  a  su  fiel 
cumplimiento.  El  libro  de  la  alianza  de  Josías  debió  llegar  a  ser  rápi- 
damente la  obra  más  abundantemente  copiada  y  recopiada,  la  más  co- 
mentada, la  más  provista  de  glosas  de  toda  la  literatura  hebraica .  .  . 
Era  inevitable  en  esas  condiciones  que  circulasen,  no  dos  ni  tres  ver- 
siones, sino  una  multitud  de  ediciones,  las  unas  más  cortas  que  el  ori- 
ginal dando  solamente  su  substancia,  y  otras  más  desarrolladas  acom- 
pañadas de  comeníarios.  Sería  muy  natural  que  más  tarde  un  revisor, 
queriendo  tener  un  texto  definitivo  de  la  tora  deuteronómica,  — quizá 
con  miras  de  incorporarla  a  la  hisícria  santa  clásica  de  J  y  de  E — , 
se  haya  consagrado  a  constituir  un  texto  tan  completo  como  fuera  po- 
sible y  que,  para  ello,  hubiera  fusionado  todas  las  versiones  paralelas 
que  hubiese  podido  procurarse,  tratando  de  no  omitir  nada.  Así  se 
habrían  originado  los  capítulos  1  al  30  del  Deuteronomio,  formados 
por  lo  esencial  de  la  combinación  de  varias  ediciones  paralelas"  {Hist. 
de  la  Littér.  ps.  358-359) . 

LA  PRIMERA  CONCLUSION.  —  3365.  Deut.  26,  16  Hoy,  Yahvé  tu 
dios,  te  ordena  que  pongas  en  práctica  estas  leyes  y  estos  mandatos; 
guárdalos,  pues,  y  obsérvalos  con  todo  tu  corazón  y  con  toda  tu  alma. 
17  Has  obtenido  hoy  de  Yahvé  la  promesa  que  él  sería  tu  dios,  19"^  y 
que  te  elevaría  en  gloria,  en  renombre  y  en  honor,  por  encima  de  todas 
las  naciones  que  ha  creado.  18  Y  Yahvé  te  ha  hecho  hoy  tomar  el  com- 
promiso de  ser  un  pueblo  que  le  pertenezca  completamente,  como  te  lo 
ha  ordenado,  y  de  observar  todos  sus  mandamientos,  17''  de  seguir  sus 
caminos,  de  observar  sus  leyes,  sus  preceptos  y  sus  mandamientos,  19'' 
y  de  ser  un  pueblo  consagrado  a  Yahvé  tu  dios,  como  él  te  lo  ha  pre- 
ceptuado. La  alteración  en  el  orden  de  las  frases  de  los  versículos  pre- 
cedentes 17-19,  la  justifica  L.  B.  d.  C.  manifestando  que  como  parece 
trastornado  el  orden  de  las  mismas,  ha  agrupado  primero  las  promesas 
de  Yahvé,  y  luego  las  del  pueblo.  Nota  igualmente  que  este  trozo  parece 
tener  como  continuación  27,  9''-10;  28,  1-6,  15-19;  y  que  el  v.  17"  da 


176 


2»  CONCLUSION  DEL  DEUTERONOMIO 


a  suponer  que,  según  una  versión  del  Deuteronomio,  se  concluyó  o  re- 
novó entre  Yahvé  e  Israel,  una  alianza  formal  después  de  la  promulga- 
ción de  las  leyes  que  anteceden.  Nótese  también  la  repetición  de  cier- 
tas frases,  como  la  de  observar  todos  sus  mandamientos  (vs.  J8,  17''), 
que  muestran  que  ellas  no  son  de  un  mismo  autor.  Como  se  Vfe,  el  deu- 
teronomista,  en  el  pasaje  que  comentamos,  con  el  que  termina  su  co- 
lección de  leyes  de  los  caps.  12  a  26,  reafirma  la  base  jurídica  de  la 
religión  mosaica,  que  descansaba,  según  los  anteriores  relatos  de  J  y 
E,  en  un  contrato  sinalagmático  o  bilateral,  por  el  cual  Yahvé,  de  una 
parte,  exige  a  Israel  que  guarde  fielmente  sus  mandamientos,  y  de  otra 
parte,  el  pueblo  israelita  se  ha  comprometido  en  adelante  a  pertenecer 
exclusivamente  a  Yahvé,  o  sea,  a  no  tener  otro  dios  más  que  él.  Como 
consecuencia  de  la  celebración  de  ese  contrato,  Yahvé  promete  a  Israel 
que  lo  elevaría  gloriosamente  por  encima  de  todas  las  demás  naciones 
existentes,  haciendo  de  él  la  nación  excelsa  de  la  Tierra.  No  habiendo 
ocurrido  esto  hasta  ahora,  se  ha  achacado  la  falta  de  ello,  no  a  Yahvé, 
sino  a  Israel,  por  haber  dejado  de  cumplir  con  sus  compromisos  con- 
tractuales. Por  eso  después  del  destierro,  el  judaismo  se  esforzó  en  ob- 
servar al  pie  de  la  letra  todos  los  preceptos  de  su  libro  sagrado. 

LA  SEGUNDA  CONCLUSION.  —  3366.  Deut.  27,  9''  Hoy  has  lle- 
gado a  ser  el  pueblo  de  Yahvé  tu  dios.  10  Obedece,  pues,  a  Yahvé  tu 
dios  y  cumple  sus  mandamientos  y  sus  leyes  que  te  prescribo  hoy. 
28,  1  Si  obedeces  fielmente  a  la  voz  de  Yahvé  tu  dios,  poniendo  en 
práctica  con  cuidado  todos  sus  mandamientos  que  te  prescribo  hoy, 
Yahvé  tu  dios  te  elevará  por  encima  de  todas  las  naciones  de  la  Tierra. 
2  y  vendrán  sobre  ti  y  te  alcanzarán  todas  estas  bendiciones,  si  obede- 
ces la  voz  de  Yahvé  tu  dios.  (Las  bendiciones,  como  después  las  mal- 
diciones — vs.  8,  15,  45,  46 —  son  aquí  personificadas).  3  Bendito  se- 
rás en  la  ciudad,  y  bendito  serás  en  el  campo.  4  Bendito  será  el  fruto  de 
tu  vientre,  (promesa  de  familia  numerosa)  así  como  el  fruto  de  tu  tierra, 
el  fruto  de  tus  ganados,  las  crías  de  tus  vacas  y  de  tus  ovejas.  5  Bendi- 
tos serán  tu  canasto  y  tu  artesa  (el  canasto  representa  los  frutos  cose- 
chados, y  la  artesa  la  abundancia  de  granos  y  de  harina).  6  Bendito 
serás  cuando  entres  y  bendito  cuando  salgas  (o  sea,  tendrás  éxito  en 
todas  tus  empresas).  15  Pero  si  no  obedeces  la  voz  de  Yahvé  tu  dios, 
si  no  pones  en  práctica  con  cuidado  todos  sus  mandamientos  y  todas 
sus  leyes  que  te  prescribo  hoy,  vendrán  sobre  ti  y  te  alcanzarán  todas 
estas  maldiciones:  16  Maldito  serás  en  la  ciudad,  y  maldito  serás  en 
el  campo.  17  Malditos  serán  tu  canasto  y  tu  artesa.  18  Maldito  será  el 
fruto  de  tu  vientre,  así  como  el  fruto  de  tu  tierra,  las  crías  de  tus  va- 
cas y  las  de  tus  ovejas.  19  Maldito  serás  cuando  entres  y  maldito  cuan- 
do salgas.  Nótese  que  los  anteriores  vs.  15-19  de  las  maldiciones  co- 


2'  CONCLUSION  DEL  DEUTERONOMIO 


177 


rresponden  exactamente  a  los  vs.  1-6  de  las  bendiciones,  con  excepción 
del  trastrueque  de  un  versículo. 

3367.    Este  texto,  (salvo  27,  9''-10)  está  tomado  del  cap.  28,  en 
el  cual  han  intervenido  muchas  manos,  antes  y  después  del  destierro. 
Ese  capítulo  termina  en  la  Biblia  hebrea  con  las  siguientes  palabras 
que  figuran  hoy  en  nuestras  Biblias  usuales  como  v.  1  del  cap.  29: 
"Estas  son  las  condiciones  de  la  alianza  que  Yahvé  mandó  a  Moisés 
que  estableciese  con  los  israelitas,  en  el  país  de  Moab,  además  de  la 
que  él  había  concluido  con  ellos  en  Horeb".  Este  versículo  (el  69  del 
cap.  28  en  la  Biblia  hebrea)  viene  a  constituir  así  el  final  de  la  se- 
gunda conclusión  de  las  leyes  deuteronómicas.  Con  excepción  de  28 
7-14,  en  que  se  enumeran  otras  bendiciones  para  aquellos  que  cum- 
plan con  todos  los  prescritos  mandatos  de  Yahvé,  el  resto  de  ese  lar- 
go capítulo  está  consagrado  a  detallar  las  nuevas  maldiciones  que  re- 
caerán sobre  los  prevaricadores  de  dichas  leyes.  Cada  uno  de  los  escri- 
tores que  fueron  ampliando  ese  capítulo,  buscó  los  ejemplos  más  terro- 
ríficos de  males,  enfermedades  y  calamidades  de  todo  género,  incluso 
hasta  cometer  actos  de  antropofagia,  para  hacerlos  figurar  como  san- 
ciones divinas  por  el  incumplimiento  de  tales  preceptos.  Muchos  de 
esos  versículos  muestran  claramente  su  origen  exílico  o  postexílico,  co- 
mo p.  ej.,  éstos:  "36  Yahvé  te  llevará  a  ti  y  al  rey  que  establecieres 
sobre  ti  a  un  pueblo  que  no  habréis  conocido  ni  tú  ni  tus  padres;  y 
servirás  allí  a  otros  dioses  de  madera  y  de  piedra,  37  y  tú  vendrás  a 
ser  objeto  de  estupor,  la  fábula  y  la  irrisión  de  todos  los  pueblos  a  los 
cuales  te  conducirá  Yahvé.  Esta  clara  alusión  al  destierro  en  Babilonia 
(vs.  49-52),  expresa  a  la  vez  la  creencia  según  la  cual  cada  país  tiene 
sus  dioses  nacionales,  a  los  que  debe  rendir  culto  el  extranjero  que 
por  cualquier  causa  tenga  que  morar  en  el  país  de  ellos,  so  pena  de 
recibir  el  condigno  castigo  (cf.  4,  28;  1  Sam.  26,  19;  II  Rey.  17,  24-33; 
Jer.  16,  13;  Os.  9,  3-5).  El  autor  identifica  aquí,  como  ocurre  en  muchos 
pasajes  del  A.  T.,  las  divinidades  de  otros  pueblos  con  las  estatuas  que 
las  representaban.  Nota  Causse,  que  las  bendiciones  y  las  maldiciones 
deuteronómicas  "no  son  ya  sentencias  formuladas  a  la  manera  antigua 
y  cuyo  enunciado  debe  producir  una  acción  mágica,  sino  que  son  lla- 
mados a  la  razón  y  demostraciones  que  proceden  de  una  concepción 
lógica  de  las  relaciones  de  la  vida  natural  y  de  la  vida  moral.  La  jus- 
ticia crea  bendición,  produce  la  paz,  la  salud,  la  vida.  De  ahí  los  vs. 
3-7  del  cap.  28.  Así  la  fertilidad  de  la  tierra,  la  prosperidad  del  ga- 
nado y  la  victoria  del  pueblo  en  las  batallas,  que  según  la  concepción 
popular  israelita,  como  en  todos  los  pueblos  primitivos,  dependían  del 
cumplimiento  de  ciertas  prácticas  mágicas  y  cultuales:  ritos  agrarios, 
ritos  de  fecundación,  ofrendas  de  primicias  y  sacrificios  de  prosperi- 
dad, encantamientos  de  los  magos  y  oráculos  de  los  profetas  contra  los 
enemigos  de  Israel,  todo  esto  es  presentado  ahora  como  remuneración 


178 


TERCERA  CONCLUSION 


de  Yahvé,  el  dios  fiel  a  la  alianza  y  la  consecuencia  natural  del  cum- 
plimiento de  la  tora.  Del  mismo  modo,  desgracia,  esterilidad,  miseria 
y  extremado  peligro,  ruina  del  pueblo  disperso  entre  sus  enemigos,  son 
las  consecuencias  de  la  iniquidad  (28,  15-4Ó),  apareciendo  como  natu- 
rales corolarios:  "El  que  labra  la  iniquidad  y  siembra  el  infortunio, 
los  cosecha;  los  perversos  desaparecen  delante  de  Yahvé,  son  dispersa- 
dos por  el  viento  de  su  cólera"  (Job,  4,  8-9)  como  dirá  la  sabiduría 
judía".  (R.  H.  Ph.  R.  t^  13,  ps.  21-22).  En  el  mismo  sentido  el  redac- 
tor deuteronómico  hace  proclamar  por  Moisés  en  su  último  discurso 
la  exhortación  de  30,  15-20  que  transcribimos  en  §  3369. 

TERCERA  CONCLUSION.  —  3367  bis.  Esta  conclusión,  que  com- 
prende desde  el  cap.  29,  2  hasta  el  fin  del  cap.  30,  muestra  Lien  a  las 
claras  la  iniervención  de  por  lo  menos  dos  redactores,  pues  uno  en  el 
discurso  que  pone  en  boca  de  Moisés,  emplea  dirigiéndose  al  pueblo, 
el  pronombre  vosotros,  mientras  que  el  otro,  al  continuarlo,  utiliza  el 
singular  tú.  La  inhabilidad  de  esa  intervención  se  revela  también  en 
que  comenzando  la  peroración  como  obra  mosaica,  súbitamente,  sin 
explicación  alguna,  figura  Yahvé  prosiguiéndola.  Además  abundan  los 
anacronismos,  que  no  dejan  lugar  a  dudas,  que  los  tales  escritores  eran 
de  la  época  del  destierro.  Transcribiremos  a  continuación  sólo  algunos 
párrafos  de  ese  cap.  29,  para  comprobar  las  expuestas  observaciones. 
2  Moisés  convocó  a  todos  los  israelitas  y  les  dijo:  "Vosotros  habéis 
visto  todo  lo  que  hizo  Yahvé  ante  vuestros  ojos,  en  el  país  de  Egipto, 
al  Faraón,  a  todos  sus  siervos  y  a  todo  su  país;  4  pero  hasta  este  día, 
no  os  ha  dado  Yahvé  corazón  para  comprender,  ojos  para  ver,  oídos 
para  oir .  .  .  (Luego  lógicamente  de  Yahvé  era  la  culpa,  si  el  pueblo 
había  sido  hasta  entonces  incrédulo,  a  pesar  de  los  prodigios  hechos 
por  el  dios).  Sin  transición,  siguen  los  vs.  5  y  6,  en  los  cuales  el  ora- 
dor es  Yahvé  y  no  Moisés,  como  se  ve  en  seguida:  5  Yo  os  he  condu- 
cido durante  40  años  por  el  desierto,  sin  que  se  hayan  usado  (o  enve- 
jecido) vuestros  vestidos  sobre  vosotros,  ni  vuestras  sandalias  en  vues- 
tros pies  (8,  3-4;  Neh.  9,  21);  6  no  habéis  tenido  pan  para  comer,  ni 
vino,  ni  licor  embriagante  (fuerte  o  fermentado)  para  beber,  a  fin  de 
que  reconocieseis  que  yo,  Yahvé,  soy  vuestro  dios.  —  Retoma  la  pala- 
bra Moisés,  y  luego  de  recordar  las  victorias  citadas  en  Deut.  1,  4,  saca 
esta  enseñanza:  9  Observad,  pues,  las  condiciones  de  esta  alianza  y 
llevadlas  a  la  práctica,  para  que  prosperéis  en  todas  vuestras  empresas. 
Y  prosigue  el  relato,  entremezclándose  las  frases  en  2^  persona  de  plu- 
ral con  las  de  2^  en  singular:  10  He  aquí,  estáis  hoy,  todos  vosotros, 
de  pie  ante  Yahvé,  vuestro  dios,  —  vuestros  jefes,  vuestros  jueces, 
vuestros  ancianos  y  vuestros  oficiales,  todos  los  hombres  de  Israel,  11 
vuestros  hijos  y  vuestras  mujeres  así  como  el  extranjero  que  está  en  tu 
campamento,  tanto  el  que  corta  tu  leña,  como  el  que  saca  tu  agua 


TERCERA  CONCLUSION 


179 


(frase  esta  última  relativa  a  los  leñadores  y  aguadores,  que  constituye 
un  anacronismo  en  boca  de  Moisés,  pues  se  refiere  a  lo  que  se  narra 
en  Jos.  9,  21,  27)  ;  12  para  que  entréis  en  la  alianza,  sellada  con  impre- 
caciones, que  Yahvé  vuestro  dios  concluye  hoy  con  vosotros,  13  a  fin 
de  hacer  de  ti  su  pueblo  y  de  que  él  sea  tu  dios,  como  te  lo  ha  prome- 
tido y  como  lo  juró  a  tus  padres,  Abraham,  Isaac  y  Jacob.  14  No  sola- 
mente concluyo  con  vosotros  esta  alianza  sellada  con  imprecaciones, 
15  sino  también  con  aquellos  que  están  aquí  entre  nosotros  en  este  día, 
de  pie  delante  de  Yahvé  vuestro  dios,  y  con  aquellos  que  no  están  aquí 
hoy.  Nótese  que  en  estos  dos  últimos  vs.  14  y  15,  es  Yahvé  quien  vuelve  a 
hablar,  como  en  los  vs.  5  y  6.  Después  el  seudo  Moisés  precave  a  sus 
oyentes  contra  la  adoración  de  otras  divinidades,  como  las  que  ellos 
habían  visto  en  Egipto  y  en  diversos  pueblos  entre  los  que  habían  pe- 
regrinado, y  luego  de  fulminar  las  mayores  condenaciones  contra  aque- 
llos que  trataban  de  neutralizar  los  efectos  de  las  anteriores  maldicio- 
nes detalladas  en  los  caps.  27  y  28,  pronunciando  ellos  mismos  fórmu- 
las de  bendición  (vs.  19-21)  — procedimiento  que  solía  ser  empleado, 
como  se  ve  en  Jue.  17,  2;  II  Sam.  21,  3;  I  Rey.  2,  33,  44-45  y  Ex.  12, 
32;  §  1038,  554 — ,  se  expresa  al  fin  de  ese  capítulo  lo  siguiente  (eli- 
minando nosotros  sólo  los  vs.  23  y  29)  discurso  éste  que,  como  se  verá, 
va  dirigido  a  un  pueblo  en  el  cautiverio,  que  presentaba  su  capital  y 
sus  principales  ciudades  en  rums  s:  22  La  generación  venidera,  vues- 
tros hijos  que  vengan  después  de  vosotros  y  el  extranjero  que  llegare 
de  tierra  lejana,  preguntarán  cuando  vieren  los  flajelos  caídos  sobre 
este  país  y  los  males  con  los  cuales  lo  hubiere  herido  Yahvé.  .  .  24  to- 
das las  naciones  preguntarán:  "¿Por  qué  Yahvé  ha  tratado  así  a  este 
país?  ¿De  dónde  viene  el  ardor  de  esta  gran  cólera?"  25  Se  les  res- 
ponderá: "Porque  abandonaron  la  alianza  que  Yahvé,  el  dios  de  sus 
padres,  había  celebrado  con  ellos,  cuando  los  hizo  salir  de  Egipto; 
25  y  fueron  a  servir  y  a  adorar  a  otros  dioses  que  ellos  no  conocían  y 
que  no  les  habían  sido  asignados  en  patrimonio.  27  Entonces  se  encen- 
dió la  cólera  de  Yahvé  contra  este  país,  e  hizo  venir  sobre  él  todas  las 
maldiciones  escritas  en  este  libro.  28  Yahvé  arrancó  de  su  suelo  a  los 
habitantes  de  este  país,  en  su  cólera,  en  su  furor  y  en  su  profunda  in- 
dignación, y  los  ha  arrojado  en  otro  país  (o  en  tierra  ajena),  como  esto 
se  ve  hoy".  Salta  a  la  vista  que  el  que  escribió  este  trozo  que  se  deja 
transcrito,  olvidó  por  completo  que  estaba  haciendo  un  agregado  a  un 
pretendido  discurso  de  Moisés,  dirigido  a  pueblo  que  estaba  por  en- 
trar a  Canaán,  la  tierra  prometida,  y  así,  cometiendo  notable  anacro- 
nismo, le  hace  decir  a  aquel  caudillo  que  Yahvé  en  su  furor,  porque 
Israel  ha  adorado  otros  dioses,  lo  ha  arrojado  de  su  país  (en  el  cual 
todavía  no  había  entrado)  echándolo  en  tierra  extraña,  como  se  ve  hoy 
(v.  27).  Esta  perentoria  comprobación  de  que  lo  expuesto  fue  escrito 
en  el  destierro,  es  irrefutable,  y  para  que  no  quede  la  menor  duda  al 


180 


CAP.  30  DEL  DEUTERONOMIO 


respecto,  se  agrega  en  el  v.  26  que  el  colérico  dios  obró  así,  haciendo 
venir  sobre  el  país  de  Israel  "todas  las  maldiciones  escritas  en  este 
libro",  que  apareció  unos  seis  o  siete  siglos  después  de  Moisés.  Además 
conviene  notar:  I*?  que  los  vs.  24  y  25  se  encuentran  con  escasas  dife- 
rencias en  Jer.  22,  8-9  (§  3557);  2"?  la  constancia  establecida  por  di- 
cho escritor,  en  el  v.  26  de  que  si  Yahvé  se  constituyó,  por  su  voluntad, 
en  el  dios  propio  de  Israel,  dió  otras  divinidades,  en  el  carácter  de 
dioses  nacionales,  a  los  demás  pueblos,  a  los  cuales  se  los  asignó  en 
patrimonio,  confirmando  así  lo  que  ya  sabíamos  por  Deut.  4,  19 
(§  3218). 

3368.  El  cap.  30,  con  el  cual  se  termina  el  discurso  dirigido  por 
el  seudo  Moisés  a  los  israelitas  (31,  1),  consta  de  dos  partes  de  distin- 
tos autores  que  escribían  en  diversa  época:  el  1^,  que  es  del  tiempo 
del  destierro,  redactó  del  v.  1  al  14;  y  del  2^,  que  es  anterior,  y  per- 
tenece probablemente  al  grupo  de  los  más  antiguos  escritores  del  Deute- 
ronomio,  son  los  restantes  vs.  15-20.  El  primero,  les  promete  a  sus  com- 
patriotas desterrados  que  si  retornan  a  Yahvé  y  obedecen  todas  las 
prescripciones  que  se  les  detallaron,  entonces  su  dios  los  juntará  nue- 
vamente de  todos  los  países  donde  estén  dispersos,  los  hará  regresar 
al  país  de  sus  padres,  los  colmará  de  bendiciones,  los  prosperará  en 
todas  sus  empresas  y  les  dará  numerosa  prole,  multiplicando  sus  pro- 
ducciones agrícolas  y  ganaderas  (v.  5,  9),  haciendo  además  recaer  en 
sus  enemigos  las  maldiciones  que  habían  sido  anteriormente  enumera- 
das (v.  7).  Termina  ese  escritor  manifestando  que  las  exigencias  divi- 
nas no  son  un  misterio  para  nadie,  y  todos  están  obligados  a  cumplir- 
las, porque  están  claramente  formuladas  en  el  presente  libro  de  la  Ley 
(vs.  11-14).  Por  eso,  se  aconseja  en  Jos.  1,  8:  "No  se  aparte  de  tu  boca 
este  libro  de  la  Ley,  repítela  día  y  noche,  a  fin  de  obrar  exactamente 
con  todo  lo  que  en  él  está  escrito;  entonces  tendrás  éxito  en  tus  desig- 
nios, entonces  prosperarás" .  Del  mismo  modo  en  el  salmo  1,  2,  se  con- 
sidera feliz  o  bienaventurado  al  que  se  deleita  en  la  Ley  de  Yahvé  y 
la  repite  día  y  noche.  De  aquí  que  los  judíos  devotos,  aún  hoy,  acos- 
tumbran musitar  los  preceptos  de  la  Ley.  Al  mencionado  trozo  30,  1-14, 
— que  comienza  con  estas  palabras:  Pero  cuando  todas  estas  cosas  te 
hayan  ocurrido — ,  un  glosador  le  agregó:  la  bendición  o  la  maldición, 
que  yo  he  propuesto  a  tu  elección,  lo  que  motiva  esta  nota  de  L.  B.  d.  C: 
"La  explicación  dada  aquí  de  estas  cosas  no  responde  al  pensamiento 
del  autor  primitivo,  para  quien  65/05  co5a5  son  exclusivamente  las  des- 
gracias anunciadas  a  los  transgresores  de  la  ley,  y  no  las  bendiciones 
prometidas  al  pueblo  en  caso  que  él  obedeciera". 

3369.  El  final  del  cap.  30,  obra,  como  hemos  dicho,  de  un  ante- 
rior redactor,  dice  así:  15  He  aquí,  pongo  hoy  delante  de  ti  la  vida  y 
la  dicha,  la  muerte  y  la  desgracia.  16  Si  obedeces  el  mandato  de  Yahvé 
tu  dios,  que  te  prescribo  hoy,  amando  a  Yahvé  tu  dios,  marchando  en 


CAP.  27  DEL  DEUTERONOMIO 


181 


sus  caminos  y  guardando  sus  mandamientos,  sus  leyes  y  sus  ordenan- 
zas, vivirás,  te  multiplicarás,  te  bendecirá  Yahvé  tu  dios  en  el  país  en 
que  vas  a  entrar  para  posesionarte  de  él.  17  Pero  si  se  aparta  tu  cora- 
zón, y  rehusas  obedecer  y  te  dejas  arrastrar  a  postrarte  delante  de  otros 
dioses  y  adorarlos,  18  os  declaro  hoy:  ciertamente  pereceréis,  no  pro- 
longaréis vuestros  días  en  el  país  en  que  vais  a  entrar,  pasando  el  Jor- 
dán para  posesionarte  de  él.  19  Tomo  hoy  como  testigos  contra  vosotros 
el  cielo  y  la  Tierra,  de  que  he  puesto  delante  de  ti  la  vida  y  la  muerte, 
la  bendición  y  la  maldición.  Escoge  la  vida,  así  vivirás  tú  y  tu  posteri- 
dad, 20  con  tal  que  ames  a  Yahvé  tu  dios,  que  escuches  su  voz  y  que 
te  apegues  a  él;  porque  a  esta  condición  es  que  vivirás  y  que  morarás 
por  largos  días  en  la  tierra  que  Yahvé  juró  dar  a  Abraham,  a  Isaac  y 
a  Jacob  tus  padres.  La  transcrita  conclusión  es  muy  semejante  a  la  que 
aparece  en  11,  26-28  antes  del  comienzo  de  la  parte  realmente  legisla- 
tiva, que  principia  en  el  cap.  12.  El  legislador  deuteronómico,  como  el 
código  de  Hammurabí  (§  3364)  puso  a  continuación  de  sus  leyes  una 
serie  de  bendiciones  que  forzosamente  recaerán  sobre  los  que  las  pon- 
gan en  práctica,  y  de  maldiciones  en  caso  contrario,  pues  según  la  an- 
tigua ética  israelita,  el  que  procedía  correcta  y  justicieramente  no  de- 
jaría de  ser  recompensado  con  beneficios  de  toda  suerte,  y  especial- 
mente con  la  prolongación  de  la  vida.  La  longevidad  era  para  aquel 
pueblo  el  sumo  bien,  ya  que  en  aquella  remota  época  todavía  no  habían 
surgido  las  nociones  de  recompensas  de  ultratumba,  que  tan  grande  in- 
fluencia han  tenido  después  en  el  judaismo  y  en  el  cristianismo.  Esas 
sanciones  celestiales  surgieron,  pues,  cuando  la  experiencia  demostró 
con  su  ruda  verdad  que  desgraciadamente  la  salud  y  la  prosperidad  no 
son  siempre  la  natural  consecuencia  de  una  vida  honesta,  laboriosa  y 
encuadrada  en  los  preceptos  de  la  moral,  como  así  debiera  serlo. 

'  EL  CAPITULO  27  DEL  DEUTERONOMIO.  —  3370.  Intercalado  en- 
tre la  primera  y  la  segunda  conclusión,  se  halla  el  cap.  27,  del  cual  ya  he- 
mos transcrito  los  vs.  9*  y  10,  que  pueden  ser  considerados  como  el 
comienzo  de  las  bendiciones  del  cap.  28.  Ese  cap.  27  después  del  pri- 
mer versículo  que  sirve  de  enlace  con  lo  que  precede  — al  que  se  ha 
agregado  posteriormente  la  mención  de  los  ancianos  de  Israel,  como 
unidos  a  Moisés  para  dictar  órdenes  al  pueblo — ,  manda  erigir  mono- 
litos o  grandes  piedras  revocadas  con  cal  sobre  las  cuales  debían  ser 
escritas  las  leyes  deuteronómicas,  todo  lo  cual  tendría  que  realizarse 
luego  de  pasar  el  Jordán,  en  la  tierra  prometida.  Pero  a  continuación, 
otro  escritor  de  la  misma  escuela  dispone  que  la  erección  de  esas  pie- 
dras debería  efectuarse  sobre  el  monte  Ebal,  o  sobre  el  monte  Garizim, 
como  trae  el  Pentateuco  Samaritano,  en  vez  de  ser  realizada  inmedia- 
tamente después  del  pasaje  del  Jordán.  Se  ordena  además,  de  acuerdo 
con  E,  la  construcción  de  un  altar  hecho  con  piedras  brutas  y  en  las 


182 


LOS  MONTES  EBAL  Y  GARIZIM 


que  no  se  hubiera  utilizado  instrumento  alguno  de  hierro,  para  ofre- 
cer allí  holocaustos  a  Yahvé  (Ex.  20,  24-25;  §  99,  1436).  Luego  de  la 
citada  exhortación  a  la  obediencia  a  las  leyes  divinas  (vs.  9  y  10}  se 
expresa  que  Moisés  ordenó  que  las  tribus  se  dividieran  en  dos  grupos, 
y  seis  de  ellas,  entre  las  cuales  estaba  la  de  Leví,  se  colocaran  sobre  el 
monte  Garizim  para  bendecir  al  pueblo,  y  las  otras  seis  sobre  el  monte 
Ebal  para  pronunciar  maldiciones  (vs.  11-13) . 

3371.  En  el  centro  de  Palestina  se  halla  el  monte  Ebal  al  Norte, 
de  938  mts.  de  altura,  situado  cerca  del  monte  Garizim  al  Sur,  de 
868  mts.  y  ambos  dominan  la  Uanura  que  se  extiende  entre  ellos,  en 
cuyo  medio  se  encontraba  la  ciudad  de  Siquem,  hoy  Naplusa.  Según 
la  tradición  que  recoge  el  deuteronomista,  tanto  aquí  en  27,  12-13, 
como  en  11,  29,  Moisés  habría  ordenado  bendecir  al  pueblo,  (o  poner 
la  bendición,  como  se  dice  en  este  último  texto)  en  el  monte  Garizim, 
y  maldecir  (o  poner  la  maldición)  en  el  monte  Ebal.  Esa  elección  de 
los  mencionados  montes  quizá  se  deba  al  contraste  que  existe  entre  el 
Garizim  casi  siempre  reverdeciente,  y  el  Ebal,  por  el  contrario,  estéril 
y  pedregoso.  En  la  cima  del  Ebal  se  hallan  actualmente  una  pequeña 
iglesia,  las  ruinas  de  una  fortaleza  y  un  mausoleo  musulmán  que  pre- 
tende poseer  el  cráneo  de  Juan  el  Bautista.  Según  los  samaritanos, 
Abraham  efectuó  el  frustrado  sacrificio  de  su  hijo  Isaac  en  la  cima 
del  Garizim;  y  después  del  destierro  ellos  construyeron  sobre  dicho 
monte  un  templo  (II  Mac.  6,  2),  rival  del  de  Jerusalén,  que  fue  des- 
truido por  Juan  Hircán  alrededor  del  año  129,  y  a  pesar  de  ello,  con- 
tinuaron considerando  que  es  allí  el  lugar  donde  Yahvé  debe  ser  ado- 
rado. Agrega  el  Dic.  Encyc.  que  los  pocos  samaritanos  que  aún  subsis- 
ten en  Naplusa,  se  vuelven  hacia  la  altura  sagrada  a  la  hora  de  la  ple- 
garia; y  que  cada  año  celebran  la  Pascua  sobre  el  sitio  del  templo  des- 
truido cerca  del  cual  se  ven  todavía  las  ruinas  de  una  iglesia  bizantina. 

3372.  Volviendo  al  mencionado  texto  de  27,  12-13,  nos  encon- 
tramos con  este  caso  curioso,  que  un  escritor  posterior  eliminó  las  ben- 
diciones del  Garizim  y  en  su  lugar  hizo  expresar  por  levitas,  un  dode- 
cálogo  de  maldiciones,  prestando  el  pueblo  al  final  de  cada  una  de 
ellas  su  aquiescencia  a  las  mismas  con  la  palabra  "amén"  (vs.  14-26). 
Nota  L.  Gautier  que  "este  trozo  del  cap.  27,  de  un  tenor  muy  particu- 
lar, — aunque  de  un  modo  general  presenta  el  carácter  deuteronómico, — 
no  es  un  discurso,  ni  un  relato,  ni  un  código,  ni  un  fragmento  de  código, 
sino  que  es  el  programa  de  una  institución  futura  de  una  solemnidad 
que  deberá  reunir  todo  Israel  a  las  puertas  de  Siquem,  entre  el  Ebal 
y  el  Garizim.  Su  fin  es  sancionar  públicamente  la  observancia  de  la 
ley  por  una  serie  de  bendiciones  y  de  maldiciones,  habiendo  sido  con- 
servadas sólo  estas  últimas,  pues  las  primeras  han  desaparecido"  (In- 
troduclion  a  VA.  T.  I,  p.  67).  Igualmente  sobre  ese  pasaje  (vs.  14-26), 
obra  de  un  redactor  de  la  escuela  sacerdotal,  escribe  L.  B.  d.  C.:  "Este 


ULTIMOS  CAPS.  DEL  DEUTERONOMIO 


183 


trozo  es  evidentemente  de  otra  mano  que  el  anterior:  no  se  mencionan 
en  él  las  anunciadas  bendiciones;  los  levitas,  en  vez  de  bendecir  al  pue- 
blo, pronuncian  maldiciones;  no  constituyen  aquí  una  tribu  como  las 
otras,  sino  que  desempeñan  el  papel  de  clérigos,  (§  561)  que  entablan 
un  diálogo  litúrgico  con  todo  el  pueblo,  es  decir,  con  el  conjunto  de 
laicos,  como  en  la  ceremonia  descrita  en  Neh.  8.  Ese  trozo  es  más  re- 
ciente que  el  código  deuteronómico,  porque  varios  de  los  crímenes  ana- 
tematizados son  infracciones  no  al  Deuteronomio  o  al  libro  de  la  alian- 
za, sino  al  códifio  de  santidad  (P')"-  A  juicio  de  Causse,  los  preceptos 
del  aludido  dodecálogo  "son  fórmulas  que  se  repetían  en  el  culto,  y 
cuyo  simple  enunciado  debía  traer  desgracia  y  ruina  a  los  culpables. 
El  cuadro  litúrgico,  con  la  proclamación  de  los  levitas  y  los  amén  del 
pueblo,  nos  deja  sin  duda  entrever  el  modo  como  eran  enseñados  los 
primeros  torot"  (R.  H.  Ph.  R.,  \9  13,  p.  20  n.  38;  §  2703  bis).  Debe 
notarse  que  escritores  exilíeos  o  postexílicos  de  la  escuela  del  deutero- 
nomista,  hacen  aparecer  a  Josué  cumpliendo  con  esta  seudo-orden  mo- 
saica; pero  en  distinta  forma:  los  israelitas  se  hallan  en  la  llanura  entre 
los  dos  aludidos  montes,  divididos  en  dos  grupos,  teniendo  en  medio  el 
arca,  estando  uno  de  ellos  frente  al  Ebal  y  el  otro  frente  al  Garizim, 
añadiéndose  que  esta  ceremonia  se  realizaba  "como  Moisés  servidor  de 
Yahvé  lo  había  ordenado,  para  bendecir  al  pueblo"  (Jos.  8,  33),  aun- 
que según  hemos  visto  la  ordenanza  mosaica  de  Deut.  27,  11-13  pres- 
cribe que  las  tribus  israelitas  se  sitúen  una  mitad  de  ellas  en  la  cima 
del  Garizim  para  bendecir  al  pueblo  y  la  otra  mitad  en  la  del  Ebal 
para  pronunciar  maldiciones.  Aquí,  en  el  referido  pasaje  de  Josué,  no 
se  trata  ni  de  bendecir,  ni  de  maldecir,  sino  tan  sólo  de  alinear  a  toda 
la  comunidad  israelita  para  que  escuche  lo  más  eómodamente  posible 
la  lectura  de  la  Ley  realizada  por  Josué.  Tanto  el  aludido  texto  del 
Deuteronomio  como  el  de  Josué  es  probable  que  reflejen  ceremonias 
litúrgicas  transpuestas  en  el  plano  de  la  historia. 

LOS  CUATRO  ULTIMOS  CAPITULOS  DEL  DEUTERONOMIO.— 3373. 
Estos  son  los  únicos  que  nos  quedan  por  examinar  en  nuestro  estudio 
del  último  libro  del  Pentateuco;  pero  no  entraremos  en  su  análisis  de- 
tallado, porque  ya  lo  hemos  hecho  en  los  §  296-338  del  t^  I.  Nos  limi- 
taremos ahora  a  complementar  lo  que  dejamos  expuesto  en  dichos  pa- 
rágrafos transcribiendo  sobre  los  mencionados  capítulos,  varias  notas 
y  observaciones  aparecidas  en  fascículos  de  L.  B.  d.  C.  con  posteriori- 
dad al  año  1935  en  que  se  publicó  nuestro  tomo  primero.  En  la  Intro- 
ducción General  a  los  libros  de  la  Ley  en  la  citada  L.  B.  d.  C.  — 
Introducción  redactada  por  Adolfo  Lods, —  se  expresa  que  "la  reforma 
de  Josías  suscitó  la  constitución  en  Judá  de  una  nueva  escuela  de  his- 
toriógrafos, (R")  que  emprendió  la  tarea  de  volver  a  escribir  la  his- 
toria de  la  nación,  juzgándola  del  punto  de  vista  del  código  reciente- 


184 


ULTIMOS  CAPS.  DEL  DEUTERONOMÍO 


mente  aparecido.  Para  ello  tomaron  por  base  la  colección,  entonces  clá- 
sica, de  las  tradiciones  nacionales,  aquella  en  la  que  ya  habían  sido 
combinadas  las  obras  J  y  E  (§  2068-2074),  dejando  subsistir  en  la 
misma  el  comienzo  casi  intacto,  hasta  el  relato  de  los  últimos  momen- 
tos de  Moisés;  pero  introduciendo  en  ella  el  libro  de  tora,  es  decir, 
Deut.  1-30,  en  su  lugar  cronológico,  así  como  dos  poemas,  un  salmo  de 
Pascua,  (Ex.  15,  1-18;  §  169)  y  el  cántico  de  Moisés  (Deut.  32,  1-43; 
§  304-313)". 

3374.  En  Deut.  31,  — capítulo  éste,  en  el  que,  como  en  tantos 
otros,  han  intervenido  muchas  manos, —  se  trata  de  la  designación  de 
Josué  como  sucesor  de  Moisés,  de  la  observación  y  lectura  de  la  Ley 
y  se  dan  dos  introducciones  (vs.  16-22,  24-30)  al  llamado  cántico  de 
Moisés,  del  cap.  32,  que  nosotros  hemos  denominado  cántico  de  Yahvé 
(§  304-313).  En  el  v.  2  se  describe  a  Moisés  como  un  viejo  decrépito 
de  ciento  veinte  años  de  edad,  que  ya  no  puede  ocuparse  en  los  asun- 
tos del  pueblo  israelita;  mientras  que  en  34,  7  un  escritor  de  la  escuela 
sacerdotal,  manifiesta  todo  lo  contrario,  diciendo  textualmente:  "Moisés 
tenía  ciento  veinte  años  cuando  murió:  no  se  había  debilitado  su  vista,  ni 
lo  había  abandonado  su  vigor  (o  lozanía)".  La  Vulgata  traduce  esta  últi- 
ma frase :  "nec  denles  illius  moti  sunt",  o  sea  "ni  se  movieron  sus  dientes". 
—  En  el  V.  16"  se  lee:  "Yahvé  dijo  a  Moisés:  desde  que  tú  yazgas  con 
tus  padres,  este  pueblo  irá  a  prostituirse  con  los  dioses  del  extranjero, 
del  país  en  el  cual  va  a  entrar".  Sobre  la  citada  expresión  yacer  con  tus 
padres,  anota  L.  B.  d.  C,  "que  ella  procede  ciertamente  del  uso  de  que 
los  miembros  de  una  misma  familia  debían  estar  reunidos  en  una  se- 
pultura común.  No  se  aplicaba  ya  al  entierro  — que  a  menudo  se  dis- 
tingue expresamente  de  la  reunión  con  los  padres  (I  Rey.  11,  3) —  sino 
a  la  muerte,  al  descenso  en  el  sheol,  donde  según  se  creía,  los  muertos 
estaban  agrupados  por  familias  y  por  pueblos  (Ez.  32;  §  973-978;  cf. 
el  latín  iré  ad  patres) .  Moisés  no  fue  enterrado  en  el  sepulcro  de  sus 
padres". 

3375.  En  cuanto  al  cap.  32,  léase  el  estudio  que  sobre  él  hemos 
hecho  en  §  304-313.  El  cántico  que  contiene  dicho  capítulo,  le  merece 
a  L.  B.  d.  C,  este  juicio:  "Nada  indica  en  el  contenido  de  este  poema 
que  su  autor  fuera  o  pretendiera  ser  Moisés.  En  él  se  habla  de  la  mo- 
rada en  el  desierto  como  de  un  lejano  suceso  conocido  únicamente  por 
la  tradición  de  los  padres  (v.  7).  La  conquista  de  Canaán,  la  prosperi- 
dad y  la  corrupción  que  fueron  su  consecuencia,  pertenecen  también  al 
pasado  (vs.  10-18).  El  poeta  se  propuso  mostrar  que  las  calamidades 
que  abruman  al  pueblo,  son  el  efecto  de  la  justa  cólera  de  Dios,  y  sobre 
todo  anunciar  que  no  obstante  ello,  Yahvé  no  destruirá  enteramente  a 
la  nación  (vs.  26-27),  sino  que  vengará  la  sangre  de  sus  servidores 
(vs.  40-43).  Este  poema  debe  haber  sido  compuesto  desde  luego  hacia 
el  fin  del  destierro  babilónico;  sus  ideas  y  a  menudo  sus  expresiones 


ULTIMOS  CAPS.  DEL  DEUTERONOMIO 


185 


son  las  de  los  profetas  de  esa  época".  —  Recuérdese  que  el  Altísimo 
del  V.  8  es  el  dios  fenicio  El-Elyon,  del  cual  ya  hemos  hablado  en  §  92 
y  2270.  L.  B.  d.  C,  siguiendo  la  versión  de  los  LXX  y  la  Vetus  Latina, 
o  sea,  la  versión  latina  anterior  a  San  Jerónimo,  hecha  sobre  el  texto 
griego,  traduce  el  final  del  v.  8:  "según  el  número  de  los  hijos  de  Dios", 
en  vez  de:  "según  el  número  de  los  hijos  de  Israel",  como  trae  el  texto 
hebreo  masorético  (T.  M.  §  34).  Y  anotando  ese  v.  8^,  dice:  "Los  hijos 
de  Dios  son  los  seres  divinos,  subordinados  a  Yahvé  (cf.  Gén.  6,  2; 
Job  1,  6;  2,  i";  véase  también  nuestra  Introducción  §  51).  Según  nues- 
tro pasaje,  como  según  Dan.  10,  13,  20-21;  12,  1,  cada  pueblo  tiene  por 
patrono  uno  de  esos  hijos  de  Dios  que  lo  representa  y  lo  defiende;  tan 
sólo  Israel  tiene  el  privilegio  de  tener  por  protector  divino  al  mismo 
Yahvé  (cf.  Deut.  4,  19-20).  Para  el  T.  M.  es  según  el  número  de  los 
hijos  de  Israel  que  el  Altísimo  fijó  los  límites  de  los  pueblos;  pero  con 
esta  variante  el  pasaje  sería  muy  enigmático:  según  unos,  significaría 
que  los  pueblos  del  mundo  son  innumerables  o  que  son  70  como  los 
descendientes  de  Jacob  (Gén.  46,  27)  ;  según  otros,  que  había  12  na- 
ciones en  Canaán;  para  algunos,  debe  entenderse  por  pueblos  las  tribus 
de  Israel;  y  para  otra  opinión,  según  el  número  significa  aquí  "tenien- 
do en  cuenta  anticipadamente  el  número  que  debían  alcanzar  los 
israelitas". 

3376.  El  cap.  33  contiene  el  poema  titulado  la  bendición  de 
Moisés,  transcrito  y  comentado  en  §  314-328.  Sobre  ese  poema  escribe 
L.  B.  d.  C.:  "La  bendición  propiamente  dicha  (vs.  6-25)  se  halla  en- 
cuadrada entre  dos  fragmentos  líricos  con  los  cuales  no  tiene  estrechos 
lazos  {2-5  y  26-29)  y  que  indudablemente  formaban  las  dos  mitades 
de  un  salmo.  Este  salmo  que  es  un  tedeum  de  victoria,  no  juzgándolo 
sino  por  su  contenido  podría  ser  muy  antiguo;  sin  embargo,  a  causa 
de  su  estilo,  muy  vecino  del  de  "el  Cántico"  (cap.  32),  se  le  considera 
generalmente  como  del  fin  del  destierro.  Por  el  contrario  la  bendición 
es  seguramente  antigua,  y  debió  ser  compuesta  en  tiempo  en  que  aun 
existían  las  tribus,  es  decir  antes  de  la  destrucción  del  reino  de  Israel 
(año  722).  Tiene  evidente  parentesco  (véase  en  particular  la  estrofa 
sobre  José)  con  la  bendición  de  Jacob  (Gén.  49;  §  2049-2063)  ;  pero 
refleja  una  época  más  reciente:  Rubén  está  a  punto  de  extinguirse; 
Simeón  ha  desaparecido;  Leví  ha  llegado  a  ser  una  casta  sacerdotal; 
Judá  ha  decaído;  José  tiene  marcada  preponderancia  y  parece  hallarse 
en  brillante  situación,  como  ocurrió  bajo  Jeroboam  ÍI  (por  los  años 
783-743).  Este  retrato  de  las  tribus  parece,  pues,  haber  sido  compuesto 
en  el  siglo  VIII  y  en  el  reino  del  Norte,  a  juzgar  por  lo  que  se  dice 
de  Judá  y  de  José.  El  orden  en  el  cual  están  enumeradas  las  tribus  se 
separa  del  que  predomina  en  las  tradiciones  hebreas". 

3377.  Y  finalmente  en  el  cap.  34,  último  del  Deuteronomio,  pro- 
veniente en  su  mayor  parte  de  un  escritor  de  la  escuela  sacerdotal,  se 


186 


TRASCENDENCIA  DEL  DEUTERONOMIO 


narran  los  últimos  momentos  de  la  vida  de  Moisés.  Sobre  este  tema, 
léase  lo  que  hemos  dicho  en  §  329-330.  De  las  notas  de  L.  B.  d.  C. 
sobre  ese  capítulo,  tomamos  las  siguientes:  1°  Sobre  el  detalle  de  lo 
que  Yahvé  hizo  contemplar  a  Moisés  desde  el  monte  Nebo  (vs.  1-3), 
expresa:  "La  enumeración  que  sigue  de  las  regiones  percibidas  de 
lo  alto  del  monte  Nebo,  debe  haber  sido  agregada  tardíamente,  porque 
el  Pentateuco  Samaritano  lo  da  bajo  forma  completamente  distinta: 
"desde  el  torrente  de  Egipto,  el  Eufrates  y  hasta  el  mar  Occidental" 
(cf.  Gén.  15,  75;  Deut.  11,  24;  §  2277).  —  2?  Anotando  el  v.  5  que 
dice  que  Moisés  murió  allí  por  orden  o  conforme  a  la  orden  de  Yahvé, 
expone  que  literalmente  se  lee  en  el  hebreo  sobre  la  boca  de  Yahvé;  y 
de  ahí,  la  leyenda  rabínica  según  la  cual  Moisés  habría  exhalado  su 
último  suspiro  en  un  beso  de  Yahvé,  §  334. 

LA  IMPORTANCIA  TRASCENDENTAL  DEL  DEUTERONOMIO.— 3378. 
La  composición  de  ese  libro,  reconocido  oficialmente  por  Josías  como 
"libro  de  la  Ley",  fue  un  suceso  histórico  cuya  importancia  sobrepasó 
en  mucho  lo  que  hubieran  podido  imaginar  sus  autores.  Ejerció  una  ac- 
ción decisiva  sobre  la  vida  religiosa  de  Israel  en  todos  sus  dominios  y 
la  ejerce  aún  sobre  el  cristianismo,  que  no  es  sino  una  rama  herética  de 
la  religión  israelita.  Esa  influencia  se  ha  hecho  sentir  sobre  todo  en  lo 
siguiente:  1"?  Como  dice  el  escritor  cristiano  H.  Trabaud,  "fue  el  Deute- 
ronomio  el  primer  paso  dado  en  el  camino  que  ha  conducido  a  la  forma- 
ción de  una  escritura  santa  y  se  puede  afirmar  que  sufrimos  aún  hoy 
sus  consecuencias,  puesto  que  el  cristianismo  histórico,  al  adoptar  el 
Antiguo  Testamento  agregándole  los  escritos  de  la  nueva  alianza  (es 
decir,  los  de  la  religión  de  Jesús),  ha  llegado  a  ser  también  una  reli- 
gión que  tiene  en  su  base  un  libro  sagrado  como  norma  de  fe  y  de 
vida.  El  principio  del  canon  bíblico  se  encuentra  implícitamente  en  este 
mandamiento  que  el  deuteronomista  pone  en  boca  de  Yahvé:  Nada  aña- 
diréis a  lo  que  os  prescribo  y  nada  quitaréis  de  ello  (Deut.  4,  2;  12,  32; 
cf.  Apoc.  22,  18-19).  El  código  moabita  íque  también  así  se  suele  de- 
nominar el  5*?  libro  del  Pentateuco,  §  3238)  reivindica,  pues,  una  auto- 
ridad absoluta  sobre  aquellos  cuya  vida  religiosa  y  moral  pretende  di- 
rigir, y  quiere  se  le  considere  como  sagrado,  no  sólo  en  su  espíritu,  sino 
también  en  su  letra.  Tenemos  por  consiguiente  aquí  además  el  punto  de 
partida  del  dogma  de  la  inspiración,  inseparable  del  dogma  del  canon" 
(Les  E tapes,  ps.  72-73). 

3379.  2°  Contribuyó  poderosamente  el  Deuteronomio  a  la  deca- 
dencia del  profetismo,  ya  que  no  era  necesario  como  antes,  acudir  a 
los  inspirados  de  Yahvé  para  conocer  los  mandatos  de  este  dios.  La 
autoridad  de  las  disposiciones  legales  puestas  por  escrito,  considera- 
das como  órdenes  inmutables  del  dios  nacional,  volvía  innecesaria  las 
recomendaciones  orales  de  los  profetas;  y  así  Jeremías  constató  que 


TRASCENDENCIA  DEL  DEUTERONOMIO 


187 


muchos  de  sus  compatriotas  rehusaban  escucharlo,  aduciendo  que  eran 
sabios,  puesto  que  tenían  la  tora  de  Yahvé  (Jer.  8,  8;  §  3223). 

3380.  39  Como  hemos  visto  en  los  §  3225-3226,  3241,  el  Deute- 
ronomio  vino  a  resultar  de  una  transacción  entre  los  profetas,  sus  dis- 
cípulos y  los  sacerdotes  jerosolimitanos.  Los  primeros  imbuidos  de 
ideas  anticananeas  y  acérrimamente  contrarios  a  los  cultos  de  los  pue- 
blos que  habitaban  en  Palestina  antes  de  la  conquista,  y  a  los  de  las 
naciones  vecinas,  censuraron  con  acritud  la  vulgarizada  práctica  de  los 
sacrificios;  pero  en  la  citada  transacción,  se  vieron  obligados  a  admi- 
tirlos, concesión  de  singular  gravedad  y  trascendencia.  Como  dice  con 
razón  Lods:  "El  Deuteronomio,  por  el  hecho  de  reformar  el  culto  del 
Templo  y  de  reglamentarlo,  implícitamente  lo  sancionaba.  Al  procla- 
mar con  insistencia  que  Yahvé  exige  esencialmente  que  el  culto  se  ce- 
lebre en  un  lugar  determinado,  admitía  ipso  jacto  que  Yahvé  desea  que 
el  culto  sea  celebrado,  lo  que  era  admitir  en  la  religión  espiritual  de 
los  profetas  un  bloque  macizo  de  religión  popular,  es  decir,  intrínsica- 
mente  del  antiguo  paganismo  semítico:  el  Templo  de  Jerusalén  con  su 
culto .  .  .  Sin  duda  esperaban  los  reformadores,  que  ese  residuo  de  reli- 
gión popular  sería  neutralizado  y  vuelto  inofensivo  por  el  espíritu  ge- 
neral del  movimiento  que  ellos  querían  determinar.  Esas  esperanzas 
no  se  realizaron  enteramente,  pues  dicho  residuo  obró  más  bien  a 
modo  de  levadura  que  transforma  toda  la  pasta  en  la  cual  está  su- 
mergido" {Hist.  de  la  Litt.  p.  372). 

3381.  49  La  centralización  del  culto  en  Jerusalén  tuvo  entre  otras, 
las  dos  consecuencias  siguientes:  a)  dividir  el  clero  en  dos  castas  di- 
versas, a  saber,  la  de  los  sacerdotes  jerosolimitanos  y  la  de  los  antiguos 
sacerdotes  de  los  altos  de  la  campaña,  desposeídos  de  sus  funciones,  y 
transformados  en  subordinados  de  aquéllos,  de  donde  saldrá  más  tarde 
la  distinción  entre  sacerdotes  y  levitas  (§  3214,  3229,  3345).  b)  Según 
expresa  el  citado  profesor  Lods,  "esa  reforma  tuvo  por  efecto  modifi- 
car profundamente  el  papel  y  el  carácter  mismo  del  culto,  al  romper 
los  lazos  que,  tanto  en  Israel  como  en  toda  la  antigüedad,  lo  habían 
unido  a  las  mil  circunstancias  de  la  vida  diaria  y  local,  pues  en  ade- 
lante, exceptuando  algunos  días  en  el  año  — cuando  las  grandes  fies- 
tas—  el  sacrificio  desaparece  de  la  existencia  de  los  judíos  que  no  ha- 
bitaban en  la  capital.  Se  requerirá  que  la  piedad  de  esas  multitudes  de 
fieles  halle  nuevos  medios  de  expresión,  y  será  entonces  el  culto  de  la 
sinagoga"  {Les  Prophétes,  p.  175). 

3382.  5°  Y  finalmente  nota  el  aludido  pastor  H.  Trabaud  que  la 
relación  que  establece  la  Ley  entre  Israel  y  su  dios  es  la  de  una  alianza 
que  habría  sido  concluida  con  los  patriarcas  y  renovada  ya  en  Horeb, 
ya  en  el  país  de  Moab,  y  que  a  partir  del  reconocimiento  oficial  del 
Deuteronomio  por  Josías  llega  a  ser  predominante  esa  noción  de  alian- 
za, que  también  ha  pasado  del  judaismo  a  la  Iglesia.  Al  mismo  tiempo 


188 


EL  PUEBLO  DEL  LIBRO 


viene  a  ser  correlativa  de  la  de  ley  escrita,  y  es  como  tal  que,  en  la  li- 
teratura profética  aparece  por  primera  vez  en  Jeremías.  La  alianza, 
cuya  iniciativa  proviene  de  Yahvé,  y  que  es  la  obra  de  su  gracia,  hace 
de  Israel  un  pueblo  santo,  consagrado  a  su  dios:  en  su  carácter  de 
nación  apartada  para  el  servicio  de  Yahvé,  se  opone  a  los  pueblos  que 
no  conocen  al  verdadero  Dios.  Estos  en  adelante,  son  comprendidos 
bajo  el  epíteto  común  de  gentiles,  siéndoles  prohibido  a  los  israelitas 
todo  contacto  con  ellos  [Les  Etapes,  p.  74).  — -  En  resumen,  la  pro- 
mulgación del  Deuteronomio,  o  sea,  su  aceptación  por  Josías  y  el  pue- 
blo como  obra  directamente  inspirada  por  Yahvé,  ha  sido  el  funda- 
mento de  la  Tora,  que  ha  convertido  a  los  judíos  en  el  pueblo  del  libro. 
Desde  entonces  comenzó  ese  pueblo  a  tener  su  literatura  sagrada,  a  la 
que  se  le  puede  formular  todas  las  observaciones  que  hemos  hecho  en 
nuestra  Introducción,  §  363-372. 


CAPITULO  IX 


El  profeta  Nahum 


3383.  Los  profetas  del  siglo  VII,  algunos  de  cuyos  escritos  han 
llegado  a  nosotros,  son:  Nahum,  Sofonías,  Jeremías  y  Habacuc,  los 
cuales  iremos  estudiando  en  el  orden  indicado. 

NAHUM.  EL  HOMBRE.  —  Nada  sabemos  de  su  persona,  fuera  de 
los  escasos  datos  que  pueden  obtenerse  de  su  pequeño  libro  que  figura 
en  nuestras  Biblias.  Su  nombre,  que  significa  "consolador"  o  "consola- 
ción" es  único  en  el  A.  T.  A  estar  con  lo  que  se  dice  en  el  título  del 
libro  (1,  i)  se  le  llamaba  "el  elcosita",  es  decir,  oriundo  de  Elcos,  ig- 
norada localidad,  pues  hasta  se  desconoce  su  ubicación.  Antiguos  escri- 
tores, como  Ensebio  y  Jerónimo,  supusieron  que  ella  debía  buscarse  en 
Galilea;  pero  una  tardía  tradición  que  remonta  al  siglo  XVI  n.  e.  sos- 
tiene que  Nahum  era  descendiente  de  los  israelitas  deportados  a  Asiría 
después  de  la  toma  de  Samaría  en  el  año  722,  y  que  procedía  de  una 
aldea  Alcusch  frente  a  Mosul,  al  N.  de  Níníve,  sobre  la  ribera  E.  del  Ti- 
gris, donde  se  aseguraba  que  se  encontraba  su  tumba.  Otros  han  pretendi- 
do ver  en  el  burgo  galileo  de  Capernaúm,  tan  nombrado  en  los  Evange- 
lios, el  lugar  de  procedencia  de  nuestro  profeta,  ya  que  Capernaúm 
podría  haber  sido  llamada  Kefar-Nahum,  o  sea,  aldea  de  Nahum,  hipó- 
tesis inadmisible,  pues,  como  dice  L.  Gautier,  "si  Elcos  después  hubie- 
ra sido  denominada  Capernaúm,  los  Padres  de  la  Iglesia  no  habrían 
dejado  de  expresar  este  importante  detalle"  {Intr.  I,  p.  507).  En  re- 
sumen, nada  cierto  se  sabe  sobre  el  origen  y  lugar  del  nacimiento 
de  Nahum. 

EL  LIBRO.  3384.  —  Si  nada  sabemos  respecto  a  la  persona  del 
profeta,  en  cambio  se  puede  conjeturar  con  bastante  verosimilitud,  la 
fecha  en  que  escribió  el  poema  que  de  él  nos  ha  sido  conservado.  En 
efecto,  en  ese  trozo  poético,  aunque  muy  retocado  posteriormente,  — 
como  los  demás  escritos  de  los  profetas — ,  se  menciona  la  ruina  de 
Tebas,  o  sea  No-Amón,  lo  que  efectuó  el  rey  asirio  Asurbanipal  en 


190 


SALMO  ALFABETICO 


667  y  663,  suceso  de  gran  resonancia  que  impresionó  vivamente  y  por 
mucho  tiempo  a  todos  los  habitantes  de  las  comarcas  del  Mediterrá- 
neo oriental.  Además,  aunque  el  poema  lleva  por  título:  "oráculo  so- 
bre Nínive"  —lo  que  haría  lógicamente  suponer  su  anterioridad  al  fin 
de  esa  ciudad — ,  es  una  composición  que,  bien  que  para  unos  intér- 
pretes, fue  escrita  poco  antes  de  la  caída  de  Nínive,  cuando  la  debili- 
dad de  los  sucesores  de  Asurbanipal  y  los  recios  y  repetidos  ataques  de 
Ciaxares,  rey  de  los  medos,  unido  a  Nabopolasar,  jefe  de  los  babilo- 
nios, hacían  naturalmente  presumir  su  próximo  aniquilamiento,  en 
cambio,  para  otros,  ese  poema  fue  compuesto  inmediatamente  después 
de  la  caída  de  esa  capital  asiría  en  612,  cuya  ruina  y  destrucción  se 
describen  con  vivos  colores.  La  obrita,  pues,  posterior  al  año  667,  (tér- 
mino ad  quem)  debe  haber  sido  escrita  poco  antes  o  poco  después  del 
612,  cuando  estaba  a  punto  de  caer  o  cayó,  para  no  levantarse  más 
aquella  capital  del  más  odiado  de  los  imperios  orientales.  El  examen 
del  poema  nos  dirá  por  cuál  de  estas  últimas  fechas  deberemos  deci- 
dirnos. "Se  comprenden,  dice  Lods,  los  sentimientos  de  alivio  patrió- 
tico y  de  confianza  entusiasta  en  Yahvé  que  despertó  en  los  habitantes 
de  Judá,  durante  este  período  de  decadencia  de  Asiría,  la  perspectiva 
cada  vez  más  segura  de  la  caída  da  los  tiranos;  y  son  esos  sentimientos 
cuyo  eco  vibrante  nos  trae  el  pequeño  libro  de  Nahum"  {Hist.  de  la 
Litt.  Heh.  p.  398).  Ese  opúsculo,  puede,  en  consecuencia,  ser  conside- 
rado, según  lo  nota  L.  B.  d.  C,  como  un  conjunto  de  predicciones  anun- 
ciadoras de  la  destrucción  de  Nínive,  o  "como  la  liturgia  de  un  Tedeum 
celebrado  poco  después  de  dicho  acontecimiento,  y  atribuyendo  a  Yahvé 
esa  insigne  liberación". 

1"?  SALMO  ALFABETICO.  —  3385.  Pasemos  ahora  al  estudio  de 
dicho  poema,  de  acuerdo  con  la  traducción  que  de  él  nos  da  L.  B.  d.  C. 
Su  contenido  puede  dividirse  del  siguiente  modo:  1°  una  especie  de 
salmo  alfabético  con  las  once  primeras  letras  del  alfabeto  hebreo,  que 
constituyen  un  canto  de  alabanza  a  Yahvé  (1,  2-8)  ;  2°  pregunta  sobre 
el  motivo  de  esas  alabanzas  y  respuesta  (1,  9-11)  ;  S"?  oráculo  contra 
el  rey  de  Asur  (1,  12-14)  ;  4°  canto  de  victoria  (1,  15,  2,  2)  ;  59  visión 
de  la  toma  de  Nínive  (2,  1,  3-10)  ;  69  canto  fúnebre  sobre  la  ciudad 
(2,  11-13)  ;  79  imprecación  contra  ella  y  nueva  descripción  de  su  caída 
(3,  1-4)  ;  89  oráculo  de  Yahvé  (3,  5-7)  ;  99  sátira  contra  dicha  capital 
(3,  8-17);  y  109  canto  fúnebre  irónico  sobre  Asiría  (3,  18-19).  El  tí- 
tulo del  libro  se  halla  en  su  primer  versículo  del  cap.  1,  que  dice  así: 
"Oráculo  sobre  Nínive.  Libro  de  la  visión  de  Nahum  el  elcosita",  título 
que,  como  es  de  suponer,  fue  puesto  posteriormente  por  un  coleccio- 
nador de  los  escritos  proféticos.  Viene  en  seguida  el  siguiente  salmo  o 
himno  alfabético  (§  1163): 


SALMO  ALFABETICO 


191 


Alef        2  Yahvé  es  un  dios  celoso  y  vengador. 

Yahvé  es  un  vengador  de  ardiente  cólera. 

Yahvé  ejecuta  venganza  en  sus  adversarios; 

Reserva  la  severidad  para  sus  enemigos. 
3  Yahvé  es  paciente  y  rico  en  bondad, 

Pero  no  dejaría  impune  el  crimen. 
Bet  Camina  a  través  de  la  tempestad  y  del  huracán, 

Y  las  nubes  son  el  polvo  que  levantan  sus  pasos. 
Guimel    4  Reprende  a  la  mar  y  la  deja  en  seco; 

Agola  todos  los  ríos. 
Dalet  El  Basán  y  el  Carmelo  lloran, 

Y  se  marchita  la  flor  del  Líbano. 
He          5  Las  montañas  tiemblan  ante  él. 

Y  los  collados  vacilan. 
Vau           La  tierra  se  baja  ante  él. 

El  mundo  y  todos  sus  habitantes. 
Zain        6  Cuando  estalla  su  indignación  ¿quién  podría  resistirlo 

Y  quién  afrontaría  el  ardor  de  su  cólera? 
Het            Su  furor  se  derrama  como  fuego 

Y  aún  los  peñascos  son  consumidos. 

Tet         7  Yahvé  es  bueno  para  aquellos  que  en  él  esperan; 

Refugio  en  el  día  de  la  aflicción. 
Yod  Cuida  de  aquellos  que  en  él  confían, 

8  Cuando  desborda  la  crecida  de  las  aguas; 
Caí  Aniquila  a  los  que  contra  él  se  levantan 

Y  persigue  a  sus  enemigos  hasta  en  las  tinieblas. 


3386.  Sobre  este  canto  de  alabanza  a  Yahvé,  escribe  L.  B.  d.  C: 
"Los  vs.  2-8  constituyen  un  himno  en  el  que  se  exalta  el  poder  eterno 
de  Yahvé,  y  también  su  triunfo  actual  sobre  sus  enemigos  y  la  libera- 
ción que  acuerda  en  ese  momento  al  pueblo  de  Israel.  A  pesar  de  algu- 
nas faltas  de  copistas,  fáciles  de  corregir,  se  ve  que  este  salmo  era 
alfabético:  los  versos  comenzaban  cada  uno  por  una  de  las  primeras 
letras  del  alfabeto  hebreo,  colocadas  en  el  orden  en  que  figuran  en  la 
lista  tradicional.  Muchos  críticos  creen  encontrar  en  los  versículos  si- 
guientes restos  de  versos  que  comenzaban  por  las  otras  letras  del  alfa- 
beto; pero  la  poesía  litúrgica  judía  conocía  otros  ejemplos  de  acrósti- 
cos parciales".  Tocante  a  lo  que  se  expresa  en  el  v.  4  de  que  Yahvé 
reprende  a  la  mar  y  la  deja  en  seco  así  como  a  los  ríos,  léase  lo  que 
sobre  este  terna  hemos  escrito  en  nuestra  Introducción,  §  30  y  ss.  Al 
respecto  manifiesta  L.  B.  d.  C.  que  esa  primera  parte  del  v.  4,  alude 
"a  una  antigua  tradición  según  la  cual  obligó  Yahvé  por  sus  amena- 
zas a  retirarse  a  sus  límites  actuales  a  la  mar  primitiva  sublevada.  Se- 
gún uno  de  los  poemas  fenicios  descubiertos  en  Ras  Shamrá,  los  ríos 


192 


TEOFANIAS  DE  YAHVE 


se  asociaron  a  la  mar  en  su  lucha  contra  Baal,  y  es  esta  forma  de  la 
tradición  que  se  tiene  en  vista  aquí,  lo  mismo  que  en  Hab.  3,  8". 

3387.  Por  lo  que  se  ve,  nos  hallamos  aquí  ante  un  salmo  o  frag- 
mento del  mismo  en  el  que  no  se  menciona  para  nada  a  Nínive  ni  a 
Judá,  y  en  el  que  haciéndose  el  panegírico  del  dios,  se  describe  su  irre- 
sistible poder  en  una  de  las  habituales  teofanías  de  Yahvé,  cuando  se 
le  ocurría  descender  a  este  mundo  para  ejercer  sus  venganzas  o  cele- 
brar sus  juicios.  Se  presenta  en  medio  de  la  tempestad;  suá  pasos  le- 
vantan gran  cantidad  de  polvo,  formando  nubes;  tiembla  la  tierra,  va- 
cilan las  montañas;  seca  los  ríos  y  aun  la  misma  mar,  desbordándose 
su  furor  que,  como  un  fuego,  consume  hasta  los  mismos  peñascos.  Ex- 
presa a  la  vez  el  salmista  que  Yahvé  es  paciente  y  misericordioso,  y 
que  a  pesar  de  su  carácter  vengativo,  es  bueno  para  aquellos  que  en 
él  confían,  y  es  un  refugio  en  la  adversidad;  que  aniquila  a  los  que 
contra  él  se  levantan  y  persigue  a  sus  enemigos  hasta  en  las  tinieblas, 
lo  que  según  L.  B.  A.  significa  que  Yahvé  los  precipitará  en  la  noche 
eterna,  pues  su  ruina  será  completa  y  definitiva.  Para  L.  Gautier  "este 
trozo  fue  indudablemente  tomado,  en  época  más  tardía,  de  una  colec- 
ción de  cánticos,  y  colocado  al  comienzo  del  oráculo  de  Nahum,  para 
servirle  de  prólogo.  Está  seguido  de  una  serie  de  versículos  (1,  11-2,  3), 
en  los  cuales  se  encuentran  mezclados  pasajes  que  proceden  del  prin- 
cipio original  de  la  obra  de  Nahum  (1,  12",  14,  2,  2)  con  otros  ele- 
mentos de  procedencia  más  reciente.  Sólo  nos  ha  sido  conservado  el 
texto  auténtico  de  Nahum  a  partir  de  2,  4"  (Introducción,  I  p.  509). 
Este  prólogo,  que  sería  la  primera  parte  de  un  salmo  alfabético,  está 
escrito,  en  opinión  de  Nowack,  "en  el  estilo  incoloro  de  la  poesía  esca- 
tológica  posterior  al  destierro".  En  la  mente  del  compilador,  pues,  la 
teofanía  detallada  que  hemos  transcrito  (1,  2-8),  serviría  para  mostrar 
que  Yahvé  descendió  de  su  morada  para  marchar  contra  Nínive,  cul- 
pable de  haberse  ensoberbecido  contra  él,  y  a  la  cual,  en  su  implaca- 
ble cólera,  arrasará  totalmente. 

2"  PREGUNTA  Y  RESPUESTA.  —  3388. 

1,  9  ¿Por  qué  exaltáis  a  Yahvé? 
El  es  quien  consuma  la  ruina; 

No  se  producirá  dos  veces  la  adversidad,  (o  la  opresión), 

10  Porque  el  enemigo  es  semejante  a  espinas,  a  zarzas... 
Ha  sido  consumido  como  paja  seca.  ■ 

11  Ha  llegado  el  término  de  tus  días, 

A  ti  que  urdes  la  rebelión  contra  Yahvé, 
Fautor  de  iniquidades. 

Estos  versículos,  bastante  oscuros  en  el  original,  han  sido  muy  diver- 
samente traducidos.  Así  las  versiones  que  siguen  el  T.  M.,  traen  en  el 


DETALLES  LITURGICOS 


193 


V.  9:  pQué  meditáis  contra  Yahvé?,  en  vez  de:  ¿Por  qué  exaltáis  a 
Yahvé.'',  como  con  Humbert,  traduce  L.  B.  d.  C,  la  que  anota:  "Esta 
pregunta  es  un  procedimiento  retórico  empleado  para  justificar  el  him- 
no precedente  por  una  alusión  a  la  derrota  de  Asur".  El  v.  10"  suele 
traducirse,  más  o  menos  en  esta  forma:  ^''Porque  aunque  estuviesen  en- 
tretejidos como  espinos  y  empapados  en  su  vino.  .  .";  pero  L.  B.  d.  C, 
que  no  se  atreve  a  traducir  la  parte  final  de  esa  frase,  explica  tal  pro- 
ceder de  este  modo:  "El  hebreo  tiene  aquí  dos  palabras  que  significan 
literalmente:  cuando  ellos  beben...  bus;  lo  que  probablemente  es  una 
repetición  alterada  de  dos  palabras  precedentes".  Reuss,  que  da  la  tra- 
ducción antes  mencionada,  manifiesta  que  esas  dos  líneas  del  v.  10 
son  lo  más  oscuras,  por  lo  que  no  pretende  haber  expresado  el  verda- 
dero sentido  de  ellas,  a  las  que  se  les  da  múltiples  y  diferentes  inter- 
pretaciones. Y  agrega:  "Nuestra  traducción  expresa  la  idea  que  los 
asirios  perecerán  como  la  paja  en  el  fuego,  aunque  fuesen  inaccesibles 
al  hombre  como  una  región  de  malezas,  y  al  fuego  como  el  vino.  El 
autor  habría  escogido  la  imagen  del  vino,  con  preferencia  al  agua,  para 
recordar  la  inclinación  a  la  ebriedad  de  este  país,  o  de  sus  jefes.  Al- 
gunos consideran  que  la  mención  del  vino  alude  a  la  embriaguez  del 
ardor  guerrero;  otros  traducen:  Ellos  serán  devorados...  mientras  se 
embriagan,  &".  Los  vs.  10  y  11  se  refieren  indudablemente  a  Nínive, 
ciudad  a  la  que  se  califica  de  "fautor  de  iniquidades^',  cuya  existencia 
acaba  de  terminar,  como  lo  indican  los  verbos  en  pasado  — pues  en 
hebreo  el  imperfecto  corresponde,  según  el  contexto,  tanto  al  pretérito 
como  al  futuro—  según  la  traducción  de  L.  B.  d.  C.  y  de  Humbert: 
"El  enemigo  ha  sido  consumido  como  paja  seca";  y  de  L.  B.  d.  C:  "ha 
llegado  el  término  de  tus  días".  De  todo  esto  resulta  que  "la  voz  que 
después  del  himno  de  exaltación  del  poderío  de  la  divinidad  nacional, 
pregunta:  "¿Por  qué  exaltáis  a  Yahvé?"  se  dirige  a  una  colectividad, 
como  «observa  P.  Humbert,  por  lo  tanto  dicho  himno  se  considera  pro- 
nunciado por  la  multitud  israelita  que  celebra  a  su  dios,  el  dios  de  las 
venganzas.  .  .  La  multitud  proclama  que  ya  se  ha  consumado  la  des- 
trucción del  adversario,  destrucción  tan  radical  que  queda  excluido  en 
adelante  todo  retorno  ofensivo.  La  imagen  de  las  espinas,  las  zarsas  y 
la  paja  que  se  queman  para  limpiar  el  terreno,  traduce  su  total  aniqui- 
lamiento. Por  la  forma  y  por  el  fondo,  esta  respuesta  tiene  también  el 
carácter  de  himno:  es  nuevamente  la  certeza  de  la  jubilosa  liberación" 
(R.  H.  Ph.  R.  f?  12,  ps.  6-7). 

3"?  ORACULO  CONTRA  EL  REY  DE  ASUR.  —  3389. 

12  Así  ha  hablado  Yahvé: 

"Por  potentes  y  numerosos  que  sean 

Serán  aniquilados  definitivamente.  (Texto  muy  incierto). 


194 


CONTRA  ASIRIA 


No  te  abrumaré  nunca  más  (a  Judá) ; 

13  Quebraré  ahora  el  yugo  que  pesaba  sobre  ti 
Y  romperé  tus  ligaduras" . 

14  En  cuanto  a  ti,  he  aquí  lo  que  ha  decretado  Yahvé: 
"Ninguna  descendencia  perpetuará  más  tu  nombre. 
Del  templo  de  tus  dioses  haré  desaparecer 
Imágenes  esculpidas  y  estatuas  de  metal. 
Saquearé  tu  sepultura,  porque  eres  maldito". 

El  autor  de  este  trozo  se  dirige  tan  pronto  a  Judá  (vs.  12^-13)  como  al 
rey  de  Asiría  (v.  14),  por  lo  que  Humbert  opina  que  después  de  1,  10, 
hay  dos  oráculos:  uno,  1,  12,13,  y  el  otro,  1,  14",  11,  14^.  Sobre  este 
último  V.  14,  anota  L.  B.  d.  C:  "Aquí  Yahvé  se  vuelve  hacia  el  ene- 
migo, que  no  debe  ser  la  ciudad  de  Nínive  (femenino),  porque  a  ti  está 
en  masculino  en  hebreo,  sino  que  se  dirige  al  rey  de  Asiría,  que  era 
Sir-char-íchkun,  quien  reinaba  cuando  Nabopolasar,  soberano  de  Ba- 
bilonia, aliado  a  Ciaxares,  rey  de  los  medos,  se  apoderó  de  Nínive  y 
la  arrasó  en  julio  y  agosto  de  612,  así  como  figura  en  la  Crónica  neo- 
babilónica  de  Nabopolasar  descubierta  en  1923".  Muchas  versiones  en 
vez  de  "Saquearé  tu  sepultura,  porque  eres  maldito",  del  final  del  v.  14, 
traen:  "Yo  preparo  tu  tumba,  porque  tú  has  sido  liviano".  Admitien- 
do esta  última  traducción,  anota  Reuss:  "Para  esta  imagen,  véase  Job 
31,  6;  Dan.  5,  27,  en  la  que  se  encuentra  la  balanza  en  la  cual  Dios 
pesa  el  valor  de  los  mortales,  como  éstos  hacen  con  los  metales  preciosos". 

4"?  CANTO  DE  VICTORIA.  —  3390. 

15  He  aquí  sobre  las  montañas  llega  presuroso  el  mensajero 

[de  buenas  nuevas. 

Que  anuncia  la  paz  {o  la  liberación). 
Celebra  tus  fiestas,  oh  Judá, 
Cumple  tus  votos. 

Porque  nunca  más  verás  pasar  en  tu  territorio 
El  malvado  (o  el  adversario) ;  ha  sido  totalmente  destruido. 
2,  2  Pues  Yahvé  restaura  la  grandeza  de  Jacob, 
Asi  como  la  grandeza  de  Israel, 
Que  saqueadores  habían  despojado. 
Destruyendo  sus  sarmientos. 

El  escritor  expresa  poéticamente  la  llegada  del  mensajero,  que  presu- 
roso trae  la  buena  nueva  de  que  ya  ha  sido  totalmente  aniquilado  el 
malvado  opresor  asirio,  que  nunca  más  volverá  a  pisar  el  territorio  de 
Judá.  E  invita  a  sus  compatriotas  a  presenciar  la  llegada  de  ese  men- 
sajero, a  la  vez  que  les  pide  que  celebren  sus  fiestas  y  que  cumplan  los 


CANTO  DE  VICTORIA 


195 


votos  que  habían  formulado  por  su  liberación  de  aquel  odioso  enemigo. 
Viene  a  decirles:  efectuad  los  sacrificios  prometidos  en  caso  de  victo- 
ria; ofrecedlos,  pues,  ahora,  que  ésta  se  ha  realizado  y  ya  sois  libres. 
Nota  con  razón  Humbert,  que  "estas  alusiones  a  las  alegres  fiestas  y  al 
cumplimiento  de  los  votos,  serían  evidentemente  irrisorias  si  se  tratase 
de  una  simple  anticipación  poética  (Ib,  p.  7).  Yahvé  restaura  así  nue- 
vamente la  gloria  de  su  pueblo,  despojado  por  saqueadores,  es  decir, 
por  Asiría  que  le  imponía  pesados  tributos.  Nótese  que  estamos  aquí, 
no  ante  una  predicción  de  hechos  futuros,  sino  ante  un  cántico  de  vic- 
toria por  hechos  consumados.  Este  v.  15  aparece  en  las  Biblias  hebreas 
como  el  primer  versículo  del  capítulo  siguiente,  quedando  por  lo  tanto 
alterado  en  ellas  la  numeración  de  los  versículos.  En  cuanto  a  la  trans- 
posición de  colocar  el  v.  2  antes  del  1,  correspondientes  al  cap.  2,  la 
justifica  L.  B.  d.  C.  diciendo  que  lo  hace  para  unir  el  v.  1  con  los  vs. 
3  y  ss.  que  detallan  los  preparativos  del  combate  que  en  seguida  se 
describe.  En  resumen,  la  mayor  parte  de  los  críticos  independientes  con- 
sideran que  el  cap.  1  y  2,  2  no  pertenecen  a  Nahum,  y  Lods  manifiesta 
al  respecto:  "Estas  adiciones  fueron  hechas  — como  la  mayor  parte  de 
las  interpolaciones  insertas  en  las  obras  de  los  profetas — ,  con  el  fin 
de  dar  a  sus  discursos,  siempre  consagrados  a  sucesos  históricos  espe- 
ciales, el  alcance  de  revelaciones  escatológicas,  y  para  acentuar  en  ellas 
el  elemento  promesa;  además,  aquí,  para  dar  mayor  lugar  a  la  nota 
religiosa,  que  faltaba  casi  enteramente  en  la  obra  original"  (Hist.  de 
la  Litt.  Heb.  p.  403). 

5"  VISION  DE  LA  TOMA  DE  NINIVE.  —  3391. 

2,  1  Sube  a  las  almenas  para  ejercer  la  vigilancia; 
Haz  la  guardia  (o  guarda  la  fortaleza,  T.  M.) 

3  Los  Valientes  llevan  escudo  rojo; 
Los  Bravos  están  vestidos  de  púrpura. 

Los  conductores  ponen  en  línea  sus  carros  de  acero  resplan- 

[deciente; 

Los  soldados  de  caballería  blanden  sus  armas  (o  forman  sus 

[escuadrones) , 

4  Los  carros  pasan  en  torbellino  por  las  calles. 
Corren  veloces  a  través  de  las  plazas. 

Al  verlos,  se  creerían  antorchas  inflamadas; 

Muévense  rápidamente  por  todos  lados  como  relámpagos. 

5  A  la  señal,  los  guerreros  selectos  van  al  encuentro  de  sus 

[estandartes ; 

Se  lanzan  y  hacen  vacilar  al  adversario. 
En  columnas  de  asalto  se  precipitan  contra  las  murallas  de 

[la  ciudad 

Y  ya  está  preparado  el  mantelete  que  abriga  a  los  asaltantes. 


196 


LA  TOMA  DE  NINIVE 


6  Están  abiertas  las  puertas  de  los  canales; 
El  pánico  reina  en  el  palacio. 

7  Se  hace  salir  de  él  a  la  reina;  parte  para  el  destierro; 
También  son  llevadas  sus  servidoras. 

Que  gimen  como  palomas 
Y  se  golpean  el  pecho. 

8  Ninive  es  semejante  a  un  estanque 
En  el  que  desaparece  el  agua, 
¡Deteneos!  ¡Deteneos! 

Pero  nadie  se  vuelve. 

9  ¡Saquead  la  plata!  ¡saquead  el  oro! 
Hay  tesoros  sin  fin. 

Llenos  de  objetos  preciosos  de  toda  clase. 
10  ¡Desierto!  ¡soledad!  ¡devastación! 

Desfallece  el  corazón;  tiemblan  las  rodillas; 
Agudo  dolor  penetra  todos  los  riñones 
Sube  el  rubor  a  todos  los  rostros. 

3392.  En  lo  que  antecede,  tenemos  el  primer  cuadro  de  la  des- 
trucción de  la  capital  asiria,  descrita  en  estilo  visionario,  tal  como  se 
la  imaginó  Nahum,  en  su  inspiración  poética,  al  tener  noticia  de  este 
suceso.  No  dice  quienes  fueron  los  asaltantes,  ni  nombra  a  Ninive  hasta 
el  V.  8.  En  los  vs.  3-5  se  describe  el  ejército  de  los  que  atacan  a  dicha 
ciudad,  entre  los  cuales  nombra  dos  batallones  escogidos,  que  deno- 
mina los  Valientes  (1)  que  llevan  escudo  rojo  y  los  Bravos  con  vesti- 
dura de  color  púrpura.  Se  mencionan  especialmente  la  multitud  de  sus 
carros  de  guerra  resplandecientes  que  se  mueven  con  tan  increíble  ra- 
pidez que  semejan  antorchas  inflamadas  que  corrieran,  o  relámpagos 
que  se  entrecruzaran.  La  caballería  va  armada  de  lanzas  cuyas  astas 
son  de  ciprés;  y  sus  guerreros  escogidos,  con  estandartes,  se  lanzan  re- 
sueltamente contra  el  adversario,  al  que  hacen  retroceder.  En  colum- 
nas se  precipitan  al  asalto  contra  los  muros  de  la  ciudad,  llevando  man- 
teletes, o  sea,  tableros  forrados  de  metal,  con  ruedas,  que  servían  para 
guarecerse  de  las  piedras  y  demás  proyectiles  que  arrojaban  los  sitia- 
dos. Luego  el  poeta  pinta  en  breves  trazos,  lo  que  ocurre  en  la  ciudad 
sitiada:  habiendo  cedido  ante  el  empuje  del  enemigo  las  puertas  que 
daban  paso  a  los  canales  del  Tigris,  por  ellas  se  precipitan  los  asaltan- 
tes, y  el  pánico  reina  en  el  palacio,  del  cual  se  hace  salir  a  la  reina 
para  el  destierro,  adonde  son  llevadas  también  sus  servidoras  que  gi- 
men como  palomas  y  se  golpean  el  pecho  en  señal  de  desolación.  Las 
gentes  huyen  y  Ninive  queda  en  el  estado  de  un  gran  recipiente  o  es- 


(1)  Humbert  traduce  los  Valientes,  por  la  guardia;  y  los  Bravos,  por  los 
granaderos. 


CANTO  FUNEBRE 


197 


tanque  al  cual  se  le  escapa  el  agua.  Inútil  es  que  se  les  diga:  ¡deteneos!, 
porque  nadie  se  vuelve.  Se  produce  el  pillaje,  que  da  a  los  asaltantes 
un  rico  botín,  ya  que  allí  se  habían  amontonado  grandes  tesoros  obte- 
nidos por  los  asirlos  en  sus  fructuosas  campañas  guerreras.  Tres  pala- 
bras lapidarias  muestran  el  fin  de  aquella  orgullosa  ciudad  al  ser  con-" 
quistada:  ¡Desierto,  soledad,  devastación!  A  su  vista  actual,  los  ninivi- 
tas  sienten  desfallecer  el  corazón,  tiemblan  sus  rodillas  y  agudo  dolor 
penetra  en  lo  más  íntimo  de  su  ser.  Por  supuesto  que  no  debe  verse 
en  esta  descripción  un  documento  histórico,  sino  la  obra  de  un  artista 
del  lenguaje,  cuyo  cuadro  nos  resulta  confuso,  dada  la  forma  en  que 
a  nosotros  ha  llegado  el  pasaje,  lleno  de  textos  inciertos  de  difícil  y 
diversificada  interpretación.  Tal  es  también  la  opinión  de  Reuss,  quien 
la  resume  en  estas  pocas  palabras:  "Nada  hay  aquí  de  cierto,  y  pierde 
mucho  la  descripción  por  la  oscuridad  de  los  detalles". 

6'  CANTO  FUNEBRE  SOBRE  NINIVE.  —  3393. 

2,  11  ¿Dónde  está  la  guarida  de  los  leones. 
Antro  de  los  leoncillos. 
Donde  se  retiraban  el  león,  la  leona 

Y  los  cachorros,  sin  que  nadie  se  atreviese  a  inquietarlos? 

12  El  león  despedazaba  para  sus  leoncillos. 
Estrangulaba  para  sus  leonas. 
Llenando  sus  antros  de  víctimas 

Y  sus  cubiles  de  despojos. 

13  Heme  aquí  contra  ti. 

Oráculo  de  Yahvé,  dios  de  los  ejércitos. 
Incendiaré  y  reduciré  a  humo  tu  guarida; 
La  espada  devorará  tus  leoncillos. 
Libraré  la  tierra  de  tus  cachorros 

Y  no  se  oirá  más  el  rugido  de  tus  leonas. 

El  escritor  pasa  ahora  de  la  destrucción  de  Nínive,  tal  como  él  poéti- 
camente se  la  imaginaba,  a  entonar  una  quiná  o  endecha  fúnebre  sobre 
dicha  ciudad.  De  acuerdo  con  la  forma  habitual  de  estos  poemas  ele- 
giacos, se  expresa  primero  lo  que  era  antes,  en  violento  contraste  con 
su  humillación  o  aniquilamiento  actual.  Su  situación  anterior  la  com- 
para el  poeta  a  un  cubil  de  leones,  en  donde  nadie  se  atrevía  a  moles- 
tarlos. L.  B.  A.  parafrasea  estos  versículos  del  modo  siguiente:  "A  la 
desesperación  de  los  últimos  habitantes  de  Nínive,  opone  Nahum  su 
pasada  soberbia.  ¿Quién  creería,  al  ver  esas  ruinas  que  allí  hubiera 
residido  un  pueblo  que  tiranizó  al  mundo  entero?  Reunidos  en  ese 
antro,  muestra  el  profeta,  el  león  que  vuelve  con  su  presa,  las  leonas 
que  se  la  dividen,  los  leoncillos  que  saben  ya  desgarrar  la  carne  y  rom- 


198 


IMPRECACION  CONTRA  NINIVE 


per  los  huesos  y  los  cachorros  muy  pequeños  aun  para  alimentarse  por 
sí  mismos;  la  caverna  rebosa  de  botín,  todos  están  repletos,  hartos  de 
comida,  y  el  espanto  que  imponen  es  tal  que  nadie  se  atreve  a  pertur- 
barlos en  su  festín.  Se  trata  evidentemente  del  rey,  las  reinas,  los  prin- 
cipillos  y  su  corte".  Para  L.  B.  d.  C.  el  transcrito  pasaje  constituye 
una  parodia  de  poema  fúnebre  sobre  el  indicado  tema,  siendo  el  muerto 
comparado  a  un  león  como  en  Ez.  19,  2-9.  Véase  en  Is.  5,  26-29  la  des- 
cripción que  allí  se  hace  de  los  asirlos,  pueblo  del  cual  se  dice  que: 

Su  rugido  es  como  de  leona; 
Ruge  como  los  leoncillos; 
Brama  y  agarra  la  presa; 

Se  la  lleva,  y  nadie  se  la  quita.  (§  2888-2890). 

Termina  su  endecha  Nahum  expresando  en  el  v.  13  que  Yahvé  incen- 
diará aquella  guarida  de  animales  feroces,  siendo  muertos  por  la  es- 
pada los  leoncillos,  y  que  librará  de  los  cachorros  a  la  tierra,  no  vol- 
viéndose a  escuchar  más  el  rugido  de  las  leonas  de  aquel  antro,  con 
lo  que  indudablemente  quería  significar  la  ruina  total  y  definitiva  del 
temible  imperio  asirio. 

7"?  IMPRECACION  CONTRA  NINIVE  Y  NUEVA  DESCRIPCION  DE  SU 
CAIDA.  —  3394. 

3,  1  ¡Ay  de  la  ciudad  sanguinaria. 
Entregada  toda  a  la  perfidia. 
Rebosante  de  riquezas  arrebatadas. 
Entregándose  sin  cesar  a  la  rapiña! 

2  ¡Oid  el  chasquido  del  látigo!  ¡Oid  el  estrépito  de  las  ruedas! 
Galopan  los  caballos;  vuelan  los  carros. 

3  El  jinete  encabrita  su  cabalgadura... 
Flamea  la  espada;  relampaguea  la  lanza. 
¡Por  doquiera  heridos;  muertos  en  montón! 
¡Infinidad  de  cadáveres! 

Se  tropieza  con  cadáveres. 

4  Es  la  consecuencia  de  los  continuos  libertinajes  de  la  cor- 

\^lesana. 

Tan  bella,  tan  graciosa;  de  la  encantadora 
Que  tomaba  naciones  en  sus  redes  por  sus  artificios  de 

[prostituta, 

Y  pueblos  por  sus  sortilegios. 

En  el  3°  y  último  capítulo  de  su  libro,  Nahum  nos  da  una  nueva  des- 
cripción de  la  ruina  de  Nínive,  comenzando  con  una  invectiva  o  im- 
precación contra  ella.  La  califica  con  razón  de  ciudad  sanguinaria,  pér- 


CONTRA  NINIVE 


199 


fida,  cuyas  riquezas  provenían  del  pillaje  y  saqueo  obtenido  en  sus  ex- 
pediciones guerreras.  En  seguida,  en  los  vs.  2-3,  en  breves  y  cortantes 
rasgos,  pinta  el  asalto  final  a  la  misma.  Oyense  el  estrépito  de  los  ca- 
rros de  guerra,  el  galopar  de  la  caballería,  el  ataque  de  los  soldados 
que  emplean  sus  espadas  y  lanzas,  y  luego  por  doquiera  heridos  y 
montones  de  cadáveres  que  se  divisan  hasta  donde  alcanza  la  vista.  Y 
termina  su  imprecación  manifestando  que  todo  ello  es  la  lógica  conse- 
cuencia de  su  infame  conducta  política,  calificándola  de  cortesana  y 
de  hechicera  que  atrapaba  a  las  naciones  en  sus  redes  por  sus  sortile- 
gios y  sus  artificios  de  prostituta.  L.  B.  A.  dice  sobre  esto  último:  "La 
idolatría  es  frecuentemente  llamada  prostitución  por  los  profetas;  pero 
se  trata  en  esos  pasajes  del  pueblo  de  Israel  que  abandona  a  su  Dios 
para  seguir  a  los  ídolos.  Aplicado  a  Nínive,  ciudad  pagana,  ese  tér- 
mino no  puede  tener  el  mismo  sentido;  designa  a  la  vez  la  fascinación 
que  Nínive  ejercía  sobre  los  pueblos  por  el  prestigio  de  su  poder  y  la 
perfidia  con  la  cual  trataba  a  los  que  tenían  la  desgracia  de  dejarse 
ganar  por  ella".  L.  B.  d.  C,  sobre  este  mismo  v.  4,  anota:  "Al  deno- 
minar a  Nínive  como  cortesana,  no  entiende  el  profeta  reprocharle  ni 
su  paganismo,  ni  sus  alianzas  extranjeras  (cf.  Os.  8-9),  ni  sus  rela- 
ciones comerciales  con  otros  pueblos,  (cf.  Is.  23,  15-18),  sino  la  polí- 
tica de  adulonerías  y  de  hipocresía  por  la  cual  ella  preparaba  sus  cour 
quistas:  así  Tigiat  Pileser  había  sabido  presentarse  como  el  salvador 
de  Judá,  (II  Rey.  16,  7-9;  §  2891),  y  otros  soberanos  asirios,  como 
los  protectores  de  Jehú  (II  Rey.  10,  33;  §  1970),  o  de  Oseas  (II  Rey. 

15,  30r,  ,       .  i 

8'  ORACULO.  —  3395. 

3,  5  Heme  aquí  contra  ti,  — oráculo  de  Yahvé,  dios  de  los  Ejér- 

[citos — , 

Levantaré  las  faldas  de  tu  vestido  hasta  por  encima  de  tu 

[rostro. 

Exhibiré  tu  desnudez  a  las  naciones. 
Tu  vergüenza  a  los  reinos. 

6  Echaré  sobre  ti  inmundicias. 
Te  deshonraré  y  te  afrentaré. 

7  Cualquiera  que  te  vea. 

Se  apartará  de  ti  exclamando: 
"¡Nínive  en  ruinas! 
¿Quién  se  compadecerá  de  ella?" 
¿Dónde  te  buscaré  consoladores? 

En  este  trozo,  que  se  da  como  oráculo  de  Yahvé  Sebaoth,  se  con- 
tinúa comparando  a  Nínive  como  una  prostituta  a  la  que  se  expone 


200 


SATIRA  CONTRA  NINIVE 


públicamente  para  afrentarla.  La  imagen  que  al  efecto  emplea  aquí 
Nahum,  para  pintar  la  vergüenza  de  la  derrota  asiria,  y  que  se  en- 
cuentra reproducida  en  Jer.  13,  22,  26  y  Ez.  16,  37,  es  de  una  crudeza 
naturalista,  poco  en  consonancia  con  la  circunspección  y  decoro  de 
nuestras  costumbres  literarias  actuales.  Como  notará  el  lector,  después 
de  la  doble  descripción  de  la  ruina  de  la  capital  asiria,  no  hay  aquí 
oráculo  alguno,  o  predicción  de  sucesos  futuros,  sino  tan  sólo  la  ex- 
presión del  deshonor  que  tenía  forzosamente  que  recaer  sobre  una 
ciudad  altanera,  que  desde  la  cúspide  de  su  soberbia  y  poderío,  cayó 
para  no  volver  nunca  más  a  su  antigua  situación  de  esplendor.  La 
frase  del  v.  7  en  la  que  se  expresa  que  nadie  consolará  de  su  desastre 
a  Nínive  en  ruinas,  da  a  suponer  que  se  trataba  de  una  ciudad  odiada, 
pues  era  natural  que  en  momentos  de  angustia  y  aflicción,  los  amigos 
del  que  sufría,  acudieran  presurosos  a  consolarlo,  como  así  ocurre  en 
el  poema  de  Job,  según  el  cual  luego  de  las  calamidades  que  le  sobre- 
vinieron por  la  prueba  a  que  lo  sometió  Yahvé,  fue  visitado  por  sus 
amigos  Elifaz  temanita.  Bildad  suhita  y  Zofar  naamatita  con  el  indi- 
cado fin  (Job.  2,  11). 

9^?  SATIRA  CONTRA  NINIVE.  —  3396. 

3,  8  ¿Eres  tú  acaso  mejor  que  No-Amón, 

Situada  en  medio  de  los  brazos  del  Nilo,  rodeada  de  agua. 
La  que  tenía  una  mar  por  muralla 

Y  las  aguas  por  baluarte? 

9  Cus  (la  Nubia)  era  su  fuerza. 

Así  como  los  egipcios  en  número  infinito. 
Put  (la  Somalia)  y  los  libios 
Eran  sus  auxiliares. 

10  Y  sin  embargo,  ella  ha  sido  deportada; 
Ha  sido  llevada  en  cautiverio. 

Sus  niñitos  fueron  también  estrellados 
En  las  encrucijadas  de  todas  las  calles. 
Sobre  sus  nobles  echaron  suertes 

Y  todos  sus  grandes  fueron  encadenados. 

11  A  tu  vez,  zozobra  en  la  ebriedad; 
Cae  en  deliquio. 

A  tu  vez,  busca 

Un  refugio  contra  el  enemigo. 

12  Todas  tus  fortalezas  son  semejantes  a  higueras 
Cargadas  de  frutos  precoces  (o  brevas  maduras), 
Que,  a  la  primer  sacudida,  caen 

En  la  boca  del  que  quiere  comerlos. 


SATIRA  CONTRA  NINIVE 


201 


13  He  aquí  los  guerreros 

Son  como  mujeres  en  medio  de  ti. 
Tus  enemigos  hallan  muy  abiertas 
Las  puertas  de  tu  país; 
El  fuego  ha  consumido  tus  cerrojos. 

14  Abastécete  de  agua  para  sostener  el  sitio; 
Repara  tus  fortificaciones. 

Pisotea  el  barro;  prensa  la  arcilla  gredosa; 
Empuña  el  molde  de  ladrillos. 

15  Lo  mismo  te  devorará  el  fuego: 
Te  exterminará  la  espada; 

Te  devorará  (el  fuego)  como  (devora)  la  langosta. 
En  vano  te  multiplicarás  como  la  langosta, 

Y  pulularás  como  las  cigarras; 

16"  En  vano  harás  que  tus  conductores  de  carros  sean  nume- 

[rosos 

Como  las  estrellas  del  cielo, 
17"  Tus  guardianes  como  cigarras, 

Y  tus  escribas  como  acridios, 
Que  se  posan  sobre  las  cercas 
En  una  mañana  helada: 

En  cuanto  el  sol  aparece 
16''  La  langosta  abre  sus  alas  y  vuela; 
77*  Desaparece  y  no  se  sabe 

En  que  lugar  se  encuentra. 

3397.  En  el  trozo  que  antecede,  Nahum  satiriza  a  la  Nínive  des- 
truida, comparando  su  suerte  con  la  poderosa  ciudad  de  No-Amón,  o 
sea,  Tebas  en  el  Alto  Egipto.  Esta  última,  célebre  en  la  antigüedad 
por  su  esplendor  y  sus  monumentos,  muchas  veces  capital  política,  y 
siempre  capital  religiosa  del  Egipto,  fue  en  varias  ocasiones  tomada 
por  los  asirlos,  en  el  curso  del  siglo  VII:  por  Asarhaddon,  alrededor 
del  año  670;  y  por  Asurbanipal,  en  667  y  en  663  (§  3384).  Además 
fue  varias  veces  tomada  y  reconquistada  durante  luchas  intestinas  en- 
tre las  dinastías  egipcias  y  etíopes,  como  p.  ej.,  por  Psamético  I  en 
653.  Observa  Lods,  que  la  descripción  del  castigo  infligido  a  esa  ciu- 
dad por  Asurbanipal  convendría  particularmente  bien  a  las  alusiones 
que  aquí  hace  Nahum.  Ahora  bien,  Tebas,  la  que  a  pesar  de  estar  ro- 
deada de  agua  por  los  canales  del  Nilo,  el  que  en  la  época  de  sus 
crecientes  anuales  se  extendía  como  un  mar  (Is.  19,  5),  convirtiendo 
a  esa  ciudad  en  una  isla,  por  lo  que  se  encontraba  poderosamente  de- 
fendida por  las  aguas,  es  parangonada  aquí  por  el  profeta  con  Nínive, 
cuyas  murallas  y  fortificaciones  parecían  asegurarle  la  inexpugnabi- 
lidad.  Por  eso,  en  atrevida  prosopopeya,  pregunta  Nahum  a  Nínive  si 
acaso  puede  ella  considerarse  mejor  que  Tebas,  la  que  a  pesar  de  sus 


202 


CANTO  FUNEBRE 


naturales  defensas  y  de  los  numerosos  auxiliares  con  que  contaba,  ha- 
bía sufrido  todas  las  terribles  calamidades  de  la  derrota,  que  detalla 
el  V.  10.  En  cuanto  a  la  traducción  del  v.  11  que  da  L.  B.  d.  C  (seguida 
por  nosotros),  anota  la  misma,  explicando  las  frases  zozobra  en  la 
ebriedad,  cae  en  deliquio,  diciendo:  "o  sea,  apodérese  de  ti  un  espí- 
ritu de  vértigo,  uno  de  esos  accesos  de  locura  que  presagian  y  prepa- 
ran la  caída  (cf.  Is.  29,  9-10).  No  se  alude  ahí  a  la  copa  de  la  cólera 
de  Yahvé  (Jer.  25)".  La  mención  de  las  fortalezas  asirías  que  estaban 
por  caer  como  brevas  maduras,  según  el  v.  12,  debe  referirse  proba- 
blemente a  las  plazas  fuertes  Tarbis  y  Achchur,  que  defendían  las  fron- 
teras, y  que  cayeron  en  poder  de  los  medos  en  614,  dos  años  antes 
de  que  éstos  destruyeran  a  Nínive.  Entiende  L.  B.  d.  C.  que  "esas  dos 
fortalezas  son  las  puertas  del  país  y  los  cerrojos  de  que  se  habla  en  el 
V.  13",  cuya  caída  que  dejaba  abierto  el  país  al  enemigo,  se  da  ya  por 
un  hecho  consumado.  Conviene  recordar  en  cuanto  a  la  comparación 
con  el  fruto  precoz  de  las  higueras,  que  en  Palestina,  la  principal  co- 
secha de  higos  se  hace  en  agosto,  aunque  en  ciertas  regiones,  como 
en  Betlehem  comienzan  a  madurar  en  junio,  los  que  siendo  particu- 
larmente dulces,  eran  muy  buscados  por  los  consumidores.  En  el  v.  14 
el  poeta  incita  a  los  ninivitas  a  que  se  abastezcan  de  agua  para  sostener 
el  sitio,  olvidando  que  si  esto  era  necesario  en  Jerusalén,  como  en  el 
caso  de  Ezequías  (§  2918),  en  cambio  eso  no  era  indispensable  en 
una  ciudad  como  Nínive,  situada  a  orillas  del  Tigris.  Del  mismo  modo 
el  poeta  se  equivoca  al  aconsejar  a  los  ninivitas  que  se  apresuren  a 
fabricar  ladrillos  para  las  fortificaciones,  rasgo  que  sólo  convenía  a 
Babilonia  o  a  otras  ciudades  de  la  Mesopotamia.  —  Sobre  la  3^  línea 
del  V.  15:  te  devorará  (el  fuego)  como  (devora)  la  langosta,  escribe 
L.  B.  d.  C:  "Esta  frase  que  sobra  en  el  verso,  es  indudablemente  un 
agregado:  en  lo  que  sigue,  las  langostas  son  la  imagen,  no  de  una 
fuerza  hostil  a  Nínive,  sino  de  sus  defensores,  que  semejan  a  esos  in- 
sectos por  su  número  y  la  rapidez  con  la  cual  desaparecen". 

10"  CANTO  FUNEBRE  IRONICO  SOBRE  ASIRIA.  —  3398. 

3,  18 .  ¡Duermen  tus  pastores,  (o  príncipes)  oh  rey  de  Asur! 

¡Tus  grandes  (o  héroes)  se  han  dormido  (o  están  en  re- 

[poso) ! 

Tu  pueblo  está  disperso  en  las  montañas, 
Sin  que  nadie  lo  reúna. 
19  ¡No  hay  remedio  para  tu  herida. 
Tu  llaga  es  incurable! 
Todos  los  que  han  sabido  tu  suerte. 
Aplaudieron  tu  caída: 
¿Sobre  quién,  en  efecto,  no  ha  pasado 
Continuamente  tu  crueldad? 


NAHUM  NO  CONTIENE  VATICINIOS 


203 


Tomada  y  destruida  Nínive  en  612,  el  príncipe  asirio  Achchuru- 
ballit  se  retiró  a  Harán  (§  2255  n.  2),  donde  trasladó  su  capital  has- 
ta el  año  610  en  que  esa  ciudad  fue  tomada  por  los  babilonios,  ter- 
minando así  definitivamente  el  poderío  de  Asiría.  Nahum  se  dirige 
ahora  a  este  pueblo,  en  la  persona  de  su  rey,  entonando  un  canto  fú- 
nebre sobre  él  para  indicar  que  era  irrevocable  el  desastre  que  había 
caído  a  aquel  odioso  imperio,  cuya  destrucción  todos  aplaudían,  pues 
nadie  se  había  visto  libre  de  su  crueldad.  Nota  L.  B.  d.  C.  que  los 
profetas  parodiaban  a  menudo  ese  género  literario  (cf.  2,  11;  Am.  5, 
1-2  etc.).  La  destrucción  de  Nínive  fue  tan  completa,  que  dos  siglos 
más  tarde  Jenofonte  atravesó  esas  ruinas  sin  saber  qué  pueblo  las 
había  habitado.  Las  edades  siguientes  ignoraron  también  el  lugar  don- 
de había  estado  situada  Nínive;  y  fue  sólo  a  mediados  del  siglo  pa- 
sado que  excavaciones  realizadas  con  éxito  sacaron  a  luz  los  restos  de 
aquella  poderosa  ciudad,  siendo  uno  de  los  tesoros  más  preciados  que 
se  obtuvieron,  el  descubrimiento  de  la  célebre  biblioteca  de  Asurba- 
nipal,  en  ladrillos  cuneiformes,  existentes  hoy  en  el  Museo  Británico  de 
Londres. 

3399.  Habrá  notado  el  lector  que,  aunque  ese  opúsculo  figura 
entre  los  libros  profélicos,  no  encierra  en  realidad  vaticinio  alguno, 
sino  que  describe  poéticamente  la  destrucción  de  Nínive,  tal  como  él 
se  la  imaginaba,  según  los  informes  más  o  menos  exactos  aue.  habían 
llegado  a  sus  oídos.  Su  poema  (y  nos  referimos  particularmente  a  los 
caps.  2  y  3)  no  tiene  el  tinte  religioso  de  los  oráculos  poéticos  de  los 
grandes  profetas  del  siglo  VIII,  que  hemos  estudiado  en  nuestro  tomo 
anterior.  Aquella  caída  estrepitosa  no  se  presenta  como  el  castigo  infli- 
gido por  Yahvé  a  un  imperio  enemigo  de  su  pueblo,  al  que  había  aso- 
lado e  impuesto  pesados  tributos,  ni  tampoco  aprovecha  el  autor  la  opor- 
tunidad para  sacar  de  ese  acontecimiento,  enseñanza  alguna  para  el 
reino  de  Judá.  Ya  hemos  visto  que  las  cortas  alusiones  que  al  respecto 
se  encuentran  en  el  poema,  así  como  el  salmo  inicial  del  cap.  1^,  deben 
considerarse  como  adiciones  posteriores,  no  pertenecientes  a  nuestro 
poeta.  Lods,  en  su  obra  póstuma  "Histoire  de  la  Littérature  Hébra'ique 
et  Juive",  al  estudiar  la  característica  literaria  y  religiosa  del  profeta 
Nahum,  después  de  mostrar  que  del  punto  de  vista  estético  los  breves 
oráculos  de  ese  autor  se  cuentan  entre  los  trozos  más  brillantes  de  la 
literatura  profética,  añade:  "Del  punto  de  vista  moral  y  religioso,  el 
valor  del  libro  de  Nahum  es  evidentemente  menos  elevado.  Ciertamente 
que  expresa  con  una  sinceridad  y  una  espontaneidad  que  gana  la  sim- 
patía, los  sentimientos  de  alegría  patriótica  de  las  poblaciones  de  Asia, 
por  fin  libertadas  y  vengadas  del  opresor  que  desde  hacía  siglos,  las 
humillaba,  les  imponía  pesados  tributos  y  las  deportaba.  Pero  no  hay 
en  estos  oráculos  nada  que  se  eleve  por  encima  del  punto  de  vista  de  la 
religión  nacional  patriótica  que  era  el  yahvismo  antes  de  los  grandes 


204 


HIPOTESIS  DE  P.  HUMBERT 


profetas  y  en  la  gran  masa  de  sus  contemporáneos.  Nahum  no  ve  en 
Judá  sino  una  víctima  de  Asiría.  Un  profeta  de  la  familia  espiritual  de 
los  Amos  y  de  los  Isaías,  aun  mismo  que  lo  hubiera  escrito  después 
de  la  reforma  de  Josías  en  622,  —como  es  evidentemente  el  caso  de 
Nahum — ,  no  habría  dejado  de  indicar,  aunque  hubiera  sido  de  paso, 
que  Judá  había  merecido  por  su  indignidad  moral  los  males  que  había 
sufrido.  Nahum  debía  pertenecer  al  grupo  de  profetas  patriotas  que, 
bien  que  en  su  mayor  parte  partidarios  de  la  reforma  real,  habían 
vuelto  prácticamente  al  punto  de  vista  del  yahvismo  nacional  anterior 
al  movimiento  profético  del  siglo  VIII;  pues,  en  efecto,  según  ellos, 
Yahvé,  reconciliado  ahora  con  Judá  identificaba  de  nuevo  su  causa  a 
la  de  su  pueblo"  (p.  404). 

HIPOTESIS  DE  PABLO  HUMBERT  SOBRE  EL  UBRO  DE  NAHUM.  — 
3399  bis.  Antes  de  terminar  nuestro  estudio  de  este  libro,  debemos 
exponer,  aunque  sea  brevemente,  el  modo  cómo  lo  considera  el  pro- 
fesor Pablo  Humbert  en  su  interesante  artículo  "Le  probléme  du 
livre  de  Nahoum",  aparecido  en  1932,  en  la  Revue  d'Histoire  et  de 
Philosophie  Religieuses.  Conceptúa  clarísimo  que  ese  escrito  bíblico  es 
inmediatamente  posterior  a  la  caída  de  Nínive,  o  sea,  que  se  trata  de 
"un  suceso  ya  registrado  por  la  historia,  y  no  de  un  vuelo  de  la  ima- 
ginariñn".  Al  analizar  dicho  escrito,  destaca  los  trozos  de  diversos  gé- 
neros literarios  que  encierra,  el  cual  comienza  por  un  himno,  destinado 
esencialmente  al  culto,  entonado  por  ima  colectividad,  sin  duda  la  mu- 
chedumbre reunida  en  el  Templo,  la  que  entona  un  "Tedéum",  conti- 
nuándose con  preguntas,  respuestas,  oráculos,  trenos,  alternancias  de 
voces  individuales  y  colectivas,  de  voces  humanas  y  divinas,  y  llega  a 
la  conclusión  que  todo  esto,  en  una  ceremonia  cultual,  constituye  una 
liturgia,  por  lo  que  llama  a  este  opúsculo  "la  liturgia  de  Nahum".  Ve 
en  los  oráculos  del  mismo,  la  intervención  en  el  culto  de  un  profeta 
que  representa  a  Yahvé  y  habla  en  nombre  de  él;  en  las  imprecaciones, 
la  parte  de  los  sacerdotes  que  consagran  la  víctima  al  entredicho  (cf. 
Lev.  16,  21,  ss)  ;  en  las  endechas  fúnebres,  una  parodia  de  duelo,  como 
un  servicio  de  muertos;  y  en  la  sátira  final,  una  de  esas  sátiras  que 
solían  entonar  los  nabíes  israelitas  (Is.  14,  11,  ss;  §  2994),  y  que  qui- 
zá pronunciara  el  mismo  Nahum,  a  la  terminación  del  acto  religioso 
por  la  caída  de  Nínive,  pues  cree  Humbert  que  Nahum  fuera  uno  de 
aquellos  profetas  asociados  al  culto,  cuya  presencia  en  el  templo  de 
Jerusalén  señala  Jeremías  en  20,  1  ss;  28,  5  y  29,  26.  La  descripción 
de  la  toma  y  saqueo  de  la  capital  asiría  tendía  a  dramatizar  ese  suceso 
en  honor  y  gloria  del  dios  nacional,  considerado  como  el  autor  de  tal 
victoria.  Esa  descripción  en  estilo  visionario  no  debe  sorprender,  por- 
que en  el  Salterio  figuran  muchos  ejemplos  en  que  interviene  una  visión 
o  una  audición  en  la  liturgia  (Sal.  81,  5"^-8;  85,  8  ss;  95,  6  ss;  Hab.  3, 16, 


HIPOTESIS  DE  P.  HUMBERT 


205 


ss)  y  los  trabajos  de  Mowinckel  han  mostrado  el  papel  del  elemento  pro- 
fético  en  el  culto  de  Israel,  la  relación  íntima  entre  cantores  y  profe- 
tas. Hay  que  representarse  que  un  nabí  inspirado  se  levanta  de  repente, 
declama  la  visión  de  2,  4  ss,  y  actualiza  así  en  pleno  culto  yahvista  el 
drama  de  la  caída  de  Nínive,  como  en  el  culto  católico  el  sacrificio  de 
la  misa  actualiza  el  drama  del  Calvario,  o  como  en  los  más  antiguos 
misterios  egipcios,  fragmentos  dramáticos  ilustraban  y  daban  actuali- 
dad al  mito  de  Osiris,  Seth  y  Horus.  Así  comprendidos  los  elementos 
que  componen  el  libro  de  Nahum,  pierden  su  carácter  estrechamente 
literario  y  cesan  de  ser  un  vano  vaticinio,  para  anudarse  con  la  reali- 
dad histórica  contemporánea  y  con  ese  drama  mímico,  realista  y  eje- 
cutor de  su  acción  que  era  todo  culto  antiguo.  La  liturgia  de  Nahum 
vendría  a  ser,  pues,  la  representación  cultual  del  triunfo  de  Yahvé  so- 
bre todos  sus  enemigos,  particularmente  sobre  Asiría,  dando  así  actua- 
lidad a  ese  drama  divino.  Dicho  libro,  contemporáneo  de  la  caída  de 
Nínive,  o  sea,  de  agosto  del  año  612,  contendría  la  liturgia  de  la  fiesta 
celebrada  en  Jerusalén,  en  el  otoño  del  612,  unida  con  la  del  año  nue- 
vo (§  186).  —  Ahora  en  cuanto  al  valor  religioso  de  este  libro,  Hum- 
bert  disiente  de  Gautier  y  Lods,  que  consideran  insignificante  ese 
valor,  pues  entiende  que  lo  tiene  y  grande,  al  venir  a  ser  un  homenaje 
al  universalismo  del  dios  de  Israel,  dado  que  le  atribuye  la  derrota  del 
coloso  asirio,  estableciendo  así  la  convicción  del  imperio  mundial  de 
Yahvé  y  su  intervención  en  los  hechos  históricos  de  la  humanidad.  (R.  H. 
Ph.  R.,      12,  ps.  10-15). 


CAPITULO  X 


El  profeta  Sofonías 


EL  HOMBRE  Y  SU  EPOCA.  —  3400.  Este  profeta  se  llamaba  en 
hebreo  Cefanía  o  Cefanya,  que  significa  Yahvé  oculta  o  Yahvé  abriga, 
y  su  denominación  actual  en  nuestras  Biblias,  se  debe  a  la  vocalización 
que  le  dieron  a  ese  nombre  los  traductores  griegos  de  la  V.  A.  Del  pre- 
facio o  título  de  su  libro  se  desprende  que  era  de  sangre  real,  pues 
aparece  allí  como  tataranieto  de  Ezequías,  que  indudablemente  tiene 
que  ser  el  rey  judaíta  de  ese  nombre,  pues  no  tendría  explicación  ló- 
gica que  el  autor  de  esa  indicación  se  remontara  a  cuatro  generacio- 
nes atrás,  sino  fuera  para  llegar  a  un  antepasado  ilustre.  El  A.  T.  no 
nos  da  más  datos  sobre  este  inspirado,  salvo  los  que  pueden  encon- 
trarse en  el  opúsculo  que  lleva  su  nombre.  Profetizó  durante  el  reina- 
do de  Josías,  que,  como  sabemos,  reinó  de  640  ó  639  a  609.  Hay  tres 
períodos  bien  marcados  en  el  reinado  de  Josías,  a  saber:  1^  durante 
su  menoría;  2°  anterior  a  su  reforma  del  622;  y  3*?  el  posterior  a  ésta. 
Del  análisis  del  libro  de  Sofonías  se  infiere  que  profetizó  durante  el 
primero  de  esos  períodos,  por  estas  dos  razones:  a)  porque  no  se  men- 
ciona al  rey  que  gobernaba  a  Judá,  reino  dirigido  por  regentes,  en  la 
menoría  del  monarca;  y  6)  porque  subsistía  en  tiempo  de  aquél  el  sin- 
cretismo religioso  de  los  reinados  anteriores,  de  Manasés  y  Amón,  sin- 
cretismo contra  el  cual  protesta  y  al  que  condena  nuestro  profeta,  como 
en  seguida  veremos. 

3401.  La  época  en  que  le  tocó  actuar  a  Sofonías,  fue  de  gran 
turbulencia  política  internacional.  Ya  el  poderoso  imperio  asirlo  iba 
dando  muestras  de  su  decadencia,  pues  en  el  año  645  el  Egipto  había 
logrado  independizarse;  y  hordas  de  bárbaros  del  Norte,  escitas  y  ci- 
merios,  atravesaban  las  fronteras  de  esta  nación  y  corriéndose  por  la 
costa  del  Mediterráneo,  llegaban  hasta  el  delta  del  Nilo,  donde  no  pe- 
netraron, porque  el  faraón  Psamético  I  logró  hacerlos  retroceder  dán- 
doles cuantiosos  presentes.  La  asoladora  invasión  de  los  escitas,  quienes 
a  su  regreso  de  la  excursión  a  Egipto,  tomaron  y  saquearon  la  impor- 
tante ciudad  de  Ascalón  y  su  célebre  templo,  ■ — hecho  ocurrido  en  626, 
año  de  la  muerte  de  Asurbanipal — ,  produjo  profunda  impresión  en 


EL  LIBRO  DE  SOFONIAS 


207 


todos  los  espíritus,  y  particularmente  en  los  de  los  habitantes  del  peque- 
ño reino  de  Judá.  Este  acontecimiento  le  sirvió  de  tema  a  Sofonías  pa- 
ra vaticinar  a  sus  compatriotas  que,  a  causa  de  no  haber  sido  comple- 
tamente fieles  a  su  dios  nacional  Yahvé,  sufrirían  la  misma  terrible 
suerte  que  habían  tenido  que  soportar  los  pueblos  por  donde  habían 
pasado  aquellos  conquistadores. 

EL  LIBRO.  —  3402.  Sofonías,  imbuido  de  las  ideas  intransigentes 
de  los  profetas  del  siglo  anterior,  hacia  todos  aquellos  que  no  adoraban 
únicamente  a  Yahvé,  dirige  terribles  invectivas  no  sólo  contra  Judá  y 
Jerusalén,  sino  también  contra  una  serie  de  naciones  extranjeras,  como 
Filistea,  Moab,  Ammón,  Etiopía  y  Asiría,  a  todas  las  cuales  les  anuncia 
desolación  y  ruina,  por  lo  cual  desentona  con  ese  cuadro  profético  de  des- 
gracias, la  parte  final  de  su  poema,  en  el  cap.  3,  donde  aparecen  pro- 
mesas de  perdón  y  de  rehabilitación  moral,  que,  según  veremos,  hacen 
lógicamente  presumir  retoques  posteriores  de  personas  de  ideas  muy 
distintas  a  las  de  nuestro  profeta.  El  corto  poema  de  Sofonías,  que  com- 
prende sólo  3  pequeños  capítulos  en  nuestras  Biblias,  puede,  pues,  divi- 
dirse en  dos  partes  principales:  1*?  anuncio  de  un  juicio  general  ya 
contra  Judá,  ya  contra  toda  la  Tierra  (1,  2-3,  7) ;  y  2°  promesas  de  per- 
dón (3,  8-20).  Pasemos  ahora  al  estudio  de  la  obra  de  Sofonías. 

EL  CAP.  1"  Y  EL  2,  1-3.  —  3403.  Sof.  \,  1.  La  palabra  de  Yahvé 
que  fue  dirigida  a  Sofonías  hijo  de  Cushí,  hijo  de  Guedalias,  hijo  de 
Amarías,  hijo  de  Ezequías,  en  tiempo  de  Josías,  hijo  de  Amón,  rey  de 
Judá.  Este  primer  versículo  constituye  el  título  del  libro  actual  de  So- 
fonías, que  indiscutiblemente,  no  es  de  mano  de  este  profeta.  Lods  con- 
firma esta  deducción  diciendo  que  la  indicación  del  final  de  1,  1  rela- 
tiva al  tiempo  en  que  escribió  Sofonías,  "no  es  del  profeta  mismo,  co- 
mo lo  muestra  el  calificativo  de  rey  de  Judá,  aplicado  al  soberano, 
pues  un  contemporáneo  hubiera  dicho:  en  tiempo  del  rey  Josías,  aun- 
que el  dato  no  deja  por  eso  de  ser  menos  exacto"  [Hist.  Litt.  Hehr. 
p.  296).  Véase  además  §  3400. 

3404.    1,  2  Destruiré  todo,  absolutamente  todo 
De  la  superficie  de  la  Tierra. 
3  Destruiré  los  hombres  y  las  bestias; 
Destruiré  las  aves  del  cielo 

Y  los  peces  de  la  mar. 
Haré  sucumbir  a  los  impíos, 

Y  extirparé  los  pecadores  de  la  superficie  de  la  Tierra,  — 
Oráculo  de  Yahvé. 


208 


CAP.  19  DE  SOFONIAS 


4  Extenderé  la  mano  contra  Judá 

Y  contra  todos  los  moradores  de  Jerusalén; 

Y  extirparé  de  este  lugar 

Hasta  el  nombre  de  Baal  y  al  último  de  sus  ministros,  así 

[como  a  los  sacerdotes. 

Nota  L.  B.  d.  C.  que  estas  últimas  palabras:  así  como  a  los  sacerdotes, 
faltan  en  la  versión  de  los  LXX,  y  constituyen  una  glosa  destinada  sin 
duda  a  explicar  el  vocablo  precedente  (que  nosotros,  de  acuerdo  con 
la  Vulgata,  hemos  traducido  por  ministros),  vocablo  que  en  hebreo  se 
reservaba  para  los  sacerdotes  de  los  dioses  extranjeros.  Ese  vocablo, 
los  kemarim,  como  así  trae  la  Versión  Moderna  de  Pratt  y  que  sólo  se 
encuentra  en  II  Rey.  23,  5  y  Os,  10,  5  es  una  palabra  siríaca  que  de- 
signa los  sacerdotes  (lit.  los  vestidos  de  negro),  y  que  según  L.  B.  A. 
ha  sido  empleada  aquí  por  oposición  a  los  sacerdotes  de  Yahvé,  vesti- 
dos de  blanco. 

5  Extirparé  a  los  que  se  postran  en  los  terrados  ante  el  ejér- 

[cito  de  los  cielos, 

Y  a  aquellos  que  se  postran  delante  de  Yahvé,  le  juran  ji- 

[delidad 

Y  juran  a  la  vez  por  Milcom. 

6  Y  también  a  aquellos  que  se  retiran,  abandonando  a  Yahvé, 

Y  que  no  buscan  a  Yahvé,  ni  se  inquietan  por  él. 

7  ¡Silencio  delante  del  Señor  Yahvé! 
Porque  cercano  está  el  día  de  Yahvé. 
Yahvé,  en  efecto,  ha  preparado  un  sacrificio; 
Ha  llamado  sus  invitados  a  santificarse. 

8"  He  aquí  lo  que  sucederá  en  el  día  del  sacrificio  de  Yahvé: 
Castigaré  a  los  ministros  y  los  príncipes  reales, 

9^  Que  llenan  la  casa  de  su  amo  de  violencia  y  fraude. 

9"  Castigaré  también  en  aquel  día  a  todos  los  que  saltan  el 

[umbral,  (§  682) 

S*  y  a  los  que  se  visten  a  la  moda  extranjera. 

10  En  aquel  día,  oráculo  de  Yahvé, 

Se  oirán  gritos  de  angustia  desde  la  puerta  de  los  Pescados, 

Aullidos  desde  los  arrabales. 

Un  gran  estruendo  desde  las  colinas. 

11  Los  habitantes  de  Maktech  lanzarán  aullidos. 

Porque  la  población  de  los  comerciantes  será  aniquilada. 
Serán  extirpados  los  que  hacen  el  tráfico  de  la  plata. 


SOFONIAS  1  A  2  V.  3 


209 


12  En  aquel  tiempo  yo  escudriñaré 

A  Jerusalén  con  lámpara  en  la  mano, 

Y  castigaré  a  los  hombres  que, 
Porque  reposan  sobre  sus  heces. 
Dicen  en  su  corazón: 

"Yahvé  no  hace  ni  bien  ni  mal". 

13  Sus  riquezas  serán  saqueadas 

Y  sus  casas  expoliadas. 

Habrán  construido  casas,  pero  no  las  habitarán; 
Habrán  plantado  viñas,  pero  no  beberán  el  vino  de  ellas. 

14  Cercano  está  el  gran  día  de  Yahvé; 
Próximo  está,  viene  apresuradamente; 
Cercano  está  el  día  amargo  de  Yahvé: 
Aun  el  más  valiente  clamará. 

15  Día  de  ira  será  aquel  día. 
Día  de  aprieto  y  angustia. 
Día  de  ruina  y  devastación. 
Día  de  tinieblas  y  de  oscuridad. 
Día  de  nubes  y  de  densas  neblinas. 

16  Día  de  toques  de  trompeta  y  de  gritos  de  guerra 
Contra  las  ciudades  fortificadas 

Y  las  altas  torres  de  ángulo. 

17  Sumergiré  a  los  hombres  en  la  angustia 

Y  marcharán  como  ciegos. 
Porque  han  pecado  contra  Yahvé. 
Será  derramada  su  sangre  como  polvo 

Y  sus  entrañas  como  basura. 

18  No  podrá  salvarlos  ni  su  plata  ni  su  oro 
En  el  día  del  furor  de  Yahvé. 

Por  el  fuego  de  su  indignación  toda  la  Tierra  será  consu- 

[mida; 

Porque  obrará  la  destrucción  y  el  exterminio  repentino 
De  todos  los  habitantes  de  la  Tierra. 
2,  1  Inclináos,  humilláos 
Gentes  sin  pudor, 

2  Antes  que  seáis  semejantes  a  la  paja  que  vuela, 
Antes  que  venga  sobre  vosotros 

La  ardiente  cólera  de  Yahvé, 
Antes  que  venga  sobre  vosotros 
El  día  de  la  cólera  de  Yahvé. 

3  Buscad  a  Yahvé,  vosotros  todos  los  humildes  del  país. 
Que  practicáis  la  justicia  que  él  exige; 

Buscad  la  equidad;  buscad  la  humildad; 

Quizá  estaréis  a  cubierto  el  día  de  la  cólera  de  Yahvé. 


210 


EL  DIA  DEL  JUICIO  FINAL 


3405.  En  la  transcripción  precedente,  se  notan  dos  partes  bien 
diferenciadas,  a  saber:  19  el  vaticinio  de  un  desastre  universal,  en  el 
que  todo  ser  viviente  desaparecerá  del  planeta,  hasta  los  peces  de  la 
mar;  y  2°  el  anuncio  de  que  sobrevendrán  grandes  calamidades  a  Je- 
rusalén  y  a  Judá,  época  en  la  cual  Yahvé,  por  medio  de  un  invasor 
que  no  se  nombra,  — aunque  probablemente  el  poeta  entiende  referirse  a 
los  escitas — ,  destruirá  a  todos  los  pecadores  y  especialmente  a  los  ado- 
radores de  los  cultos  astrales.  Como  se  ve,  se  trata  aquí  de  dos  ideas 
antagónicas,  pues  si  al  principio  se  describe  el  día  de  Yahvé,  o  sea,  el 
día  del  juicio  final  en  que  todo  será  totalmente  destruido  (§  2808  ss), 
resulta  inútil  hablar  después  de  la  destrucción  de  Jerusalén  y  de  Judá, 
hechos  ya  comprendidos  en  el  primer  vaticinio.  Lo  probable  es,  pues, 
que  Sofonías,  inspirándose  en  los  profetas  del  siglo  VIII,  haya  vatici- 
nado el  castigo  de  su  pueblo  por  haberse  mostrado  infiel  a  su  dios  na- 
cional, asociando  a  su  culto  el  de  divinidades  extranjeras;  pero  más 
tarde,  en  la  época  postexílica,  al  ser  arreglados  los  libros  proféticos,  se 
le  agregó  todo  lo  relativo  al  cataclismo  universal,  concepción  particu- 
larmente propia  de  la  época  judía.  Esta  suposición  viene  a  estar  corro- 
borada por  el  hecho  de  que  el  libro  de  Sofonías  ha  sido  dispuesto  se- 
gún el  mismo  plan  que  los  de  Isaías  (1-35),  de  Jeremías  (según  el  or- 
den de  los  LXX),  y  de  Ezequiel,  a  saber:  1*?  amenazas  contra  Judá  y 
Jerusalén;  2*?  amenazas  contra  otros  pueblos;  y  3°  promesas  de  reha- 
bilitación para  un  resto  de  israelitas  que  en  adelante  se  conservará 
siempre  fiel  a  su  dios.  Lods  expresa  también  que  "la  presencia  de  ese 
plan  en  Sofonías  conforme  al  introducido  artificialmente  en  el  libro  de 
Isaías  (1-35),  hace  ya  suponer  que  la  pequeña  colección  de  aquel  pro- 
feta fue  muy  retocada  en  la  época  judía;  hecho  confirmado  por  el  exa- 
men interno  de  los  diversos  trozos  que  la  componen.  Los  fragmentos 
más  generalmente  considerados  como  adiciones  son:  2,  8-11,  15;  3, 
9-10,  14-20".  Y  al  examinar  ese  exégeta  la  pintura  del  día  de  Yahvé 
en  el  cap.  1,  se  pregunta:  "¿Era  ella  el  pensamiento  real  del  profeta? 
No;  para  él,  no  se  trata  de  una  catástrofe  cósmica,  escatológica,  sino 
simplemente  de  una  invasión  enemiga  que  amenazará  de  casa  en  casa 
a  los  habitantes  de  Jerusalén  (1,  10-13,  16-17).  Podría  suponerse  que, 
por  hipérbole  poética  fue  que  el  profeta  dió  a  esa  desgracia  nacional 
las  proporciones  de  un  cataclismo  universal,  lo  que  quizá  pueda  ser 
exacto  hasta  cierto  punto,  como  en  1,  15.  Pero  creo  más  bien  que  el 
ensanche  de  esa  pintura  sea  sobre  todo  el  hecho  de  un  glosador  de  la 
época  judía,  nutrido  de  visiones  apocalípticas;  siendo  a  él,  p.  ej.,  que 
se  debe  la  extensión  de  la  destrucción  a  los  peces  del  mar,  así  como 
limitar  el  aniquilamiento  a  los  hombres  impíos  (1,  3)"  {Hist.  Litter. 
Hebr.,  ps.  299-300).  La  misma  ortodoxa  L.  B.  A.  manifiesta  que  "la 
expresión  todo  del  v.  2  es  evidentemente  hiperbólica". 

3406.  Después  de  esta  observación  de  carácter  general,  pasemos 


UN  FESTIN  SAGRADO 


211 


al  estudio  de  los  versículos  del  trozo  transcrito,  que  merezcan  alguna 
explicación.  Como  en  los  vs.  2  y  5"  se  habla  de  que  Yahvé  destruirá  en 
absoluto  todo  lo  viviente  de  nuestro  planeta,  y  como  a  renglón  seguido 
en  3''  anuncia  Yahvé  que  sólo  exterminará  a  los  impíos  y  pecadores, 
entiende  L.  B.  d.  C.  que  esta  última  parte  debe  ser  una  adición  poste- 
rior, porque  no  concuerda  con  lo  que  antecede.  Sobre  el  v.  4^  escribe 
L.  B.  d.  C.:  "El  T.  M.  trae  el  resto  de  Baal  (en  lugar  de  hasta  el  nom- 
bre de  Baal) ,  de  lo  que  a  veces  se  ha  inferido  que  ya  se  había  operado 
la  reforma  de  Josías,  porque  no  subsistían  sino  restos  del  culto  de  Baal. 
Pero  la  expresión  podría  significar:  Baal  hasta  el  último  resto.  Por 
otra  parte,  la  versión  griega  atestigua  la  variante:  el  nombre  (o  los 
nombres)  de  Baal,  que  es  más  natural.  —  Baal,  principal  dios  de  los 
cananeos,  está  citado  aquí  como  tipo  de  las  divinidades  indígenas,  cuyo 
culto,  desde  la  entrada  de  los  israelitas  en  Palestina,  estaba  asociado 
al  de  Yahvé  o  lo  contaminaba"  (§  72,  87).  El  profeta  considera  en  los 
vs.  5-6  tres  clases  de  moradores  de  Judá,  sobre  los  cuales  caerá  el 
inexorable  castigo  de  Yahvé,  a  saber:  I*?  los  que  practicaban  el  sa- 
beísmo;  2°  los  sincretistas  que  a  la  vez  adoraban  a  su  dios  nacional  y 
a  Milcom,  Malcom  o  Molok,  dios  de  los  ammonitas;  y  3*?  a  los  indife- 
rentes que  no  se  preocupaban  de  Yahvé,  los  que  según  el  v.  12  mani- 
festaban que  Yahvé  a  nadie  hacía  bien  ni  mal.  El  sabeísmo  o  sea  la 
adoración  del  sol,  la  luna,  los  planetas  visibles  a  simple  vista  y  las 
estrellas,  contaba  con  muchos  partidarios  en  Judá,  celebrándose  su 
culto  en  las  azoteas,  en  las  cuales  se  construían  pequeños  altares  para 
quemar  perfumes  y  hacer  en  ellos  libaciones,  en  honor  de  los  mencio- 
nados astros  (Ez.  8,  16;  Jer.  19,  13;  32,  29;  II  Rey.  23,  12).  Este 
culto,  como  se  ve,  no  era  tan  burdo  como  el  de  aquellas  religiones  an- 
tiguas y  modernas  que  colocan  en  sus  templos  estatuas  o  imágenes  de 
sus  deidades  para  reverenciarlas  o  adorarlas.  Es  digno  de  notarse  que 
ya  en  la  lejana  época  del  siglo  VII  en  que  escribía  Sofonías,  había  en 
Judá  incrédulos,  que  se  daban  cuenta  que  su  dios  nacional  no  inter- 
viene en  los  sucesos  humanos,  pues  ese  profeta  condena  a  los  que  no 
buscan  a  Yahvé,  ni  se  inquietan  por  él  (v.  6). 

3407.  En  los  vs.  7-9  se  describe  el  día  de  Yahvé  como  un 
festín  sagrado,  en  el  cual  Yahvé  es  quien  sacrifica;  la  víctima  es  Judá; 
y  los  convidados  a  quienes  llama  ese  dios  para  comerla,  es  decir,  para 
saciar  en  ese  pueblo  su  sed  de  saqueo  y  destrucción,  son  los  in- 
vasores enemigos,  probablemente  los  escitas.  A  esos  invitados,  como 
era  de  práctica  en  los  sacrificios  de  comensalidad*  (§  88,  768,  944), 
se  les  exigía  que  previamente  se  santificaran.  Como  observa  L.  B.  d.  C: 
"Cuando  un  particular  se  preparaba  a  ofrecer  un  sacrificio  de  paz, 
convidaba  a  los  parientes,  amigos  o  a  pobres  a  participar  del  festín, 
en  el  cual  se  consumían  las  víctimas  (I  Sam.  9,  13,  22;  16,  3),  Esos 
invitados  debían  solamente  santificarse,  es  decir,  haberse  lavado  o  cam- 


212 


DESTRUCCION  DE  JERUSALEN 


biado  sus  vestidos,  y  haberse  abstenido  de  unión  con  mujeres  (cf.  I 
Sam.  16.  5;  21,  4-5;  Ex.  19,  10,  &).  Esos  ritos  tenían  por  fin  original 
separar  de  la  ceremonia  la  influencia  de  las  fuerzas  maléficas  u  hosti- 
les". El  citado  trozo  (vs.  7-9)  comienza  demandando:  ¡Silencio  de- 
lante del  Señor  Yahvé!  Explica  L.  B.  d.  C.  dicho  apostrofe  diciendo: 
"Esta  era  la  fórmula  pronunciada  en  el  instante  más  solemne  del  sa- 
crificio, en  el  momento  en  el  cual,  según  se  creía,  Yahvé  venía  él  mis- 
mo a  tomar  su  parte  de  la  víctima  (Hab.  2,  20;  Zac.  2,  13).  Los  la- 
tinos decían  igualmente:  favete  lingüis  (Horacio,  Odas,  3,  1-2;  Vir- 
gilio, Eneida,  5,  71).  La  idea  es  pues:  la  ceremonia  sangrienta  ha 
comenzado  ya;  las  víctimas  van  a  ser  inmoladas".  El  profeta  justifica 
su  apóstrofe  manifestando  que  estaba  cercano  el  día  de  Yahvé,  o  sea, 
el  día  en  que  este  dios  se  vengaría  de  sus  enemigos.  Primeramente 
serían  inmolados  los  ministros  o  jefes  de  Judá  y  los  miembros  de  la 
familia  real  o  hijos  del  rey,  como  literalmente  dice  así  el  texto,  todos 
los  cuales  habrían  merecido  su  castigo  por  haber  llenado  la  casa  de  su 
amo,  el  rey,  con  los  bienes  obtenidos  por  violencia  y  fraude;  luego 
aquellos  que  saltan  el  umbral,  frase  ésta  antes  enigmática,  cuyo  sen- 
tido se  conoce  ahora,  y  que  hemos  explicado  en  el  §  682;  continuán- 
dose con  los  que  se  visten  a  la  moda  extranjera,  probablemente  porque 
éstos,  con  las  modas  y  costumbres  de  otros  países,  introducirían  cultos 
distintos  del  nacional. 

3408.  En  los  vs.  10-13  se  describe  la  destrucción  de  Jerusalén, 
tal  como  se  imaginaba  el  profeta  que  ella  ocurriría.  Buen  conocedor 
de  Jerusalén,  va  indicando  los  distintos  barrios  de  esta  ciudad  en  los 
cuales  el  avance  del  invasor  enemigo  haría  prorrumpir  a  sus  habitan- 
tes en  gritos  de  desesperación.  Y  así  nos  habla  de  la  puerta  de  los 
Pescados,  en  la  parte  Norte  de  la  muralla;  de  los  arrabales  o  la  segun- 
da ciudad,  donde  se  encontraba  el  centro  industrial  y  comercial  jero- 
solimitano;  de  las  colinas  circundantes  de  los  arrabales;  del  barrio  de 
Maktech,  nombre  que  significa  mortero,  y  que  probablemente  indicaba 
ía  parte  superior  de  la  hondonada  del  Tiropeón  (§  1368),  habitado 
por  comerciantes  enriquecidos  por  la  usura  y  el  engaño  (Os.  12,  7-8), 
o  que  hacen  el  tráfico  de  la  plata,  según  la  traducción  de  L.  B.  d.  C, 
la  que  anota  que  en  el  original  refiriéndose  a  los  moradores  de  ese 
barrio,  se  les  llama  literalmente  el  pueblo  de  Canaán,  porque  cañoneo 
era  la  denominación  que  generalmente  se  daba  a  los  mercaderes,  prin- 
cipalmente a  los  ambulantes,  según  hemos  dicho  en  §  1677.  En  Fran- 
cia, durante  la  Edad  Media  se  llamaban  lombardos  a  los  financieros 
y  a  los  usureros.  En  el  v.  12  Sofonías  le  hace  decir  a  Yahvé  que  él 
escudriñará  a  Jerusalén  con  una  lámpara  en  la  mano,  como  para  no 
dejar  escapar  a  ningún  culpable,  puesto  que  siendo  muy  oscuras  las 
casas  palestinas,  era  indispensable  encender  luz  para  hacer  una  bús- 
queda minuciosa  (Luc.  15,  8).  L.  B.  A.  recuerda  al  respecto  el  pasaje 


DIES  IRAE,  DIES  ILLA 


213 


de  Josefo  en  el  que  éste  narra  que  cuando  la  toma  de  Jerusalén  por  los 
romanos,  los  príncipes,  los  grandes  y  los  sacerdotes,  fueron  sacados 
por  los  enemigos,  de  las  cavernas,  de  las  cloacas  y  de  los  sepulcros  don- 
de se  habían  ocultado.  Algo  semejante  es  lo  que  entendía  nuestro  pro- 
feta que  haría  el  dios  nacional  el  día  de  su  juicio.  Y  agrega  que  el 
mismo  inexorable  juez  castigará  a  los  incrédulos,  que  han  vivido  en  la 
indiferencia,  tranquilos,  como  el  vino  que  no  ha  sido  trasegado,  porque 
no  creían  ni  en  las  amenazas  que  dirigían  los  profetas  a  los  impíos,  ni 
en  las  promesas  que  hacían  a  los  fieles  adoradores  de  Yahvé.  A  los 
tales,  les  vaticina  que  sus  riquezas  serán  saqueadas  y  sus  casas  expo- 
liadas, y  tomando  palabras  de  Amos  (5,  11),  e  idéntica  idea  de  M¡- 
queas  (6,  15),  les  anuncia  que  no  habitarán  las  casas  que  construye- 
ren, ni  beberán  del  vino  de  las  viñas  que  hubieren  plantado. 

3409.  En  el  trozo  de  los  vs.  14-18,  se  encuentra  el  v.  15  que  sir- 
vió de  tema  al  célebre  cántico  de  la  iglesia  romana  de  la  Edad  Media, 
atribuido  a  Tomás  de  Celano:  Dies  irae,  dies  illa,  según  traducción  de 
la  Vulgata,  himno  del  que  hemos  hablado  en  la  nota  del  §  1275.  En 
ese  trozo,  Sofonías  — o  el  que  más  tarde  le  dió  forma  definitiva  a  este 
libro  (§  3405) —  desarrollando  la  idea  del  día  de  Yahvé  enunciada 
en  el  v.  7,  describe  cómo  será  ese  terrible  día,  cuya  llegada  estaba 
muy  próxima.  Para  ello  acumula  las  expresiones  más  terroríficas,  con 
las  que  quería  pintar  lo  enorme  del  furor  de  Yahvé.  Nótese  que  en  el 
poema  tan  pronto  se  habla  de  un  juicio  universal  que  alcanzará  a 
todos  los  habitantes  del  planeta,  según  se  ve  en  el  v.  18'',  como  se  re- 
duce esa  calamidad  a  los  límites  de  una  invasión  enemiga  en  Judá. 
Así  en  el  v.  i6  se  mencionan  estruendo  de  trompetas  y  gritos  de  guerra 
contra  las  ciudades  fortificadas;  y  en  el  v.  i 7  se  expresa  que  los  hom- 
bres quedarán  angustiados  y  marcharán  como  ciegos,  porque  han  pe- 
cado contra  Yahvé,  lo  que  debe  entenderse  sólo  de  los  israelitas  o 
judaítas  que  tenían  a  éste  por  su  dios  nacional,  pues,  para  los  demás 
seres,  Yahvé  era  un  dios  totalmente  desconocido.  Obsérvese  igualmente 
que  aunque  todo  este  trozo  se  da  como  oráculo  de  Yahvé,  quien  apa- 
rece hablando  en  él  en  primera  persona,  como  en  el  v.  12:  "Yo  escu- 
driñaré a  Jerusalén  con  lámpara  en  la  mano"  y  en  el  v.  17:  "Yo  su- 
mergiré a  los  hombres  en  la  angustia",  correspondería  que  al  final  de 
este  último  versículo  se  dijera:  "Porque  ellos  han  pecado  contra  mí", 
y  no  "contra  Yahvé",  lo  que  está  revelando  que  el  tal  oráculo  no  es 
la  expresión  de  lo  dicho  por  el  dios  de  que  se  trata.  El  profeta  supone 
que  esos  terribles  invasores  que  desencadenarán  el  día  de  \ahvé,  serán 
los  escitas,  y  como  éstos,  que  pensaban  atacar  a  Egipto,  desistieron  de 
sus  propósitos,  gracias  a  la  hábil  política  de  Psamético  I,  que  los  hizo 
retroceder  en  virtud  de  sus  cuantiosas  dádivas,  ahora  Sofonías  pro- 
clama que  a  sus  compatriotas,  a  causa  de  sus  pecados,  no  podrán  sal- 
varlos ni  su  plata,  ni  su  oro,  en  aquel  día  del  furor  de  Yahvé,  dios 


214 


LLAMADO  AL  ARREPENTIMIENTO 


que,  como  sabemos,  es  terriblemente  colérico  y  despiadadamente  ven- 
gativo. Quizá  por  eso,  en  el  poema  se  pasa  insensiblemente  del  anuncio 
de  la  destrucción  de  Judá,  al  vaticinio  del  aniquilamiento  total  de  la 
humanidad  (v.  18''). 

3410.  Los  tres  primeros  versículos  del  cap.  2,  que  continúan  el 
capítulo  anterior,  expresan  distintas  ideas  de  las  expuestas  en  ese 
último,  a  saber:  al  detalle  del  día  del  furor  de  Yahvé  en  el  que  toda 
la  Tierra  sería  consumida  y  sus  habitantes  exterminados,  sigue  un  lla- 
mado al  arrepentimiento,  a  la  humildad  y  a  la  práctica  de  la  justicia, 
para  ponerse  a  cubierto  del  día  de  la  cólera  de  Yahvé;  lo  que  como 
es  natural,  no  concuerda  con  lo  que  antecede.  Comienza  este  pequeño 
trozo  por  un  texto  muy  incierto,  que  los  traductores  vierten  de  los 
más  diferentes  modos,  y  así  mientras  los  verbos  en  imperativo  del 
V.  If  los  traduce  L.  B.  d.  C.  por:  "Encorvaos,  humillaos",  otros  repi- 
ten: "Recogeos",  llegando  algunos  a  expresar  la  idea  contraria:  "¡Es- 
tad firmes"!  La  Vulgata  trae:  "Venid  juntos,  congregaos".  Igual  cosa 
ocurre  con  el  v.  2",  que  en  vez  de  ser  vertido  por:  "Antes  que  seáis 
semejantes  a  la  paja  que  vuela",  como  trae  L.  B.  d.  C,  los  que  se  ci- 
ñen al  T.  M.  traducen  por:  "Antes  que  nazca  la  ley",  o  que  "el  decreto 
haya  dado  a  luz,  que  el  día  llegue  o  haya  pasado  como  la  brizna  de 
la  paja";  y  la  Vulgata  traduce:  "Antes  que  la  orden  traiga  este  día 
como  polvo  que  pasa".  En  cuanto  al  v.  P:  "Gente  sin  pudor",  que 
Pratt  vierte  por:  "Oh  nación  sin  vergüenza",  el  autor  ha  querido  coji 
esas  palabras  apostrofar  al  pueblo  judío.  Prescindiendo  del  final  del 
v.  2,  simple  repetición  dé  la  frase  antecedente,  nos  encontramos  en  el 
v.  3  con  la  orden  conminatoria  de  buscar  a  Yahvé,  lo  mismo  que  bus- 
car la  equidad  y  la  humildad,  orden  que  debía  ser  dirigida  a  los  im- 
píos, o  a  la  nación  culpable  en  general,  y  no  a  los  que  ya  practicaban 
la  justicia  y  la  humildad.  Lods  considera  muy  sospechosa  la  autenti- 
cidad del  V.  3,  porque  la  palabra  humildes  recuerda  el  vocabulario  de 
los  salmos,  y  la  expresión:  "Buscad  la  humildad,  quizá  estaréis  a  cu- 
bierto, el  día  de  la  cólera  de  Yahvé",  era  una  idea  apocalíptica  co- 
rriente en  el  judaismo  posterior  al  destierro.  Nota  sin  embargo  L.  B. 
d.  C.  que  "esto  no  es  una  razón  absolutamente  decisiva  para  mirar  co- 
mo agregados  tardíamente  tanto  el  v.  3  como  el  conjunto  de  los  vs.  1-3: 
podría  ocurrir  que  esos  modos  de  hablar  y  de  pensar  remontasen  a 
un  autor  del  siglo  VH". 

ORACULO  CONTRA  DIVERSOS  PUEBLOS  EXTRANJEROS.  —  P  CON- 
TRA LOS  FILISTEOS.  —  3411. 

2,  4  Porque  Gaza  vendrá  a  ser  un  lugar  desierto 

Y  Ascalón  una  soledad. 

La  población  de  Asdod  será  echada  al  mediodía 

Y  la  de  Ecrón  será  extirpada. 


CONTRA  LOS  FIUSTEOS 


215 


5  ¡Ay  de  vosotros  que  habitáis  la  cosía  del  mar, 
Nación  de  los  Kereti!  (o  de  los  kereteos). 
Yahvé  ha  pronunciado  sentencia  contra  ti, 
Canaán,  país  de  los  filisteos: 

"Te  destruiré,  te  despoblaré; 

6  Keret  servirá  de  pasturaje  a  los  pastores. 
De  aprisco  a  las  ovejas. 

7  La  costa  del  mar  pertenecerá 

A  los  sobrevivientes  de  la  casa  de  Judá. 
A  orillas  del  mar  harán  pacer  sus  rebaños, 

Y  por  la  noche  descansarán  en  las  casas  de  Ascalón". 
Porque  Yahvé,  su  dios,  los  visitará 

Y  los  restablecerá. 

3412.  Con  los  versículos  precedentes  comienzan  los  oráculos  de 
Sofonías  contra  las  naciones  extranjeras.  Sobre  esta  clase  de  profe- 
cías, léase  lo  que  hemos  dicho  en  el  §  2983.  La  enemistad  de  los  filis- 
teos contra  los  israelitas  venía  de  muchos  siglos  atrás,  y  según  se  re- 
cordará, éstos  últimos  habían  sido  completamente  derrotados  por  aqué- 
llos, entre  otras  batallas,  en  la  de  Afee,  en  la  que  fue  tomada  nada 
menos  que  el  arca  donde  moraba  el  propio  Yahvé,  en  la  época  de 
Samuel  (§  678-679).  El  espíritu  de  venganza  persistía,  pues,  en  Judá 
contra  tales  poderosos  enemigos,  quienes  ya  estaban  bastante  diezma- 
dos y  habían  tenido  mucho  que  sufrir  del  paso  de  los  ejércitos  asirlos 
y  de  las  hordas  escitas  en  su  marcha  contra  el  Egipto.  De  los  cinco 
principados  de  Filistea,  nuestro  profeta  menciona  sólo  cuatro,  pues 
prescinde  de  Gat,  lo  que  hace  presumir  que  esta  ciudad  ya  había  sido 
arruinada,  o  que  había  declinado  muchísimo  su  poderío.  L.  B.  A.  es- 
cribe al  respecto:  "Si  no  se  nombra  a  Gat,  es,  o  bien  porque  el  pro- 
feta no  ha  querido  designar  más  que  cuatro  ciudades,  a  causa  del  pa- 
ralelismo, o  bien  que  Gat,  tomada  por  David  (I  Crón.  18,  i),  recon- 
quistada por  los  filisteos  (Am.  6,  2)  había  finalmente  vuelto  al  domi- 
nio de  los  reyes  de  Judá  (II  Crón.  26,  6;  II  Rey.  18,  8).  Sofonías, 
lo  mismo  que  otros  profetas  escritores,  según  ya  hemos  visto  (§  2815- 
2815  bis)  se  complace  en  juegos  de  palabras,  que  para  nosotros  care- 
cen de  sentido  o  importancia,  y  que  resultan  intraducibies  o  incompren- 
sibles en  nuestro  idioma.  Así  para  pintar  la  suerte  futura  de  las  cuatro 
ciudades  principales  filisteas,  busca  una  asonancia  entre  el  nombre  de 
ellas  y  su  destino,  asonancia  que,  según  Reuss,  sería  como  si  se  dijera 
en  francés:  "Azzah  (nombre  de  Gaza  en  hebreo)  en  aura  assez;  Ecrón 
sera  égrenée".  En  cuanto  a  la  frase  "Asdod  será  echada  al  mediodía", 
la  interpreta  L.  B.  A,  diciendo:  "A  la  hora  del  gran  calor,  en  que  to- 
dos reposan  y  en  que  se  está  más  descuidado". 

3413.  En  el  v,  5  la  expresión  habitantes  de  la  costa  del  mar  debe 


216 


CONTRA  LOS  nUSTEOS 


referirse  a  todo  el  país  filisteo,  representado  aquí  por  el  nombre  de 
un  clan  de  esa  nación:  los  Kereti  o  Kereteos,  mencionados  en  muchas 
otras  partes  de  la  Biblia,  como  en  I.  Sam.  30,  14;  Ez.  25,  16,  habién- 
dose traducido  mal  en  la  Vulgata  ese  nombre  propio  Kereti  por:  gens 
perditOTum,  o  sea,  gente  de  perdición.  Otros  entienden  que  aquella  ex- 
presión se  refiere  sólo  a  los  principados  costaneros  de  Gaza,  Ascalón 
y  Asdod.  El  vocablo  Keret  del  v.  6  ha  adquirido  nueva  importancia 
con  el  descubrimiento  en  Ras-Shamrá  (§  79,  1129*)  de  varios  poemas 
fenicios,  entre  los  cuales  se  encuentra  La  Leyenda  de  Keret,  según  la 
cual  este  héroe  reinaba  en  el  Sud  de  Palestina,  en  la  parte  del  Negeb 
que  de  él  ha  tomado  su  nombre:  el  Negeb  ha-kereti,  viniendo  así  a  ser 
Keret  el  antecesor  epónimo  de  los  kereti  o  kereteos.  (1)  Según  el  v.  5, 
el  término  Canaán,  o  país  bajo  (Sefela,  §  1,  3)  era  primitivamente  el 
nombre  de  la  región  costatiera  del  Sudoeste,  que  sería  más  tarde  la 
Filistea.  L.  B.  d.  C.  opina  que  la  mayor  parte  del  v.  7  en  el  que  se 
menciona  que  la  costa  del  mar,  o  sea,  el  país  de  los  filisteos,  pertene- 
cerá a  los  sobrevivientes  de  la  casa  de  Judá,  así  como  que  Yahvé  los 
visitará  y  los  restablecerá,  constituyen  adiciones  posteriores,  de  la  épo- 
ca exílica.  La  ortodoxa  L.  B.  A.  reconoce  que  esa  profecía  nunca  se 
ha  cumplido;  pero  que  "se  cumplirá  en  el  porvenir,  sea  materialmente 
cuando  el  efectivo  retorno  de  los  judíos  a  Palestina,  o  sea  espiritual- 
mente  por  la  desaparición  de  los  filisteos  como  nación  pagana  y  por 
su  conversión  y  su  incorporación  al  pueblo  de  Dios  (Salm.  87,  4;  Zac. 
2,  6'')".  Lo  probable  es  que  Sofonías  pensara  en  una  próxima  inva- 
sión de  pueblos  bárbaros  como  los  escitas,  al  vaticinar  la  destrucción 
total  de  las  grandes  ciudades  filisteas,  cuyo  territorio,  según  el  escri- 
tor que  adicionó  o  completó  el  oráculo  de  aquel  profeta,  sería  ocupado 
de  inmediato  por  los  sobrevivientes  de  la  casa  de  Judá  a  quienes  per- 
tenecería en  adelante.  La  expresión  sobrevivientes  de  la  casa  de  Judá 
(que  está  revelando  claramente  su  origen  posterior  al  destierro)  con 
la  que  se  quiere  expresar  los  futuros  dueños  de  la  Filistea,  constituye 
un  vaticinio  que  nada  tiene  que  ver  con  sucesos  posteriores,  como  el 
sionismo,  ocurridos  más  de  veinticinco  siglos  después,  en  cuyo  inter- 
valo dicha  región  costanera  fue  habitada  por  naciones  extrañas  por 
completo  a  Judá.  En  lo  tocante  a  darle  un  sentido  espiritual  a  ese  orácu- 
lo, de  acuerdo  con  el  criterio  de  L.  B.  A.,  piénsese  en  que  los  filisteos 
nunca  se  fusionaron  con  los  judíos,  y  en  que  éstos  nunca  tampoco  han 
pensado  en  convertirse  al  cristianismo,  como  los  cristianos  inversa- 
mente no  han  pensado  ni  piensan  retornar  al  seno  de  la  comunidad 
judía,  de  donde  proceden. 


(1)  Tal  es  lo  que  entienden  Dussaud,  ViroUeaud  y  otros  traductores  de  las 
tabillas  de  Ras-Shamrá,  opinión  ésta  hoy  muy  discutida,  según  puede  verse  en 
R.  H.  Ph.  R.,  t"?  27,  ps.  248-253. 


CONTRA  MOAB  Y  AMMON 


217 


20  —  ORACULO  CONTRA  MOAB  Y  AMMON.  —  3414. 

2,  8  He  oído  los  insultos  de  Moab 

Y  los  ultrajes  de  los  hijos  de  Ammán, 

Los  insultos  que  proferían  contra  mi  pueblo 

Y  los  dichos  altaneros  que  expresaban  sobre  su  país 
(o  engrandeciéndose  a  expensas  de  sus  fronteras). 

9  Por  tanto,  lo  juro  por  mi  vida  (o  ¡Vivo  yo!),  dice  Yahvé, 

(u  oráculo  de  Yahvé), 
Dios  de  los  Ejércitos,  dios  de  Israel, 
Moab  vendrá  a  ser  como  Sodoma 

Y  el  país  de  los  hijos  de  Ammán  como  Gomorra, 
Dominio  invadido  por  las  ortigas,  mina  de  sal. 
Eterna  soledad. 

Los  sobrevivientes  de  mi  pueblo  los  saquearán, 

Y  los  dispersos  (o  los  restos)  de  mi  nacián  serán  sus  due- 

[ños. 

10  Esto  les  ocurrirá  en  castigo  de  su  orgullo. 

Porque  han  proferido  insultos  y  expresado  dichos  altaneros 
Contra  el  pueblo  de  Yahvé  dios  de  los  Ejércitos. 

11  Yahvé  se  mostrará  terrible  cuando  obre  contra  ellos; 
Aniquilará,  en  efecto  a  todos  los  dioses  de  la  Tierra; 

Y  se  postrarán  ante  él,  — cada  uno  en  su  país — , 
Todos  los  habitantes  de  las  islas  de  las  naciones. 

3415.  Sabemos  ya  el  odio  secular  que  profesaban  los  israelitas 
a  sus  vecinos  los  pueblos  de  Moab  y  de  Ammón.  En  el  transcrito  trozo 
precedente  se  anuncia  en  nombre  de  Yahvé  que  estas  naciones  ene- 
migas serían  totalmente  destruidas  como  lo  habían  sido  las  regiones 
cercanas  de  Sodoma  y  de  Gomorra.  Pero  a  este  vaticinio  se  le  ha  agre- 
gado que  los  sobrevivientes  de  Judá  saquearían  dichos  países,  some- 
tiéndolos a  su  dominio  (v.  9*).  Otro  escritor  agregó  que  ese  castigo 
ocurrirá  por  el  orgullo  y  la  soberbia  de  los  vencidos;  añadiéndose  que 
Yahvé  se  mostrará  terrible  al  proceder  contra  ellos;  que  aniquilará  a 
todos  los  dioses  de  la  Tierra  y  que  finalmente  los  demás  habitantes  del 
mundo,  lo  adorarán  a  él  sólo,  aunque  cada  uno  en  su  país.  Esto  último 
constituye  una  idea  contraria  a  lo  expuesto  por  otros  profetas,  quienes 
entendíán  que  para  adorar  a  Yahvé,  habría  necesidad  de  concurrir  a 
Jerusalén  (Is.  2,  2-3;  Miq.  4,  1-2;  §  2872-2875).  Con  las  palabras 
islas  de  las  naciones  el  escritor  quiere  referirse,  como  observa  Reuss, 
"a  los  países  de  los  extremos  de  la  Tierra,  los  cuales  se  representaban 
como  islas,  según  la  analogía  de  aquello  que  se  conocía  como  más 
alejado",  o  sea,  los  países  ribereños  del  Mediterráneo. 

3416.  ¿Pertenece  todo  este  oráculo  a  Sofonías?  Muchos  críti- 


218 


CONTRA  MOAB  Y  AMMON 


eos  lo  niegan,  porque  primeramente  se  dan  como  razón  del  castigo  en 
que  incurrirán  Moab  y  Ammón,  los  insultos  y  ultrajes  proferidos  por 
esas  naciones  contra  Judá,  hecho  ocurrido  después  del  destierro,  cuan- 
do esas  naciones  aprovechándose  de  la  caída  de  Judá  en  poder  de  los 
caldeos,  incursionaron  en  territorio  judaíta  apropiándose  parte  de  él. 
Recuérdese,  en  efecto,  que  Ezequiel,  en  el  siglo  siguiente,  durante  el 
destierro,  dirigiéndose  a  Ammón,  le  manifestaba,  como  pronunciadas 
por  Yahvé,  las  siguientes  palabras: 

25,  3  Por  cuanto  dijiste:  ¡Ha!  ¡Ha! 

Respecto  de  mi  santuario  cuando  fue  profanado. 
Tocante  al  país  de  Israel  cuando  fue  devastado 

Y  de  la  casa  de  Judá,  cuando  ella  partió  para  el  destierro, 

4  A  causa  de  esto,  yo  entregaré  tu  país  en  propiedad  a  los 

[hijos  de  Oriente; 

Establecerán  en  ti  sus  aduares 

Y  levantarán  en  ti  sus  tiendas. 
Ellos  son  los  que  comerán  tus  frutos 

Y  beberán  tu  leche. 

5  Y  haré  de  Rabbá  un  parque  para  camellos, 

Y  de  las  ciudades  de  los  ammonitas  un  corral  para  ovejas. 
Así  sabréis  que  yo  soy  Yahvé. 

Del  mismo  modo  Ezequiel  pronuncia  un  oráculo  contra  Moab, 
porque  éste  había  dicho  desdeñosamente  que  Judá  no  era  un  país  pri- 
vilegiado, como  lo  creían  sus  habitantes,  sino  que  era  igual  que  las 
demás  naciones  (Ez.  25,  8-11).  L.  B.  d.  C,  defendiendo  la  autentici- 
dad de  los  vs.  8  y  9  de  Sof.  2,  alega  que  "conocemos  muy  incomple- 
tamente el  detalle  de  los  acontecimientos  del  siglo  VII  para  afirmar 
que  ya  desde  esa  época  Moab  y  Ammón  no  habían  insultado  a  Judá". 
Ésta  defensa  nos  parece  muy  inconsistente,  porque  la  burla,  los  insul- 
tos y  las  afrentas  contra  Judá  proferidos  por  sus  vecinos  enemigos,  só- 
lo se  explican  lógicamente  por  la  completa  derrota  de  este  pueblo,  la 
pérdida  de  su  independencia  y  el  hecho  de  haber  sido  desterrados  la 
mayor  parte  de  sus  habitantes.  El  mismo  ortodoxo  Scío  llega  a  igual 
conclusión,  cuando  al  parafrasear  el  citado  v.  8,  dice:  "Los  insultos 
con  que  os  escarnecían  los  moabitas  y  ammonitas,  cuando  los  caldeos 
entraron  en  Jerusalén  y  la  tomaron:  y  por  esto  tomaré  a  los  mismos 
caldeos  por  ministros  y  ejecutores  de  mi  justicia,  y  serán  los  que  cas- 
tiguen su  inhumanidad.  Jer.  48;  Am.  2". 

3417.  En  cambio  L.  B.  d.  C.  admite  como  adiciones  posteriores 
a  los  vs.  8-9",  todo  lo  que  se  agrega  hasta  el  final  del  v.  11.  Efectiva- 
mente el  autor  de  la  primera  parte  de  ese  oráculo  (vs.  8-9")  entendía 
que  los  ejecutores  de  la  sentencia  condenatoria  de  Yahvé  contra  las 


CONTRA  ETIOPIA 


219 


naciones  extranjeras  que  se  mencionan  en  Sof.  2  desde  el  v.  4  al  15, 
lo  mismo  que  contra  Judá,  tenían  que  ser  los  irresistibles  invasores  del 
Norte,  o  sea,  los  bárbaros  escitas,  y  no  este  último  pequeño  reino,  del 
que  no  se  podía  pensar  que  se  transformara  en  conquistador  de  los 
demás  pueblos  fronterizos.  Nótese  que  si  en  esa  parte  de  este  oráculo 
(v9.  8-9")  es  Yahvé  quien  habla,  pues  emplea  la  primera  persona: 
"He  oído.  .  .  mi  pueblo.  .  .  lo  juro  por  mi  vida",  después  se  habla  de 
él  en  la  tercera  persona,  lo  que  indica  agregados  de  otras  manos.  Esas 
adiciones,  y  principalmente  los  vs.  9''  y  11,  muestran  a  las  claras  su 
origen  exílico.  En  efecto,  en  el  v.  11  ya  no  se  trata  de  la  destrucción 
de  Moab  y  de  Ammón,  sino  de  la  derrota  o  la  anonadación  de  todos 
los  países  que  poseían  otras  divinidades  distintas  de  las  del  dios  na- 
cional israelita,  el  cual  aniquilaría  a  sus  demás  colegas,  siendo  él  en 
adelante  el  único  adorado  por  todas  las  islas  de  las  naciones.  Como 
anota  L.  B.  d.  C:  "Esta  expresión  y  la  esperanza  de  la  conversión  ge- 
neral de  los  paganos  parecen  traicionar  la  influencia  del  Segundo 
Isaías".  Según  San  Jerónimo,  lo  que  se  expresa  en  el  v.  11,  conviene 
propiamente  a  Jesucristo  y  a  la  predicación  de  sus  apóstoles  y  discí- 
pulos. Para  L.  B.  A.,  esta  profecía  contra  Moab  y  Ammón  se  curnplió 
cinco  años  después  de  la  ruina  de  Jerusalén,  cuando  Nabucodonosor 
arrasó  y  sometió  sus  territorios,  y  en  que  desde  entonces  esos  pueblos 
no  recuperaron  su  indenpendencia,  concluyendo  por  fusionarse  con  los 
árabes. 

3"  —  ORACULO  CONTRA  ETIOPIA.    —  3418. 

2,  12  Vosotros  también,  cusitas. 

Seréis  traspasados  por  la  espada  de  Yahvé. 

Según  el  mito  etnográfico  de  los  hebreos,  dos  de  los  nietos  de 
Noé,  descendientes  de  su  hijo  Cam,  fueron:  Cus  (la  Etiopía)  y  Miz- 
raim  (el  Egipto;  §  2252).  Como  nota  L.  B.  d.  C:  "Cus,  la  Etiopía  de 
los  antiguos,  la  Nubia  de  hoy,  era,  en  tiempo  de  Sofonías,  una  de  las 
grandes  potencias  del  mundo,  cuyos  reyes,  durante  cerca  de  un  siglo 
(del  728  al  645  más  o  menos)  habían  sido  los  amos  de  Egipto.  Sofo- 
nías entendía  que  la  espada  de  Yahvé,  es  decir,  la  de  los  bárbaros,  ins- 
trumentos de  su  justicia,  heriría  no  sólo  a  todo  el  Egipto,  sino  tam- 
bién al  reino  que  se  extendía  más  allá  de  sus  fronteras  meridionales". 
Lods  piensa  con  Holscher,  que  Sofonías  esperaba  de  los  escitas  la  de- 
rrota de  los  etíopes,  es  decir,  sin  duda  de  la  dinastía  de  Psamético  I, 
a  la  que  el  profeta  podía  considerar  como  heredera  de  la  dinastía  etío- 
pe, echada  de  Egipto,  en  el  año  653.  L.  B.  A.  y  Scío  suponen,  por  el 
contrario,  que  la  espada  de  Yahvé  debe  referirse  a  los  caldeos,  supo- 
sición muy  poco  probable,  ya  que  el  poderío  de  éstos  se  desarrolló 


220 


CONTRA  ASIRIA 


mucho  más  tarde,  mientras  que  lo  que  había  impresionado  enorme- 
mente a  todos  los  de  la  época  del  profeta,  era  el  avance  arrollador  e 
incontenible  de  los  escitas.  A  juicio  de  L.  B.  A.,  la  brevedad  de  este 
oráculo  se  debe  a  que  en  tiempo  de  Sofonías,  los  etíopes  no  habían 
tenido  relaciones  hostiles  con  Judá. 

4f  —  ORACULO  CONTRA  ASIRIA.  —  3419. 
2,  13  El  extenderá  también  su  mano  hacia  el  Norte 

Y  hará  perecer  a  Asur. 
Convertirá  a  Nínive  en  una  soledad. 
En  tierra  tan  árida  como  el  desierto. 

14  Rebaños  harán  allí  su  albergue 

Así  como  todas  las  bestias  de  los  campos. 
El  autillo  y  la  garza 
Pasarán  la  noche  entre  sus  capiteles. 
El  buho  cantará  en  las  ventanas 

Y  el  cuervo  en  los  umbrales. 

(Sigue  un  verso  alterado,  intraducibie). 

15  He  aquí  lo  que  llegará  a  ser  la  ciudad  alegre 
Que  reinaba  descuidadamente 

Y  que  decía  en  su  corazón; 
"¡Yo,  y  nada  más  que  yo!" 
¿Cómo  ha  llegado  a  ser  un  desierto, 
Una  guarida  de  fieras? 

El  que  pasare  junto  a  ella,  silbará 

Y  agitará  la  mano  (o  con  la  mano  hará  un  gesto  de  menos- 

[precio.  V.  S.). 

Como  hemos  dicho  en  el  §  3401,  la  incursión  de  los  escitas  hasta  el 
delta  del  Egipto,  a  todo  lo  largo  de  la  costa  del  Mediterráneo,  causó 
profunda  impresión,  especialmente  entre  los  judaítas.  Sofonías  creyó 
que  era  inevitable  la  destrucción  por  esos  bárbaros,  tanto  de  Judá  como 
de  los  filisteos,  los  etíopes  y  los  asirios,  habiendo  decaído  tan  notable- 
mente el  poder  de  éstos  últimos,  que  no  habían  logrado  oponer  a  tan 
temibles  conquistadores  una  barrera  eficaz.  Esto  explica  claramente 
todos  sus  oráculos  que  hemos  transcrito,  y  en  particular  el  precedente 
sobre  Asiría  y  Nínive.  Lods,  en  su  citada  obra  póstuma  p.  298,  escribe 
al  respecto:  "Sería  conocer  mal  a  los  profetas  del  antiguo  Israel  ver 
en  los  citados  vaticinios,  predicciones  formuladas  in  abstracto,  en 
nombre  simplemente  de  un  postulado  moral;  los  antiguos  profetas  siem- 
pre toman  por  punto  de  partida  hechos  concretos  cuyas  líneas  se  con- 
tentan con  prolongar,  explicando  su  sentido  moral  y  su  finalidad  divi- 
na, pues  la  historia  era  para  ellos  el  gran  libro  de  las  revelaciones  de 
Yahvé.  Es  por  lo  tanto  cierto  que  los  invasores,  cuyos  fulminantes  éxi- 


CONTRA  ASIRIA 


221 


m 

tos  anuncia  Sofonías,  habían  comenzado  ya  sus  asolamientos;  eran  los 
escitas,  los  bárbaros  del  Norte,  que  aprovechando  del  debilitamiento  de 
la  Asirla,  irrumpían  en  el  Asia  civilizada  y  la  surcaban  libremente  en 
todos  sentidos.  Una  de  esas  hordas,  sgún  el  testimonio  de  Herodoto 
(I,  103-106),  atravesó  la  Siria-Palestina,  y  hubiera  invadido  Egipto,  si 
Psamético  no  hubiera  comprado  a  precio  de  oro  su  retirada ...  Se  co- 
loca esta  invasión  en  626,  año  de  la  muerte  de  Asurbanipal.  Admítese 
generalmente  que  Sofonías  pronunció  discursos  antes  de  esa  expedi- 
ción del  626.  .  .  pero  sería  quizá  tan  natural  y  más  indicado,  admitir 
que  Sofonías  habló  después  de  dicha  expedición,  en  la  que  vió  una 
muestra  de  lo  que  los  escitas  podían  hacer  y  un  anticipo  de  lo  que 
Yahvé  iba  a  encargarles  que  ejecutaran.  Esto  explicaría  probablemente 
el  pasaje  de  3,  6",  el  cual  veremos  en  el  párrafo  siguiente. 

3420.  Aclararemos  ahora  algunas  expresiones  del  precedente 
oráculo:  1^  En  cuanto  a  la  orientación  dada  en  el  v.  13,  observaremos 
que  si  bien  la  Asiría  está  al  N.  E.  de  Judá,  sin  embargo,  para  ir  de 
Jerusalén  a  Nínive,  había  que  dejar  la  Palestina  por  el  camino  del  Nor- 
te (L.  B.  d.  C).  29  El  T.  M.,  en  el  v.  14  no  trae  la  frase:  asi  como  to- 
das las  bestias  de  los  campos,  palabras  que  se  encuentran  en  la  V.  A. 
y  en  otros  códices.  También  el  T.  M.  en  vez  del  vocablo  vertido  por 
garza,  emplea  otro  que  se  traduce  generalmente  por  erizo,  por  lo  que 
muchos  comentaristas  manifiestan  que  para  que  los  erizos  pudieran 
alojarse  en  los  capiteles  de  las  columnas,  éstas  debían  estar  ya  derri- 
badas. Igualmente  el  T.  M.  en  el  mismo  versículo,  en  lugar  del  buho 
y  el  cuervo  trae :  una  voz  y  la  desolación,  fuera  de  terminar  ese  versículo 
con  una  línea  tan  alterada,  que  en  el  sentir  de  la  crítica  independiente, 
no  presenta  una  traducción  aceptable.  3°  Tocante  al  versículo  final,  15, 
entiende  Lods  que  no  es  de  Sofonías,  por  ser  "un  centón  de  citas  sa- 
cadas de  relatos  bíblicos  recientes".  Con  respecto  a  la  frase  última:  El 
que  pasare  junto  a  ella  silbará,  nota  L.  B.  d.  C.  que  "no  se  trata  aquí 
de  un  verdadero  silbido  sino  de  una  especie  de  ¡psst!  que  se  escucha 
aún  hoy  en  Palestina  para  demostrar  profunda  sorpresa". 

ORACULO  CONTRA  JERUSALEN.  —  3421. 

3,  1  ¡Ay  de  la  ciudad  rebelde  y  contaminada. 
De  la  ciudad  opresora! 

2  No  escucha  ella  ningún  llamado; 
No  admite  advertencias; 

No  pone  su  confianza  en  Yahvé, 
No  se  acerca  a  su  dios. 

3  Sus  magistrados  son,  en  medio  de  ella, 
Leones  rugientes; 

Sus  jueces  son  lobos  nocturnos: 

Nada  reservan  para  la  mañana  (texto  muy  incierto). 


222 


CONTRA  JERUSALEN 


4  Sus  profetas  son  petulantes  (o  fanfarrones) 
E  impostores. 

Sus  sacerdotes  profanan  las  cosas  santas; 
Hacen  violencia  a  la  ley. 

5  Yahvé,  que  mora  él  también  en  la  ciudad,  es  justo: 
No  hace  nada  inicuo. 

Cada  mañana  hace  conocer  sus  justas  exigencias. 
Nunca  falta; 

Y  sin  embargo  el  perverso  ignora  la  vergüenza. 

6  He  exterminado  naciones. 

Sus  torres  de  ángulo  han  sido  destruidas  (o  sus  jefes  han 
[perecido  o  han  sido  atemorizados)  ; 
He  desolado  sus  calles. 
Nadie  pasa  más  por  ellas. 

Sus  ciudades  han  sido  devastadas,  despobladas. 
Nadie  habita  más  en  ellas. 

7  Yo  me  decía:  "ciertamente  ella  me  temerá, 
Se  dejará  amonestar ; 

No  perderá  más  de  vista 

Nada  de  lo  que  yo  le  he  mandado^'. 

Pero,  en  realidad,  se  han  aplicado  diariamente 

A  cometer  sólo  malas  acciones. 

3422.  A  continuación  de  los  oráculos  contra  naciones  extranje- 
ras, que  hemos  examinado  en  los  parágrafos  anteriores,  se  encuentra  el 
precedente  contra  Jerusalén,  a  la  que  se  le  dirigen  los  más  violentos 
reproches.  Así  se  la  llama  ciudad  opresora,  porque,  como  lo  expresa 
Jeremías,  ella  oprimía,  según  la  clásica  fraseología  de  los  desprovistos 
de  amparo  legal,  al  extranjero,  la  viuda  y  el  huérfano  (Jer.  7,  6;  22, 
3 ;  §  3267,  3341 ) .  Esos  reproches  se  basan  principalmente  en  que  los 
jerosolimitanos  no  escuchaban  los  llamados  o  las  advertencias  que  les 
dirigía  Yahvé,  confirmando  así  las  censuras  anteriores  contra  "los  que 
no  buscan  a  Yahvé  y  no  se  preocupan  de  él"  (1,  6).  A  sus  magistrados, 
los  llama  Sofonías  leones  rugientes,  comparación  usada  a  menudo  pa- 
ra calificar  a  los  altos  personajes  que  cometían  crímenes  contra  el  pue- 
blo. Por  eso  se  expresa  el  Prov.  28,  15: 

Cual  león  rugiente  y  oso  hambriento. 

Es  el  inicuo  que  gobierna  a  un  pueblo  pobre. 

En  el  v.  4  a  los  profetas  de  Judá  se  les  denomina  fanfarrones  e  impos- 
tores. Sobre  los  llamados  falsos  profetas,  véase  §  2779.  En  el  antiguo 
Israel  se  admitía  que  todos  los  profetas  eran  inspirados  por  Yahvé; 
pero  cuando  no  se  cumplían  sus  predicciones,  se  explicaba  el  hecho 
diciendo  que  Yahvé  les  había  inspirado  ideas  equivocadas  para  enga- 


CONTRA  PROFETAS  Y  SACERDOTES 


223 


ñar  a  quienes  quería  perder,  ya  fueran  personas,  ya  fueran  colectivida- 
des ( §  850-854) .  Más  tarde  se  reaccionó  contra  esa  creencia  y  se  en- 
tendió que  los  verdaderos  profetas  eran  principalmente  los  anunciado- 
res de  desgracias  y  calamidades,  y  no  los  otros,  quizá  más  patriotas,  y 
sobre  todo  más  optimistas,  que  anunciaban  victorias  o  felicidad  para 
el  pueblo.  Estos  últimos  eran  considerados  muy  despectivamente  por 
los  primeros,  quienes  les  aplicaban  los  epítetos  más  injuriosos,  y  así 
para  Sofonías  son  petulantes  e  impostores.  Este  acusa  también  a  los 
sacerdotes  jerosolimitanos  de  profanar  las  cosas  santas  y  de  hacer  vio- 
lencia a  la  ley,  lo  que,  según  L.  B.  d.  C,  quiere  decir  que  dan  falsas 
interpretaciones  a  las  instrucciones  divinas  que  estaban  encargados  de 
transmitir.  Ezequiel  ataca  igualmente  a  los  profetas  y  a  los  sacerdotes, 
diciéndoles:  22,  26  Sus  sacerdotes  violan  mi  ley,  tienen  por  profano  lo 
que  para  mí  es  sagrado;  no  distinguen  lo  sagrado  de  lo  profano  y  no 
enseñan  la  diferencia  entre  lo  impuro  y  lo  puro.  Cierran  los  ojos  al 
carácter  sagrado  de  mis  sábados;  mi  santidad  es  profanada  en  medio 
de  ellos.  28  Sus  profetas  recubren  con  yeso  todo  esto  (sus  infamias) ; 
tienen  visiones  engañosas  y  pronuncian  predicciones  falsas,  diciendo: 
"Así  ha  hablado  el  Señor  Yahvé"  cuando  Yahvé  no  les  ha  dicho  nada. 

3423.  Sobre  Sof.  3,  5  escribe  L.  B.  A.  "A  ese  desborde  de  abo- 
minaciones, el  profeta  opone  la  perfecta  santidad  del  Eterno  (Yahvé) 
que  ha  fijado  su  morada  en  medio  de  su  pueblo.  Da  a  luz  su  decreto 
(forma  en  la  cual  L.  B.  A.  vierte  las  palabras  que  con  L.  B.  d.  C.  he- 
mos traducido  por:  "Cada  mañana  hace  conocer  sus  justas  exigencias") , 
por  medio  de  revelaciones  continuas  que  él  concede  a  los  profetas.  El 
pueblo  rebelde  es  pues  inexcusable;  porque  no  es  por  ignorancia  que 
peca  contra  Dios"  (Cf.  Jer.  7,  13;  11,  7).  En  el  v.  6  el  profeta  recuerda 
la  desaparición  de  Estados,  el  asolamiento  de  ciudades  y  el  destierro  de 
sus  habitantes,  acontecimientos  históricos  recientes,  efectuados  ya  por 
los  asirlos,  ya  por  los  escitas,  hechos  que,  según  él,  debían  entenderse 
como  la  obra  personal  de  Yahvé,  a  quien  por  consiguiente,  considera 
como  el  amo  y  dirigente  de  la  historia.  Por  eso  lo  hace  hablar  en  pri- 
mera persona,  diciendo:  "Yo  he  exterminado  naciones...  He  desolado 
sus  calles".  Como  consecuencia  de  esos  sucesos  tan  impresionantes,  p. 
ej.  la  destrucción  de  la  grande  y  célebre  ciudad  de  Tebas,  suponía  el 
profeta  que  sus  compatriotas  se  humillarían  ante  su  dios  nacional 
Yahvé,  le  temerían  y  seguirían  sus  mandatos;  mas  con  desconsuelo, 
termina  esta  parte  del  oráculo,  exclamando:  "Pero,  en  realidad,  se 
han  aplicado  diariamente  a  cometer  sólo  malas  acciones".  A  causa  de 
la  inutilidad  de  esos  llamados  al  arrepentimiento  y  a  la  obediencia  a 
su  dios  tan  poderoso,  éste  amenaza  a  su  pueblo  con  el  día  de  su  có- 
lera, en  que  hará  comparecer  a  todos  los  judaítas  ante  él,  siendo  al  mis- 
mo tiempo  que  su  juez,  testigo  de  cargo  contra  ellos.  Y  así  se  dice 
en  el  v.  8": 


224 


PROMESAS  A  JUDA 


Por  lo  tanto  esperadme,  dice  Yahvé, 

Esperad  el  día  en  que  me  levantaré  como  testigo  de  cargo. 
(o  Viene  el  día  en  que  me  levantaré  para  ejercer  mis  jui- 

[cios] . 

Y  luego,  cuando  era  lógico  que  se  mencionaran  los  castigos  que  recae- 
rían sobre  aquel  pueblo  tan  rebelde,  Yahvé  anuncia  que  él  va  a  derramar 
su  furor  sobre  las  naciones,  mientras  que  Jerusalén  podrá  contar  con  su 
amparo  y  protección.  Tal  es  lo  que  resulta  del  resto  del  cap.  3  a  partir 
del  V.  8'',  que  en  seguida  transcribiremos. 

PROMESAS  DEL  RESTABLECIMIENTO  DE  JUDA.  —  3424. 

3,      En  efecto,  quiero  en  mi  justicia  juntar  las  naciones. 
Convocar  los  reinos. 
Para  derramar  sobre  ellos  mi  ira. 
Todo  el  ardor  de  mi  cólera. 
Porque  por  el  fuego  de  mi  furor 
Será  consumida  (o  devorada)  toda  la  Tierra. 
9  Entonces,  en  efecto,  daré  a  los  pueblos 
Labios  puros. 

Para  que  todos  invoquen  el  nombre  de  Yahvé 
Y  le  sirvan  de  común  acuerdo. 

10  Desde  más  allá  de  los  ríos  de  Cush, 
Mis  adoradores,  mis  hijos  dispersos 
Me  traerán  oblaciones. 

Sobre  la  segunda  línea  de  este  v.  10,  que  L.  B.  d.  C.  reemplaza  por  una 
línea  de  puntos,  — con  lo  que  quiere  dar  a  entender  que  se  trata  de 
una  frase  que  no  es  posible  traducir  debidamente —  anota  dicha  ver- 
sión: "Aquí  se  encuentran  dos  expresiones  enigmáticas  que  se  tradu- 
cen ordinariamente  por  mis  adoradores,  mis  hijos  dispersos  (lit.:  la 
hija  de  mis  dispersos)  palabras  que  se  toman  sea  como  sujeto,  sea  co- 
mo complemento  directo  del  verbo  siguiente:  mis  adoradores...  me 
traerán,  o  ellos  (los  cusitas)  me  traerán  mis  adoradores,  mis  dispersos 
como  oblación  (cf.  Is.  60,  4;  66,  20).  En  un  caso  como  en  el  otro,  la 
idea  seria  extraña  al  contexto,  faltando  dichas  palabras  en  el  siríaco". 

11  En  aquel  día 

No  tendrás  ya  que  avergonzarte  de  ninguno  de  esos  actos 
Por  los  cuales  te  has  vuelto  culpable  hacia  mí. 
Porque  entonces  habré  quitado  de  en  medio  de  ti 
Los  altaneros  que  en  ti  llevan  alegre  vida; 
No  continuarás  más  enorgulleciéndote 
Sobre  mi  santo  monte. 


PROMESAS  A  JUDA 


225 


12  No  dejaré  subsistir  en  tu  seno 
Sino  un  puebío  humilde  y  débil; 

En  el  nombre  de  Yahvé  es  que  confiarán 
Los  sobrevivientes  de  Israel. 

13  Ellos  no  cometerán  más  el  mal 
Y  no  dirán  mentiras. 

No  será  hallada  en  su  boca 
Lengua  engañosa; 
Sino  que  pacerán  y  reposarán 
Sin  que  nadie  los  inquiete. 

14  ¡Prorrumpe  en  gritos  de  gozo,  hija  de  Sión! 
¡Prorrumpe  en  gritos  de  alegría,  oh  Israel! 

¡Da  muestras  de  gran  gozo,  regocíjate  de  todo  tu  corazón. 
Oh  hija  de  Jerusalén! 

15  Yahvé  ha  levantado  las  sentencias  pronunciadas  contra  ti. 
Ha  ahuyentado  a  tus  enemigos. 

Yahvé  ha  inaugurado  su  reino  en  medio  de  ti: 
Tú  no  verás  más  desgracias. 

16  En  aquel  día  se  dirá  a  Jerusalén: 
"¡No  temas,  oh  Sión! 

¡No  dejes  caer  tus  brazos  desalentados! 

17  Yahvé,  tu  dios,  está  en  medio  de  ti. 
Héroe  que  asegura  la  victoria. 

Tú  harás  su  gozo; 

El  te  dará  su  amor;  (texto  muy  incierto) 

Serás  para  él  motivo  de  alegría  con  exclamaciones  de  gozo, 

18  Como  en  los  días  de  fiesta". 
Quitaré  el  oprobio  que  pesa  sobre  ti; 

Quitaré  la  vergüenza  que  te  oprime.  (Texto  muy  incierto). 

19  Voy  a  concluir  con  todos  tus  opresores. 

En  aquel  tiempo  salvaré  a  los  estropeados  (o  lisiados) 
-  Y  juntaré  a  los  dispersos;  (§  3162,  3164) 
Haré  de  ellos  un  objeto  de  gloria  y  honor 
En  todas  las  comarcas  de  la  Tierra, 
Cuando  yo  los  restablezca. 

20  En  aquel  tiempo  yo  os  volveré  a  traer; 
En  aquel  tiempo  yo  os  reuniré; 

Porque  haré  de  vosotros  un  objeto  de  gloria  y  honor 
Entre  todos  los  pueblos  de  la  Tierra, 
Cuando  yo  os  restablezca  bajo  sus  ojos. 
Dice  Yahvé. 


3425.  Esta  parte  final  del  libro  que  venimos  estudiando,  no  per- 
tenece a  Sofonías,  por  la  perentoria  razón  que  hemos  dado  al  fin  del 


226 


IDEAS  ANTAGONICAS 


§  3423.  En  efecto,  como  anota  L.  B.  d.  C,  "después  de  la  requisitoria 
o  violentos  reproches  contenidos  en  los  vs.  i -7,  se  esperaba  encontrar 
terribles  amenazas  contra  Jerusalén,  análogas  a  las  que  acompañan  las 
censuras  del  cap.  1.  Ahora  bien,  el  cap.  3  (v.  8")  aunque  continúa  por 
un  "por  lo  tanto"  encierra  principalmente  promesas  en  favor  de  la  ciu- 
dad culpable:  el  furor  de  Yahvé  va  derramarse  sobre  las  naciones 
(v.  8*)  ;  Sión,  libertada  de  sus  opresores  {18-19),  gozará  de  la  presen- 
cia en  su  seno  de  Yahvé  mismo,  que  le  asegurará  la  victoria  {15-17}". 
Esas  ideas  antagónicas  entre  lo  expresado  en  3,  1-7  y  lo  restante  del 
mismo  capítulo,  que  no  puede  ser  la  consecuencia  lógica  de  lo  anterior, 
bien  que  unidos  ambos  trozos  por  el  moto  conjuntivo  continuativo  "por 
lo  tanto",  demuestra  claramente,  a  nuestro  juicio,  que  ambos  trozos 
pertenecen  a  distintos  autores.  Entendemos  que  en  ese  cap.  3  tan  re- 
tocado, se  hallan  pasajes  provenientes  de  múltiples  adiciones  de  diver- 
sas épocas.  Así,  tenemos  que  en  los  vs.  11-13  se  habla  de  los  sobrevi- 
vientes de  Israel,  de  un  pueblo  humilde  y  débil,  fiel  completamente  a 
Yahvé,  incapaz  de  proferir  mentiras,  ni  de  cometer  ningún  mal,  con- 
cepción en  la  que  se  complacían  los  judíos  del  destierro  y  los  post- 
exílicos.  El  anotador  de  L.  B.  d.  C.  cree  que  "se  puede  admitir  que 
ese  trozo  (vs.  8"  y  11-13),  encierra  elementos  provenientes  de  la  con- 
clusión primitiva  de  la  requisitoria  de  Sofonías".  A  esto  responde  Lods, 
que  la  idea  de  que  "Yahvé  dejará  en  medio  de  las  naciones  un  pueblo 
humilde  y  pequeño  que  buscará  su  refugio  en  el  nombre  de  Yahvé  (3, 
11-13),  constituye  la  escatología  oficial  del  judaismo  postexílico  que 
viene  a  sustituirse  a  las  amenazas  que  describe  en  este  lugar  Sofonías, 
de  las  cuales  subsiste  quizá  un  resto  en  8".  Se  puede  indudablemente  dar 
de  ese  pasaje  una  interpretación  que  permitiría  conciliario  con  el  pensa- 
miento general  del  profeta,  suponiendo  que  las  naciones  sobre  las  cua- 
les Yahvé  va  a  derramar  su  cólera,  comprenden  también  a  Judá;  pero 
se  tiene  la  impresión  muy  neta  que  Sofonías,  si  hubiera  querido  expresar 
semejante  idea,  le  hubiera  dado  un  giro  diferente;  hubiera  insistido  so- 
bre el  castigo  de  Judá,  no  sobre  el  aniquilamiento  de  las  naciones  y  la 
salvación  del  resto  de  Israel"  {Hist.  Litt.  Heb.  p.  302). 

3426.  Después  del  v.  8,  cuya  parte  final  es  una  reproducción  exac- 
ta de  una  línea  de  1,  18,  fueron  agregados  los  vs.  9-10,  sin  ligazón  con 
el  contexto,  según  observa  Lods,  que  encierran  una  promesa  más  re- 
ciente aún,  a  saber,  la  de  la  conversión  de  todos  los  pueblos  al  culto  de 
Yahvé,  que,  como  el  pasaje  2,  iJ,  es  la  idea  generosa  del  Segundo 
Isaías,  lo  que  contrasta  con  el  odio  hacia  las  naciones  que  respira  el 
versículo  precedente.  Como  en  el  v.  9  se  expresa  que  Yahvé  dará  a  los 
pueblos  labios  puros,  los  judíos  habían  deducido  de  este  texto,  según 
afirma  San  Jerónimo,  que  todos  los  pueblos  terminarían  por  no  ha- 
blar sino  una  sola  lengua,  como  en  el  principio,  y  que  ese  lenguaje 
sería  el  hebreo.  Los  vs.  14-20  son  otras  dos  adiciones  que  cierran  el 


RESTAURACION  MESIANICA 


227 


libro  de  Sofonías,  y  decimos  dos,  porque  el  v.  20  es  una  simple  variante 
del  V.  19,  el  cual  a  su  vez  ha  sido  tomado  casi  textualmente  de  Miq.  4, 
6  pasaje  postexílico,  según  hemos  visto  en  §  3164.  Lods,  en  su  citada 
obra  postuma,  escribe  al  respecto:  "el  trozo  final  (vs.  14-20)  en  que 
el  poeta  canta  victoria  porque  Yahvé  ha  desviado  el  castigo  de  Jerusa- 
lén  y  anuncia  que  Dios  va  a  volver  a  traer  los  habitantes  dispersos  en 
todos  los  países,  es  evidentemente  muy  posterior  a  la  gran  dispersión 
del  cautiverio.  Es  el  cuadro  de  la  restauración  mesiánica,  sobre  el  cual, 
según  las  ideas  judías,  debía  obligatoriamente  cerrarse,  como  sobre  una 
apoteosis,  un  libro  profético.  Esto  se  halla  en  abierta  contradicción  con 
la  predicación  de  Sofonías,  quien  declara  inevitable  el  castigo  (3,  7)". 
El  mismo  escritor,  resumiendo  su  opinión  sobre  las  adiciones  hechas 
al  libro  de  Sofonías,  dice:  "Creo  deber  mirar  como  adiciones,  lo  si- 
guiente: en  el  cap.  1  las  frases  que  transforman  el  día  de  Yahvé  en  día 
del  juicio  final  (como  3"*)  ;  en  el  cap.  2  los  vs.  7  (en  parte  al  menos), 
8-11,  15;  en  el  cap.  3,  los  vs.  8-20  con  más  o  menos  certeza,  a  saber, 
8"  quizá,  8*  probablemente,  9-10,  11-13  probablemente,  14-20,  sin  ha- 
blar de  glosas  de  menor  importancia"  {Hist.  Lilt  Heb.  ps.  302-303). 


CAPITULO  XI 


El  profeta  Jeremías  y  su  libro 


su  VIDA,  SUS  VISIONES;  HOSTILIDAD  QUE  SUSCITARON  SUS 
ORACULOS.  —  3427.  Por  los  datos  biográficos  que  nos  da  su  libro, 
sabemos  que  Jeremías  nació  a  mediados  del  siglo  VII,  en  Anatot,  aldea 
situada  a  unos  6  kms.  al  N.  de  Jerusalén.  No  era  hijo,  como  algunos  lo 
creen,  (p.  ej.  Jean,  p.  5),  del  sacerdote  Releías  o  Hilkija,  de  la  capi- 
tal, pretendido  descubridor  del  libro  de  la  Ley  en  el  Templo,  según  he- 
mos visto  anteriormente,  pues  si  hubiera  tenido  tal  padre,  no  se  hu- 
biera dicho,  como  en  1,  i:  "hijo  de  Helcias,  uno  de  los  sacerdotes  que 
habitaban  en  Anatot",  (§  3207),  sino  que  se  hubiera  mencionado  que 
era  hijo  de  Helcias,  el  principal  sacerdote  de  Jerusalén.  Este  último 
era  descendiente  de  Sadoc,  mientras  que  se  cree  que  el  padre  de  nues- 
tro profeta  lo  fuera  de  Abiatar,  desterrado  en  Anatot  por  Salomón  (í  Rey. 
2,  26) .  El  nombre  Jeremías,  en  hebreo  Y irmeyahu,  significa  "Yahvé  fun- 
da", y  en  la  Biblia  se  mencionan  siete  distintas  personas  del  mismo  nom- 
bre. Nunca  ejerció  el  sacerdocio,  aunque,  según  entiende  Loisy,  frecuen- 
tó asiduamente  el  santuario  de  Sión,  como  simple  nahí  [La  Reí.  d'Irs.  p. 
175).  Por  su  origen  fue,  pues,  el  primer  profeta-sacerdote,  y,  cosa  curiosa, 
en  su  vida  pública  combatió  acremente  a  sus  colegas  los  nebiim  y  los 
sacerdotes.  Fue  un  místico  visionario  que  estaba  profundamente  con- 
vencido que  obraba  por  órdenes  del  dios  nacional  Yahvé.  Desde  el 
principio  de  su  carrera  encontramos  visiones,  como  cuando  Yahvé  le 
toca  la  boca  para  alentarlo  a  profetizar,  o  como  cuando  le  muestra 
una  rama  de  almendro,  o  una  caldera  con  agua  hirviendo  (1,  9-13), 
o  le  hace  ver  dos  canastos  de  higos  (24,  1,  ss.). 

3428.    Según  el  libro  que  lleva  su  nombre,  Jeremías  desde  antes 


(1)  Como  desde  el  año  1934  teníamos  escrito  casi  todo  este  capítulo  y  mu- 
chas páginas  más  sobre  Jeremías,  para  no  modificar  ese  trabajo  ya  realizado,  se- 
guimos ahora  en  el  estudio  de  dicho  profeta,  un  plan  bastante  distinto  del  utili- 
zado en  el  examen  de  los  otros  profetas  anteriores,  por  lo  que  quizá  aparezcan 
algunas  repeticiones,  que  en  todo  caso,  contribuirán  a  la  mayor  claridad  del 
tema  tratado.. 


PREDESTINACION  DE  JEREMIAS 


229 


que  naciera,  ya  había  sido  predestinado  por  Yahvé  para  el  ministerio 
prof ético.  Yahvé  me  habló  en  estos  términos:  "Antes  que  yo  te  forma- 
ra en  el  seno  de  tu  madre,  yo  te  conocía;  y  antes  que  tú  nacieras,  yo 
te  había  santificado  (o  consagrado)  ;  te  había  instituido  profeta  de 
(o  para)  las  naciones"  (1,  4,  5).  A  estar  al  tenor  literal  de  este  v.  5, 
Yahvé  formó  a  Jeremías  en  el  seno  materno:  luego  era  de  origen  di- 
vino, puesto  que  aquel  dios  habría  sido  su  padre.  Además  desde  antes 
de  la  concepción  de  Jeremías,  Yahvé  ya  lo  conocía,  ya  lo  había  santi- 
ficado y  lo  había  instituido  profeta  suyo.  Pero  si  examinamos  otros 
textos  proféticos,  veremos  que  en  algunos  de  ellos  es  corriente  el  ex- 
presar que  Yahvé  formó  desde  el  seno  materno  a  tal  o  cual  personaje 
para  indicar  que  le  confiaba  una  misión  providencial,  y  así,  p.  ej.,  lee- 
mos en  el  Segundo  Isaías,  refiriéndose  al  Servidor-Israel:  "Escucha,  oh 
Jacob,  mi  servidor,  Israel,  a  quien  he  escogido,  así  dice  Yahvé,  el  que 
te  ha  hecho,  te  formó  desde  el  seno  materno  y  te  ha  ayudado"  (Is.  44, 
i,  2) ;  y  en  el  poema  en  el  que  Yahvé  llama  a  Ciro  para  que  liberte  a 
su  pueblo  y  reedifique  a  Jerusalén,  se  expresa:  "Así  dice  Yahvé,  tu 
redentor,  el  que  te  formó  desde  el  seno  materno...''^  (44,  24).  Pero 
como  en  el  texto  en  cuestión,  se  afirma  además  que  Yahvé  había  san- 
tificado a  Jeremías  desde  antes  que  naciera,  discuten  los  teólogos  ca- 
tólicos si  con  esas  palabras  se  quiere  o  no  significar  que  ese  profeta 
hubiera  estado  exento  del  pecado  original.  Entre  los  modernos  de  esa 
tendencia  hay  quienes  opinan  que  no  se  le  confirió  "el  don  de  la  gra- 
cia santificante"  desde  el  seno  maternal,  sino  que  el  autor  inspirado, 
con  el  vocablo  santificado  quiso  decir  destinado  al  ministerio  profé- 
tico,  como  así  lo  expresa  el  Eclesiástico,  en  49,  v.  7  ó  9.  —  Jeremías 
alega,  como  Moisés  (Ex.  4,  10),  que  no  sabe  hablar,  y  además,  su 
tierna  juventud.  Yahvé  lo  alienta,  asegurándole  que  estará  con  él  para 
librarlo  de  peligros,  y  "luego,  dice,  Yahvé  extendió  la  mano  y  tocó  mi 
boca,  (1)  y  me  dijo  Yahvé:  ¡He  aquí  que  pongo  mis  palabras  en  tu 
boca!  Mira,  yo  te  doy  hoy  poder  sobre  las  naciones  y  sobre  los  reinos, 
para  desarraigar  y  para  destruir,  para  demoler  y  para  arruinar,  para 
edificar  y  para  plantar"  (1,  9,  10).  Es  esta  la  primera  visión  que  se  nos 
relata  de  Jeremías,  debiendo  notarse  que  para  el  profeta,  sigue  siendo 
Yahvé  un  dios  antropomórfico,  que  extiende  su  mano  y  le  toca  la  boca, 
gesto  simbólico,  según  Condamín,  para  marcar  la  trasmisión  del  men- 
saje divino  que  debía  comunicar  al  pueblo.  También  es  de  observar 


(1)  Al  mencionar  que  la  mano  misma  de  Yahvé  tocó  los  labios  del  profeta, 
dice  Loisy:  "Quizá  a  su  origen  sacerdotal  debiera  Jeremías  esta  mayor  familia- 
ridad con  lo  sagrado,  aunque  fuese  por  su  nacimiento  un  sacerdote  de  suburbio, 
no  consagrado  en  manera  alguna  al  servicio  del  Templo,  pues  fue  como  nabí  que 
frecuentó  asiduamente  el  santuario  de  Sión,  y  no  para  ejercer  allí  una  función 
sacerdotal"  (La  Religión  d'Israel,  p.  175) . 


230 


LA  OBRA  DE  JEREMIAS 


las  diferencias  de  esos  simbolismos,  en  Isaías,  Jeremías  y  Ezequiel.  En 
el  primero,  es  un  serafín  que  trayendo  con  unas  pinzas  un  carbón  en- 
cendido (o  una  piedra  ardiente),  tomado  de  sobre  el  altar  del  Tem- 
plo, le  toca  los  labios  a  Isaías,  diciéndole:  "He  aquí,  esto  ha  tocado  tus 
labios;  ha  sido  quitada  tu  iniquidad  y  está  perdonado  tu  pecado"  (Is. 
6,  6,  7) .  Purificada  así  la  boca  con  aquel  fuego  sagrado,  ya  podía  en 
adelante  ser  el  órgano  de  la  palabra  de  la  divinidad.  En  Jeremías,  aca- 
bamos de  leer  que  esa  acción  purificadera  la  realiza  el  mismo  Yahvé; 
y  en  Ezequiel,  según  luego  veremos,  ese  simbolismo  es  más  grosero, 
pues  el  dios  le  hace  comer  a  este  profeta  un  rollo  escrito  por  ambos 
lados,  con  las  lamentaciones  y  endechas  que  debería  proferir  (Ez.  2, 
8-10;  3,  1-3;  nuestra  Introducción,  §  126). 

3429.  Con  las  palabras  de  1,  20,  se  quiere  caracterizar  la  obra 
de  Jeremías:  será  un  mensajero  divino  principalmente  de  destrucción, 
un  profeta  de  desgracias,  pues  su  obra  tenderá  "a  desarraigar,  destruir, 
demoler  y  arruinar",  y  sólo  al  fin  de  esa  lúgubre  enumeración,  se  agre- 
ga, que  también  deberá  edificar  y  plantar,  (1)  lo  que  puede  entenderse 
en  el  sentido  de  animar  y  consolar.  Así  fue  la  obra  realizada  por  el 
profeta,  pues  si  alguna  vez  consoló  a  sus  compatriotas,  anunciándoles, 
p.  ej.,  que  regresarían  de  la  cautividad,  más  a  menudo  sus  discursos 
eran  amenazadores,  terroríficos,  que  hacían  desencadenar  contra  él  la 
cólera  popular.  Comentando  ese  v.  10,  escribe  L.  B.  d.  C. :  "Se  repre- 
senta a  Jeremías  como  realizando  por  sí  mismo  la  destrucción  o  la 
reedificación  de  los  reinos,  aunque  él  debería  limitarse  a  predecirlos. 
La  razón  de  ello  está  en  que  para  el  pensamiento  antiguo,  toda  pala- 
bra, especialmente  la  del  hombre  del  espíritu  y  más  aun  la  de  un 
elohim,  tiene  el  poder  de  obrar  sobre  los  acontecimientos  y  de  realizar 
lo  que  anuncia"  (nuestra  Introducción,  §  37). 

3430.  Otra  de  sus  visiones  la  tuvo  Jeremías  después  que  el  prín- 
cipe babilónico  Nabucodonosor  derrotó  completamente  a  los  egipcios 
en  Carquemis  y  al  último  rey  asirio.  Creyó  él  entonces  que  los  caldeos 
victoriosos  deberían  ser  aquel  pueblo  del  Norte,  cuya  venida  él  anun- 
ciaba desde  hacía  23  años,  y  que  ejecutaría  la  sentencia  condenatoria 
de  Yahvé  contra  su  nación  infiel.  Esa  creencia  fue  la  causa  de  la  si- 
guiente visión,  descrita  en  el  cap.  25:  15  He  aquí  lo  que  me  ha  dicho 
Yahvé,  dios  de  Israel:  ''Toma  de  mi  mano  esta  copa  llena  de  vino  (de 
cólera)  y  hazla  beber  a  todas  las  naciones  a  las  cuales  te  enviaré.  16 
Cuando  hayan  bebido,  tambalearán  y  perderán  la  razón  a  la  vista  de 
la  espada  que  dirigiré  contra  ellas".  17  Tomé  entonces  la  copa  de  la 


(1)  Manifiesta  Loisy  que  las  palabras  del  fin  del  citado  v.  10,  para  edifi- 
car y  plantar,  "fueron  probablemente  agregadas  en  virtud  de  los  complementos 
escatológicos  de  que  ha  sido  sobrecargado  el  libro  de  Jeremías  (La  Reí.  d'lsr. 
p.  175). 


LA  COPA  DE  LA  COLERA  DE  YAHVE 


231 


mano  de  Yahvé  y  la  hice  beber  a  todas  las  naciones  a  las  cuales  me 
envió  Yahvé:  18  A  Jerusalén  y  a  las  ciudades  de  Judá,  a  los  reyes  y  a 
los  magistrados  de  Jerusalén,  para  hacer  de  ella  un  desierto,  un  objeto 
de  estupor  ante  cuya  vista  se  silbe,  un  ejemplo  que  se  cite  en  las  mal- 
diciones, como  hoy  se  ve.  .  .  y  sigue  luego  una  larga  enumeración  de 
pueblos  y  ciudades,  hasta  el  v.  26,  que  dice;  y  a  todos  los  reyes  del 
Norte,  próximos  o  lejanos,  al  uno  después  del  otro,  en  fin  a  todos  los 
reinos  de  la  Tierra  que  existen  en  la  superficie  del  suelo;  y  el  rey  de 
Chechak  (Sesac)  beberá  después  de  ellos.  Y  prosigue:  27  Tú  les  dirás: 
"Así  dice  Yahvé  de  los  Ejércitos,  dios  de  Israel:  Bebed,  embriagaos, 
vomitad  y  caed  para  no  levantaros  más  ante  la  espada  que  yo  enviaré 
entre  vosotros.  28  Y  si  rehusan  tomar  la  copa  de  tu  mano  para  beber 
en  ella,  les  dirás:  Así  dice  Yahvé,  dios  de  los  Ejércitos:  ¡Ciertamente 
beberéis!  29  En  efecto  es  contra  la  ciudad  llamada  de  mi  nombre  que 
comenzaré  a  castigar;  y  ¡vosotros  permaneceréis  impunes!  Vosotros  no 
permaneceréis  impunes,  porque  voy  a  llamar  la  espada  contra  todos 
los  habitantes  de  la  Tierra,  dice  Yahvé  de  los  Ejércitos.  Continúa  el 
relato  con  9  vs.  más,  casi  todos  en  verso  que  contienen  amenazas  diri- 
gidas tanto  contra  Judá  como  contra  las  demás  naciones  del  mundo. 
Examinando  esta  visión,  podemos  observar:  1°  Yahvé  prosigue  siendo 
un  dios  antropomórfico,  que  le  dice  a  Jeremías  que  tome  de  su  mano 
una  copa  llena  de  vino.  Se  agrega  que  ese  vino  es  de  cólera,  lo  que  a 
juicio  de  L.  B.  d.  C,  constituye  una  glosa  tendiente  a  explicar  que  ese 
vino  es  imagen  de  la  cólera  divina.  Los  LXX  tradujeron:  de  vino  no 
mezclado,  o  sea,  de  vino  puro.  2°  En  esta  visión  no  se  manda  al  pro- 
feta que  realice  hechos  reales,  sino  simbólicos,  ya  que  es  imposible  ha- 
cer beber  el  vino  de  una  copa  a  todos  los  habitantes  de  un  pueblo,  y 
menos  aun  a  todas  las  naciones  de  la  Tierra.  "El  profeta,  anota  L.  B. 
d.  C,  realiza  su  gesto  en  visión;  en  realidad,  él  obliga  a  los  reyes  y  a 
los  pueblos  a  que  beban  por  el  hecho  de  que  les  predice  el  castigo:  rea- 
liza ya  la  palabra  profética  lo  que  ella  enuncia".  De  modo  que  la  insis- 
tencia a  que  los  pueblos  beban  de  la  expresada  copa,  quiere  significar 
la  reiteración  en  el  anuncio  del  juicio  condenatorio  que  contra  ellos  ha 
pronunciado  el  dios  israelita.  Manifiesta  también  Reuss  que  "la  copa 
en  cuestión  no  existe  en  la  realidad,  sino  que  es  una  figura  retórica  pa- 
ra hablar  de  la  predicción  relativa  a  la  cólera  de  Dios.  Esta  es  compa- 
rada a  un  vino  que  perturba  la  razón  y  hace  tambalear  a  los  que  lo 
beben,  de  manera  que  ante  el  peligro,  se  ven  desarmados  e  impotentes. 
Los  pueblos  que  beben  así  son  los  del  v.  9,  que  van  a  ser  envueltos  en 
la  catástrofe  de  Judá.  3°  El  relato  de  esta  visión  nos  muestra  clara- 
mente los  retoques  y  amplificaciones  sufridos  por  el  primitivo  texto. 
En  efecto,  luego  de  mencionarse  en  el  v.  18  las  amenazas  dirigidas  con- 
tra las  ciudades  de  Judá  y  su  capital,  que  harán  de  ésta  un  desierto, 
un  glosador  agregó:  un  ejemplo  que  se  cite  en  las  maldiciones,  como 


232 


VISION  DE  LOS  CANASTOS  DE  HIGOS 


se  ve  hoy,  adición  evidente,  pues  Jerusalén  no  había  sido  aún  arruinada 
y  transformada  en  desierto  en  el  año  604.  4P  La  inusitada  extensión 
dada  a  los  castigos  divinos,  que  debieron  ser  anunciados  únicamente 
contra  el  reino  de  Judá,  es  probable  que  constituya  un  agregado  poste- 
rior que  se  pretende  justificar  diciendo  que  las  demás  naciones  no 
podían  quedar  impunes,  ya  que  Yahvé  había  comenzado  por  castigar 
a  su  propio  pueblo.  Pero  se  olvida  que  Yahvé  era  únicamente  un  dios 
israelita,  completamente  desconocido  por  las  otras  naciones  del  mundo. 
Opina  L.  B.  d.  C.  que  esa  amplitud  de  las  amenazas  de  nuestro  texto 
pudiera  tener  como  base  "un  oráculo  auténtico  contra  Judá,  amplifi- 
cado luego  a  las  proporciones  de  un  cuadro  escatológico.  La  incohe- 
rencia de  las  imágenes  (vs.  30-38)  y  el  gran  número  de  reminiscen- 
cias que  encierra  este  trozo,  hacen  pensar  que  no  emana  de  Jeremías 
mismo,  en  todo  caso  bajo  su  forma  actual".  5"?  Nótese  que  para  el  re- 
ducido horizonte  geográfico  del  profeta  todas  las  naciones  de  la  Tierra 
serían  invadidas  por  los  caldeos,  a  los  que  consideraba  como  los  eje- 
cutores de  la  venganza  de  Yahvé.  Y  6°  al  mencionarse  que  el  rey  de 
Babilonia  sería  el  último  en  beber  de  la  fatídica  copa  de  la  referencia, 
se  emplea  para  designarlo  la  forma  enigmática  de  el  rey  de  Chechak. 
Este  es  un  nombre  criptográfico  obtenido  por  el  procedimiento  cabalís- 
tico del  atbach,  que  consiste  en  reemplazar  la  primera  letra  del  alfabeto 
hebreo,  {alef,  §  1163),  por  la  última  {tav) ,  la  segunda  (feeí)  por  la 
penúltima  {chin  o  shin),  y  así  sucesivamente. 

3431.  Casi  al  final  de  su  carrera  profética,  en  el  primer  período 
del  reinado  de  Sedecías,  (§  3555)  tuvo  Jeremías  otra  visión,  que  es 
la  última  que  de  él  referiremos  aquí,  la  que  se  narra  en  el  cap.  24  y 
dice  así:  1  Yahvé  me  concedió  una  visión:  vi  dos  canastos  de  higos 
colocados  delante  del  Templo  de  Yahvé.  —  Esto  ocurría  después  que 
Nabucodonosor  rey  de  Babilonia  hubo  deportado  de  Jerusalén  a  Je- 
conías,  hijo  de  Joaquim,  rey  de  Judá,  así  como  a  los  jefes  de  Judá,  a 
los  herreros  y  a  los  carpinteros  (o  cerrajeros),  y  los  hubo  llevado  a 
Babilonia.  —  2  Uno  de  los  canastos  contenía  higos  excelentes,  como  lo 
son  los  higos  precoces;  en  el  otro  cesto  había  higos  malísimos,  tan  ma- 
los que  eran  incomibles.  3  Yahvé  me  dijo:  "¿Qué  ves.  Jeremías?"  Res- 
pondí: "Higos;  los  buenos  son  excelentes,  y  los  malos  son  malísimos, 
tan  malos  que  son  incomibles".  4  Entonces  jne  fue  dirigida  la  palabra 
de  Yahvé  en  estos  términos:  5  "Así  dice  Yahvé,  dios  de  Israel:  Lo  mis- 
mo que  juzgas  estos  higos  buenos,  yo  miraré  con  favor  a  los  desterra- 
dos de  Judá  que  he  echado  de  este  lugar  al  país  de  los  caldeos.  6  Ten- 
dré los  ojos  sobre  ellos  para  hacerles  bien;  los  haré  volver  en  efecto  a 
este  país;  reconstruiré  sus  casas,  para  no  destruirlas  más;  y  los  plan- 
taré y  no  los  desarraigaré.  7  Les  daré  un  corazón  capaz  de  que  me  co- 
nozcan y  que  sepan  que  soy  Yahvé;  serán  mi  pueblo  y  yo  seré  su  dios, 
porque  volverán  a  mí  de  todo  su  corazón.  8  Y  lo  que  se  hace  a  los  hi- 


ESPERANZAS  SUSCITADAS  POR  SEDECIAS 


2S3 


gos  malos,  tan  malos  que  son  incomibles  — asi  dice  Yahvé —  yo  lo  haré 
a  Sedéelas  rey  de  Judá,  a  sus  ministros  y  a  lo  que  quede  de  los  habi- 
tantes de  Jerusalén,  los  que  sobrevivan  en  este  país  y  los  que  se  hayan 
establecido  en  el  país  de  Egipto.  9  Haré  de  ellos  un  objeto  de  espanto 
para  todos  los  reinos  de  la  Tierra,  el  oprobio,  la  fábula  y  la  burla  de 
todos,  el  ejemplo  que  se  cite  en  las  maldiciones,  en  todos  los  lugares  en 
que  yo  les  haya  dispersado.  10  Enviaré  contra  ellos  la  espada,  el  ham- 
bre y  la  peste,  hasta  que  hayan  desaparecido  de  la  tierra  que  a  ellos 
y  a  sus  padres  yo  les  había  dado". 

3432.  Como  sabemos,  el  rey  caldeo  Nabucodonosor  efectuó  dos 
deportaciones  de  judaítas  a  fines  del  siglo  VII  o  comienzos  del  siglo 
VI,  a  estar  a  las  distintas  cronologías  (t^  IV,  p.  7).  Según  la  cronolo- 
gía más  recientemente  aceptada,  la  primera  deportación  a  qile  se  re- 
fiere II  Rey.  24,  14-16,  se  efectuó  en  el  597  y  la  segunda  en  586.  Des- 
pués de  la  primera  deportación  y  del  advenimiento  de  Sedecías,  colo- 
cado en  el  trono  por  Nabucodonosor,  creyó  Jeremías  que  éste  seguiría 
una  política  favorable  al  rey  caldeo  que  le  había  dado  el  poder,  y  que 
el  pueblo  de  Judá,  aleccionado  por  el  castigo  sufrido,  sería  en  adelante 
fiel  a  su  dios  nacional.  Quizá  el  mismo  nombre  de  Sedecías  (en  hebreo 
Tsidkiyahu,  o  sea,  "Yahvé  es  mi  justicia"  o  "Yahvé  es  mi  salvación") 
le  hizo  suponer  al  profeta  que  aquel  monarca  sería  el  soñado  retoño 
de  la  dinastía  davídica,  que  inauguraría  el  reinado  de  paz  y  dicha  pú- 
blica; y  probablemente  a  él  se  refiere  el  oráculo  de  23,  5-6.  Pero  los 
acontecimientos  pronto  se  encargaron  de  quitarle  aquella  ilusión.  En 
efecto,  Sedecías  se  dejó  arrastrar  por  sus  consejeros  al  partido  antiba- 
bilónico, con  su  natural  consecuencia:  la  rebelión  contra  el  soberano 
caldeo;  y  en  cuanto  a  sus  compatriotas,  persistieron  en  su  conducta 
religiosa,  que  no  estaba  de  acuerdo  con  las  ideas  proféticas.  Esta  de- 
cepción, que  afligió  extraordinariamente  a  Jeremías,  fue  la  causa  de 
la  visión  detallada  en  el  cap.  24,  y  que  dejamos  transcrita  en  el  párrafo 
anterior.  Dicha  visión  fue  semejante  a  una  de  las  de  Amós  (§  2815  y 
2815  bis) ,  aquella  en  la  que  éste  ve  un  canasto  lleno  de  frutas  madu- 
ras, de  lo  que  deduce  que  había  llegado  el  final  del  pueblo  de  Israel. 
Aquí  Jeremías  en  visión  percibe  dos  canastos  de  higos,  de  los  cuales 
los  del  primero  eran  excelentes  y  los  del  segundo  eran  malísimos.  Con- 
trariamente a  su  opinión  anterior,  los  higos  buenos  son  ahora  los  ju- 
daítas cautivos  en  Babilonia;  mientras  que  los  higos  que  no  se  podían 
comer,  de  malos  que  eran,  venían  a  representar  el  resto  del  pueblo  que 
había  permanecido  en  Judá.  Según  el  detalle  de  la  citada  visión  de  los 
dos  canastos,  Yahvé  le  dijo  a  Jeremías  que  en  adelante  él  miraría  be- 
névolamente a  los  deportados  en  Caldea,  a  quienes  volvería  a  traer  a 
Judá,  de  donde  nunca  más  serían  arrancados  o  expulsados,  puesto  que 
le  serían  constantemente  fieles,  porque  él  les  daría  un  nuevo  corazón 
para  que  le  conocieran  y  sirvieran  con  fidelidad.  Si  realmente  Yahvé 


234 


CELIBATO  DE  JEREMIAS 


le  dijo  todo  esto  a  Jeremías,  tanto  se  equivocó  aquel  dios  como  este 
profeta,  pues  si  es  cierto  que  una  parte  de  los  deportados  regresó  a 
su  patria  después  del  edicto  de  Ciro  (535),  — ya  que  otra  parte  de  ellos 
se  encontraban  tan  bien  en  Babilonia,  que  no  quisieron  volver  a  Jeru- 
salén —  no  es  menos  cierto  que  la  religión  de  los  que  retornaron,  fue 
una  religión  formalista,  ritualista,  bien  distinta  de  la  espiritual,  social 
y  práctica,  soñada  por  los  grandes  profetas.  Igualmente  no  se  cumplió 
la  promesa  de  que  nunca  serían  desarraigados  de  su  territorio,  pues  los 
romanos  se  encargaron  de  darle  un  desmentido  a  tal  predicción,  y  sólo 
hoy  al  cabo  de  veinte  siglos  de  ostracismo  se  ha  creado  nuevamente  un 
Estado  de  Israel,  que  abarca  una  parte  de  su  antiguo  territorio  y  cuya 
suerte  no  está  aún  definitivamente  consolidada.  Esto  nos  muestra  con 
luz  meridiana  que  las  visiones  de  los  profetas  respondían  únicamente 
a  los  sentimientos  de  los  mismos,  sin  que  en  ellas  tuviera  intervención 
divinidad  alguna. 

3433.  Comprobado  así  el  misticismo  de  nuestro  profeta,  añadi- 
remos ahora  algunos  otros  datos  interesantes  de  su  biografía.  Por  sus 
escritos  sabemos  que  previendo  la  destrucción  de  su  pueblo,  no  quiso 
casarse:  16,  1  Y  fue  a  mi,  palabra  de  Yahvé,  diciendo:  2  No  tomes  para 
ti  mujer,  y  no  tengas  hijos  ni  hijas  en  este  lugar.  3  Porque  así  dice 
Yahvé  tocante  a  los  hijos  y  a  las  hijas  que  nacieren  en  este  lugar,  y  a 
sus  madres  que  los  dieren  a  luz  y  a  sus  padres  que  los  engendraren  en 
este  país: 

4  Morirán  de  enfermedades  mortales, 

Sucumbirán  por  la  espada  o  perecerán  de  hambre. 

No  serán  llorados,  ni  sepultados: 

Servirán  de  estiércol  en  la  superficie  del  suelo; 

Y  sus  cadáveres  serán  el  pasto 

De  las  aves  del  cielo  y  de  las  bestias  de  la  tierra. 

Anotando  Scío  este  pasaje,  y  citando  a  Mat.  19,  12,  dice:  "Si  Dios  le 
mandó  a  Jeremías  que  no  se  casara,  en  atención  a  la  cautividad  que 
había  de  venir,  porque  no  viese  la  calamidad  de  su  mujer  y  de  sus 
hijos,  ¿cuánto  mejor  podrá  esto  hacerse,  y  cuánto  más  agradable  será 
a  Dios,  si  el  hombre  por  elección  propia  y  sin  que  nadie  le  obligue  a 
ello,  consagra  a  Dios  con  voto  su  virginidad,  y  renuncia  aún  los  pla- 
ceres lícitos  de  la  carne?"  Con  esta  argumentación  se  pretende  justifi- 
car el  celibato  que  impone  la  iglesia  católica  a  sus  sacerdotes;  pero 
tales  razones  fallan  por  su  base,  pues  los  ministros  de  esa  iglesia  no 
adoptan  espontáneamente  el  celibato,  sino  que,  en  general,  lo  sopor- 
tan como  una  de  las  más  pesadas  e  injustificadas  obligaciones  que  se 
les  fuerza  a  aceptar.  Una  cosa  es  la  continencia  sexual  que  voluntaria- 
mente se  impone  el  que  se  consagra  a  una  gran  obra  que  le  absorbe 


LAMENTOS  DE  JEREMIAS 


235 


todos  sus  pensamientos  y  sus  energías,  y  cosa  distinta  es  el  pretender 
acallar  por  la  fuerza,  un  instinto  que  en  sí  nada  tiene  de  censurable, 
pues  tiende  a  la  perpetuación  de  la  especie.  Véase  lo  que  al  respecto, 
decimos  en  el  Prólogo  del  tomo  I  de  este  libro. 

3434.  Jeremías  se  queja  de  las  justificadas  protestas  que  susci- 
taban sus  enconados  discursos,  diciendo:  "Yo  he  venido  a  ser  un  haz- 
merreír todos  los  días;  ¡todos  se  burlan  de  mí!"  (20,  7''),  por  lo  que 
más  de  una  vez  hubiera  querido  huir  al  desierto,  como  lo  hizo  Elias  en 
idénticos  momentos  de  desfallecimiento  moral:  "¡Ojalá  tuviera  en  el 
desierto  un  Khan  (1)  (o  albergue  de  viandantes)  ;  para  dejar  a  mi 
pueblo,  para  alejarme  de  ellos,  porque  todos  son  adúlteros,  una  banda 
de  traidores  (o  infieles)  \  (9,  2).  Los  sinsabores  que  generalmente  oca- 
sionaban sus  profecías,  fueron  a  veces  tan  intensos,  que  llega  hasta  a 
maldecir  del  día  que  nació,  lamentación  que  será  después  imitada  en 
el  poema  de  Job  (3,  1)  : 

15,  10  ¡Ay  </e  mí,  madre  mía!  Tú  me  has  puesto  en  el  mundo 

Para  ser  hombre  de  querella  y  de  disputa  en  todo  el  país. 
¡No  he  prestado  dinero  a  interés,  ni  me  lo  han  prestado, 

Y  sin  embargo,  todos  me  maldicen! 
20,  14  ¡Maldito  el  día  en  que  nací: 

El  día  en  que  mi  madre  me  dió  a  luz,  no  sea  bendecido! 

15  ¡Maldito  el  hombre  que  dió  la  noticia  a  mi  padre: 
"Te  ha  nacido  un  hijo  varón". 

Colmándole  así  de  alegría! 

16  O  ue  ese  hombre  sí>a  como  las  ciudades  (2) 

Que  Yahvé  destruyó  sin  arrepentirse  (Sodonia  y  Guinorra)  ; 
Que  oiga  gritos  de  alarma  por  la  mañnna 

Y  tumulto  do  guerra  a  medio  día! 


(1)  Llámase  Khan,  aún  hoy  en  Oriente,  al  edificio  sin  muebles,  construido 
en  el  desierto  para  servir  de  refugio  gratuito  a  los  viajeros  con  sus  cabalgaduras, 
en  el  que,  a  falta  de  comodidades,  se  encuentra  abrigo  y  tranquilidad.  Ese  edi- 
ficio se  llama  en  francés  caravanserail,  en  inglés  caravansary  y  en  castellano 
caravanera  o  caravanserallo,  palabras  éstas  que  ignora  la  Academia  de  la  Lengua 
Española;  pero  cuya  definición  puede  verse  en  el  Diccionario  de  Ochoa.  La  Aca- 
demia sólo  trae  el  vocablo  parador  como  sinónimo  de  mesón,  al  que  define  "casa 
pública  donde  por  dinero  se  da  albergue  a  viajeros,  caballerías  y  carruajes",  lo 
que  no  corresponde  al  Khan  oriental,  en  el  que  no  hay  posadero,  ni  paga  alguna. 

(2)  De  acuerdo  con  la  versión  griega  de  los  LXX,  la  siríaca  Pechitto,  "la 
Simple",  y  las  antiguas  de  San  Jerónimo,  trae  L.  B.  d.  C.  al  comienzo  del  v.  16: 
"Que  aquel  día  sea",  en  vez  de  "Que  ese  hombre  sea"  del  T.  M.,  y  en  nota  es- 
cribe: "Trae  el  texto:  Que  aquel  hombre;  pero  no  se  ve  cómo  el  mensajero  en- 
cargado de  anunciar  el  nacimiento  hubiera  podido  hacer  morir  al  niño  en  el  seno 
materno,  ni  aun  al  salir  del  seno  maternal  (traducción,  por  lo  demás,  poco  vero- 


236 


LA  PERSONALIDAD  DÉ  JEREMIAS 


17  ¿Por  qué  no  me  mató  en  el  seno  materno? 
¡Mi  madre  hubiera  sido  mi  sepulcro. 

Su  seno  me  hubiera  por  siempre  guardado! 

18  ¿Para  qué  salí  de  sus  entrañas? 
¿Para  ver  aflicción  y  dolor. 

Para  que  mis  días  se  consuman  en  la  ignominia? 

3435.  Por  supuesto  que  en  esta  explosión  de  dolor  Lien  huma- 
no, no  vamos  a  pedirle  lógica  al  profeta,  inquiriéndole  por  qué  mal- 
dice al  portador  de  la  noticia  de  que  él  había  nacido,  que  no  tenía 
culpa  alguna  de  tal  nacimiento,  ni  cómo  se  le  iba  a  exigir  que  matara 
al  recién  venido  al  rnundo,  ni  menos  cómo  podía  haber  sido  una  tum- 
ba eterna  el  seno  maternal,  y  el  por  qué,  sin  embargo,  no  maldice  a 
sus  progenitores.  La  personalidad  de  Jeremías  se  nos  revela  en  su 
obra,  generalmente  como  la  de  un  hombre  tierno,  de  corazón  sensible, 
valiente,  que  no  retrocede  ante  las  burlas  y  la  oposición  amenazadora 
de  los  que  pretendían  quitarle  la  vida,  — aunque  implacablemente  ven- 
gativo contra  sus  enemigos,  §  3500-3506,  3534. — ,  y  amante  de  su  pa- 
tria aún  cuando  por  las  circunstancias  históricas  en  que  le  tocó  actuar 
tuvo  que  aconsejar  a  sus  compatriotas  las  más  humillantes  capitula- 
ciones. En  boca  de  Yahvé  se  ponen  estas  palabras  que  expresan  un 
juicio  exacto  sobre  el  carácter  de  Jeremías: 

1,  18  Y  yo  haré  de  ti  hoy. 

Una  ciudad  fuerte  y  un  muro  de  bronce. 

Delante  de  los  reyes  de  Judá  y  delante  do  c,us  magistrados, 

Delnritp  de  sus  saocrduies  y  delante  del  pueblo  de  este  país. 

Fue  admirable  la  peibevciancia  y  el  valor  que  demostró  durante 
medio  siglo,  en  proseguir  una  obra  erizada  de  obstáculos  y  dificulta- 
des; pero  a  la  cual  le  impelía  su  conciencia,  realizando  así  lo  que  juz- 
gaba su  deber.  Personifica  la  resignación  y  la  firmeza  de  la  fe,  y  es 
probable  que  en  la  dramática  historia  de  su  vida  se  inspiró  más  tarde 
el  29  Isaías,  para  describir  los  sufrimientos  del  "Servidor  de  Yahvé" 
(Is.  53).  (1) 


símil:  ¿si  ya  había  nacido  el  niño,  cómo  podría  servirle  su  madre  de  tumba, 
V.  17?).  Es  más  probable  que  fuera  el  día  del  nacimiento  personificado  el  tenido 
por  responsable  del  suceso  que  lo  ha  marcado,  lo  mismo  que  en  Job  se  maldice 
la  noche  en  que  el  héroe  nació,  por  no  haber  cerrado  el  seno  que  lo  concibió 
(3,  10)". 

(1)  Recomendamos  la  lectura  del  interesante  estudio  que  sobre  Jeremías, 
escribió  el  malogrado  Stefan  Zweig,  en  forma  dramática,  en  el  que  está  bien 
comprendido  y  expresado  el  espíritu  del  profeta  y  excelentemente  expuesta  su 
obra  tan  desconcertante  en  su  época,  que  motivó  la  hostilidad  de  sus  compatrio- 


SUCESOS  HISTORICOS  IMPORTANTES 


237 


EL  MEDIO  HISTORICO  EN  QUE  ACTUO  JEREMIAS.  —  3436.  Para 
comprender  bien  la  obra  profética  de  Jeremías  conviene  tener  presente 
el  medio  histórico  en  el  que  le  tocó  actuar,  medio  -  que,  en  algunos 
casos  ya  hemos  detallado  en  párrafos  anteriores.  Su  actividad  se  ex- 
tiende desde  el  13?  año  del  reinado  de  Josías,  en  el  626,  hasta  mucho 
después  de  efectuada  la  deportación  a  Babilonia,  durando,  pues,  18 
años  bajo  Josías;  tres  meses  en  el  de  Joacaz;  11  años  en  el  de  Joa- 
quim;  en  el  de  Jeconías,  3  meses;  y  en  el  de  Sedecías,  once  años,  con- 
tinuando aún  su  obra  profética  en  Egipto,  luego  del  asesinato  del  go- 
bernador Guedalias.  Los  principales  acontecimientos  ocurridos  duran- 
te ese  casi  medio  siglo,  y  que  influyeron  sobre  su  concepción  de  la 
marcha  o  del  desarrollo  de  los  mismos,  fueron  los  siguientes:  la  refor- 
ma de  Josías  (622)  ;  la  muerte  de  este  rey  en  Meguido  (608)  ;  la  ba- 
talla de  Carquemis  (604)  ;  la  sublevación  de  Joaquim  contra  Nabuco- 
donosor;  la  primera  toma  de  Jerusalén  por  este  monarca  caldeo  en  597; 
la  sublevación  de  Sedecías  contra  el  mismo  rey;  la  toma  y  destrucción 
de  Jerusalén  en  el  586  y  la  posterior  deportación  a  Babilonia.  Muerto 
Josías  en  la  batalla  de  Meguido,  el  pueblo  de  Judá  elevó  al  trono  a 
su  hijo  Joacaz  de  23  años  de  edad,  el  cual  sólo  reinó  tres  meses,  pues 
fue  depuesto  por  el  faraón  Ñeco,  quien  lo  envió  prisionero  a  Egipto, 
donde  murió.  Ñeco  puso  en  su  lugar  a  otro  hijo  de  Josías  llamado 
Eliaquim,  de  25  años  de  edad,  cuyo  nombre  cambió  por  el  de  Jeoja- 
kim  o  Joaquim.  Este  tuvo  que  entregar  al  egipcio  un  tributo  de  cien 
talentos  de  plata  y  uno  de  oro  (unos  220.000  dólares),  suma  que  el 
pueblo  se  vió  obligado  a  pagar.  Después  de  la  batalla  de  Carquemis 
(605)  en  la  cual  el  faraón  Ñeco  fue  completamente  derrotado  por  el 
príncipe  caldeo  Nabucodonosor  (en  hebreo,  Nebukadnetsar) ,  Judá  pa- 
só a  poder  del  vencedor.  Tres  años  más  tarde,  se  sublevó  Joaquim,  y 
Nabucodonosor,  ocupado  en  otras  empresas  guerreras,  suscitó  contra 
él,  a  los  árameos,  moabitas  y  ammonitas.  Se  cree  que  Joaquim  pereció 
en  esa  lucha,  pues  cuando  vino  el  rey  caldeo  a  atacar  a  Jerusalén,  ya 
no  se  habla  más  de  aquel  rey  judaíta,  sino  de  su  hijo  Jeconías  o  Joa- 
quín, de  18  años  de  edad.  Jeconías  sólo  alcanzó  a  reinar  tres  meses, 
porque,  sitiada  Jerusalén  por  Nabucodonosor,  no  le  opuso  mayor  re- 
sistencia, abriendo  las  puertas  de  la  ciudad  en  el  597,  por  lo  cual  el 
rey  caldeo  lo  deportó  a  Babilonia  con  su  familia  y  todas  las  personas 
más  destacadas  y  los  hombres  hábiles  de  la  capital,  cuyo  número  se- 
gún II  Rey.  24,  14,  ascendió  a  10.000,  y  según  el  dato  consignado  en 
el  último  cap.  de  Jeremías  v.  28,  ese  total  era  de  3.023  personas.  El 


tas.  Ese  drama  de  S.  Zweig,  escrito  en  alemán  en  1916,  y  prohibido  en  Alemania, 
fue  traducido  al  francés  por  L.  C.  Baudouin,  y  publicado  con  el  título  Jérémie, 
en  1929,  por  Les  Editions  Rieder,  Paris. 


238 


FIN  DE  JEREMIAS 


dato  de  II  Rey.  en  números  redondos,  es  considerado  como  una  adi- 
ción posterior  (§  3460). 

3437.  Nabucodonosor,  en  vez  de  designar  un  gobernador  caldeo 
para  Judá,  conservó  la  autonomía  de  este  país,  nombrando  rey  del  mis- 
mo al  tercer  hijo  de  Josías,  llamado  Natanías,  cuyo  nombre  cambió 
por  el  de  Sedecías.  Este  príncipe,  al  cabo  de  varios  años,  se  dejó  arras- 
trar por  el  partido  de  la  guerra,  y  contando  con  el  apoyo  de  los  sirios, 
los  ammonitas  y  los  egipcios,  se  sublevó  contra  los  caldeos,  a  pesar 
de  los  consejos  de  Jeremías.  El  año  587,  Jerusalén  volvió  a  ser  sitiada 
por  el  ejército  caldeo.  Los  judaítas  creyeron  por  un  momento  que  se 
había  repetido  el  caso  de  Sennaquerib,  cuando  el  enemigo  levantó  el 
sitio  para  atacar  a  los  egipcios  que  acudían  en  socorro  de  la  plaza  cer- 
cada; pero  vencidos  éstos,  u  obligados  a  retirarse,  retornaron  los  cal- 
deos, y  tomaron  a  Jerusalén  en  julio  del  586,  ciudad  a  la  que  destru- 
yeron totalmente,  quemando  el  Templo  de  la  misma.  Sedecías,  que 
había  logrado  escapar  con  su  familia,  fue  capturado,  y  luego  de  habér- 
sele sacado  los  ojos,  los  llevaron  encadenado  a  Babilonia.  En  aquella 
región  devastada,  puso  Nabucodonosor  como  gobernante  de  los  que 
aun  habían  allí  quedado,  a  un  judaíta  llamado  Guedalias  o  Gedelías, 
quien  en  octubre  del  586  fue  asesinado  por  un  fanático  llamado  Is- 
mael, crimen  cometido  a  instigación  del  rey  de  los  ammonitas.  Este 
hecho  insólito  trajo  como  consecuencia,  la  huida  de  un  grupo  de  ju- 
daítas a  Egipto,  buscando  escapar  a  la  venganza  del  rey  caldeo,  ven- 
ganza que  se  hizo  sentir  varios  años  más  tarde,  lo  que  explicaría  la 
última  deportación  de  745  personas  que  se  menciona  en  Jer.  52,  v.  30. 
Ese  grupo  de  fugitivos  arrastró  consigo  a  Jeremías  y  su  secretario 
Baruc,  a  Egipto,  donde  el  profeta  continuó  predicando  contra  el  culto 
de  la  Reina  de  los  Cielos,  sin  resultado  práctico  alguno,  y  donde  se 
cree  que  murió.  Según  una  tradición.  Jeremías  fue  lapidado  por  los 
judíos  de  Tafnés,  en  el  bajo  Egipto. 

EL  LIBRO  DE  JEREMIAS.  —  P  SU  FORMACION.  —  3438.  De  es- 
te profeta  tenemos  en  la  Biblia,  un  libro  que  lleva  su  nombre,  bastante 
extenso,  pues  consta  de  52  capítulos.  En  este  libro  bíblico  pueden  fácil- 
mente notarse  cuatro  distintos  elementos,  a  saber:  1°  revelaciones  casi 
siempre  en  verso.  29  Relatos  en  prosa  de  actos  prof éticos  ejecutados 
por  Jeremías;  tanto  en  aquellas  revelaciones  como  en  estos  relatos  fi- 
gura el  profeta  hablando  en  primera  persona,  por  lo  que  es  natural 
éuponer  que  emanan  directamente  de  él.  3"?  Distintos  episodios  de  la 
vida  de  Jeremías,  en  los  que  se  habla  de  él  en  la  tercera  persona,  y 
que  generalmente  son  atribuidos  a  su  secretario  Baruc.  4°  Elementos 
extraños  a  Jeremías  y  a  Baruc,  pero  que,  como  se  expresa  en  la  In- 
troducción a  los  Profetas,  en  L.  B.  d.  C.,  "o  bien  reflejan  la  situación 
política  y  las  preocupaciones  de  épocas  ulteriores,  o  bien  se  notan  en 


FORMACION  DEL  LIBRO  DE  JEREMIAS 


239 


ellos  reminiscencias  de  obras  más  recientes,  o  que  ciertos  pasajes  han 
sido  amplificados  por  copistas  o  comentadores,  especialmente  por  me- 
dio de  la  inserción  de  pasajes  del  libro  de  los  Reyes".  Dicho  libro 
ofrece  las  siguientes  circunstancias  características,  a  saber:  I"?  que  a 
la  inversa  de  los  demás  de  la  Biblia,  nos  da  algunos  datos  sobre  su 
formación;  29  que  es  uno  de  los  que  presenta  mayor  desorden  crono- 
lógico, es  decir,  que  los  discursos  proféticos  no  están  dispuestos  en  el 
orden  probable  en  que  fueron  pronunciados  o  escritos,  no  estando  tam- 
poco, en  conjunto,  ni  siquiera  ordenados  de  acuerdo  con  su  contenido; 
3°  que  es  de  todos  los  libros  bíblicos  el  que  contiene  mayor  número 
de  pasajes  repetidos;  y  4"=*  que  la  antigua  versión  de  los  LXX  difiere 
del  texto  hebreo  (T.  M.)  no  sólo  en  la  disposición  de  los  capítulos, 
sino  además  en  que  es  una  versión  abreviada  de  éste. 

3439.  En  cuanto  al  primer  punto,  recuérdese  que  después  de  una 
predicación  oral  de  casi  un  cuarto  de  siglo.  Jeremías  decidió,  por  or- 
den de  Yahvé,  en  el  4*?  año  de  Joaquim  (604),  dictar  a  su  discípulo 
y  secretario  Baruc,  "todas  las  palabras  que  Yahvé  le  había  dirigido" 
(36,  4).  En  efecto,  Yahvé  le  dijo  a  Jeremías:  "2  toma  un  rollo  y  escri- 
be en  él  todas  las  palabras  que  yo  te  he  hablado  sobre  (o  contra)  Is- 
rael y  sobre  (o  contra)  Judá,  y  sobre  (o  contra)  todas  las  naciones, 
desde  que  he  comenzado  a  hablarte,  desde  el  tiempo  de  Josías  hasta 
hoy.  3  Quizá  escuche  la  casa  de  Judá  todos  los  males  que  pienso  ha- 
cerle, a  fin  de  que  vuelva  cada  uno  de  su  mal  camino,  para  que  yo  les 
perdone  sus  iniquidades  y  sus  pecados"  (Jer.  36).  Según  este  preám- 
bulo, la  primera  edición  del  libro  de  Jeremías  se  compondría  de  las 
profecías  que  el  vidente  había  pronunciado  hasta  entonces  contra  Is- 
rael, contra  Judá  y  contra  otras  naciones.  Pero  como  hacía  casi  120 
años  que  Israel  había  perdido  su  independencia,  Jeremías  no  tenía 
por  qué  dirigirle  profecías  amenazadoras,  sino  por  el  contrario  frases 
de  consuelo  y  de  esperanza  al  resto  de  aquel  desgraciado  pueblo,  que 
yacía  en  el  destierro  de  donde  nunca  jamás  volvió,  aunque  Jeremías 
siempre  creyó  en  su  retorno  (3,  6-18;  31,  2-22)  ;  por  lo  cual  muchos 
traductores,  alteran  el  texto  hebreo  original,  y  siguiendo  a  los  LXX, 
ponen  en  el  v.  2  Jerusalén,  en  vez  de  Israel,  qae  leemos  en  las  corrien- 
tes versiones.  Ese  primer  libro  de  Jeremías,  a  lo  sumo  contendría, 
pues,  según  el  v.  2,  los  siguientes  capítulos  del  actual:  1-12;  18-20;  25; 
46,  1-12;  49,  23-33.  No  debería  haber  sido  muy  extenso,  pues  fue  leí- 
do tres  veces  en  el  mismo  día:  1°  ante  el  público  congregado  en  el 
Templo;  2°  ante  los  ministros;  y  3°  ante  el  rey.  Sin  embargo,  parece 
que  se  empleó  un  año  en  preparar  el  citado  libro,  porque  Baruc  sólo 
un  año  después  que  lo  hubo  escrito,  lo  leyó  en  el  Templo,  aprove- 
chando la  afluencia  allí  de  numeroso  público,  con  motivo  de  un  ayuno 
extraordinario  que  se  efectuó  en  el  mes  99  del  año  5^  de  Joaquim 
(v.  9),  o  sea,  al  fin  de  noviembre  o  en  diciembre  del  año  604.  Si  ese 


24Ó 


LAMENTOS  DE  BARUC 


trabajo  hubiera  sido  concluido  antes,  y  si  Baruc  lo  tenía  guardado  es- 
perando una  ocasión  favorable  para  efectuar  esa  lectura,  como  preten- 
de Condamín,  tendríamos  aquí  una  prueba  de  que  no  se  conocía  en- 
tonces la  fiesta  de  la  Expiación  ordenada  por  el  Código  Sacerdotal 
(Lev.  23,  27;  25,  9),  con  el  ayuno  obligatorio  en  el  10*?  día  del  T"? 
mes  (octubre),  pues  sería  raro  que  Baruc  hubiera  dejado  pasar  tan 
importante  festividad,  según  nota  el  mismo  exégeta  (p.  265) ,  sin  apro- 
vecharla para  el  fin  que  perseguía. 

3440.  Efectuada  esa  lectura  en  el  Templo,  se  les  comunica  ese 
hecho  insólito  a  los  ministros  de  Joaquim,  que  estaban  sesionando  en 
la  sala  del  secretario  Elisama,  por  lo  cual  ellos  enviaron  a  buscar  de 
inmediato  a  Baruc,  a  quien  le  pidieron  les  leyera  el  referido  rollo.  "Y 
cuando  hubieron  oído  todas  esas  palabras,  se  miraron  espantados  los 
unos  a  los  otros,  y  dijeron:  Tenemos  que  informar  imprescindiblemen- 
te de  todo  esto  al  rey"  (v.  16),  lo  que  hace  presumir  o  que  descono- 
cían la  prédica  revolucionaria  de  Jeremías,  o  que,  como  piensa  Reuss, 
se  asustaron  del  atrevimiento  del  profeta,  que  osaba  desafiar  pública- 
mente la  cólera  del  rey.  Pero  los  ministros  que  estaban  bien  dispuestos 
para  con  Jeremías,  le  aconsejaron  a  Baruc  que  tanto  él  como  el  pro- 
feta se  escondieran,  de  modo  que  nadie  supiera  el  lugar  de  su  escon- 
dite. Los  interesados,  que  con  el  ejemplo  de  Urías  (26,  20-23),  tenían 
sobrados  motivos  para  temer  los  efectos  de  la  ira  del  rey,  buscaron  un 
seguro  abrigo,  tanto  más  seguro  cuanto  que  contaban  nada  menos  que 
con  la  complicidad  de  los  propios  ministros  de  Joaquim,  por  lo  que 
el  piadoso  escritor  bíblico,  afirma  ingenuamente  que  "los  escondió 
Yahvé"  (v.  26).  Yahvé,  sin  embargo,  que  supo  esconder  bien  a  Jere- 
mías y  a  Baruc,  se  olvidó  de  hacer  lo  mismo  con  el  citado  discípulo 
de  aquél,  que  ni  siquiera  en  el  lejano  Egipto  encontró  refugio  que  lo 
librara  de  la  orden  de  muerte  dictada  contra  él  por  el  déspota  gober- 
nante (26,  21-23). 

3440  bis.  Conviene  recordar  que  si  Baruc  por  haber  escrito  las 
profecías  que  le  dictaba  Jeremías  y  por  haberlas  leído  públicamente 
en  el  Templo,  estuvo  a  punto  de  ser  muerto,  y  si  más  tarde,  fue  arras- 
trado con  su  amo  a  Egipto,  (§  3437)  donde  experimentó  los  sinsa- 
bores del  destierro,  tan  aflictiva  situación  le  arrancaba  protestas  con- 
tra su  dios,  como  las  siguientes:  "¡Ay  de  mí,  porque  Yahvé  añade 
pesares  a  mis  dolores!  ¡Me  fatigo  en  gemir,  y  no  encuentro  reposo!" 
(45,3).  Yahvé  le  revela  entonces  a  Jeremías,  que  le  dirija  a  su  fiel 
secretario  estas  palabras:  "4  Así  ha  hablado  Yahvé:  Voy  a  destruir 
lo  que  yo  mismo  había  edificado,  a  arrancar  lo  que  yo  había  plantado, 
(y  yo  asolaré  toda  la  tierra,  o  y  esto  en  todo  el  país,  frase  esta  muy  in- 
cierta, que  falta  en  los  LXX).  5  ¡Y  tú,  reclamarías  tú  para  ti,  grandes 
ventajas  (o  favores)  !  ¡No  las  reclames!  porque  voy  a  traer  el  mal  sobre 
toda  criatura,  oráculo  de  Yahvé.  Sin  embargo,  te  concederé  la  vida 


JOAQUIM  QUEMA  EL  LIBRO  DE  JEREMIAS 


241 


por  botín,  en  todos  los  lugares  adonde  fueres"  (cap.  45).  Las  ventajas 
que  el  pobre  Baruc  deseaba  le  fueran  concedidas,  no  eran  riquezas  ni 
posiciones  políticas  o  espectables,  como  erróneamente  algunos  han 
creído,  sino  tan  sólo  una  existencia  tranquila  y  apacible,  dado  el  caó- 
tico y  angustioso  estado  de  su  país.  Pero  el  mensaje  que  le  dirige 
Yahvé  es  poco  tranquilizador,  pues  viene  a  decirle  en  resumen:  "Si  tú 
sufres,  yo  sufro  más,  pues  he  tenido  o  tengo  que  destruir  esta  nación 
judaíta,  que  es  mi  obra.  Confórmate  con  haber  conservado  la  vida, 
como  botín  de  tanto  desastre".  Al  principio  de  ese  cap.  45  el  redactor 
agregó  que  dicho  oráculo  de  Jeremías  fue  pronunciado  en  el  4^  año 
del  reinado  de  Joaquim,  o  sea,  por  el  605,  cuando  Baruc  escribía  el 
rollo  quemado  por  este  rey.  Esa  mención  es  equivocada,  pues,  como 
observa  con  razón  L.  B.  d.  C:  "Es  natural  pensar  que  la  presente  re- 
velación fue  dirigida  a  Baruc,  en  Egipto,  en  destierro,  como  resulta 
del  lugar  en  que  se  halla  este  capítulo,  a  continuación  del  cap.  44,  y 
de  la  alusión  a  la  destrucción  por  Yahvé,  de  lo  que  él  había  edificado, 
es  decir,  del  Estado  Judío.  Sería  en  consecuencia,  el  cap.  45  una  nota 
en  la  que  se  refiere  un  recuerdo  personal,  agregada  como  apéndice  por 
Baruc  al  libro  que  él  acababa  de  redactar,  al  que  designaría  por  "estas 
palabras"  (v.  1).  La  fecha  precisa  que  se  lee  al  final  de  ese  v.  1,  ha- 
bría sido  añadida  por  un  comentador,  según  el  cap.  36". 

3441.  Volviendo  ahora  a  nuestro  relato  del  párrafo  3440,  dire- 
mos que  informado  Joaquim  del  hecho  excepcional  ocurrido  ese  día 
en  el  Templo,  se  hizo  traer  el  libro  de  Jeremías  y  que  se  lo  leyeran, 
mientras  él  se  arrellenaba  cómodamente  ante  un  brasero  encendido  para 
combatir  el  frío  de  aquel  día  de  invierno.  "Y  cada  vez  que  Jehudí  (el 
lector)  había  leído  tres  o  cuatro  columnas,  el  rey  las  cortaba  con  el 
cuchillo  del  secretario,  y  las  echaba  en  el  fuego  del  brasero,  hasta  que 
todo  el  rollo  se  consumió  en  el  fuego  del  brasero"  (36,  23) .  El  rey, 
pues,  iba  cortando  el  rollo  a  medida  que  éste  iba  siendo  leído  y  lo 
arrojaba  a  las  ascuas  del  brasero,  hasta  que  todo  estuvo  consumido, 
a  despecho  de  las  observaciones  de  algunos  de  los  ministros,  que  no 
querían  que  se  quemara  el  volumen.  Luego  el  rey  mandó  prender  a 
Jeremías  y  a  Baruc;  pero  no  fueron  hallados,  porque  ya  sabemos  que 
Yahvé  los  había  escondido.  Este  dios  ordenó  entonces  a  Jeremías  que 
tomara  otro  rollo  y  volviera  a  escribir  lo  que  había  en  el  anterior,  pro- 
nunciando terribles  imprecaciones  contra  el  rey  y  el  pueblo,  de  las 
que  no  todas  se  cumplieron,  lo  que  no  era  muy  correcto  en  una  divini- 
dad como  Yahvé,  tan  conocedora  de  lo  futuro.  Así  por  ejemplo,  en 
contra  de  lo  afirmado  por  Yahvé  de  que  el  rey  de  Babilonia  vendría 
a  devastar  el  país  y  exterminaría  los  seres  humanos  y  las  bestias,  sa- 
bemos que  aun  cuando  la  campaña  de  Nabucodonosor  contra  Judá  fue 
muy  sangrienta,  lejos  estuvo  de  ocasionar  el  total  exterminio  del  pue- 
blo y  de  sus  animales.  Y  después,  en  su  cólera  contra  Joaquim,  Yahvé 


242 


<  SEPULTURA  DE  JOAQUIM 


le  lanza  esta  imprecación:  "No  tendrá  descendiente  que  le  suceda  en  el 
trono  de  David;  y  su  cadáver  será  echado  fuera,  expuesto  al  calor  del 
día  Y  al  frío  de  la  noche"  (36,  30)  ;  pero  resulta:  que  a  Joaquim 
le  sucedió  su  hijo  Joaquín  o  Jeconías,  quien  reinó  tres  meses  en  Jeru- 
salén,  siendo  después  reemplazado  por  Sedecías  (II  Rey.  24,  8,  17) 
hermano  de  aquél;  y  2"  que  el  gran  castigo  que  deseaba  imponerle 
Yahvé  a  Joaquim,  de  que  su  cadáver  no  fuera  sepultado,  lo  que  era 
considerado  como  la  más  horrible  pena,  tampoco  se  cumplió,  puesto 
que  según  el  escritor  de  II  Reyes:  "Yació  Joaquim  con  sus  padres,  y 
reinó  Joaquín  o  Jeconías  su  hijo  en  su  lugar"  (24,  6),  y  según  el  texto 
griego  del  pasaje  paralelo  de  Crónicas,  "Joaquim  fue  sepultado  con  sus 
padres  en  el  jardín  de  Uza"  (II  Crón.  36,  8)  lugar  de  la  sepultura  de 
Manasés  y  de  Amón  (II  Rey.  21,  18),  aseveración  que  parece  ser  autén- 
tica, según  Condamin. 

3442.  Pero  este  comentarista  católico  no  se  conforma  con  que 
pueda  existir  contradicción  entre  dos  pasajes  del  libro  inspirado,  por 
ío  que  escribe:  "Algunos  exégetas  desesperan  muy  fácilmente  o  rehu- 
san demasiado  arbitrariamente  conciliar  estos  diversos  datos".  Y  he 
aquí  la  explicación  que  a  él  se  le  ocurre:  "Pudo  muy  bien  suceder  que 
Joaquim,  muerto  a  los  35  años,  y  por  consiguiente,  a  lo  que  parece,  de 
muerte  violenta,  haya  perecido  en  un  combate  contra  las  bandas  de 
caldeos,  árameos,  moabitas  y  ammonitas  que  lo  atacaron  al  fin  de  su 
reinado  (II  Rey.  24,  2),  o  asesinado,  según  conjeturan  otros,  y  que  su 
cuerpo  hubiera  quedado  algún  tiempo  expuesto,  en  pleno  campo,  sien- 
do pasto  de  los  cuervos,  y  después,  rápidamente  enterrado,  sin  cere- 
monias; o  aun  (menos  probablemente)  habría  sido  sepultado  sin  fune- 
rales solemnes  (22,  18)  y  luego  arrojado  fuera  de  su  sepulcro  por  los 
caldeos  irritados  por  su  rebelión"  (p.  263,  264).  —  Tenemos,  pues, 
que  los  que  mueren  a  los  35  años,  probablemente  lo  son  de  muerte  vio- 
lenta; y  después  nótese  las  vueltas,  la  acrobacia  que  se  le  obliga  a  hacer 
a  la  imaginación,  para  sacar  a  flote  la  inspiración  de  las  Sagradas  Es- 
crituras. Es  este  un  ejemplo  típico  de  cómo,  a  todo  trance  y  por  todos 
los  medios,  trata  de  probar  la  ortodoxia  el  cumplimiento  fiel  de  las 
profecías  bíblicas. 

3443.  En  cuanto  a  la  nueva  orden  de  Yahvé,  Jeremías,  para  reali- 
zarla "tomó  otro  rollo,  lo  dió  a  su  secretario  Baruc,  quien  escribió  en 
él,  dictándole  Jeremías,  todo  el  contenido  del  libro  que  Joaquim,  rey 
de  Judá,  había  quemado  en  el  brasero,  y  además  le  fueron  añadidas  mu- 
chas otras  palabras  semejantes"  (v.  32).  Se  ignora  por  completo  en  qué 
consistieron  las  numerosas  adiciones  de  esa  nueva  edición  aumentada 
del  libro  de  Jeremías,  opinando  L.  B.  d.  C.  que  quizá  ellas  consistieron 
en  "otros  oráculos  pronunciados  también  entre  627  y  605  y  que  Jere- 
mías, no  había  reproducido  en  su  primera  redacción,  o  bien  en  reve- 
laciones recibidas  posteriormente  al  605".  Se  desconocen  igualmente 


2*  EDICION  DEL  LIBRO  DE  JEREMIAS  243 

las  causas  por  las  cuales  no  escribió  Jeremías  mismo  sus  profecías, 
sino  que  tuvo  siempre  que  valerse  para  ello  de  su  secretario.  Conda- 
min  no  considera  improbable  que,  como  opinaba  en  el  siglo  XVII  n.  e. 
el  jesuíta  Gaspar  Sánchez,  este  último  hecho  se  debiera  a  que  Jeremías 
tuviese  mala  letra;  mientras  que  otros  creen  que  la  utilización  de  un 
secretario  se  debía  simplemente  a  que  Jeremías  no  sabía  escribir,  su- 
posición que  no  está  de  acuerdo  con  lo  que  se  afirma  en  32,  10  que 
él  puso  por  escrito  el  contrato  de  compra  de  un  campo  que  celebró  con 
un  primo  suyo,  aunque  quizá  lo  que  se  quiera  expresar  en  la  citada 
frase,  es  de  que  Jeremías  hizo  poner  por  escrito  dicho  contrato.  Co- 
mentando Lods  el  mencionado  pasaje  de  Jer.  36,  32,  escribe:  "Este  re- 
lato nos  enseña  el  porqué  los  profetas  ponían  sus  oráculos  por  escrito. 
No  era  para  trasmitirlos  a  la  posteridad.  Jeremías  se  propone  obrar 
sobre  sus  contemporáneos  en  una  circunstancia  determinada,  volvien- 
do a  colocar  ante  su  vista  las  antiguas  predicciones  en  el  momento  en 
que  ellas  se  cumplirán.  Y  si  para  esto  recurre  a  la  escritura  es  por 
una  razón  completamente  accidental,  a  saber,  porque  se  halla  impedido 
de  ir  él  mismo  a  hacer  oralmente  esa  comunicación  al  pueblo.  Nos  en- 
seña también  este  relato  cómo  se  redactaban  los  libros  de  los  profetas, 
Jeremías  dicta  solamente  sus  oráculos  23  años  después  que  los  prime- 
ros habían  sido  pronunciados,  haciendo  de  ellos  un  resumen  bastante 
corto  para  que  pudiera  ser  leído  3  veces  el  mismo  día.  Es  decir,  que 
él  no  se  considera  obligado  en  manera  alguna  a  reproducir  exactamente 
los  términos  originales;  y  cuando  reconstituye  el  ejemplar  destruido, 
sin  ningún  escrúpulo  añade  muchas  otras  palabras  semejantes.  Además, 
es  probable  que  nada  había  escrito  Jeremías  antes  del  604,  porque  él 
dicta  y  no  hace  copiar"  {Hist.  Lit.  Heh.,  p.  413). 

29  —  DESORDEN  CRONOLOGICO.  —  3444  El  segundo  hecho  digno 
de  notarse  en  el  libro  de  Jeremías,  es  su  desorden  cronológico.  En  efecto, 
al  rehacerse  al  año  siguiente,  el  volumen  quemado  por  Joaquim,  lo 
natural  sería  que  además  de  la  amplificación  de  los  oráculos  que  hu- 
bieran estado  muy  resumidos  en  el  primer  volumen,  se  hubieran  agre- 
gado las  nuevas  revelaciones  recibidas  por  el  profeta  hasta  el  año  604, 
en  el  que  apareció  lo  que  podríamos  llamar  la  2'  edición  del  libro.  Pe- 
ro lo  curioso  es  que  aparecen  hoy  mezcladas  con  las  profecías  pronun- 
ciadas hasta  esa  época,  otras  compuestas  bajo  los  reinados  posteriores 
al  de  Joaquim.  El  actual  libro  de  Jeremías  debiera  componerse,  en  rea- 
lidad, de  dos  partes:  la  1^  hasta  el  cap.  36  donde  se  narra  la  recopila- 
ción de  las  profecías  hasta  el  año  605;  y  la  2^  desde  ese  capítulo  en 
adelante,  comprendiendo  las  pronunciadas  en  los  veinte  y  tantos  años 
restantes,  hasta  la  muerte  del  profeta.  Ahora  bien,  según  Candamín, 
pertenecen  a  los  últimos  años  de  Jeremías,  los  caps.  12,  7-17,  y  el  35; 
son  del  mismo  reinado,  sin  poderse  precisar  la  fecha,  los  caps.  16-17, 


244 


EDICIONES  DEL  LIBRO  DE  JEREMIAS 


78;  de  la  época  de  Joaquim  y  de  Sedecías,  21,  11  a  23,  40;  del  tiempo 
de  Jeconías  (598),  el  poema  de  13,  15-27;  del  de  Sedecías,  los  caps.  21, 
1-10,  24,  27-29,  32-34,  37-39;  y  después  de  la  toma  de  Jerusalén, 
30-31,  40-44;  siendo  de  fecha  incierta,  9,  22-25;  14,  15;  17,  19-27;  46, 
73-49,  22.  Este  desorden  cronológico  en  la  colocación  de  los  discursos 
de  Jeremías,  es  tanto  más  de  destacar,  cuanto  que,  como  lo  observa  el 
mismo  autor  citado,  "se  esperaría  justamente  el  ver  las  profecías  en 
el  cuadro  histórico  que  ayuda  a  comprenderlas"  (p.  XVI).  Como  se 
ve,  nuestro  actual  libro  de  Jeremías  lejos  está  de  realizar  tan  lógica  y 
fundada  esperanza,  pues  la  caprichosa  disposición  de  ese  libro  bíblico 
revela  que  manos  distintas  de  las  del  profeta  y  de  las  de  su  fiel  secre- 
tario Baruc,  intervinieron  en  su  formación,  como  pronto  lo  comproba- 
remos. Notemos  finalmente  que  el  libro  de  Jeremías  presenta  en  la  edi- 
ción de  los  LXX  una  disposición  más  ordenada  que  en  el  texto  maso- 
rético.  Los  LXX,  como  observa  Lods,  dan  de  ese  libro  una  disposición 
tomada  del  libro  de  Ezequiel  y  que  los  escribas  judíos  introdujeron 
igualmente  en  el  de  Isaías  (1-39)  y  en  el  de  Sofonías,  a  saber:  1°  dis- 
cursos sobre  Judá  y  Jerusalén  (caps.  1-24)  ;  29  oráculos  contra  las 
naciones  (caps.  25  y  46-51)  ;  3"?  promesas  de  restablecimiento  (caps. 
30-33);  y  4"?  además,  como  en  Isaías  (36-39),  fragmentos  biográficos 
e  históricos  (Jer.  34  a  45,  52),  salvo  algunas  notas  biográficas  interca- 
ladas antes  de  las  profecías  mesiánicas  (26r29).  (Hist.  Litt.  Heb.  p.  421). 
El  mismo  autor  opina  que  hubo  por  lo  menos  5  ediciones  sucesivas  re- 
visadas y  aumentadas  del  libro  de  Jeremías:  primera  edición,  dictada 
por  Jeremías  a  Baruc  en  604  y  destruida  por  el  rey;  la  segunda  es  la 
colección  com.enzada  en  603  v  que  comprende  la  primera  con  adicio- 
nes (título  general  1,  7  y  título  del  cap.  1:  1,  2);  la  tercera  añadió  a 
la  precedente  los  oráculos  anteriores  a  la  ruina  de  Jerusalén  (julio 
586),  siendo  para  esta  edición  que  se  insertó  en  el  título  una  parte  del 
V.  3  del  cap.  1:  la  cuarta  edición  debió  comprender  hasta  el  fin  del 
119  año  de  Sedecías;  y  en  fin,  hay  que  suponer  aún  una  o  varias 
ediciones  ulteriores,  puesto  que  el  libro  sigue  a  Jeremías  hasta  Egipto 
(/6.  p.  414). 

39  _  PASAJES  REPETIDOS.  —  3445.  La  tercera  circunstancia  cu- 
riosa del  libro  profético  que  nos  ocupa,  es  que  presenta  una  extraordina- 
ria cantidad  de  pasajes  repetidos,  como  en  seguida  lo  verá  el  lector. 


PASAJES  REPETIDOS 


245 


A.  —     6,  22-24 

22.  Así  dice  Yahvé: 

He  aquí  que  viene  un  pueblo 
Del  país  del  Norte; 
Se  levanta  una  gran  nación 
De  los  extremos  de  la  Tierra. 


23.  Armado  está  esie  pueblo  de 

[arco  y  de  venablo. 
Es  cruel  y  sin  piedad; 
Resuena  su  voz  como  la  mar; 
Viene  montado  en  caballos; 
Ordena  sus  hombres  en  bata- 

[lla 

Contra  ti,  ¡oh  hija  de  Sión.' 

24.  Hemos  sabido  estas  noticias; 
Y  nuestros  brazos  han  caído 

[desalentados; 
Nos  ha  embargado  la  angus- 

[tia, 

Dolores  como  los  de  la  que 
[da  a  luz. 


50,  41-43 

41.  He  aquí  que  viene  un  pueblo 

[del  Norte, 
Una  poderosa  nación  y  reyes 
[numerosos 
Se  levantan  de  los  extremos 
[de  la  Tierra. 

42.  Armado  está  este  pueblo  de 

[arco  y  de  venablo. 
Es  cruel  y  sin  piedad; 
Resuena  su  voz  como  la  mar; 
Viene  montado  en  caballos; 
Ordena  sus  hombres  en  bata- 
lla 

Contra  ti,  ¡oh  hija  de  Babi- 
[lonia! 

43.  El  rey  de  Babilonia  ha  sabi- 

[do  esta  noticia, 
Y  sus  brazos  han  caído  des- 
[alentados. 
Le  ha  embargado  la  angustia, 
Dolores  como  los  de  la  que 
[da  a  luz. 


Como  se  ve,  en  50,  41-43  tenemos  el  mismo  texto  de  6,  22-24,  con 
los  cambios  necesarios  para  aplicarlo  a  una  profecía  contra  distinta 
nación  (§  2990).  En  este  pasaje  duplicado,  se  anuncia  que  del  Norte 
vendrán  unos  enemigos  irresistibles,  ya  contra  Jerusalén,  "la  hija  de 
Sión",  ya  contra  Babilonia.  ¿De  qué  enemigos  se  trata?  Según  la  ge- 
neralidad de  los  comentaristas  ortodoxos,  el  profeta  se  refiere  en  6, 
22-24  a  los  caldeos,  mientras  que  la  mayor  parte  de  los  críticos  e  his- 
toriadores modernos  creen  que  se  alude  allí  a  los  escitas.  Esto  último 
se  halla  corroborado,  como  nota  L.  B.  d.  C,  por  el  hecho  de  que 
"aquí  se  trata  de  un  pueblo  de  soldados  a  caballo  que  tenían  el  arco 
por  principal  arma,  6,  23.  Los  ejércitos  asiro-babiíónicos  y  egipcios  te- 
nían cuerpos  de  caballería  y  aun  mismo  de  jinetes  arqueros,  pero  es- 
taban sobre  todo  formados  por  infantes".  Admitiendo  por  un  momento 
la  tesis  ortodoxa  de  que  Jeremías  en  6,  24  se  refiere  a  los  caldeos,  ten- 
dremos en  tal  hipótesis  que  se  hace  el  mismo  retrato  de  la  víctima  en 
50,  41-43,  que  del  verdugo  en  6,  22-24,  dado  que  la  descripción  de  los 
enemigos  formidables  que  vendrán  del  Norte,  es  idéntica  tanto  en  la 


246 


PASAJES  REPETIDOS 


profecía  contra  Jerusalén  como  en  la  formulada  contra  Babilonia,  y 
que  el  pueblo  castigado  en  un  caso  (2^  columna),  es  el  victimario  en 
el  otro  (1^  columna).  Además  si  esos  enemigos  son  los  mismos  en  am- 
bos cuadros,  pues  se  les  reseña  con  los  mismos  caracteres,  se  deduce 
esta  curiosa  consecuencia:  que  los  caldeos  serán  los  que  destruirán  a 
los  caldeos,  según  50,  41-43.  Este  absurdo  proviene  sencillamente  de 
esto:  el  cap.  50,  como  veremos  en  seguida,  no  es  de  Jeremías,  de  modo 
que  el  que  lo  escribió,  copió  aplicándola  contra  los  babilonios  o  cal- 
deos, la  descripción  de  los  enemigos,  que  vaticinaba  aquel  profeta  ven- 
drían a  destruir  a  su  patria. 

3446.  B.  —  10,  12-16  =  5,  15-19 

12  Yahvé  hizo  la  Tierra  con  su  poder. 
Estableció  el  mundo  con  su  sabiduría, 

y  con  su  inteligencia  extendió  los  cielos. 

13  Cuando  hace  resonar  su  voz  (el  trueno)  braman  las  aguas 

[en  el  cielo. 

Hace  subir  las  nubes  de  las  extremidades  de  la  Tierra, 

[(Sal.  135,  7), 

Produce  relámpagos  en  medio  de  la  lluvia, 
Y  deja  escapar  los  vientos  (huracán)  de  donde  los  tiene  en 

[depósito. 

14  Permanecen  estupefactos  los  hombres,  no  pudiendo  com- 

[prender; 

(el  enigma  de  la  naturaleza  de  que  pudieran  coexistir  el 
fuego  celeste  con  el  agua  de  la  lluvia) 

El  artífice  tiene  vergüenza  de  las  estatuas  que  ha  fabricado; 
Porque  las  imágenes  que  ha  fundido,  sólo  son  mentira; 
No  existe  aliento  en  ellas. 

15  Vanidad  son,  objeto  de  escarnio: 
En  el  día  de  juicio,  ellas  perecerán. 

16  No  ocurre  lo  mismo  con  Aquel  que  es  el  lote  de  Jacob: 
El  creador  de  todas  las  cosas  es  su  patrimonio ; 

Israel  es  la  tribu  de  su  herencia  (1) 
Yahvé  de  los  ejércitos  es  su  nombre. 

3447.  Este  trozo  forma  parte  del  pasaje  10,  1-16,  en  el  que  el 
poeta  sostiene  que  los  ídolos  son  nada,  materia  inerte,  que  es  inútil 
temer  y  que  está  destinada  a  perecer;  y  en  el  cap.  51,  está  incluido  en 

(1)  L.  B.  d.  C.  suprime:  "Israel  es  la  tribu  de  su  herencia  o  patrimonio" 
porque  según  16',  es  Yahvé  quien  pertenece  a  Jacob  y  no  Israel,  propiedad  de 
Yahvé.  L.  B.  A.  explica  este  pasaje  diciendo  que  las  naciones  se  dividen  el  mundo, 
teniendo  Israel  el  privilegio  de  poseer  como  su  dios  al  verdadero  Dios. 


PASAJES  REPETIDOS 


247 


el  poema  o  poemas  contra  Babilonia.  Hasta  los  mismos  comentaristas 
tan  ortodoxos  como  Condamin,  se  ven  obligados  a  reconocer  hoy  que 
en  ambos  capítulos  ese  pasaje  no  está  situado  correctamente.  Este  autor, 
anotando  51,  15-19,  dice:  "La  división  en  estrofas  da  plena  razón  a  la 
mayoría  de  los  críticos  y  comentaristas  actuales  que  consideran  dicho 
trozo  como  interpolado.  Copiado  al  pie  de  la  letra  de  10,  12-16,  no 
pertenece  al  poema  primitivo,  cuya  estructura  simétrica  rompe,  inte- 
rrumpiendo el  desarrollo  natural  de  las  ideas".  —  Pero  hay  más  aún: 
el  pasaje  10,  1-16  destinado  a  precaver  al  pueblo  contra  el  peligro  de 
la  idolatría,  a  juicio  de  la  gran  mayoría  de  los  críticos,  tampoco  es  de 
Jeremías.  Si  bien  Condamin  hesita  en  decidirse  contra  la  autenticidad 
de  ese  trozo  bíblico,  en  cambio,  otros  ortodoxos  declaran  francamente 
que  no  pertenece  a  aquel  profeta.  Así,  Von  Orelli  estima  que  si  bien 
se  trata  de  un  oráculo  de  Jeremías,  ha  sido  desarrollado  por  uno  de 
sus  discípulos.  Luciano  Gautier  lo  considera  como  la  obra  de  un  pro- 
feta desconocido,  del  período  exílico.  L.  B.  d.  C,  antes  de  anotar  Jer. 
10,  1-16,  escribe  "este  trozo  aparentemente  no  es  de  Jeremías,  pues  su 
autor  pone  en  guardia  a  sus  lectores  contra  la  tentación  de  dejarse 
arrastrar  al  paganismo,  mientras  que  Jeremías  se  dirige  a  una  gene- 
ración que  ya  había  sucumbido  a  este  atractivo.  Nuestro  autor  razo- 
na; Jeremías  se  limita  a  condenar  y  a  amenazar.  Las  razones  alegadas 
aquí,  son  "aquellas  que  desarrollará  con  predilección  el  II  Isaías:  la 
nada  de  las  divinidades  paganas  identificadas  con  sus  estatuas,  y  la  crea- 
ción del  mundo  por  Yahvé.  El  primero  de  estos  argumentos  supone 
que  los  judíos  del  tiempo  del  autor  no  adoraban  ya  imágenes  de  Yahvé; 
lo  que  no  era  todavía  el  caso  en  la  época  de  Jeremías.  Tampoco  el 
estilo  es  de  este  profeta  (véase  p.  ej.  el  v.  i).  La  inserción  de  este  trozo 
en  el  libro  de  Jeremías,  debe  ser  por  lo  demás,  antigua;  ya  estaba  hecha 
cuando  se  redactó  el  oráculo  contra  Babilonia  (51,  15-19  reproduce  10, 
12-16) .  Este  fragmento  fue  imitado  y  desarrollado  en  la  Carta  o  Epís- 
tola de  Jeremías  (apócrifa,  §  3658).  El  argumento  expuesto  aquí  era 
uno  de  los  temas  favoritos  de  la  propaganda  judia  (cf.  Baruc,  Bel,  el 
Dragón  de  Babilonia,  etc.).  Está  muy  mal  conservado  el  texto  de  esos 
versículos.  Hay  grandes  diferencias  entre  la  edición  masorética  y  la 
versión  griega,  que  no  contiene  los  vs.  6-8  y  iO  y  ha  insertado  el  v.  9 
en  medio  del  v.  5".  Condamin  acepta  con  todos  los  críticos,  que  el  v.  11, 
escrito  en  arameo,  es  una  glosa.  He  aquí  ese  versículo:  "Así  les  diréis: 
Los  dioses  que  no  hicieron  los  cielos  y  la  Tierra,  desaparecerán  de  la 
superficie  de  la  Tierra  y  de  debajo  de  los  cielos".  Según  el  citado 
Gautier:  "Aunque  se  encuentra  ya  dicho  versículo  en  la  V.  A.,  versión 
alejandrina,  es  una  tardía  interpolación,  una  reflexión  escrita  al  margen 
por  un  lector,  la  que  penetró  indebidamente  en  el  texto"  (p.  391). 
Corrobora  esto  L.  B.  d.  C.  al  hacer  notar  que  el  v.  11  escrito  en  prosa 
y  en  arameo,  viene  a  alterar  el  sentido  de  la  exposición,  sentido  incom- 


248 


PASAJES  REPETIDOS 


prensible  si  el  v.  12  no  sigue  inmediatamente  al  v.  10.  También  están 
de  acuerdo  los  ortodoxos,  incluso  Condamin,  que  es  una  inserción  tardía 
el  V.  25  al  final  del  mismo  cap.  10,  que  dice  así: 

¡Derrama  tu  furor  sobre  las  naciones  que  no  te  conocen. 

Sobre  las  tribus  que  no  invocan  tu  nombre! 

Porque  han  devorado  a  Jacob;  han  consumado  su  pérdida 

Y  han  asolado  su  pastura. 

Este  versículo  que  no  está  de  acuerdo  con  los  sentimientos  de  Jeremías, 
que  considera  a  las  naciones  que  asuelan  o  devoran  a  Judá,  como  los 
instrumentos  del  justo  castigo  de  Yahvé,  expresa  en  cambio  las  ideas 
corrientes  en  el  judaismo  después  del  destierro.  Se  halla  reproducido 
con  ligeras  variantes,  en  el  salmo  79,  — que  es  de  la  época  de  los  Ma- 
cabeos  (L.  B.  d.  C.) — ,  y  dice: 

¡Derrama  tu  furor  sobre  las  naciones  que  no  te  conocen. 
Sobre  los  reinos  que  no  invocan  tu  nombre! 
Porque  han  devorado  a  Jacob, 

Y  han  asolado  su  morada  (vs.  6,  7) . 

3448.    C.  —  Veamos  ahora  otro  pasaje  duplicado  del  libro  de 


Jeremías. 

16,  14-15 

14.  Por  lo  tanto  vienen  días, 
dice  Yahvé,  en  los  que  no  se  dirá 
más:  "Por  vida  de  Yahvé  que  hizo 
salir  a  los  hijos  de  Israel  del  país 
de  Egipto",  15  sino:  "Por  vida  de 
Yahvé  que  hizo  salir  a  los  hijos  de 
Israel  del  país  del  Norte  y  de  to- 
dos los  países  en  los  cuales  los  ha- 
bía dispersado".  Y  los  haré  volver 
a  su  propia  tierra  la  que  yo  había 
dado  a  sus  padres. 


23,  7,  8 

7.  Por  tanto  vienen  días,  di- 
ce Yahvé,  en  los  que  no  se  dirá 
más:  "Por  vida  de  Yahvé  que  hi- 
zo salir  a  los  hijos  de  Israel  del 
país  de  Egipto";  8  sino:  "Por  vi- 
da de  Yahvé  que  hizo  volver  la 
descendencia  de  los  hijos  de  Israel 
del  país  del  Norte,  y  de  todos  los 
países  en  los  cuales  los  había  dis- 
persado, y  los  volvió  a  traer  a  sii 
propia  tierra". 


Salvo  la  pequeña  variante  del  final,  tenemos  aquí  el  mismo  texto 
repetido,  el  cual,  en  opinión  de  la  mayoría  de  los  críticos  y  aun  de  co- 
mentaristas ortodoxos,  ha  sido  interpolado  en  16,  14-15,  donde  destru- 
ye la  armonía  del  contexto  de  ese  capítulo.  Condamin  confiesa  que  ese 
pasaje  ha  sido  insertado  aquí,  "sin  que  se  pueda  decir  por  quien",  to- 
mándolo de  23,  7-8.  ■ —  Son  interesantes  esos  dos  versículos,  para  mos- 
tramos la  forma  de  los  escritos  de  Jeremías.  En  efecto,  ¿escribió  este 


PASAJES  REPETIDOS 


249 


profeta  en  prosa  o  en  verso?  Autoi  tan  competente  como  Pieuss  tradu- 
ce en  prosa  todo  el  libro  de  Jeremís^i;  para  Ed.  Montet  la  obra  de  Je- 
remías está  escrita  en  una  prosa  a  menudo  elocuente;  mientras  que 
otros,  como  Pratt  y  Condamin,  traducen  en  forma  de  verso  los  oráculos 
del  profeta,  y  en  prosa  la  parte  narrativa  de  ese  libro.  Pero  los  eruditos 
no  están  de  acuerdo  en  general,  sobre  la  clase  de  poesía  empleada  por 
Jeremías.  Así  Condamin,  que  tiene  su  hipótesis  especial  sobre  la  mate- 
ria, rechaza  la  teoría  rítmica  de  Bernardo  Duhm,  célebre  exégeta  de  los 
profetas;  pero  en  ciertos  casos,  aquel  comentarista  católico,  vacila  en 
la  aplicación  de  sus  ideas,  y,  p.  ej.,  traduce  en  prosa  16,  14,  15,  mien- 
tras que  el  mismo  pasaje,  lo  traduce  en  forma  de  verso  en  23,  7,  8, 
aunque  confesando  que  es  muy  débil  su  paralelismo.  Según  el  mism.o 
escritor,  "muchos  de  los  poemas  de  Jeremías  están  precedidos  por  una 
introducción  o  acompañados  de  una  pequeña  narración  en  prosa  colo- 
cada entre  las  estrofas,  como  en  3,  6-10.  Otras  veces,  un  poema  de  cin- 
co estrofas,  14,  i -15,  9,  es  comentado  en  muchos  sitios,  después  de  las 
tres  primeras  estrofas.  El  poema  21,  ii-23,  8  está  cortado,  al  principio, 
por  el  comentario  o  la  glosa,  22,  8,  11.  Véase  también  46,  26.  No  se 
podría  afirmar  si  fue  Jeremías  o  Baruc  el  autor  de  esas  aclaraciones, 
y  quizá  cuando  se  trata  solamente  de  una  corta  glosa,  provengan  de 
algún  editor  de  los  siglos  siguientes"  (p.  XL) .  Por  eso  el  v.  26  del  cap. 
46,  (1)  que  Condamin  traduce  en  prosa,  en  medio  del  poema  contra  el 
Egipto,  lo  considera  ese  autor  como  una  interpolación,  que  no  puede 
entrar  en  el  cuadro  de  las  estrofas.  Tratando  del  estilo  de  Jeremías, 
escribe  Reuss:  "Este  escritor  no  goza,  ante  los  críticos  modernos,  de 
gran  reputación  literaria.  Pasa  por  ser  el  prosista  entre  los  profetas,  y 
por  prosa  se  debe  entender  aquí,  menos  la  falta  de  toda  especie  de 
versificación,  que  una  dicción  difusa  y  monótona,  recargada  de  ocio- 
sas repeticiones  y  de  fórmulas  estereotipadas"  (Les  Prophéíes,  I,  421). 
3449.    D.  —  23,  19,  20    =    30,  23,  24 

19  He  aquí  que  estalla  la  tempestad  de  Yahvé, 
Se  desencadena  el  huracán. 

Caerá  sobre  la  cabeza  de  los  malvados. 

20  No  se  calmará  la  cólera  de  Yahvé 

Hasta  que  haya  cumplido  y  ejecutado  sus  designios: 
Al  fin  de  los  tiempos  lo  comprenderéis. 

Es  éste,  otro  pasaje  duplicado,  que,  según  los  críticos,  ha  sido  in- 
terpolado tanto  en  el  cap.  23  como  en  el  30,  pues  en  ambos  interrumpe 


(1)  L.  B.  d.  C,  que  considera  como  un  agregado  posterior  Jer.  46,  25-28, 
traduce  en  prosa  los  dos  primeros  versículos  de  ese  trozo. 


250 


PASAJES  REPETIDOS 


la  ilación  de  las  ideas.  Se  trata  en  él,  de  un  juicio  de  Yahvé  que  des- 
truirá a  los  israelitas  impíos,  para  no  dejar  más  que  los  justos  en  el 
reino  mesiánico,  tema  éste  que  no  concuerda  con  el  cap.  23,  en  el 
que  se  atacan  a  los  falsos  profetas,  ni  con  el  cap.  30,  que  describe  la 
restauración  del  pueblo  de  Israel. 

3450.  E.  —  49,  19-21    =    50,  44-46 

49,  19  Como  león  que  se  lanza  de  las  espesuras  del  Jordán  con- 
tra un  pasturaje  siempre  verde,  así  en  un  instante  los  haré  desaparecer 
de  este  país...  (El  hebreo  tiene  aquí  algunas  palabras  ininteligibles). 
¿Quién  en  efecto,  es  mi  igual?  ¿Quién  podría  citarme  a  juicio?  ¿Cuál 
es  el  pastor  que  podría  oponérseme?  20  Por  lo  tanto  oíd  la  resolución 
que  ha  tomado  Yahvé  contra  Edom  y  los  designios  que  ha  formado 
contra  los  habitantes  de  Temán:  aun  las  más  ruines  de  las  ovejas  y  de 
las  cabras,  lo  juro,  serán  arrastradas  a  la  muerte,  y  el  lugar  donde 
ellas  pacen,  se  asombrará  ante  esa  vista.  21  Al  estruendo  de  su  caída, 
temblará  la  Tierra  y  el  clamor  de  sus  gritos  de  angustia  se  oirá  del 
mar  Rojo.  Las  modificaciones  que  presenta  este  pasaje  en  uno  de  los 
poemas  sobre  Babilonia,  5^,  44-46,  son  pequeños  cambios  principal- 
mente de  nombres  propios,  para  adaptarlo  a  esta  última  profecía,  como 
se  ve  a  continuación:  45"  Por  lo  tanto  oíd  la  resolución  que  ha  tomado 
Yahvé  contra  Babilonia  y  los  designios  que  ha  tomado  contra  el  país 
de  los  caldeos.  46  Al  estruendo  de  la  caída  de  Babilonia,  temblará  la 
Tierra  y  se  oirán  sus  gritos  entre  las  naciones.  (Recuérdese  que  L.  B. 
d.  C,  de  la  que  tomamos  esta  traducción,  vierte  en  verso  la  anterior 
resolución  de  Yahvé,  o  sea  49,  20*,  21,  pasaje  idéntico  a  50,  45^,  46). 
Como  se  trata  del  vaticinio  de  la  caída  de  dos  pueblos  enemigos,  se- 
guido por  la  jactancia  de  Yahvé,  que  no  hay  otro  dios  tan  poderoso 
como  él,  ese  pasaje  se  presta  para  intercalarse  en  ambos  poemas,  aun- 
que el  autor  del  último  no  reparó  en  que  si  puede  admitirse  la  alego- 
ría de  representar  al  enemigo  que  destruiría  a  Edom,  como  un  león 
que  se  abalanza  desde  las  espesuras  del  Jordán,  por  tratarse  de  pueblos 
vecinos,  es  inadecuada  al  pretender  aplicarla  a  Babilonia,  que  nada  po- 
día temer  de  un  león  salido  de  las  riberas  del  Jordán.  Esos  cinco  pa- 
sajes dobles,  que  hemos  señalado  con  las  letras  A  a  E  se  encuentran 
a  la  vez  en  el  texto  hebreo  y  en  la  versión  de  los  LXX;  los  que  siguen, 
se  encuentran  únicamente  repetidos  en  aquél. 

3451.  F.  —  6,  12-15   =    8,  10-12 

12  Sus  casas  pasarán  a  otros. 

Lo  mismo  que  sus  campos  y  sus  mujeres. 

Porque  extenderé  mi  mano 

Contra  los  habitantes  del  país. 

Dice  Yahvé.  t  - 


PASAJES  REPETIDOS 


251 


13  Porque  desde  el  más  pequeño  hasta  el  mayor, 
Todos  están  ansiosos  de  lucro  deshonesto, 

Y  desde  el  profeta  hasta  el  sacerdote 
Todos  practican  el  fraude. 

14  Curan  la  herida  de  la  hija  de  mí  pueblo,  ligeramente. 
Diciendo:  "¡Todo  va  bien!  ¡todo  va  bien!"  (o  ¡paz!  ¡paz!) 
Mientras  que  todo  va  mal  (o  que  no  hay  paz). 

15  Serán  confundidos  por  su  conducta  abominable ; 
Pero  no,  de  nada  se  avergüenzan. 

No  saben  ya  ruborizarse. 
Por  tanto  caerán  entre  los  que  caen; 
Cuando  yo  los  castigue,  serán  derribados. 
Dice  Yanvé. 

La  única  diferencia  que  presenta  8,  10-12,  es  que  comienza  así  en 
10",  casi  idéntico  a  12"  de  6: 

10"  Por  tanto  daré  sus  mujeres  a  otros, 

Y  sus  campos  a  nuevos  poseedores. 

Este  pasaje  forma  parte,  en  el  cap.  6,  de  un  poema  contra  Jeru- 
salén  y  Judá,  cuyos  habitantes  todos  serán  castigados  por  sus  críme- 
nes, por  lo  que  "sus  casas,  sus  campos  y  sus  mujeres  pasarán  a  otros", 
(los  vencedores) ;  y  en  el  cap.  8  está  incluido  en  otra  profecía  por  el 
estilo,  en  el  que  anuncia  que  a  causa  de  la  idolatría  del  pueblo,  sobre- 
vendrá una  invasión  extranjera  que  devastará  el  país.  Los  tiempos  eran 
calamitosos;  negras  nubes  se  cernían  sobre  el  horizonte  político  de 
Judá,  y  Jeremías  no  se  cansaba  de  vaticinar  toda  suerte  de  calamida- 
des a  su  país,  las  que,  en  su  fe  yahvista,  las  presentaba  como  un  justo 
castigo  por  las  infidelidades  de  sus  compatriotas  para  con  el  dios  na- 
cional. Pero  si  el  tema  era  a  menudo  idéntico,  ¿repetía  también  las 
mismas  estrofas  en  sus  poemas  proféticos?  Condamin  no  vacila  en 
contestar  afirmativamente:  "todo  autor,  dice,  tiene  el  derecho  de  re- 
petir cualquier  pasaje  de  sus  escritos  y  de  adaptarlos  a  nuevas  circuns- 
tancias; y  además,  como  este  trozo  forma  aquí  en  el  cap.  8,  una  ter- 
cera estrofa  simétrica  a  las  dos  anteriores,  esa.  inserción  no  ha  sido 
fortuita,  sino  intencional  y  debida  al  autor  del  pasaje  precedente" 
(p.  93).  Es  innegable  que  todo  escritor  tiene  el  derecho  de  redactar 
sus  producciones  en  la  forma  que  mejor  le  parezca,  y  que,  por  lo  tanto, 
Jeremías  podía  haber  repetido  este  pasaje  en  dos  poemas  distintos: 
esto  es  posible,  pero  no  probable.  En  efecto,  el  mismo  exégeta  demues- 
tra, a  renglón  seguido,  que  el  orden  del  poema  8,  13-9,  21,  ha  sido 
completamente  alterado,  pues  traduce  éste  en  la  siguiente  disposición: 
9,1-lS;  8,  14,  15;  9,  16-21;  8,  13,  16-23;  9,  22-23.  Expresa  igual- 


252 


PASAJES  REPETIDOS 


mente  que  "el  hecho  de  que  en  medio  de  un  conjunto  de  poemas, 
se  encuentra  en  prosa  el  discurso  7-8,  3,  parece  indicar  que  su  pri- 
mitiva colocación  no  es  ésta,  sino  que  se  halla  en  el  relato  del  cap.  26, 
en  el  que  está  resumido  en  los  vs.  4-6.  Atribuye  ese  desorden  a  algún 
escriba  o  editor  de  la  obra  (p.  94)  ;  y  si  esto  es  así,  lógico  es  suponer 
que  ese  escriba  o  editor  que  tales  libertades  se  permitió  con  el  texto 
sagrado,  haya  interpolado  aquí  el  trozo  de  6,  12-15  que  le  pareció  ve- 
nía como  de  perlas,  en  este  poema,  cuyo  sentido  original  tratan  de 
descubrir  eruditos  como  Condamin.  Críticos  como  Hitzig,  Duhra,  Cor- 
nill,  Giesebrecht  y  Rothstein  eliminan  ese  pasaje  en  el  capítulo  8. 


3452.    G.  —  15,13,  14 

13  Tus  bienes  y  tus  tesoros, 
Los  entregaré  en  bolín. 
Por  precio  de  todos  tus  peca- 
Idos, 

En  toda  la  extensión  de  tu  te- 
[rritorio. 


14  Te  haré  esclavo  de  tus  enemi- 

[gos 

En  un  país  que  tú  no  conoces; 
Porque  un  fuego  se  ha  encen- 
[dido  en  mis  narices: 
Arderá  perpetuamente. 


17,  3»,  4 

3''  Tus  bienes  y  todos  tus  tesoros 
Los  entregaré  al  saqueo 
Por  precio  de  tus  pecados, 
En  toda  la  extensión  de  tu  te- 
[rritorio. 

4  Tu  mano  deberá  desprenderse 
[de  la  herencia 
Que  yo  te  había  dado. 
Te  haré  esclavo  de  tus  enemi- 

[gos 

En  un  país  que  tú  no  conoces; 
Porque  un  juego  se  ha  encen- 
[dido  en  mis  narices: 
Arderá  perpetuamente. 


Comparando  estos  pasajes,  de  los  cuales,  el  primero  lo  traduce 
Condamin  en  prosa,  y  el  segundo,  en  forma  de  verso,  se  ve  que  uno 
es  la  reproducción  del  otro  con  algunas  variantes,  lo  que  muestra,  co- 
mo observa  Reuss,  hasta  qué  punto  han  podido  ser  alterados  los  tex- 
tos por  la  negligencia  de  los  copistas.  Pero,  en  realidad,  aquí  no  hay 
negligencia,  sino  propósito  deliberado  de  alterar  o  modificar  antoja- 
dizamente los  textos  bíblicos,  que  según  los  antiguos  ortodoxos,  han 
llegado  a  nosotros  tales  como  los  había  dictado  el  Espíritu  Santo.  Los 
críticos  reconocen  generalmente  que  ese  pasaje,  que  corta  bruscamente 
la  continuación  del  sentido  en  el  cap.  15,  ha  sido  interpolado  en  éste. 
Haciendo  la  crítica  de  los  caps.  16  y  17,  escribe  Condamin:  "17,  1-4 
está  estrechamente  ligado,  por  las  ideas,  como  por  la  forma  literaria 
a  16,  17-21;  y  el  texto  hebreo  (T.  M.),  es  aquí  preferible  a  la  versión 
griega  que  omite  este  pasaje,  quizá  porque  una  parte,  (justamente 


PASAJES  REPETIDOS 


253 


la  última  estrofa)  se  encontraba  casi  idéntica,  algo  más  arriba,  en  15, 
13,  i4"  (p.  147). 


3453.    H.  —  23,  5,  6 

5  He  aquí  que  vienen  días  dice 

[  Yahvé, 

En  que  suscitaré  un  vástago 
[justo  a  David, 
Reinará  como  verdadero  rey; 

[se  mostrará  inteligente 
Practicará  el  derecho  y  la  equi- 
[dad  en  el  país; 


6  En  su  reinado  Judá  será  liber- 

[tado 

E  Israel  vivirá  seguro. 
Y  he  aquí  el  nombre  que  se  le 
[dará: 

"Yahvé,  es  nuestra  justicia". 


33,  14-16 

14  He  aquí  que  vienen  días,  dice 

[  Yahvé, 

En  que  cumpliré  la  benévola 
[promesa  que  he  hecho  a  la 
[casa  de  Israel  y  a  la  casa  de 
[Judá: 

15  En    aquellos    días,    en  aquel 

[tiempo. 

Suscitaré  un  vástago  justo  a 
[David. 

El  observará  el  derecho  y  la 
[equidad  en  el  país. 

16  En  aquellos  días  Judá  será  li- 

[bertado, 

Y  Jerusalén  vivirá  segura 

Y  he  aquí  como  se  la  llamará: 
"Yahvé  es  nuestra  justicia". 


El  texto  de  la  2*  columna  es  el  mismo  que  el  de  la  1^,  ligeramente 
ampliado,  con  esta  modificación:  que  en  aquélla,  se  da  el  nombre  sim- 
bólico de  "Yahvé  es  nuestra  justicia",  a  Jerusalén;  mientras  que  en 
ésta,  o  sea,  en  la  ler.  columna,  ese  nombre  se  aplica  al  rey  mesiánico, 
descendiente  de  David.  Declara  Condamin  que  la  gran  mayoría  de  los 
críticos,  entre  ellos  los  sabios  católicos  Movers  y  Scholtz,  consideran 
todo  el  pasaje  33,  14-26,  como  una  interpolación.  Y  después  de  anali- 
zar las  razones  dadas  contra  la  autenticidad  de  ese  trozo,  concluye  ma- 
nifestando que  "bien  que  no  son  perentorias,  tomadas  en  conjunto,  tie- 
nen bastante  fuerza  para  reducir  la  conclusión,  en  esta  materia  obscu- 
ra, a  las  proporciones  modestas  de  una  simple  probabilidad"  (p.  251), 
o  dicho  en  términos  más  claros,  que,  a  juicio  de  ese  autor  empeñado 
en  salvaguardar  la  integridad  del  texto  sagrado,  existe  sólo  una  peque- 
ña probabilidad  de  que  el  citado  pasaje  sea  de  Jeremías.  L.  B.  d.  C,  al 
anotar  Jer.  23,  6,  manifiesta  que  la  frase  "Israel  vivirá  seguro"  se  re- 
fiere a  los  israelitas  del  Norte  cuyo  retorno  en  la  época  de  la  restaura- 
ción, esperaban  tanto  Jeremías  como  Ezequiel  (cf.  3,  11-18;  33,  7-14). 
Y  agrega:  "Según  33,  16,  debe  leerse  "Jerusalén"  en  vez  de  "Israel", 


254 


PASAJES  REPETIDOS 


siendo  la  ciudad  y  no  el  rey  la  que  será  llamada  "Yahvé  es  nuestra 
justicia".  Esta  varicinte  indica  claramente  el  sentido  de  esta  profecía,  la 
que  quiere  decir  que  en  aquel  tiempo  Yahvé  será  la  justicia,  es  decir 
la  salvación  del  país  que  él  libertará  ícf.  Emmanuel  en  Is.  7,  14-16; 
§  2896-2897 ) .  Según  la  concepción  antigua,  el  nombre  está  y  debe  es- 
tar de  perfecto  acuerdo  con  el  destino  de  la  persona  o  de  la  colectivi- 
dad que  lo  lleva  (cf.  20,  3;  Rut.  1,  20-21)".  Loisy  (La  Reí.  d'Isr.  ps. 
179-180)  entiende  que  este  oráculo  mesiánico  de  23,  5-6,  tenido  por 
muchos  críticos  como  apócrifo,  podría  muy  bien  ser  auténtico,  y  haber 
en  él  saludado  Jeremías  el  advenimiento  del  reinado  de  Sedecías,  a 
quien  en  un  principio  consideró  como  el  tan  esperado  vástago  o  reto- 
ño de  David  que  haría  reinar  la  justicia  y  el  derecho  en  Judá.  Y  añade 
en  nota:  "Si  el  oráculo  es  auténtico,  no  es  dudosa  la  alusión  al  nombre 
de  Sedecías  Yahvé  es  mi  justicia",  ya  que  en  hebreo  el  nombre  de  ese 
rey,  es  Tsidhiyahu,  que  viene  a  tener  el  aludido  significado,  o  el  de 
Yahvé  es  justo.  (Véase  §  3432  y  3543). 
3454.    I.  —  30,  10,  11  =  46,  27,  28 

10  Y  tú  no  temas,  oh  Jacob,  mi  servidor,  dice  Yahvé, 
No  te  asustes,  ¡oh  Israel! 

Porque  voy  a  libertarte  y  a  traerte  de  una  comarca  lejana; 
Haré  volver  a  tu  posteridad  del  país  en  que  está  cautiva. 
Jacob  encontrará  nuevamente  el  reposo. 
Vivirá  tranquilo  sin  que  nadie  lo  inquiete. 

11  En  efecto,  estoy  contigo,  dice  Yahvé,  para  libertarte 
Porque  exterminaré  todas  las  naciones 

Entre  las  cuales  te  he  dispersado; 
Mas  no  te  exterminaré  a  ti. 
Te  castigaré  equitativamente. 
No  pudiendo  dejarte  impune. 

El  texto  de  46,  27,  28  es  igual  al  que  antecede,  con  estas  pequeñas 
diferencias:  en  el  1er.  verso  del  v.  27,  suprime:  "dice  Yahvé";  (u 
oráculo  de  Yahvé,  como  siempre  L.  B.  d.  C.  vierte  esa  expresión),  y 
los  dos  primeros  versos  del  v.  28  se  traducen  así: 

¡No  temas,  oh  tú  Jacob,  mi  servidor,  dice  Yahvé, 
Porque  contigo  estoy! 

Este  pasaje  duplicado  ha  sido  interpolado  en  el  cap.  30,  como  lo  afir- 
man la  gran  mayoría  de  los  críticos,  pues  no  sólo  altera  la  estructura 
de  las  estrofas,  según  asevera  Condamin,  sino  que  además  no  concuer- 
da con  el  contexto,  pues  en  el  v.  11  se  anuncia  como  futuro  el  castigo 
que  Yahvé  infligirá  a  su  pueblo,  mientras  que  aparece  como  pasado  en 


PASAJES  REPETIDOS 


255 


los  vs.  12-14.  Pero  confiesa  Condamin  que  ni  aun  se  puede  asegurar 
la  autenticidad  de  ese  pasaje  en  el  cap.  46,  porque  está  escrito  en  el 
tono  de  las  consolaciones  del  Segundo  Isaías,  pues  en  él  Yahvé  invita 
a  "su  siervo  Jacob"  a  no  temer,  expresión  que  no  se  encuentra  en  nin- 
guna otra  parte  de  Jeremías  (cf.  Is.  41,  8;  42,  19;  43,  10;  44,  1,  2,  21; 
45,  4;  48,  20).  Igualmente  nota  L.  B.  d.  C.  "que  las  expresiones  y  las 
ideas  de  este  pasaje  son  de  aquellas  que  caracterizan  al  Segundo  Isaías 
y  a  diversos  profetas  ulteriores".  De  modo  que  ese  pasaje  duplicado, 
interpolado  primero  en  el  cap.  46,  en  una  profecía  contra  Egipto,  fue 
introducido  más  tarde  también  como  producción  de  Jeremías,  en  el 
cap.  30  del  libro  del  mismo  profeta,  y  en  ambos  capítulos  ha  pasado 
hasta  ahora  como  una  de  las  tantas  revelaciones  de  Yahvé. 

3455.  J.  —  38,  2S*.  Y  cuando  Jerusalén  fue  tomada . . .  39,  1  en 
el  9°  año  de  Sedéelas,  rey  de  Judá,  el  10^  mes,  vino  Nabucodonosor, 
rey  de  Babilonia,  con  todo  su  ejército,  a  Jerusalén,  y  la  sitió.  2  Y  el 
11^  año  de  Sedéelas,  el  9°  día  del  4^  mes,  hicieron  una  brecha  en  los 
muros  de  la  ciudad.  .  .  3  todos  los  generales  del  rey  de  Babilonia  en- 
traron por  ella  y  se  instalaron  en  la  puerta  del  Medio:  Nebuchazban, 
jefe  de  los  eunucos,  Nergal-sar-ecer,  jefe  de  los  magos,  y  todos  los  otros 
oficiales  del  rey  de  Babilonia.  4  Viendo  esto  Sedéelas,  rey  de  Judá,  y 
todos  los  hombres  de  guerra,  huyeron,  y  salieron  de  noche  de  la  ciu- 
dad, por  el  camino  del  jardín  del  rey,  por  la  puerta  de  entre  los  dos 
muros,  dirigiéndose  del  lado  del  Araba.  5  Pero  las  tropas  caldeas  los 
persiguieron  y  alcanzaron  a  Sedéelas  en  los  llanos  de  Jericó;  y  habién- 
dole prendido,  lo  llevaron  a  Ribla,  en  el  país  de  Hamat  (Siria  septen- 
trional) ante  Nabucodonosor,  rey  de  Babilonia,  quien  lo  procesó.  6  El 
rey  de  Babilonia  hizo  degollar  a  los  hijos  de  Sedéelas,  a  la  vista  de 
éste;  hizo  degollar  también  a  todos  los  notables  de  Judá;  7  después 
hizo  vaciar  los  ojos  de  Sedéelas,  y  lo  hizo  atar  con  cadenas  para  con- 
ducirlo a  Babilonia.  8  Los  caldeos  quemaron  el  palacio  real,  las  casas 
de  los  particulares,  y  demolieron  los  muros  de  Jerusalén.  9  Nebuzara- 
dán  deportó  a  Babilonia  el  resto  de  la  población  que  quedaba  aún  en 
la  ciudad,  asi  como  los  desertores  que  se  le  hablan  pasado,  y  aquellos 
de  los  artesanos  que  sobrevivían.  10  Sin  embargo,  a  los  más  pobres  del 
pueblo  que  nada  tenían,  los  dejó  Nebuzaradán,  jefe  de  los  guardias,  en 
el  país  de  Judá,  y  les  distribuyó  en  aquel  día,  campos  y  viñedos.  11  ... 
el  rey  de  Babilonia,  Nabucodonosor,  dió  a  Nebuzaradán,  jefe  de  los 
guardias,  esta  orden  con  respecto  a  Jeremías:  12  "Tómale,  pon  tus 
ojos  sobre  él  y  no  le  hagas  ningún  daño,  trátale  como  él  lo  desee". 

3456.  Este  pasaje,  39,  1-10,  con  excepción  del  v.  3,  es  una  re- 
producción abreviada  de  52,  4-16.  Un  ejemplo  más  de  un  texto  dupli- 
cado, que  acusa  la  intervención  de  una  mano  extraña  en  la  composición 
del  libro  que  lleva  el  nombre  de  Jeremías.  Pero  con  esta  particulari- 
dad, que  aquí  está  tan  patente  la  intervención  de  un  redactor  inhábil, 


256 


INTERPOLACION  EN  EL  CAP.  39 


que  lodo  el  pasaje  39,  1-10  ha  sido  insertado  en  medio  de  una  cláusula 
que  quedó  trunca  en  38,  28*:  "Y  cuando  Jerusalén  fue  tomada",  para 
seguir  en  39,  11:  "el  rey  de  Babilonia  dió  a  Nebuzadarán  esta  orden 
con  respecto  a  Jeremías,  etc.".  La  cláusula  comenzada  en  38,  28'',  ex- 
presa que  la  capital  de  Judá  ya  había  caído  en  poder  del  enemigo, 
mientras  que  la  desgraciada  interpolación  de  39,  1-10  habla  del  sitio 
de  Jerusalén  como  si  de  él  no  se  hubiera  tratado  todavía,  ignorando  el 
interpolador  que  ya  se  mencionaba  ese  sitio  en  pasajes  como  34,  1,  7; 
y  37,  5.  Los  LXX,  en  su  versión,  no  incluyeron  39,  4-13.  También  es 
digno  de  notarse  que  el  pasaje  39,  15-18,  que  trata  del  etíope  Ebedme- 
lec,  está  fuera  de  su  primitivo  lugar,  pues  debe  seguir  a  38,  13.  Todo 
esto  comprueba,  sin  lugar  a  dudas,  las  libertades  que  se  tomaron  con 
los  antiguos  libros  de  Israel,  los  escritores  de  época  más  reciente,  an- 
tes que  esos  libros  adquirieran  el  carácter  sagrado  que  más  tarde  se 
les  atribuyó,  cuando  se  formó  el  canon  del  Antiguo  Testamento. 

3457.  Mucho  después  de  escrito  el  párrafo  antecedente,  se  pu- 
blicó el  fascículo  de  L.  B.  d.  C,  sobre  el  libro  de  Jeremías  en  el  que 
al  comienzo  del  cap.  39  de  este  profeta,  se  encuentra,  concordante  con 
lo  expuesto,  la  nota  que  transcribimos  a  continuación:  "El  tema  propio 
de  la  sección  que  va  de  38,  28*  a  44,  30  es  el  relato  de  lo  que  ocurrió 
a  Jeremías  después  de  la  toma  de  la  ciudad.  Pero  un  redactor  ulte- 
rior transformó  el  comienzo  de  esta  parte  de  la  biografía  del  profeta 
en  una  historia  general  de  la  caída  de  Jerusalén  y  del  fin  del  reino  de 
Judá,  insertando  en  ella  extractos  casi  textuales  del  libro  de  los  Re- 
yes (11  Rey.  25,  trozos  reproducidos  también  en  Jer.  52).  A  estas  adi- 
ciones pertenecen,  en  todo  caso  los  vs.  i -2  y  4-10  del  cap.  39.  Los  vs. 
1  y  2  constituyen  en  efecto  un  paréntesis  de  una  extensión  inverosímil, 
volviendo  a  tomar  además  el  relato  de  los  sucesos  desde  el  comienzo 
del  sitio,  cuando  38,  28*  transportaba  ya  al  lector  después  de  la  caída 
de  la  ciudad.  En  cuanto  a  los  vs.  4-10  no  nos  informan  de  lo  que  hi- 
cieron los  oficiales  caldeos  reunidos  en  la  puerta  del  Medio  (v.  3), 
remontando  hacia  atrás  al  momento  de  la  apertura  de  la  brecha,  luego 
mucho  antes  de  la  ocupación  del  centro  de  la  ciudad  por  los  generales 
del  ejército  sitiador;  y  en  fin,  faltan  en  la  versión  griega.  Los  vs.  11-13 
son  también  muy  sospechosos  de  haber  sido  agregados  o  por  lo  menos 
de  no  estar  en  su  lugar:  1°  como  los  vs.  4-10  no  se  encuentran  en  los 
LXX;  2°  el  enlace  de  estos  versículos  con  el  v.  14  es  improcedente; 
3°  su  presencia  en  este  sitio  ocasiona  una  gran  dificultad  cronológica, 
pues  según  el  contexto  actual  parece  que  la  reunión  de  los  jefes  caldeos 
en  la  puerta  del  Medio,  incluso  Nebuzaradán,  portador  de  órdenes  es- 
peciales de  Nabucodonosor,  se  haya  efectuado  en  seguida  de  la  toma 
de  la  ciudad;  pero  el  jefe  de  los  guardias  no  llegó  a  Jerusalén  sino 
cuatro  semanas  más  tarde  (52,  12).  En  fin,  los  vs.  15-18  que  relatan 
la  promesa  hecha  a  Ebed-Melec,  constituyen  evidentemente  un  trozo 


LIBERACION  DE  JEREMIAS 


257 


aparte,  pues  el  hecho  referido  ocurre  mucho  antes  de  la  caída  de  la 
ciudad.  Quedan  por  lo  tanto  para  los  relatos  de  los  destinos  de  Jere- 
mías después  de  la  toma  de  Jerusalén,  38,  28'';  39,  3  y  J4;  40  1-6.  Pero 
esos  versículos  lejos  están  de  constituir  un  relato  seguido  y  coherente. 
Según  38,  28'';  39,  3-14,  Jeremías  fue  sacado  de  la  prisión  por  los  ofi- 
ciales caldeos  en  seguida  de  la  toma  de  la  ciudad,  siendo  ellos  los  que 
lo  pusieron  bajo  la  protección  de  Guedalias,  desde  que  hubo  dejado  el 
patio  de  la  prisión.  Según  40,  1-6  fue  tan  sólo  en  Raniá  que  él  fue  li- 
bertado, cuando  ya  estaba  en  marcha  para  el  destierro,  gracias  al  fa- 
vor especial  del  jefe  de  las  guardias,  y  fue  el  profeta  mismo  quien  eli- 
gió permanecer  junto  a  Guedalias.  En  opinión  de  ciertos  críticos,  el 
texto  actual  es  el  resultado  de  la  yuxtaposición  de  dos  relatos  parale- 
los y  divergentes  de  los  mismos  hechos:  los  unos  consideran  el  relato 
del  cap.  40  como  un  midrach  reciente,  que  dramatizaba  los  hechos  (los 
deportados  no  estaban  encadenados)  y  prestaba  a  Nebuzaradán  el  len- 
guaje de  un  adorador  de  Yahvé;  y  los  otros  dan  preferencia  al  relato 
muy  detallado  de  40,  1-6.  En  realidad,  existen  rasgos  precisos  y  con- 
cretos, muy  probablem.ente  históricos,  tanto  en  el  cap.  40  (la  deten- 
ción en  Rama,  el  favor  especial  del  representante  de  Nabucodonosor) , 
como  en  el  cap.  39  (la  reunión  de  los  generales  vencedores  en  la  puerta 
del  Medio).  Quizá  haya  en  la  base  de  esos  dos  capítulos  un  relato  úni- 
co, que  emanara  de  Baruc  y  que  dos  redactores  sucesivos  embrollaron 
al  tratar  de  resumirlos.  Los  hechos  deberían  haberse  desarrollado  en 
el  orden  siguiente:  poco  después  de  la  toma  de  Jerusalén,  oficiales  cal- 
deos, reunidos  en  la  puerta  del  Medio,  libertan  a  Jeremías,  al  mismo 
tiempo  sin  duda  que  a  otros  prisioneros  acusados  de  simpatizar  con 
Babilonia,  y  le  permiten  regresar  a  su  casa  (38,  28'' ;  39,  3,  14"").  El 
profeta  es  designado  como  uno  de  los  notables  destinados  a  la  deporta- 
ción y  es  llevado  ya  con  todo  el  convoy  hasta  Rama.  Pero  Nebuzara- 
dán, recientemente  llegado  a  Jerusalén  con  órdenes  especiales  de  Na- 
bucodonosor, busca  a  Jeremías  y  le  permite  permanecer  junto  a  Gue- 
dalias (39,  11-13";  40,  i ''-6)". 

40  _  DIFERENCIAS  DEL  TEXTO  HEBREO  CON  EL  TEXTO  GRIEGO 
DEL  LIBRO  DE  JEREMIAS.  —  3458.  Finalmente  presentan  diferencias 
más  considerables  que  las  que  ambos  textos  ofrecen  en  los  otros 
libros  bíblicos.  Esas  diferencias  se  refieren  tanto  al  orden  de  las 
profecías,  como  a  la  extensión  de  las  mismas.  El  siguiente  cuadro,  to- 
mado de  Condamin,  muestra  la  diferente  colocación  de  los  discursos  o 
relatos  de  Jeremías,  en  los  dos  textos,  a  partir  de  1-25,  13  en  que  el 
orden  es  el  mismo  en  ellos,  con  la  sola  excepción  de  23-7-8  del  hebreo, 
que  se  encuentra  en  los  LXX  después  de  23,  40. 


258 


TEXTOS  HEBREOS  Y  GRIEGOS 


Hebreo 


Griego 


25,  75-45 
46 


32-51 

26  (Egipto) 

29,  1-7  (Los  filisteos) 
31,  1-44  (Moab) 

30,  1-5  (Ammón) 

29,  8-23  (Edom) 

30,  12-16  (Damasco) 
—  6-11  (Cedar,  etc.) 
25,  Í4-26,  1  (Elam) 
27-28  (Babilonia) 


47 


48,  1-44 

49,  i -5 

—  7-22 

—  2.3-27 
— 

—  34-39 
50-51 


Además  de  esta  distinta  ordenación  de  los  materiales  que  compo- 
nen el  libro  de  Jeremías,  tenemos  que  la  versión  griega  (V.  A)  es  mu- 
cho más  corta  que  el  texto  hebreo  (T.  M.),  pues  aunque  presenta  al- 
gunas adiciones  que  no  se  encuentran  en  éste,  tiene,  en  cambio,  consi- 
derables lagunas  y  un  estilo  simplificado,  como  cuando  suprime  la 
palabra  profeta  delante  del  nombre  de  Jeremías.  Según  los  cálculos 
del  comentarista  Graf,  unas  2.700  palabras  del  original  hebreo,  — o 
sea,  casi  la  octava  parte  del  libro, —  faltan  en  la  V.  A.  Esas  omisiones 
se  encuentran  también,  aunque  no  en  tan  grande  proporción,  en  otros 
libros  bíblicos;  y  así  nos  hace  saber  Condamin,  que  en  el  de  Job,  los 
LXX  tienen  casi  400  dísticos  menos  que  el  hebreo;  en  los  caps.  17  y 
18  de  /  Samuel,  40  versos  menos  que  éste;  y  que  en  Ezequiel  presenta 
también  la  V.  A.  diversas  omisiones  (p.  XXX).  Todas  estas  conside- 
raciones que  tan  poco  hablan  en  favor  de  la  inspiración  del  texto  bí- 
blico, han  motivado  las  más  variadas  hipótesis  por  parte  de  los  comen- 
taristas, habiendo  sido  muy  generalizada  la  opinión  entre  ellos  de  que 
existían  dos  distintas  ediciones  del  libro  de  Jeremías,  y  que  los  LXX 
tradujeron  la  más  abreviada  de  ellas.  Condamin,  siguiendo  la  opinión 
de  Thackeray,  admite  que  las  profecías  de  Jeremías,  hasta  el  siglo  II, 
se  presentaban  en  hebreo  en  dos  colecciones  distintas,  cada  una  de  las 
cuales  contenía  una  mitad  del  libro;  que  fueron  traducidas  al  griego, 
en  esa  época,  por  diversos  traductores,  y  reunidas  luego  en  un  solo 
libro;  y  que  la  segunda  colección  fue  traducida  de  un  texto  notable- 
mente más  corto  que  el  texto  masorético,  por  un  traductor  inhábil. 
Reuss  y  la  mayor  parte  de  los  críticos  de  su  época,  admitían  que  nues- 
tro texto  hebreo  es  no  sólo  el  más  auténtico,  sino  que  es  también  el 
único  que  haya  existido,  y  que  los  traductores  alejandrinos  realizaron 
su  obra  en  forma  poco  concienzuda,  permitiéndose  libertades  que  lle- 
gan hasta  a  afectar  el  sentido  del  original  {Les  Prophétes,  I,  421).  En 
cambio,  Lods  y  otros  contemporáneos  aceptan  hoy  que  hubo  un  texto 
primitivo,  al  cual  se  ciñeron  en  parte  los  traductores  alejandrinos,  y 


LA  VERSION  DE  LOS  LXX 


259 


que  muchos  pasajes  que  faltan  en  la  V.  A.,  deben  ser  mirados  como 
amplificaciones  agregadas  tardíamente  a  aquel  texto  primordial  y  que 
hoy  figuran  en  el  T.  M.  Añade  el  citado  exégeta  Lods,  que  deben  eli- 
minarse las  dos  opiniones  extremas  que  dan  sistemáticamente  la  prefe- 
rencia sea  al  texto  de  los  LXX,  —a  pesar  de  ser  incontestable  que  el 
autor  de  la  versión  griega  del  libro  de  Jeremías  procedió  muchas  ve- 
ces con  ligereza  y  poca  escrupulosidad — ,  sea  al  texto  de  los  masore- 
tas  {Hist.  Litt.  Heb.  p.  422).  Los  ortodoxos  católicos  tienen  preferen- 
cia por  la  versión  de  los  LXX,  probablemente  porque  fue  el  texto  que 
sólo  conocieron  y  utilizaron  Jesús  y  sus  apóstoles.  Lo  que  resulta  cla- 
ramente de  todo  esto,  es  que  nuestro  libro  de  Jeremías  no  representa 
la  obra  original  de  ese  profeta,  quien  es  lógico  suponer  que  disponien- 
do de  tiempo,  durante  sus  largos  encierros,  y  contando  además  con  la 
ayuda  de  un  hábil  secretario,  habría  redactado  ordenadamente  sus  dis- 
cursos. Pero  parece  que  Baruc  no  se  limitó  a  desempeñar  el  papel  de 
simple  amanuense,  pues  en  la  segunda  parte  del  libro  priman  los  tro- 
zos narrativos  en  los  que  se  encuentran  insertas  las  palabras  del  pro- 
feta, y  en  los  que  se  habla  de  éste  en  tercera  persona,  por  lo  que  Reuss 
llama  a  esa  parte  de  la  obra.  Memorias  redactadas  quizá  por  Baruc 
(I,  419).  Y  finalmente  los  últimos  tres  capítulos  del  libro,  no  son  ni 
de  Jeremías,  ni  de  Baruc,  como  se  ven  obligados  a  reconocerlo  aún  los 
más  ardorosos  defensores  actuales  de  la  ortodoxia,  ante  la  evidencia 
de  las  razones  de  la  crítica.  Un  breve  examen  de  esos  tres  capítulos, 
después  de  todo  lo  expuesto,  concluirá  de  hacernos  comprender  la  exac- 
titud de  estas  conclusiones:  a)  que  era  un  recurso  literario  muy  usado 
en  aquella  época,  el  expresar  que  se  hablaba  en  nombre  de  Yahvé; 
b)  que  se  utilizaba  sin  escrúpulo  el  nombre  de  un  personaje  célebre 
para  atribuirle  la  paternidad  de  obras  que  de  otro  modo  quizá  no  hu- 
bieran sido  aceptadas  por  los  contemporáneos;  y  c)  que  no  es  extraño 
que  en  el  resto  del  libro  se  hayan  introducido  trozos  de  distintos  auto- 
res, revelándonos  así  claramente  los  entretelones  de  la  inspiración 
bíblica. 


CAPITULO  XII 


Los  tres  últimos  capítulos  de  Jeremías 


EL  CAP.  52.  —  3459.  Comenzando  por  el  capítulo  final  de  Jere- 
mías, el  52,  nos  encontramos  con  que  es  un  relato  del  sitio  y  de  la  toma 
de  Jerusalén  por  los  caldeos,  relato  copiado  de  los  dos  últimos  capítu- 
los de  Reyes,  libro  éste  escrito  con  posterioridad  a  Jeremías  y  a  Baruc, 
pues  relata  hechos  ocurridos  después  de  la  muerte  de  ambos  (II  Rey. 
25,  27-30).  Con  excepción  de  tres  versículos,  28-30,  todo  el  resto  del 
cap.  52  de  Jeremías  es  una  copia  textual  de  II  Rey.  24,  18  a  25,  21, 
27-30,  con  las  pequeñas  variantes  que  indicamos  a  continuación.  Al 
detallar  los  objetos  del  Templo  de  Salomón  que  se  llevaron  los  vence- 
dores, dicen  así  entre  otras  cosas,  ambos  textos  paralelos: 


II  Rey.  25,  16 

En  cuanto  a  las  dos  colum- 
nas, el  mar  y  las  basas  (o  soste- 
nes) que  había  hecho  hacer  Salo- 
món para  la  casa  de  Yahvé,  es  im- 
posible avaluar  el  peso  del  bronce 
de  todos  esos  objetos. 


Jer.  52,  20 

En  cuanto  a  las  dos  colum- 
nas, el  mar,  los  doce  bueyes  de 
bronce  que  estaban  debajo  del 
mar  y  las  basas  (o  sostenes)  que 
había  hecho  hacer  Salomón  para 
la  casa  de  Yahvé,  es  imposible 
avaluar  el  peso  del  bronce  de  to- 
dos esos  objetos. 


Reuss  en  Jer.  52,  20,  traduce  después  de  los  doce  bueyes  de  bronce, 
así:  "que  estaban  debajo,  y  a  los  soportes  de  las  fuentes  que  había  he- 
cho hacer  Salomón,  etc.";  y  anotando  ese  pasaje  expresa  que  el  texto 
debe  estar  aquí  alterado,  o  bien  el  redactor  o  el  copista  se  equivocó, 
pues  los  doce  bueyes  de  bronce  se  encontraban  bajo  la  gran  fuente  o 
mar  (I  Rey.  7,  25),  y  no,  como  lo  dice  nuestro  texto,  debajo  de  diez 
pequeñas  fuentes  (ibid.,  v.  27).  Para  hacer  desaparecer  ese  error,  la 
generalidad  de  los  traductores  ponen:  "en  cuanto  a  los  doce  bueyes  de 
bronce  que  estaban  debajo  del  mar,  y  a  las  basas  o  soportes  que  ha- 
bía hecho  hacer  Salomón,  etc."  Pero  si  por  un  lado  los  traductores 


EL  CAPITULO  52  DE  JEREMIAS 


261 


modificando  el  texto  bíblico  lo  libran  de  cometer  una  inexactitud,  im- 
perdonable en  escritos  sagrados,  por  otra  parte  persiste  el  error,  pues 
olvidó  el  autor  divinamente  inspirado  que  ya  la  gran  fuente  o  mar  de 
Salomón  no  estaba  sobre  los  doce  bueyes  de  bronce,  pues  el  rey  Acaz, 
un  siglo  y  medio  antes,  los  había  hecho  sacar  y  colocar  aquella  fuente 
sobre  un  basamento  de  piedra,  según  así  lo  manifiesta  el  siguiente  pa- 
saje: "F  el  rey  Acaz  corló  los  entrepaños  de  las  basas,  y  quitó  de  so- 
bre ellas  las  fuentes;  y  bajó  el  mar  de  sobre  los  bueyes  de  bronce  que 
habían  debajo  de  él,  y  lo  asentó  sobre  un  pavimento  de  piedras"  (II 
Rey.  16,  17;  §  1115),  El  texto  de  II  Rey,  25,  16  no  menciona  esos  doce 
bueyes,  según  observa  Reuss,  por  la  sencilla  razón  de  que  probable- 
mente no  existían  ya  más.  Pero  al  último  redactor  del  libro  de  Jere- 
mías, a  varios  siglos  de  tales  sucesos,  le  pareció  una  falta  grave  no 
mencionar  dichos  doce  célebres  bueyes,  entre  los  objetos  de  bronce  que 
se  llevaron  del  Templo  los  caldeos,  y  sin  más,  le  agregó  la  referencia 
a  dichas  esculturas,  — que  tan  mal  parado  dejan  al  II  mandamiento  de 
Ex.  20,  4, —  en  esa  glosa  que  Condamin  califica  de  desgraciada  {malen- 
contreuse) . 

3460.  Los  vs.  28-30  del  cap.  52  de  Jeremías  no  sólo  no  provie- 
nen del  II  libro  de  Reyes,  sino  que  están  en  abierta  contradicción  con 
los  datos  que  sobre  el  número  de  deportados  de  Judá  a  Babilonia,  nos 
da  el  cap.  24  de  ese  libro.  Según  este  último  capítulo,  Nabucodonosor 
hizo  una  expedición  contra  Judá,  en  el  8*?  año  de  su  reinado,  "y  llevó 
cautivo  a  Babilonia  a  Joaquín  (Juconías)  ;  y  la  madre  del  rey  y  las 
mujeres  del  rey  y  sus  eunucos  y  los  grandes  del  país  fueron  también 
llevados  cautivos  de  Jerusalén  a  Babilonia.  Y  todos  los  ricos,  en  nú- 
mero de  siete  mil,  y  los  carpinteros  y  los  herreros  en  número  de  mil, 
todos  hombres  de  guerra,  fueron  conducidos  a  Babilonia  en  cautivi- 
dad por  el  rey  de  Babilonia"  (vs.  15,  16).  Parece,  a  estar  a  estos  ver- 
sículos, que  el  número  de  deportados  fue  sólo  de  8.000;  pero  como 
en  el  V.  i 5  se  dice  que  los  cautivos  fueron  las  personas  acomodadas  o 
los  notables  del  país,  además  del  rey,  la  familia  real  y  sus  siervos,  po- 
demos aceptar  el  dato  del  v.  14,  que  eleva  ese  número  a  10.000,  pues 
expresa  que  Nabucodonosor  "llevó  cautivos  a  toda  Jerusalén,  y  a  todos 
los  jefes  y  a  todos  los  ricos,  en  número  de  diez  mil,  inclusos  todos  los 
carpinteros  y  herreros,  no  quedando  más  que  los  pobres  del  país".  Pe- 
ro los  vs.  28-30  de  Jer.  52  nos  dan  datos  totalmente  diferentes,  como 
se  ve  a  continuación:  "28.  He  aquí  el  número  de  las  personas  que  Na- 
bucodonosor (Nebucadnetsar)  hizo  deportar:  en  el  año  séptimo  (de  su 
reinado),  3.023  judaílas;  29  en  el  décimo  octavo  año  de  Nabucodono- 
sor, 832  personas  de  la  población  de  Jerusalén;  30  y  en  el  vigésimo 
tercer  año  de  Nabucodonosor,  Nebuzardán,  jefe  de  las  guardias,  de- 
portó 745  judaítas:  en  total,  4.600  personas".  Admitamos  lo  que  ex- 
presa Condamin  que  el  libro  de  Reyes  computa  su  cronología  a  la  ma- 


262 


NUMERO  DE  DEPORTADOS 


ñera  hebraica,  o  sea,  que  el  año  de  la  muerte  de  un  rey  lo  cuenta  co- 
mo el  último  de  su  reinado,  y  a  la  vez,  como  el  primero  del  reinado 
siguiente,  mientras  que  según  los  asiro-babilonios,  si  ¡.len  el  año  de 
la  muerte  de  un  rey  se  contaba  también  íntegramente  como  el  último 
de  su  reinado,  en  cambio  consideraban  que  el  primero  del  otro  reina- 
do, sólo  comenzaba  con  el  nuevo  año  civil  siguiente,  explicación  que 
nos  haría  comprender  el  por  qué  en  Reyes  se  habla  de  la  primera  de- 
portación como  efectuada  el  octavo  año  de  Nabucodonosor,  mientras 
que  en  Jeremías,  siguiendo  la  computación  caldea,  se  expresa  que  ese 
suceso,  ocurrió  el  séptimo  año  del  citado  monarca.  Prescindiendo,  pues, 
de  esa  cuestión  de  fechas,  tenemos  que  los  datos  estadísticos  que  nos 
dan  ambos  textos  bíblicos,  son  contradictorios  e  imposibles  de  conci- 
liar, a  despecho  de  los  desesperados  esfuerzos  de  la  ortodoxia  en  ese 
sentido.  Así  Condamin  encuentra  muy  plausible  la  explicación  del  pro- 
fesor Van  Hoonacker,  de  la  Universidad  católica  de  Lovaina,  según  la 
cual  las  cifras  de  Jer.  52,  28-30  provendrían  de  listas  sumarias  de  los 
registros  de  proscripción,  que,  supone,  llevaban  los  caldeos,  y  en  los 
que  éstos  habrían  anotado  tan  sólo  a  los  individuos  y  a  las  familias 
más  destacadas,  y  que  por  lo  mismo  les  interesaba  más  especialmente 
guardar  y  mantener.  Los  LXX  resolvieron  más  fácilmente  la  dificul- 
tad, eliminando  esos  tres  molestos  versículos  {28-30)  que  no  hay  ma- 
nera de  armonizarlos  con  las  cifras  de  deportados  de  los  dos  últimos 
capítulos  de  II  Reyes. 

3461.  En  cuanto  a  la  2^  deportación  del  año  18"?  de  Nabucodo- 
nosor, época  de  la  destrucción  de  Jerusalén,  parece  que  en  contra  de 
lo  que  se  cree  comúnmente  (II  Rey.  25,  11)  fue  muy  reducida,  pues  se 
limitó  a  la  modesta  cifra  de  832  personas;  como  fue  igualmente  muy 
limitada  la  3*  deportación,  conocida  tan  sólo  por  este  texto  de  Jere- 
mías. Pero,  en  resumen,  tómense  los  números  de  uno  o  de  otro  de  esos 
contrarios  textos  bíblicos,  y  se  verá  que  ninguno  de  ellos  concuerda 
con  el  número  de  judíos  que  tres  generaciones  más  tarde,  regresaron 
a  Palestina  con  Zorobabel,  bajo  Ciro,  pues  según  otro  libro  inspirado, 
el  de  Esdras,  "toda  la  comunidad,  en  total,  fue  de  42.360,  (1)  sin  con- 


(1)  Anotando  este  pasaje,  escribe  Reuss:  "Esta  cifra  se  halla  reproducida 
en  la  copia  del  libro  de  Nehemías  y  en  los  tres  textos  griegos.  Pero  en  los  deta- 
lles, las  cinco  series  ofrecen  numerosas  variantes,  que  sería  inútil  enumerar  aquí. 
Bastará .  decir  que  la  suma  de  los  números  del  texto  hebreo  de  Esdras  es  de 
29.818;  la  traducción  da  30.009;  la  segunda  revisión  comprendida  en  los  ma- 
nuscritos de  los  LXX,  30.678  (o  30.143,  según  las  variantes)  ;  el  texto  hebreo 
de  Nehemías,  31.089;  y  la  traducción  31.112.  Así  ningún  texto  da  los  elementos 
del  total.  No  es  posible  descubrir  dónde  está  el  error.  42.360  es  un  número  asom- 
brosamente grande  para  una  caravana  de  emigrantes  y  creemos  que  el  catálogo 
representa  un  censo  muy  posterior,  quizá  de  época  próxima  a  la  de  Esdras  y 


CAPS.  50  Y  51  DE  JEREMIAS 


263 


tar  los  esclavos  de  ellos  y  sus  esclavas;  los  cuales  alcanzaban  a  7.337" 
(2,  1,  2,  64,  65),  y  teniendo  presente,  que  un  gran  número  de  deste- 
rrados prefirieron  quedarse  en  su  nueva  patria,  a  orillas  del  Eufrates. 
L.  B.  d.  C.  igualmente  opina  que  el  pasaje  Jer.  52,  28-30,  que  no  figu- 
ra en  II  Rey  25,  es  de  otra  mano  que  el  conjunto  de  dicho  libro;  entre 
otras  razones,  porque  el  autor  sigue  una  manera  diferente  de  designar 
los  diversos  años  del  reinado  de  Nabucodonosor,  según  lo  hemos  visto 
anteriormente.  Y  después  de  mencionar  algunas  de  las  hipótesis  que  se 
han  dado  para  armonizar  el  número  total  de  deportados  a  Babilonia, 
agrega  la  misma  L.  B.  d.  C:  "Esas  hipótesis  no  se  imponen;  cierto  es 
que  la  gran  mayoría  de  la  población  fue  dejada  en  el  país:  sólo  lo 
más  destacado  de  ella  marchó  al  exilio.  La  precisión  de  las  cifras  in- 
dicadas y  su  modicidad  misma  inspiran  confianza  y  son  contrarias  a 
la  idea  que  los  judíos  más  tarde  se  hicieron  del  destierro.  Es  posible 
que,  a  despecho  del  empleo  del  vocablo  personas  o  almas,  se  trate  tan 
solo  de  hombres  adultos:  el  total  de  las  personas  deportadas  podría  en- 
tonces haber  sido  de  unas  veinte  mil". 

LOS  CAPS.  50  Y  51.  —  3462.  Estos  dos  capítulos,  forman  parte 
del  grupo  de  los  oráculos  contra  las  naciones  extranjeras  (cap.  46-51), 
cuya  autenticidad  ha  sido  negada  desde  hace  largo  tiempo  por  desta- 
cados críticos.  Según  muchos  de  ellos,  los  caps.  50  y  51  — particular- 
mente discutidos — ;  constituyen  un  solo  oráculo  contra  Babilonia;  en 
cambio  para  Condamin  están  formados  por  cuatro  poemas,  sin  contar 
la  relación  final  en  prosa  de  51,  59-64.  Nos  parece  más  probable  que 
esos  oráculos  sean  de  distintos  autores  y  de  épocas  diversas,  reunidos 
«más  tarde  arbitrariamente  en  una  sola  composición  como  proveniente 
de  Jeremías.  Nótese  ante  todo  la  diversidad  de  temas  que  tratan,  sin 
lazo  lógico  entre  ellos.  Así  tenemos  que  se  comienza  por  el  anuncio  de 
que  Babilonia  ha  sido  tomada  (50,  2)  ;  se  sigue  con  un  trozo  sobre  el 
regreso  a  Sión  de  los  desterrados  (vs.  4-8)  ;  luego  se  habla  de  la  toma 
y  saqueo  de  Babilonia  (vs.  9-16)  ;  menciónase  después  que  Israel  re- 
tornará a  sus  pasturajes,  (vs.  17-20)  para  proseguir  detallando  al  ene- 
migo que  aniquilará  a  la  capital  caldea,  (vs.  21-32)  y  así  por  el  estilo 
con  las  demás  partes  de  esa  profecía.  Sin  embargo,  todos  esos  distintos 
trozos  del  oráculo  tienden  a  sugerir  la  idea  de  que  Babilonia  ya  ha 
caído  o  está  próxima  a  caer.  Lo  curioso  es  que  se  reconoce  que  esta 
ciudad,  o  su  rey  Nabucodonosor,  ha  sido  el  instrumento  en  manos  de 
Yahvé  para  realizar  los  castigos  impuestos  por  este  dios,  como  se  ve 
en  los  siguientes  textos: 


Nehemías.  Es  muy  significativa  la  preponderancia  de  las  familias  sacerdotales, 
como  es  igualmente  sorprendente  que  no  se  mencionen  vacunos  entre  los  animales 
traídos  por  los  repatriados"  (vs.  66,  67). 


264 


EN  PRO  DE  BABILONIA 


51,  20  Tú  me  has  servido  de  maza. 
De  arma  de  guerra; 
Contigo  he  aniquilado  naciones. 
Contigo  he  destruido  reinos. 

21  Contigo  he  aniquilado  al  caballo  y  a  su  jinete. 
Contigo  he  aniquilado  el  carro  y  su  conductor, 

22  Contigo  he  aniquilado  al  hombre  y  a  la  mujer. 
Contigo  he  aniquilado  al  viejo  y  al  niño. 

Contigo  he  aniquilado  al  adolescente  y  a  la  doncella, 

23  Contigo  he  aniquilado  al  pastor  y  su  rebaño. 

Contigo  he  aniquilado  al  labrador  y  su  yunta  de  bueyes. 
Contigo  he  aniquilado  gobernadores  y  jefes. 

3463.  En  50,  23,  también  se  califica  a  Babilonia  de  "la  maza  que 
hería  toda  la  Tierra",  y  en  otros  pasajes  del  libro  se  llama  a  Nabuco- 
donosor,  "servidor  de  Yahvé"  (25,  9;  27,  6;  43,  10).  Empieza,  como 
nota  Renán,  (p.  220)  la  teoría  de  "los  azotes  de  Dios",  tan  grata  a  los 
Padres  de  la  Iglesia.  Siempre  para  expresar  que  Babilonia  es  el  ins- 
trumento de  la  justicia  divina,  se  dice  en  otra  parte  del  mismo  oráculo. 

Babilonia  era  una  copa  de  oro  en  la  mano  de  Yahvé: 
Ella  embriagaba  toda  la  Tierra. 
De  su  vino  han  bebido  las  naciones. 
Por  lo  cual  las  naciones  deliran  (51,  7). 

Yahvé,  pues,  a  los  pueblos  que  quiere  castigar,  les  hace  beber  el  vino 
de  su  cólera,  por  intermedio  de  Babilonia.  En  una  palabra.  Babilonia 
era  el  verdugo  que  ejecutaba  las  sentencias  de  Yahvé,  como,  según 
Isaías,  lo  había  sido  antes  Asiría. 

10,  5  ¡Ay  de  Asur,  vara  de  mi  cólera. 

Bastón  que  maneja  mi  venganza!  (§2927). 

Yahvé  indignado  contra  su  pueblo  escogido  dió  orden  a  su  verdugo 
babilónico  que  destruyera  a  los  culpables,  y  éste  cumplió  el  mandato 
recibido,  pues  saqueó,  destruyó  y  quemó  el  Templo  y  la  ciudad  de 
Jerusalén,  arrasó  las  poblaciones  de  Judá,  y  deportó  a  Caldea  una  parte 
de  sus  habitantes.  Quizá  se  le  pudiera  reprochar  que  no  ejecutó  bien 
al  pie  de  la  letra  la  sentencia  del  feroz  Yahvé,  pues,  respetó  a  los  ni- 
ños, a  los  adolescentes,  a  los  pobres,  y  en  general,  al  común  del  pueblo 
sin  mayor  significación  política,  por  lo  que  Judá  lejos  quedó  de  ser 
un  desierto  como  quería  el  dios;  pero  por  esa  conducta  humanitaria 
no  se  atreverían  los  yahvistas  de  hoy  a  censurar  al  vencedor  caldeo. 
Sin  embargo,  por  una  de  esas  inconsecuencias  que  tantas  veces  se 


CONTRA  BABILONIA 


265 


presentan  en  las  páginas  bíblicas,  Yahvé  lanza  ahora  el  anatema  con- 
tra Babilonia,  precisamente  porque  ejecutó  sus  despiadadas  órdenes. 
Esta  naturalidad  en  admitir  las  más  claras  contradicciones  de  una 
idea  o  teoría,  es  uno  de  los  rasgos  que  nota  Levy-Bruhl  en  la  mentali- 
dad primitiva.  El  pueblo  hebreo,  aun  en  el  siglo  VI,  podía,  pues,  ca- 
talogarse entre  los  primitivos  del  filósofo  francés. 

3464.  Veamos  ahora,  en  qué  términos  el  bárbaro  juez  condena 
a  su  no  menos  bárbaro  verdugo. 

50,  9  He  aquí  que  voy  a  suscitar 

Y  a  traer  contra  Babilonia 

Una  coalición  de  poderosas  naciones  del  Norte. 

Se  aparejarán  contra  ella  y  la  tomarán. 

Sus  flechas  son  semejantes  a  las  de  un  guerrero  hábil. 

Que  no  regresa  del  combate  con  las  manos  vacías. 

10  Caldea  será  entregada  al  saqueo 

Y  los  saqueadores  tendrán  botín  hasta  la  saciedad. 

12''  La  última  de  las  naciones  será 
Un  desierto,  un  erial,  una  estepa. 

13  Privada  de  habitantes  a  causa  de  la  cólera  de  Yahvé, 
No  será  más  que  una  desolación. 

El  que  pasare  junto  a  Babilonia  quedará  estupefacto 

Y  silbará  al  ver  todos  los  golpes  que  se  le  hayan  infligido 

[(§  3420). 

14  Colocaos  en  orden  de  batalla  alrededor  de  Babilonia, 
Vosotros  todos  que  entesáis  el  arco. 

Asaeteadla,  no  escatiméis  las  flechas. 
Porque  ella  ha  pecado  contra  Yahvé. 

15  ¡Dad  el  grito  de  guerra  contra  ella  de  todas  parles!  ¡Se 

[rinde! 

(lit.  ella  da  la  mano,  en  señal  de  capitulación). 
¡Sus  cimientos  se  hunden! 
¡Sus  murallas  son  derribadas! 

Porque  venganza  de  Yahvé  es  ésta;  tomad  venganza  de  ella; 

Tratadla  como  ella  ha  tratado  a  otros 

(o  lo  que  ella  hizo,  hacédselo. vosotros  a  ella). 

16  Exterminad  en  Babilonia  al  que  siembra 

Y  al  que  maneja  la  hoz  en  tiempo  de  la  siega. 
Delante  de  la  espada  destructora 

Vuelva  cada  cual  a  su  pueblo. 

Huya  cada  cual  a  su  país.  (Is.  13,  14'';  Jer.  46,  16''). 


266 


CONTRA  BABILONIA 


21  Sube  al  país  de  Meratain,  (1) 
Marcha  contra  él 

Y  contra  los  habitantes  de  Pecod. 

Devasta,   extermina   según   las   leyes   del   anatema,  dice 

t  Yahvé, 

Y  ejecuta  todo  lo  que  te  he  ordenado. 

24  Te  he  tendido  un  lazo  y  has  caído  en  él,  oh  Babilonia, 
Sin  darte  cuenta  de  ello. 

Has  sido  sorprendida  y  capturada 
Por  haber  atacado  a  Yahvé. 

25  Ha  abierto  Yahvé  su  arsenal. 

De  él  ha  sacado  las  armas  de  su  furor. 

Porque  el  Señor  Yahvé  tiene  una  obra  que  ejecutar 

En  el  país  de  los  caldeos. 

26  Venid  de  todas  partes  a  atacar  a  Babilonia, 
Abrid  sus  graneros. 

Amontonad  los  despojos  como  gavillas 

Y  destruidlos  según  las  leyes  del  anatema: 
¡Que  nada  quede  de  ella! 

27  ¡Degollad  todos  sus  toros  (sus  notables) 
Desciendan  ellos  al  matadero! 

¡Ay  de  ellos!  porque  ha  llegado  su  día. 
La  hora  de  su  castigo. 

28  ¡Escuchad!  se  oyen  los  fugitivos 

Que  han  escapado  del  país  de  Babilonia 

Para  anunciar  en  Sión  la  venganza  de  Yahvé,  nuestro  dios. 

La  venganza  de  su  Templo. 

29  Convocad  contra  Babilonia  a  los  arqueros, 

A  todos  los  que  entesan  (o  manejan)  el  arco. 

¡Acampad  alrededor  de  ella,  l 

Que  nadie  se  escape! 

¡Retribuidle  según  sus  obras 

Lo  que  ella  hizo,  hacédselo  vosotros  a  ella! 

Porque  ha  sido  orgullosa  con  Yahvé, 

Contra  el  Santo  de  Israel.  (2) 


(1)  Anotando  este  v.  21,  dice  L.  B.  d.  C. :  "Al  país  de  Meratain,  es  decir, 
al  país  de  la  Doble  Rebelión,  quizá  disfraz  injurioso  del  babilonio  mat  marrati, 
que  designaba  el  país  de  la  Mar.  Se  trata  en  todo  caso  de  la  Baja  Mesopotamia 
o  Caldea.  En  cuanto  al  nombre  Pecod  — que  en  hebreo  puede  significar  castigo — 
era  propiamente  el  de  una  población  mesopotámica  (en  babilonio,  pucudú) ,  men- 
cionada también  en  Ez.  23,  23". 

(2)  Estos  cuatro  últimos  versos,  que  figuran  en  todas  las  versiones,  no  se 
encuentran  en  la  traducción  de  L.  B.  d.  C. 


CONTRA  BABILONIA 


267 


51,  54  Gritos  se  oyen  del  lado  de  Babel: 

Ruina  inmensa  en  el  país  de  los  caldeos. 

55  Es  Yahvé  que  destruye  a  Babilonia, 
Que  hace  cesar  su  gran  ruido. 

6  ¡Huid  de  en  medio  de  Babilonia! 
¡Ponga  en  salvo  cada  cual  su  vida! 
Para  que  no  perezcáis  por  su  iniquidad, 
Porque  es  el  tiempo  de  la  venganza  de  Yahvé: 
El  va  a  darle  lo  que  se  merece. 

24  Pagaré  con  la  misma  moneda  a  Babel 

Y  a  todos  los  habitantes  de  Caldea, 
Todo  el  mal  que  hicieron  a  Sión 
Ante  vuestros  ojos,  dice  Yahvé. 

25  Heme  aquí,  contra  ti,  montaña  (o  ciudad)  destructora. 
Que  has  devastado  toda  la  Tierra: 

Extenderé  mi  mano  sobre  ti. 

Te  haré  rodar  de  lo  alto  de  las  rocas, 

Y  haré  de  ti  una  montaña  quemada  (o  una  hoguera). 

26  No  sacarán  de  ti  ni  piedra  angular, 
Ni  piedra  para  cimientos. 
Porque  serás  un  perpetuo  desierto. 
Dice  Yahvé 


50,  39  Por  tanto  habitarán  allí 
[las  fieras  del  desierto. 
Juntamente  con  los  chacales  y 
[avestruces; 
Nunca  más  será  habitada. 
Ni  poblada  en  los  siglos  futuros. 

40  Como  cuando  Dios  destruyó  a 
[Sodoma, 

Y  a  Gomorra  y  a  las  ciudades  ve- 

[cinas, 

Dice  Yahvé, 

Así  nadie  habitará  más  allí. 
Ningún  ser  humano  morará  allí. 

(La  estrofa  de  Jer.  50,  40,  está  co- 
piada literalmente  de  Jer.  49,  18). 


Is.  13,  19  Y  Babilonia,  la  joya  de 
[los  reinos. 

El  orgulloso  adorno  de  los  cal- 

[déos. 

Vendrá  a  ser  como  Sodoma  y 
[Gomorra 
Las  ciudades  que  Dios  destruyó. 

20"  Nunca  jamás  será  habitada. 
Ni  será  más  poblada  en  lo  futuro. 

21  Habitarán  allí  las  fieras  del 

[desierto. 
Los  buhos  llenarán  sus  casas. 
Morarán  allí  los  avestruces, 
Y  danzarán  allí  los  sátiros; 

22  Aullarán  los  chacales   (o  pe- 

[rros  salvajes)  en  sus 
[palacios...   (§  2984). 


268 


POEMA  DE  VENGANZA 


51,  37  Babilonia  vendrá  a  ser  un 
[montón  de  piedras, 
Una  guarida  de  chacales. 
Un  objeto  de  estupor  a  cuya  vista 
[se  silbará  3420), 
Un  sitio  donde  nadie  habitará. 

58^  ¡He  aquí  cómo  los  pueblos 
[trabajan  para  la  nada, 
Y  en  provecho  del  fuego,  se  jali- 
[gan  las  naciones! 


9,  11  Convertiré  a  Jerusalén  en  un 
[montón  de  piedras. 
En  una  guarida  de  chacales; 
Tornaré  las  ciudades  de  Judá  en 
[desolación. 

Sin  habitantes. 

Ilab.  2,  13.  Sí,  es  la  voluntad  de 
[Yahvé  de  los  Ejércitos, 
Que  los  pueblos  trabajen  en  pro- 
[vecho  del  fuego, 
Y  que  las  naciones  se  fatiguen  por 

[la  nada. 


3465.  He  aquí  un  poema  de  implacable  venganza  puesto  en  boca 
de  un  dios  que  se  nos  pinta  como  "clemente,  compasivo  y  misericor- 
dioso" (Ex.  34,  6).  Este  poema,  cuyo  autor  ha  puesto  a  contribución 
oráculos  de  Isaías,  del  mismo  Jeremías  y  de  otros  autores  (como  se 
comprueba  en  las  notas  o  estrofas  de  la  derecha,  y  según  ya  hemos 
visto  anteriormente  que  50,  41-43  igual  a  6,  22-24;  50,  44-46  =  49, 
19-21;  y  51,  15-19  =  10,  12-16),  es  una  de  las  tantas  composiciones 
poéticas  de  la  Biblia,  que  respiran  el  odio  reconcentrado  de  sus  auto- 
res, contra  las  naciones  vecinas  que  habían  hecho  mal  a  Israel.  En 
balde,  tratan  los  profetas  o  salmistas  de  presentar  las  calamidades  pú- 
blicas que  preveían,  como  justo  castigo  de  Yahvé  por  su  idolatría; 
cuando  sobrevenía  el  desastre,  primaba  el  sentimiento  patriótico  y  pro- 
rrumpían en  imprecaciones  contra  los  vencedores  o  saqueadores  del 
pueblo  hebreo.  De  ahí,  pues,  las  contradicciones  que  notamos  hoy,  en 
esas  producciones:  cuando  presentían  el  peligro  nacional,  lo  utilizaban 
en  su  fe  yahvista  para  aconsejar  a  sus  compatriotas  que  adoraran  sólo 
a  Yahvé;  y  como  las  guerras  de  la  época,  solían  ser  de  exterminio  y 
devastación,  anunciaban  con  seguridad  el  advenimiento  de  estas  cala- 
midades, que  tarde  o  temprano  se  cumplían,  ya  que  Israel  se  encontra- 
ba entre  los  grandes  imperios  de  la  Mesopotamia,  por  un  lado,  y  el 
Egipto  por  otro,  que  aspiraban  sino  a  la  dominación  universal,  por  lo 
menos  a  extender  en  todo  lo  posible  su  poderío.  En  ese  caso,  la  pro- 
bable nación  invasora  se  hacía  aparecer  como  el  instrumento  de  la  có- 
lera de  Yahvé;  pero  pasado  el  cataclismo,  entonces,  para  consolar  al 
pueblo  y  para  desahogar  la  impotente  ira  patriótica,  se  vaticinaban  las 
mismas  calamidades  sobre  la  nación  que  anteriormente  se  había  afir- 
mado que  obraba  movida  por  Yahvé,  utilizando  para  ello,  los  mismos 
lugares  comunes  de  la  retórica.  ¿Cómo  era  posible  que  el  juez  casti- 
gara al  verdugo,  por  haber  cumplido  la  orden  que  él  mismo  le  había 
dado?  Los  profetas  encontraban  fácil  solución  a  esta  antimonia:  Yahvé 
castigaba  al  verdugo,  porque  se  había  excedido  en  el  castigo  o  porque 


LA  VENGANZA  DE  YAHVE 


269 


se  había  portado  orgullosa  o  jactanciosamente,  y  el  mayor  pecado  para 
ese  dios,  después  de  la  idolatría,  era  el  orgullo.  Bien  que  Nabucodono- 
sor  no  sólo  no  se  había  excedido,  sino  que  no  había  realizado  el  total 
exterminio  anunciado  por  la  ferocidad  profética,  sin  embargo,  su  pue- 
blo Babilonia  será  a  su  vez  castigado,  dice  Yahvé,  porque  fueron  "sa- 
queadores de  mi  herencia"  (50,  11),  porque  "Babilonia  ha  pecado  con- 
tra Yahvé"  (v.  14),  porque  "ha  provocado  a  Yahvé  (v.  24),  porque  "se 
ha  portado  or hullosamente  contra  Yahvé,  contra  el  Santo  de  Israel" 
(v.  29),  por  "todo  el  mal  que  hicieron  a  Sión,  ante  vuestros  ojos", 
(51,  24),  porque  "Yahvé  va  a  defender  la  causa  de  Jerusalén  y  a 
ven¡í;ar  sus  agravios"  (v.  36),  porque  "Babilonia  debe  caer  por  los 
muertos  de  Israel,  como  por  Babilonia  cayeron  los  muertos  de  toda  la 
tierra"  (v.  49). 

3466.  ;.Pero  qué  otra  cosa  había  hecho  Babilonia,  sino  ser  el 
verdugo  de  Yahvé? 

50,  17  Israel  es  una  oveja  descarriada. 

Perseguida  por  los  leones. 
Primeramente  la  devoró  el  rey  de  Asirla; 
Después  Nabucodonosor,  rey  de  Babilonia, 
Le  ha  quebrantado  los  huesos. 
18  Por  tanto,  así  dice  Yahvé  de  los  Ejércitos, 
El  dios  de  Israel: 

"He  aquí  que  castigaré  al  rey  de  Babel  y  a  su  país. 
Como  he  castigado  al  rey  de  Asiría". 

51,  34  "Me  ha  devorado  y  consumido  el  rey  de  Babel, 

Me  ha  dejado  como  un  vaso  vacío; 
Me  ha  tragado  como  un  dragón. 
Se  llenó  el  vientre  con  mis  mejores  trozos. 
35  Que  mi  carne  desgarrada  sea  sobre  Babel, 
Dirá  el  pueblo  de  Sión; 

Y  mi  sangre,  sobre  los  habitantes  de  Caldea, 
Dirá  Jerusalén". 

Por  haber  sido  destruido  y  arruinado  el  pueblo  de  Judá  por  los  cal- 
deos, es  que  se  enciende  la  cólera  de  Yahvé,  aunque  aquéllos  no  hicie- 
ron sino  cumplir  el  mandato  de  este  dios.  Pero  como  todas  las  guerras 
antiguas  eran  a  la  vez  guerras  entre  dioses,  el  autor  anuncia  reiterada- 
mente que  esta  es  "la  venganza  de  Yahvé,  la  venganza  de  su  Templo 
destruido"  (50,  28).  Esto  último  era  lo  más  sensible  para  el  corazón 
de  los  piadosos  yahvistas: 

51,  51  Avergonzados  estamos,  hemos  sabido  el  ultraje;. 
La  confusión  cubre  nuestro  rostro. 
Porque  entraron  extranjeros 
En  los  lugares  santos  de  la  casa  de  Yahvé. 


270 


EL  AUTOR  DE  ESTAS  PROFECIAS 


52  Por  lo  tanto,  he  aquí  que  vienen  días. 
Dice  Yahvé, 

En  que  haré  justicia  de  sus  ídolos, 

Y  en  todo  el  país  gemirán  los  que  se  maten. 

La  destrucción  de  Babilonia  y  la  humillación  de  sus  dioses,  satisfará, 
pues,  la  venganza  de  Yahvé,  aunque  éste  no  podía  reprochar  a  los  cal- 
deos nada  que  hubieran  hecho  fuera  de  lo  que  él  les  había  mandado. 
Y  así  como  antes  se  valió  Yahvé,  primero  de  los  asirios  y  después  de 
los  babilonios  para  castigar  a  Israel,  ahora  se  vale  de  los  medos  para 
castigar  al  pueblo  de  Nabucodonosor. 

51,  11"  ¡Afilad  las  flechas,  limpiad  los  escudos!  (Texto  incierto) 
Yahvé  ha  excitado  el  espíritu  del  rey  de  Media, 
Porque  tiene  un  propósito  contra  Babilonia:  destruirla. 
Es  en  efecto  la  venganza  de  Yahvé  que  se  cumple. 
La  venganza  que  él  asegura  a  su  Templo  (cf.  50,  28;  50,  15) . 
28  Convocad  las  naciones  a  santificarse  para  combatirla, 
El  rey  de  Media,  sus  gobernadores,  sus  jefes, 

Y  toda  la  comarca  sometida  a  su  dominio. 

3467.  ^,  Quién  fue  el  autor  de  estas  profecías,  y  cuándo  fueron 
ellas  pronunciadas?  Responde  el  libro  sagrado  poniendo  al  frente  de 
ellas  el  siguiente  epígrafe:  "El  oráculo  que  pronunció  Yahvé  contra 
Babilonia  y  contra  el  país  de  los  caldeos,  por  conducto  del  profeta  Je- 
remías" (50,  i).  Tenemos,  pues,  aquí,  una  profecía  de  Jeremías  divi- 
namente inspirada  por  Yahvé.  Cuándo  la  compuso  el  profeta?  Se  nos 
dice  al  final  del  cap.  51,  en  un  breve  relato  en  prosa,  probablemente 
de  Baruc,  que  el  4°  año  del  reinado  de  Sedecías  (o  sea,  en  .594)  ese 
rey  hizo  un  viaje  a  la  capital  caldea  (según  el  T.  M. ;  §  3561).  Lo 
acompañó  su  chambelán  Seraya,  hermano  de  Baruc  (32,  12),  y  agrega 
el  citado  relato:  "60  Jeremías  consic^nó  en  un  manuscrito  todas  las  des- 
gracias que  debían  ocurrir  a  Babilonia,  todas  las  predicciones  arriba 
escritas  sobre  Babilonia.  61  Y  dijo  Jeremías  a  Seraya:  Cuando  llegues 
a  Babilonia,  cuida  de  leer  en  alta  voz  todas  estas  palabras,  62  y  lueso 
dirás:  "Oh  Yahvé,  tú  mismo  has  dicho  que  este  lugar  será  destruido, 
de  modo  que  nadie  lo  habitará  más,  ni  hombre  ni  bestia,  sino  que  será 
un  perpetuo  desierto".  63  Y  cuando  acabes  de  leer  este  manuscrito  le 
atarás  una  piedra  y  lo  arrojarás  al  fondo  del  Eufrates,  64  diciendo: 
"¡Así  se  hundirá  Babilonia  y  no  volverá  a  levantarse  a  causa  de  las 
calamidades  que  haré  caer  sobre  ella!"  Según  lo  expuesto.  Jeremías 
habría  escrito  su  citada  profecía  contra  Babilonia,  más  de  medio  siglo 
antes  que  esta  ciudad  cayera  en  poder  de  Ciro.  Tales  son  las  respuestas 
categóricas  que  a  las  preguntas  arriba  formuladas,  nos  dan  las  Sagra- 


ESTE  ORACULO  NO  ES  DE  JEREMIAS 


271 


das  Escrituras.  Pero  la  impía  crítica  racionalista  llega  a  conclusiones 
totalmente  distintas,  que  dejan  mal  parada  la  inspiración  bíblica. 

3468.  En  efecto,  el  referido  oráculo  ni  es  obra  de  Jeremías,  ni 
fue  escrito  con  la  anterioridad  que  se  pretende,  como  plenamente  lo 
prueban  las  siguientes  razones: 

1°  En  el  4*?  año  de  Sedecías,  le  quedaban  aún  siete  años  de  vida 
a  la  vieja  ciudad  de  Jerusalén,  pues  Nabucodonosor  la  destruyó  el 
11"?  año  del  gobierno  de  aquel  rey  (52,  5).  Pero  para  el  autor  de  nues- 
tro oráculo  esa  catástrofe  ya  pertenecía  a  un  lejano  pasado.  Léanse,  en 
comprobación  los  vs.  arriba  transcritos  de  50,  Í7  y  51,  34,  35,  que  no 
dejan  lugar  a  duda  alguna  al  respecto.  En  estos  últimos,  Jerusalén  cla- 
ma venganza  por  su  sangre  que  derramaron  los  caldeos.  Israel  y  Judá, 
las  dos  ramas  de  la  nación  hebrea  estaban  entonces  en  el  destierro: 

50,  33  Así  dice  Yahvé  de  los  Ejércitos: 

"Están  oprimidos  los  hijos  de  Israel 
Juntamente  con  los  hijos  de  Judá; 
Los  que  los  cautivaron  los  retienen 

Y  rehusan  dejarlos  ir". 

Y  Yahvé  les  promete  volverlos  a  su  antigua  patria,  después  de  castigar 
a  Babilonia: 

19  "Haré  que  vuelva  Israel  a  sus  pasturas, 

Y  pacerá  en  el  Carmelo  y  en  el  Basán, 
Sobre  los  montes  de  Ejraim  y  de  Galaad 
Podrá  hartarse". 

Nota  Reuss  que  el  vocablo  Israel  comprende  aquí  las  dos  partes  de  la 
nación,  tanto  las  tribus  deportadas  por  los  asirlos,  como  Judá  depor- 
tada por  los  caldeos;  y  los  nombres  geográficos  representan  toda  la 
Palestina,  antes  ocupada  por  la  nación  entera. 

3469.  2°  Tenemos  discursos  y  hasta  una  carta  de  Jeremías,  de 
esos  primeros  años  del  reinado  de  Sedecías  (27,  29,  ver  28,  1)  en  los 
que  el  profeta  expresa  de  manera  terminante  que  la  dominación  babi- 
lónica subsistirá  aún  por  largo  tiempo,  y  que  por  lo  tanto  no  se  for- 
jen ilusiones  los  deportados  sobre  su  próximo  regreso  a  la  perdida  pa- 
tria, por  lo  que  les  aconseja  que  edifiquen  casas,  planten  huertos,  se 
casen  y  tengan  numerosa  prole  donde  se  encuentran,  y  "procuren  la 
paz  de  Babilonia,  (según  el  T.  M.)  o  el  bien  del  país  (según  la  V.  A.), 
porque  de  su  prosperidad  {o  de  su  paz)  depende  la  vuestra"  (§  3563; 
29,  4-7).  Quien  escribía  en  esta  forma  aconsejando  la  sumisión  a  los 
caldeos,  no  podía  a  la  vez  haber  escrito  el  vengativo  oráculo  en  cues- 
tión, anunciando  la  próxima  y  total  ruina  de  Babilonia.  Lejos  de  pre- 
ver entonces,  como  observa  Reuss,  el  glorioso  advenimiento  de  Persia, 


272 


MAGIA  CONTRA  BABILONIA 


por  el  contrario,  predice  la  ruina  de  ese  país,  el  Elam  (49,  34-39.  Véa- 
se en  Is.  21,  2  como  el  nombre  de  Elam  se  aplica  a  Persia) .  Condamín 
para  aminorar  la  fuerza  de  los  argumentos  contra  la  autenticidad  de 
los  caps.  50  y  51  que  se  desprenden  del  relato  final  de  este  último,  ale- 
ga que  60''  ha  sido  una  interpolación.  "Críticos  prudentes,  dice,  como 
Driver  y  Peake,  (él  llama  prudentes  a  los  críticos  protestantes  ortodo- 
xos) consideran  a  60''  como  agregado  para  identificar  la  presente  pro- 
fecía con  50,  2-51,  58".  Pero  aunque  fuera  una  glosa  60'',  es  decir,  esta 
frase:  "todas  las  predicciones  arriba  escritas  sobre  Babilonia",  queda- 
ría 60",  que  dice  "Jeremías  consignó  en  un  manuscrito  todas  las  des- 
gracias que  debían  ocurrir  a  Babilonia".  Luego  si  aquél  escribió  todo  lo 
que  había  predicho  contra  la  capital  caldea,  debió,  en  consecuencia,  ha- 
ber escrito  también  el  oráculo  de  50  y  51.  Condamín  pretende  hacer 
valer  que  Jeremías  vivió  después  del  destierro  y  pudo,  por  lo  tanto  haber 
escrito  esos  capítulos;  pero  olvida  lo  que  él  mismo  dice  que  "Jeremías 
muy  probablemente  murió  pocos  años  después  que  fue  llevado  al  Egip- 
to", y  que  aquí  se  predice  como  inminente  la  caída  de  Babilonia,  que  se 
habla  de  la  deportación  como  de  un  suceso  ocurrido  mucho  tiempo 
atrás,  y  sobre  todo  que  se  fija  una  fecha,  el  4°  año  de  Sedecías,  en  la 
cual  ya  estaba  escrita  la  profecía  en  cuestión.  Es  inadmisible  que  el 
mismo  escritor  que  combatía  tesoneramente  las  esperanzas  ilusorias  de 
los  desterrados  sobre  los  destinos  de  Babilonia,  colocándose  ahora  al 
nivel  de  los  llamados  falsos  profetas,  alentara  esas  perspectivas  opti- 
mistas de  patriotas,  anunciándoles  la  próxima  realización  de  las  mismas. 

3470.  39  Es  absurdo  sostener  que  Jeremías,  al  mismo  tiempo  que 
proclamaba  a  Nabucodonosor  "servidor  de  Yahvé",  instrumento  de  la 
cólera  de  este  dios,  y  que  aconsejaba  a  los  deportados  la  sumisión  a 
Babilonia,  predijera  la  próxima  e  inminente  ruina  de  esta  ciudad  como 
una  venganza  de  Yahvé  por  lo  que  había  hecho  Nabucodonosor  con 
Jerusalén  y  Judá,  como  que  hiciera  ejecutar  por  Seraya  el  acto  mágico 
sin  testigos,  que  se  narra  en  Jer.  51,  59-64,  tendiente  a  provocar  la 
total  destrucción  de  la  capital  de  Caldea.  Lods,  sin  embargo,  que  con- 
sidera auténtico  el  trozo  final  de  Jer.  51,  59-64",  con  excepción  de  60'', 
cree  que  lo  que  Jeremías  había  escrito  y  entregó  a  Seraya  para  que  lo 
leyera  en  Babilonia,  y  luego  arrojara  el  manuscrito  al  fondo  del  Eufra- 
tes, era  una  especie  de  ultimátum  a  Yahvé  para  que  ejecutara  su  pro- 
mesa de  castigar  al  opresor.  Ese  escrito  sería  distinto  del  gran  oráculo 
de  los  caps.  50  y  51,  como  se  pretende  en  51,  60''.  Combate  aquel  autor 
la  aseveración  de  que  dichos  capítulos  fueran  el  referido  documento 
entregado  a  Seraya,  diciendo:  "En  ellos  se  encuentran  diversos  ele- 
mentos pertenecientes  a  discursos  auténticos  de  Jeremías  empleados  en 
sentido  diferente,  así,  p.  ej.,  el  término  "pasturaje  de  justicia",  se  apli- 
ca aquí  no  a  Jerusalén  (31,  23)  sino  a  Yahvé  (50,  7).  Presentan  ade- 
más semejanzas  con  la  literatura  del  destierro,  como  la  de  Ezequiel  e 


FECHA  DEL  ORACULO 


273 


Isaías  13,  14  y  34.  La  ausencia  total  de  composición  que  se  comprueba 
en  este  trozo  desmesurado,  no  tiene  paralelo  con  ninguno  de  los  orácu- 
los auténticos  de  Jeremías.  Añádase  que  Yahvé  aparece  en  este  oráculo 
principalmente  con  los  rasgos  de  un  dios  nacional  que  se  venga  de  los 
enemigos  de  su  pueblo,  lo  que  no  es  el  espíritu  de  Jeremías,  y  tam- 
poco fue  así  que  Isaías  había  hablado  de  Asur.  Se  tiene,  pues,  el  de- 
recho de  creer  que  estamos  ante  la  constitución  artificial  y  tardía  del 
oráculo  contra  Babel  que  Seraya  recibió  orden  de  echar  en  el  Eufrates" 
{Hist.  Lilt.  Heb.  ps.  418-419). 

3471.  49  Corroborando  lo  expuesto  precedentemente  por  Lods, 
— aunque  mucho  antes  que  él — ,  algunos  críticos  han  observado  que 
existen  en  esta  profecía  contra  Babilonia,  ciertas  expresiones  peculiares 
que  no  se  encuentran  en  ninguno  de  los  anteriores  capítulos  del  libro 
de  Jeremías,  tales  como:  "el  Santo  de  Israel"  para  designar  a  Yahvé, 
(50,  29)  usada  frecuentemente  en  Isaías;  y  "excitar  el  espíritu"  (51, 
11)  y  "excitar"  (50,  9;  51,  1)  empleadas  por  los  escritores  de  época 
mucho  más  reciente.  Nota  igualmente  Condamín  que  las  palabras  que 
se  traducen  por  "gobernadores  o  gobernadores  y  oficiales",  o  "gober- 
nadores e  intendentes",  o  "gobernadores  y  magistrados"  (51,  23,  28, 
57)  son  también  palabras  extranjeras,  que  no  se  encuentran  nunca  en 
los  escritos  de  Jeremías;  pero  se  hallan  en  Ezequiel  (23,  6,  12,  23,  etc.). 

3472.  59  El  autor  de  la  composición  que  analizamos,  la  escribió 
cuando  era  ya  inminente  la  caída  de  Babilonia,  poco  tiempo  antes  de  este 
suceso,  cuando  Jeremías  debería  hacer  unos  40  años  que  era  muerto.  En 
efecto,  él  nos  dice: 

La  hija  de  Babilonia  es  semejante  a  la  era  > 
En  el  tiempo  en  que  en  ella  se  pisotea  el  grano. 
Pronto  llegará  para  ella 
El  tiempo  de  la  siega. 

Primero  se  compara  aquí  a  Babilonia  con  la  era  cuando  se  la  prepa- 
raba para  la  trilla;  luego,  con  la  espiga  próxima  a  ser  cosechada,  con 
lo  que  se  quiere  significar  que  cercano  está  el  día  de  la  cólera  de 
Yahvé,  en  que  este  dios  se  vengará  de  aquel  pueblo  que  destruyó  su 
Templo  (50,  28;  51,  11,  51).  Yahvé  convoca  para  aquella  guerra  san- 
ta a  las  naciones  del  Norte  al  mando  de  los  medos.  No  se  nombra  a 
Ciro,  el  fundador  del  imperio  medo-persa,  como  lo  hace  el  2^  Isaías 
(Is.  45,  1)  ;  pero  por  dos  veces  se  menciona  al  rey  de  Media  (51,  11, 
28).  El  enemigo  ya  se  aproxima  y  el  poeta  invita  a  los  israelitas  que 
huyan  de  la  ciudad  y  del  país  para  salvar  su  vida  (50,  28;  51,  6-45). 

50,  8  Huid  de  en  medio  de  Babilonia, 
Salid  del  país  de  los  caldeos. 

Sed  como  los  machos  cabríos  a  la  cabeza  del  rebaño. 


274 


ESTROFAS  DE  DISTINTA  FECHA 


3473.  Otras  estrofas  (que  parecen  de  distinto  autor)  fueron  es- 
critas en  el  momento  mismo  de  la  caída  de  Babilonia. 

51,  30  Han  cesado  de  combatir  los  guerreros  de  Babel, 
Permanecen  en  sus  fortalezas; 
Ha  concluido  su  fuerza. 
Han  venido  a  ser  como  mujeres. 

31  Un  correo  corre  al  encuentro  de  otro  correo. 
Un  mensajero  al  encuentro  de  otro  mensajero. 
Para  anunciar  al  rey  de  Babilonia 

Que  su  ciudad  ha  sido  totalmente  tomada. 
30''  En  Babilonia  están  incendiadas  las  casas. 
Quebrados  están  los  cerrojos. 

32  Están  tomados  los  pasos. 

Arden  las  fortalezas,  (texto  incierto) 
El  pánico  se  ha  apoderado  de  los  soldados. 
41  ¡Cómo  ha  sido  tomada  Chechak  (Sesac)  (1) 
Conquistada  la  gloria  de  toda  la  Tierra! 

3474.  Estas  estrofas,  que  dan  los  hechos  por  ya  ocurridos,  nos 
hacen  presumir  verosimilmente,  que  fueron  compuestas  en  el  momento 
mismo  en  que  entraban  los  enemigos  en  Babilonia.  De  modo  que  si  no 
hay  aquí  interpolaciones,  como  creen  algunos,  habría  que  admitir  que 
el  poeta  comenzó  a  escribir  esta  obra  cuando  se  anunció  la  próxima 
invasión  de  los  enemigos  del  Norte,  por  lo  que  aconsejaba  la  huida  a 
sus  compatriotas,  y  después,  al  ser  tomada  Babilonia,  le  agregó  las  es- 
trofas en  que  describe  los  sucesos  consumados.  Esta  agregación  debe 
haberse  producido  concomitantemente  con  la  entrada  de  los  medo- 
persas  en  la  ciudad,  en  el  momento  en  que  la  soldadesca  se  entregaba 
al  incendio  y  al  pillaje,  por  lo  que  creyó  el  poeta  que  Babilonia  sería 
destruida  más  aún  de  lo  que  había  sido  Jerusalén,  pues  hemos  visto 
que  predice  a  aquélla  que  será  totalmente  convertida  en  un  montón  de 
piedras,  que  nadie  habitará  jamás.  Ahora  bien,  la  conducta  posterior 
de  Ciro,  reprimiendo  los  saqueos  y  la  obra  destructora  de  sus  soldados. 


(1)  Sobre  la  formación  del  nombre  criptográfico  Chechak,  véase  el  final 
del  §  3430.  El  mismo  procedimiento  se  siguió  para  formar  Leb-Kamai  (corazón 
de  mis  adversarios)  en  51,  1,  en  vez  de  decir  simplemente  Kasdim  {Caldea  o  "los 
caldeos"),  como  en  50,  10.  Con  razón  dice  Reuss:  "Constituye  esto  un  entreteni- 
miento bastante  raro,  y  cuesta  comprender  cómo  han  podido  preocupar  al  pro- 
feta tales  artificios  de  lenguaje,  en  el  momento  de  una  emoción  como  la  que  le 
dictó  el  presente  trozo.  ¿O  será  más  bien  que  se  haya  divertido  en  este  juego 
una  mano  más  reciente,  como  así  lo  practicaban  a  veces  los  rabinos?".  Esto  úl- 
timo, es  decir,  que  el  citado  oráculo  no  pertenece  a  Jeremías,  es  hoy  la  conclu- 
sión de  la  crítica  bíblica  independiente. 


LOS  CAPS.  50  Y  51  NO  SON  DE  JEREMIAS 


275 


y  respetando  a  los  habitantes  de  esa  capital,  lo  mismo  que  a  sus  dio- 
ses, vino  a  dar  el  más  rotundo  desmentido  a  aquellos  vaticinios  inspi- 
rados en  el  odio  de  un  exacerbado  nacionalismo.  Tales  vaticinios  eran 
simples  lugares  comunes,  frases  ya  gastadas  por  lo  repetidas,  en  los 
oráculos  de  los  profetas  de  desgracias.  En  la  inseguridad  de  la  vida  de 
entonces  en  el  Oriente,  donde  las  guerras  eran  de  exterminio  y  des- 
trucción, y  donde  no  sólo  los  pequeños  Estados  eran  absorbidos  por 
los  grandes  imperios,  sino  que  éstos  a  su  vez,  pronto  desaparecían 
víctimas  de  su  molicie  o  de  "ataques  de  enemigos  superiores,  no  es  ex- 
traño que  más  de  una  vez  se  vieran  confirmadas  las  predicciones  pe- 
simistas de  los  videntes.  En  cuanto  a  Babilonia,  ciudad  que  dos  siglos 
después  de  Ciro,  pensó  Alejandro  el  Grande  en  hacer  de  ella  la  capi- 
tal de  su  vasto  imperio,  tuvo  la  suerte  de  muchas  otras  grandes  ciuda- 
des orientales  que  habían  originado  odios  irreconciliables  por  la  mala 
política  de  sus  gobernantes.  Babilonia,  en  realidad,  perdió  gran  parte  de 
su  importancia  cuando  Seleuco  Nicator  la  tomó  en  el  año  312,  y  fundó 
luego  no  lejos  de  allí  la  nueva  capital  de  Seleucia,  sobre  el  Tigris.  To- 
davía, al  comienzo  de  nuestra  era,  albergaba  en  su  seno  una  colonia 
judía  muy  numerosa  (I  Ped.  5,  13)  ;  hasta  que  siglos  más  tarde  las 
guerras  e  invasiones  consumaron  su  total  ruina.  Babilonia,  pues,  desapa- 
reció como  Troya  y  como  tantas  otras  ciudades  ignoradas  por  Yahvé, 
y  como  probablemente  desaparecerá  más  de  una  grande  ciudad  europea 
actual,  dados  los  odios  ancestrales  que  se  profesan  mutuamente  muchos 
de  los  pueblos  del  antiguo  continente,  y  teniendo  en  cuenta  los  pro- 
gresos que  constantemente  realiza  el  hombre  en  el  arte  de  matar,  sobre 
todo  en  las  ramas  de  la  guerra  química,  bacteriológica  y  atómica. 

3475.  En  resumen,  pues,  de  lo  expuesto  resulta  claramente  que 
los  caps.  50  y  51  del  libro  de  Jeremías,  no  son  de  este  profeta,  como 
a  regañadientes  se  ve  obligado  a  confesarlo  Condamin,  quien  declara 
que  "no  hay  ninguna  dificultad,  ninguna  contradicción  (?)  en  que 
otro  profeta  inspirado,  desde  un  punto  de  vista  diferente  y  con  otras 
luces,  haya  proferido  estas  amenazas  proféticas,  antes  de  los  sucesos, 
porque  verdaderamente  es  una  predicción"  (p.  356).  Pero  ese  autor 
parece  olvidar  que  en  el  epígrafe  de  este  oráculo,  se  dice  con  todas 
las  letras  que  encierra  la  "palabra  que  Yahvé  pronunció  sobre  Babilo- 
nia Y  sobre  el  país  de  los  caldeos,  por  medio  del  profeta  Jeremías",  de 
modo  que  hay  realmente  dificultad  y  contradicción  si  ahora  se  lle- 
ga a  la  conclusión  que  el  autor  del  oráculo  es  "otro  profeta  inspirado" 
y  no  Jeremías.  No  es  posible  tapar  el  cielo  con  un  harnero:  mal  que 
le  pese  a  la  ortodoxia  tenemos  aquí  un  caso  indiscutible  de  una  compo- 
sición seudo-epigráfica,  es  decir,  falsamente  atribuida  a  un  autor  de 
renombre,  para  que  tuviera  más  fácil  aceptación  entre  sus  lectores.  No 
se  trata,  como  en  otros  casos,  de  simples  agregados  a  la  obra  de  un 
profeta,  los  que  suele  explicar  la  ortodoxia  por  la  equivocación  o  la 


276 


PROFECIA  INAUTENTICA 


inhabilidad  de  un  coleccionador  de  los  manuscritos  sagrados,  o  del 
último  redactor  de  tal  obra,  o  por  falta  de  atención  de  un  copista  des- 
cuidado; no,  aquí  estamos  en  presencia  de  un  indiscutible  fraude  lite- 
rario, como  cuando  se  atribuye  a  Moisés  el  Deuteronomio,  o  a  los  doce 
hijos  de  Jacob,  "Los  testamentos  de  los  doce  Patriarcas",  obra  del 
judaismo  del  siglo  II  a.  n.  e.  El  epígrafe  del  oráculo  y  la  postdata  del 
final  no  dejan  lugar  a  duda  alguna,  al  respecto.  El  autor  para  dar  más 
colorido  de  verdad  a  su  fraude,  se  esforzó  en  imitar  el  estilo  de  Jere- 
mías, y  aun  más  le  copió  párrafos  de  sus  profecías;  pero  no  sólo  dejó 
escapar  ciertas  expresiones  que  éste  nunca  usó,  sino  que  hizo  una  obra 
en  abierta  oposición  con  el  espíritu  y  con  las  ideas  de  ese  profeta  y 
contra  otros  vaticinios  del  mismo.  Corroborando  todo  lo  expuesto  so- 
bre los  aludidos  capítulos  50  y  51,  transcribimos  a  continuación  el  jui- 
cio que  tocante  a  su  autenticidad  formula  el  circunspecto  crítico  cris- 
tiano, profesor  Lucien  Gautier:  "Esta  profecía,  dice,  generalmente  se 
la  considera  inauténtica.  Refleja  las  experiencias,  los  sentimientos  y 
las  aspiraciones  de  un  judío  que  vivía  en  el  destierro,  mucho  después 
de  la  destrucción  de  Jerusalén,  de  la  deportación  de  sus  habitantes  y 
de  la  ruina  del  Templo.  Mientras  que  Jeremías  vió  delante  de  sí  la 
larga  duración  de  la  supremacía  babilónica  y  predicó  a  sus  contempo- 
ráneos la  sumisión  y  la  paciencia,  el  profeta  de  50-51  se  nos  presenta 
en  actitud  diferente.  Para  él,  es  inminente  la  caída  de  Babilonia;  en 
cambio  Israel  está  al  término  de  sus  desgracias  y  nuevamente  va  a  po- 
der entrar  en  posesión  de  sus  bienes.  Para  Jeremías  el  culpable  es  el 
pueblo  de  Yahvé,  y  debe  soportarse  el  yugo  de  Babilonia,  como  dis- 
puesto por  Dios.  En  50-51,  por  el  contrario,  son  perdonadas  las  faltas 
de  Israel  y  de  Judá,  y  es  Babilonia  la  que  ha  acumulado  sobre  su  pro- 
pia cabeza  un  montón  de  iniquidades.  Por  otra  parte  se  siente  en  el 
autor  de  esta  profecía,  con  respecto  a  Babilonia,  una  amargura  y  ani- 
mosidad que  contrastan  singularmente  con  la  conducta  y  los  senti- 
mientos de  Jeremías  tales  como  los  conocemos  por  sus  palabras  y  por 
sus  actos;  debiendo  recordarse  al  efecto  la  línea  de  conducta  que  si- 
guió ante  las  inclinaciones  a  la  sublevación  contra  Nabucodonosor 
(Nebucadnetsar)  manifestadas  por  Jehojaquim  y  Sedecías,  sus  predi- 
caciones durante  el  sitio  de  Jerusalén,  su  carta  a  los  deportados  y  su 
conflicto  con  Ananías;  sobre  todo  no  hay  que  perder  de  vista  la  acti- 
tud que  tomó  después  de  la  ruina  de  Jerusalén  y  aún  después  del  ase- 
sinato de  Guedalias.  En  nuestra  opinión,  se  debe  afirmar  que  la  pro- 
fecía de  los  cap.  50-51  no  entra  en  el  cuadro  del  ministerio  de  Jere- 
mías" (I,  ps.  409410). 

OTRAS  PROFECIAS  DE  LA  MISMA  EPOCA  CONTRA  BABILONIA.  — 
3476.  La  noticia  de  los  resonantes  triunfos  de  Ciro  había  conmovido 
a  los  israelitas  desterrados,  y  les  había  hecho  comprender  que  Babilo- 


PROFECIAS  CONTRA  BABILONIA 


277 


nia  no  podría  resistir  a  aquel  hábil  general,  y  que,  por  lo  tanto,  se  apro- 
ximaba el  momento  tan  suspirado  por  muchos  de  ellos  para  retornar 
felices  a  su  patria.  Ese  estado  de  ánimo  provoca  la  inspiración  poética 
de  algunos  de  aquellos  piadosos  yahvistas,  quienes  escriben  profecías 
anunciando  la  ruina  y  destrucción  de  Babilonia,  y  alentando  las  espe- 
ranzas de  restauración  que  alimentaban  sus  compatriotas.  Acabamos 
de  ver  que  los  caps.  50  y  51  de  Jeremías  son  la  obra  de  uno  o  varios 
de  esos  inspirados  poetas;  y  recuérdese  que  ya  hemos  estudiado  en  el 
libro  de  Isaías  otras  dos  producciones  por  el  estilo,  también  de  auto- 
res anónimos,  que  tratan  del  mismo  tema,  la  caída  de  Babilonia,  y  que 
se  encuentran  agregadas  a  dicho  libro,  formando  la  primera  de  ellas 
los  cap.  13  y  14  hasta  el  vs.  23,  y  la  segunda,  los  10  primeros  vs.  del 
cap.  21.  (§  2984-3000). 


CAPITULO  XIII 


Oráculos  de  Jeremías  en  el  reinado 
de  Josías 


PRIMEROS  POEMAS  DE  JEREMIAS.  —  3477.  En  su  larga  y  acci- 
dentada vida  pública  de  casi  medio  siglo,  Jeremías  desarrolló  una  in- 
cesante actividad  tanto  en  el  terreno  religioso  como  político.  Podemos 
dividir  sus  profecías,  a  fin  de  situarlas  en  su  verdadero  medio  histó- 
rico, en  los  siguientes  grupos:  1*?  las  del  tiempo  de  Josías;  2°  las  del 
reinado  de  Joaquim;  3"  las  del  corto  período  de  Jeconías;  4"  las  del 
reinado  de  Sedecías;  y  5°  las  posteriores  a  la  caída  de  Jerusalén  en  el 
ocaso  de  la  vida  del  profeta.  Las  primeras  profecías  de  Jeremías  se 
encuentran  en  los  caps.  2-6  de  su  obra;  pero  según  el  cap.  36,  ellas, 
junto  con  otras  posteriores,  fueron  puestas  por  escrito  sólo  23  años 
más  tarde,  por  lo  que  no  es  de  extrañar  que  encierren  alusiones  a  su- 
cesos más  recientes,  como  la  reforma  de  Jocías  y  sus  consecuencias.  (1) 
En  ese  primer  período  de  su  vida.  Jeremías  se  consagra  a  combatir  la 
idolatría,  o  sea,  el  culto  de  Baal  y  de  las  divinidades  astrales,  tan  en 
boga  en  los  reinados  de  Manases  y  Amón,  sufriendo  especialmente  la 
influencia  del  profeta  Oseas.  Así  en  su  poema  sobre  la  apostasía,  la 
aflicción  y  el  arrepentimiento  de  su  pueblo,  considera  que  Israel  cuando 
salió  de  Egipto  (y  no  en  el  período  patriarcal)  era  la  novia  de  Yahvé, 
con  la  cual  este  dios  se  casó  en  el  Sinaí,  al  celebrar  su  alianza  con 
aquél.  Fue  entonces  la  época  de  la  luna  de  miel  de  dicho  matrimonio 
místico. 


(1)  Entiende  Loisy  (La  Reí.  d'Isr.  p.  176-177)  que  "Jeremías  parece  no 
haber  cooperado  en  la  reforma  de  Josías;  pero  que  quizá  contribuyó  a  crear  la 
atmósfera  que  hizo  posible  esa  reforma,  aunque  no  la  provocó,  ni  dictó...  Se  está 
obligado  a  constatar  que  los  oráculos  contemporáneos  de  Josías  no  contienen  una 
palabra  de  elogio  o  de  aliento  para  el  rey.  Jeremías  no  alaba  a  Josías  sino  des- 
pués de  la  muerte  de  éste  y  para  avergonzar  a  Joaquim  por  el  contraste"  (Jer. 
22,  15-16). 


LA  LUNA  DE  MIEL  DE  YAHVE 


279 


2.  2  Así  dice  Yahvé: 

Acuerdóme  de  la  ternura  de  tu  juventud. 
Del  amor  que  me  tenías  cuando  tus  desposorios. 
En  la  época  en  que  me  seguías  en  el  desierto, 
En  una  tierra  que  no  se  sembraba. 
3  Israel  era  entonces  la  propiedad  sagrada  de  Yahvé, 
Las  primicias  de  su  cosecha: 

Los  que  tentaban  devorarla  eran  tratados  como  culpables; 
Incurrían  en  desgracia,  dice  Yahvé. 

3478.  Esta  idea  de  que  el  pueblo  israelita  había  sido  completa- 
mente fiel  a  su  dios  Yahvé,  cuando  lo  conoció  en  el  desierto,  a  su  sali- 
da de  Egipto,  era  también  la  de  Amos  (5,  25)  y  Oseas  (2,  15).  Nota 
L.  B.  d.  C.  que  ciertos  historiógrafos  extendían  ese  período  de  fideli- 
dad a  la  época  de  Josué  (Jos.  23,  8-10;  Jue.  2,  7, 10, 11) .  Así,  pues,  para 
todo  un  grupo  de  celosos  adoradores  de  Yahvé,  el  culto  de  este  dios 
se  había  pervertido  al  abandonar  el  pueblo  las  sencillas  costumbres  de 
los  nómades,  al  pasar  a  la  vida  sedentaria  y  disfrutar  de  una  civiliza- 
ción más  refinada.  En  cambio,  para  otros  escritores  sagrados,  — inclu- 
yéndose a  veces  hasta  el  mismo  Jeremías  (3,  24-25) —  tales  como  Eze- 
quiel  y  los  narradores  del  Pentateuco,  Israel  se  habría  mostrado  rebelde 
e  idólatra  desde  el  tiempo  de  Moisés.  Según  el  v.  3,  Israel  en  el  desierto 
había  sido  la  propiedad  sagrada  de  Yahvé,  algo  intangible  como  las 
primicias  y  demás  cosas  consagradas  a  la  divinidad,  de  las  cuales  na- 
die podía  apoderarse  sin  incurrir  en  gravísimos  castigos. 

3479.  Pero  la  citada  luna  de  miel  no  duró  mucho;  como  en  gran 
parte  de  los  matrimonios  humanos,  pronto  surgió  el  desacuerdo  entre 
los  esposos,  y  Yahvé  se  queja  de  ello. 

2,  13  Mi  pueblo  ha  cometido  una  doble  falta: 
Me  ha  abandonado 
A  mí,  la  fuente  de  aguas  vivas. 
Para  cavarse  cisternas,  rajadas, 
Que  no  retienen  el  agua. 

O  sea,  no  se  han  contentado  con  abandonarme,  parece  decir  Yahvé, 
que  les  doy  la  vida,  sino  que  además  se  han  dirigido  a  otros  dioses, 
que  nada  pueden  proporcionarles.  Como  se  ve.  Jeremías,  lo  mismo  que 
otros  profetas,  no  niega  expresamente  toda  existencia  y  poder  a  los 
dioses  extranjeros,  sino  que  sostiene  que  el  poder  de  éstos  o  la  ayuda 
que  ellos  puedan  proporcionar  a  sus  adoradores  es  inmensamente  me- 
nor que  la  del  dios  nacional  Yahvé.  Hace  además  Jeremías  este  argu- 
mento que  lo  considera  contundente,  perentorio,  a  saber,  que  pasen  a 
Chipre,  a  todos  los  países  ribereños  del  Mediterráneo  (las  islas  de  los 


280 


CONTRA  ALIANZAS  EXTRANJERAS 


Kittim)  y  a  Kedar,  población  del  desierto  árabe,  que  venía  a  repre- 
sentar el  Extremo  Oriente,  y  que  vieran  que  ninguna  nación  extranjera 
había  cambiado  sus  dioses,  mientras  que  Israel  había  cambiado  el  suyo 
muy  superior  a  todos  los  demás  (2,  10-11).  Este  argumento  no  tiene 
la  fuerza  que  suponía  el  profeta,  pues  como,  con  razón  observa  L.  B. 
d.  C. :  "Ciertamente  no  faltan  casos  de  naciones  antiguas  que  adopta- 
ron divinidades  extranjeras,  y  así  p.  ej.,  los  babilonios  adoraban  dio- 
ses amorreos;  los  egipcios,  a  Anat  y  Baal  (Seth)  y  a  otras  divinidades 
asiáticas;  los  filisteos,  a  dioses  semíticos,  como  Dagón;  y  parecía  nor- 
mal especialmente  cuando  se  cambiaba  de  país,  de  rendir  el  culto  que 
les  era  debido  a  los  poseedores  divinos  de  la  tierra  en  que  uno  se  ins- 
talaba (p.  ej.  los  colonos  establecidos  en  Samaría  por  los  reyes  de  Asi- 
ría, II  Rey.  17,  25-34).  Pero  en  general  no  se  abandonaban  por  esto  a 
los  dioses  nacionales". 

3480.  Jeremías  reprocha  en  seguida  a  su  pueblo  que  para  resol- 
ver sus  dificultades  políticas  busquen  el  concurso  o  la  alianza  del 
Egipto  o  de  la  Asiría,  en  vez  de  confiar  en  Yahvé. 

2,  18  Y  ahora  ¿vas  a  ponerte  en  camino  hacia  Egipto 
Para  beber  las  aguas  del  Nilo? 
¿Y  vas  a  ponerte  en  camino  hacia  la  Asirla, 
Para  beber  las  aguas  del  Eufrates? 

Y  volviendo  a  la  alegoría  de  Oseas,  el  profeta  le  hace  decir  a  Yahvé: 

20  Desde  largo  tiempo  atrás  quebraste  tu  yugo. 
Rompiste  tus  lazos, 

Y  dijiste:  ¡No  serviré  más! 
Sobre  toda  colina  elevada, 

Y  debajo  de  todo  árbol  frondoso. 
Te  entregabas  a  la  prostitución. 

23  ¿Cómo  puedes  decir:  No  me  he  contaminado. 
No  he  andado  tras  los  Baales? 

¡He  aquí  tus  huellas  en  el  valle; 
Reconoce  lo  que  has  hecho! 

Camella  en  celo  que  marchas  en  todos  sentidos, 

24  Dispersando  sus  pasos  en  el  desierto, 
Aspira  el  aire  en  el  ardor  de  sus  apetitos, 
¿Quién  calmará  sus  instintos? 

Los  que  la  buscan  no  se  fatigan: 
En  su  mes  la  hallarán  sin  trabajo. 

3481.  El  Espíritu  Santo,  cuando  se  indigna,  pierde  la  línea  en 
materia  de  decencia  literaria.  No  sólo  siguiendo  con  la  alegoría  con- 


CAMELLA  EN  CELO 


281 


yup;al  de  la  unión  de  Yahvé  con  Israel,  le  reprocha  a  su  infiel  esposa 
el  haberse  prostituido  en  todas  las  colinas  y  bosquecillos  sagrados,  si- 
no que  la  compara  con  la  camella  arrastrada  por  el  impulso  irresistible 
del  instinto  sexual.  "Lá  tendencia  al  politeísmo,  escribe  Reuss,  está  aquí 
pintada  vivamente  bajo  la  imagen  de  los  apetitos  sexuales  del  animal.  Las 
expresiones  del  original  son  en  parte  de  una  crudeza  que  la  traducción 
ha  debido  mitigar".  Por  eso  dicho  autoj  traduce  el  fin  del  v.  23:  "Ca- 
mella ligera  y  vagabunda",  y  refiriéndose  al  último  renglón  del  v.  24, 
agrega:  "La  comparación  se  refiere  a  que  los  falsos  dioses  no  tienen 
necesidad  de  buscar  al  pueblo,  como  Yahvé  lo  ha  hecho  sin  éxito,  sino 
que  el  pueblo  se  ofrece  espontáneamente  a  aquéllos".  Para  defender 
esas  comparaciones  procaces,  se  alega  que  hay  que  juzgar  a  los  auto- 
res con  el  criterio  de  la  época  en  que  escribieron:  aceptado,  cuando  se 
trata  de  los  literatos  simplemente  humanos;  pero  inaceptable  esa  tesis 
cuando  se  aplica  a  quienes  se  conceptúa  como  escribiendo  bajo  la  di- 
recta inspiración  de  la  divinidad.  Yahvé,  al  revelar  sus  oráculos  a  los 
profetas,  debería  haber  sabido  que  estaba  preparando  una  obra  que 
iba  a  tener  gran  repercusión  en  los  siglos  venideros,  y  por  lo  tanto  de- 
bería haber  cuidado  que  sus  videntes  midieran  más  sus  palabras.  En 
este  mismo  discurso  contra  la  idolatría,  compuesto,  según  Condamin  de 
tres  poemas  (2,  1-25;  2,  26-3  5;  y  3,  ii-4,  4),  vuelve  Jeremías  a  insis- 
tir en  su  poca  feliz  imagen  de  la  prostitución  refiriéndose  al  culto  de 
los  ídolos,  y  dice: 

.  3,  1  Si  un  hombre  repudia  a  su  mujer. 
Si  ella  lo  abandona 

Y  llega  a  ser  la  esposa  de  otro, 
¿Podría  retornar  a  su  primer  marido? 
¿No  sería  una  grave  profanación 

be  este  país?  (Deut.  24,  1-4;  §  3319  y  ss.). 
Ahora,  tú  te  has  prostituido  con  numerosos  amantes 
¡Y  volverías  a  mí,  dice  Yahvé! 

2  Alza  tus  ojos  a  las  alturas  y  mira: 
¿Dónde  no  te  has  entregado? 

Te  sentabas,  esperando  a  tus  amantes  a  orilla  de  los 

{^caminos. 

Como  el  árabe  en  el  desierto. 

Y  has  profanado  esta  tierra 
Con  tu  impudicia  y  tu  vicio. 

3  La  lluvia  te  ha  sido  rehusada 

Y  no  hay  aguaceros  primaverales; 

Sin  embargo,  tienes  la  frente  de  una  ramera 
No  has  querido  sentir  la  vergüenza. 


282 


IMAGENES  PROCACES 


3482.  Por  el  relato  de  Gén.  38,  14-23  vemos  que  en  Israel  las  pros- 
titutas ejercían  su  vergonzoso  comercio  junto  a  los  caminos;  lo  mismo 
que  por  otros  textos  sabemos  que  la  impureza  solía  acompañar  al  culto 
cananeo.  Si  bien,  pues,  nada  habría  que  objetar  a  la  exactitud  del  cua- 
dro transcripto,  como  pintura  de  costumbres  antiguas,  (vs.  6-13),  en 
cambio  no  deja  de  ser  censurable  colocado  en  las  páginas  del  Código 
de  Moral,  que  pretende  ser  la  Biblia.  Anotando  el  citado  v.  2,  dice 
Reuss:  "Una  nota  al  margen  del  texto  hebreo,  reemplaza  por  un  eufe- 
mismo a  penas  traducible,  la  chocante  crudeza  de  la  expresión  primi- 
tiva y  auténtica",  de  la  que,  agregamos  nosotros,  puede  dar  una  idea, 
la  traducción  de  Pratt.  L.  B.  A.  comentando  el  mismo  v.  2,  escribe: 
"Las  imágenes  empleadas  en  este  versículo  son  de  una  crudeza  apenas 
traducible  en  nuestro  idioma.  Los  autores  sagrados  nunca  temieron  la 
palabra  apropiada,  porque  sabían  que  todas  las  cosas  son  puras  al  que 
es  puro,  y  que  muchas  veces  se  debe  chocar  el  oído  para  alcanzar  la 
conciencia".  Aquí  tenemos,  pues,  en  la  Biblia,  la  justificación  del  na- 
turalismo de  Emilio  Zola.  Ya  encontraremos  más  adelante  en  Ezequiel 
(cap.  23)  cuadros  de  más  crudo  realismo  aún,  que  los  transcritos. 

3483.  Parece  que  la  idolatría  estaba  tan  generalizada,  que  se  ex- 
tendía a  todas  las  capas  sociales  y  por  todos  los  ámbitos  del  país,  co- 
mo resulta  de  estas  estrofas: 

2,  26.  Como  se  avergüenza  un  ladrón  cuando  es  atrapado, 
Así  será  confundida  la  casa  de  Israel, 
Ellos,  sus  reyes  y  sus  magistrados. 
Sus  sacerdotes  y  sus  profetas. 

27  Ellos  dicen  al  leño:  "Tú  eres  mi  padre", 
Y  la  piedra:  "Tú  me  engendraste". 
Dan  vuelta  la  espalda  para  no  verme; 
Mas  cuando  llega  la  tribulación,  claman: 
"¡Levántate  y  sálvanos!" 

28  Pero  ¿dónde  están  los  dioses  que  te  has  hecho? 

¡Que  se  levanten  si  pueden  salvarle  cuando  estás  atribulado! 

Porque  tus  dioses,  oh  Judá, 

Tan  numerosos  son  como  tus  ciudades. 

Tan  numerosos  los  altares  de  Baal  (según  los  LXX;  11,  13) 

Como  las  calles  de  Jerusalén. 

Como  hoy,  en  las  naciones  católicas,  cada  población  tiene  de  patrono 
un  santo  distinto,  así  también  en  Asiría,  en  Caldea  y  en  Judá  (v.  28), 
cada  ciudad  tenía  su  patrono  celestial,  su  dios  o  baal,  al  que  adoraban 
y  en  quien  depositaban  su  confianza.  El  poeta  en  su  poema  mezcla  las 
invectivas  religiosas  con  las  políticas,  y  así  a  la  vez  que  censura  la  ido- 
latría de  sus  compatriotas,  les  reprocha  que  busquen  la  alianza  con 
Egipto, 


CASAMIENTO  CON  DOS  HERMANAS 


283 


2,  36  ¡Con  qué  ligereza 

Cambias  de  camino!  / 
Serás  engañada  por  Egipto 
Como  lo  has  sido  por  A  siria. 
37  De  allá  también  volverás 

Con  la  cabeza  oculta  entre  las  manos. 

Porque  Yahvé  ha  rechazado  aquéllos  en  quienes  esperas, 

Y  con  ellos,  nada  ganarás. 

3484.  En  el  preámbulo  en  prosa,  3,  6-10,  del  tercer  poema,  3, 
11  A,  4,  que  data  del  "tiempo  de  Josías"  (v.  6),  el  autor  compara  la 
conducta  infiel  de  Judá  con  la  del  antiguo  reino  de  las  Diez  Tribus,  de 
modo  que  tiene  aquí  la  palabra  Israel  el  sentido  restringido  que  tuvo 
después  del  cisma.  Le  recuerda  Yahvé  que  la  rebelde  Israel  se  había 
prostituido  en  las  alturas  de  las  montañas  y  debajo  de  todo  árbol  fron- 
doso, y  el  dios  se  decía:  "7  Después  de  haber  hecho  todo  esto,  ella  vol- 
verá a  mí";  ¡pero  ella  no  volvió!  La  infiel  Judá,